31 de diciembre de 2012

Todas las mañanas del mundo

La novela corta es un género que permite rozar la perfección. La brevedad y la prosa contenida pueden generar tensión y sutilezas muy estimulantes para la imaginación. Como una pequeña obra maestra Todas las mañanas del mundo es un modelo porque sus páginas de impecable belleza sugieren y revelan mucho más de lo que dicen. Pascal Quignard es uno de los escritores más solitarios y asilados de nuestros días. Cada uno de sus libros, ¡y ha escrito tantos!, es raro, único e irrepetible.

Esta joya, preciosa como una viola del siglo XVII, es astuta, fina, sutil. Todo está ahí y todo alcanza su lugar: la cruda o procaz fisiología, el sino intenso de un músico, el señor de Sainte Colombe, a merced de los demonios de su arte, su maestría, la melancolía y la nostalgia.

Historia de un duelo conyugal, una historia de amor a su manera, a destiempo, es también la historia de la relación de un hombre con el poder absoluto, de un maestro al que la fama lo perturba, un padre que se afana en educar a sus niñas. La llegada de un joven llamado Marin Marais en busca de un maestro a la casa de Sainte Colombe será la piedra de toque del destino de éste y sus hijas.

Todo está ahí, el paso del tiempo, una nueva ilusión, la búsqueda del alma de la música mucho más allá del dominio de la técnica. Todas las mañanas del mundo (la película del mismo nombre, de Alain Corneau, tiene su encanto) es una novela para la memoria dotada de luz e inteligencia; un libro pleno de sabiduría y palabras justas que evoca, con sutil sensibilidad e imaginación, el goce único e inmenso, el consuelo inefable de la música.

30 de diciembre de 2012

Caronte viaja en el metro


El lunes 15 de octubre de 2012 una mujer joven se arrojó a las vías del metro de la ciudad de México. Escuché la noticia en un noticiario de la radio de las ocho de la mañana. No será la última en hacerlo. Hace ya muchos años en el metro había carteles de una campaña de prevención del suicidio de adolescentes con mensajes positivos, motivadores, y un número telefónico de orientación y ayuda.

Recuerdo la fecha porque esa mañana tenía una cita y la anoté en una agenda. La persona convocada no llegó al encuentro y después me dijo que se había suspendido el servicio de la Línea B porque una suicida se había lanzado a las vías al paso del convoy en la estación Garibaldi poco antes de las siete y media.

El 5 de diciembre de 2012 un hombre fue arrollado en el metro de Nueva York, cerca de Times Square. Ki-Suck Han, de 58 años,  intentó desesperadamente durante largos minutos subir al andén y no lo consiguió. Su muerte tiene tres elementos más que la hacen digna de reflexión. 

Un video revela que fue lanzado a las vías por un hombre con el que había discutido (el sospechoso fue arrestado por la policía). Nadie lo ayudó a subir al andén y un fotógrafo registró la foto más oportuna de su vida, justo unos segundos antes de que el convoy destrozara a la víctima.

El fotógrafo, pasajero que esperaba el metro, no sólo no lo ayudó, sino que tomó esa foto que publicó el diario The New York Post en primera plana, enorme, con un encabezado macabro, joya de la prensa amarillista: "Condenado. Arrojado al metro, este hombre está a punto de morir". La indignación y el escándalo sobre la responsabilidad ética de los medios y sus límites fueron inmediatos.

El 29 de diciembre de 2012, también en Nueva York, la policía arrestó a Érika Menéndez acusada de homicidio en segundo grado, motivado por odio, al empujar por la espalda a Sunando Sen, de 46 años, inmigrante indio, a las vías del metro en la estación 40 Street-Lowery en Queens. 

Menéndez, indigente, al parecer con trastorno bipolar, ha admitido que empujó a la víctima el jueves 27 de diciembre porque odia a los hindúes y a los musulmanes desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Si es declarada culpable, podría pasar al menos veinticinco años en la cárcel.

Menéndez “está acusada de cometer la peor pesadilla de todo usuario del metro: ser arrojado de repente y sin sentido a las vías de un tren que se aproxima", dijo el fiscal del distrito de Queens, Richard Brown.

Dicen las crónicas periodísticas que en 2012, 139 personas fueron arrojadas a las vías del metro neoyorkino y 54 de ellas perdieron la vida según un vocero del Transporte Metropolitano. Son demasiadas. A la muerte, la que ejecuta con violencia, le gusta viajar en el metro.

Yo recuerdo con gozo los miles de kilómetros que viajé en el metro mientras leía ávidamente sentado o de pie. Gracias a Julio Cortázar, en particular a la novela El perseguidor (Johnny Carter perdió un saxofón en el metro de París) y “Manuscrito hallado en un bolsillo”, cuento magistral de cuyo efecto devastador, tantos años después, no he podido reponerme, aprendí que el metro es mucho más que un medio de transporte, y que el juego de trenes y estaciones, correspondencias, escaleras que suben y bajan a profundidades considerables pueden ser esencialmente literarios.

En los túneles y la oscuridad, bajo tierra, en las entrañas de las ciudades, con iluminación artificial y absolutamente irreal, en la velocidad y el movimiento, no es difícil cifrar una vida o encontrar un gran amor, un poema revelado, el secreto de la dimensión del tiempo, un destino. 

En el metro se refugia la gente para protegerse de los bombardeos, para esconderse, para encontrar refugio, para pasar la noche con menos frío; ahí encuentran un sitio los que no tienen ninguno y han sido expulsados hasta de las calles de las grandes ciudades. Viajar en metro puede ser una lección de metafísica, un acto preparatorio, un paseo atroz o dichoso por el laberinto, un encuentro con el absurdo. Gracias a Cortázar descubrí que algo esencial puede hallarse al bajar las escaleras de cualquier estación del metro.

Ahora, más que nunca viajar en el metro se ha convertido en un acto peligroso. Una mujer se quita la vida por una depresión profunda o una decepción amorosa o porque se ha quedado embarazada o sin trabajo, con deudas o sin escuela; un hombre arroja a otro por una discusión seguramente irrelevante, un simple contratiempo sin importancia que ha tenido consecuencias fatales; una mujer arroja sin más a un hombre por odio a los musulmanes.

Me pregunto si Caronte, el barquero, el encargado de llevar el alma al otro lado del río Aqueronte, en un ataque de modernidad, no habrá decidido dejar la barca por un tiempo y usar el metro para ejercer su oficio. Tal vez no hay tanta diferencia entre llevar un óbolo bajo la lengua y meter un boleto en el torniquete y bajar las escaleras, descender, adentrarse en la tierra, seguir los propios pasos de cada quien en busca o encuentro del destino, en cualquier estación de metro, de cualquier ciudad del mundo.

La fecunda imaginación

Milan Kundera ha imaginado en el argumento de una de sus novelas una circunstancia y un personaje que son conocidos incluso por muchas personas que jamás leerán sus libros. La despedida (escrita en checo y publicada en 1972, también ha sido traducida como El vals del adiós), se desarrolla en un balnearia al que acuden mujeres que no pueden tener hijos.

El doctor Skreta, responsable del tratamiento para la fertilidad de esas mujeres, sabe que “es muy difícil obligar a la gente a tener en cuenta los intereses de sus descendientes durante el acto sexual” y está convencido de que “el hombre no puede seguir mezclando permanentemente el amor y la reproducción” y le interesa la “forma de practicar la reproducción sin amor”. Ante esa situación no encontró mejor remedio que fecundar a sus pacientes con su propio semen.

Con el riesgo de desprestigiar a los novelistas, su oficio y su fecunda imaginación, se podría pensar que la necia realidad se empeña en contradecirlos y nos muestra que tal vez sean atentos observadores pero aportan poco, muy poco a la relación de sucesos de este mundo.

Por su parte, el azar a veces urde tan bien sus hilos que la realidad pareciera una suma de coincidencias y hechos que guardan una estrecha relación. Acostumbrado a ellos, sólo les presto atención cuando llegan a mí sin buscarlos y con frecuencia ni siquiera tengo noticia de su existencia.


Ahora me entero que Cecil Jacobson, médico estadounidense, en los años ochenta del siglo XX, en su clínica de Virginia, siguió puntualmente las enseñanzas del personaje de Kundera. Exámenes de ADN mostraron que es el padre biológico de al menos setenta y cinco niños y que defraudó al menos a cincuenta y dos mujeres al inseminarlas con su propio semen. 

Fue condenado a cinco años de prisión, se le retiró su licencia para ejercer la medicina y se le concedió el Premio Ig Nobel de Biología en 1992, una burla y modelo de desprestigio por la vileza, bajeza o mezquindad y que debe su nombre a la palabra “ignoble” (innoble) y el apellido “Nobel”. Incluso se filmó una película para la televisión con el caso: The Babymaker: The Dr. Cecil Jacobson Story, también llamada Seeds of Deception, dirigida por Arlene Sanford en 1994.

Dos días después de conocer la historia de Cecil Jacobson, sin que tuviera interés en el tema ni buscara información, me enteré que David Gollancz, abogado inglés e hijo adoptivo, quiso saber quién era su padre biológico (otro hijo que realiza su telemaquia). Descubrió que es hijo de Bertold Wiesner, biólogo austriaco que fundó con su mujer, en los años cuarenta del siglo XX, una clínica de fertilización que alcanzó fama y renombre, la London Barton.

Otra vez las pruebas de ADN, en 2007, revelaron que en una muestra doce de las dieciocho personas nacidas gracias a los tratamientos de Wiesner eran sus hijos. ¡Dos tercios de los niños nacidos eran del propio Wiesner! Cálculos moderados sugieren que entre trescientos y seiscientos niños de los mil quinientos concebidos en la clínica London Barton entre los años cuarenta y sesenta pueden ser hijos de Wiesner, quien murió en 1972, mucho antes de que se descubrieran sus donaciones seminales. 

