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28 de mayo de 2021

El infinito en un junco

Desde que a fines de 2019 fue publicado, El infinito en un junco se reveló como un éxito editorial; en sí mismo, como libro, en su escritura, ya era desde su concepción algo extraordinario.

La crítica y los testimonios de los lectores coinciden: estamos ante un libro asombroso. Y sí, lo es. Busco algunas claves y encuentro que es un ensayo brillante, lúcido y luminoso, que rezuma historia, conocimiento e incluso sabiduría. Canta y cuenta la historia de los libros en el mundo antiguo desde hoy, y la vincula con nuestro tiempo. El pasado remoto se engarza con el mundo de hoy: lo aclara, lo explica.

Este libro es la prueba de que un texto erudito, escrito desde el estudio y el conocimiento académico, por una persona con un doctorado en filología, no tiene por qué ser un texto escrito, como es al uso, en una jerga técnica incomprensible y aún pedante. Me refiero a esos documentos hechos para ganar grados, cátedras y puntos en el escalafón burocrático universitario y no para transmitir conocimiento e incluso goce a los lectores.

El infinito en un junco es un libro que puede comprenderlo un estudiante de bachillerato y los gerifaltes de los departamentos de estudios clásicos. Pero además, para lograrlo, Irene Vallejo no sacrificó rigor ni calidad; la bibliografía y las fuentes son impresionantes, y su aprovechamiento es realmente notable, y todo ello sin necesidad de citas y notas. Irene Vallejo ha escrito un libro asombroso, poético; un hito entre los ensayos de divulgación y reflexión.

Irene Vallejo ha recibido por su notable obra (también es autora de novelas y relatos) algunos premios y seguramente le concederán otros más. El infinito en un junco empieza a ser traducido a otras muchas lenguas, y quizá pronto se incorpore, aunque sea en algunos capítulos, a los programas de estudio; y con toda seguridad será leído en círculos de lectura, seminarios y talleres literarios. 

Al ser leído en muchas lenguas y diversos ámbitos, no sólo en las aulas universitarias, me preguntó si Irene Vallejo no ha hecho, sola (como su compatriota María Moliner en el ámbito de la lexicografía), más por las humanidades que lo que han logrado ministerios y secretarías de Educación con los medios y presupuestos gigantescos; antes al contrario, me parece, porque pareciera que su misión es minimizar, relegar, eliminar e incluso desaparecer la filosofía, la ética y las humanidades de los programas de estudio, apoyos y bibliotecas, en una tendencia que parece imparable aquí y allá. 

Quizá Irene Vallejo está dando una gran batalla por revertir esa insensatez. Tal vez está contribuyendo decisivamente a una revaloración de los estudios clásicos, a mantener encendida una llama por la que los interesados y llamados (acabaran por ser los elegidos) puedan seguir acercándose a los autores a los que nos debemos como civilización. 

No puedo imaginar qué sucederá el día que los enemigos de la cultura clásica logren, en nombre de la tecnología y el big data y la inteligencia artificial, desconectarnos del origen, de la fuente, con lo mejor de nosotros mismos, en una tradición que, si la perdemos, será como perder la memoria: dejaremos de saber quiénes somos, de dónde venimos y, por supuesto, a pesar de toda la tecnología de que podamos disponer a nuestro servicio, a dónde vamos. 

Irene Vallejo ha dejado muy en alto las expectativas de otros libros suyos. El infinito en un junco, salvo en saltos y pasajes, se centra en el mundo antiguo. Le falta (puedo decir: nos debe) la historia del libro en la edad media y el libro, en la edad moderna, a partir de la invención de la imprenta. Estos temas bastarían para otros cientos de página de prosa elegante y diáfana, de reflexiones lúcidas y hechos asombrosos. 

Ojalá Irene Vallejo continúe ese camino y pronto nos ofrezca la continuación de este singular y delicioso ensayo, una pieza mayor de gran literatura. 

2 de noviembre de 2018

Julieta y los gatos

El primer gato en la Tierra saltó de un relato acadio, sumerio o egipcio (en esto difieren los sabios) hace unos cuatro mil quinientos años. Ágil, dio un brinco muy gracioso desde la tablilla de arcilla y cayó como gimnasta rumana a los pies del primer autor que imaginó un gato. El gato miró curioso a su creador, ladeó la cabeza, se lamió una pata y se la restregó por la cara e hizo miau.

El gato, por tanto, es un ser tan literario como felino. Desde entonces, los poemas, relatos, cuentos y novelas de gatos conforman un género, una galaxia literaria tan extensa y variada cuya clasificación y conocimiento total se antoja imposible porque las literaturas de todo el mundo, en todas las lenguas y en todos los tiempos cuentan historias de gatos.

Si es imposible recordar a todos los autores de todos esos escritos sobre gatos, si es imposible reunir todos esos textos animados por «esos seres suaves, ondulantes, crueles y tiernos, siempre imprevisibles, solitarios y nocturnos que introducen en nuestro mundo cotidiano el ámbito de lo desconocido», es justo dar noticia cuando cae en nuestras manos una joya de la literatura gatuna.

Julieta Campos, autora cubana de nacimiento y formación, escribió en México en los años sesenta y setenta algunos de los libros con la prosa más clara y nítida de aquellas décadas. La calidad de su escritura debería bastar para ganarle lectores, pero salvo entre especialistas y nostálgicos, sus cuentos y novelas están casi olvidados, estos no son buenos tiempos para su notable literatura.

En un ensayo luminoso, «De gatos y otros mundos», en el volumen Celina y los gatos, Campos hace «la advocación de esas ambiguas criaturas, siempre cercanas a lo secreto y por ende a la poesía». El texto es una lúcida celebración, una breve historia, un recuento de las antiquísimas relaciones entre el gato y la palabra, entre el gato y la humanidad.

Pieza notable en sí misma, esas catorce páginas son tal vez las más agudas, intensas y felices que se han escrito sobre los gatos. Y no sólo sobre ellos y los poetas, también nos habla de nosotros mismos:

«Cuando el poeta quiere mirarse a sí mismo, hurgar en su espíritu, se encuentra con una presencia interior que lo contempla con pupilas pálidas, como ópalos vivientes: esa mirada fija, la del gato que se pasea en su cerebro, como en su propia casa, no es otra cosa sino el testimonio de su espíritu.»

«De gatos y otros mundos» es, de principio a fin, un tesoro, una fiesta particular y casi secreta para los amantes de los gatos y la buena literatura.

21 de septiembre de 2018

Juan José Arreola

Hace cien años nació Juan José Arreola. Cada día es más grande, y sus palabras más diáfanas, su literatura más pura y profunda. Su lección de amor por el lenguaje es impecable y fecunda, y su ingenio y brevedad son asombrosos: nadie ha dicho más que él con tan pocas palabras.

Arreola es uno de esos escritores que pueden leerse sin fatiga a lo largo de la vida, y pareciera que sus relatos son mejores con el paso de los años. Es, sin más, uno de los imprescindibles. Tal vez su universo se cifra en esta cita, casi una autobiografía literaria:

«Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor.»


18 de septiembre de 2018

La escritura, el boxeo, la vida

El vínculo entre el boxeo y la literatura es una larga historia de más de quince rounds. No sólo muchos escritores han escrito relatos y cuentos (también novelas, casi todas menos célebres) sobre boxeadores, sino que se han puesto los guantes. Tres escritores amigos o conocidos míos, no tan jóvenes, entrenan y se suben al ring.

J. R. Moehringer sabe por qué: «Este deporte seduce también a escritores, y los arrastra con su corriente de testosterona. Muchos tienen una muerte espantosamente literaria, ahogados en su propia hipérbole.» Y conoce el fondo de esa fascinación: «Si boxear es la metáfora definitiva de la vida, entonces, creo yo, es la metáfora definitiva de la escritura, que no es más que una destilación, una transposición, una explicación de la vida.»

Hoy el boxeo me interesa mucho menos que hace años, pero la escritura sutil y poderosa de J. R. Moehringer en El campeón ha vuelto (Duomo Ediciones) me ha devuelto el entusiasmo perdido. Si El bar de las grandes esperanzas,¹ su libro de memorias, es una obra notable y fuente inagotable de alegrías, con este relato sobre un campeón sin corona, indigente y embustero, las supuestas diferencias y la distancia entre el periodismo y la literatura desaparecen, como deben desaparecer las coordenadas y la claridad de la visión del mundo tras recibir un gancho devastador; también es el negro literario, el escribidor, es decir el verdadero autor de Open, la estupenda autobiografía de Andre Agassi. Vaya si Moehringer sabe contar historias.

Un periodista sale a las calles a buscar a un boxeador viejo, sin techo, miserable, del que los expertos y aficionados y rivales se acuerdan porque tenía una pegada demoledora, una de la más fuertes en la historia del boxeo de peso completo.

Como le sucede con frecuencia a los buscadores, ese periodista encuentra mucho más de lo que busca. Fascinado por la figura del viejo boxeador, obsesionado con la identidad y la figura paterna, animado por la «sólida creencia de que la vida es una pelea sangrienta», Moehringer cuenta una historia que encierra otra historia (como los buenos cuentos) y un desengaño, y no faltara quien encuentre una enseñanza y una moraleja.

Ejercer su oficio para escribir un gran reportaje, descubrir quién es Campeón y llegar a vislumbrar la verdad, son buenas razones para llegar al fondo, para buscar tal como el capitán Ahab persigue a Moby Dick. Moehringer sabe que el camino es arduo y doloroso: «Mis boxeadores favoritos, como mis escritores favoritos, son los que están dispuestos a llegar hasta lo más hondo de sí mismos, a sangrar más.»

Los intrincados y densos vínculos entre el boxeo, la vida y la literatura tienen aquí otro vaso comunicante, otra herida por la que sangrar. ¿Es el boxeo una metáfora de la vida? Sí, y a veces la vida misma. Aunque también, para los que nunca subimos al ring, una opción, una visión inocua como un placebo, aunque también puede ser muy inquietante: «el boxeo reduce la vida a un retablo descarnado y conmovedor que podemos contemplar a salvo desde la distancia, y experimentar como catarsis purificadora.»

