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20 de junio de 2025

Coincidencias I

Las coincidencias son inquietantes, quizá por inexplicables. Es inevitable pensar que son hechos y mensajes cifrados que no podemos revelar. 

Hay una frase atribuida a Paul Eluard, aunque al parecer no se encuentra en la obra del poeta: Il n'y a pas de hasards, il n'y a que des rendez-vous.* Y su autoría es tan sospechosa que la he visto endosada al menos a otros tres autores (Borges es uno de ellos).

La casualidad no emerge sin el azar, pero Borges nos recuerda que no hay azar: «lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad.» A Juan García Ponce, que no creía en nada, le encantaban las coincidencias. Creía en ellas, le parecían algo revelador y verdadero.

Julian Barnes detesta las casualidades, lo deja muy claro en El loro de Flaubert. Milan Kundera las incorpora a sus novelas y teoriza y ensaya sobre ellas. Escribe en La insoportable levedad del ser: «Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla.». Un capítulo de La inmortalidad se llama "La casualidad". La casualidad rompe con la monotonía del ser.

Pero tal vez sea Paul Auster el que más lejos ha llevado el juego literario que ofrecen las coincidencias. Podría decirse que en ellas se sostienen algunos de sus libros, y que uno de ellos, El cuaderno rojo, es una suma de coincidencias. 

Sófocles en Edipo rey nos muestra unas coincidencias terribles, razones de la tragedia de su protagonista (en la cultura clásica a la revelación del significado de esos hechos se le suele llamar anagnórisis). 

Las coincidencias pueden suplir las causas, incluso las últimas. No es un despropósito pensar que el origen fue casual. Las coincidencias, las hay profundas y trascendentes,  tienen otro plano, una razón oculta, un motivo latente que no siempre desentrañamos. Pensar que sólo son asombrosas es renunciar al significado profundo de un encuentro. Por inesperadas, las coincidencias son juegos del azar y el destino. 

Carl Gustav Jung, asombrado, desarrolló el concepto de sincronicidad, al que le dedicó un libro: Sincronicidad como principio de conexiones acausales. El principio habla de la simultaneidad de dos sucesos muy vinculados, con mucho en común, incluso idénticos, con sentido, pero que no tienen una conexión causal. Uno no se explica por el otro, lo que rompe la causa efecto de dos hechos vinculados. Sin embargo, ambos hechos juntos son algo más, y su relación entraña un significado, que no siempre podemos comprender.

Solemos creer que todo tiene una respuesta, pero a veces no es posible encontrar el vínculo. ¿Cómo explicar las coincidencias? ¿Cómo comprender las sincronicidades?

La mañana del sábado 27 de diciembre de 2003 fui a una librería muy grande, en avenida Ticomán, al norte de Ciudad de México. Era una librería sucia, mal atendida, cuyo fondo no me interesaba salvo una mínima parte. Ahí compré muchos cuadernos tamaño carta, bien empastados y cosidos, color vino, de papel en el que se podía escribir con una estilográfica.

El apunte del día en uno de esos cuadernos de escritura, una especie de diarios, por decirlo con indulgencia, dice que fui a la librería a comprar un manual (no recuerdo a qué se refiere la nota.) Cerca de la entrada, al pie de una columna, había en el suelo ejemplares de Crónica de la intervención, en una edición en dos tomos de la colección Lecturas Mexicanas del Conaculta de 1992. 

Cada uno de los varios rimeros de libros alcanzaba el medio metro de altura. Un cartel a mano anunciaba la oferta: diez pesos (poco más del precio de un litro de gasolina) por ejemplar. La novela, en dos tomos, costaba veinte pesos. 

Me sentí indignado. Juan García Ponce había sido, con Salvador Elizondo, uno de los héroes literarios de mi adolescencia.

(Asistí a una conferencia, en el Colegio Nacional, en la que estuvieron ambos; García Ponce ya estaba muy enfermo, postrado en una silla de ruedas, sin poder hablar. Y dos amigos míos, en dos momentos de la vida —otra coincidencia—, Graciela y José Antonio, habían sido secretarios de García Ponce, que mecanografiaron, en su máquina de escribir mecánica, las obras que éste les dictaba. Pilar, buena amiga y filóloga española no se cansa de decirme: «Las mujeres no somos como los personajes femeninos de García Ponce. No somos así.»).

No recuerdo si compré un manual o cuadernos, o ambas cosas. Pero al salir sentí la necesidad urgente e irrenunciable de redimir esos libros a saldo, de librarlos de la afrenta de ponerlos en el suelo y rematarlos de cualquier manera. 

Compré cuanto pude. Me fui con dos bolsas, tal vez con diez juegos de los dos enormes tomos de Crónica de la intervención (es decir, veinte volúmenes). Volví a casa y dejé los libros en el coche, iría por el mundo regalando la novela de Juan García Ponce a quien la aceptara. 

