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31 de diciembre de 2021

Maneras de leer

Algunos lectores devoran libros, uno tras otro, con apetito insaciable. Los peores se jactan de sus hazañas como proezas olímpicas: «Yo me leo una novela de quinientas páginas en dos o tres noches.» No los envidio, siento una mezcla de admiración e incredulidad y me pregunto si habrán leído o paseado los ojos por las páginas; yo antes que leer más rápido, quisiera leer mejor.

Hace tiempo se impuso una tendencia a oponer la lentitud a la rapidez. La comida lenta frente a la comida rápida, etcétera. Me inclino por la lentitud si la comida y la lectura son mejores. Henry Miller narra en Sexus, a partir de sus amigos, sobre dos maneras de leer. Una cita, en la versión de Carlos Manzano:

«Roy Hamilton avanzaba milímetro, por decirlo así, deteniéndose en una frase durante días o semanas. A veces tardaba un año o dos en acabar un libro breve, pero, cuando lo había acabado, parecía haber aumentado un codo de estatura. Para él, media docena de libros eran suficientes para suministrarle alimento espiritual para el resto de su vida. Para él, las ideas eran cosas vivas, como lo eran para Louis Lambert. Tras haber acabado de leer un libro, daba la impresión absolutamente real de conocer todos los libros. Pensaba y vivía un libro desde la primera página hasta la última, y emergía de la experiencia con un ser nuevo y exaltado. Era lo contrario mismo del erudito, cuya estatura disminuye con cada libro que lee. Para él, los libros eran lo que el yoga es para quien busca en serio la verdad: le ayudaban a unirse con Dios.

«En cambio, Arthur Raymond daba la falsa impresión de devorar el contenido de un libro. Leía con atención muscular. Al menos eso era lo que yo imaginaba, al observar el efecto que surtía en él. Leía como una esponja, atento a observar los pensamientos del autor. Su única preocupación era absorber, asimilar, redistribuir. Era un vándalo. Cada libro nuevo era una nueva conquista. Los libros fortalecían su yo. No crecía, se henchía de orgullo y arrogancia. Buscaba corroboraciones para lanzarse con ímpetu y dar batalla. No se permitía a sí mismo darse por vencido. Puede que rindiera homenaje al autor que admiraba, pero nunca doblaba la rodilla. Se mantenía inquebrantable e inflexible; su concha se volvía cada vez más espesa.»

Dos maneras de leer. Una, minuciosa, cuidada, apolínea, en busca del santo grial de esa escritura. La otra, feroz, salvaje, un asalto al libro para apoderarse del botín. Kafka, que cultivaba la primera manera, creía que un libro debería movernos, sacudirnos, herirnos, despertarnos de un golpe en la cabeza. Es imposible encontrar y leer en la vida cientos de esos libros. La segunda manera de leer permite absorber y consumir cientos, en algunos casos mil o dos mil libros.  

Me pregunto si el lector total rompe sus propias marcas a costa de su vida. Es posible que así sea, salvo que haya identificado el acto de leer y gozar sus lecturas con la vida misma. ¿Tiene sentido leer mil libros en la vida? La respuesta es personal e intransferible, pero sin la lectura de ese número indeterminado y siempre cambiante de libros la vida y el mundo sería más planos, más grises: los libros nos enseñan a mirar el mundo, a mirar en nosotros mismos.

Habrá otras maneras de leer, pero serán puntos intermedios entre estas. «Descifrar» una obra de ficción, entendido como conocer las vicisitudes de la trama apenas vale la pena, demorarse en un libro único en busca de la Verdad, puede ser el origen de fundamentalismos e intolerancias. 

Pero tal vez todos los lectores, lean como lean, reconocerán que la lectura es un placer continuo y por hacerse. Un camino, que entre más se camina más se quiere caminar, que entre más se anda, más se quiere andar; y entre más se sabe, más se quiere aprender; entre más se disfruta, más se quiere disfrutar. La lectura puede ser contagiosa (los niños leen si sus padres o tutores lo hacen), y ejercerla, no debemos olvidarlo, es un acto libre y soberano, de rebeldía y liberación; y también, claro, leer es, como decía Valery Larbaud, ejercer el «vicio impune».

6 de marzo de 2018

La biblioteca del basurero

Bohumil Hrabal, escritor checo, es el autor de Una soledad demasiado ruidosa, una novela bellísima y conmovedora sobre los libros, una obra maestra, uno de esos libros entrañables que una vez leídos uno guarda en el librero y en el corazón.

Hanta, el protagonista, trabaja en una trituradora de papel y tiene la ingrata tarea de destruir libros, esos objetos que tal vez son el mejor tesoro e invento de la humanidad; pero Hanta también rescata los que puede, y se los lleva a su casa. Dice:

...cada anochecer me dirijo a casa, en silencio voy por las calles inmerso en una profunda meditación, paso de largo tranvías y coches y peatones, perdido en una nube de libros que acabo de encontrar en mi trabajo y que me llevo a casa en la cartera, así, soñando, cruzo en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente, camino apestando a cerveza y a suciedad, pero sonrío porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mi mismo, algo que todavía desconozco.
Michel de Montaigne hubiera estado de acuerdo con Hanta: necesitamos los libros para que nos expliquen algo sobre nosotros mismos. Imposible no estar de acuerdo. ¿Podría imaginarse una empeño más alto? Hanta, tal vez sin saberlo, o tal vez lo leyó en alguno de esos libros que salvó de la ignominia y la desgracia de ser despedazados para aprovechar sus materiales, sabía que en el pórtico del templo de Apolo en Delfos se leía: «Conócete a ti mismo.» Tarea ardua y complicada que puede aligerarse con la ayuda de buenos libros.

