Recuerdo la mañana en que acompañé a mi padre a comprar un tocadiscos. Era un aparato modernísimo, grande, de bulbos, con sólo dos botones de mando y una única luz roja que se prendía al encenderlo. Para estrenarlo mi padre compró el Bolero de Maurice Ravel y una antología de canciones de Édith Piaf. Eran dos discos LP de vinilo. Era a mediados de los años sesenta. Mi padre no era un afrancesado, aquella selección fue una coincidencia. Recuerdo que el Bolero me impresionó mucho, y mi extrañeza al escuchar al Gorrioncito. Luego, en mi adolescencia, recuerdo a mi padre escuchando una y otra vez sus discos de Edith Piaf, emocionado, sin entender ni una palabra de lo que decían aquellas letras pero a la vez comprendiendo el doloroso sentido de aquellas canciones y la trágica vida de Piaf. Ese disco es parte de mi educación sentimental.
Desde hace más de una semana tengo en la cabeza la canción "Non, je ne regrette rien" que Édith Piaf grabó para siempre en el corazón de sus admiradores. La susurro todo el tiempo sin apenas darme cuenta y me he sorprendido a mí mismo cantándola con convicción como si de verdad yo no me arrepintiera de nada en esta vida. El responsable de esta conducta tan extraña es Rolando Villazón, mi hermanito menor, artista sin límites, que en el disco La Strada: Songs from the Movies, la canta como nunca nadie antes la había cantado. En literatura, las palabras tienen que decirme más allá de su sentido y su trama; en música, las notas y sus letras tienen que emocionarme más allá de sus melodías e historias.
Rolando canta "Non, je ne regrette rien" como si redimiera el mundo, con una dulzura viril y un alarde de interpretación, despacio, vehemente, con un alud de emociones que ha trastocado todo lo que la canción, tan vieja y olvidada, podría decirme con toda la fuerza telúrica que guarda, con toda la descarga eléctrica que ejerce en la memoria. "Non, je ne regrette rien" ya no es para mí la misma canción. Rolando le ha dado una vuelta más, como el poeta que le tuerce el cuello al cisne de engañoso plumaje.
Cómo decirle a Rolando que su versión es ya la única posible, que con su rotunda belleza, su fraseo suave y profundo, ha roto mi relación con una canción que forma parte de mi vida, desde aquel día, a mediados de los años sesenta, en que acompañé a mi padre a comprar un tocadiscos. Uno tiende a pensar que hay cosas fijas en la vida. Que algunas de ellas no cambian. Ahora sé que la memoria, los recuerdos, las preferencias, los gustos, las opiniones, las certezas musicales, que uno pensaba definitivas, fijas, a salvo de las vicisitudes de una vida, no son inalterables. Ahora, de pronto, sé que se erigen, en uno mismo, sobre arenas movedizas.
25 de septiembre de 2011
Non, je ne regrette rien
23 de septiembre de 2011
Equinoccio
Abril es el mes más cruel, escribió T. S. Eliot, pero el poeta tal vez no supo que el otoño, con su lluvia triste, es la estación más dulce, y que la suave melancolía gris que lo permea tiene un aroma suave, como de manzana verde recién cortada. El regusto en el alma, ligeramente amargo, confirma la sospecha: ya está aquí el otoño.
El equinoccio ha llagado con una mañana fría y lluviosa, de la que no hubiera sido ajena la melancolía de César Vallejo. Y las mañanas de lluvia, los días de amaneceres nublados, no sé por qué, algo tienen de atípicos, tal vez por una inveterada certeza infantil pues de niño creía que la lluvia era un atributo de las tardes (recuerdo la extrañeza con que la miraba, los tristes charcos en el patio de la escuela).
Llovió en la madrugada con la fuerza con que luchan los caprichosos dioses del Olimpo, como si el mundo se lavara (si creyera, diría que para redimir sus pecados). Llovió al amanecer con tal estruendo, que parecía un canto de guerra, como si la mañana gris prometiera que tras ella ya nada sería lo mismo.
Me desperté pensando que ese cielo nuboso rompía en llanto por todas las desgracias del mundo, por todas las injusticias, por todos los amores perdidos, por todos los extraviados y los que no tienen consuelo. Esas nubes negras rompían furiosas, justicieras, para llamar al orden y advertirnos por todos los olvidos, los agravios, lo que debimos y no hemos sido. Fue como si cayera un chubasco muy húmedo y muy frío en lo más seco y blando del alma.
La lluvia incontinente era como un llanto y un lamento esta mañana. El Sol saldría muy tímido y muy tarde. Había llegado la estación más dulce o la más triste, había tomado el cielo el equinoccio de otoño.
12 de septiembre de 2011
Las Variaciones Goldberg
La primera vez que las escuché quedé hechizado. Sé que no he sido el único, que esa experiencia ha cambiado más de una vida. Bach logró con su arte acariciar la metafísica de lo inefable y puso a girar las esferas celestes; consiguió que esa sed de absoluto se convirtiera en el bálsamo favorito de los desolados, los desesperados, los desadaptados, los sedientos de belleza, los que pueden conmoverse hasta el llanto y sentirse tocados por el aria y sus variaciones.
El intérprete al piano de aquella versión era Glenn Gould (con permiso del creador, las prefiero con piano). Luego, hace muchos años también, descubrí aquella novela de Thomas Bernhard, El malogrado, que narra el fin de la carrera de un pianista cuando éste escucha, devastado por el prodigio y el talento, a Glenn Gould tocar las Variaciones Goldberg.
Entonces se cerró el círculo. Glenn Gould había nacido para tocar a Bach, Bach había nacido para escribir música, y uno, si no demuestra lo contrario, en su infinita mediocridad, al menos lo había hecho, venturoso, para escucharlos. El tándem Bach-Gould se convirtió para un par de amigos y para mí en una declaración de principios, un manifiesto estético, un grito de batalla, un canto de vida, un código para escuchar música en este mundo.
Con los años, como casi siempre sucede, la pasión por las Variaciones remitió considerablemente, las aguas tomaron su cauce y entonces sólo las escuchaba de vez en cuando, siempre las versiones de Gould. No me interesaba buscar ni escuchar otras interpretaciones, las dos o tres que conocí no me arrebataron, ni embriagaron, y creo que esta palabra, tan dura, es justa.
Ahora, cuando las aguas de mi afición por Bach son más profundas que nunca, pero también más anchas y serenas, como un río viejo que ha dejado atrás entusiasmos desmedidos, excesos y sobresaltos innecesarios, he tenido la gracia de volver a escuchar las Variaciones Goldberg como si fuera la vez primera.
No sé, entre el mar de versiones, si esta es mejor, sólo digo que volví a sentir la emoción y el asombro intactos, el mismo efecto casi narcótico para la imaginación que se dispara en busca de alguna metáfora, la suave intención que antes que estimular al sueño evoca a cierta tristeza suave, a veces a un sentimiento que no puede llamarse del todo melancolía.
No sé si es un regalo inmerecido, un prodigio o mi condescendencia, pero he vuelto a sentir la música con el cuerpo y el alma. Apenas escuché el aria y la primera variación interpretadas por Simone Dinnerstein supe que había encontrado otro camino a Bach, a la Música, a la Perfección matemática y geométrica o cualquier otra. Descubrí un nuevo sendero para vislumbrar en esa música amada, otra vez, como hace muchos años, la llamada, la belleza, lo absoluto.
6 de septiembre de 2011
Back to Paris
Como Alicia atraviesa del espejo, como el personaje de “El otro cielo”, el cuento de Cortázar, que va de Buenos Aires a París con sólo cruzar una galería o pasaje, así, a medianoche, frente a Gil se detiene un coche viejo, él se acerca, se sube y ya está en el París de los años veinte, casi un siglo antes, en un viaje fantástico y estimulante.
Midnight in Paris es una película de Woody Allen del género cinematográfico películas-de-Woody-Allen, en la que la ficción dentro de la ficción, el rizo del rizo, la última vuelta de tuerca se dibuja en la sonrisa aquiescente de los espectadores.
Gil es feliz en el pasado, conviviendo con gente del tiempo de sus abuelos o bisabuelos, cree que el presente es simple, pobre, nada excitante. Don Quijote ya sabía que hay que mirar en la historia para encontrar la Edad de Oro, y aun antes Jorge Manrique creía que cualquier tiempo pasado fue mejor. Antaño, antier, ayer, hoy en la mañana, sí, el pasado, y en otro lugar. Hay, madre, un sitio en el mundo que se llama París, escribió César Vallejo desde París.
Henry Miller pensaba que Europa era un lugar en el que todavía el arte tenía que ver la vida, y se fue a París. La vida está en otra parte, pensó Milan Kundera y se mudó a París. Gil, el personaje, se quedará en París. La lista completa de los nostálgicos insatisfechos sería casi interminable.
Incluso conozco a alguien que en el verano de 1984 iba en las tardes al Old Navy del Boulevard Saint Germain a esperar a que se sentara a su mesa el joven fantasma de Julio Cortázar. Sí, también éste se había mudado muchos años antes para vivir y escribir y morir en París.
Si yo hubiera vivido allá, ayer, si hubiera conocido a Cortázar o a Picasso o a Scott Fitzgerald, si hubiera vivido los fabulosos veinte, en el siglo XIX parisino, en el Renacimiento, en la Grecia clásica... sería feliz, parecieran decir todos ellos, y por supuesto tienen razón.
No cesamos de pensar en lo que no fue y lo que pudo haber sido. Nos pasamos media vida mitificando otro tiempo, otro lugar. Pareciera que hay una fractura con el entorno, estemos donde estemos, y que el tiempo presente se ha roto, y no es ningún consuelo saber que siempre ha sido así.
Ahora Allen, como si hiciera falta, nos lo ha vuelto a recordar. I Believe in Yesterday, cantaban los Beatles. No hay remedio, no hay consuelo, estamos condenados al presente, pero al menos, cinematográficamente, siempre nos quedará París.
2 de septiembre de 2011
Cantares: cantantes y canarios
Lejos de mi ciudad, buenos amigos me han recibido unos días en su casa. La habitación de los huéspedes da a un patio interior. De un alto muro, colgaban siete jaulas, cada una con un canario. Al observarlos, al escuchar por primera vez su canto, recordé que cuando yo era niño, una tía solterona tenía uno que, por buen cantor, se ganó a pulso el nombre de Caruso.
A mí me gustó mucho el canto de aquellos pájaros, la suave algazara que no cesaba y que llenaba todos los rincones de la casa de mis amigos. Mis anfitriones, tan acostumbrados, ya no le prestaban atención. A mí me deleitaba el canto de los pájaros, me sorprendía que esa alegría (así me lo parecía) viniera de seres en cautiverio. Tal vez esa era su resistencia, la manera de conservar alguna forma de la libertad. Sí, su canto sin fin me parecía dulce y libre, pleno de abellimenti, de audacias vocales.
De vuelta a casa, se me metió en la cabeza la idea de comprar un canario. Tal vez dos, para que hicieran magníficos dúos de amor. Mi hija me dijo con firmeza que no me ayudaría a darles de comer (a pesar de que aprendió a hacerlo) y me ha advertido que su gato se va a menderar (sic) a mi canario. Esas son razones para pensar las cosas por lo menos dos veces. Además, no quiero encerrar un pájaro más en una jaula. Así que tal vez me quede sin canario y sin su canto, y no deja de sorprenderme el deseo de algo que nunca antes había anhelado.
Me consuela un poco saber que siempre podré escuchar mis discos, volver una y otra vez a la voz viril y apasionada, al prodigio del canto total de Rolando Villazón, hermanito menor, o a la seducción dulce de Melody Gardot (últimamente escucho sus canciones, que algo me dicen, aunque todavía no sé qué), y entre ellos, el abanico enorme de las voces de muchos y magníficos cantantes.