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¹Véase en este blog el apunte El bar de las grandes esperanzas del 27 de diciembre de 2016.

16 de julio de 2018

Una definición de literatura

Pere Gimferrer ofrece en su «Prólogo» a Arte poética: Seis conferencias, de Borges, una definición de la esencia de la literatura que vale la pena comentar. Tal vez no deseaba proponer una definición, al menos no pretendía hacer una que aceptaría una enciclopedia, y tampoco una que satisfaciera los rigores de la academia.

Me sentiría decepcionado si los especialistas no refutaran esta notable aportación por ambigua, etérea, pretenciosa, inconsistente, indemostrable o subjetiva. Gimferrer, poeta, ofrece una definición viva de la esencia de la literatura desde la literatura misma:

«aquello que hace que una determinada combinación de palabras o de sintagmas adquiera la entidad de un objeto verbal irrefutable, sin cuya existencia, no traducible en rigor a otro idioma que aquel en que se formula, sabríamos menos de lo que sabemos sobre nosotros mismos y sobre el mundo».

Estupenda en verdad y, sobre todo, estimulante. Como en un encantamento, tan inexplicable como un sortilegio, las palabras (o sintagmas: algunos poetas también son gramáticos), una determinada combinación de ellas, adquieren luz, conocimiento que nos expresa, nos contiene, nos revela, y nos permite ver el mundo y las vida con más claridad que los manuales y las ciencias. Es así, y cuando esa determinada combinación (algo tendrá que ver la belleza) dice su verdad, está hablando la esencia de la literatura.

Esta definición mínima de Pere Gimferrer engarza con aquella célebre sentencia que el siempre recordado Italo Calvino dejó en la «Introducción» a Seis propuestas para el próximo milenio: «Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que sólo la literatura, con sus medios específicos, puede dar». Sí, aquel objeto verbal irrefutable dice cosas que sólo la literatura puede expresar (ya se ha hablado y escrito de ella como una fuente de conocimiento).

Con un guiño a Cortázar, se me ocurre que, como un modelo para armar, se podrían fundir las dos oraciones, hacer una nueva combinación de ellas para erigir un objeto verbal irrefutable. El resultado es tan esclarecedor, tan cierto y obvio, que salta a la vista de cualquier lector de literatura.

31 de diciembre de 2016

Vargas Llosa y la infelicidad

Mario Vargas Llosa, con ochenta años bien cumplidos, lo ha tenido todo en esta vida. Como escritor posee una obra vasta y magnífica que lo sobrevivirá; como hombre ha gozado de salud, longevidad, fama, bienestar, reconocimientos y premios.

Ha incursionado en política, y se sube a un escenario como actor. Viaja por el mundo, a veces para escribir reportajes y artículos en lugares conflictivos, y, buen polemista, defiende sus ideas estéticas y políticas con pasión. Tiene hijos, nietos, y se ha casado dos o tres veces. Es uno de los hombres de nuestro tiempo. Y así, declara que no es feliz.

Definir la felicidad es muy complicado, y ha sido desde Aristóteles y Epicuro tarea de filósofos, sin olvidar a los charlatanes y gurús contemporáneos que la ofrecen a precio de saldo (sus libros están en mesa de novedades de las librerías), pero no es muy aventurado afirmar que ser feliz es estar satisfecho con uno mismo y el entorno, y de la capacidad de gozar de los dones de la vida en compañía de seres queridos, incluidos entre éstos a los amigos. Ejercer la actividad que nos apasiona, ejercer el oficio elegido libremente, son condiciones para sentirse satisfecho y feliz.

No es el caso de Vargas Llosa, a pesar de que ha tenido una existencia que muchas personas considerarían dichosa. Su situación personal es eso, y un asunto privado, pero él gran escritor ha vinculado su vida con la literatura. Dice Vargas Llosa en dos declaraciones recientes:

«La materia prima de la literatura no es la felicidad sino la infelicidad humana, y los escritores, como los buitres, se alimentan preferentemente de carroña.» Y «Escribo porque no soy feliz. Escribo para luchar contra la infelicidad.»

La felicidad goza de poco prestigio literario. Un final feliz está bien para los cuentos de hadas y las películas para niños, pero no para la literatura pura y dura de un premio Nobel. Pareciera que escribir un relato o una novela donde reine la felicidad debiera ser motivo de escarnio y desdén. La literatura se ocupa de la presencia del hombre en la Tierra y esa estancia es trágica por definición.

Tenemos, entonces, en dos oraciones, una idea para aproximarse a la obra de Vargas Llosa. Se podría seguir la pista y hacer de la infelicidad una clave para dar contexto y sentido a su obra.

27 de diciembre de 2016

El bar de las grandes esperanzas

Si valoráramos los libros por su permanencia en el ánimo, por la viveza de su recuerdo, porque continuamos dialogando con ellos mucho después de haber leído la última página, entonces para mí el libro del año es The Tender Bar: a Memoir (El bar de las grandes esperanzas; Duomo), de J. R. Moehringer.

En estas memorias, que pueden leerse como una novela, encuentra su sitio el anhelo del padre ausente, la tragicómica casa de los abuelos, la madre, pero sobre todo la búsqueda de una imagen paterna en un tío y sus amigos en un bar. Las relaciones de J. R. con el bar, con el alcohol, claro pero también con el entramado de personajes y situaciones que encuentra ahí se hacen esenciales en su formación. El protagonista creció y se hizo hombre en un bar, y tener un bar por hogar es algo definitivo.

La dulzura de la madre y la ternura, sí, ternura, que revelan en el bar la caterva de hombres rudos que van ahí a buscar una copa y una alegría, es una de las revelaciones del libro. Policías, agentes, hombres de negocios, oficinistas y empleados, revelan sus carencias, sus miserias y su necesidad de afecto.

Y el humor que yace en las escenas o momentos del libro de cada capítulo de pronto desata la simpatía incondicional o la carcajada, y no quisiera dejar de leer pero tampoco que avanzarán las páginas, en un estado de gracia que pocas veces se consigue con tal plenitud. Sin lecciones morales ni moraleja, sólo el relato duro y puro de los sucesos elegidos para contar el devenir de una vida, El bar de las grandes esperanzas gana y convence por una razón simple: está contado con honestidad.

Moehringer, periodista de prosa exacta y transparente, ganó un premio Pulitzer por un reportaje notable. Decir que su libro está bien escrito no es del todo exacto, ni justo. El suyo es un libro con una escritura limpia, precisa, clara, de una aparente sencillez que me ha despertado una admiración incondicional. Y con todo, aunque escriba estos libros, no creo que Moehringer logré otro libro igual. Me encantaría, como lector entusiasta, equivocarme en ese juicio.

Un libro así, que viene de lo más hondo, de lo más íntimo, de la mirada que extrae belleza de la amargura y el dolor es difícil que encuentre un par. Y con frecuencia ese libro solitario dice más que la docena de volúmenes de otros autores insulsos que desaparecerán sin remedio. Moehringer es de esos que escriben a partir de su experiencia pero se vierten por entero en un libro, a veces urgente, necesario, esencial.

El bar de las grandes esperanzas es uno de ellos, y por lo tanto buena literatura. A su manera, es un libro que no se agota. Aún no la comienzo, y ya empiezo a gozar de los placeres de la primera relectura.

17 de diciembre de 2016

La llave

Una novela japonesa siempre nos ocultará detalles y matices cuya comprensión, supongo, cambiarían su significado, incluso su sentido y, por lo tanto, la calidad de la lectura. Las diferencias culturales, tan profundas, pueden inducirnos a errores fatales de apreciación. Tal vez el conocimiento cabal de esa literatura esté reservada para los eruditos, los especialistas que han hecho de su inmersión en Japón su profesión o una forma de vida.

Tras una lectura atenta, pausada, termino La llave (Siruela), de Jun'ichirō Tanizaki, con la impresión de que algo esencial se me escapa. Tengo la certeza de la ejecución impecable de una trama urdida con maestría, con una inteligencia fría y contenida. Todo responde a un plan: el doble juego de los diarios de los cónyuges escritos para que el otro lo leyera, sus entradas embusteras, sus mentiras, sus veladas intenciones en un juego de provocación, turbio, que los acerca y excita mientras los aleja y envilece.

Nada es sólo lo que parece, y tampoco ninguno de los cuatro personajes es sólo lo que aparenta, todos practican una una sutil perversión, una doble intención que oscurece la novela.

Tanizaki escribió un ensayo célebre, «El elogio de la sombra», sobre la sombra y la luz en la cultura japonesa y su distinta valoración en la occidental. En Japón la sombra tiene cualidades positivas que desdeñamos, y en esa sombra, en esa penumbra late la novela. La llave se oscurece aún cuando el marido ilumina con lámparas el cuerpo desnudo de su mujer ebria, dormida o inconsciente para fotografiarlo. 

Y la historia no culmina en un adulterio, en un tensar los hilos de las relaciones cada vez más tensas con el fin de aumentar el goce del juego y la excitación sexual, sino en llevar a los otros a cumplir su papel designado en ese juego perverso. 

Nada es gratuito, ni la sospechosa muerte del marido, ni la esquiva conducta de la hija del matrimonio, ni las intenciones del cómplice-amante. Todo cuadra y algo falta, tal vez, pero nada sobra. Cada pieza, cada escena, cada entrada de los diarios, está trabajada como la más fina caligrafía, para hacer que algo suceda, para cerrar los hilos de la trama. 

Tal vez, a mediados de los años cincuenta, cuando se publicó, La llave era una provocación, un escándalo, como lo fueron los libros de Henry Miller o D. H. Lawrence. Morbosa, desagradable, turbadora, intensa, sucia, La llave es, antes que todo eso, buena literatura. 

