1 de noviembre de 2026

Esa noche estrellada

Los astrónomos y los astrofísicos calculan la edad de las estrellas y las galaxias, incluso del origen del universo. La clave es la luz que emiten, que envía mucha información sobre la composición química del cuerpo emisor, que incluso pudo haber desaparecido hace muchísimo tiempo y su luz todavía viaja hasta la Tierra para ser descifrada. Pareciera que el universo tiene memoria y nos cuenta su historia.

Esos cálculos y conjeturas son una actividad cotidiana en los observatorios del mundo, y pudieron haber sido para Julio Verne un elemento central de un relato de ficción científica o de ficción especulativa como se dice ahora. Un meteorito caído en Australia tiene cuatro mil seiscientos millones de años (sí, usted leyó bien), y tiene adherido polvo estelar de un momento del universo en el que aún no se había formado el Sol. 

Los científicos pueden saber lo que sucedió hace millones y millones de años en lugares que en verdad no podemos imaginar qué lejos están de la Tierra porque son medidas sobrehumanas. La formación de galaxias y la muerte de una estrella son para ellos conceptos tan normales y cotidianos como si dijeran el sábado fui al cine. 

Tal vez no podamos recuperar una noche esencial de nuestra infancia, y no sepamos nunca lo que sucedió en otra noche, en la que tal vez se cifró nuestro destino. Hay fechas y sucesos que no podremos conocer nunca, y quizá no valga la pena detenerse a pensar en ellos.

Científicos sudcoreanos de la Universidad de Kyung Hee, interesados en el arte y no sólo en estrellas de verdad, han hecho un estudio, no el primero, pero al parecer el definitivo. Concluyen con argumentos científicos cuándo fue hecha una observación del cielo sin telescopio ni otros instrumentos. Y el registro de esa inspección no es una fotografía ni otro registro físico, tampoco un artículo (paper) de revista. Es un cuadro, que sus admiradores celebran reproducen en rompecabezas, manteles, tazas, playeras y tapetes de ratón; una mirada poética y asombrosa a lo que los científicos miran con idéntica curiosidad pero con otros ojos y otros motivos. 

Los científicos sudcoreanos revelaron de qué noche hablamos, por la posición de los astros, en especial la Luna, de la que sabemos que esa noche estaba en fase de creciente menguante «con apenas un 28% de iluminación», y que Venus habría estado visible y en la posición que ocupa en el cuadro, y «gracias al análisis de las formas de cinco de los astros centrales, y tras emplear una técnica estadística para compararlas, concluyeron que es probable que se trate del grupo de estrellas de las Híades, en la constelación de Tauro.» 

Ahora sabemos mucho más de ese cuadro, como cada día sabemos algo más de una estrella, una galaxia o un agujero negro. El estudio no es concluyente, pero a veces damos por verdaderos hechos sin evidencias y sin pruebas tan sólidas como las que se han presentado para datar esa noche. Celebremos la unión de la curiosidad científica y sus hallazgos con la ilusión, la poesía, y aceptemos que fue así, e imaginemos la escena. 

La madrugada del 22 de julio de 1889, desde el asilo de Saint-Rémy en el que vivía, al sur de Francia, un hombre levantó la vista y pintó lo que vio desde la ventana de su habitación: la Luna, Marte, muchas estrellas, el cielo, un gran ciprés. El cuadro pintado esa noche, que en sí mismo representa a un artista, un movimiento, una época, una estética, se llama La noche estrellada. El autor del cuadro, pintor de profesión, se llamaba Vincent van Gogh.

28 de octubre de 2026

El dilema de un corrector

Tengo que corregir un libro de relatos. Es un trabajo alimenticio, y sería estupendo hacerlo bien y rápido, y pasar luego a otra cosa. Pero estoy atrapado en sus páginas. Mi conflicto es casi moral. De pronto pienso que el libro ideal para corregir sería aquel en el que el corrector no tuviera nada que corregir. Uno tan bien escrito y ordenado, tan limpio y hondo que es un gusto revisarlo, en realidad gozarlo. Pero los autores no pagan por ser sólo un buen lector.