No me quedaré sin música, sin canto, pero cualquier resignación exige un poco de humildad. En eso estoy. Así, entre decenas y decenas de discos, tendré que renunciar a esos extraños conciertos, a no escuchar en las mañanas, en mi casa, los fines de semana, el canto incesante, silvestre, absurdo y noble de un canario.
30 de agosto de 2011
Un día marcado por un haz de luz y de alegría
De pronto, de vez en cuando, uno cae en un estado de efervescencia vital, y poco importa la causa, que con frecuencia suele permanecer oculta en los pliegues de la memoria, en las coordenadas del destino y el destiempo. De pronto, uno tiene una certeza absurda, y sé que hoy sería un gran día para recordar un tiempo dichoso con o sin motivo y pasear por el parque y contar las hojas de un árbol, para tomar una copa de vino en una terraza y conversar hasta vislumbrar verdades metafísicas, para bailar un tango y leer poesía o componer una canción, para comer un plato de fabada y andar en bicicleta por un sendero desconocido. De pronto uno recuerda algo y siente un golpe de nostalgia y dulzura. Las razones pueden estar ahí o permanecer ocultas, pero en el fondo no importan. Vislumbrar una tarde poética es una facultad que los hombres no hemos perdido a pesar de la Historia y el desengaño. Hoy podría ser uno de esos días marcados por un haz de luz y de alegría. Sí, es así. Pero uno descubre, de pronto, que ya es tarde.
La memoria y las Memorias de Artur Rubinstein
Michel de Montaigne dice en uno de sus ensayos, no recuerdo en cual, que una de las funciones de la memoria es olvidar. Borges imaginó a Funes, el memorioso, el que nada olvida. Entre esas dos invenciones literarias, está la escritura, la memoria de palabras, los cuadernos de los diarios, los libros de memorias. La escritura es el único antídoto fiable contra el olvido. Si no escribiéramos sabríamos menos de los otros, pero también de nosotros mismos.
Mis años de juventud (Universidad Veracruzana, 2011) son las memorias de Artur Rubinstein, uno de los más grandes pianistas del siglo XX, que redimió y reinventó a su paisano Chopin. Es decir, inventó una nueva manera de tocar su música, que equivale a decir, en parte, de tocar el piano. Rubinstein supo muy pronto que el intérprete debe ser un músico que ennoblece una obra «si es un recreador y no un mero ejecutante».
Dice Rubinstein en el Prefacio de su libro: «Nunca he llevado un diario […] «tengo la fortuna de estar dotado de una memoria envidiable, que me permite reconstruir mi larga vida casi día por día.» Al parecer lo recordaba todo, absolutamente de todo, hechos, nombres, apellidos, lugares, fechas, anécdotas, conversaciones, a lo largo de seiscientas páginas dedicadas sólo a sus años de juventud.
Nadie recuerda, tal como los narra, todos los detalles de su infancia. Tal vez tenía un pacto con Mefistófeles y en su acuerdo, le dio a Margarita (es decir, un amor incondicional por la vida) un talento endiabladamente excepcional para tocar el piano y una memoria diabólica, digna de un relato de Borges. Thomas Mann llamó a Rubinstein: el “virtuoso dichoso”. Mann sabía cuando un músico tenía pacto con el diablo.
A mí me basta mi desmemoria y la palabra de Michel de Montaigne para saber que nadie recuerda todo lo que ha vivido desde la infancia. Rubinstein dice que recuerda o finge recordar el orden de los sucesos, los contextos, los datos útiles y los otros, los motivos, los detalles mínimos... Nadie se libra de olvidar, sólo Funes, el imaginado por Borges. Por lo tanto, Rubinstein, además de un perfecto pícaro, era un gran mentiroso, pero su libro es tan bueno, tan ameno, que resultó además un buen novelista.
La vida que Rubinstein recuerda, al menos la que escribe, es maravillosa. La cuenta como si fuera una sonata. Yo sé que no fue exactamente así, pero sucede que las cosas son como las recordamos. “La verdad histórica [...] no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”, nos advierte Borges. La verdad histórica, lo que sucedió en verdad, con el tiempo, es una quimera, se transforma en una obra literaria.
Ahora, en la traducción de Jorge Brash, la prosa, espléndida, fluye ante los ojos como escuchamos una conversación sabrosa, que nos entretiene e interesa. ¿Por qué nos interesan las memorias de un embustero? Por la misma razón por la que nos gusta la ficción. Este libro debe de tener coincidencias asombrosas con los hechos de la vida de Artur Rubinstein, pero no le creo que esto sea una autobiografía. Este libro es pura literatura.
22 de agosto de 2011
Irma
No hace mucho estaba entre nosotros. Fue al médico por un problema gástrico, y le encontraron que tenía muy mala una válvula del corazón. Era necesaria una cirugía porque corría el riesgo, le dijeron, de sufrir una muerte súbita. Me pregunto si no es deseable, estoicamente, una muerte súbita, hoy o mañana, morir de pronto por un ataque fulminante, que hacerlo muy despacio después de una operación inútil, de los días infernales, con daños irreversibles, atada a la cama de un hospital.
Las cosas salieron mal. Terminaron unos días después de la peor manera posible. Alguien nos habló de complicaciones casi increíbles, de una desafortunada sucesión de hechos lamentables, de posible negligencia médica. Todo pasa en un instante. La vida es un gran instante.
Ahora, de pronto, falta Irma. Es difícil hacerle justicia a sus virtudes, es sabido que todos los hombres son redimidos al morir, aún los más viles y canallas son entonces un poco menos malos o pecadores. Pero Irma, en verdad, siempre tuvo un gesto amable ante todo y para todos. Era afable y modelo de serenidad y equilibrio. De buen gusto y mesura, de alegría ecuánime, de entusiasmo y vitalidad. No creo que haya ofendido a nadie en su vida. Nunca la escuché quejarse ni la vi contrariarse.
Toleraba mis comentarios rudos con paciencia de santa y sospecho que, mujer de fe, elevaba sus oraciones para que me fueran perdonadas mis opiniones, esas que ella consideraba blasfemas. Pero no era una beata, era una mujer que estaba en el mundo, ahora lo sé, para alegrar la vida de los otros. Ella no quería irse todavía. La suya fue una partida prematura porque daba una lección de cariño, de vida, a cada instante.
Impecable lectora, disfrutaba de la música y del cine (le encantaban las películas italianas). Era la primera en llegar cada miércoles al taller de lectura y acaso la más entusiasta. Siempre se sentaba a mi lado. Ahora la echamos de menos. Las sesiones, sin ella, ya no son lo que eran. No hace mucho, parece mentira, hace un instante, Irma estaba entre nosotros. In memoriam.
21 de agosto de 2011
Una tarjeta postal
He recibido una tarjeta postal. Lo escribo como si dijera: he visto un dinosaurio. Especie en vías de extinción, la tarjeta postal es la más refinada y dulce expresión de la cortesía y la comunicación de una edad que aún no acaba de irse del todo pero su lugar ya ha sido ocupado por cierta nostalgia de una realidad material, que puede tocarse y guardarse, que pertenece a este mundo, y no al limbo del ciberespacio, la nube o los discos duros en los que se guardan las tarjetas o los correos electrónicos.
Cuando alguien envía una tarjeta postal ha puesto más que unas líneas y un timbre en un cartón con una imagen: se ha puesto a sí mismo. Por eso recibimos las tarjetas con tanta sorpresa y alegría. Son como un abrazo o una palmada en el hombro.
Una amiga mía me ha enviado una postal desde París. Tiene un mensaje manuscrito, con letra pequeña, muy recta y muy clara, escrito con tinta verde (así se llama un poema), como si hubiera querido asegurarse de que el domicilio será legible para los empleados postales de al menos dos países, en ambos lados del océano. La tarjeta postal, que tiene un timbre y un sello, como toda postal que se respete, es una hermosa imagen arbolada de la Biblioteca Nacional de Francia. Mi amiga, investigadora, me dice que ese es el rincón que más frecuenta de París.
Me gustan mucho las postales, las conservo y las procuro como si fuera un verdadero coleccionista. Cuando viajo suelo traer a casa unas cuantas de recuerdo del lugar que he visitado. Puedo viajar sin cámara fotográfica porque sé que con unas cuantas postales, que depositaré en el baúl, tendré un recuerdo vivo de ese viaje. Muchos amigos me traen postales de lugares lejanos, y me entretengo mucho en las imágenes, sobre todo si son de lugares que no he visitado.
Una tarjeta postal tiene un toque humano, y me parece asombroso que exista un sistema que opera en todo el mundo diseñado para enviar a su destino las tarjetas en las que alguien ha escrito esas pocas palabras, expuestas a las miradas curiosas y entrometidas, en las que apenas cabe poco más que un saludo, una oración ingeniosa y otra simple, un verso, una cita, un abrazo, un beso y, muy de vez en cuando, una velada declaración de amor.
Deberíamos enviar más tarjetas postales. Tal vez contribuiríamos un poco, en tiempos de crisis, a activar la economía y a mejorar las relaciones entre los hombres y entre las naciones. Aunque admito que las tarjetas postales, en el fondo, después de los lindos paisajes y vistas espectaculares, son para los románticos y los sentimentales. Para esas personas que vibran de emoción al recibirlas y piensan: «Muy lejos, allá, ese día, en ese instante, pensó en mí.». Yo no sé, a fin de cuentas, por qué me gustan tanto las tarjetas postales.
18 de agosto de 2011
García Lorca
Hace setenta y cinco años asesinaron a un poeta. Lo mataron la ignorancia, la intolerancia, los prejuicios, la sed de sangre, el odio fratricida. Era uno de los más altos poetas de la lengua. Su poesía sigue siendo la alfaguara de la que manan versos perfectos, frescos, sonoros, cegadores, deslumbrantes. García Lorca sólo hay uno, y su obra se ríe del tiempo porque se sabe de agua, tierra, luna, claveles y acero. Nadie sabe dónde están sus restos, en algún paraje de Granada, pero sus poemas están en todas partes, en los libros, en los labios, en la memoria. Ay Federico, contigo se murió un poco de lo mejor de España. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro. Quien dice tu nombre, evoca a la poesía. ¿Quién escribirá tu Llanto, quién cantará tu gloria, en un presente eterno, sólo para vencer a tu muerte, cualquier día, a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde?
Otro ejemplar del Quijote
He comprado otro ejemplar. Después de mirar los cuadros expuestos en el Museo Iconográfico del Quijote en la ciudad de Guanajuato, entré a la librería del Museo, hojee la llamada Edición Guanajuato y la compré. Me dije que es una edición exhaustivamente anotada y que valía la pena compararla. Me dije que comparar las diferencias entre los prólogos, las notas y los comentarios de los especialistas también es una forma de conocer el Quijote, de adentrarme en los usos y costumbres, de conocer la lengua y el mundo de Cervantes.
De vuelta a casa, descubro que con este nuevo ejemplar ya tengo veinticuatro. Cuento y vuelvo a contar. Sí, tengo veinticuatro, porque hay uno en mi buró, otro en mi escritorio (una bella edición en octavo menor que me gusta mucho y que ha viajado conmigo en mi bolsillo mucho más allá de La Mancha), uno más en la mesa de la sala de la casa (en dos volúmenes de gran formato, comentado por Martín de Riquer e ilustrado por Antonio Saura) y veintiuno en los estantes de mi pequeña biblioteca (la primera que suelo consultar es la edición del Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico).
Los libros sobre el Quijote no cuentan, me digo, son otra cosa y todos son distintos (ensayos, estudios generales o especializados en algún tema cervantino, incluso pequeños diccionarios y enciclopedias sobre la novela). Pero tener veinticuatro veces el mismo libro, aunque en diferentes ediciones (todas en español), merece una reflexión y tal vez una justificación conmigo mismo. Por muy diferentes que sean como objetos admito ante el primer leve soplo de sospecha que tal vez son demasiados.