28 de diciembre de 2015

Las novelas

Cuentan la vida de los hombres. Lo que viven y lo que anhelan. Sus sueños y sus pesadillas, sus fantasías y deseos. La suma de las novelas es la historia cifrada de la humanidad. ¿Qué cuentan las novelas?

La historia de un hidalgo que por leer libros de caballerías se creyó caballero andante, la de un hombre que a través de la revaloración del pasado le da sentido al tiempo y a su condición de artista, la de un náufrago que sobrevive solo en una isla, la de una muchacha insatisfecha en su matrimonio y sueña con vivir una vida que no es la suya, la de una mujer casada que se enamora al paroxismo y termina por arrojarse a las vías cuando pasa el tren. Hay una novela de un hombre que quiere llegar a un castillo, y otra de un hombre al que le inician un proceso sin saber por qué.

Una novela cuenta los pasos y las horas de un hombre, su vida, por las calles de Dublín, y otra cuenta que un hombre fue a buscar a su padre a un pueblo donde todos están muertos, y otra trata de un pueblo que vive en tinieblas, bajo la oscuridad de la más obtusa religiosidad al filo de la revolución. Otra da noticia de un loco iluminado, un falso mesías que mueve multitudes, otra sigue una larga conversación en una cantina, y otra los sucesos en una casa que es un prostíbulo pintado de verde, y otra es una saga familiar a lo largo de cien años en un pueblo en el que sucede lo nunca imaginado, y otra cuenta el crimen que comete y el castigo que recibe un joven nihilista, y una más cuenta las desventuras de un joven que se suicida por amor, y otra cuenta la vida de una romana, tan joven como bella, que se prostituye, y una más cuenta la historia de un niño que no quería crecer, y otra cuenta la decisión atroz que tiene que tomar una madre para salvar sólo a uno de sus hijos, y otra cuenta la guerra y la derrota de Napoleón en Rusia.

Otra cuenta la historia de un capitán que persigue obsesionado a una ballena blanca por todos los mares y océanos, y otra nos habla de un cónsul que bebe mezcal sin tregua en una ciudad extraña al pie de un volcán, y otra cuenta de un hombre que se enriquece y hace fiestas sin mesura sólo para ver a la muchacha que amó en su juventud, y otra cuenta las historias de los que ocupan cada mesa de un restaurante.

Hay una novela sobre cuatro personajes en Alejandría, y otra cuenta un viaje en globo alrededor del mundo en ochenta días, y otra la historia de un capitán que tiene un submarino, y otra narra el viaje al centro de la Tierra. Existen novelas sobre fumadores y sobre un hombre que quiere dejar de fumar, y otra narra la excursión a un faro, y otra las investigaciones del robo de un diamante llamado la piedra lunar, y otra cuenta la historia sucia de un cuarentón obsesionado con una niña, y otra cuenta la búsqueda y la mediocridad de un argentino sin oficio ni beneficio en París, y otra narra las desdichas de un avaro, y otra las miserias y sufrimientos de un niño mendigo, y otra cuenta las aventuras en la llamada isla del tesoro.

Un novelista imaginó la vida y obra de un músico que le vende su alma al diablo para ser el mejor en su arte, y otra cuenta la sempiterna estancia de tuberculosos en un hospital en lo alto de una montaña, otra se demora en miles de páginas en recuperar el tiempo perdido y encontrando significado en lo vivido, en la infancia. Otra cuenta la búsqueda en la selva del origen de la música, y otra narra la desdicha originada por una extraña piel de zapa, y otra cuenta cómo un hombre impasible mata a un árabe en la playa porque hace calor y brilla mucho el sol.

Hay novelas de guerra, de barcos, de aviones, de aventuras, de viajes al espacio y al fondo del mar. Hay novelas de niños y de viejos, de hombres y mujeres en las más extrañas situaciones. Hay novelas de espías, de deportistas, de artistas, de románticos, soñadores y de asesinos. Hay novelas de pobres y novelas de ricos, de campesinos y aristócratas. Hay novelas urbanas y novelas campestres, fantásticas y realistas, de perros y de gatos, de caballos, de locos, de presos, de esclavos. Hay novelas situadas en el pasado, en el presente, en el futuro, en la prehistoria y fuera del planeta Tierra.

No hay tema que no haya sido desarrollado en una novela al menos. Cada hecho humano, cada circunstancia podría encontrar su lugar en una novela. En las novelas todo tiene su lugar y todos podemos encontrarnos en alguna. Aunque no la conozcamos ni la leamos nunca, hay una novela que es como un espejo y cuenta nuestra vida. Las novelas no tendrán fin porque no lo tienen las historias que se cuentan los hombres desde el principio de los tiempos, y así será hasta el último día.

26 de diciembre de 2015

Marilyn

También fue una lectora. El resplandor de la rubia imponente ocultaba a la muchachita frágil, melancólica y desdichada, amante de la literatura y de la historia. El guion para su vida que Hollywood y los medios le imponían insistía en cultivar la imagen de la mujer más sexy del mundo.

Marilyn Monroe no terminó la high school, algo así como el bachillerato, pero antes de que la devorara la fama se empeñó en ir por las noches a la Universidad de California a tomar cursos sueltos de literatura, después de trabajar como modelo y de buscar pequeños papeles en películas en las que casi siempre hacía papeles de rubia tonta.

Los testimonios de su gusto por los libros son contundentes y firmes, y son muchas las fotografías en las que aparece leyendo o con un libro en las manos. Fragments (FSG, Nueva York, 2010; hay una edición española: Fragmentos, Seix Barral, 2012) publica en edición facsimilar los escritos de Marilyn, sus notas íntimas, reflexiones, apuntes y aproximaciones a la poesía, escritos a máquina o a mano en cuadernos, en blocs de hoteles, en hojas sueltas. Es un libro imprescindible para aproximarse con alguna certeza a Marilyn, para acercarse a la expresión de sus emociones y sentimientos, su soledad y eso que solemos llamar sensibilidad.

Si los testimonios, los libros, los papeles personales, las fotos no fueran suficientes para hablarnos de la Marilyn lectora, los editores de Fragments se preguntan con agudeza si a alguna actriz de 1960 le hubiera interesado, por razones de imagen, aparecer leyendo o al menos con un libro en la mano en decenas de fotografías. Antes lo contrario. Las bellas de Hollywood no deben leer libros. Esas fotografías nos muestran un rasgo personal y un hecho constante y asombroso: Marilyn era una lectora, más que una lectora ocasional, y además leía muy buenos libros.

En su biblioteca había más de cuatrocientos ejemplares de teatro, poesía, filosofía, novelas, relatos, algo de historia y de ciencia. Muchos autores del siglo XX, sus contemporáneos. Su gusto era impecable: Beckett, Russell, Camus, Carroll, Chéjov, Dickinson, Dostoievsky, Durrell, Faulkner, Fitzgerald, Flaubert, Freud, Greene, Heine, Hemingway, James, Joyce, Kazantzakis, Lawrence, Lowry, Mann, Milton, O'Neill, Poe, Proust, Pushkin, Saint-Exupéry, Schopenhauer, Shaw, Shelley, Spinoza, Steinbeck, Stendhal, Styron, Tolstói y Wilde entre otros. El lector curioso y perspicaz puede encontrar la lista de su biblioteca en la Red.

Es cierto que los lectores que con los años formamos una biblioteca personal tenemos libros que no hemos he leído, pero no hemos renunciado a hacerlo, todo lo contrario. Su presencia es una promesa de futuro. No sé cuáles de esos grandes autores cuyos libros estaban en sus estantes no haya leído Marilyn, pero leyó a muchos de ellos. Frecuentó ciertos círculos intelectuales, fue buena amiga de Truman Capote, entre otros escritores, y estuvo casada con Arthur Miller, un notable dramaturgo.

Si comento que Marilyn Monroe fue una mujer sensible a la poesía y leía buenos libros, con frecuencia me miran como buscando la intención, el chiste, con una expresión de burla y sorna o con una ceja arriba de puro escepticismo. A medio mundo le cuesta creer que Marilyn Monroe, con su vida y su leyenda, pudiera ser o hacer algo más que salir en películas simples, aparecer desnuda en el primer número de Playboy o cantarle el "Happy Birthday" al presidente Kennedy. Se niegan a aceptar que en su soledad, en su casa, leía, que la lectura era su placer y su refugio; su pasión secreta era la literatura.

Me desconcierta que sean mujeres sobre todo las que dudan de la afición de Marilyn por la lectura, de sus modestas aficiones intelectuales; que sean mujeres las que la descalifican y refuerzan su papel oficial de rubia teñida que sólo podía saber de frivolidades, coleccionar maridos y una larga lista de amores fallidos, amantes ricos y poderosos. ¿Para qué querría leer libros?, ¿los entendía?, se preguntan.

Marilyn, como cada uno de nosotros, tenía una casilla, un escaque del que no es fácil salir. Marilyn fue una víctima de su belleza, de su circunstancia, de los hombres que la acosaron y aniquilaron, de la fama, del torbellino en el que se giraba su vida.

La belleza impecable y absoluta de ciertas mujeres puede ser su mayor obstáculo en otros ámbitos, la gran desdicha de su vida. Pareciera que no tuvieran otro sitio en el mundo: su única razón de ser, como la rosa, es ser bella. Lo demás, no importa. Más le hubiera valido a Marilyn ser una rubia tonta, una frívola insensible, dispuesta a pagar cualquier precio a cambio de fama, poder y dinero. Pero no fue así. Marilyn no era poeta, pero tenía el alma de una, y la fragilidad de la rosa.

Lo sabía bien Arthur Miller: «To have survived, she would have had to be either more cynical or even further from reality than she was. Instead, she was a poet on a street corner trying to recite to a crowd pulling at her clothes.» Sí, la imagen es justa: «Para sobrevivir, debió ser más cínica y dura ante la realidad. En cambio, era una poeta tratando de decir sus poemas en una esquina a una multitud ansiosa de quitarle la ropa.» Ni más ni menos.