Unas horas después me enteré, estupefacto, que ese mismo día había muerto Juan García Ponce. La muerte de un escritor leído y querido es un desgarramiento. Duele como la partida de un ser muy querido. Yo había leído a conciencia y admirado a García Ponce. Y estaba además el peso de la sincronicidad de haber comprado muchos ejemplares el día que murió, la escandalosa casualidad y el misterio oculto de su significado. 

Seguí en la prensa durante varios días las necrológicas y notas sobre su muerte. En una de ellas, encontré una cita, una declaración de García Ponce que doy por buena. La copié en mi cuaderno y aquí la transcribo: 

«Los imbéciles dicen que las coincidencias no existen o no tienen importancia. Yo sólo creo, a falta de Dios, en la literatura y en las coincidencias.»

___________ 

* https://citationsverifiees.fr/repertoire-des-auteurs/e/eluard-paul/il-n-y-a-pas-de-hasards/ 

Sobre las citas gratuitas falsas e irresponsables, a las que cualquier persona las atribuye a casi cualquier personaje, ver en este blog: "Si ladran los perros o citar en falso", apunte del 26 de agosto de 2015: https://enriquealfarollarena.blogspot.com/search?q=cabalgamos

1 de marzo de 2024

Carta a Juan Rivera

 Querido Juan:

Hace menos de un mes me enviaste un ejemplar de tu novela La casa de la memoria rota (La Huerta Grande Editorial, Madrid, 2023). Es una edición muy bella, y tengo la impresión de que los libros de verdad, los de papel y tinta, mejoran cuando las artes gráficas y el proceso editorial alcanzan una realización notable, una ejecución esmerada; así, creo que esta nueva edición da mayor realce a tu novela publicada en el año 2021 (Gobierno del Estado de México, Toluca). Esto de que los libros mejoran, son más nítidos y profundos, más finos y logrados, debe ser una manía de lector, pero un libro bien compuesto y mejor impreso en buenos materiales siempre es una alegría. 

Así, con las dos ediciones en la mesa, noté que las dos notas biográficas hablan de libros que no conozco. Te pregunté por ellos, en el correo en el que te agradecía el envío. Respondiste así:

«Me preguntas sobre otros títulos que aparecen en la solapa de mi novela. La historia inconseguible es una novela juvenil que obtuvo en 2021 el Premio Internacional FOEM. Pensé que te la había enviado ya. Al próximo envío, te la adjunto para la colección. La edición está bellamente ilustrada. Un dato curioso es que la escribí durante un curso de literatura juvenil en Casa Lamm, diez años antes de su publicación. Sobre los libros de cuentos, puedo decir poco: con el primero, El lecho del mar, obtuve el premio estatal de literatura del estado de Hidalgo durante la preparatoria, lo cual me facilitó en gran medida el proceso de conseguir chicas. Y el segundo, La ronda, lo escribí a los dieciocho años para continuar con el hechizo. A pesar del paso del tiempo, no me avergüenzan. Creo que ya desde entonces está presente una filosofía personal que me gobierna dentro y fuera de la página: hacer bien las cosas. Porque aunque no haya mucho material, mucho talento o mucho de nada, se pueden hacer bien las cosas, todas. Aun así, tampoco voy por la vida presumiendo aquellos libros. Fueron y estuvieron bien.»

Me quedo con dos ideas: la voluntad de hacer bien las cosas, y que los libros pueden ser útiles en el proceso de conseguir chicas. No pensaba en esos libros de adolescencia y primera juventud, publicados hace más de diez años; supuse que sólo serían el sustento de la obra que escribes y escribirás, y que habría que volver a mirarlos con el tiempo, y ver qué ha sucedido con ellos, y que por lo pronto no te avergüenzan, lo cual quiere decir que tienes buena relación con ellos.

Coincidencia podría ser el nombre de una novela. Borges creía en ella, también García Ponce, en un sentido profundo, casi filosófico, y algunos autores la vinculan más con la causalidad que con la casualidad. 

Unos días después respondí tu correo, y me entretuve un tiempo con la idea de los libros de formación, adolescentes, sus posibilidades y razón de ser en la obra posterior. Buscaba casos, ejemplos. Contra todo hábito y pronóstico, ese martes, por un cambio de horarios, iba a comer con mi madre y mi hermano en su casa. Para llegar, tenía que cruzar un parque en el que se instala, sólo los martes, un mercado callejero, un tianguis, con puestos de comida y mercancía varia. 

Ahora sé por qué decidí cruzar el mercado, en el que es complicado caminar, si podía rodearlo sin gran esfuerzo; ya sé por qué llegué a la esquina, si había un sendero diagonal que me libraría de los puestos de frutas y de tacos, de maquillaje y ropa barata. Y está clarísimo por qué tenía que ir a meter las narices al único puesto minúsculo en el que había una veintena de libros sobre una mesa expuestos al sol. 

Me acerqué, a pesar de que iba sobre la hora y nada esperaba de un triste puesto de un mercado, porque no puedo dejar de mirar los libros que aparecen en mi camino. De todos esos libros viejos, sólo uno tenía algo que ofrecerme, sólo uno era para mí. 