Nunca se sabrá con certeza el número de hijos que engendró y es probable que su mujer supiera sus fechorías o al menos sospechara de ellas pues destruyó los archivos de la clínica.

Hay que ser cauteloso con lo que uno imagina. Es probable que el Doctor Skreta, el personaje de Kundera, no haya sido el primero de esta pandilla de bribones, pero la única diferencia es que los otros dos son reales y han poblado la Tierra con sus muy particulares tratamientos contra la infertilidad. 

Si Milan Kundera en el ejercicio de su oficio hubiera imaginado sin la ayuda de la historia las fechorías de Wiesner y Jacobson, y es muy probable que así fuera, sólo se habrá demostrado, otra vez, además de que las mujeres pueden ser fértiles ante ciertos tratamientos (hay más maridos estériles de lo que se piensa), una verdad que no por sabida deja de sorprender: la naturaleza se empeña en imitar al arte y la realidad suele ser hija de la novela.


Adenda. Nota del 24 de mayo de 2017. Dice una nota del periódico fechada hoy en Ámsterdam: «Jan Karbaat, un médico fallecido en abril a los 89 años, inseminó en secreto durante décadas a decenas de mujeres que acudieron a su clínica de fertilidad holandesa. En vez de utilizar el esperma de los donantes anónimos que las clientas habían seleccionado por catálogo, Karbaat usaba el suyo.» Al parecer es una historia recurrente. Volvió a suceder la misma historia. Sigo convencido de que la naturaleza y la historia imitan al arte, pero la próxima vez que encuentre la misma historia (solo cambian los nombres y las circunstancias) empezaré a dudar del fecundo poder de la imaginación.

29 de diciembre de 2012

El tiempo y su escritura


Es necesario escribir rápido, con prisa, como urgencia. Asir el instante al vuelo y con él la vida. En esta sentencia no hay tiempo para la maduración, el pensamiento, la selección de las palabras. Esta escritura no puede ser de otra manera, la lentitud no la haría mejor. La escritura reposada perdería el instante. Es necesario decirlo todo en un momento. 

No hay tiempo que perder porque se pierde solo, se fuga. El tiempo se escapa en espirales, en volutas, no se sabe si va o viene, o si es circular porque a veces pareciera que vuelve. No, se va. El tiempo huye, la escritura queda, es necesario escribir la escritura de lo que se fuga en este instante. Escribo deprisa, no hay palabra que perder, hay que contarlo todo, mirar lo que  pasa, admirarse de lo que queda. Es urgente abrir los ojos y en un parpadeo comprenderlo todo, vivirlo en un instante. 

Escribo mi asombro. Todo sucede y pasa. Hay que decir que todo está en movimiento, la luz y la temperatura cambian. Se ha marchado el gato que hace un minuto estaba en el sillón. Se rompe el silencio, el precario equilibrio. El mundo cambia; también la gente cambia. El segundero vuela, el minutero corre. Escribo de prisa, la arena del reloj se agota. ¡Tiempo! Hasta aquí llega esta escritura.

4 de diciembre de 2012

El punto final

El oficio de escritor ofrece la posibilidad de una trayectoria tan larga como la vida misma, con frecuencia hasta el fin de los días del autor. Es posible escribir bajo condiciones adversas, en los sitios más inesperados, en el encierro y en el exilio, de día y de noche, con lluvia o sol. Nada impide por sí mismo que alguien escriba salvo la ignorancia totalitaria del censor. Algunos, muy enfermos o venerablemente ancianos han dictado sus últimas obras (a juzgar por los ejemplos de algunos de los más grandes, la ceguera no es un obstáculo para la poesía). Tampoco nada obliga a un retiro, a una dimisión.


Aunque no se haya escrito ni publicado en mucho tiempo, aunque pareciera que el silencio y la desidia o el desgano se han impuesto siempre es posible el zarpazo inesperado y postrero de un poema, un ensayo o una novela. Mientras no se pierda lo que Cortázar llamó la fascinación de las palabras, mientras bulla la imaginación, y el estímulo del mundo y de la vida misma continúen animando el pensamiento, un escritor seguirá activo.

La condición de escritor está en la mirada, en el acto incesante de develar e interpretar el mundo y está en lo suyo aunque no escriba ni una palabra. No es necesario siquiera que tenga algo trascendente que decir, basta la voluntad de escribir, el goce y el deseo de hacerlo o la severa obligación impuesta por el cumplimiento irrestricto de un deber. El ejercicio del oficio tiene razones y secretos no del todo claros ni conocidos. El don de la escritura misma tiene algo de misterio.

Enrique Vila-Matas ha dedicado un libro, Bartleby y compañía, para comprender a los que de pronto dejan de escribir, a veces sin motivo evidente, y ha reunido una colección de historias y casos en su búsqueda de las razones de esa extraña conducta.

La sección mexicana de los bartlebys, ese club mundial de los que renuncian por siempre a la escritura, está presidida por un escritor portentoso, tal vez el mejor de los nuestros. Juan Rulfo imaginó un par de libros definitivos, inagotables, de una profundidad sin fin, dos obras maestras; las realizó y luego a otra cosa. De la palabra iluminada al silencio. Tal vez un escritor así, después de alcanzar la cumbre, con clarividencia y sabiduría pretenda evitarse los sinsabores de la innoble tarea de superarse a sí mismo, esquivar el abismo de la repetición, la condescendiente conmiseración de críticos y lectores, el amargo vértigo de la acechante decadencia.

Carlos Fuentes murió a los ochenta y tres años con un libro más en proceso y estoy seguro de que no le hubiera disgustado caer fulminado sobre su máquina de escribir.

Escribir libros, en particular novelas muy extensas, exige una dedicación con voluntad inquebrantable que puede ser agotadora. El dominio de un oficio, aun la maestría absoluta, no garantiza que habrá un libro más y tampoco que el siguiente será tan bueno como el mejor que ese autor haya escrito. Pareciera que cada libro tiene su sino y que el ejercicio del don de la escritura tiene algo de azaroso y novelesco. Sería estupendo dejar de escribir a tiempo, pero casi siempre el silencio viene por otras razones. 

Tal vez por eso, a pesar de lo dicho, no sorprende que un escritor con muchos años encima dejé de escribir sino que anuncie su retiro y que esa proclama de jubilación voluntaria tenga en la prensa un carácter semioficial de muerte cívica con declaraciones, lamentos, despedidas solemnes, obituarios literarios y valoraciones y juicios que se pretenden definitivos.

Philip Roth e Imre Kertész se han despedido de la escritura. Roth, a los setenta y nueve años, con una bibliografía de más de treinta títulos, casi todos novelas, se despidió así: «No quiero leer ni escribir más. He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado y he leído. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes.» Roth, modelo de escritor profesional, de esos que escriben con disciplina ejemplar para publicar un libro al año, se ha cansado. Lavorare stanca (Trabajar cansa), es el título de un libro de poemas de Cesare Pavese. Los poetas saben lo que dicen.

Imre Kertész, el primer húngaro en recibir el premio Nobel, de ochenta y tres años, dice: «Ya no quiero escribir. Mi obra, que está tan relacionada con el Holocausto nazi, ha concluido para mí.» Sobreviviente de los campos de Auschwitz y Buchenwald, cree que ya no tiene nada que decir porque da por concluida su literatura sobre la experiencia fundamental de su vida: «El campo de concentración sólo puede imaginarse como texto literario, no como realidad.»

Si hacer literatura es contar el mundo, decir y cantar lo que mueve y sorprende, lo que uno se encuentra y la imaginación descubre, siempre hay razones para escribir. Renunciar a hacerlo, a no tomar más la pluma e iniciar una escritura en un cuaderno nuevo, es cerrar el capítulo trascendente de una vida dedicada a las palabras. Nadie acaba una obra porque nadie termina nunca de contarlo todo, pero al parecer también la literatura y la vida misma cansan. Así y sólo así se entiende que un escritor declare que ya ha puesto el punto final.

14 de noviembre de 2012

El México de J. M. G. Le Clézio


Es un hombre alto, erguido, rubio, con el cabello muy corto, de rostro anguloso y gesto adusto en el que aparece y se esfuma en seguida una sonrisa. Su aspecto es distinguido y juvenil a sus setenta años, su trato cortés, sus movimientos suaves, serenos. Aun así, no es difícil adivinar su timidez, se nota que le pesa sobrellevar la celebridad. 

Se llama Jean-Marie Gustave Le Clézio, obtuvo en 2008 el premio Nobel de Literatura (al que le resta importancia: “todos los premios son iguales”) y es digno de reconocimiento al menos por otros dos hechos notables, al margen de su literatura: ha escrito sobre los pueblos y culturas originarios de México y su historia con una mirada singular y atenta, por lo que es una pena que entre nosotros sea tan mal conocido y menos leído. El segundo hecho es un hallazgo invaluable: he descubierto que es el escritor menos engreído y vanidoso del mundo.

Lejos de hablar de sí mismo y de su obra, a Le Clézio le gusta hablar de las lenguas minoritarias y del peligro de que desaparezcan, en cualquier parte del mundo (“no sólo en México, en Bretaña, en Francia, también hay lenguas que se están muriendo”). 

Dice con absoluta claridad, ya sea en francés o en inglés o en español, que sin educación no hay futuro (y ésta debe ser bilingüe o trilingüe) y que cada ser humano con su cultura, su condición particular e individual, acarrea un beneficio para su comunidad, la enriquece, por lo tanto debe ser respetado en su identidad, en su forma de hablar, en sus lenguas, sus culturas. Está convencido de que es necesario favorecer las relaciones interculturales porque la multiculturalidad no es suficiente, no basta que las culturas vivan una junto a la otra, es necesaria la comunicación y el intercambio, el diálogo entre las culturas. 