Por fortuna no soy un bibliófilo, pero es cierto que tengo un ejemplar por la belleza de su tipografía, su composición, las capitulares. Conservo otro por los grabados de Doré, y otro más por los de Dalí. E incluso aprecio otro ejemplar por la tipografía y los grabados. Conservo una edición porque incluye, además de las dos partes del Quijote, el texto íntegro, infame e impostor del falso Quijote de Avellaneda. Uno más tiene un mapa casi fantástico de la ruta que siguieron el hidalgo manchego y su escudero. Tengo otro ejemplar que tiene un anexo con los dichos y refranes y frases ingeniosas de Sancho Panza. Otro más lo aprecio porque me lo regaló un amigo, y ahora que lo pienso yo también he regalado un par de ediciones interesantes.
Reviso uno a uno (demorarse con avaricia y entre los libros propios es una de las formas de la dicha, de ejercitar la memoria y la imaginación, de cultivar por unos instantes el arte del recuerdo que se cristaliza imponente en un fragmento de vida) y encuentro que todos esos libros son el mismo y son otro a la vez, cada uno a su manera. Todos contienen el Quijote y algo más. Aunque lo he hecho varias veces, no he leído veinticuatro veces el Quijote; los libros no sólo son para leerse.
Entonces tengo la coartada perfecta para acabar con mi sospecha. Ya puedo decirme que veinticuatro quizá son muchos, puede ser, pero aunque es cierto que no caben ya en el librero, todos son necesarios pues no todos me evocan ni me dicen lo mismo. No soy un coleccionista, me digo, y es cierto, no lo soy, pero de pronto descubro que sólo me falta uno para que sean veinticinco.
25 de julio de 2011
Wonder Boys: la literatura al cine
"Nadie le enseña nada a un escritor", le dice cansinamente, casi con resignación Michael Douglas en el papel del profesor Grady Tripp a su editor Terry Crabtree, interpretado por Robert Downey Jr., quien está muy necesitado de best sellers para salvar su empleo. "Uno sólo alienta a los buenos escritores, y también a los otros estudiantes, para que encuentren su camino".
El profesor Tripp, novelista metido en toda clase de líos, sabe lo que dice: dirige un taller de escritura creativa en una universidad, en el que Tobey Maguire hace el papel de James Leer, un joven que es una mezcla de Rimbaud y Jean Genet, un ángel y un demonio, un ladronzuelo y un niño bien algo desequilibrado, pero sobre todo un genio que le cambiará la vida al profesor.
Grady Tripp escribe una novela envuelto en una bata en estado lamentable, que evoca aquella célebre de Flaubert, entre calada y calada de marihuana, en su vieja máquina de escribir. La novela no funciona, el profesor ha perdido el talento, el rumbo y padece lo contrario a la famosa parálisis de la página en blanco: no deja de escribir, lleva cientos y cientos de páginas, aunque ya no sepa adónde va su novela. Además, por si fuera poco, su mujer lo ha abandonado, pero la esposa de su jefe espera un hijo suyo.
La imagen del vuelo efímero y final de las hojas blanquísimas en las que estaba escrita la novela del profesor Tripp (ya el cine nos había dado la imagen de ese dolorosamente bello espectáculo en una cinta de Woody Allen y vuelve a verse en la escena final de The Ghost Writer del nada honorable Roman Polanski) y que se pierden para siempre, arrastradas por el viento o en el fondo del agua, es una de las escenas clave del filme y un guiño de pesadilla para cualquier escritor.
Los demás elementos son también pura literatura: una chaqueta robada que perteneció nada menos que a Marilyn Monroe, un perro ciego que muerde llamado nada menos que Poe, un revólver que lo mata y el problema de siempre, ¿qué hacer con el cadáver?
Por una vez el cine nos dio un escritor, sus problemas y sus trabajos, con un encanto que no siempre ofrece Hollywood. La imaginación literaria de Michael Chabon en su novela Wonder Boys y su afortunado paso al cine, con el mismo nombre, en esta vieja cinta de Curtis Hanson, han hecho verosímil y divertida, por una vez, la vida y la imagen tan literaria como cinematográfica de un escritor de película.
24 de julio de 2011
Paul Stephenson
Uno imagina un personaje y su circunstancia, le da un nombre y un oficio, algunos rasgos y gestos, intuye su melancolía o su bravura, sus habilidades para jugar ajedrez o manejar un revólver. Un novelista imagina el sino de un personaje en el contexto de una novela, y ese proceso puede ser tan sencillo que a veces pareciera que se hace solo, sobre la marcha, mientras avanza la historia y se acumulan las páginas escritas; otras veces hace falta mucho tiempo, años, para que un personaje madure y pueda representar decorosamente el papel que su autor le ha reservado.
De Paul, yo sabía que sería profesor de matemáticas mucho antes de que tuviera nombre, y cuando conocí en Los Ángeles a una chica de apellido Stephenson, le dije que me gustaría usarlo en una novela corta que me daba vueltas en la cabeza.
De Paul Stephenson yo conocía su pasado y casi todo lo que pude averiguar de él lo escribí en Telemaquia. Yo soy incapaz de imaginar el futuro de un personaje, lo que será de su vida cuando termina la novela. Pero la vida real me daba noticias de un tal Paul Stephenson.
Pero ahora me ha dado un poco de pena ver que Sir Paul Stephenson ha tenido que dimitir a su cargo, salpicado por el escándalo de las escuchas telefónicas ilegales del periódico News of the World. El alcance de su vínculo con el diario y su responsabilidad en esos condenables actos ilícitos aún están por saberse.
Insufrible traducción aparte, todo esto es muy extraño. Yo nunca hubiera imaginado un futuro así para él. Es sabido que la naturaleza imita al arte. En verdad no comprendo qué ha sucedido, pero no dejo de lamentar la situación. Yo espero en verdad que Paul Stephenson no pierda la integridad personal, ni el sueño, y espero también que yo tampoco lo pierda tratando de comprender, buscando la verdad, pensando en él.
6 de julio de 2011
Carta a Francesca Woodman
Querida Francesca:
He recibido noticias que me inquietan un poco. Me desconcierta el curso que va tomando el creciente reconocimiento de tu obra, las miradas que se aproximan por morbo y oscuras intenciones.
Me he enterado de que ya han hecho una película, un documental sobre ti. En una buena librería es posible encontrar por lo menos cinco libros sobre tu vida y obra. Luego, ¿qué seguirá? Te convertirán en una superestrella mediática. No puedo evitar pensar que lucrarán sin pudor con tus fotos y tu muerte prematura. Tú, que sólo tuviste una modesta exposición en una galería universitaria, ahora serás la artista de culto, siempre la malograda, el centro de atención de curiosos malsanos que no mirarían tus fotos si estuvieras aquí. Ahora galerías inglesas se interesan por tu trabajo, por no hablar de la exposición en el Museo de Arte Moderno de San Francisco. ¿Soñaste alguna vez, Francesca, con exhibir tus fotografías en el Guggenheim de Nueva York? Pues una selección de tus fotos, se verá allí, en ese museo-escaparate de proyección planetaria.
Ah, Francesca, artista de la luz y el nitrato de plata, ¿por qué no pueden entender que tu vida y tu muerte no son tu obra, como lo es esa inmensa colección de fotografías que guardan tus padres? ¿Qué van a hacer de ti? ¿Cómo hacerles entender que tus fotos valen por tu condición de artista, en sí mismas, no por tu salida apresurada de este mundo por una ventana de un piso muy alto de un edificio de Nueva York? Acabarán por vender una foto tuya, un cliché, por lo que hoy pagan en dólares los coleccionistas en las subastas por una litografía de Picasso.
Francesca, tú no sabes lo que es la fotografía digital, no tuviste tiempo de conocerla, y la verdad es que no sé si te gustaría. Aunque no lo creas, ya no es necesaria la película fotográfica, y tampoco es necesario el arte de revelar las fotos que tomaste. Sí, ya sé que el revelado es el último paso del proceso creativo del artista, el momento mágico de fijar en el papel la imagen que has fotografiado, pero la tecnología avanza inclemente y ya ni siquiera el papel es necesario. Sí, entiendo que es difícil de entender, pero ahora la gente mira las fotos en las pantallas de sus juguetes electrónicos.
Francesca, te imagino en la Toscana, muy joven, aprendiendo a fotografiar, a ser artista, es decir, tú misma. Miro tus fotos y me pregunto cosas tontas, simples. ¿Verdad que en Italia pasaste tus mejores años? ¿Qué tan bueno era tu italiano? ¿Preferías el espagueti Alfredo que a la boloñesa? ¿Cuál era tu rincón encantado en Florencia? ¿Cuál era tu pintor favorito? ¿Te gustaba la música?
¿Qué sucedió, Francesca? ¿Fue una crisis emocional? ¿Acaso estabas deprimida? ¿Sufrías ataques de ansiedad? ¿Una decepción amorosa? ¿Tuviste una experiencia demasiado dura con sustancias tóxicas? Ahora tu arte será por siempre la expresión de una artista adolescente con una mirada única, singular. No tiene sentido imaginar lo demás, la que hubieras sido con el tiempo, al acercarte a eso que llaman madurez. No importa, en verdad no importa, Francesca, porque tus fotos no se parecen a las de ningún otro fotógrafo.
Supongo que te buscabas a través de tu lente, querías encontrarte, por eso eres la gran protagonista, el centro, el objeto mismo de tus fotos. En tus autorretratos encuentro soledad, mensajes cifrados en esos muros, en los objetos, en los cuerpos femeninos, con cierta luz y algunos efectos que sólo tú sabías fijar. Sí, hacías fotos para comprender el mundo, y seguramente el mundo no te comprendió. Es una pena.
Ay, Francesca, la vida se parece mucho al arte de la fotografía: es una sucesión de instantes, de momentos únicos que se fugan vertiginosos. Los mejores, como las buenas imágenes, se fijan en la memoria y en el alma y a ellos volvemos con frecuencia, no por nostalgia, como quien mira una foto vieja, simplemente para seguir viviendo.
Atentamente,
EALl
25 de mayo de 2011
En la oscuridad de algunas noches
Anoche escuché que mi hija tosía. Me levanté de la cama y fui a su habitación. No estoy seguro de que no estuviera despierta, abrió los ojos en cuanto puse la mano en su frente.
—Papi, ¿qué haces aquí?
—Vine a verte.
—Tengo tos. Tengo sed. No puedo respirar.
—Sí. Ahora te vas a aliviar.
Fui a la cocina. Le di una cucharada de jarabe y un vaso de agua. Le limpié la nariz. Le puse las almohadas, ligeramente altas. Se acomodó. Hablamos un momento del libro de Oliver Jeffers que estamos leyendo. Dejó de toser. Luego se durmió. Volví a mi cama con la satisfacción del deber cumplido, la pequeña vanidad de haber hecho levemente el bien.
En la mañana, al otro día, me dijo que había dormido mejor después de que fui a verla. Tal vez pensó que yo tenía algo que ver con su mejoría, con el sueño que durmió el resto de la noche.
Eso me preocupa, ella no sabe que mis atributos son muy limitados. Aunque es cierto que por un momento me sentí casi poderoso, capaz de darle a mi hija un sueño en paz en la oscuridad de la noche. Por fortuna, sólo por un momento. Luego me sentí casi un impostor.
Al otro día se fue a la escuela sin darse cuenta de que en las mañanas, como en todas las horas del día, soy infinitamente vulnerable, frágil, falible, que no tengo magia ni poder alguno, salvo en su imaginación y en la oscuridad de algunas noches cuando tiene tos.