Hanta no estaba mal encaminado, y tampoco lo están esos heroicos basureros (por su gesto altruista, generoso) de la ciudad turca de Ankara o Angora que formaron una biblioteca con los libros que la gente desecha con la basura. La biblioteca, con la ayuda de las autoridades de la ciudad, ha sido  instalada en una antigua fábrica abandonada, está abierta las veinticuatro horas del día y sus cerca de cinco mil libros están a la disposición de cualquier lector. Hay libros de literatura, infantiles, algo de divulgación científica y algunos ejemplares en inglés y francés.

El acervo de la biblioteca se nutre de los libros que los ciudadanos sacan a la calle con la basura y, también, ahora, con donaciones. Una parte de la población que se deshace de libros los pone en una bolsa de plástico para conservarlos y facilitar la tarea de los basureros-bibliotecarios.

Sería estupendo poder conocer esa biblioteca, mirar sus estantes para ver si aparece algún libro en turco o español de Borges o García Márquez, El Quijote, o alguna  gran sorpresa como podría ser la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz. Sería estupendo conversar con los basureros y contarles la historia de Hanta, que como ellos rescata libros para que a cada lector le expliquen algo sobre sí mismo que desconoce.

¿Por qué la gente se deshace de sus libros? Gabriel Zaid ha encontrado muchas de esas posibles razones. A terminar los estudios o la tarea o el fin con el que fueron llevados a casa; porque se fueron quedando atrás, en la historia y los intereses del posible lector; porque no caben más en casa y entonces hay que hacer sitio a nuevos libros y sacrificar algunos; porque otros no nos gustaron o tenemos la certeza, tal vez por falta de tiempo, de que no los leeremos. También porque llegan otros libros nuevos, que demandan nuestra atención.

 Una biblioteca personal, se ha dicho, es un plan de lecturas, y también un proyecto de vida. Borges sabía que también es una forma de ejercer la crítica. Yo he sacado libros por alguna de aquellas razones, pero no los pongo en la basura, los llevo a una librería de viejo donde me dan un ejemplar que yo elijo a cambio de entregar una caja repleta de los libros que desecho.

Mariana, una estudiante de literatura, pariente lejana de Salvador Diaz Mirón, me dijo que en una mudanza apareció en un rincón de su casa un ejemplar de la poesía del poeta. La madre de Mariana  se avergonzaba de él, al menos de la vida perniciosa del más ilustre miembro de la familia, y sin pudor ni piedad arrojó el libro a la bolsa de la basura. Mariana quedó tan impresionada, y en cierta forma indignada de ese acto bárbaro, que unos años después buscó la poesía de su pariente y encontró un ejemplar hermoso en una librería de viejo que leyó con entusiasmo y admiración. Resarció aquel acto innoble de su madre.

¿Qué le diría Hanta? Con un poco de imaginación podría pensarse que ese ejemplar que atesora es el que su madre arrojó a la basura, y fue rescatado por algún basurero, aunque no fuera uno de aquellos que formaron en Ankara una biblioteca con los libros que la gente tira a la basura. Quiero pensar que que en todas las ciudades hay basureros que rescatan libros y los libran de ser destruidos, de ser triturados.

21 de diciembre de 2017

La increíble Biblioteca Brautigan

En su novela The Abortion: An Historical Romance 1966, Richard Brautigan (1935-1984) imaginó una biblioteca conformada con los escritos que no le interesan a la mercantil industria editorial. Ahí encontrarían su sitio y se conservarían «the unwanted, the lyrical and haunted volumes of the American writing» (los volúmenes despreciados, líricos y embrujados de la escritura estadounidense) que nadie aprecia, es decir, los manuscritos que nunca han sido publicados. Esa sería la biblioteca de los libros siempre inéditos y jamás leídos.*

La novela explica que si bien nadie puede visitar la biblioteca, y menos aún leer los manuscritos ahí depositados, los autores de esas obras están felices de que sus «visiones y voces» hayan sido recogidas y preservadas. Como todo el mundo sabe, la realidad se empeña en imitar al arte, y prueba irrefutable es que, inspirada en la imaginación del novelista, en 1990 abrió sus puertas en Burlington, Vermont, la increíble Biblioteca Brautigan.

La Biblioteca Brautigan conserva cientos de originales en papel y un número creciente de archivos digitales, pero, a diferencia de la biblioteca de la novela, los curiosos lectores interesados pueden leer los textos mecanografiados y los manuscritos aunque, claro, no pueden llevarlos a casa (algunos de los originales que preserva la Biblioteca son piezas únicas, de las que no existen copias).

Como todo proyecto cultural independiente, que no vive del erario y marcha culturalmente contracorriente, la Biblioteca Brautigan ha tenido que cambiar de domicilio y sortear toda clase de dificultades. Sin embargo, ha sido acogida en The Clark County Historial Museum, en el 1511 de Main Street, Vancouver, Washington, Estados Unidos.

La Biblioteca admite nuevos originales (también donativos y contribuciones), y para conservar su singular naturaleza, cuando un texto es publicado, al salir al mundo, al perder su condición de inédito, debe ser retirado para siempre de sus estantes.