Le Clézio es un escritor y viajero asombrado por el mundo, abierto a las culturas y geografías, interesado en los pueblos y sus conflictos, sus cambios, sus pérdidas. Nació en Niza, Francia, en 1940, hijo de un médico inglés y de una bretona. Pasó parte de su infancia en África (El africano es un libro de memorias de la infancia tan bello e intenso como breve), se educó en Inglaterra y Francia y luego se marchó a la isla Mauricio (además de la francesa tiene la nacionalidad mauriciana), a la que había emigrado en el siglo XVIII una rama de su familia.

El gobierno francés lo envió a Tailandia, pero fue expulsado de allí por denunciar la prostitución infantil. Entonces lo mandaron a trabajar en el Instituto Francés de América Latina en la ciudad de México. Ese día cambió su vida. Si su primer contacto fue accidental, quedarse muchos años fue su elección. Para conocer el país empezó por leer las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y recorrerlo de punta a punta.

 “Todavía no acabo de conocer a México, para mí es un país misterioso que tiene tantas formas, caras, idiomas y maneras de pensar. Es el país de la aventura total”. Vivió algunos años en Michoacán, aprendió lenguas e historia con la tutela del notable historiador Luis González y González. Luego se marchó a otros países, pero no deja de regresar a México, vuelve sigiloso y con el asombro intacto.

Le Clézio es uno más de los escritores franceses que han venido a México. Una lista intensa más que exhaustiva da cuenta de la fascinación que un país como un surtidor de culturas puede animar en espíritus inquietos: André Breton, Antonin Artaud, Benjamin Péret, André Pieyre de Mandiargues, Serge Gruzinski, Philippe Ollé-Laprune o Jean Meyer (gran amigo de Le Clézio), también estuvieron o aún están aquí y han escrito sobre este país.

No son pocas las páginas que J. M. G. Le Clézio (así firma) ha dedicado a México, la identidad amerindia, las marcadas etapas de nuestra historia. Dos títulos entre otros: La conquista divina de Michoacán El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido (Fondo de Cultura Económica) y trabaja en un ensayo sobre tres escritores fundamentales para él: Sor Juana Inés de la Cruz, Luis González y González y Juan Rulfo, al que considera el mejor novelista del siglo XX.

“No soy un historiador, soy un novelista, no sirvo para otra cosa” dice, pero conoce bien el vínculo estrecho que hay entre la imaginación literaria y la verdad histórica: no puede concebir al mundo sin Historia ni historias, en especial porque los escritores son parte verdadera de la dimensión humana: no inventan, su tarea es relatar todo lo que han percibido: “El escritor es un testigo, un contador y, a veces, un mentiroso […]. 

Al encontrar la historia en México, hallé una dimensión que no existe en Europa: en México la historia está viva, se percibe como un elemento vivo y dinámico todos los días. Ser historiador en México significa algo totalmente diferente a serlo en Europa: donde la historia es algo distante, es una ciencia. En México, la historia tiene mucho más que ver con la fe o con el ser profundo de los seres humanos”. Sí, es necesario leer a Le Clézio.

14 de octubre de 2012

Salto al vacío en busca de sí mismo


Felix Baumgartner ha saltado en caída libre desde la estratósfera a poco más de treinta y nueve mil metros de altura. Abrió por fin su paracaídas a mil y tantos metros de las arenas del desierto de Nuevo México. Los periódicos hablan de récords y hazañas. Nadie ha querido ver en este acto un hecho metafísico, no un símbolo ni una metáfora, sino la búsqueda del sentido de su condición de hombre.

En el aire, sujeto a los vientos, en impecable soledad, frágil e inerme en ese viaje absurdo en el que se precipitó de vuelta a la Tierra a la velocidad del sonido, acaso supo del vértigo perfecto y del vacío absoluto. (Otros, para sentirlos, no tienen que salir de casa.) 

Su gesta nada tiene que ver con la aeronáutica ni los deportes de alto riesgo ni con la ciencia. Baumgartner es un héroe por otras razones: como todos los hombres necesitaba vivir la experiencia suprema de viajar con urgencia al sinsentido, de jugarse la vida, para vislumbrarse. El suyo fue un salto en busca de su razón de ser hombre en la Tierra. La suya fue una caída sin alas hacia sí mismo.

Elogio de la Capilla Alfonsina


En una carta fechada el 31 de enero de 1957, Alfonso Reyes le agradece a mi abuelo Gabriel las notas y reseñas que éste había publicado en la prensa sobre la dilatada obra alfonsina. La carta tiene en la parte superior un gran sello en tinta con viñetas y motivos griegos (al fondo, un templo y un grupo de guerreros; en primer plano, un escultor con martillo y cincel trabaja en un frontón que bien podría ser el del Partenón) y al calce, con otro sello, el domicilio: «Av. Benjamín Hill, No. 122. México 11, D.F.»  

El papel es fino, ahuesado, y no es difícil descifrar estas últimas palabras que tanto me dicen, escritas con tinta azul y trazos rápidos: “Mi teléfono es 15.22.25. ¿Por qué no me habla un día y viene a conocer la biblioteca que Díez-Canedo llamaba ‘Capilla Alfonsina’? Un alegre abrazo de año nuevo. Alfonso Reyes”.

No recuerdo cuando encontré esta carta, quizá entonces Alfonso Reyes había muerto unos veinticinco años antes y mi abuelo unos treinta. Desde ese día imagino el encuentro, la conversación sobre libros y autores, las coincidencias y complicidades, aunque es posible que se frecuentaran desde antes, el “querido y frecuentado Gabriel Alfaro” da pie a suponer un trato respetuoso y un tanto distante que se rompería con esa invitación.

Lo que desde entonces me esfuerzo por imaginar es el primer instante de la fascinación, el hechizo que la casa de Reyes ejerció sobre mi abuelo, porque entrar a una casa diseñada y erigida para albergar una biblioteca en la que, luego, también pudiera vivir su primer lector y su familia, no es del todo común.

Existen casas —no tantas como quisiéramos los que no podríamos vivir sin la palabra impresa— en las que los libros ocupan mucho espacio, en algunas la biblioteca es el centro y sitio de la convivencia familiar, en otras uno podría pensar que los volúmenes han tomado la casa —el tamaño de las habitaciones por grandes que sean es irrelevante—y están dispuestos a expulsar a sus habitantes pues pareciera que se reproducen y multiplican.

Pero no me refiero a casas ordinarias con libros, la de Alfonso Reyes, la Capilla Alfonsina, como la llamó con inspiración y justeza Enrique Díez-Canedo, fue construida para buscar el conocimiento, fomentar la lectura, celebrar la escritura en un espacio iluminado con el aire más transparente, en el que los libros y las obras de arte, los objetos y los muebles están dispuestos para fomentar el milagro de los versos serenos y la prosa lúcida de Alfonso Reyes.

Díez-Canedo sabía que esa casa era una capilla en la que encontraba su sitio la antigua Grecia, la literatura toda y la civilización. Ahí tenía su asiento el universo entero de un sabio que había viajado por el mundo y lo comprendía porque lo había cifrado en su escritura. 

Ahí, entre esos muros con una gran vidriera, en esos dos pisos con un volado en el que el escritorio ocupaba el lugar central y presidía la asamblea y el diálogo de los hombres con los dioses, de los hombres con ellos mismos, desde el punto que le ofrecía una vista imponente de su biblioteca, Alfonso Reyes vivió y dio forma material a un mundo que es el complemento perfecto de su universo paralelo de palabras contenido en los veintisiete tomos de sus obras completas. Sí, Reyes también sabía que una biblioteca puede ser el modelo a escala humana del universo.

Cuando encontré esa carta de puño y letra de Alfonso Reyes, yo había visitado la Capilla Alfonsina varias veces y no he dejado de hacerlo, atraído por el espíritu imponente que la anima. No es difícil imaginar la vida y la grandeza de un hombre que le dio forma y volumen. Visitar la casa de Alfonso Reyes es un paseo, un gusto, una alegría, un ejercicio estimulante y acto de justicia poética.  

La Capilla Alfonsina es, aunque abierta al público, un lugar secreto en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Conservada como “capilla”, es también un museo alfonsino, un centro de estudios literarios con actividades artísticas y culturales y una galería con la obra plástica que reunió Reyes a lo largo de su vida. 

La Capilla Alfonsina acaba de ser reabierta con una nueva propuesta museográfica que ha considerado los fondos artísticos y documentales. Ha sido puesta al día, pero la arquitectura, los objetos, los muebles, los cuadros, las fotografías, los objetos, algunos libros, lejos de ser testigos mudos, hablan y dicen lo que no han cesado de decir desde hace más de medio siglo, tras la muerte de Alfonso Reyes en 1959. 

Cuentan la vida de un hombre que quiso saberlo todo y explicarlo con una prosa que a cada punto y seguido parece un prodigio y cosa de encantamiento. Uno que nos enseñó que la literatura no sólo es ficción sino un atributo de la inteligencia que encuentra en la precisión, la limpidez y la claridad de pensamiento los mejores aliados del conocimiento, la belleza y la verdad. 

No se le puede pedir más a un hombre ejemplar que nos abre su casa y su obra de par en par y nos reveló el sentido del arte y del mundo como no siempre lo habíamos visto.