25 de abril de 2011
El amor, un cura y las canciones de la radio
En un texto tan bello como breve, Antonio Muñoz Molina recuerda que en La Femme d'à côté, la película de François Truffaut, Fanny Ardant, en el personaje de una mujer en crisis, dice una frase inolvidable : «Me gustan las canciones de la radio porque sólo ellas dicen la verdad».
Hace unos días asistí a una boda religiosa en un pueblo del Estado de México, en la que hubo algunos hechos notables: la familia en pleno acompañaba al menor de mis primos, los pájaros volaban de un lado a otro de la nave, subían y bajaban por la cúpula, cantó un coro estupendo y ofició un cura con alma de poeta enamorado, uno que quizá equivocó la vocación y seguro tiene un reproductor portátil MP3 con miles de canciones que escucha todo el día.
Lejos de regañar a los novios o hablar de la vida conyugal con la impostura de la falsa experiencia, como si supiera lo que dice después de veinte años de matrimonio, el cura habló del amor, pero no según San Pablo. Para unir los corazones de los contrayentes citó versos ejemplares de canciones de Joan Manual Serrat, Joaquín Sabina y Miguel Bosé.
Teologías aparte, el cura sabía lo que decía. El suyo fue un sermón memorable que mereció la entusiasta aprobación de los fieles mientras la bandada revoloteaba en la luz meridiana sobre nuestras cabezas: Con tu mala ortografía y tu no saber perder, con defectos y manías te amaré. «Ahí también se muestra el amor verdadero», decía el cura. Fue una revelación. Fue conmovedor.
Mientras los recién casados recibían abrazos y felicitaciones en el atrio, yo pensaba en el futuro de San Pablo. ¿Qué será de sus epístolas, me decía, una vez que el clero, tan moderno, ya sabe que sólo las canciones de la radio dicen la verdad?
15 de abril de 2011
Lecturas nocturnas de Cioran
En estas noches cálidas de abril, hasta muy tarde, leí Breviario de los vencidos de Cioran. No fue la primera vez que frecuentaba sus escritos, pero acaso ha sido el verdadero primer encuentro, ahora su lectura me deparaba un creciente gozo, una certeza en la incertidumbre, la confirmación de un escepticismo que podría ser el lema y la bandera de un navío que no conoce su derrota.
Ya no estoy en edad de entusiasmos intelectuales como los que sentí arrebatado por Cortázar y Camus, héroes absolutos de mi primera juventud, pero ahora me he sentido cerca de Cioran, de ese falso abandono y esa distancia hacia todas las cosas. Cioran me dice y me siento cerca de esa claridad, deslumbrante y cegadora: El que da un rodeo a la historia se desmorona violentamente en sí mismo.
Cioran encontró por el camino de la razón y la renuncia, el ocio y la conversación con extraños en las calles de París, las sinrazones de este mundo y la maltrecha condición humana. Pero luego pareciera que se contradice, que encuentra una salida:
Aún no sé si seguiré leyendo uno tras otro todos los libros de Cioran. Tal vez por ahora he tenido suficiente, pero no es un asunto de lecturas a la medianoche, es otra cosa. No sé si la decepción, la desesperanza y la lucidez sean contagiosas. Espero, en verdad, que no esté volviéndome un pesimista diletante con aspiraciones profesionales. En esta mañana en que escribo, pienso, acaso, que ya lo soy.
8 de abril de 2011
Una lengua se muere y los dos viejos que no se hablan
A veces los periódicos publican sucesos tan inverosímiles y extraños que terminan por ser un testimonio preciso y lúcido del devenir del mundo. En la minúscula comunidad de Ayapan, en Tabasco, al sur de México, el ayapaneco, una de las más de trescientas variantes lingüísticas indígenas que aún sobreviven en el país, muy pronto desaparecerá irremediablemente porque sus dos únicos hablantes y vecinos, Manuel Segovia de 75 años e Isidro Velázquez de 69, no se hablan, desde hace años no se dirigen la palabra.
El resto de los habitantes de la comunidad indígena ha emigrado, quizá muy lejos, o ha preferido para sobrevivir sólo hablar en español. El ayapaneco se está extinguiendo. Borges sabía que una lengua es una forma de estar, sentir, nombrar el mundo. Miguel León Portilla ha escrito que cuando muere una lengua [...] la humanidad se empobrece. Esa tragedia de silencio y pérdida es una historia conocida que pasa con cierta frecuencia y seguirá sucediendo casi inadvertida en todo el mundo a lo largo del siglo.
Pienso en la desgracia de esos dos viejos necios que persisten en no hablarse. Le comento a un escritor amigo mío la que me parece la triste historia de Manuel Segovia e Isidro Velázquez y me dice con asombro que «parece un pasaje apócrifo de una novela de Dino Buzzati». Le comento a una editora amiga mía lo que también me parece una historia del absurdo y me dice con absoluta crudeza: «¿Y por qué habrían de hablarse? ¿Por qué tendrían que hacerlo?»
Pasamos la vida esperando una carta, una llamada, una palabra honesta, interesada. Medio mundo está esperando esa conversación que por fin acerque a los cónyuges, a padres e hijos, a los amantes, a los amigos, a los vecinos, a los adversarios. Pasamos la vida en busca de esas palabras que nos revelen y nos permitan acercarnos por fin al ser de otros.
20 de febrero de 2011
El coronel y su mujer
No sé si el Quijote que yo veo y percibo es exactamente igual al tuyo, ni si uno y otro ajustan del todo dentro del Quijote que sentía, expresaba y comunicaba Cervantes. De aquí que cada ente literario esté condenado a una vida eterna, siempre nueva y siempre naciente, mientras viva la humanidad, escribió Alfonso Reyes en “Apolo o de la literatura” (ensayo de mil novecientos cuarenta), mucho antes que egregios profesores franceses descubrieran que todos leemos de distinta manera.
Ahora yo me demuestro, gracias también a Heráclito, que no es posible leer dos veces el mismo texto: la escritura permanece, el lector cambia y no cesa de cambiar. El poema de anoche, palabra a palabra, ya no me dice lo mismo. Ya no soy el que fui ayer.
Desde que leí por primera vez El coronel no tiene quien le escriba, su contundencia e intensidad me parecieron el modelo de cierta literatura que me gusta mucho desde mi primera juventud. He vuelto a leer esa novela tres o cuatro veces a lo largo de los años, y si bien es cierto que en cada lectura pareciera que la trama ha cambiado un poco con respecto al recuerdo que tenía de ella, y que pareciera que destaca algún detalle antes inadvertido que enriquece un personaje, ahora leo y encuentro otro libro. García Márquez cuenta una historia que yo no había visto.
Es cierto que durante cincuenta y seis años el coronel no hizo otra cosa que esperar, como muchos años esperó el coronel Nicolás Márquez, abuelo del escritor, una carta que confirmara su grado y sus servicios para poder cobrar una pensión; que allí están las guerras civiles, la dictadura, el coronel Aureliano Buendía y Macondo, el trabajo político y clandestino, la geografía, la lluvia, la vida del pueblo, el servicio del correo, el gallo y los gallos, las peleas, la ilusión de la lotería de las apuestas, los otros personajes, la amabilidad del médico, el compadre rico y miserable, los amigos de Agustín, el hijo muerto del coronel.
Allí están la necesidad y la dignidad del coronel, su bondad, su timidez, su miseria y sus sueños, su espera contumaz que supera cualquier plazo razonable. Todo eso está en su lugar, pero ahora he visto a la esposa, esa mujer a la que el asma no ha minado su entereza, su fortaleza, su carácter. Ella es mucho más fuerte que el coronel. Ella es lúcida y tiene los pies en la tierra; él es ingenuo y débil.
Esta novela corta, ejemplar y admirable, es también la historia de la relación, dulce y áspera, conyugal, del coronel con su mujer: la ternura y el altruismo, el destino común que acerca pero no funde dos vidas, la lucha paso a paso, día tras día, la rivalidad y la costumbre, el pasado común, el hijo muerto, el hambre compartida, el compañerismo cotidiano.
La novela empieza cuando el coronel le da a su mujer una taza de café preparado con la última cucharadita del polvo que quedaba en el tarro, y termina con la rebeldía del coronel, con una explosión de cólera con su mujer. Esa relación conyugal, sus discusiones y desacuerdos, es la novela.
Mientras transcurre ese matrimonio, pasa la vida: viven el duelo del hijo muerto, se mueren de hambre, riñen. Ella soporta estoica su sino, pragmática, piensa en el futuro y quiere que su marido entre en razón; el coronel sueña despierto que su gallo ganará una pelea y espera, espera a lo largo de los años, una carta que nunca llega.
19 de febrero de 2011
Galileo y el arte
Cuentan las crónicas que Galileo, crítico de arte en sus ratos libres, dijo ante una estatua de mármol:
−Sí, es bellísima. Su realización es notable y su composición, perfecta. Pareciera que tiene movimiento y se me antoja tan graciosa y leve que podría pensarse que en cualquier momento levantará el vuelo. Pero tiene un punto de apoyo y sin embargo... no se mueve.
14 de febrero de 2011
Belleza americana
Con American Beauty, película que hurga con saña en el rincón más oscuro del American Way of Life, la máquina de los sueños y las ilusiones ha despertado de una pesadilla con nombre de rosa, la misma que rodea el jardín de esta singular familia de los suburbios de cualquier ciudad de los Estados Unidos, como también es una rosa el fetiche sexual de ese frustrado y desdichado que busca en su podredumbre una salida. ¿De verdad son así los estadounidenses?
Los tópicos y los lugares comunes, los epítetos cien veces repetidos acaban por ocultar la realidad, por deformarla para constituirse en la verdadera máscara, en el rostro que deseamos ver. Es muy simplista pensarlos siempre los más degenerados, enfermos y sucios, campeones sin rival del engaño y las apariencias, con su fascinación por las armas de fuego y su sexualidad siempre en problemas, por decir lo menos.
Pero aun ahí, asoma el amor y para alguien salta la belleza en la metafísica del vuelo de una bolsa de plástico. Este filme de Sam Mendes, británico de origen portugués, ya es un clásico, amargo y duro, pero un clásico al fin de cierta cinematografía que seguramente será un referente, con lo que dice y lo que deforma, lo que muestra y lo que oculta, con lo que revela y distorsiona, de fines del siglo XX.
12 de febrero de 2011
El último vuelo
Antoine de Saint-Exupéry cuenta, en un pequeño libro, admirable e intenso, las proezas de aquellos impertérritos pilotos que cruzaban la noche oscura de la pampa en unos aviones de una fragilidad inverosímil en los años veinte del siglo pasado, estimulados en su valor y arrojo por un sentido imperturbable del deber, azuzado a su vez por la figura severa de Rivière, el jefe, que hace evidente con su liderazgo y autoridad, como dice André Gide, una verdad paradójica de una importancia psicológica considerable: el hombre no encuentra la felicidad en la libertad, sino en la aceptación de un deber.
El lector de Vuelo nocturno tiene acceso a una de las imágenes más puras de la soledad, la de un piloto en su cabina, acompañado apenas por el rugido del motor de su avión que cruza la noche, atento a la voz del radio que como un faro le abre camino entre las nubes. Saint-Exupéry sabía bien de lo que escribía, piloto él mismo, conoció la sensación sin límite de libertad y las tribulaciones de la vida de los pilotos, sin excluir los contratiempos, las averías y un accidente que bien pudo ser mortal.
Pero el valor no intimida al destino y la desaparición del piloto Fabien en Vuelo nocturno sería al fin una crónica literaria por adelantado de la propia desaparición de Saint-Exupéry, no exenta de heroísmo y una dosis literaria de romanticismo y aventura, en un vuelo de reconocimiento de Córcega a Francia durante la segunda Guerra Mundial, al parecer abatido por un Focke-Wulfe alemán.