6 de abril de 2015

Rolando Villazón, novelista

Es uno los grandes cantantes de nuestros días, sí, pero también un escritor absolutamente singular. Uno al que vale la pena leer, al menos porque su literatura, admirable, no se parece a ninguna otra que se escriba hoy en español.

Pareciera que contra la literatura de Rolando Villazón atentara su impecable condición de artista consagrado en otro arte. Los tenores, podría pensarse (y hay tantos con la cabeza hueca), no escriben novelas, y mucho menos buenas novelas. Sí, es cierto, pero ya tenemos la gran excepción.

Malabares (Espasa, 2013) ha pasado entre nosotros casi inadvertida, sin lectores ni crítica, pero en Francia, traducida como Jonglerie, tuvo en éxito más que razonable, y en Alemania, Kunststücke recibió reseñas muy estimulantes y pronto saldrá una edición de bolsillo.

Rolando, lector lúcido e infatigable, entre un escenario y otro, cuando no canta o dirige la escena de alguna puesta, escribe, y lo hace con constancia y maestría.  Paladas de sombra contra la oscuridad, su segunda novela, ya está en manos de los editores y esperamos que la publiquen pronto. Mientras, toma notas para la tercera en un cuaderno rojo.

Tal vez el segundo obstáculo para la difusión de su obra sean sus personajes. ¿Una novela de payasos? Sí, de payasos y de la risa, de la metafísica de la risa, del sentido profundo de la risa, de la alegría y la amistad, del vislumbre del otro, de la escritura como un medio para vivir otra vida.

Rolando sabe mucho de payasos. Él mismo, caracterizado como Rolo, cuando no canta ni dirige ni lee ni escribe, colabora con una asociación altruista y va a hospitales y orfanatos y ofrece espectáculos a los niños.

La escritura de Rolando es asombrosa por su soltura y aparente ligereza, por su capacidad expresiva y plástica, por sus rotundas cualidades de narrador. Su escritura es como su canto: alegre, intensa, vibrante, inteligente, cálida y fascinante. Es la otra expresión de un "gran artista", como lo ha saludado Jorge Volpi.

Insisto. La escritura de Rolando no se parece a ninguna otra. Allí el juego y las reglas del juego con cosa seria. El juego y el arte de jugar es llevado al sentido de la vida. La literatura de Rolando es un canto al juego y la risa, a la alegría y el dolor, como las dos caras de la medalla. También es una búsqueda.

Acercarse a la filosofía con humor, y hacer de la risa el vehículo para las grandes preguntas de la vida habla de un proyecto singular de escritura que si bien tiene muchos referentes, encuentra en Cortázar algunas de sus esquivas coordenadas; el juego de vivir como dar: paladas de sombra lanzadas contra la oscuridad. La otra manera, también según Cortázar, es vivir absurdamente para romper el absurdo.

Las dos novelas tienen un impulso y una viveza, una fuerza vital, un torbellino que en su literatura seguramente encuentra su origen en Nikos Kazantzakis, del que Rolando ha sido lector total. No todos los días se encuentran libros tan dulces y profundamente amargos, con incursiones a los mundos posibles o paralelos, al juego como la gran tarea del hombre.

Estos libros, tan inteligentes, exigen algo de entrada. Pagar el precio de acercarse a literatura desconcertante, ingenua y sabia. No es la suya literatura en clave, pero si no se entra por la cerradura correcta, con la llave correcta, no hay novela ni literatura. Algunos, aunque lo tengan delante, se pierden el espectáculo, el goce, la alegría, los dones de la vida.

Tal vez en toda gran literatura se encuentra todo. En ésta, el espíritu lúdico no sofoca las otras facetas de la realidad y el mundo. Y por lo tanto, al lado de la risa y la alegría, está la mordida de la amargura, y en el fondo, allá, en el fondo, la posibilidad del amor.

Mi condición de lector privilegiado, mi relación (admiración) por Rolando no anula mis palabras. Esto no es una reseña ni una crítica. Es una noticia para lectores. Les digo que hay un autor de raza que escribe buenos libros que no se parecen a los de sus contemporáneos, y que ese escritor se llama Rolando Villazón.

12 de marzo de 2015

Las fotos de Juan Rulfo

En el vestíbulo de un edificio encontré una breve exposición de fotos de Juan Rulfo. No la esperaba, y aunque tenía prisa me detuve un momento a mirarlas, a recordar que fue un gran fotógrafo. Al llegar a casa, muchas horas después, tenía muy viva la impresión de aquellas imágenes y busqué el libro con sus fotografías. Si Rulfo no hubiera escrito, bastarían sus fotos para seguir considerándolo, en esa situación imposible, un gran artista.

Pero en esa nueva visita a sus trabajos, con el libro abierto en la mesa del comedor, dejé de pensar en él como un artista que cultivara dos disciplinas y lo vi como un artista con dos habilidades; un artista con la misma actitud y la misma mirada, ya se aproximara con la palabra o con una cámara.

Las oraciones de Rulfo son tan claras y nítidas como sus fotografías. Y sus fotos se recortan con la fuerza y la precisión de sus cuentos, la contundencia de sus ambientes. Nada sobra en sus imágenes, y tampoco nada falta, en sus fotografías y en su literatura hay una lección impecable de austeridad y belleza.

Las fotos de Rulfo, en un juego intenso de blanco y negro, revelan la soledad, el olvido, el tiempo del campo mexicano, de pueblos y caseríos, de paisajes, en los que pareciera que sólo falta alguno de sus propios personajes para cobrar vida. El mundo visto a través de la lente de Rulfo tiene los atributos de su literatura y es rotundamente rulfiano.

Las palabras y las imágenes no literarias de Rulfo tienen mucho en común. Hay algo que comparten en la mirada y la economía de recursos, en la expresión lacónica y en el encuadre impecable de cada toma, de cada oración.

Pareciera que hay una sintaxis que va de sus oraciones a sus fotos, una gramática común que impera en sus fotos y sus escritos. La belleza, sustentada en esa aparente sencillez, en la claridad y precisión, es a un tiempo visual y textual. Rulfo escribía cuando fotografiaba, y cuando hacia una foto escribía una historia.

24 de diciembre de 2014

Cioran pudo ser novelista...

Escribí este libro en 1933, a los veintidós años, en una ciudad que amaba, Sibiu, en Transilvania. Había acabado mis estudios de filosofía y, para engañar a mis padres y engañarme también a mí mismo, fingí trabajar en una tesis sobre Bergson. Debo confesar que en aquella época la jerga filosófica halagaba mi vanidad y me hacía despreciar a todo persona que utilizara el lenguaje normal. Pero una conmoción interior acabó con ello, echando por tierra todos mis proyectos.

Así comienza el Prefacio de En las cimas de la desesperación, el primer libro de E. M. Cioran. Esta obra, escrita en rumano, le salvó la vida. Lo salvó de sí mismo, de la desesperación del título, con arrebatos líricos que le dieron, a través de la escritura, una forma de vida y una forma de estar en la vida. Una forma de vivir y una razón para hacerlo.

Este libro no está compuesto de los aforismos o adagios, de las sentencias luminosas y fulminantes de los libros de madurez, sino de ensayos breves propios de un recién graduado en filosofía. Es este un Cioran que todavía no ha hecho del cinismo y la ironía dos de sus herramientas más poderosas y letales.

Me reconforta leer en Navidad este libro de Cioran, que no conocía. Su lucidez, su pesimismo, me ofrecen un contrapeso necesario y estimulante. Un equilibrio, el otro lado de la medalla. Cioran es tan intenso, tan claro e inteligente, que siempre ofrece algo, aporta, y enriquece el momento, la soledad, el insomnio, la noche.

Pero ahora que leo el Prefacio, me doy cuenta de que sus primeras líneas podrían ser el primer y rotundo párrafo de una novela. Ya está ahí el átomo original de una buena novela. El personaje, su circunstancia; el narrador y su punto de vista, su arrogancia, su calidad moral y la conmoción que acaba con sus proyectos.

Estoy convencido de que hubiera sido un buen novelista, pero Cioran no se sentía filósofo ni escritor. Sin embargo, en esas líneas hay más verdad y ficción, más fuerza y literatura, que en muchas, muchas novelas deslucidas de miles y miles y miles de palabras.

26 de agosto de 2014

Julio Cortázar: centenario

Julio Cortázar era niño grande que no quería hacerse viejo. Era un transgresor que buscaba en el juego el camino para llegar al cielo (trascender, ascender: ser).

Alquimista antes que gramático, encantador de palabras antes que escribidor, explorador de mundos ignotos antes que imaginarios, cultivó una poética que se erige del texto para saltar a la realidad. La suya es una arquitectura verbal que no se derrumba al cerrar el libro; al contrario, se extiende ante la mirada del lector. Creó una literatura que se lleva puesta o no se entiende.

Cortázar tocaba jazz con una máquina de escribir, por eso no corregía (no se puede volver a tocar la música de ayer o la de mañana). Era el inventor de palabras, el revividor de ellas, el tejedor de oraciones como takes, de solos heroicos y libres, de soltura asombrosa y sintaxis imposible. 

Cortázar inventaba un mundo, cortazariano, donde sucede lo que pasa en el último reducto de la realidad. Para él, una forma del absurdo era la razón según Descartes, otra era la geometría analítica y ser el mismo hombre, siempre, cada día.

 Era un inversor de mitos, el encontrador de relaciones ocultas entre las cosas, el vinculador de planos y realidades, el abridor de abismos. Cortázar tendía puentes invisibles para buscar lo absoluto. Desde ellos, sus lectores pueden vislumbrarse a sí mismos, leer lo que quieren decirse, escuchar lo que quisieran decir. 

En su literatura caben mundos y maneras de estar y de ser: hay una manera cortazariana de conjugar los mejores verbos, los mejores actos de la vida; de mirar y jugar, de amar y cantar, de andar por la vida, de atarse los cordones de los zapatos como si fueran hechos fantásticos.

Cortázar era un buscador de lo que está más allá, un testigo asombrado de lo que está más acá. Por sus puentes y sus túneles metafísicos, por sus escaleras encantadas es posible entrar al laberinto, encontrar el camino al centro del mandala.

