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1 de octubre de 2018

Thomas Hardy y el olvido

Adiós a todo eso es el título del libro de memorias que Robert Graves escribió a sus treinta y tres años para ganar dinero y pagar sus deudas. No es del todo apresurado calificar como prematuro el libro que cuenta la vida de un hombre aún joven, pero si ese hombre es un soldado sobreviviente de la primera Guerra Mundial y tiene el talento literario de Graves, entonces ese libro se torna necesario e incluso indispensable. Graves cuenta la guerra, la vida de los soldados en las trincheras, su contacto diario con la muerte con asombrosa maestría y desapego.

Aunque Graves tomaba notas sobre su vida, algo así como un diario, un registro de sus años en Francia luchando contra los alemanes, con la intención de usar sus apuntes para una novela, es notable la recuperación del pasado con un arduo ejercicio de memoria.

Después de la guerra, un día Graves visitó con su mujer a Thomas Hardy en su casa de campo. Hace un siglo, el autor de Tess d' Urberville, era un poeta y novelista célebre, que ahora está en ese extraño limbo entre la gloria petrificada de algunos clásicos y el más rotundo olvido. Así como un día pueden aparecer libros suyos en las mesas de las novedades de las librerías, también es posible que no se reedite más y las siguientes generaciones no podrán ser acusadas de olvido por la simple razón de que no lo conocieron ni lo leyeron (son muchos los confinados a ese limbo).

De esa visita, cuenta Graves en Adiós a todo eso, en la traducción de Sergio Pitol, que Hardy «en una ocasión había estado podando un árbol cuando de pronto germinó en su mente la idea de un relato. La mejor idea que hubiera concebido en su vida, y le llegó completa, con los personajes, el escenario, y hasta algo del diálogo. Pero como no llevaba lápiz y papel consigo, y deseaba terminar de podar antes de que el tiempo se estropeara, no tomó notas. Cuando se sentó a la mesa y trató de recordar la historia, todo había desparecido.» Y Hardy le aconsejó a Graves: «Llevé siempre papel y  lápiz. [...] Por supuesto que aunque ahora recordara la historia ya no la escribiría».

Sabio el consejo del viejo Hardy. Siempre hay que llevar papel y lápiz: siempre. Uno no sabe cuándo llegará la «mejor idea que hubiera concebido». Por un instante aparece la imagen impecable de ese relato, llamado a ser el mejor de todos, pero el rayo del numen, la fuerza de la revelación, la emoción de escuchar el canto de la musa, aturden de pronto de tal manera que al pasar el arrebato, el gran momento, nada queda.

Al encontrar un momento de sosiego, tal vez al llegar a la mesa de trabajo, sólo queda el recuerdo de esa experiencia intensa: de haber imaginado un relato completo o sentido un poema perfecto que nunca será escrito porque de él no ha quedado ni una palabra. Lo arrebató el olvido. Hardy dice la verdad. Sé de qué habla. Puedo dar fe de que a veces es así.

27 de diciembre de 2016

El bar de las grandes esperanzas

Si valoráramos los libros por su permanencia en el ánimo, por la viveza de su recuerdo, porque continuamos dialogando con ellos mucho después de haber leído la última página, entonces para mí el libro del año es The Tender Bar: a Memoir (El bar de las grandes esperanzas; Duomo), de J. R. Moehringer.

En estas memorias, que pueden leerse como una novela, encuentra su sitio el anhelo del padre ausente, la tragicómica casa de los abuelos, la madre, pero sobre todo la búsqueda de una imagen paterna en un tío y sus amigos en un bar. Las relaciones de J. R. con el bar, con el alcohol, claro pero también con el entramado de personajes y situaciones que encuentra ahí se hacen esenciales en su formación. El protagonista creció y se hizo hombre en un bar, y tener un bar por hogar es algo definitivo.

La dulzura de la madre y la ternura, sí, ternura, que revelan en el bar la caterva de hombres rudos que van ahí a buscar una copa y una alegría, es una de las revelaciones del libro. Policías, agentes, hombres de negocios, oficinistas y empleados, revelan sus carencias, sus miserias y su necesidad de afecto.

Y el humor que yace en las escenas o momentos del libro de cada capítulo de pronto desata la simpatía incondicional o la carcajada, y no quisiera dejar de leer pero tampoco que avanzarán las páginas, en un estado de gracia que pocas veces se consigue con tal plenitud. Sin lecciones morales ni moraleja, sólo el relato duro y puro de los sucesos elegidos para contar el devenir de una vida, El bar de las grandes esperanzas gana y convence por una razón simple: está contado con honestidad.