Nunca más se supo de él. Durante años se escribieron y publicaron testimonios, biografías y versiones sobre su misterioso fin. Luego, las crónicas de los periódicos, tras más de medio siglo de un silencio fértil a la especulación y la leyenda, dijeron que habían encontrado en la bahía de Marsella restos de su avión y aun objetos personales.
Es posible que así sea, pero ahora que he vuelto a esas páginas, pienso que me gustaría que esas noticias fueran falsas, quiero creer que Saint-Exupéry no cayó al Mediterráneo, sino que aquella mañana del 31 de julio de mil novecientos cuarenta y cuatro emprendió su último vuelo, tal como lo saben todos los niños y los hombres que son niños cuando leen El Principito, al asteroide B-612 en un viaje sin retorno.
28 de enero de 2011
El hombre de las rosas y el cognac
Un puntual y escrupuloso amante de los ritos y las ceremonias, ejemplo de fidelidad y constancia, no depositó, el 19 de enero [de 2011], por segundo año consecutivo, tres rosas y una botella de cognac, abierta y a medio beber, en la tumba de Edgar Allan Poe (que como todo el mundo sabe era el doble de Charles Baudelaire).
Desde 1949 hasta 2009, ese desconocido caballero le rindió homenaje al Poeta el día de su cumpleaños al tiempo que nos recordaba que hay pactos y promesas para toda la vida. Nada se sabe de ese hombre que llegaba, entre la medianoche y la madrugada, embozado y con sombrero al cementerio de Baltimore a rendir su homenaje.
Fue visto muchas veces en esas noches heladas en las que aparecía; por fortuna no era molestado. Se sabe que cumplía escrupulosamente con la ceremonia que quizá había perfeccionado con los años y luego se marchaba silencioso para volver justo un año después. Alguien podría pensar que imaginar a ese hombre, sus razones y su pasión, acaso su fe, daría el argumento para un relato. Sólo puedo imaginar una causa para justificar su segunda ausencia en un largo rito de casi sesenta años.
23 de enero de 2011
Sergio Pitol: sin palabras
Lo encontré en un restaurante. Llegó con paso firme, llevaba un periódico en la mano, se sentó en una mesa frente a la mía. Me acerqué a saludarlo y me miró con la distancia del que está lejos, en otro parte, en algún lugar poblado por sus recuerdos o los paraísos imaginarios. Le hablé de nuestros encuentros, de amigos comunes, de la foto de Borges que le regalé un día que lo visité en su casa. Me miró con la distancia del que está lejos, en otra parte. En el restaurante lo conocen, goza de los privilegios de los clientes distinguidos. Seguramente los meseros que lo reciben con esmerada atención saben que es un escritor célebre, aunque tal vez nunca han leído sus libros.
Cuando habló, cuando respondió a mi saludo y mis preguntas de cortesía, vi el precio de la longevidad, la devastación de la enfermedad. Hacía tiempo que no lo veía, pero nunca imaginé la gravedad de su mal, el deterioro de sus facultades que contrasta con la agilidad de sus movimientos de anciano aún vigoroso. Sólo una ironía perversa, una sinrazón absurda podría explicar que un novelista pierda las palabras, que no encuentre el sustantivo para pedir agua o un tenedor.
A este hombre que ha alcanzado los mayores reconocimientos a los que puede aspirar un escritor en el ámbito de la lengua española, se le han perdido las palabras. Lo vi leer el periódico, pasar las páginas y doblarlo con habilidad, lo vi leer el menú al pedir su comida con seguridad y firmeza, con lucidez, pero si bebió un vaso de agua de papaya fue porque el mesero no era exactamente eso sino un ángel guardián que hacía las tareas de un mesero.
Si alguien pronuncia la palabra que él no encuentra, sonríe emocionado y mueve las manos satisfecho, se le ilumina la cara. Si esa palabra no aparece, su cara es el retrato perfecto de la desesperación y la impotencia. No puede hablar porque le faltan las palabras. Habla, sí, pero a media oración le falta la palabra, una indispensable. “Necesito comprar un…” Sin la palabra libro o peine no hay comunicación posible.
El escritor se ha quedado sin materia prima, sin lo único verdaderamente indispensable para ejercer su oficio, sin el prodigio de la palabra, acaso la más alta expresión de la humanidad en su paso por la Tierra. Por supuesto, ya no escribe. Espero que encuentre en la lectura, que Borges no pudo celebrar como hubiera querido a lo largo de su vida, el consuelo que necesita. Supongo que es mucho más duro quedarse sin palabras que sin la capacidad de leerlas. Borges en su ceguera podía dictarlas, gozar de ellas en el entendimiento, de su sonoridad y sentirlas vibrar entre los labios, el paladar y la lengua.
El escritor comió de prisa y se fue. Al despedirse, no pudo decirme lo que quería. Le faltan las palabras. No sé si volveré a verlo. Me quedan los recuerdos, sus libros, el vivo retrato de la decrepitud, de la decadencia, la impresión fulminante de su desdicha, del implacable paso del tiempo.
20 de enero de 2011
La protagonista
Voy a escribir una novela, una historia de desamor, un encuentro a destiempo. Ya he imaginado la frágil línea argumental, el débil tejido de la trama, el punto de vista del narrador. Ahora estoy en busca de la protagonista. Debo ser muy cuidadoso en la elección, no puedo cometer otro error, ya serían demasiados. No puedo permitirme que suceda eso que en el cine y el teatro se llama miscast. En una novela, aunque cada género tiene lo suyo, puede suceder algo semejante, que un personaje no cumpla con las exigencias de su papel.
Yo necesito una protagonista de nombre sonoro, aristocrático. Una mujer joven, guapa antes que bonita, bella, de aspecto impecable y fácil sonrisa, educada, universitaria, con conocimientos de matemáticas, música e inglés. Será linda e inteligente. Debe tener una rotunda presencia cinematográfica y un perfil psicológico complejo y rico en matices. Una personalidad encantadora. No deberá faltarle gravedad de ánimo y carácter.
Tendrá convicciones e ideas firmes, que defenderá a lo largo de la novela. Deberá estar dispuesta a vivir las desventuras y sinsabores, las alegrías, escenas y circunstancias que yo escriba. En particular, se esforzará en el conflicto que define su personaje. Aceptará el vestuario, accesorios, peinados y maquillaje que le indique. Hablará con claridad y firmeza perfectas y tendrá, por último, el encanto personal, el ángel que el papel exige para que se gane la admiración incondicional de miles y miles de lectores.
Su presencia implica la aceptación de las condiciones, usos y costumbres comunes entre un escritor y sus personajes. Su disponibilidad y exclusividad serán absolutas, no deberá tener problemas de horario: las madrugadas, los fines de semana y las vacaciones son horas y días laborales para un autor. La protagonista estará dispuesta a trabajar en cuantos borradores y versiones sean necesarios para lograr el texto que anhelo, durante varios meses, quizá un año, y se someterá con perfecto estoicismo a las correcciones sin fin en busca de una prosa clara y precisa, pulida como un espejo.
Le aseguro que al final la recompensa habrá valido cualquier esfuerzo: se habrá convertido en una heroína de novela. Interesadas en el papel, favor de presentarse literaria y literalmente en la primera página del libro, aún en blanco, donde elegiré a mi protagonista. En cuanto encuentre a esa hija de la imaginación y el azar, de la literatura y la necesidad, empezaremos a trabajar en esa triste historia.
16 de enero de 2011
Un sorbo de whisky
Beber un whisky a sorbos pequeños y ceremoniosos, después de una larga jornada, con la casa en silencio y la noche cerrada, solo, sin zapatos, es un rito del que surge una experiencia que trasciende el entorno doméstico al tiempo que la mente se abre y el cuerpo se relaja. En el regusto de cada sorbo, en su dulzura y viveza, hay un hecho literario. Con el whisky de pronto emergen la lucidez, el placer, la visión y la sabiduría, la frase y la oración perfectas.
En el primer sorbo de whisky de malta puede haber más metafísica que en la teología de los padres y los doctores de la Iglesia. En un sorbo de whisky, en su dosis justa e inalterable, por un instante, a cierta hora de la noche, el universo se ordena y se revela con una nitidez cegadora, en una visión poética implacable. Todo deviene claro, como categoría o entelequia aristotélica. En un sorbo del primer whisky, nunca más allá del tercero o cuarto, está contenida y se muestra y emerge, deslumbrante, múltiple y trascendente, toda la poesía de Fernando Pessoa.
Luego, el numen se desvanece poco a poco, se pierde esa visión relámpago de belleza y sabiduría. Lo que sigue carece de importancia. Es necesario elegir entre ir cuesta abajo por el camino de la embriaguez o buscar en la poesía la lucidez, los restos de ese naufragio metafísico. De cualquier manera se habrá roto el encanto, eso que llamamos realidad se instaurará en el cuerpo y la mente, se impondrá en las palabras y el poema, el libro, el entorno, la casa en silencio, la ciudad, la noche cerrada, el universo.
10 de enero de 2011
La tarea del poeta
La literatura, creadora de verdades, con frecuencia se condensa en una oración, una sentencia, un adagio que se fija en la memoria porque nos ofrece una respuesta, a veces por mucho tiempo buscada. Al dar vuelta a una página se disuelve ante los ojos sorprendidos uno de los enigmas de nuestra existencia, uno de los pequeños misterios de la vida. Entonces comprendemos y algo cambia en nosotros. Encontrar esas verdades y fijarlas con palabras iluminadas, acaso sin saber cómo ni por qué, sea una de las tareas del poeta.
5 de enero de 2011
Noche de Reyes
La epifanía para mí, ahora, sólo puede ser la alegría, la perfecta ilusión de mi hija con la que espera los juguetes que les ha pedido a los Reyes Magos con caligrafía preescolar en una cartita que es en sí misma un regalo para su padre, una muestra impecable de la candidez y la creatividad infantil.
Esta noche, en algún momento (la imaginación casi siempre sugiere que de madrugada, muy cerca de la hora del amanecer) harán su aparición mágica de cada año, cumplirán su cita con la inocencia iluminada y la emoción perfecta. Mañana, volverá a cumplirse el milagro de ese prodigio, tan encantador como increíble, pero verosímil, que quizá la suya sea la visita más viva y sugestiva del imaginario del mundo occidental. ¡Ay de aquel que no se haya emocionado hasta el delirio con la visión sobrenatural de descubrir un regalo real al pie del árbol de Navidad la mañana de algún 6 de enero de su primera infancia!
Recordar al niño que fui, al filo de los siete años que tiene mi hija, el que tuvo la alegría, la perfecta ilusión, es un ejercicio de nostalgia no apto para sentimentales. La epifanía es el milagro que se repite en otros, que la viven intacta, generación tras generación, como otros lo hicimos y otros, antes, lo hicieron: como una aparición mágica y uno de los momentos dorados, de salvaje felicidad de la infancia.
Pero un día se acabará, los años están contados, tarde o temprano para cada uno se romperá el encanto, se revelará triste la verdad, que suele ser uno de los primeros descalabros inolvidables y definitivos, como la decepción amorosa o el descubrimiento de la injusticia, en el duro aprendizaje de la vida.
31 de diciembre de 2010
Oración
Que no pase un día sin escribir (Nulla dies sine linea, pedía Plino el Viejo), que no llegue la medianoche y me sorprenda con la página en blanco. Que esas palabras, esas frases y oraciones cifren el trabajo, el esfuerzo, la experiencia, la imaginación, las emociones: las vicisitudes del día. Que pueda llamar a las cosas por su nombre y contar la historia con claridad y precisión y decir las palabras justas del hambriento, del desolado, del que sufre y llora, del que ríe, del que canta y baila, del que mira y piensa, del que siente y goza, del que sueña, del que se ha enamorado. Que esa escritura nombre a los hombres y las mujeres que viven perplejos el don de la vida y buscan su camino con la ilusión y las miserias de cada día. Que la escritura sea palabra fija en tinta en el cuaderno y que sea tan gratificante y necesaria como el agua y el aire y el pan nuestro de cada día.