La Biblioteca Brautigan tiene su propio (borgesiano) sistema de clasificación de los libros, the Mayonnaise System (el sistema mayonesa), el sucesor, al parecer, del vetusto sistema creado por Melvil Dewey en 1876. El Sistema Mayonesa ha tomado prestado su nombre del último capítulo de la novela más conocida de Richard Brautigan, Trout Fishing in America (La pesca de la trucha en Estados Unidos).

 Los manuscritos son catalogados según trece categorías generales: 1) Aventuras. 2) Todo lo demás. 3) Familia. 4) Futuro. 5) Humor. 6) Amor. 7) El sentido de la vida. 8) Mundo natural. 9) Poesía. 10) Social/Política/Cultural. 11)Espiritualidad. 12) Vida callejera. 13) Guerra y paz.

Cada manuscrito de la colección es tratado como una joya que expresa la visión y la voz, únicas, del autor. Suelen ser manuscritos excéntricos, de pensamiento crítico o que no expresan las ideas comunes o dominantes; lejos de las corrientes principales, están fuera del alcance del llamado éxito editorial y comercial. La misión de la Biblioteca Brautigan es poner esas obras, marginadas, al alcance del público lector.

La Biblioteca, entre otras actividades, es la promotora del National Unpublished Writers' Day (NUWD; Día Nacional de los Escritores Inéditos), el último domingo de enero. Ese día se celebra a los autores inéditos, a la propia Biblioteca como repositorio de manuscritos inéditos y también el aniversario de Richard Brautigan, padre intelectual e inspirador de la Biblioteca, recordado además como autor de poemas, cuentos y novelas que expresan el más profundo espíritu del movimiento contracultural de la ciudad de San Francisco en los años sesenta y setenta.

Siempre serán bienvenidas las bibliotecas y los proyectos culturales, pero éste en particular me hace pensar en algunos libros que conozco, candidatos perfectos a sus estantes, manuscritos que nunca debieron haber sido publicados. No es censura, simplemente es admitir que andan por el mundo libros que deberían estar en la increíble Biblioteca Brautigan.

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*Véase en este blog el apunte "El Ministerio Mundial de la Literatura y la Biblioteca del Rotundo Fracaso", del 23 de abril de 2010.

26 de diciembre de 2015

Marilyn

También fue una lectora. El resplandor de la rubia imponente ocultaba a la muchachita frágil, melancólica y desdichada, amante de la literatura y de la historia. El guion para su vida que Hollywood y los medios le imponían insistía en cultivar la imagen de la mujer más sexy del mundo.

Marilyn Monroe no terminó la high school, algo así como el bachillerato, pero antes de que la devorara la fama se empeñó en ir por las noches a la Universidad de California a tomar cursos sueltos de literatura, después de trabajar como modelo y de buscar pequeños papeles en películas en las que casi siempre hacía papeles de rubia tonta.

Los testimonios de su gusto por los libros son contundentes y firmes, y son muchas las fotografías en las que aparece leyendo o con un libro en las manos. Fragments (FSG, Nueva York, 2010; hay una edición española: Fragmentos, Seix Barral, 2012) publica en edición facsimilar los escritos de Marilyn, sus notas íntimas, reflexiones, apuntes y aproximaciones a la poesía, escritos a máquina o a mano en cuadernos, en blocs de hoteles, en hojas sueltas. Es un libro imprescindible para aproximarse con alguna certeza a Marilyn, para acercarse a la expresión de sus emociones y sentimientos, su soledad y eso que solemos llamar sensibilidad.

Si los testimonios, los libros, los papeles personales, las fotos no fueran suficientes para hablarnos de la Marilyn lectora, los editores de Fragments se preguntan con agudeza si a alguna actriz de 1960 le hubiera interesado, por razones de imagen, aparecer leyendo o al menos con un libro en la mano en decenas de fotografías. Antes lo contrario. Las bellas de Hollywood no deben leer libros. Esas fotografías nos muestran un rasgo personal y un hecho constante y asombroso: Marilyn era una lectora, más que una lectora ocasional, y además leía muy buenos libros.

En su biblioteca había más de cuatrocientos ejemplares de teatro, poesía, filosofía, novelas, relatos, algo de historia y de ciencia. Muchos autores del siglo XX, sus contemporáneos. Su gusto era impecable: Beckett, Russell, Camus, Carroll, Chéjov, Dickinson, Dostoievsky, Durrell, Faulkner, Fitzgerald, Flaubert, Freud, Greene, Heine, Hemingway, James, Joyce, Kazantzakis, Lawrence, Lowry, Mann, Milton, O'Neill, Poe, Proust, Pushkin, Saint-Exupéry, Schopenhauer, Shaw, Shelley, Spinoza, Steinbeck, Stendhal, Styron, Tolstói y Wilde entre otros. El lector curioso y perspicaz puede encontrar la lista de su biblioteca en la Red.

Es cierto que los lectores que con los años formamos una biblioteca personal tenemos libros que no hemos he leído, pero no hemos renunciado a hacerlo, todo lo contrario. Su presencia es una promesa de futuro. No sé cuáles de esos grandes autores cuyos libros estaban en sus estantes no haya leído Marilyn, pero leyó a muchos de ellos. Frecuentó ciertos círculos intelectuales, fue buena amiga de Truman Capote, entre otros escritores, y estuvo casada con Arthur Miller, un notable dramaturgo.

