5 de octubre de 2026

Los elegidos

No todos los hombres son mortales. Unas cuantas docenas de ellos, apenas un puñado, vivirán por siempre. No hay mérito, ni heroísmo, ni nobleza en sus actos que justifique su inmortalidad. Todo lo contrario, más pareciera un castigo. El creador se recrea en mirar a través del tiempo a algunas de sus creaturas, hechas a su imagen y semejanza. Envejecen como aquel griego, pero no morirán. Un ángel enlutado, desciende, como en un sueño, a revelarles a los elegidos la infausta noticia. Algunos insensatos celebran su desdicha, porque aún no han comprendido. No pueden compartir con nadie su condición porque nadie les creería. Antes serían juzgados con severidad como locos, mentirosos y soberbios. En el momento conveniente, son aislados. El día que muere el último de los hombres que cada uno conoció, es llevado a su lugar de destino, un paraíso en la Tierra. De allí no saldrán. Allí estarán como si algo esperaran y tarde o temprano comprenden, entonces su pena no tiene fin y lamentan desesperados su suerte un siglo tras otro, un milenio tras otro. Maldicen, y no pueden atentar contra otros ni contra sí mismos. Su llanto no cesa y es inconsolable, desgarrador. Sin pausa, resuena y resonará por toda la eternidad.