31 de diciembre
La vida es una estampida, una marcha hacia el mañana de cada día. De un instante pende otro y de éste el siguiente, el que completa el minuto que dará la hora con la que concluye el día. Vulnerant omnes, ultima necat (Todas hieren, la última mata), dice un proverbio latino sobre las horas. Imposible negarlo, pero hay que vivir y apostar porque la próxima herida no sea letal. En el horizonte está el mañana, la alegría, la felicidad, pero también el fin.
Estamos hechos de tiempo y se nos va como el paso del sol, o la arena y el agua entre los dedos (de sol, agua o arena fueron alguna vez los relojes). Los minutos suman horas, las horas días, los días semanas y meses. Los meses culminan en años.
Vivimos en ciclos que no siempre advierto, a veces se me escapa la luna llena (no siempre miro al cielo), las mareas están muy lejos, las estaciones y los periodos de la fertilidad y los agrícolas casi diría que me son ajenos. Soy un hombre de ciudad, y las luces eléctricas de las casas y edificios y las de neón de las calles son un estímulo constante en el que crece un paisaje monótono que no respeta los ciclos vitales.
Vivo una sensación de fuga, de paso inexorable, efímera y vertiginosa hacia no sé dónde. Pero no puedo sustraerme a las ceremonias y ritos de la tribu. Para mí, sólo será una fiesta más, en la que el viernes será sábado a la medianoche.
Pero este día es especial, tanto que sucede una vez al año. Estamos a punto de cruzar el puente cívico del calendario. Es la hora del balance, de hacer las sumar y restas de lo que dejó el año, de hacer los casi siempre inútiles propósitos, promesas y proyectos, de jurar redenciones y enmiendas en el que mañana comienza.
Esta noche aquí y allá habrá celebraciones por el fin de la danza anual de la Tierra alrededor del Sol, por el cierre del año cívico y pagano. Es un momento en que la euforia puede alentar cierto optimismo. Es bueno que así sea, quizá algo comienza, algo termina.
Yo quiero que mañana salga el Sol y salga para todos, y que el frío no le hiele a nadie el alma, que nadie muera de desamor y que el orden cósmico imante la vida en la Tierra y no claudique la esperanza. Que siempre la pena sea mitigada al menos por una alegría pasajera. Yo no sé bien qué acaba ni qué celebramos. Que los astros sigan su curso. Acaso nada termina y nada comienza, aquí, ahora, en este día, salvo esta escritura.
30 de diciembre de 2010
La voluntad de escribir
Borges, el magnífico, dice que la dicha de escribir no se mide por las virtudes o flaquezas de la escritura. Yo agrego, cuando el abecedario se ha convertido en la estrella polar, el Norte de una vida, que para un escritor el ejercicio del don de la escritura y la incapacidad de escribir son una y la misma cosa, según sea estimulada o no por la voluntad irrenunciable de escribir.
20 de diciembre de 2010
Una muela
Mi dentista me ha dicho que sería conveniente extraer una muela sana. Dice que esa muela podría moverse y afectar a otras piezas, por lo tanto me recomienda ampliamente sacrificarla. Yo le pregunto si es necesario, si no hay otra solución, porque perder una muela es una cosa seria.
Para ganar tiempo, le he hablado del relato de Woody Allen que se llama «Si los impresionistas hubieran sido dentistas», le he citado a don Quijote que dice: «te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante».
Ella insiste, y me habla de razones odontológicas, estomatológicas y poco falta para que me diga que el ángulo de inclinación de la Tierra sobre su propio eje se verá afectado. La doctora Calderón es una profesional, competente, con experiencia, muy agradable, que me ha dado pruebas de sus habilidades y conocimientos.
Cuando no tengo la boca abierta o anestesiada, conversamos con gusto, me habla de su club de lectura, le recomiendo libros. Me cuenta de sus hijas y de su educación, de la escuela a la que asisten. Luego, me pregunta otra vez si acepto que extraiga la muela.
No tengo la menor duda ni sospecha de sus capacidades ni tengo razones para dudar de su diagnóstico. Simplemente no quiero perder una muela sana a menos que sea absolutamente necesario. Uno va por la vida perdiendo juventud, seres queridos, amigos, amores, ilusiones, como para perder además una muela así nomás. Le dije que lo pensaría. Le prometí que volvería a los seis meses para una limpieza y tomar una decisión.
Se ha cumplido el plazo y debo volver al consultorio. Pediré una cita y hablaré seriamente con ella. Defenderé mi punto de vista, daré una gran batalla. Yo creo que este asunto de la muela tiene que ver más con la metafísica o la ontología que con la anestesia, la extracción y un dolor pasajero.
Es una cuestión de principios, de integridad. Preferiría que me extrajera dos o tres prejuicios, una tristeza y una pena. Si la doctora Calderón pudiera hacerlo, con gusto le entregaría a cambio esa muela.
15 de diciembre de 2010
Las canciones silentes de Silvestrov
Escucho las Canciones silentes (Silent Songs) de Valentin Silvestrov. Me estremezco y sin embargo mi emoción no me arrebata del todo, me doy cuenta de que ahí están los atributos del lied que más aprecio: la belleza desnuda de la melodía, que me atraviesa como un relámpago la noche; la sobria dignidad viril de una voz de barítono al servicio del poema que canta; el fulgor de la presencia, la elegancia indispensable del sonido químicamente puro del piano, necesario como el pan, el agua y el aire. La brevedad, como insinuación de algo apenas entrevisto o beso robado; la sabiduría del discurso; la riqueza del poema, la intensidad.
El encuentro de un piano y una voz es un acto amoroso que antes de su fin puede devenir en cualquier cosa menos en el silencio, y en esa forma mínima de un arte ya están las máximas posibilidades y bellezas. Todo lo que puede dar el arte sonoro ya está ahí. Así, una canción silenciosa es una contradicción, pero Silvestrov, maestro de nuestro tiempo, ha logrado el oxímoron perfecto, la música callada que pedía un poeta místico, la que dice y sugiere, la que habla en el silencio, la que celebra la soledad y la intimidad con impecable belleza. Música íntima, para ser sentida tanto como escuchada, estas canciones encierran otras músicas, otros ámbitos.
Estas canciones que escucho por primera vez me evocan otras músicas, como un poema o un paisaje que no conocíamos nos recuerda otros, poemas o paisajes o cierta emoción que no habíamos sentido hacía tiempo, a la que incluso le rehuíamos como quien dice: "ahora no tengo tiempo de sentir, venga mañana".
Todavía no sé qué me dicen estas canciones, qué encuentro más allá de sus atributos formales, de la magistral sencillez que instaura una belleza vislumbrada. Pero entregado a ella, ensimismado, escribo a la orilla de mí mismo, al borde de la emoción, de un ataque matutino de melancolía. Yo no sé qué tiene esta música, yo no sé qué me dice, no sé si encierra alegría o motivos para el llanto, un golpe de soledad o desesperanza, no lo sé, pero su fuerza telúrica y cósmica, humana y sobrehumana, me arrastra, me dice, me llama.
12 de noviembre de 2010
Un místico en casa
Tengo un monje en casa, un aspirante a místico. Por supuesto, no nos comprendemos. Su vida goza de una levedad y unos privilegios que a mí me están vedados. Se interesa excesivamente por el pequeño mundo del jardín y sus habitantes, no le importan las noticias ni el periódico y suele dormirse a mi lado cuando vemos la televisión. Tengo la impresión de que le gusta la música, pero si no la escucha, no protesta ni se altera. La verdad es que se conforma con bastante poco, aunque juega con lo que no es suyo y su curiosidad me parece excesiva: no hay rincón de la casa en el que no meta los bigotes. Con un cuenco de leche y poco más le basta, y si bien creo que duerme demasiado, me digo que es parte de su vida espiritual, en la que la meditación y aun la contemplación budistas son confundidas con la pereza y el desdén a tantas cosas de este mundo. Sí, creo que goza de cierta iluminación, de una paz de espíritu, de un estar aquí y en otra parte que revela su estado de gracia. La prueba suprema, digo yo, es su ronroneo. ¿Qué otra cosa puede ser, si no un profundo mantra y una forma superior de contemplación, un gesto de amistad, una expresión de la sabiduría, un atributo de la felicidad?
9 de noviembre de 2010
La muchacha y la flor
Empiezo este relato. Yo busco, elijo y ordeno las palabras. Las escribo aquí, con un lápiz en esta hoja blanca, mis límites son los márgenes de la página. Soy el autor, escribo lo que quiero, mi libertad es soberana. Si pido un jarro de agua sobre una mesa, ya tengo en mi escritura una mesa y un jarro de agua. Entonces decido que también aparezcan un vaso y una manzana. Ahora digo que al fondo de la habitación hay una ventana que da a un parque por la que entra una luz muy clara. En una habitación casi desnuda tengo una mesa de madera, rectangular, no muy grande, una hoja de papel en la que escribo con un lápiz, dos sillas, un jarro de agua, un vaso, una manzana, una vista a un parque desde una ventana con una luz diurna muy clara.
Escribo que sin anunciarse una muchacha abre la puerta, entra en la habitación, irrumpe en mi relato. Lleva una flor blanca en la mano, una azucena a la que llama lili, y al tiempo que se sienta la posa en el centro de la mesa. Se sirve agua en el vaso, la bebe, muerde contenta la manzana. Se levanta y mira el parque frondoso desde la ventana. Conversa conmigo, mientras escribo estas palabras. Hablamos de ella, y también del agua fresca, de la luz muy clara, del parque y de su gusto por la manzana. Se sienta frente a mí y me cuenta su vida, sus secretos, que no quiero ni puedo divulgar aquí por no faltar a mi palabra. Poco a poco se bebió todo el jarro de agua. Conversamos toda la mañana.
De pronto, sin que yo lo escriba, la muchacha se levanta. Sin que yo lo decida, sin que yo lo quiera, sin decir hasta luego se va a ir de esta página. Sorprendido, no sé qué decirle para que no se vaya. La muchacha, con movimientos muy lentos, sale de la habitación, cierra la puerta y se marcha. Su partida me desconcierta, de pronto estoy triste, acongojado, en el límite de la página. Todo esto es muy extraño. En la mesa ha quedado una lili que no estaba en mi relato, una que no está hecha del polvo de los sueños ni de papel ni de palabras. La flor es de verdad, muy bella y muy blanca.
28 de octubre de 2010
Beatus ille y la poesía de Miguel Hernández
Muy temprano, mientras hacía fila en un café para pedir el primer exprés del día, escuché que alguien detrás de mí declamaba: Besarse, mujer, / al sol, es besarnos / en toda la vida. / Asciende los labios, / eléctricamente / vibrantes de rayos... Me volví y vi a un hombre muy joven, con la cara estragada, lo sé, por el amor, la poesía, el desvelo.
En el café había casi una penumbra, casi un silencio. Los clientes pedían discretamente capuchinos y americanos, los empleados los servían, pero nadie dijo ni hizo nada más. Del fondo de la fila aquel hombre, herido de un zarpazo poético, desgranaba: Boca que arrastra mi boca, / boca que me has arrastrado: / boca que vienes de lejos / a iluminarme de rayos.
Me volví abiertamente con rotunda simpatía. Aquel hombre me vio, y entendió que yo entendía. Hermanos fugaces en Miguel Hernández, lo acompañé, contagiado de pronto: Alba que das a mis noches / un resplandor rojo y blanco. / Boca poblada de bocas: / pájaro lleno de pájaros.