Si comento que Marilyn Monroe fue una mujer sensible a la poesía y leía buenos libros, con frecuencia me miran como buscando la intención, el chiste, con una expresión de burla y sorna o con una ceja arriba de puro escepticismo. A medio mundo le cuesta creer que Marilyn Monroe, con su vida y su leyenda, pudiera ser o hacer algo más que salir en películas simples, aparecer desnuda en el primer número de Playboy o cantarle el "Happy Birthday" al presidente Kennedy. Se niegan a aceptar que en su soledad, en su casa, leía, que la lectura era su placer y su refugio; su pasión secreta era la literatura.

Me desconcierta que sean mujeres sobre todo las que dudan de la afición de Marilyn por la lectura, de sus modestas aficiones intelectuales; que sean mujeres las que la descalifican y refuerzan su papel oficial de rubia teñida que sólo podía saber de frivolidades, coleccionar maridos y una larga lista de amores fallidos, amantes ricos y poderosos. ¿Para qué querría leer libros?, ¿los entendía?, se preguntan.

Marilyn, como cada uno de nosotros, tenía una casilla, un escaque del que no es fácil salir. Marilyn fue una víctima de su belleza, de su circunstancia, de los hombres que la acosaron y aniquilaron, de la fama, del torbellino en el que se giraba su vida.

La belleza impecable y absoluta de ciertas mujeres puede ser su mayor obstáculo en otros ámbitos, la gran desdicha de su vida. Pareciera que no tuvieran otro sitio en el mundo: su única razón de ser, como la rosa, es ser bella. Lo demás, no importa. Más le hubiera valido a Marilyn ser una rubia tonta, una frívola insensible, dispuesta a pagar cualquier precio a cambio de fama, poder y dinero. Pero no fue así. Marilyn no era poeta, pero tenía el alma de una, y la fragilidad de la rosa.

Lo sabía bien Arthur Miller: «To have survived, she would have had to be either more cynical or even further from reality than she was. Instead, she was a poet on a street corner trying to recite to a crowd pulling at her clothes.» Sí, la imagen es justa: «Para sobrevivir, debió ser más cínica y dura ante la realidad. En cambio, era una poeta tratando de decir sus poemas en una esquina a una multitud ansiosa de quitarle la ropa.» Ni más ni menos.

15 de febrero de 2015

Un ejemplar del Quijote

El Museo Franz Mayer está alojado en una construcción magnífica del siglo XVI, de muros sólidos y anchos, techos altos con vigas, que siempre me ha parecido un espacio de luz y paz en el centro de la Ciudad de México. Sin embargo, su historia ha sido muy agitada.

Fue durante el virreinato el Hospital de San Juan de Dios, y desde la Independencia fue usado sucesivamente como convento de monjas, colegio de niñas, cuartel, albergue de prostitutas, de nuevo hospital, oficinas gubernamentales, sede del Diario Oficial de la Federación y depósito de Correos. Ahora es un museo de artes decorativas con colecciones valiosas.


Una mañana de domingo, después de mirar cuadros y muebles, relojes y gobelinos, vajillas de talavera y toda clase de objetos de plata, subí las escaleras y miré el magnífico patio central. En una esquina, a la que casi no llegan visitantes, está una biblioteca, cuyas maderas, escaleras, estantes y balaustradas ya justifican la visita.

Estaba vacía, una bibliotecaria trabajaba y me saludó casi sorprendida de verme ahí. Entré a mirar, atraído por el encanto de los volúmenes, por la fascinación que ejerce sobre mí ese objeto mágico llamado libro. Por fortuna no soy un bibliófilo, pero al acercarme a una de las vitrinas supe al instante que estaba delante de un tesoro.

Ahí estaban, delante de mis ojos, ediciones tan viejas y tan raras del Quijote que apenas podía creerlo. El Museo Franz Mayer tiene casi ochocientas ediciones del Quijote en dieciocho idiomas, las más recientes de hace poco más de un siglo.

La joya de la corona, me parece, es una edición de 1605, la de Valencia, que según los grabados que he visto debe ser igual a la de Madrid de ese mismo año, la primera, la verdadera edición príncipe del Quijote. (Algunos especialistas hablan de otra, anterior, por unos meses; pero entiendo que esa edición es más una conjetura que un libro de verdad.)

Ese pequeño libro, editado en octavo, hace cuatrocientos diez años, me despertó una emoción súbita, como un encantamiento. Pensé que quizá Cervantes lo vio y hasta lo tuvo entre sus manos. Imaginé las vicisitudes, rotundamente novelescas que habrán sucedido para que ese ejemplar llegara a la Biblioteca del Museo Franz Mayer.

A veces bastas mirarlos para que los libros, fuente inagotable de satisfacciones, nos regalen una alegría. Nunca había imaginado que vería una edición del Quijote de 1605. Nunca imaginé que ese hallazgo me conmoviera tanto. Al salir a la calle, me sentía pleno, y me pareció que la luz del día era más clara y más limpia.

3 de agosto de 2014

La biblioteca de Cortázar

Aurora Bernárdez (primera esposa, compañera, ángel guardián y albacea) donó a la Fundación Juan March de Madrid los más de cuatro mil volúmenes que Cortázar tenía en su departamento de París.

Jesús Marchamalo, con celo que no faltara quien califique como propio de un cronopio, fue a la Fundación y, con la complicidad del filósofo Juan Gomá, el director, se dio una vuelta por la biblioteca de Cortázar, se puso a consultar, revisar, manosear, todos y cada uno de esos libros. El resultado de su experiencia la ha contado en un librito encantador, con diseño notable (Cortázar y los libros, Madrid, Fórcola), que no tiene desperdicio.