Moehringer, periodista de prosa exacta y transparente, ganó un premio Pulitzer por un reportaje notable. Decir que su libro está bien escrito no es del todo exacto, ni justo. El suyo es un libro con una escritura limpia, precisa, clara, de una aparente sencillez que me ha despertado una admiración incondicional. Y con todo, aunque escriba estos libros, no creo que Moehringer logré otro libro igual. Me encantaría, como lector entusiasta, equivocarme en ese juicio.

Un libro así, que viene de lo más hondo, de lo más íntimo, de la mirada que extrae belleza de la amargura y el dolor es difícil que encuentre un par. Y con frecuencia ese libro solitario dice más que la docena de volúmenes de otros autores insulsos que desaparecerán sin remedio. Moehringer es de esos que escriben a partir de su experiencia pero se vierten por entero en un libro, a veces urgente, necesario, esencial.

El bar de las grandes esperanzas es uno de ellos, y por lo tanto buena literatura. A su manera, es un libro que no se agota. Aún no la comienzo, y ya empiezo a gozar de los placeres de la primera relectura.

30 de agosto de 2011

La memoria y las Memorias de Artur Rubinstein

Michel de Montaigne dice en uno de sus ensayos, no recuerdo en cual, que una de las funciones de la memoria es olvidar. Borges imaginó a Funes, el memorioso, el que nada olvida. Entre esas dos invenciones literarias, está la escritura, la memoria de palabras, los cuadernos de los diarios, los libros de memorias. La escritura es el único antídoto fiable contra el olvido. Si no escribiéramos sabríamos menos de los otros, pero también de nosotros mismos.

Mis años de juventud (Universidad Veracruzana, 2011) son las memorias de Artur Rubinstein, de uno de los más grandes pianistas del siglo XX, redimió y reinventó a su paisano Chopin. Es decir, inventó una nueva manera de tocar su música, que equivale a decir, en parte, de tocar el piano. Rubinstein supo muy pronto que el intérprete debe ser un músico que ennoblece una obra “si es un recreador y no un mero ejecutante”.

Dice Rubinstein en el Prefacio de su libro: “Nunca he llevado un diario” […] “tengo la fortuna de estar dotado de una memoria envidiable, que me permite reconstruir mi larga vida casi día por día.” Al parecer lo recordaba todo, absolutamente de todo, nombres, apellidos, lugares, fechas, anécdotas, conversaciones, a lo largo de seiscientas páginas dedicadas sólo a sus años de juventud.

Nadie recuerda, tal como los narra, todos los detalles de su infancia. Tal vez tenía un pacto con Mefistófeles y en su acuerdo, le dio a Margarita (es decir, un amor incondicional por la vida) un talento endiabladamente excepcional para tocar el piano y una memoria diabólica, digna de un relato de Borges. Thomas Mann llamó a Rubinstein: el “virtuoso dichoso”. Mann sabía cuando un músico tenía pacto con el diablo.

A mí me basta mi desmemoria y la palabra de Michel de Montaigne para saber que nadie recuerda todo lo que ha vivido desde la infancia. Rubinstein dice que recuerda o finge recordar el orden de los sucesos, los contextos, los datos útiles y los otros, los motivos, los detalles mínimos... Nadie se libra de olvidar, sólo Funes, el imaginado por Borges. Por lo tanto, Rubinstein, además de un perfecto pícaro, era un gran mentiroso, pero su libro es tan bueno, tan ameno, que resultó además un buen novelista.

La vida que Rubinstein recuerda, al menos la que escribe, es maravillosa. La cuenta como si fuera una sonata. Yo sé que no fue exactamente así, pero sucede que las cosas son como las recordamos. “La verdad histórica [...] no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”, nos advierte Borges. La verdad histórica, lo que sucedió en verdad, con el tiempo, es una quimera, se transforma en una obra literaria.

Ahora, en la traducción de Jorge Brash, la prosa, espléndida, fluye ante los ojos como escuchamos una conversación sabrosa, que nos entretiene e interesa. ¿Por qué nos interesan las memorias de un embustero? Por la misma razón por la que nos gusta la ficción. Este libro debe de tener coincidencias asombrosas con los datos biográficos de Artur Rubinstein, pero no le creo al autor que esto sea una autobiografía. Este libro es pura literatura.