Nadie más en el café dijo ni hizo nada. Aquello me pareció un escándalo. De pie, bebí mi exprés de dos sorbos. Lo trascendente seguía implacable: He de volver a besarte, / he de volver... Lo seguí hasta el final: Boca que desenterraste / el amanecer más claro / con tu lengua. Tres palabras, / tres fuegos has heredado: / vida, muerte, amor. Ahí quedan / escritos sobre tus labios.
Me acordé de un adolescente que quiso ser poeta y se aprendió para siempre, deslumbrado, muchos poemas de Miguel Hernández. A pesar de los años, por un apego inútil, creo que aún conservo una carpeta con papeles impresentables de aquel tiempo.
El que estaba frente a mí en el café, lo sé, era un hombre en estado de gracia, luminoso. Dichoso él: Beatus ille, pensé. Que nada lo perturbe, me dije, que nada ni nadie lo trastorne. En el café, lo sé, pronto sería un loco, un raro, un apestado.
Salí a la calle para ir a la oficina, la cruda luz de la mañana era más densa, el aire más pesado, los ruidos opacos; el mundo era distinto, parecía irreal, desdibujado.
25 de octubre de 2010
Elizabeth Smart lloró en Grand Central Station
A veces la vida de un escritor, la leyenda del origen de una obra, gana fama, se extiende y acaba por imponerse y suplantar al libro al que se debe. Yo conocí algunos aspectos de la biografía de Elizabeth Smart antes que su novela. Para ella, ahora lo sé, su vida y su obra fueron dos expresiones de un mismo impulso, de una misma actitud, de la misma manera de estar, de ser.
Elizabeth Smart vivió como escribió y escribió como vivió, por ello es una autora esencial y vital como pocas: entre vivir y escribir no hizo diferencias. Un día, muy joven, leyó unos poemas de George Barker y decidió, antes de conocerlo, que ese hombre sería el amor de su vida. Lo fue, y el padre de sus hijos, aunque él estuviera casado.
La historia de Elizabeth Smart y George Barker fue cualquier cosa menos un cuento de hadas. El amor y el desamor, los tiempos y destiempos, los celos, el alcohol y el egoísmo tejieron las tramas de sus amores clandestinos, de esas vidas, a su modo, unidas para siempre. Luego, la intromisión de la familia, la policía, la pobreza, la moral pública, la distancia, fueron el complemento perfecto de la leyenda.
En Grand Central Station me senté y lloré (By Grand Central Station I Sat Down and Wept) es la novela, si es que es una, que ha trascendido a esos amores. Pero que nadie piense en una novela rosa ni una historia de amor domesticado. En realidad es un libro sobre la pasión sin límites, rabiosamente inteligente y sensible de cuya lectura uno sale devastado, con la conciencia perdida y el alma maltrecha. Así me ha sucedido, pero conservé la lucidez necesaria para apenas decirme: “Sí, esto es una pequeña obra maestra, aturdimiento y vino para los enamorados”.
En estas páginas se levanta una flor perfecta de cierta literatura en estado puro cuya intensidad no podría ser mayor, que no podría contener más poesía (ni más referencias ocultas), ni más dolor y acaso, si es posible, más amor. Amor (con alta inicial) atraviesa esta historia, pero el amor también es sufrimiento.
Después de cerrar el libro, muchas horas después de su lectura, en mi ánimo sigue intacto el asombro y tengo la sospecha de que me ha sido dado gozar (y sufrir) de algo extraordinario, ser testigo y vivir un prodigio literario y amoroso que se extiende más allá de la leyenda y la última página.
19 de octubre de 2010
Dos cuadros, una huella, la mirada a lo perfecto femenino
I
En un cuadro de Paul Laurenzi, cuyo título desconozco pero bien podría llamarse Muchacha con las piernas recogidas o Muchacha abrazándose las piernas, encuentro de pronto, una vez más, el doble misterio de la belleza, dos de sus implacables revelaciones. Primero, la del cuadro, luego, la contenida en la representación de la belleza femenina. En esa obra hecha de trazos, líneas, puntos, colores, contornos, sombras, el artista dibujó una vez más, intacto y a la vez distinto el encanto tantas veces vislumbrado.
En la figura está todo, lo que se muestra y lo sugerido. Está el artista, la obra y la figura de la muchacha. También la historia de la pintura y el eterno femenino, el asombro, la sonrisa del alma. En el ojo del artista está el misterio, la secreta geometría, las formas de esa muchacha que se abraza las piernas y en la que podría reconocerse alguna mujer. Ahí está, en esa chica que mira de frente y cuya falda descubre sus muslos, en el fulgor del cuadro, revelado como el ser, una presencia, el erotismo, la feminidad. Sólo faltaba el espectador para cerrar el círculo.
¿Estaba ya también ahí su mirada, el milagro revelado de un instante perfecto de lo femenino y del arte fundidos en el golpe de una mirada entre dos aletazos, dos instantes señalados por el asombro de los párpados?
II
En el retrato de Bianca Sforza, hija de Ludovico Sforza, duque de Milán, y de su amante Bernardina de Corradis, conocido como Joven de perfil con vestido del Renacimiento, vuelvo a encontrar intacto el misterio. Se imponen la seriedad, el recato, el pudor solemne de una mujer con peinado alto, de perfil, que está siendo dibujada quizá a su pesar, posando de perfil, indiferente al artista, a la mirada omnipotente de un dibujante prodigioso que reveló el secreto de su rostro, su peinado, su cuello.
Ahí está su presencia, y con un poco de esfuerzo y paciencia podría imaginar su vida en alguna ciudad italiana, durante el Renacimiento. El artista encontró la encrucijada, el ángulo único perfecto, el punto exacto en que convergen en un instante la mirada del artista y el alma de Bianca Sforza. Una vez más, el milagro del misterio artístico de lo femenino se ha consumado y revive en un instante en la mirada del espectador.
Pero en este cuadro que se creía obra de un artista alemán de hace dos siglos, han descubierto una huella dactilar y la investigación, la imaginación y la literatura sugieren que es de Leonardo da Vinci, según la revista Antiques Trade Gazette. Las pruebas con carbono, los análisis con rayos infrarrojos, la técnica del gran Leonardo pero sobre todo la huella, captada por una cámara multiespectral confirman esa conclusión.
La huella dactilar corresponde a la punta del dedo índice o corazón y es “muy comparable” a la encontrada en otro cuadro de Da Vinci. Sería la primera o la única obra en pergamino, aunque sabemos que conoció esa técnica. Profesores eméritos, sabios y científicos darán algún día su veredicto.
Por supuesto, su costo pasaría de 12,800 a más de cien millones de euros. Me gusta pensar que aparece un nuevo cuadro de Leonardo da Vinci, pero su autoría confirmada por al ciencia cambiaría el rostro revelado, la verdad de Bianca Sforza, porque el cuadro sería mucho más caro, pero no podría cambiar la mirada, no podría ser más bello.
Yo, que no sé dibujar, miro el cuadro de Laurenzi y el de Da Vinci. Sus diferencias son obvias, pero en ambos imagino sus miradas, la ejecución poderosa, el virtuosismo del artista empeñado en transformar un lienzo en la imagen inolvidable de una mujer de perfil, de una muchacha abrazándose las piernas.
14 de octubre de 2010
Un libro y sus efímeros pájaros de papel
En la última escena de The Ghost Writer (El escritor fantasma), película del poco honorable Roman Polanski, basada en la novela The Ghost de Robert Harris, el destino del protagonista se adivina trágico en el vuelo infame de las cuartillas de un libro que huyen por la calle animadas por el viento. No es la primera vez que el cine retrata las hojas blancas, sueltas, en pleno vuelo, que se disgregan en el aire para dejar de ser un libro por ese orden gregario, esa unidad que les da sentido.
Wonder Boys (absurdamente: Loco fin de semana), de Curtis Hanson, basada en la novela del mismo nombre de Michael Chabon, también retrata ese vuelo fatal de la novela del profesor Grady Tripp. Las hojas de una novela se pierden en el aire con un gesto doloroso y una dignidad que no siempre alcanzan los libros impresos.
Deshojado, desmembrado de su forma original, no puedo imaginarme un final más triste y miserable para un libro. Pero la imagen del vuelo de las hojas que se pierden para siempre, arrastradas por el viento, lejos, en la calle, o al fondo del lago tiene una belleza sobrecogedora. Esos folios blanquísimos han dejado de ser un libro, un rimero de papel escrito para convertirse en una parvada en vuelo, pájaros efímeros y absurdos, perturbadoramente bellos, cargados de palabras, en dispersión hacia la lluvia, la nada, el olvido o el silencio.
Oleanna
En esa pieza de David Mamet, Oleanna, no hay respiro ni tregua, no hay silencios ni resquicio por el que pueda escapar la mirada. No hay certezas ni verdades absolutas. Tampoco hay solución. En el escenario, John, el profesor universitario, y Carol, su alumna, con una riqueza de matices y guiños de inteligencia, se hacen la guerra verbal. Crónica del enfrentamiento puro entre dos puntos de vista, los contrarios, los opuestos, las jerarquías, lo masculino y lo femenino.
Oleanna, expresión logradísima, en un discurso aniquilante, del desencuentro esencial, en el que sucede en dos planos lo que cada quien quiera ver, en el malentendido de los antagonistas. El punto de vista es una mixtura extraña de verdades subjetivas, mentiras y medias verdades. La psicología, huérfana de la ciencia y cenicienta de las humanidades, no acaba de explicar lo que sucede en el conflicto y la lucha de poder, en las suposiciones, en el juego sucio de los egos y las dobles intenciones.
Oleanna es una palabra muy bella y el nombre de una canción popular, pero podría también ser un sinónimo de la incomprensión y la rivalidad. Oleanna, metáfora del mundo, espejo terrible de la condición humana. En la puesta en escena que vi, Juan Manuel Bernal e Irene Azuela, maestros en su arte, en su soledad, frente a frente, eran todos los hombres, todas las mujeres.
29 de septiembre de 2010
La gramática atómica
Especialistas de las más prestigiadas universidades han concluido en un reciente Congreso que el modelo científico de la gramática atómica es correcto. Esta teoría afirma que una letra es indivisible, como el átomo de los antiguos griegos. Una a o una z no tienen partículas subatómicas, no tienen protones, electrones ni bosón de Higgs. El verdadero átomo es una letra.
Esto es una revolución científica absoluta que contrasta con la relatividad de otras teorías. Si bien se ha buscado un modelo cuántico, la gramática atómica es la que responde a la totalidad de las grandes interrogantes del sistema.
Los científicos ya no dudan al afirmar que una palabra es un conjunto de átomos (letras), y no dudan de que este descubrimiento dará gran impulso a la biología lingüística atómica, que podrá considerar a las palabras como células o núcleos. Por su parte, algunos investigadores especialistas en química atómica buscan ya el peso y la masa atómicos de cada letra, como si éstas fueran elementos.
El modelo de la gramática atómica (algunos han preferido llamarla alfabética atómica o abecedaria atómica) dice que cada letra es indivisible, no se crea ni se destruye, sólo se transforma, y esta ley física de las letras es válida para las vocales y para las consonantes, y presenta características muy interesantes.
Las letras, verdaderos átomos y elementos, ya sean mayúsculas o minúsculas, manuscritas o de molde, pueden mutar en otros nombres en otros universos gramaticales atómicos (lenguas o idiomas), y son excelentes conductoras del sonido, por eso pueden expresarse con un número muy variable de acentos y ser bien o mal pronunciadas. Pueden ser dichas rápido o despacio, con vehemencia o con un susurro, incluso pueden no ser escuchadas, como cuando alguien lee en silencio.