11 de septiembre de 2012

La obra maestra, la perfección, el olvido

La obra de un escritor, la suma de sus libros, lo que suele llamarse con una pretensión patética las “obras completas”, con frecuencia son páginas escritas arrancados a la indolencia, tuteladas por el insomnio, la abominable sed de la fama, el esquivo brillo del oro e incluso, de vez en cuando, por la necesidad genuina de fijar en palabras aquello que bulle en la imaginación o arde en el pecho. Todos los autores, sin excepción, tienen una lista secreta que no cesa de cambiar y actualizarse con los nombres de los libros que no escribirán jamás, y saben bien que a algunos de esos libros han renunciado mucho antes de que les llegue su última hora. 

Los libros que sobreviven a su autor no tienen un lugar garantizado en la memoria de los lectores por el hecho de ocupar un sitio en los anaqueles de las bibliotecas, de ellos sólo puede decirse que no fueron destruidos ni los calcinó el fuego ni han sido devorados por los efectos devastadores del paso del tiempo. La desaparición de los libros es una de las constantes de la historia y una tarea que los hombres realizan con el mismo empeño con que se esfuerzan en escribirlos. Quemar y saquear bibliotecas, mutilar y falsear documentos es tan común que podría estar sucediendo en alguna parte del mundo mientras escribo estas palabras.

De Epicuro ha sobrevivido una parte muy pequeña de sus escritos, pero lo suficiente para que tengamos mucho que aprender de su pensamiento y sigamos discutiendo su filosofía. Virgilio, al final de su vida, estaba tan insatisfecho con la Eneida, que pidió a Augusto autorización para quemar el portentoso poema. El emperador se negó, por supuesto, y Hermann Broch ha contado con grandeza esa historia en La muerte de Virgilio. La vanidad y la autocrítica, casi siempre lamentable, son más dañinas para los documentos originales, ya sean tablillas, manuscritos o archivos informáticos, que las plagas, los enemigos y el fuego. Kafka también pidió que su obra fuese destruida. 

Aventuro que Virgilio y Kafka tenían en común algo más profundo, la convicción secreta de que sus respectivas obras, a las que consagraron su enorme talento durante los mejores años de su vida, no deberían sobrevivirles porque fueron hechas con doloroso esfuerzo para satisfacción y goce personal de su autor. ¿Para qué querría Virgilio que sobreviviera la Eneida su fue compuesta para que él hiciera y rehiciera una y otra vez los versos en busca de la perfección absoluta? Si él ya no podía gozar de los placeres del verso, ¿para qué conservarlos? ¿Para qué querría Kafka que sobreviviera El proceso si sólo fue escrito para darle forma a su imaginación y llenar de sentido su vida a través de su escritura?

El buen juicio sobre la propia obra no suele ser un atributo común entre los más grandes. La opinión de los autores sobre sus libros no suele ser la definitiva. El primer problema es el ego y  apenas he conocido a alguno que no rezume vanidad. (El día que conocí a  Jean-Marie Gustave Le Clézio, premio Nobel de Literatura en 2008, más que su español casi impecable o su conocimiento de la historia de México, en particular de Michoacán, me impresionó su modestia absoluta, profunda y sincera. No creo que me sea dado conocer otro caso similar.) 

Entre los que estaban del todo desorientados con la dimensión y alcance de su obra, ninguno como Cervantes, que murió convencido que su gran obra era la última novela, Los trabajos de Pérsiles y Sigismunda y Don Quijote de la Mancha no pasaba de ser una buena parodia de los libros de caballerías. Tal vez sea cierto que Cervantes no supo lo que hizo y no tuvo conciencia de lo que Don Quijote representa para el imaginario literario del mundo, además de ser un caso único por los descuidos, olvidos y yerros de un autor. Cervantes es inmortal en su gran novela a pesar de sí mismo.

¿Habrá la humanidad olvidado a un  genio? ¿Habremos dejado en el olvido, como insistía Borges que es el destino de los libros, a algún gran autor? Tal vez no, pero no son pocos los casos en que los volúmenes solemnemente encuadernados de algún autor se quedarán en los anaqueles de las bibliotecas aún después de que lo olvide el último de sus lectores.

¿Qué numen, qué dios, elige y salva obras y condena otras al olvido? ¿Quién es el gran editor invisible que alarga o acorta la vida humana y sensible de los libros? El gusto literario lo conforman las casas editoras, el mercado, los profesores y los sabios, los críticos y los lectores que celebran y leen las obras o las condenan al olvido y por lo tanto a su desaparición.

¿Cuál es la razón oculta que a fin de cuentas decide cuáles se salvan y cuáles no? Tenemos obras maestras inconclusas, defectuosas, que celebramos y veneramos, y libros fríos, rígidos, que desdeñamos en su perfección. Hay obras acabadas, redondas, que no dicen nada. Hay libros imperfectos, inacabados, que son obras maestras. El siglo XX fue pródigo en éstos. Pensemos en las obras de Kafka, Joyce, Musil, Proust.

13 de agosto de 2012

Sergio Pitol: un traductor


Sergio Pitol es un maestro en el arte de mezclar con acierto y soltura sus recuerdos con el apunte de un diario, el ensayo y la ficción, es decir, la experiencia y la memoria con la escritura misma y la reflexión no exenta de imaginación. 

En uno de esos textos tan suyos como inclasificables, tanto que pareciera que inician un nuevo género, común a unos cuantos escritores de varias nacionalidades cuyo otro rasgo común sería la celebración de su amistad, en uno de ellos, “La lucha con el Ángel”, Pitol cuenta una tarde de su vida en Varsovia, en la que aparece plena y terrible su lucha entre la dedicación al trabajo, la traducción de “Tatarak”, un cuento de Iwaszkiewicz, y la corrección de su libro Los climas, con sus demonios que lo quieren llevar a la calle, a vivir la noche.

El propio Pitol habla de esa lucha y recurre a una novela corta de Thomas Mann para decirnos que ese conflicto que le aqueja con violencia lo han sufrido otros: el oscuro desgarramiento que aquejó a Tonio Kröger, el combate entre la tentación del mundo y la soledad indispensable al proceso de creación. Es decir, la apetencia del mundo y al mismo tiempo su rechazo.

Pitol, en aquella tarde en Varsovia, solo en su habitación del último piso del hotel Bristol, trabaja, traduce, consulta el diccionario (un traductor es un hombre rodeado de diccionarios según dijo Octavio Paz). De pronto, se detiene, se prepara un café. Mira por la ventana. Mejor aún, se fuga por la ventana: el espectáculo de la calle y el jardín era atractivo e inquietante. Mira a la gente que pasea y se sienta en un banco, mira a un grupo de muchachas, luego a unos muchachos e imagina historias, crea una aventura y una pareja fugaz en su imaginación.

Afuera, en la calle, está la vida y el tiene que traducir, revisar su libro. El conflicto florece en toda su potencia: hacer una obra o vivir la vida. Trabajar toda la noche o salir, ir al teatro, a una fiesta, recorrer bares y sitios, salir a vivir la noche.

El propio Thomas Mann, tan caro a Pitol, imaginó una noche de Schiller en “Hora difícil”, un relato en el que el gran poeta, enfermo, con frío, con la cabeza revuelta, duda de su talento, de la calidad de su trabajo, en un tormento que algo tiene de vanidad y reflexión profunda sobre el sentido y alcance de sus desvelos.

Schiller, según Mann, en una lucha consigo mismo, termina por despreciar el cansancio, el dolor y pone el cuerpo y el alma en su poema: el talento es una insatisfacción cuya habilidad no se crea ni se incrementa más que a fuerza de tormento. Más todavía: para los más grandes, para los más insatisfechos, el propio talento es el más doloroso de los látigos… Es necesario trabajar. ¡Trabajar! Hasta que llegue la luz del nuevo día, hasta concluir la obra continuar, seguir adelante, no desfallecer: la obra es hija del sufrimiento.

Muchos años después, cuando ya era Premio Cervantes y un hombre mayor, cuando ya había escrito casi toda su obra como autor y traductor, Sergio Pitol seguía preocupado por la dedicación a su trabajo.

Una tarde, en su casa de Xalapa, me explicó su manera de ganar tiempo. En una pequeña agenda, en donde otros anotan citas y cosas cotidianas por hacer, él llevaba el registro de las horas que trabajaba por día, según una cuota y un plan draconiano. Con frecuencia, trabajaba de más, de manera que tenía un superávit de muchas horas. Así y sólo así podía regalarse horas de distracción y aun días de descanso.

La constancia y dedicación de Sergio Pitol son dos de los atributos mayores de su talento. Y a sus novelas, cuentos y ensayos, y esos textos de mixtura que para algunos son lo mejor de su obra porque su talento alcanza una libertad de expresión que no es común en los géneros cerrados, debemos agregar los libros traducidos y de ninguna manera desdeñarlos o ponerlos en un cajón aparte.

Sergio Pitol ha sido tan escritor y tan creativo en sus relatos como en sus traducciones, y las novelas que ha traducido con fortuna son tan suyas como del autor. Traducir es un acto generoso, un gesto de humildad, un reconocimiento por el trabajo de otro que obliga a estar a la altura de lo mejor de uno mismo.

Un traductor es alguien que se desvela, que desdeña vivir la noche, por seguir una a una, con paciencia y sabiduría, con intuición poética, con conocimiento filológico, las palabras que otro ha fijado en otra lengua. Por tanto, traducir, imaginar en la propia lengua lo que otros han hecho en lenguas extranjeras, es un acto de recreación muy cercano al acto de creación original y un ejercicio fascinante.

Un traductor es un amigo de otros autores, de otras palabras, un descubridor de mundos, un soldado al servicio de la literatura. Sergio Pitol ha ejercido el arte de la traducción con la nobleza de un apostolado y el goce de una vocación. Ha hecho de la traducción su segundo oficio, el otro lado de la moneda de su trabajo literario.