Dice Marchamalo, entre otras muchas curiosidades, que encontró más de quinientos libros dedicados por sus autores a Cortázar (algunas de esas dedicatorias pueden verse en la página electrónica de la Fundación), y que las huellas que dejó en las páginas mientras leía dice mucho de Cortázar como lector.

Cortázar no pasaba los ojos por las palabras: las devoraba y cotejaba, cuestionaba, interrogaba, y mostraba con vehemencia su alegría, su entusiasmo, su acuerdo y su rechazo, su enojo e indignación. Sus libros tienen notas, subrayados, puntas dobladas, y guardan entre sus páginas hojas de calendario, un papelito suelto, recortes de periódico, dibujos y tachones que censuraría más de un profesor porque no es de buena educación maltratar así los libros. Cortázar tenía una relación física, afectiva e intelectual con los libros que leía.

Hechos con lápiz o bolígrafo, los libros rebozan de marcas, cruces, líneas, flechas, círculos, corchetes, paréntesis, exclamaciones, admiraciones, interrogaciones, observaciones, interjecciones, exabruptos y palabras que no dejan la menor duda de la opinión y la emoción que despertaba la lectura: “Bodrio”; “Voilà”, “Ça”, “Massacré”, “Ah”, “Penoso”, “Falso”, “No”, “Are you sure?”

Las aprobaciones también pueden ser rotundas: “Ojo!”, “Importante”, “Cierto”, “Maravilloso”, u oraciones completas: “Un grande, un maravilloso libro”, y la prueba del asombro es tan clara como la intensidad de la lectura. Escribió en su ejemplar de La realidad y el deseo de Cernuda: “¡Pero cómo ordena tanta sustancia peligrosa un ritmo sobrio y una estructura serena.”

Ese rastro tan visible de la lectura en los libros es tan revelador como las opiniones y juicios que podrían aparecer en un diario si Cortázar hubiera llevado uno. La biblioteca de un escritor es una declaración de principios, una torre desde la cual mirar, una fuente riquísima de anécdotas y datos, un juicio literario, una trayectoria como lector, una biografía oculta.

La de Cortázar no es la excepción y guardaba secretos y tesoros: los libros leídos y vueltos a leer, los favoritos y admirados son elocuentes, dicen tanto de su poseedor, como la ausencia de otros libros imprescindibles, como el desdén por los que permanecieron intonsos, intactos.

Cortázar aparece en sus libros como un cazador obsesivo de erratas, como un lector atentísimo y exquisito, como un intelectual lúcido y crítico. No falta el humor y el cariño manifiesto. Las huellas en los libros de los escritores amigos o a los que admiraba, hablan con más verdad e intención de su relación que cualquier testimonio o biografía.

La biblioteca de Cortázar es también una biografía cifrada (que ha dejado de serlo al quedar expuesta en los estantes de la Fundación March), una fuente de sorpresas y alegrías, una versión abreviada de la segunda mitad de su vida, la expresión encuadernada de una vida dedicada por completo a la literatura, la punta del ovillo de una vida secreta, estrictamente personal. Qué loco macanudo sos!, anotó al margen de uno de los libros de su biblioteca. Pues eso.

30 de junio de 2013

Parque México

De niño iba al parque por la calle de Tamaulipas, y en el camino saludaba al tendero, al electricista, al carnicero (al que mi abuela siempre le debía dinero), al peluquero (en cada visita evocaba a mi abuelo). Entonces la Condesa era una colonia apacible, arbolada, silenciosa, con un aire de quietud ligeramente rancio y aristocrático, de familias de clase media orgullosas de su linaje que vivían en casas de dos plantas y edificios no muy altos de departamentos, con comercios pequeños, modestos, de barrio. En cine Lido (donde ahora hay una librería del Fondo de Cultura Económica), luego cambió a Bella Época, vi antes de tiempo Doctor Zhivago, y en su vestíbulo, rojo y decadente, no era difícil encontrar a vecinos y conocidos.

Si bien la especulación inmobiliaria no ha acabado del todo con la colonia Condesa, la de hoy, atestada de edificios de oficinas y sobre todo de restaurantes y bares y sitios indefinidos y temibles, poco conserva de la que viví de niño.

En el parque de mi infancia cumplí el rito obligado de pasear en el minúsculo autobús, reproducción a escala de los que entonces circulaban por las calles, en el que seis niños éramos paseados a fuerza de músculo por los senderos (esos vehículos, toda una tradición en el parque, son un negocio familiar que aún existe: mi hija también fue pasajera de ese autobús).

En el parque México me despedí para siempre de mi infancia cuando conversé un momento, por única vez en mi vida, con Deborah, una chica de mi edad de cabello castaño y ojos verdes por la que estuve dispuesto a convertirme y aprender yiddish. Era un sábado a media tarde; nunca, nunca más volví a verla.

Sin demasiada nostalgia y sin pensar que antes era mejor, no puedo dejar de advertir que en el Parque México las cosas no han cambiado para bien. Está seco, degradado, descuidado, sucio. En una orilla del estanque de los patos se acumula basura y el agua estancada hiede. El césped, las plantas, los árboles están abandonados, sin atención. Pareciera que no los riegan y las fuentes no tienen agua.

En la zona de rocas (que fueron fuentes) que da a la Avenida Sonora, pululan muchísimos perros, que se bañan en la escasa agua, sucia, recogen las pelotas que les lanzan sus dueños y son entrenados en un área extensa, con lo que le han arrebatado una parte del parque a los niños, y no sólo eso, son un peligro latente para éstos.