Las letras átomos también son grandes transmisoras de energía, por eso pueden ser dichas con pasión o rabia, con naturalidad o con la impostura de un actor, con euforia o la más lamentable de las tristezas.
Una palabra, entonces, debe ser vista por la biología como una célula, y por la química como un elemento, por la física como fuente inagotable de energía y aún la energía misma. Una variante del modelo de la gramática atómica sostiene que las palabras tienen género, de manera que habrá palabras y palabros, aunque aún no se conoce cómo se reproducen, nacen y mueren (pero no mueren, mutan, cambian, se transforman, se enriquecen del uranio de nuevos significados y significan otras cosas).
Lo que está más que comprobado es que con una combinación afortunada de átomos gramáticos (es decir, letras), se pueden formar en un número finito pero desconocido, como el de los números primos, las palabras o palabros, con los que se pueden hacer la lista de la ropa en la tintorería o la de los invitados a una fiesta; las recetas de cocina, los recados, los directorios telefónicos, los inventarios, las minutas, los memorandos, las crónicas, los informes, los discursos, las composiciones escolares, los relatos, los ensayos, las novelas, los poemas y las cartas de amor.
La belleza y verdad de todos estos casos de uso dependerá de los atributos físico químico biológicos de los átomos y las combinaciones de las células que los conforman. Más claro ni la o por lo redondo.
Por fin se entiende porque un vidente llamó (¡Eureka!) pluma atómica al bolígrafo, boli, borime, que bajo esos nombres también se le conoce. Después de todo, los poetas tienen la razón. Antonio Machado ya sabía que sólo se puede escribir golpe a golpe, átomo a letra, palabra a célula, verso a verso.
23 de septiembre de 2010
Francesca Woodman
Veo un libro sobre ella. Empieza a ganar fama y admiradores. Sobre Francesca Woodman y sus fotos se publican libros, se escriben ensayos. Yo tengo emociones e impresiones contradictorias. Más que la razón, una intuición que algunas veces ha guiado mi escritura me acerca a ella. Me hubiera gustado incorporarla a una novela que se va quedando atrás pero que no he olvidado del todo. Me hubiera gustado haber sabido de ella cuando escribí La rosa del calidoscopio, hablar de su vida y sus fotografías. Me hubiera sido muy útil para dibujar el ámbito de cierto personaje. Esta fotógrafa malograda tiene afinidades profundas con algo que imaginé. Así lo creo. Tanto, que a veces pienso que uno no imagina, simplemente encuentra. En este caso, a destiempo.
12 de septiembre de 2010
Simenon o la escritura sin fin
No son pocos los lectores que admiran sin reservas los libros de Georges Simenon, seducidos por el encanto, la variedad y la extensión de su obra, pero también por lo que conocemos de su vida, por esa biografía tan difundida sin pudor, tan literaria como embustera que alienta la leyenda de este fecundísimo escritor.
Sus novelas y relatos, de estupenda factura, se cuentan por cientos, y, por si fuera poco, un personaje, el comisario Maigret, protagonista nada menos que de setenta y seis novelas, es tal vez el inspector de policía más célebre del mundo, de rasgos tan definidos y personalidad tan dibujada, de hábitos tan arraigados y tan familiar a sus lectores, que algunos no sólo afirman que lo reconocerían si lo encontraran caminando por las calles de Montmartre o en la terraza de un café, aunque no llevara su pipa y su sombrero.
Algunos estarían dispuestos a afirmar que lo visitaron en su despacho (en el que confirmaron que aún estaba allí la vieja estufa de hierro colado), o que no hay ni la menor duda de su cabal existencia porque un personaje tan veraz y entrañable no lo podría haber inventado ni el mismísimo Simenon.
El inspector es el rostro visible, la imagen de la suma de virtudes cívicas que la polis espera de un hombre, serio y honesto, que dedica su vida entera a luchar contra el crimen y cuya mujer, excelente cocinera, lo espera, comprensiva y discreta, cada noche, cuando vuelve cansado a casa con preocupación infinita o satisfecho por haber cumplido su misión.
Con este superhéroe de novela, Simenon logró una popularidad y unas cifras de ventas que aún hoy, casi ochenta años después de la publicación de Pietr el letón, la primera de Maigret, marean. Simenon y Maigret llegaron a fundirse en uno, y en algunas ediciones esas dos palabras aparecen unidas como si fueran el nombre y el apellido, la fusión y confusión del autor con su personaje.
Simenon tenía una fabulosa capacidad de creación, una imaginación y un conocimiento de su oficio que le permitía, en quince jornadas de trabajo intenso, terminar una novela, cualquiera que se propusiera, pues las componía por encargo, ligeras y licenciosas, sentimentales y cursis, de aventuras, policíacas y duras, digamos literarias.
A mí, lo que más me gusta de Simenon, es su pasión por la escritura, su gusto sin fin por escribir a máquina, por encontrar en las teclas que aporreaba con energía, los peldaños que le darían fama y dinero, celebridad y la enorme satisfacción de hacer todos los días a todas lo que más le gustaba hacer en la vida.
Para Simenon, la pasión por las palabras, que conservó intacta hasta el fin, pues cuando viejo y enfermo ya no pudo escribir, dictaba, tenía el goce que los niños encuentran en el prodigio de unir letras que de pronto forman palabras y luego frases que dicen cosas que uno había pensado y que ahora estaban ahí, en el papel, fijas, y que cualquier puede leer.
Esa pasión por las palabras, por fabular, por dar cauce en ellas a una imaginación y un talento desbordante, a un río incesante de pensamientos e ideas, de situaciones y personajes, no es común ni tan frecuente, como podría pensarse, aún entre escritores. Para encontrar una pasión así, hay que remontarse a Balzac, al Marqués de Sade, a Proust.
Esa sed de palabras, que no se apaga al escribir, sino se enciende en la medida en que se van dejando esas salamandras de tinta en el papel y que no se tiene más remedio que dibujar para que renazcan a los ojos de otros, es la gran lección de Simenon.
Pero si Enrique Vila-Matas disertaba en una novela sobre los escritores que dejan de escribir, pues las razones y la fuente de la creación literaria son misteriosas, Simenon podría ser un buen ejemplo de los que no paran de escribir y terminan por escribir demasiado.
La leyenda cuenta que Simenon estaba dispuesto a encerrarse en una caja de cristal y escribir una novela más, a la vista del público, en un alarde del dominio de su oficio, y también se dice que tuvo más mujeres que novelas.
Frente a esa producción en serie, industrial, no muy lejana a la de las plantas de montaje, no vale la pena destacar que hay libros desiguales y prescindibles, sino que muchos de ellos son excelentes y que Gide y Henry Miller, Céline y T. S. Eliot, Faulkner y Pla, gozaron de ellos.
Frente a Simenon no están los que dejaron de escribir, sino esos solitarios que escribieron una y sólo una novela. La lista no es breve, pero sí asombrosa. Basta un nombre para cifrarla: Juan Rulfo.
7 de septiembre de 2010
El amor sitiado
Entre su amor callado y su amada: la música. El silencio de Mr. Kinsky encuentra en su piano y en sus composiciones la hondura que no supieron hallar sus palabras, su torpe declaración de un amor que parecía imposible. Decía Henry Miller en una de sus novelas que ninguna mujer es capaz de resistir la llamada de un absoluto amor. Tal vez eso sea cierto en la literatura, en el cine, en esta película de Bernardo Bertolucci, Besieged, en la que casi todo se dice en silencio, todo lo que importa, el deseo y el amor, la nobleza, la soledad y la gratitud, casi un poco al margen de las condiciones de la trama, del choque brutal de las culturas, de la música africana, de la música europea, de Roma, que asoma eterna por breves instantes en las escalinatas y la Piazza di Spagna. Como aquellos otros célebres amantes, Shandurai y Mr. Kinsky tienen que separarse al amanecer, pero no cuando los despierta el canto de una alondra, sino cuando Winston, el marido de ella recién liberado, toca a su puerta.
6 de septiembre de 2010
Ah las palabras
Hay palabras expósitas, hay palabras bastardas, hay palabras de alcurnia, hay palabras reales. Hay palabras desconocidas, hay palabras impuras, hay palabras inútiles, hay palabras parásitas. Hay palabras admirables, hay palabras impresentables, hay palabras impronunciables, hay palabras extrañas y extranjeras. Hay palabras amigas, hay palabras ajenas, hay palabras vecinas, hay palabras nuevas.
Hay palabras viejas, hay palabras en desuso, hay palabras confusas, hay palabras oscuras, hay palabras luminosas, hay palabras retóricas, hay palabras francas, hay palabras mentirosas, hay palabras profundas. Hay palabras seductoras, hay palabras obscenas, hay palabras coquetas, hay palabras duras, hay palabras durísimas, hay palabras suaves, hay palabras melosas, hay palabras aladas.
Hay palabras graves y jurídicas, hay palabras simpáticas, hay palabras incomprensibles, hay palabras innecesarias, hay palabras hermanas, hay palabras gemelas, hay palabras lejanas. Hay palabras insospechadas, hay palabras espías, hay palabras dobles, hay palabras comprometidas, hay palabras comprometedoras, hay palabras delatoras, hay palabras testimoniales, hay palabras desaliñadas, hay palabras marciales.
Hay palabras solemnes, hay palabras ceremoniales, hay palabras vitaminadas, hay palabras descafeinadas, hay palabras vigorosas, hay palabras anoréxicas, hay palabras espinosas, hay palabras plumíferas, hay palabras arrabaleras, hay palabras palaciegas, hay palabras falsas, hay palabras doradas, hay palabras bailadoras, hay palabras cascabeleras, hay palabras ligeras, hay palabras honorables, hay palabras promiscuas y degeneradas.
Hay palabras infernales, hay palabras paradisíacas. Hay palabras sucias, hay palabras inmaculadas, hay palabras vulgares. Hay palabras leales, hay palabras traidoras, hay palabras delatoras, hay palabras liberadoras. Hay palabras perfumadas, hay palabras deportistas, hay palabras infantiles, hay palabras de mujer, hay palabras femeninas, hay palabras científicas, hay palabras chismosas, hay palabras amistosas, hay palabras insensibles, hay palabras sentimentales.
Hay palabras poéticas, hay palabras literales, hay palabras guerreras, hay palabras desquiciadas, hay palabras neuróticas y esquizofrénicas, hay palabras corruptas, hay palabras envenenadas. Hay palabras benditas, hay palabras transparentes, hay palabras inaceptables, hay palabras inefables, hay palabras embusteras, hay palabras verdaderas.
Hay palabras sabias, hay palabras exactas. Las hay negras y blancas, dulces y amargas, obesas y hambrientas. Las hay sabor ajo, cebolla, menta, chocolate, miel y hierbabuena. Las hay democráticas y autoritarias, otras son mestizas, otras son puras, otras son poderosas.
También es sabido que las hay exuberantes y desérticas, heladas y silvestres. Algunas son boscosas y frutales, otras volcánicas, otras oceánicas, algunas más son endémicas y transgénicas. Sí, y también se sabe que algunas son ignorantes y otras enciclopédicas, y las hay nacionalistas, microscópicas, universales y hasta cómicas y cósmicas…
Me han dicho que es imposible definir y clasificar a todas las palabras. Supongo que así es. Yo sólo las encuentro misteriosas y fascinantes, me rindo ante su misterio y su encantamiento para nombrar y llamar, significar y decir.
Me gusta cómo se ven y cómo se pronuncian, su ortografía y su gramática, y eso que llaman sintaxis, que sirve para ver cómo se mezclan y combinan y forman entre ellas. Qué cosa más rara. Qué bichos de letras más lindos. Yo sólo sé que me gustan mucho las palabras.