Las páginas traducidas por Sergio Pitol deben ser varias veces más numerosas que sus páginas de creación, pero no hay nada que lamentar. En esa colección impresionante, que ha vertido amorosamente, con impecable certeza y precisión, con cuidado y mesura y buena fortuna, también está el escritor Sergio Pitol presente de cuerpo entero.

Pitol puede jactarse de haber traducido, de sus lenguas originales a un español límpido, a un puñado de autores indispensables como Chéjov, Austen, Lowry, Graves, Conrad, entre otros. Bastaría uno sólo de esos títulos, Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski, para que Pitol merezca nuestro reconocimiento. Ha puesto a nuestro alcance, y de qué manera, libros que de otro modo nos serían inaccesibles.

 Que a nadie le sorprenda que un nuevo premio literario, uno que celebra la trayectoria de autores destacados en el arte de traducir, lleve el nombre de Sergio Pitol.

9 de agosto de 2012

Hughes y el secreto de Las meninas


Robert Hughes fue un crítico de arte que solía decir lo que pensaba. Tenía ideas claras, las convicciones firmes y fue el terror de algunos tomadores de pelo que más vale olvidar. Por supuesto, sus opiniones fueron el centro de algunas discusiones ácidas. Manifestar opiniones no correctas atrae, además de líos y problemas, una celebridad que no siempre es esperada ni bienvenida. Llegaron a llamarlo "el crítico más famoso de la historia”, "el crítico de arte más influyente".

Leer sus libros es una buena manera de aproximarse al arte, aunque no se coincida del todo con él. Pero Hughes me dio algo muy valioso: me ofreció el secreto de Las meninas de Velázquez. Decía que el misterio del cuadro es el cuadro en sí mismo: lo que se ve en el cuadro es lo que ven Felipe IV y Mariana al momento de entrar en la habitación. Al mirar Las meninas es como si acompañáramos a los reyes (reflejados en un espejo del fondo) y descubriéramos con ellos lo que vieron al entrar. El espectador tiene el privilegio de compartir el punto de vista con el rey de España. 

Para mí fue un hallazgo deslumbrante. No sé si Hughes fue el primero en aventurar esta solución, pero de cualquier manera le estoy muy agradecido, al menos por difundirla. Cuando leí sus palabras que explicaban el misterio sufrí mareos y vértigos pero no sentí que todo se nublara y oscureciera a mi alrededor. Todo lo contrario, descubrí que el cuadro se iluminaba pleno de una luz muy pura y muy clara. Hughes no me quitó el misterio y fascinación que sentía por el cuadro sino todo lo contrario, desbordó mi afición por Las meninas y fijó para siempre mi admiración incondicional por la genialidad de Velázquez.

7 de agosto de 2012

Incendios


Desde hace miles de años no hemos cesado de contarnos algunas historias, esas que nos dicen quiénes somos, por eso no dejamos de reescribirlas y representarlas. Volvemos a ellas de vez en cuando y vamos al teatro a gozar de la avasalladora presencia escénica, de la magia absoluta, del encantamiento de la representación y la palabra. Vamos al teatro y una vez más se impone la fuerza de la palabra, pura e hiriente, la que nos llama, la que nos nombra.

En Incendios, de Wajdi Mouawad, todo está allí, el argumento impecable, la trama astuta,el artificio de la puesta en escena, el engranaje escénico del que no hay manera de librarse, de ser avasallado por la violencia cruda, ciega, devastadora, puesta al servicio de la gratuidad de la muerte en la guerra, en cualquier guerra y cualquier conflicto, por cualquier causa. Allí está el dolor, las vidas rotas, las vejaciones sin fin, el desarraigo, la orfandad, la urgente búsqueda de la justicia, necesaria para seguir viviendo.

Vamos al teatro a gozar y terminamos por mirar una galería de horrores de la que no somos ajenos. En el gran teatro, en el silencio, en los claroscuros, en los actores doblados en personajes imposibles, en el tiempo fuera del tiempo del drama, asistimos agazapados en una butaca al milagro de ver la Historia y las pequeñas tragedias personales. Una mujer que quiere otra vida y quiere aprender a leer y escribir y a pensar, una mujer que busca un hijo arrebatado, una mujer que sufre lo inefable, una mujer que guarda silencio y escribe dos cartas, el encargo absurdo para dos hermanos gemelos que buscan a su padre y a un hijo anterior de su madre del que no tenían noticia.

En esa búsqueda surgirá el reconocimiento (anagnórisis le llamaban los griegos), recurso que anima y da sentido a la vida de los personajes. Todo está allí, la vida del drama en su esplendor, la muerte, la vida. El teatro posee una fuerza inmensa, oceánica. El teatro es magia y rito y una celebración conmovedora. El teatro puede ser una experiencia más intensa que tantos sucesos de la propia vida. El teatro es efímero y el presente eterno porque ofrece una situación extrema. Presenciar la escena del testimonio de Nawal, la protagonista, en esa lección magistral de arte dramático que hace la actriz Karina Gidi es una experiencia arrebatadora de la que no es posible salir indemne.

6 de agosto de 2012

Adiós, Solitario George


Le decían Solitario George y fue una tortuga gigante macho que le hacía honor a su apodo. Con su muerte, desaparece su subespecie, pues era el último individuo de las Galápagos. Dicen las crónicas que tenía más de cien años y que no se reprodujo a pesar de estar inscrito en un programa de crianza en cautiverio. La prensa rosa y las revistas del corazón no han dado cuenta del suceso, lo que no deja de sorprender, pues la desgracia ambientalista tiene un alto contenido sexual.

Cuentan los cables de prensa que Solitario George fue el centro de "varias iniciativas para intentar que se reprodujera, inicialmente con hembras de la especie de volcán Wolf, de la isla Isabela". Todo ello suena muy sexy, tanto, que George consiguió aparearse con ellas "tras quince años de convivencia", pero no hubo descendencia. Luego, llevaron a su "corral hembras de la especie de la isla Española", y con ellas tampoco se reprodujo.

Las notas no dicen mucho más, pero al parecer no había un problema biológico o una enfermedad. Entonces, ¿qué sucedió, George? ¿Pensaste alguna vez lo que podría decir Darwin, quien seguro conoció a tu abuelo, cuando visitó tu archipiélago? ¿Tomaste en cuenta que tu rechazo a la paternidad implicaba la extinción de tu especie? ¿Te asustaba acaso la paternidad, porque las responsabilidades son eternas, como dijo un poeta?

No sé si George tenía una posición ética sustentada en un pensamiento filosófico radical, una suerte de nihilismo que lo llevó a renunciar a la presencia de su especie en la Tierra. No sé si padecía una depresión crónica que lo indujo, tras muchos años de sufrimiento y reflexión, a comprender que la reproducción puede ser un acto terriblemente irresponsable. Tal vez George se fue quedando solo porque el hombre llevó a las Galápagos a las cabras, especie que diezmó el hábitat de la zona y llevó a esas tortugas al borde de la extinción y entonces quiso evitar el dolor y el sufrimiento a sus descendientes.

Yo lamento que muera el último espécimen de una especie, pero tal vez George se coloca a la vanguardia de cierto ambientalismo radical, de la llamada ecología profunda, no muy lejos de las tesis de Les U. Knight, quien convencido de que la sobrepoblación humana es la causa de los males de nuestro planeta, ha fundado el Movimiento por la Extinción Voluntaria de la Humanidad (Voluntary Human Extinction Movement) con el lema: "Que tengamos una larga vida y luego nos extingamos" (May We Live Long and Die Out). El Movimiento de Knight asegura que "la lenta desaparición de la especie humana a través del cese voluntario de la procreación le permitirá a la biosfera terrestre recuperar la salud."

¿Qué dirías a todo esto, Solitario George? A mí todo esto me deja muy mal sabor de boca. La extinción de tu especie es triste y otra señal de alarma. Si lo que querías era darnos una lección y decirnos una vez más que algo no anda bien con el planeta, lo has conseguido. Por un momento hasta he tenido el deseo de visitar las Galápagos, un viaje largo y complicado que no estaba en mis planes, pero desde la mesa de la cocina de mi casa pienso que sin ti esa visita ya no tendría sentido. No sé si es un consuelo saber que tuviste una larga vida y luego te extinguiste. No lo sé porque tu muerte no es sólo la de un individuo. Adiós, Solitario George. Adiós, contigo, a otra especie.


5 de agosto de 2012

En busca de un nombre


Venía hacia mí. A unos metros de distancia su silueta de golpe me fue familiar. Alto, regordete, con su andar cansino, despreocupado, tal como era cuando lo conocí, en la universidad. Caminábamos en una avenida ancha, él de sur a norte, yo de norte a sur. Nos acercamos un poco más y de pronto su rostro, a pesar de mis ojos, fue nítido. Iba silbando, un tanto distraído, sin prisa por la acera.

Recordé de golpe todo lo que sabía de él, la música que escuchaba, los libros que leía, su interés por la historia, su erudición en la Revolución Francesa. Era él. Apenas había cambiado en tantos años. El mismo corte de pelo, casi al cero. Vestía como solía hacerlo en los años universitarios: los pantalones vaqueros, la camisa a cuadros, los mocasines. Lo recordé todo de él, menos su nombre. Faltaba sólo un instante para que pasara a mi lado en la avenida y yo buscaba su nombre, me esforzaba, escarbaba en la memoria.

No fuimos buenos amigos, pero nos tratamos con familiaridad y confianza. Siempre fue educado, cortés. Convivimos, hablamos, discutimos, teníamos amigos comunes. Sabíamos nuestros nombres, quiénes éramos. Debimos de haber seguido tres o cuatro cursos juntos, ahora juraría que al menos uno de Ciencias Políticas y otro de Derecho, tal vez de Economía Política.