Era el escritor más solitario del mundo: nadie se parece a él, ninguna otra literatura es como la suya, y la  composición química de sus relatos es un milagro, y un  misterio para los que no tienen la gracia de gozarla. Decía verdades metafísicas, hallazgos sorprendentes, metáforas inéditas con aritmética sencillez.

La literatura de Cortázar, tan bárbara y lejana de la Academia y su Norma, está tan viva que se nos escapa, se nos enreda en la lengua y el pelo, y luego se duerme en el bolsillo del saco, como si de veras cupiera entre las tapas de un libro.

Cortázar era un escribidor que no temía al amor ni al humor ni a la ternura. Un monstruo, un gigante, un lobo, un bicho verde que se alborotaba cuando sonaba una trompeta, un poeta dulce que puso patas arriba a doña Literatura.

Cortázar será siempre el dibujador de sueños, el que a su manera no dejó de ser niño, el más joven de los escritores. Su literatura será siempre adolescente, es decir, pura, intensa, vital. Sus mejores textos cruzan la noche como un relámpago, iluminan la búsqueda, acompañan en el camino. Leerlo es ir al encuentro de uno mismo.

Es su centenario, es hora de decirlo: Cortázar era un niño grande que dejaba de jugar, un hechicero de las palabras, un alquimista poderoso, un imaginador impecable, un hacedor de preguntas, un descubridor de respuestas. Es el fundador del reino de las palabras encantadas, en movimiento. Sí, Cortázar era un Mago.

16 de agosto de 2014

Elogio de la máquina de escribir

Así como algunos historiadores señalan el inicio del siglo XX con el comienzo de la Gran Guerra en 1914, me gusta pensar que el siglo comenzó para la literatura con el primer libro creado en una máquina de escribir. El fin literario de ese siglo deberá fijarse no el día que fue derribado el Muro de Berlín ni cuando el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, sino cuando se ponga punto final a la última novela escrita en una máquina de escribir.

Tal vez nunca sepamos cuál fue la primera obra escrita en una máquina de escribir, aunque tenemos la certeza de que Mark Twain envió mecanografiado a su editor el original de Life on the Mississippi, que se publicó en 1883. Nietzsche tenía una máquina de escribir hecha en Dinamarca que le gustaba mucho y escribía en ella con destreza.  Estos pioneros iniciaron una era en la historia de la escritura que hace unos veinte años empezó a declinar, y cuyo fin está cerca.

La máquina de escribir, como antes otros  instrumentos y materiales, cambió la forma de escribir. No es lo mismo escribir con un estilo sobre una tablilla de cera que con un lápiz o un bolígrafo. Y aunque el pensamiento siempre va más rápido que la mano, la caligrafía (otro arte olvidado) nunca es tan bella y las palabras tan bien pensadas como cuando se escribe con una estilográfica sobre un cuaderno de buen papel. (Al dictar, la escritura avanza al ritmo de la habilidad de otro.)

Buena parte de la mejor literatura del siglo XX fue escrita en máquinas de escribir que le dieron a las páginas un aspecto inédito de compuesto en imprenta, que facilitó una distancia, una mirada crítica entre el autor y sus palabras. La escritura de Nietzsche cambió cuando empezó a escribir a máquina, y ya T. S. Eliot sabía que no escribía igual cuando lo hacía a mano que cuando lo hacía a máquina.

Algo propio de la literatura del siglo XX se perderá cuando se ponga punto final a la última novela escrita en una máquina de escribir. La escritura frente a una pantalla representa otra era en la historia de la escritura, y aunque ya han sido escritos así libros espléndidos, tal vez tendremos que esperar un poco más para que el número de lo que podremos llamar con certeza obras maestras absolutas escritas en una computadora de principio a fin forme una biblioteca.    

Con las computadoras no se escriben mejores textos, más claro y precisos, más ordenados y profundos. Las tareas escolares, los periódicos y los libros deberían estar mejor escritos y no es así. A pesar de los programas que pretenden corregir la ortografía y la gramática, las computadoras no mejoran la calidad del texto.

Antes lo contrario, pueden cambiar nombres propios, palabras, sugerir errores, y si se pulsa una combinación fatal de teclas, con un leve descuido al cortar y pegar, al insertar o cambiar, se puede perder lo escrito, aparecen disparates o trozos inconexos y ajenos, se cometen errores que con frecuencia se detectan demasiado tarde. Tengo la impresión de que frente a una pantalla pareciera que se revisa y corrige menos, se confía en exceso en la informática y con frecuencia se confunde la velocidad con la calidad.

La máquina de escribir impuso una escritura en la que las palabras, compuestas letra a letra a fuerza de golpear las teclas, tienen una forma, una consistencia, la cualidad de parecer más verdaderas y profundas, aun ante los ojos de quien escribe, por lo que la máquina se convirtió en la primera aliada del redactor y su primera e íntima crítica. No ha faltado quien le atribuyera dones de musa.

La máquina de escribir impuso una cadencia, un ritmo reconocible, y sus ruidos y sonidos (para muchos son  música) contribuyen a la fluidez de la prosa. Escribir a máquina exige hacerlo con todo el cuerpo, lo que genera una relación física con las palabras, como si éstas fueran esculpidas en el papel. Una hoja mecanografiada encierra, a pesar de las posibles tachaduras y borrones, la secreta satisfacción de lo conseguido con esfuerzo físico e intelectual.

Si bien la máquina de escribir es más lenta que el pensamiento, su naturaleza encierra una cualidad que la distingue de la computadora: el escritor debe tener en mente la oración que va a escribir, el orden de sus partes, su sintaxis; si no es así, no hay escritura posible en una máquina de escribir.

En una computadora se puede empezar a escribir por la última palabra de la oración, lo que está lejos de ser una ventaja; no son pocos los redactores que dejan en sus escritos graves errores y problemas de conjugación y concordancia, por ejemplo, por no construir y ordenar sus oraciones antes de llevarlas a la pantalla.

La computadora, en cambio, se erige como campeona imbatible a la hora de corregir un texto, de agregar un acento olvidado, de cambiar o suprimir un adjetivo, de insertar una subordinada, de eliminar un párrafo completo sin dejar huellas en la hoja impresa, sin necesidad de volver a hacerla de principio a fin.

La máquina de escribir, al exigir fuerza y vigor e idealmente los diez dedos de las manos, pareciera que pide una escritura ejecutada con la misma actitud con la que un virtuoso ataca el teclado de un piano. Sé bien que usar una máquina de escribir es un asunto generacional. Los más jóvenes no sabrán jamás de sus placeres secretos, y escritores que aprendieron hace muchos años (antes de 1990 las computadoras eran una rareza) seguirán tecleando en su vieja máquina.

Paul Auster ha escrito The Story of My Typerwriter (La historia de mi máquina de escribir, Anagrama), en la que cuenta la intensa relación que tiene con su Olympia. El novelista estadounidense Cormac McCarthy escribió sus novelas, unos cinco millones de palabras a lo largo de cincuenta años con una máquina portátil, una Olivetti Lettera 32.

Alguien me ha dicho que ya no hacen máquinas de escribir, que ya cerró la última fábrica en el mundo, pero también me he enterado que los servicios de inteligencia rusos han vuelto a utilizar un tipo de máquina de escribir para evitar filtraciones y fuga de información, y en los Estados Unidos se organizan congresos y reuniones de usuarios y coleccionistas de máquinas de escribir.

Tal vez ya podamos empezar a contar con los dedos de las manos a los escritores que emprendan hoy la escritura de una novela en una máquina de escribir. Tal vez hace falta una buen dosis de contumacia para escribir una novela (es mucho más sencillo celebrar la literatura leyendo una ya publicada), y hacerlo en una máquina de escribir será cada día más un acto excéntrico, una búsqueda interna, una rebeldía que guardará motivos muy profundos ¿Será posible identificar lo intrínseco de la escritura del siglo XX en una máquina de escribir?

Escribir hoy una novela en una máquina de escribir se antoja una empresa formidable y tan improbable como heroica, que alguien podría calificar de necia y absurda. Meter una hoja y ajustarla en el rodillo, escuchar cómo se imprime cada letra ya es un gozo, un placer secreto, un acto preparatorio, un rito, un juego supremo que exige paciencia y tiempo y un gusto implacable por ese juego.  

Pero, ¿no es acaso la literatura un gran juego, uno muy serio pero al fin y al cabo un juego? ¿Por qué no jugarlo entonces, de vez en cuando, en nuestro instrumento/juguete favorito?

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Texto para Escrituras mecánicas, proyecto de Isaí Moreno. 
http://escriturasmecanicas.wordpress.com

2 de agosto de 2014

Julio Cortázar

Se inventó a sí mismo. Julio Florencio Cortázar inventó un monstruo llamado Julio Cortázar. La oruga salió mariposa. ¿Quién es la oruga? Julio Denis, el seudónimo o el primer Cortázar. Sin embargo, aunque ya era él, sí hubo metamorfosis y al morir seguía el proceso: por eso no dejó, literal y físicamente, de crecer. ¿A qué otra forma hubiera llegado? Pudo haber sido un vampiro o un lobo u otra invención de sí mismo. Es imposible saberlo porque salvo en política, no era predecible. Era un buscador y se persiguió a sí mismo. Era un perseguidor y se buscó a sí mismo. Un día se encontró con Julio Cortázar, el caracol, el escritor genial.

No escribió un diario, memorias o autobiografía, pero escribió tanto sobre sí mismo y redactó tantas cartas como extensa es su obra. No hizo de sí mismo un personaje (como Borges), pero identificó su manera de estar en el mundo con su literatura. Hay una forma cortazariana de mirar, de sufrir pesadillas, de escuchar música, de ver París, de imaginar y buscar a una mujer, de escribir cuentos, de andar por el mundo. Sus personajes vivían cortazarianamente (también, por mímesis, muchos de sus lectores).