Corrijo un libro que tiene las tildes y las comas donde deben estar. He sugerido un par de nombres para los títulos de los relatos, y he hecho otras tres o cuatro sugerencias, aquí o allá, digamos en la organización o forma del texto. Pero en el fondo no hay nada que hacer. No hay ritmo, ni musicalidad, ni gracia, ni guiños, audacias, subversiones, guiños de inteligencia. No sirven ni a Dios ni al Diablo. Los relatos son tan malos, tan insulsos, tan simples, que no tienen remedio. 

Están mal escritos. Irremediablemente. (Admito que hay un margen para la subjetividad; pero no hablo de gusto, hablo de la ejecución de una obra.) El autor tendría que empezar de nuevo, pero antes necesitaría sobrevivir a un rayo, una catástrofe, una borrachera épica, una aventura inverosímil, una sorpresa mayúscula, el sismo vital de un gran amor. Tal vez así llegaría a revelar su verdad en sus textos. 

Tal vez lo correcto sería devolverle el libro y decirle que se olvide de él. Lo pienso, y a la vez me censuro y me digo que no debo hacerlo. Nada ganaría: ni la paga, ni el agradecimiento del autor, antes su enemistad. Y no hay garantía de que volverá a trabajar en sus textos. 

Ese libro no necesita una corrección, sino una reescritura. El borrador es la piedra de toque de la buena prosa. Volver al texto una y otra vez hasta que alcance su mayor belleza, expresión y elasticidad. 

¿Cuándo abandonar un libro, y aceptar que no se puede hacer más por él, después de varias reescrituras? Dar por bueno y terminado un libro que deja mucho que desear, y devolverlo al autor como un libro hecho es un acto que conlleva una falta ética y una responsabilidad. Afirmar que ese libro corregido y revisado está terminado es una verdad a medias, es decir, encierra una mentira. 

El dilema es simple: devolver el libro corregido al autor, con unos cuantos comentarios y dos vagos elogios, y cobrar; o decirle la verdad, y esperar que suceda un pequeño escándalo de pronóstico reservado, en el que puede no salir nada bueno, pero que tal vez sea lo mejor que dará ese libro. 

5 de octubre de 2026

Los condenados

No todos los hombres son mortales. Unas cuantas docenas de ellos, apenas un puñado, vivirán por siempre. No hay mérito, ni heroísmo, ni nobleza en sus actos que justifique su inmortalidad. Todo lo contrario, más pareciera un castigo, con el que el creador se recrea en mirar a través del tiempo a algunas de sus creaturas, hechas a su imagen y semejanza. Envejecen como aquel griego, pero no morirán. Un ángel enlutado, desciende, como en un sueño, a revelarles a los réprobos elegidos la infausta noticia. Algunos insensatos celebran su desdicha, porque aún no han entendido. No pueden confesar su condición porque nadie les creería. Antes serían juzgados con severidad como locos, mentirosos y soberbios. En el momento conveniente, ángeles enlutados los aíslan. El día que muere la última de las personas que cada uno conoció, ese elegido es llevado a su lugar de destino, un paraíso en la Tierra, del que ya no saldrá. Están excluidos de la Resurrección porque nunca han muerto. Hombres y mujeres estarán allí como en una espera absurda, hundidos en la desesperanza, y más tarde que temprano comprenden, entonces su pena no tiene fin y lamentan desesperados su suerte un lustro tras otro, un decenio tras otro, un siglo tras otro, un milenio tras otro. El hastío de vivir, ya insufrible, los fatiga un poco más cada día. Maldicen, y no pueden atentar contra otros ni contra sí mismos. Su llanto no cesa y es inconsolable, desgarrador. Y sin pausa ni tregua resonará por toda la eternidad.

7 de agosto de 2026

Una carta al Cielo

Jase Hyndman, un niño británico de siete años, le envió una carta a su padre. La dirigió al Cielo. Tal vez sospechaba que la dirección estaría incompleta o algo así, pues preguntaba al servicio postal si era posible entregar la carta. Un funcionario de The Royal Mail le respondió. Le explicó a Jase que entregar esa carta en el Cielo era un desafío difícil de cumplir pues en el trayecto había que esquivar estrellas y otros objetos galácticos. 