Pasó a mi lado en la avenida y yo lo miraba, esperaba que me reconociera. Nos hubiéramos saludado y conversado un momento. Tal vez nos hubiéramos preguntado cuántos años han pasado desde la última vez que nos vimos. ¿Tienes hijos? ¿Vives por aquí? ¿A qué te dedicas? Que te vaya bien, nos hubiéramos dicho.

 Pasó a mi lado y acaso él no sólo ha olvidado mi nombre sino que tampoco me reconoció. Yo no le hablé porque no sabía su nombre. Pasó a mi lado tal vez sin verme y cada uno siguió su camino. Se hizo un hombre sin nombre. Después de tantos años la memoria guardó su rostro, su manera de vestir, algunos rasgos de su vida, pero no su nombre.

Seguí mi camino, no volví la mirada. No era necesario. Yo no quería hablar con él y no buscaba una silueta, yo buscaba un nombre. No lo he encontrado. La memoria es un misterio, un prodigio, una condición de vida, un laberinto caprichoso, un pozo oscuro y la fuente primaria de la identidad. Sin la memoria, sólo seríamos cada instante, presencia efímera sin rastro, como una flor en el rosal o un pájaro en vuelo. Aquel suceso en la avenida no tendría la menor importancia si no fuera porque han pasado los días y aún sigo buscando, inventando, recordando un nombre.


4 de agosto de 2012

After shave


Una de las más asombrosas propiedades de la literatura es encontrarla ya escrita por otro tal como uno la imaginó, como a uno le hubiera gustado escribirla. A veces la literatura aparece nítida en la página de un libro escrito por otro y allí están las palabras que expresan nuestra emoción y nuestro pensamiento.

Las mañanas son la mejor hora del día para estas revelaciones, en particular mientras frente al espejo uno se unta la cara con crema de afeitar como un payaso. Uno piensa ráfagas deshilachadas de pensamientos trascendentes, reflexiones graves, versos sonoros, nebulosas verbales que deberían tomar su forma definitiva en una oración completa. Luego, un instante después, se van por el caño con el agua sucia de barba y crema de afeitar.

Entonces, en esa misma mañana, con la cara bien afeitada que todavía huele a loción, aparecen, con la expresión justa y lúcida, bella y completa, aquel verso, aquella idea que uno no escribió pero intuyó frente al espejo. Eso sucede de vez en cuando, pero a casi diario vuelve ese juego de miradas con el espejo, ese ocultar mi propio rostro de mi mirada con la crema que me da la apariencia de otro, que me hace otro por un momento, uno que conozco pero no siempre reconozco, uno que me dice cosas que me dolería decírmelas cara a cara.

Entonces, aquello no escrito, toma forma en las palabras de un poeta. Yo he pensado y sentido lo que Pedro Salinas le dice a Katherine Whitmore el 3 de marzo de 1933 sobre las propias cartas de amor que le escribía:

“[...] Me levanto pues, y el día me trae, como una luz, la iluminación sobre mi carta de hoy. Un momento fecundísimo en la elaboración espiritual de la carta es el de (sí, no te burles de mí) afeitarme. Fue siempre muy importante en mí: al afeitarme, en esa operación terrible en que el hombre tiene que enfrentarse consigo mismo a diario, cara a cara, arrostrar su mirada, y verse en un espejo trágico y grotesco a la par, con esa cara recién salida del sueño y esa espuma blanca por la faz, algo entre espectro de sí mismo y clown, se me han ocurrido siempre grandes cosas. Proyectos prácticos, poemas, novelas, soluciones o dificultades, no sé […]. Y lo curioso es que luego, en el taxi que me lleva a mi despacho, voy pensando en lo mismo y el color del día, el tono de luz, lo que veo por las calles, concurre todo al mismo punto. Pero luego pasa algo inesperado y siempre repetido, aunque sea paradójico, y es que al coger la pluma escribo otra cosa completamente distinta, inspirada por el instante, revelación súbita rayo del cielo. ¡Abajo se hunde toda la preparación!”

Yo debí haber escrito aquí de otra cosa. Salinas, imponente poeta, no deja de sorprenderme, de decirme mucho, en sus poemas y en sus cartas. Yo sé de qué habla el poeta. Lo he sentido frente al espejo y lo he vivido after shave esta mañana.

24 de julio de 2012

La Piedad


Una mañana, hace muchos años, recibí la gracia de ver la Pietà o la Piedad de Miguel Ángel en la Basílica de San Pedro. La había visto en fotografías desde niño, decenas de veces, y siempre le atribuí con ingenuidad y una certeza absoluta, que no podría explicar satisfactoriamente a un crítico de arte, que esa escultura de mármol era la cumbre de lo que lo que un hombre, todos los hombres, podría hacer con sus herramientas y sus manos en una pieza de mármol.

Esa mañana, en Roma, confirmé lo que siempre había sabido, y en esa fascinación no había un elemento religioso y mucho menos, valga, piadoso, sino el asombro ante la belleza, la pura y rotunda capacidad de recibir o generar emociones y reflexiones a partir de la contemplación de una obra de arte. He vuelto a ver la Piedad varias veces y mi opinión no ha cambiado. No pretendo compararla con otras esculturas, ni del propio Miguel Ángel ni de otros artistas. Nada tengo que oponer a quien se incline por el Moisés o el David, pero en ella encontré un modelo de perfección que lejos de desvanecerse se ha afianzado con el tiempo.

Ahora, he visto una fotografía de la Piedad del escultor Jan Fabre que reproduce la composición de Miguel Ángel, pero no es una simple imitación, las diferencias son notables: la virgen no tiene rostro, o mejor dicho, tiene el de la muerte, es una calavera que sostiene a su hijo, vestido con ropas de hoy, cuyo rostro es el del propio Fabre, el autor.

Sucede que hay ciertas expresiones del arte que no gozo ni disfruto. La obra de Fabre puede ser una provocación y el motivo de un escándalo (al parecer ya lo hubo, en la Bienal de Arte de Venecia), pero a mí me deja frío, con un poco de pena ajena, con el contratiempo de haber encontrado algo entre grotesco y ridículo. No me asusta ni me ofende, me da otra confirmación del río revuelto que se vive hoy en el mundo del arte. Más que de arte estoy hablando de mí mismo. Sí, mis coordenadas estéticas son otras, busco la intensidad y lo absoluto. 

Con esta decepción no hay nada que hacer. Acaso sí, componer la tarde con un café con azúcar, escuchar una ópera barroca, leer un soneto de Petrarca y acompañar para la cena un plato de pasta al dente con una copa de vino. Está claro que el arte cambia, y el gusto y los horizontes artísticos responden a cada momento de la Historia.

No pretendo que hoy se haga arte como en el Renacimiento, pero con tantas obras y autores me queda un regusto a estafa, a gran mascarada, a orgía financiera, a broma monumental. Vivo mis días, abro los ojos y voy por el mundo buscando la belleza y la obra que me arrebate. Sé bien que no será esta la última vez que me sienta lejos, distante y ajeno a las expresiones y autores del llamado arte contemporáneo. 

23 de julio de 2012

De la envidia y la historia de un ejemplar perdido


He sido testigo lejano y circunstancial del fin de una amistad por envidia entre dos escritores que aprecio y que entre ellos fueron muy cercanos en otros tiempos, en su primera juventud. Uno de ellos publicó hace unos años una novela notable. El otro recibió como una afrenta y una traición el hecho imperdonable de que su amigo haya escrito y publicado una buena novela. El envidioso, por supuesto, no tenía una, ni buena ni mala. Entonces no encontró mejor salida a su frustración que hablar mal, con injusticia y torpeza de la novela. Nada ganó con ello y perdió un amigo.

Un día, en su casa, el que no pudo tolerar el éxito de su amigo, me regaló su ejemplar dedicado de aquella novela. En realidad no fue un obsequio, sino otra vuelta de tuerca de su envidia. Rescaté el ejemplar y me lo llevé a mi casa. La dedicatoria más o menos decía: Para […] con un afecto ya desaparecido, en memoria de otros tiempos.

Me era un poco incómodo tener aquel libro. Lo puse en un estante junto al mío, que tiene una dedicatoria para mí y las huellas en sus páginas de mi entusiasta lectura. 

Pasaron los años y hace poco le presté aquel ejemplar a un compañero de oficina, un nuevo amigo, alguien que considera mis juicios y  recomendaciones literarias. No era el primer ejemplar que le daba en préstamo, pero sí el primero que no me devuelve.

Una mañana, en cuanto vio una oportunidad de hablar conmigo, descorazonado, me ha dicho que dejó la novela en un taxi y me ha dado una larga explicación y no entiende cómo pudo pasarle algo así, pues lo cuidaba con celo y estaba embebido en la lectura de ese libro que le estaba gustando mucho. Estaba en verdad apenado.

Le dije que no tenía importancia. Pero admito que la perdida fue un alivio. Había conservado durante años un ejemplar que no me correspondía, y su legítimo propietario, por puño y letra del autor, lo despreció. Entre más lo pienso más me gusta más la idea de que ese libro, viajando en un taxi, encuentre un sitio en el que no evoque ni despierte envidias ni resentimientos.

Para cerrar con el final feliz que suelen y deben tener todas las buenas comedias, sólo falta conseguirle un ejemplar a mi compañero de oficina, lo que no será tan sencillo pues el libro está agotado. Yo le hubiera regalado aquel libro de buena gana, satisfecho de que estuviera en manos de un lector que apreciaba, además, aquellas palabras y la firma del autor.