Julio Cortázar, el hechicero, el mago, el prestidigitador, el encantador de palabras, el buscador de absoluto a la orilla del abismo (sigo tan sediento de absoluto como cuando tenía veinte años) sólo quiso hacer literatura e inventó un mundo a su imagen de semejanza, en el que cupiera un tal Cortázar y todo lo cortazariano. Pensaba que buscaba, pero se perseguía a sí mismo. ¿Qué buscaba? ¿A cuál? (el del doble es uno de sus grandes temas.)

Hay una edad Cortázar y un color Cortázar y un ritmo Cortázar y una música Cortázar y una ciudad Cortázar y… Algunos han intentado seguirlo, otros defenestrarlo, algunos cándidos han pergeñado biografías y pretendido desentrañarlo, pero el secreto y el misterio y el encanto de su fascinación siguen intactos. Algo maravilloso les sucedía a las palabras cuando Cortázar las tocaba. Se encendían, se iluminaban. ¿Será posible descifrar el ovillo Cortázar? Cortázar era más que un hombre y un escritor. Cortázar es más que un modelo, es un enigma vital de belleza y deseo y palabras para armar.

24 de noviembre de 2013

La prosa de Elizabeth Smart

Elizabeth Smart, dama de las oraciones contundentes, señora de las imágenes asombrosas, de la afirmación rotunda y descarnada, escribió una obra tan breve como intensa, tan lúcida y poética (plena de guiños y referencias, de citas, homenajes y paráfrasis que se fugan y se pierden en la traducción, el tiempo transcurrido y el contexto cultural) que otorga a sus libros una dignidad de pequeñas joyas en verdad singulares, un canto al amor y un grito desconsolado de voz inconfundible.

Muchos años después de En Grand Central Station me senté y lloré, publicó Los pícaros y los canallas van al cielo (ambos en Salamandra), expresión acabada de sus temas y motivos, de sus razones y sus amores.

Si en aquella primera novela narraba sus amores con George Barker, en la segunda da cuenta de su vida en al posguerra, de sus hijos, el hambre, el trabajo, los recuerdos y la muerte, su búsqueda y reclamo del amor. La prosa de Elizabeth Smart es tan poderosa que sucede en instantes, en oraciones que obligan a detener la lectura y volver a esas palabras como se mira un cuadro muy bello o una escultura particularmente bien plantada. John Banville dice que la frase es el mayor invento de la civilización humana; Elizabeth Smart lo supo antes, ahí están: sólidas, impecables, sorprendentes:

«Sin embargo, en esta hermosa tarde, lo que queda de mi juventud se alza como un géiser, y me siento al sol, peinándome para quitarme los piojos. Pues es difícil dejar de esperar (“Lo que mi corazón recién despierto murmuró que era el mundo”). Aunque soy una mujer de treinta y uno y medio con piojos en el pelo y un amante infiel.»

»El amor es un hecho trágico y casi siempre imposible. O tal vez sólo se conseguí, como ciertos elementos químicos, en condiciones muy particulares, fugaces, por muy poco tiempo. De cualquier manera, admiro su sabiduría, su capacidad de observación, su lucidez para nombrar y decir su verdad, con contundencia y delicadeza, con rabia y contundencia emocional.

La trama casi no importa. La novela no va a un final, sino a la acumulación de momentos vitales que juntos formarán los motivos y le darán sentido a la escritura, develarán a la escritora, explicarán una vida gracias a esa prosa tan bella como intensa.

Dice de las mujeres, sus vidas, sus obligaciones, su condición:

«Así que entre la preocupación y la acción las caras de las mujeres menguan. ¿Pueden marcharse, dejar tras ellas todo lo espurio, lo fútil, lo ignominioso, lo falto de amor, en esos misteriosos campos de champiñones, en la colina salpicada de vacas informes como babosas al anochecer, y alcanzar por fin, esa misma noche, la tranquilidad de un pub de Londres, donde los rostros fosforecen entre el humo y a veces, entre la distraída angustia? ¿Ni siquiera una ligera libertad condicional?

»No. Deben quedarse. Deben rezar. Deben golpearse la cabeza. Deben ser bonitas. Esperar. Amar. Intentar dejar de amar. Odiar. Intentar dejar de odiar. Amar de nuevo. Seguir amando. Afanarse. Ir de acá para allá.

»La verdad se les engancha y corroe su belleza.

»El útero es un equipaje difícil de manejar. ¿Quién puede tambalearse colina arriba con tan escandaloso peso?»

Unir agallas e inteligencia y sensibilidad es menos común de lo que podría esperarse. Elizabeth Smart, además de celebrar con fortuna la literatura, sabía que «un bolígrafo es un arma furiosa».

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Véase en este Cuaderno de bitácora de lo casi inadvertido el apunte del 25 de octubre de 2010: "Elizabeth Smart y su llanto en Grand Central Station".

16 de abril de 2013

La Autobiografía de Salvador Elizondo

La vida por escrito es literatura


Al escribir que escribe, Elizondo se escribe
Octavio Paz, El signo y el garabato


Tenía treinta y tres años cuando terminó su Autobiografía. Al final de esas deslumbrantes cincuenta páginas anotó el nombre de una ciudad y una fecha para dejar constancia del lugar y día en que la concluyó: México, D. F., 15 de mayo de 1966. Ese día comienza la leyenda del texto autobiográfico más celebrado de la literatura mexicana del siglo XX.

Esa Autobiografía de Salvador Elizondo es un libro importante al menos por dos razones. En México, y en el ámbito de la lengua española en general, redactar memorias y autobiografías es una rareza y mucho más muy cerca del momento que Dante llamó la mitad del camino de la vida.

Hay una razón que explica ese texto precoz: esta autobiografía fue escrita por encargo y para ser publicada por Empresas Editoriales, S. A., en una colección que se “inspira en el propósito de dar a conocer en páginas autobiográficas la fuerte personalidad de los jóvenes escritores mexicanos del momento, para que el lector […] impresionado por la calidad humana y el inteligente laborar de estos nuevos valores literarios, acuda desde luego a conocerlos en su obra. Pretende por tanto esta serie de magros libros, ensanchar y prolongar el cauce a la producción de la joven literatura mexicana”.1 

Otros jóvenes escritores de entonces, como Juan García Ponce, Vicente Leñero, José de la Colina, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol, entre otros, también publicaron su autobiografía en esa colección, pero ninguno de esos textos ha trascendido hasta llegar a nosotros, hoy, más de cuarenta años después, más allá de la bibliografía de cada uno de ellos.

Esos textos biográficos tienen interés para los estudiosos y lectores entusiastas de esos autores, a diferencia del de Elizondo, que ocupa un lugar central entre sus libros aunque no siempre ha sido así reconocido. Esta es la segunda razón de la importancia de la Autobiografía de Elizondo: no haber sido un simple texto apresurado de presentación de un nuevo escritor para que el lector acudiera a la obra de ese autor, como si una autobiografía fuera un mero apéndice al margen de la obra y no parte esencial e indivisible de ella. Si así fuera en otros casos, no lo es para la escritura de Salvador Elizondo, y no sólo por ser una fuente primaria y, supongamos, confiable y fidedigna sobre los hechos y vicisitudes de la vida del autor.

En realidad la vida de un autor es tan poco relevante para la literatura y sus libros como si estos fueron compuestos en tipos de la familia Agaramond o Baskerville. La obra explica y da sentido a una vida; nunca al revés. La obra justifica la vida del escritor. Ciertos autores, entre ellos se cuentan  algunos de los mejores, han logrado fundir vida y obra en una unidad plena de correspondencias que sería imposible aproximarse a profundidad a una sin hacerlo simultáneamente a la otra.

Tal vez Elizondo sea uno de estos casos. No es  común que la experiencia vital, la trayectoria y la cuenta de los pasos por el mundo encuentren un espejo, literario, artístico e intelectual tan nítido en las páginas de los libros de ese autor. La vida es la misma para todos. “Cada hombre lleva en sí mismo plena ya la forma de la condición humana”, escribió Montaigne, pero la manera de mirar una cabellera y el perfil de una muchacha o la serie de los nenúfares de Monet, de escuchar los Nocturnos de Chopin, de asumir la vocación por la escritura o la locura y la concepción del amor y el erotismo son estrictamente personales e intransferibles. En ellos consiste tal vez la individualidad, la singularidad de cada hombre y sobre todo la calidad y la condición del artista.

La Autobiografía de Elizondo es gran literatura antes que el recuento de una vida con momentos solares y otros de innombrable sordidez, es la crónica de una vocación artística que maduró en la mirada de un artista de la palabra que alcanzó la excelsitud de su oficio. Ese pequeño libro es relevante por su crudeza, su prosa descarnada, rabiosamente inteligente y su deslumbrante lucidez. Si Elizondo cultivó la poesía, la novela, el cuento y el ensayo, la suya es pura escritura en estado puro.

Es el hombre por antonomasia que escribía. Elizondo fue el escritor y el escribidor y el grafógrafo. El hombre de la caligrafía asombrosa, el que dibujaba las letras, el de la estilográfica que escribía en cuadernos sin cesar, de día y de noche,2 diarios, apuntes, relatos: literatura, escritura pura.

Por ello la Autobiografía debe ser leída como una Bildungsroman o novela de formación que termina con la consolidación de una vocación literaria irrenunciable, íntimamente ligada e indisoluble de la vida del autor al menos en su autoficción o su escritura sobre sí mismo, pues estas páginas intensas fueron escritas después de la publicación de Farabeuf o la crónica de un instante, la deslumbrante y desquiciadora primera novela de Elizondo, aparecida en noviembre de 1965 (obtuvo el Premio Villaurrutia ese año, cuando obtenerlo ofrecía algún prestigio y guardaba una relación con las letras y pareciera incluso que era en sí mismo un hecho literario),  que muy pronto ganó reconocimiento de la crítica,3  de los novelistas4 y de un destacado historiador de la literatura mexicana.5

Octavio Paz sabía que “para encontrar la unión de sexualidad y muerte en la literatura mexicana hay que ir a López Velarde […]; sobre todo, a las novelas y ficciones de Juan García Ponce y de Salvador Elizondo”.6 Con los años, esos juicios no han cambiado, Farabeuf sigue siendo la novela más singular, aislada y extraña de las letras mexicanas, acaso la más terrible y lúcida para entrever el fondo descarnado de la dualidad erotismo y muerte. Es el libro central de Elizondo, tal vez la expresión más acabada de su maestría, pero también el más terrible.