Ahora muchas más personas visitan el parque, y sus actividades y origen son muy diversos. La Condesa es una colonia en la que viven muchos artistas e intelectuales, por lo que no es difícil encontrar en el parque a un cineasta célebre (uno que se enfada y hace berrinches que se publican en los diarios si no le dan premios internacionales), más de tres poetas, cinco novelistas, siete modelos, doce actores, quince actrices, muchísimos músicos, pintores, artistas gráficos, visuales, sonoros y toda clase de lunáticos; como se ve, el parque es cosmopolita y su fauna y su flora son muy diversas.

Un fin de semana, además de los paseantes, familias, parejas, padres con sus hijos, en el ágora muchachos (y no tan muchachos) juegan futbol; ahí mismo, otros van en patines o patineta o bicicleta y no faltan los corredores que se ejercitan y aun los que se entrenan para un maratón. Pero lo más llamativo son las hordas que tan tomado el parque. Una se entrena en el hula-hula con fines circenses. Otra en corro, la supongo brasileña, practica con mucho éxito de público la caporeira, con movimientos rítmicos y la monotonía de sus berimbaus, panderetas, raspadores, campanas y tambores. Exiliados de Mar del Plata bailan con morriña y dan clases de tango y milonga con un equipo de música casero. Otros cantan canciones de Silvio Rodríguez acompañados de una guitarra mal afinada, otros ensayan lo que cantarán en una misa. Y todo ello, en el corazón del parque, en unos cuantos cientos de metros cuadrados.

En una carpa mal puesta se instalan militantes de un partido político que prometen el paraíso a los ciudadanos que se afilien en ese momento. Chicos y chicas entusiastas piden la firma para alguna causa, no muy lejos de donde un grupo de personas con evidente sobrepeso saltan, se agitan y se esfuerzan al ritmo del silbato de un instructor.

Los ancianos y los enamorados han sido expulsados de las bancas, los comerciantes y proveedores de diversos servicios se han adueñado de ellas y del techo cuelgan sus mercancías, otros se extienden por el piso. Unos venden botanas, correas, suéteres, bozales, escudillas y cepillos para perros. Otros ofrecen pinturas, papel, pinceles y lápices de colores para que los niños pinten y dibujen en pequeños caballetes y mesas. Las señoras hacen manualidades y artesanías, decoran cerámica y piezas de barro. He visto quiroprácticos que ofrecen en medio parque soluciones y milagros sin pasar por el quirófano. Otros por unos pesos toman la presión arterial y ofrecen consejos de salud. También están los magos, los charlatanes, los videntes, la bruja de la quiromancia y la que ofrece limpias contra embrujos.

No es difícil encontrar a un círculo que practica un canto espiritual, a una asamblea de los miembros de alguna cofradía no identificada y sospechosa. No faltan los que meditan sentados y otros lo hacen andando, y no faltan los que se ejercitan en el yoga de la risa. Un poco más allá operan los filatelistas y los grupos de boys scouts hacen lo suyo, sus juegos y ejercicios y formaciones entre gente que pasea por el parque y ecologistas que invitan a salvar la Tierra y agentes de asociaciones protectores de animales que ofrecen en adopción un cachorro que llevan en las manos.

También está el predicador de la palabra del Señor, el que ofrece la salvación y muestra el camino. También he visto ecologistas radicales y mítines políticos y el círculo de los expertos en Tai Chi y otras artes marciales (algunos con armas blancas), y no falta el grupo en apariencia espontáneo que baila Harlem Shake y el club de los adoradores de Michael Jackson que aspiran alcanzar un estado superior del espíritu al practicar todos juntos las coreografías de su ídolo.

 No falta el colchón neumático para que brinquen los niños más pequeños ni los que rentan pequeños y no tan pequeños coches eléctricos cuyos conductores aún no han ingresado a la escuela primaria pero ya arrollan a los viandantes, sobre todo a las ancianas. También pasan a toda velocidad los derrochadores de energía con patines y es posible rentar una bicicleta para ir por senderos saturados además con vehículos familiares, de cuatro ruedas y pedales.

De pronto se oye una quena y luego un tambor frenético, más tarde un tango o un bolero y los gritos salvajes de guerreros y los cantos piadosos. No faltan los vendedores de golosinas y palanquetas, almendras garapiñadas, cacahuates tostados, salados y enchilados, pepitas de calabaza, pistachos y garbanzos, algodones de azúcar, de palomitas (que también son compartidas con los patos), de papás fritas y chicharrones, vasos de plástico y conos de papel con trozos de mango, pepino, naranja y jícama con chile y sal, de hot-dogs, hamburguesas y refrescos. No faltan los globos para niños de todas formas y colores y los juguetes baratos de plástico, de disfraces (para perros y para niños), de piezas de barro, de carpetitas tejidas por tías solteronas para centro de mesa, diversas piezas de macramé y hasta vendedores de muebles de madera de dudosa calidad.

Un domingo uno puede encontrar un mercadillo, una fiesta cívica, patriotas que celebran una fiesta nacional, los hinchas de un equipo de futbol celebrando una victoria, una muestra gastronómica de la República Checa o una feria del libro. En el parque se puede practicar el arte de conversar en varias lenguas (yo estuve a punto de aprender yiddish) y encontrar gente de muchos países y muchas formas de vida. Son muchas y diversas las tribus y hordas del parque, más de que podría imaginar y la lista de las que menciono está muy lejos de ser exhaustiva.