Ahora mi amigo no puede concluir la lectura de la novela, pero no quiero darle mi ejemplar, no suelo atesorar fetichistamente los libros, pero éste está subrayado, con comentarios a los márgenes y tiene unas palabras amables que un novelista de talento, con el que disfruto conversar de vez en cuando, escribió para mí. Buscaré otro ejemplar en las librerías de viejo y se regalaré con una dedicatoria que dé cuenta, sin envidias, de esta pequeña historia.

22 de julio de 2012

Aleixandre: como un río que nunca acaba de pasar


En 1998, con motivo del centenario del poeta, escribí un pequeño artículo para la revista La palabra y el hombre. Era un texto muy apresurado, que habla de un trabajo escolar perdido y que él mismo acabo por traspapelarse muchos años. Ahora ha aparecido en una carpeta. Lo publico aquí sin enmienda alguna (que buena falta le hace) como testimonio de una fidelidad poética, y para mirar, al menos en mi escritura y pensamiento, cómo pasa el tiempo.
EALl, julio 2012.
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Hace ya muchos años, para realizar una tarea escolar, un trabajo que apenas puedo calificar como ensayo, aunque no exento de pretensiones, sobre la poesía de Vicente Aleixandre, leí estudios eruditos, comentarios críticos y, también, la poesía de este poeta sevillano, que nació hace 100 años, al igual que García Lorca y Dámaso Alonso, justo a tiempo para inscribir su nombre, en ese formidable movimiento poético llamado Generación del 27, "el grupo de poetas", escribió Octavio Paz, "más rico y singular que haya tenido España desde el siglo XVIII". Durante años guardé ese trabajo, que aparecía de vez en cuando entre mis papeles, justo cuando no debería, y ahora que lo busco para dar sustento a estas líneas, no aparece por ningún lado.
Su desaparición me parece un acto de justicia poética: en realidad, más que perder un apunte de muy dudosa calidad sobre los vasos comunicantes del surrealismo en la poesía española, me he quedado con lo único que importa, unos cuantos versos que recreo y celebro con un pequeño esfuerzo de memoria, con una obra que me excita y me devuelve al inconmensurable océano de la mejor tradición poética de nuestra lengua, pero también por un instante, lo que dura un parpadeo poético, me reconcilia con el adolescente que fui (surrealista sin saberlo, buscador del amor loco, como casi todos los hombres de este mundo a esa hora de su vida) y que leyó desesperadamente esos libros eléctricos cuyos títulos son en sí mismos un acontecimiento, acto poético, un relámpago fulminante: Espadas como labios; o ese otro: La destrucción o el amor.
Aleixandre se ha convertido entre nosotros en una más de las víctimas de esta época, tan poco aficionada a la buena poesía, acaso por una especie de maldición que, como espada de Damocles (no como labios), pende sobre buena parte de los elegidos que obtienen el célebre premio sueco (para comprobarlo, sólo hay que revisar la lista), que consiste en un olvido rotundo, en una inmortalidad de diccionario y tal vez de gabinete que es en el fondo una de las tantas formas de la clandestinidad poética, no porque se desconozca su existencia, al contrario, sino porque ese desprecio hace de sus poemas uno de los mejores tesoros escondidos a la luz del día.
Pero Aleixandre no es el único, es cierto, sólo una más de las víctimas de un fenómeno contemporáneo que algún día acabará por ser paradigma de la estulticia. Aleixandre, en sus mejores momentos, tiene la reflexiva sabiduría poética de Cernuda, la imaginación libérrima de Alberti, el vuelo contundente de la verdad de Miguel Hernández, la belleza pura y musical y desbocada de García Lorca. En una palabra, tiene un sitio entre lo mejor de cada casa.
Javier Marías, que lo visitaba en la suya de Madrid, aprovechando esa generosidad y simpatía por los jóvenes que Aleixandre profesó toda su vida, en esa con el número tres de la calle de Welingtonia (que hoy lleva su nombre), cerca de la Moncloa, y que fue durante muchos años punto fijo de reunión y tertulia de la poesía española después de la guerra civil y una vez que la casa fue reconstruida de los daños sufridos durante los bombardeos, recuerda la "figura alta y pulcra, casi siempre vestido de corbata".
Era, dice Marías "un viejo de aspecto muy noble, con su calva escultórica y limpia y sus ojos muy azules y luminosos y vivos, su atildado bigote de otra época y su nariz tan decidida". Y lamenta que en su país no abunden los "personajes a la vez generosos, inteligentes y cálidos". A juzgar por las fotografías, nadie más alejado que Aleixandre de su propia poesía, de esos versos de sus primeros libros que Octavio Paz juzgó como: "erotismo del primer día del mundo, visión a un tiempo cruel y paradisíaca de la pasión" [...] "Explosión verbal del subsuelo psíquico".
Vicente Aleixandre tenía aspecto de lo que también era, un señor graduado en Derecho e Intendencia Mercantil, que conjugaba ambas disciplinas en la cátedra de Legislación Mercantil en la escuela de Comercio; de alguien que se ganaba la vida con un empleo burocrático en los Ferrocarriles Andaluces; de alguien que pasó enfermo buena parte de su vida: "siempre delicado de salud, siempre proclive a estar echado, nunca había salido mucho", dice Marías.
Pero ese hombre, que se presume escribía acostado en su sofá, que fue el anti-Rimbaud, lo opuesto al poeta adolescente, supo escribir versos sobre el amor y la amada tan altos y contenidos como los de Pedro Salinas, contundentes como sentencias absolutas, inolvidables al punto que la memoria ha escogido algunos para recordarlos siempre (no existe mayor homenaje ni gloria para un poeta) y decirlos cuando conviene, para citarlos aquí como el mejor recuerdo a un poeta que, como él mismo nombra al cuerpo de la amada, podemos decir que es su poesía: un río que nunca acaba de pasar.


Tú y yo en la boca sentimos nacer lo que no vive,
lo que es el beso indestructible cuando la boca son alas,
alas que nos ahogan mientras los ojos se cierran,
mientras la luz dorada está dentro de los párpados.
[...]
Este beso en tus labios como una lenta espina,
como un mar que voló hecho un espejo,
como el brillo de un ala,
es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo,
un crepitar de luz vengadora,
luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,
pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.


21 de julio de 2012

El sonido de la soledad


Una tarde, todavía con el sol muy alto, bajo una luz muy clara, a esa hora en que las familias siguen reunidas en la comida dominical y las calles están menos transitadas, el autobús en el que viajaba se detuvo en un semáforo. Tarde unos instantes en encontrar de dónde venían aquellos sonidos largos, rítmicos, constantes. En la esquina vi a un hombre equipado para una caminata, llevaba una pequeña mochila en la espalda, camisa de manga larga, una gorra, botas altas con suelas de goma, gafas oscuras y un bastón para ciegos. Erguido, digno, tocaba su silbato en busca de quien le ayudara a cruzar la avenida, una muy hermosa, con camellón y muchos árboles. Apenas había tráfico, pero no había nadie en la calle, ni un solo viandante a la vista. 

Ese hombre era la imagen más nítida de la soledad, en el cruce de una gran ciudad, necesitado de ayuda, de un gesto solidario, insufriblemente vulnerable. El silbato emitía pitidos que bien podrían haber sido una llamada de auxilio en código Morse, pero sólo eran sonidos  monótonos y desgarradores que se oían nítidos a pesar del ruido del motor del autobús.

El autobús de turismo en el que viajaba no tenía ventanas que pudieran bajarse y ningún otro pasajero parecía darse cuenta de lo que sucedía en la calle. ¿Cómo decirle que cruzara la calle, que al menos podría sin peligro llegar al camellón? La luz roja del semáforo, la que el hombre no podía ver, duraba una eternidad, llegué a pensar que no cambiaría nunca. El hombre aguardaba, recto, digno, tocando su silbato sin tregua, en busca de una ayuda que no llegaría porque no había nadie en la calle. Los sonidos del silbato me parecían cada vez más largos, más agudos, más desesperados. 

La luz del semáforo no cambiaba, tal vez no cambiaría nunca, lo que me hubiera permitido bajar y ayudarlo a cruzar la avenida. No lo hice y en cambio comprendí que en un lugar deshabitado, en un desierto, uno está solo, rotundamente solo, pero la soledad absoluta sólo puede darse entre los hombres, en cualquier parte, en la esquina de una ciudad. Cuando al fin cambió la luz del semáforo y el autobús se puso en marcha y siguió su camino, cuando ya no podía ver a ese hombre en aquella esquina, yo seguí oyendo el llamado urgente del silbato. Si guardo silencio me parece que todavía lo oigo.

20 de julio de 2012

Sade y la escritura


Mostrar su pasión por la escritura, la voluntad de liberarse, de vivir por escrito, de vivir mientras escribe, de crearse un mundo de palabras que fuera como una bofetada a esa sociedad y régimen (napoleónico) que le habían condenado a un encierro por locura, una que brillaba por su ausencia, es uno de los méritos de Quills (Letras prohibidas: la leyenda del Marqués de Sade), la película de hace unos años de Philip Kaufman cuya propuesta sigue intacta porque el personaje crece con el tiempo. Lúcido, perverso, malintencionado, provocador, cínico, sagaz, el "divino marqués" encontró en la escritura una forma eficaz y exitosa, apasionada, de ejercer eso que se llama libertad. La literatura del Marqués de Sade se antoja hoy, antes que sádica, moralista, aun de signo negativo, pero con una enorme carga artística manifiesta y lograda por la poderosa e imbatible voluntad de la escritura. 