Claudia Reina, luego de considerarlo un autor notable y maldito, “no puede dejar de verse a Farabeuf como una novela llena de erotismo (sádico, masoquista, perverso, pero erotismo)”, lo reconoce como un creador excepcional de infiernos: “Farabeuf es un libro siniestro, oscuro, perturbador, confuso […]; es un infierno textual digno de Salvador Elizondo”.7

Desde 1965 corría ya la leyenda Salvador Elizondo como el escritor más original (léase extraño, extravagante) de su generación, y no ha cesado de hacerlo. “Al resaltar la propensión a la vida interior, vale hacer énfasis en que nos hallamos ante un espíritu agitado.”8 Esta explicación de Daniel Sada ofrece una clave de la literatura de Elizondo: la vida interior y sus demonios. Visto así, buena parte de la obra de Elizondo, las novelas y los cuentos (lo que solemos llamar ficción), pero también sus ensayos y otros escritos, responden al mismo impulso que anima la Autobiografía.

Esa mirada a su pasado se proyecta sobre el futuro,  explícita o insinuada, textual o cifrada, en la narrativa que escribiría en la segunda mitad de su vida. La nostalgia, la melancolía, el extrañamiento ante el mundo, la lucidez y el registro estético de la Autobiografía aparecerán en otros libros. Las razones para escribir una autobiografía pueden ser muchas, en el caso de Elizondo, por prematura y lúcida, por su intensidad y belleza, la Autobiografía revela al hombre y las claves de su literatura, pero también es un libro que debería estar en el “canon” de Elizondo y no al margen de la obra.

La Autobiografía resulta útil para explicarnos su formación, aficiones, y rasgos de temperamento, y ayudarnos a comprender tan singular personalidad”,9 escribe José Luis Martínez, sin darle, como tantos críticos y comentaristas, un lugar en la obra; sin omitirla, no es leída como un libro con plenos derechos y poderes y casi siempre ha sido recibida como un documento extraño, escandaloso y marginal: “Mi visión esencial del mundo es poco edificante; en realidad, no apta para ser difundida”,10 dice Elizondo de sí mismo; mejor aún, de un personaje de ficción, escrito, llamado Salvador Elizondo.

No es un caso único, Borges también lo hizo, escribió sobre sí mismo con nombre y apellido, con su condición y circunstancia, pero era otro. Elizondo al escribir se escribe, dice Octavio Paz;11 así es, y lo hace como ningún otro autor de las letras mexicanas. Elizondo parte del acto mágico de escribir para llegar a la escritura misma (“escribo que escribo viéndome escribir que escribo”) y desde la escritura misma saltar a la celebración de la inteligencia y el pensamiento.

La imaginación y el argumento, el tema y la trama están subordinados a la escritura, a la revelación de lo escrito, a la dicha de ejercer el placer de escribir y ver asombrado las palabras que se fijan en el papel y se extienden y fluyen para llenarse de sentido en el pensamiento o el tiempo o en imágenes como una secuencia cinematográfica. Elizondo es un autor estructurado  y  pulcro en extremo. La suya es una búsqueda de la escritura con rigor matemático, de una nitidez simétrica tan bella e inteligente como lúcida y fría.

No es difícil imaginar que Elizondo también hubiera destacado en la lógica formal, en la filosofía de la ciencia. Dice Juan Malpartida: “Pasión de científico, aunque nada positivista. Pasión analítica que, en muchas ocasiones, se consume a sí misma en su propia mecánica, en su propia dialéctica, siguiendo fatalmente la herencia de su admirado Valéry, el poeta que prefería escribir un poema secundario sabiendo lo que escribía a escribir un poema genial de manera inesperada”.12

Una de las lecciones de Elizondo es el rigor, la calidad de su prosa, la pureza de su argumentación. Pero esas virtudes no lo libraban de la ficción. Una biografía también es una novela, y una autobiografía es la novela  cuyo protagonista es el autor de la novela. La autoficción es hacer literatura de ficción a partir de la vida del escritor. La autobiografía narra la vida de Elizondo y es a la vez un texto de ficción y esta verdad tan evidente, que despierta suspicacias entre algunos críticos, de ninguna manera devalúa la calidad del relato de su vida.

Escribe: Dermont F. Curley: “todo lo que ha escrito Elizondo, ya sea un libro de poemas poco logrado, un cuento, un ensayo crítico o una novela experimental, forma parte del intento de esculpir, de formar, su propio universo literario y dramatizar su vocación por la escritura. Sus puntos de vista sobre la literatura, el arte, la fotografía o el cine revelan una clara propensión y la confirmación de sus obsesiones privadas”.13 Al crítico le faltó incluir en su lista los textos biográficos, la Autobiografía, tan literaria y narrativa y de ficción como cualquier otro.

Dice Curley: “Según Elizondo, el género autobiográfico sólo es exacto y sincero en la medida en que el lenguaje le permita serlo. Más importante que al sinceridad es el lenguaje, junto con l actitud y la aplicación del escritor a lo que escribe”.14 Elizondo no podría haber sido más claro sobre su Autobiografía en una entrevista con Adolfo Castañón: “con un criterio estrictamente literario, distorsionando muchas veces hechos de la realidad que merecían, en aras de la literatura, ser un poco aderezados para que fueran más interesantes. Yo conté allí, puedo decirlo ahora, muchas mentiras, no mentiras en el sentido estricto de la palabra, de que no fueran ciertas, sino que eran medias mentiras. Había algo de realidad, pero había tanta realidad como fantasía, o muchas veces más fantasía que realidad”.15

No hay diferencia esencial entre una biografía y una novela, entre una autobiografía y una novela, una pieza de escritura de ficción. No sólo es así sino que no podría ser de otra manera. El relato de la verdad objetiva y neutra, si tal es posible, tendría que buscarse en otra parte, pero tampoco la crónica y la Historia pueden ser la verdad y solo la verdad y toda la verdad. De hecho, no lo son. En el caso de la Autobiografía la objetividad y verosimilitud quedan hechas añicos desde el momento mismo en que el narrador hablará de sí mismo y su experiencia vital, su educación sentimental y su formación estética.

Cualquier suceso que pasa por las manos y las palabras de un escritor, aunque se inscriba en la Historia, pasa a ser ficción. Un escritor no miente, y menos los más grandes y profundos; un escritor  inventa la realidad, le da imaginación, veracidad y coherencia, un lenguaje y un registro, un ritmo, un color, un ambiente, un tiempo, un punto de vista, todos esos elementos de la escritura que le dan singularidad a un texto; en una palabra, lo que hace que un escrito se inscriba en la obra y el talento y el pensamiento de un escritor. 

“La literatura no es la vida, mucho menos la descripción realista de ella. Por una parte, existe el papel que desempeñan la fantasía y la imaginación; por otra, el criterio estrictamente literario, el arte empleado. A expensas de una “mentirita” se proyecta la verdad no una verdad moral, no el bien o el mal, sino la expresión por escrito de una idea o emoción ideal.”16 

La célebre “verdad de las mentiras”, la aproximación a verdades esenciales desde la imaginación y su mezcla con el recuerdo, con trozos de hechos reales, la especulación y la evocación del sueño y el mito es la vía correcta, útil y necesaria. Tal vez la ficción sea la única manera en que podemos mirar con nitidez la realidad. Abrumados por ésta, necesitamos de la imaginación para explicarnos el mundo y al compleja condición humana.

Una autobiografía es una manera directa de abordar el recuerdo imaginado de la propia vida, que da pie y sustento a mucho más, una visión del mundo, un paseo por la cultura, una búsqueda, una tentativa de responder a preguntas esenciales, una reflexión histórica, un ajuste de cuentas, un corte de caja, una explicación al camino recorrido, una búsqueda del que falta por recorrer, un vislumbre de sí mismo. “Si concebimos la autobiografía como una forma de escribir, tenemos también la libertad de emplear un lenguaje que vuelva trascendentes algunas experiencias que aparentemente no lo son”.17

Es decir, una autobiografía es también literatura  pura y dura, tanto como una novela o un cuento. Su singularidad consiste en que la vida del autor coincide, al menos en líneas generales, con la del personaje que ha creado. El autor es el único habitante y creador de una escritura de la que no es el único lector. Las razones de ese escrito, las causas profundas en el caso de Elizondo no son un secreto. Decía Elizondo en 1967: “publiqué una pequeña autobiografía en al que yo creo que, en cierta medida, cuando menos, he puesto todas aquellas cosas de mi vida personal que he considerado que han sido importantes en la búsqueda y en el encuentro de mi vocación de escritor. […] Cuando digo escritor estoy admitiendo o estoy proclamando una vocación de la que no puedo escindir el sentido de mi vida personal. Es decir que mi vocación forma parte íntima de mi vida personal”.18

La Autobiografía en sentido estricto no se llama así. En la cubierta dice: “Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos. Salvador Elizondo”. La palabra autobiografía aparece en la página 13, al inicio del texto. El libro tuvo éxito y contribuyó a forjar la leyenda de Elizondo. Pronto fue visto como el genio y el loco, el extraño y el perverso por antonomasia en las letras mexicanas. Elizondo vivió con el estigma de ser el brillante y el perturbado, el cosmopolita y el extraño, el esnob y el outsider. El que lo sabía todo y el de los juicios más extraños.