Una tarde, un poco cansado de tantas emociones y encuentros inesperados, harto de tanto ruido y tanto grito y de tantas sorpresas, de la caca de perros de dueños inciviles y la sensación de ir no por un parque sino por el patio de un manicomio, me refugié en la biblioteca que está en una esquina, a un lado de la estatua del general San Martín. La sala estaba casi vacía. Al fin tendría un poco de paz, podía entregarme sin reservas al placer de la lectura. De pronto, una mujer de voz chillona, de profesión docente y vocación castrense, comenzó a gritar para ¿educar?, y dar instrucciones a un grupo de niños. Gritó y gritó y no dejó de gritar. Adiós lectura en paz. ¿No eran las bibliotecas un lugar sin ruidos y dedicado a la lectura en silencio?

Me sentí expulsado del paraíso. Como sabía Quevedo, no encontré a Roma en Roma. El parque ya no es el remanso de paz y fuente de alegría de mi infancia. Para consolarme, crucé la Avenida México y me senté a una de las mesas en la acera de un café. Pedí agua mineral y un exprés doble que resultó bastante bueno. No todo estaba perdido, tenía además un libro y un poco de sosiego y mis recuerdos y una vista magnífica al lado oriente del parque México.


14 de octubre de 2012

Elogio de la Capilla Alfonsina

En una carta fechada el 31 de enero de 1957, Alfonso Reyes le agradece a mi abuelo Gabriel las notas y reseñas que éste había publicado en la prensa sobre la dilatada obra alfonsina. La carta tiene en la parte superior un gran sello en tinta con viñetas y motivos griegos (al fondo, un templo y un grupo de guerreros; en primer plano, un escultor con martillo y cincel trabaja en un frontón que bien podría ser el del Partenón) y al calce, con otro sello, el domicilio: «Av. Benjamín Hill, No. 122. México 11, D.F.»  

El papel es fino, ahuesado, y no es difícil descifrar estas últimas palabras que tanto me dicen, escritas con tinta azul y trazos rápidos: «Mi teléfono es 15.22.25. ¿Por qué no me habla un día y viene a conocer la biblioteca que Díez-Canedo llamaba ‘Capilla Alfonsina’? Un alegre abrazo de año nuevo. Alfonso Reyes».

No recuerdo cuando encontré esta carta, quizá entonces Alfonso Reyes había muerto unos treinta años antes, y mi abuelo unos veinticinco. Desde ese día imagino el encuentro, la conversación sobre libros y autores, las coincidencias y complicidades, aunque es posible que se frecuentaran desde antes, el «querido y frecuentado Gabriel Alfaro» da pie a suponer un trato respetuoso y un tanto distante que se rompería con esa invitación.

Lo que desde entonces me esfuerzo por imaginar es el primer instante de la fascinación, el hechizo que la casa de Reyes ejerció sobre mi abuelo, porque entrar a una casa diseñada y erigida para albergar una biblioteca en la que, luego, también pudiera vivir su primer lector y su familia, no es del todo común.

Existen casas —no tantas como quisiéramos los que no podríamos vivir sin la palabra impresa— en las que los libros ocupan mucho espacio, en algunas la biblioteca es el centro y sitio de la convivencia familiar, en otras uno podría pensar que los volúmenes han tomado la casa —el tamaño de las habitaciones por grandes que sean es irrelevante—y están dispuestos a expulsar a sus habitantes pues pareciera que se reproducen y multiplican.

Pero no me refiero a casas ordinarias con libros, la de Alfonso Reyes, la Capilla Alfonsina, como la llamó con inspiración y justeza Enrique Díez-Canedo, fue construida para buscar el conocimiento, fomentar la lectura, celebrar la escritura en un espacio iluminado con el aire más transparente, en el que los libros y las obras de arte, los objetos y los muebles están dispuestos para fomentar el milagro de los versos serenos y la prosa lúcida de Alfonso Reyes.

Díez-Canedo sabía que esa casa era una capilla en la que encontraba su sitio la antigua Grecia, la literatura toda y la civilización. Ahí tenía su asiento el universo entero de un sabio que había viajado por el mundo y lo comprendía porque lo había cifrado en su escritura. 

Ahí, entre esos muros con una gran vidriera, en esos dos pisos con un volado en el que el escritorio ocupaba el lugar central y presidía la asamblea y el diálogo de los hombres con los dioses, de los hombres con ellos mismos, desde el punto que le ofrecía una vista imponente de su biblioteca, Alfonso Reyes vivió y dio forma material a un mundo que es el complemento perfecto de su universo paralelo de palabras contenido en los veintisiete tomos de sus obras completas. Sí, Reyes también sabía que una biblioteca puede ser el modelo a escala humana del universo.

Cuando encontré esa carta de puño y letra de Alfonso Reyes, yo había visitado la Capilla Alfonsina varias veces y no he dejado de hacerlo, atraído por el espíritu imponente que la anima. No es difícil imaginar la vida y la grandeza de un hombre que le dio forma y volumen. Visitar la casa de Alfonso Reyes es un paseo, un gusto, una alegría, un ejercicio estimulante y acto de justicia poética, e imaginó dónde se habrá sentado mi abuelo Gabriel a conversar con el señor de la casa y de las letras mexicanas.   

La Capilla Alfonsina es, aunque abierta al público, un lugar secreto en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Conservada como «capilla», es también un museo alfonsino, un centro de estudios literarios con actividades artísticas y culturales y una galería con la obra plástica que reunió Reyes a lo largo de su vida. 