La respuesta, de seis líneas, incluye en su segundo párrafo un comentario sobre lo importante que es para el Royal Mail entregar las cartas de sus clientes, y sabe muy bien lo especial e importante que es esa carta. Y le asegura al joven remitente que se hará todo lo necesario para entregarla a su padre en el Cielo. 

Es probable que Jase se haya sentido satisfecho con la respuesta, ya sabe que un cartero-astronauta o algo así llevaría su carta a su padre. El siguiente paso sería una larga espera, que por supuesto valdría la pena, porque seguro que su padre tarde o temprano le enviaría una respuesta. Claro que el Royal Mail nada dijo si ofrece servicios de correo del Cielo a la Tierra.

Comprendo la necesidad de Jase de comunicarse con su padre. Puedo imaginar su tristeza, el vació de la ausencia, la sinrazón de la muerte. Y celebro su iniciativa, su búsqueda de soluciones. Aún no lo sabe, pero ha hecho mucho por sí mismo. 

Pero tanto como esa carta al padre, que estoy seguro de que en nada se parecería a la que Kafka escribió al suyo, me ha emocionado la respuesta de Sean Milligan, el Asistente del Gerente de la Oficina de Entregas del Royal Mail, que ha comprendido la gravedad del caso y ha redactado una carta para tranquilizar a un niño, y lo ha hecho en papel membretado, por supuesto, y ha estampado su firma: un documento oficial que dejaría satisfecho al cliente más quisquilloso.  

Que el Royal Mail lo recompense, lo premie, porque más allá de su dulce mentira el gesto encierra una nobleza de espíritu de la que estamos muy escasos. Milligan ha hecho el bien, su acción le ofrece consuelo a alguien afligido. Jase ya tendrá tiempo de comprender que no es posible enviar cartas a los seres queridos en el Cielo. 

Tengo la vaga impresión, que alguien calificará de abierto prejuicio, de que esa respuesta de un funcionario de correos sucede en Gran Bretaña por cultura y tradición, en una sociedad donde una carta es algo sagrado y su entrega, más que un servicio, una obligación impostergable para la nación. La otra cara de la medalla me dice que tal vez, digo, sólo supongo, en México no sucedería algo así. 

Fui testigo de otro prodigio de la cultura del correo, de la correspondencia; quiero decir, de responder a quien nos escribe por un imperativo cívico, por un deber más allá de cualquier circunstancia. Contestar las cartas es un gesto impecable de amabilidad y cortesía, un rasgo notable de una civilización. 

Un pintor que yo frecuentaba descubrió la existencia de un libro de arte publicado hacía unos años imposible de conseguir. El punto es que lo quería a cualquier precio. Tenía el nombre del libro, del autor, de la editorial. Le escribió al editor, en Inglaterra, y éste, luego de unas semanas respondió con una carta que no podía ser más breve ni más desoladora. Constaba de tres palabras, decía: «Out of Print.» (Agotado.) Eso era todo. Habría que valorar y agradecer su gesto, el cumplimiento de la obligación, la cortesía de responder una carta que alguien desesperado le ha enviado del otro lado del mundo. Mi prejuicio me dice que un editor mexicano no habría respondido. 

El punto será cada día menos relevante en la medida en que ya casi no se escriben cartas. Y es muy común que muchas personas no respondan a los correos electrónicos y mensajes de texto. Yo lamento lo uno y lo otro, pero entiendo que es parte del espíritu de estos días. Ya hay generaciones de adultos que nunca han recibido una carta, salvo las del banco y las inmobiliarias y los despachos de abogados especializados en cobrar deudas. 

De pronto me mueve un hálito anacrónico, un ímpetu de otros tiempos, y estoy a punto de escribir cartas y enviarlas al menos a tres o cuatro amigos que tal vez se tomen la molestia en responder. Pero es ya muy tarde para revivir lo que ha muerto. No fatiguemos a las viejas amistades con caprichos sentimentales. 

Resignado, vuelvo a mis asuntos, pero de pronto entro en desasosiego: ¿Dónde quedó la carta de Jase? ¿La conservará el funcionario Milligan? ¿La habrá archivado el Royal Mail? ¿La habrán abierto y leído en la Oficina de Entregas? Pero, sobre todo me pregunto: ¿Qué le contaba o pedía Jase Hyndman, un niño de siete años, a su padre en el Cielo?