Agotada la edición no permitió que la Autobiografía volviera a reeditarse. Los ejemplares disponibles alcanzaron precios muy elevados. En la medida que Elizondo ganaba prestigio y reconocimiento, su Autobiografía se volvía un libro secreto, en documento imprescindible de ciertos círculos literarios, en objeto de elogios y censura. Era un libro maldito prohibido no por la censura sino por su propio autor. En los cafés y las aulas, en las redacciones de las revistas y los diarios, en las editoriales y las librerías se hablaba del  libro que era verdaderamente inconseguible.

Con los años, no fue difícil conseguir un juego de fotocopias si se preguntaba por el libro aquí y allá, y se habló de ediciones piratas. Sin duda, fue la circulación ilegal e informal del libro en estos soportes lo que llevó a Elizondo a permitir una reedición de un libro que no quería volver a publicar pero circulaba por las calles. Volvió a editarse en el año 2000 con la autorización del autor bajo el nombre de Autobiografía precoz. Desde entonces, ha sido publicada19 varias veces.

La Autobiografía ha sido vista como un libro que contiene, en particular hacia el final, ante el derrumbe del personaje y el fracaso conyugal, algunas de las páginas más perdurables y malditas de la literatura mexicana. 

En esa pequeña joya encuentran su sitio el descubrimiento del erotismo, la melancolía, la soledad, del ensimismamiento, la construcción de un mundo propio, lucido, absurdo, radical, impenetrable, absurdamente inmaduro y adolescente. Los amigos, el alcohol y el burdel y luego el llamado del amor y con éste, el descubrimiento de la poesía y el encuentro con la vocación literaria. La búsqueda de la esencia de la poesía y la misión del poeta. La fallida vocación de pintor, el largo camino para hacerse escritor, que sólo se consigue con la voluntad y el ejercicio del oficio que consiste en sacar el mejor provecho a eso que suele llamarse talento. Para conseguirlo, el novel escritor se hace en sus lecturas, ante la vida y las palabras, en su manera de estar, de mirar. En la introspección, en la experiencia vital, en tomar por asalto la cultura, en su manera de ver cine y pintura, de mirar arquitectura y caminar por las calles de su barrio o por París o Roma o Londres, ahí es donde se hace un escritor. Un escritor se hace en su conciencia y sus palabras.

La Autobiografía es un libro cínico e incorrecto, misógino y presuntuoso, doloroso y crudo con una impecable lección estética. Esas cincuenta páginas, intensas e inolvidables, tienen un lugar entre los libros preclaros de la literatura mexicana. Son el relato de un destino literario en el que el amor y la locura pasajera, el horror y la pesadilla, los recuerdos y la cultura se funden con astucia literaria. Es inútil pretender contrastar esas páginas con la vida del autor, la Autobiografía es simplemente gran literatura. ▪

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1Propósito Editorial”. Salvador Elizondo. Autobiografía (Nuevos escritores mexicanos presentados por sí mismos) Empresas Editoriales, S. A. México, 1966. El tiraje fue de dos mil ejemplares.
2 Al parecer, son 83 los cuadernos inéditos que dejó Elizondo. Una selección se publicó en Letras Libres a lo largo de 2008 (http://www.letraslibres.com/revista/convivio/diarios-1958-1963-el-oficio-de-escribir?page=full). A los cuadernos que escribía de noche, Elizondo los llamaba con toda justicia noctuarios. La fotógrafa Paulina Lavista, esposa de Elizondo, comentó: “Salvador encontró que en el encamado nocturno hacía muchas cosas. Era para él como meterse a un sueño: acompañado de su whisky y sus pinturas, se ponía a escribir y a dibujar, una especie de viaje hacia la aventura del recuerdo. Él sostenía que lo que se escribía y hacía a esas horas era muy diferente a lo que se podía hacer durante el día”. La Jornada, La Jornada de enmedio, página 3ª, 26 de agosto de 2012.
3 Novela de amor y horror, de violencia y locura, de sadismo y magia, de aparecidos y desaparecidos, de mutaciones y desdoblamientos, es una narración extraña y de difícil clasificación en nuestras letras […] se lee sucesivamente con curiosidad, con aprehensión, con malestar físico que a punto está de convertirse en  náusea, con rabia […] con desaliento, con avidez y siempre con provecho artístico (Emmanuel Carballo, en el “Prólogo” a Salvador Elizondo (Autobiografía), Empresas Editoriales, México, 1966, pp. 5, 7. 
4  Juan Vicente Melo celebró la aparición de la “novela del tiempo, de la memoria y del olvido pero, sobre todo, novela del amor en sus más extrema manifestación: la del éxtasis de la tortura, la del ceremonial del terror […]. Utilizando procedimientos propios de ese género que se ha dado en llamar la ‘antinovela’ y de Alain Resnais, Elizondo ha realizado el experimento más ambicioso e importante en la novelística mexicana de los últimos años” (Revista de la Universidad de México, agosto 1966, p.31).
5 “Con Farabeuf […] llegaba a la llana y directa literatura mexicana el sentido alucinante y morboso, el juego de la ambigüedad y la presencia intercambiable de la perversión, el horror y la belleza (José Luis Martínez, “Contestación” a “Regreso a casa”, discurso de ingreso de Salvador Elizondo al ingreso a la Academia Mexicana correspondiente a la Española, Coordinación de Humanidades, UNAM, 1982, p.32).
6 Octavio Paz. Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano. Obras Completas, tomo IV. FCE, México, 1994, p. 90.
7 Hay que reconocer a Salvador Elizondo como un creador excepcional de infiernos; quizá este sea el punto de inicio para una aproximación a su obra; sin embargo, no es lo único que debe tomarse en cuenta, está también su inclusión dentro de la categoría de escritor maldito, sus influencias literarias provenientes de escritores satánicos (el término no es tan alarmante como parece) y las ideas que subyacen y a veces se repiten (no como tautologías sino como motivos de nuevos descubrimientos) dentro de su obra.
   “Qué es ser un escritor maldito. Un recorrido por la historia literaria proporciona nombres que pueden contestar a esa pregunta: Baudelaire, Lautréamont, Bataille, el Marqués de Sade, Rimbaud, Poe. Un escritor maldito va al encuentro de las fuerzas oscuras de la naturaleza humana, desciende a los infiernos, tiene conversaciones sagradas con el demonio, es un poseedor de obsesiones oscuras, casi ininteligibles, tenebrosas, y lo que lo conduce a esto es un estado de zozobra interior que acaso pueda encontrar consuelo en la blasfemia. Las flores del mal y Cantos de Maldoror son ejemplos de esta literatura maldita.
    “Un escritor maldito no elige serlo, lo es sin remedio, y tiene que soportar el estigma y el goce de serlo. Salvador Elizondo tiene una vida que refleja su alianza con las fuerzas oscuras que estarán expresadas en su literatura. Sufrió de depresiones, alucinaciones, delirios, hasta el grado de tener que ser internado en un hospital psiquiátrico; su mirada siempre estuvo fija en escritores con los cuales se sintió identificado y a su vez lo influyeron, y en general tuvo experiencias tanto personales como literarias que le transmitieron un conocimiento preciso y perverso del mundo de las sombras del alma humana”.  Claudia Reina, “La escritura maldita en Farabeuf”, en http://www.lamaquinadeltiempo.com/algode/elizondo.htm (consultado en octubre de 2012).
8 Daniel Sada en "La escritura obsesiva de Salvador Elizondo", en http://www.revistadelauniversidad. unam.mx/6609/sada/66sada04.html (consultado en octubre de 2012).
9  José Luis Martínez, “Contestación” a “Regreso a casa”, discurso de ingreso de Salvador Elizondo al ingreso a la Academia Mexicana correspondiente a la Española, Coordinación de Humanidades, UNAM, 1982, p. 29.
10 Salvador Elizondo. Autobiografía (Nuevos escritores mexicanos presentados por sí mismos) Empresas Editoriales, S. A. México, 1966, p. 13.
11 Octavio Paz, Op. Cit.
12  Juan Malpartida, “Salvador Elizondo, el grafógrafo”, prólogo a la Narrativa completa de Salvador Elizondo, Alfaguara, México, 1999. Esta edición de la narrativa completa incluye los libros: Narda o el verano, Farabeuf, El hipogeo secreto, El retrato de Zoe y otras mentiras, El grafógrafo, Camera lucida y Elsinore. La Autobiografía no está en esta edición; quizá porque no es considerada “narrativa” o ficción”, en cualquiera de los dos casos es una ausencia notable.
13 Dermont F. Curley, En la isla desierta. Una lectura de la obra de Salvador Elizondo, Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa y Editorial Aldus, México, 2008, p. 114-115.
14 Dermont F. Curley, Op. Cit., p. 115.
15 Adolfo Castañón, “La escritura como experiencia interior: entrevista a Salvador Elizondo”, Mascarones 5: Boletín del Centro de Enseñanza para extranjeros 5, julio-septiembre de 1985; Citado por Dermont F. Curley, Op. Cit., p. 115.
16 Dermont F. Curley, Op. Cit., p. 116.
17 Salvador Elizondo, “Salvador Elizondo”, Los narradores ante el público, Joaquín Mortiz, Vol. 1, México, 1966, p. 167. Citado en Dermont F. Curley, Op. Cit. P. 116.
18 Salvador Elizondo, Op. Cit., p. 155. Citado por Pablo Martínez Lozada en “Confesiones de una máscara” en Cámara nocturna. Ensayos sobre Salvador Elizondo, presentación y compilación de Daniel Orizaga Doguim, Fondo Editorial Tierra Adentro, 437, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2011, p. 19.
19 EditorialAldus, México, 2000. El mar de iguanas (Atalanta, Barcelona, 2010) es un volumen que reúne los tres textos manifiestamente biográficos de Salvador Elizondo: La Autobiografía (ahora llamada Autobiografía precoz), el cuento “Ein Heldenleben”,  la nouvelle  Elsinore  y una selección de los noctuarios.

         
(Una versión de este ensayo fue publicada, gracias a Ernesto Garcianava, director editorial, en El Bibliotecario, Dirección General de Bibliotecas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México. Número #86; julio-septiembre de 2012.)