La Capilla Alfonsina acaba de ser reabierta con una nueva propuesta museográfica que ha considerado los fondos artísticos y documentales. Ha sido puesta al día, pero la arquitectura, los objetos, los muebles, los cuadros, las fotografías, los objetos, algunos libros, lejos de ser testigos mudos, hablan y dicen lo que no han cesado de decir desde hace más de medio siglo, tras la muerte de Alfonso Reyes en 1959. 

Cuentan la vida de un hombre que quiso saberlo todo y explicarlo con una prosa que a cada punto y seguido parece un prodigio y cosa de encantamiento. Uno que nos enseñó que la literatura no sólo es ficción sino un atributo de la inteligencia que encuentra en la precisión, la limpidez y la claridad de pensamiento los mejores aliados del conocimiento, la belleza y la verdad. 

No se le puede pedir más a un hombre ejemplar que nos abre su casa y su obra de par en par y nos reveló el sentido del arte y del mundo como no siempre lo habíamos visto.

18 de agosto de 2011

Otro ejemplar del Quijote

He comprado otro ejemplar. Después de mirar los cuadros expuestos en el Museo Iconográfico del Quijote en la ciudad de Guanajuato, entré a la librería del Museo, hojee la llamada Edición Guanajuato y la compré. Me dije que es una edición exhaustivamente anotada y que valía la pena compararla. Me dije que comparar las diferencias entre los prólogos, las notas y los comentarios de los especialistas también es una forma de conocer el Quijote, de adentrarme en los usos y costumbres, de conocer la lengua y el mundo de Cervantes.

De vuelta a casa, descubro que con este nuevo ejemplar ya tengo veinticuatro. Cuento y vuelvo a contar. Sí, tengo veinticuatro, porque hay uno en mi buró, otro en mi escritorio (una bella edición en octavo menor que me gusta mucho y que ha viajado conmigo en mi bolsillo mucho más allá de La Mancha), uno más en la mesa de la sala de la casa (en dos volúmenes de gran formato, comentado por Martín de Riquer e ilustrado por Antonio Saura) y veintiuno en los estantes de mi pequeña biblioteca (la primera que suelo consultar es la edición del Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico).

Los libros sobre el Quijote no cuentan, me digo, son otra cosa y todos son distintos (ensayos, estudios generales o especializados en algún tema cervantino, incluso pequeños diccionarios y enciclopedias sobre la novela). Pero tener veinticuatro veces el mismo libro, aunque en diferentes ediciones (todas en español), merece una reflexión y tal vez una justificación conmigo mismo. Por muy diferentes que sean como objetos admito ante el primer leve soplo de sospecha que tal vez son demasiados.

Por fortuna no soy un bibliófilo, pero es cierto que tengo un ejemplar por la belleza de su tipografía, su composición, las capitulares. Conservo otro por los grabados de Doré, y otro más por los de Dalí. E incluso aprecio otro ejemplar por la tipografía y los grabados. Conservo una edición porque incluye, además de las dos partes del Quijote, el texto íntegro, infame e impostor del falso Quijote de Avellaneda. Uno más tiene un mapa casi fantástico de la ruta que siguieron el hidalgo manchego y su escudero. Tengo otro ejemplar que tiene un anexo con los dichos y refranes y frases ingeniosas de Sancho Panza. Otro más lo aprecio porque me lo regaló un amigo, y ahora que lo pienso yo también he regalado un par de ediciones interesantes.

Reviso uno a uno (demorarse con avaricia y entre los libros propios es una de las formas de la dicha, de ejercitar la memoria y la imaginación, de cultivar por unos instantes el arte del recuerdo que se cristaliza imponente en un fragmento de vida) y encuentro que todos esos libros son el mismo y son otro a la vez, cada uno a su manera. Todos contienen el Quijote y algo más. Aunque lo he hecho varias veces, no he leído veinticuatro veces el Quijote; los libros no sólo son para leerse.

Entonces tengo la coartada perfecta para acabar con mi sospecha. Ya puedo decirme que veinticuatro quizá son muchos, puede ser, pero aunque es cierto que no caben ya en el librero, todos son necesarios pues no todos me evocan ni me dicen lo mismo. No soy un coleccionista, me digo, y es cierto, no lo soy, pero de pronto descubro que sólo me falta uno para que sean veinticinco.

26 de julio de 2008

Mujer cubierta y en duelo

En el castillo británico de Howard, cerca de York, han encontrado un dibujo de Miguel Ángel, "Mujer cubierta y en duelo", del que nadie sabía nada, como si apenas lo hubiera trazado y traído al mundo. Un dibujo de Miguel Ángel es un dibujo de Miguel Ángel, y ha sido valuado en ocho millones de libras. Esta "rareza", como lo han llamado, hecha a lápiz y tinta marrones llevaba 250 años oculta en un álbum en la biblioteca del castillo.

Parece que en el siglo XVIII Henry Howard, cuarto conde de Carlisle, lo adquirió como una "bonita ilustración anónima" en una subasta en Londres. Simon Howard, descendiente de Henry, dueño del castillo y de todo lo que hay en él, está dispuesto a vender su nuevo dibujo. Mejor así, sobre todo si lo adquiere algún museo en el que podrá verlo mucha gente y no sólo los amigos de la familia Howard.

¿Veré algún día "Mujer cubierta y en duelo", los pliegues de la ropa, el detalle de los trazos, su verdadero color? ¿Por qué me conmueve y entusiasma tanto que aparezca una obra maestra desconocida del Renacimiento? Puedo aventurar una respuesta de Alfonso Reyes: No renunciaremos -oh Keats- a ningún objeto de belleza, engendrador de eternos goces.