15 de julio de 2012

Beatlemanía

Fue en un teatro, al sur de la ciudad, en una de esas tardes lluviosas de verano. Un grupo musical llamado Morsa interpreta con fortuna y acierto las canciones que congregan a la grey que abarrota el teatro, pues tiene el sonido de la música de los padres fundadores. (Acaso les vendrían bien a esos chicos unas lecciones para mejorar un poco su pronunciación y dicción en inglés, pero nada más.)

En cuanto comenzó lo que uno podría haber pensado que sería un concierto, se reveló como un encuentro, una celebración. Caballeros de edad provecta acompañados de sus hijos y nietos, y sobre todo venerables ancianas que pueden estar celebrando sus bodas de oro con esa música, esa manera de estar en el mundo y, en más de un caso conocido, de enamoramiento sin fin de alguno de aquellos cuatro que salieron de un sospechoso club del Puerto de Liverpool hace justo cincuenta años para poner a cantar y alegrarles la vida a sus fieles extendidos por toda la Tierra.

En el teatro vi niños con gafas de fantasía redondas, como las que al parecer usaba el líder del cuarteto; una niña de ocho años que conozco bien, sentada a mi izquierda, se transformó al punto de volvérseme una desconocida que se revolvía en su asiento, movía los brazos y la cabeza, aplaudía y cantaba con conocimiento de causa. Un niño de diez años iba vestido como un tal Sargento Pimiento, personaje central en las celebraciones y que al parecer ha fundado su banda, algo así como un Club de los Corazones Solitarios.

Beatlemanía ese es el nombre científico del mal que les aqueja, pero los fanáticos, los que lo padecen, la consideran una alegría, una dicha. Se sabe que es musical y emocionalmente transmisible y puede ser muy contagioso, pues no respeta edades, ni religiones, ni clases o grupos, tampoco nacionalidades, razas o lenguas. Se sabe que en su patología extrema es un padecimiento tan gozoso como incurable.

Jóvenes y viejos sonríen, se abrazan, se sienten felices y dichosos con esas canciones, con el espíritu de esa música que han escuchado una y otra vez y no les cansa, al contrario, les incita a seguir el ritmo con las palmas, a conmoverse hasta las lágrimas. Se emocionan de verás, se sienten vivos y en armonía en el Universo cuando cantan “Here Comes the Sun”, y creen con fe ciega en sus palabras cuando repiten “All You Need is Love”, y revelan lo más profundo de la beatlemanía en una canción que expresa un adagio que entonan con devoción: “Let it Be”, que bien podría ser la más acabada expresión de su filosofía.

Después de dos horas de música, el grupo Morsa se despide, los fanáticos, irremediablemente felices, dichosamente exhaustos, después de aplaudir y refrendar su admiración sin fin a los padres fundadores de su secta, salen del teatro bajo una lluvia tenue, se alejan con una sonrisa franca, se marchan por las calles de la ciudad como si cada uno tomara su rumbo.

Puede ser sólo una leyenda urbana que corre como un secreto a voces. Se dice que todos ellos esperan el día en que, como por encantamiento, vivirán en comunidad, felices y cantando, en un submarino amarillo. Se sospecha que algunos de ellos ya se han instalado a bordo.

9 de junio de 2012

Carlos Fuentes: el sediento escritor del absoluto


Carlos Fuentes fue un hombre de diversos talentos. No es difícil imaginar que pudo haber sido director de cine o estadista, pero su mirada lúcida y clara, su visión penetrante de la realidad, lo llevó a la literatura y la crítica, a cultivar con soltura el artículo político, a impartir con autoridad conferencias magistrales. A celebrar la cultura como una fiesta y a fundirla con la vida misma.

La capacidad de mirar de manera singular y personal la realidad es el mayor atributo de un artista, y Fuentes supo darle a la realidad para enriquecerla un mundo imaginario que no podría ser sino de palabras. Por ello su verdadera vocación fue la literatura, no la que se agota mientras se desenreda la trama, sino la que se da de bofetadas con la realidad para fundirse con ella, que es la mayor aspiración de un novelista.

 Fuentes dijo que “la literatura es una herida por donde mana el indispensable divorcio entre las palabras y las cosas. Toda la sangre se nos puede ir por ese hoyo"; sabía bien lo que decía. No ha habido entre nosotros un escritor más sediento de absoluto (para decirlo con Cortázar, tan cercano a Fuentes); no hubo en el siglo XX mexicano un novelista con mayores pretensiones. Pagó el precio de su osadía, y tuvo su justa recompensa.

Cuando la imaginación se funde con la realidad, la historia y el sueño por el prodigio de la ficción en manos de un novelista de enorme talento, la obra deslumbra y se fija para desafiar a las siguientes generaciones a través de l tiempo. Carlos Fuentes lo logró, está claro que no en todas sus novelas, pero en sí en algunas de ellas, en algunos relatos, en ciertos ensayos, en esas páginas que hace tiempo empezaron a fundirse con la tradición y el gusto literario y que no dejaran de tener buenos lectores.

Carlos Fuentes fue un escritor de tiempo completo, con una formidable capacidad de trabajo y una disciplina asombrosa, pero no vivió en la literatura, como tantos otros. Fue uno de los autores más literarios pero no se quedó a vivir en su casa de palabras. Carlos Fuentes vivió con intensidad: fue mundano, viajero y cosmopolita, amigo de  la belleza y los placeres; asombraba su seguridad en sí mismo, su agilidad mental, su memoria, su inmensa cultura, su capacidad para comprender e interpretar la importancia de un libro, un autor, una tesis, para aproximarse con acierto a la realidad histórica y cultural, en particular de México y de Hispanoamérica.

Era capaz de expresar en media página y a veces con una oración una respuesta a una gran pregunta, de revelar a partir de una anécdota sin aparente importancia una idea que abría de par en par las puertas a una explicación cultural, una tesis de impecable coherencia histórica: “Hace algún tiempo viajaba por el Estado de Morelos, en el centro de México, tratando de hallar el lugar de nacimiento de Emiliano Zapata, la aldea de Anenecuilco. Me detuve para preguntar a un campesino a qué distancia se encontraba aquella aldea. Me respondió: ‘Si hubiese partido usted al despuntar el alba, estaría ahora allí’. Este hombre poseía un reloj interno que marcaba su propio tiempo y el de su cultura. Pues los relojes de todos los hombres y mujeres de todas las civilizaciones, no están puestos a la misma hora. Una de las maravillas de nuestro mundo amenazado consiste en la variedad de sus experiencias, memorias y ansias. Todo intento de imponer políticas uniformes a esta diversidad es como un preludio a la muerte".

Carlos Fuentes fue contemporáneo, en su reloj interno, en su tiempo y en su cultura, de algunos momentos decisivos en la historia y la cultura de México; fue un intérprete notable de nuestra múltiple realidad cultural y haríamos bien en escucharlo con menos apasionamientos y prejuicios y con más atención.

Sus mejores libros, algunos de ellos con ese estilo cortado, rudo, directo, con algunas técnicas narrativas que se imponían hace unos decenios, no siempre cultivan un gusto por la belleza puesta en página para seducir al lector. Tal vez no sea el más fino de los estilistas de las letras mexicanas, o de la brillante generación de las letras hispanoamericanas de la que fue protagonista absoluto, pero el lector atento y sensible recibe sus recompensas al esfuerzo de comprender el mecanismo de esas estructuras complejas y sutiles.

Aura es quizá su libro más bello, Terra nostra sea tal vez su obra maestra y una obra maestra de la lengua. De dimensiones colosales en su extensión y complejidad, en su ambición humanista y en su riqueza histórica, en la galería de personajes, de voces, es ésta una novela portentosa que bastaría para darle el sitio clave y privilegiado que tiene en nuestras letras.

15 de mayo de 2012

Carlos Fuentes


Fiel a sí mismo, se pintaba de cuerpo entero en cada novela, en cada cuento, en cada artículo y en cada ensayo, en cada conferencia, en cada opinión que publicaban los revistas y los diarios. Pareciera que siempre fue el mismo, el que desde siempre lo había visto todo y lo había leído todo y viajado por todas partes. Lo sabía todo y desde siempre se entrevistaba con jefes de Estado y artistas, con estrellas de Hollywood y líderes sociales. Era el mexicano universal, el hombre de letras y de mundo, el escritor y intelectual cosmopolita.


Desde siempre, sus juicios y comentarios fueron lúcidos, inteligentes, provocadores, con frecuencia incómodos. Tardé muchos años en reconocer su maestría y las virtudes de su prosa. Sus libros, por ese estilo cortado, a veces rudo, directo, señalaban un camino en la estética y el lenguaje que no es el mío. Desdeñar su literatura fue una moda y un gesto tan común que darlo por leído sin leerlo, que juzgarlo a priori era la conclusión y el último argumento. Sin embargo, libro a libro, poco a poco, aprendí a comprender su mirada lúcida sobre México. Poco a poco, con los años y las lecturas, aprendí a leerlo y escucharlo con respeto. Hace muchos años, el día que le extendí mi ejemplar de Terra nostra para que lo firmara (en realidad entonces no era mío sino de mi padre) me dijo: "Ya lo leíste". Me miró y antes de que yo respondiera me dijo: "Sé que vas a hacerlo". 


Al puñado de libros que sobrevivirán a la devastación del tiempo, sumo su lección intelectual, su integridad, su ejemplar dedicación a su oficio y su voluntad de sobreponerse a los infortunios de su vida. Ya no podré dejar de leerlo y esta noche empezaré de nuevo Terra nostra. Cuando abra el libro y haga mías sus palabras, la gran lección humanista de su novela majestuosa, me preguntaré, incrédulo: ¿es cierto que hoy ha muerto? No, me diré, aquí están sus libros; como todos los grandes, Carlos Fuentes no ha muerto.