Me acerqué a ese puesto para el feliz encuentro con un libro tuyo. Contra toda probabilidad, ahí estaba un ejemplar de La ronda, de 2013, en buen estado, uno más que razonable si lo imaginamos rondando por el mundo, de mano en mano, once años y asoleándose sin pudor los martes de mercado. 

No podía creerlo, Juan. Esa mañana pensaba en tus libros y de pronto uno de ellos me sale al paso. El librero me pidió treinta pesos por el ejemplar (ese es el precio de un litro de leche). Lo compré por supuesto, aturdido de felicidad por el hallazgo, temeroso de los dioses, del significado de esa casualidad que tendría que ser la seña de algo mayor. 

Si me hubiera empeñado en buscar La ronda, podría haber recorrido librerías de viejo de toda la ciudad, hurgado en otras librerías, bodegas y rincones, y estoy completamente seguro de que no lo hubiera encontrado.

Ahora empezaré a leerlo con cautela, como si examinara un objeto explosivo, como si saliera de ronda. Estoy convencido de que esa coincidencia guarda un secreto, un mensaje que aguarda. Al menos creo, que así podría comenzar La coincidencia, esa novela no escrita que empieza a tomar forma a partir de un libro tuyo, que vuelve, como una exhumación, para decirme algo, para ser leído. 

Un abrazo

30 de diciembre de 2012

La fecunda imaginación

Milan Kundera ha imaginado en el argumento de una de sus novelas una circunstancia y un personaje que son conocidos incluso por muchas personas que jamás leerán sus libros. La despedida (escrita en checo y publicada en 1972, también ha sido traducida como El vals del adiós), se desarrolla en un balnearia al que acuden mujeres que no pueden tener hijos.

El doctor Skreta, responsable del tratamiento para la fertilidad de esas mujeres, sabe que “es muy difícil obligar a la gente a tener en cuenta los intereses de sus descendientes durante el acto sexual” y está convencido de que “el hombre no puede seguir mezclando permanentemente el amor y la reproducción” y le interesa la “forma de practicar la reproducción sin amor”. Ante esa situación no encontró mejor remedio que fecundar a sus pacientes con su propio semen.

Con el riesgo de desprestigiar a los novelistas, su oficio y su fecunda imaginación, se podría pensar que la necia realidad se empeña en contradecirlos y nos muestra que tal vez sean atentos observadores pero aportan poco, muy poco a la relación de sucesos de este mundo.

Por su parte, el azar a veces urde tan bien sus hilos que la realidad pareciera una suma de coincidencias y hechos que guardan una estrecha relación. Acostumbrado a ellos, sólo les presto atención cuando llegan a mí sin buscarlos y con frecuencia ni siquiera tengo noticia de su existencia.


Ahora me entero que Cecil Jacobson, médico estadounidense, en los años ochenta del siglo XX, en su clínica de Virginia, siguió puntualmente las enseñanzas del personaje de Kundera. Exámenes de ADN mostraron que es el padre biológico de al menos setenta y cinco niños y que defraudó al menos a cincuenta y dos mujeres al inseminarlas con su propio semen. 

Fue condenado a cinco años de prisión, se le retiró su licencia para ejercer la medicina y se le concedió el Premio Ig Nobel de Biología en 1992, una burla y modelo de desprestigio por la vileza, bajeza o mezquindad y que debe su nombre a la palabra “ignoble” (innoble) y el apellido “Nobel”. Incluso se filmó una película para la televisión con el caso: The Babymaker: The Dr. Cecil Jacobson Story, también llamada Seeds of Deception, dirigida por Arlene Sanford en 1994.

Dos días después de conocer la historia de Cecil Jacobson, sin que tuviera interés en el tema ni buscara información, me enteré que David Gollancz, abogado inglés e hijo adoptivo, quiso saber quién era su padre biológico (otro hijo que realiza su telemaquia). Descubrió que es hijo de Bertold Wiesner, biólogo austriaco que fundó con su mujer, en los años cuarenta del siglo XX, una clínica de fertilización que alcanzó fama y renombre, la London Barton.

Otra vez las pruebas de ADN, en 2007, revelaron que en una muestra doce de las dieciocho personas nacidas gracias a los tratamientos de Wiesner eran sus hijos. ¡Dos tercios de los niños nacidos eran del propio Wiesner! Cálculos moderados sugieren que entre trescientos y seiscientos niños de los mil quinientos concebidos en la clínica London Barton entre los años cuarenta y sesenta pueden ser hijos de Wiesner, quien murió en 1972, mucho antes de que se descubrieran sus donaciones seminales. 

Nunca se sabrá con certeza el número de hijos que engendró y es probable que su mujer supiera sus fechorías o al menos sospechara de ellas pues destruyó los archivos de la clínica.

Hay que ser cauteloso con lo que uno imagina. Es probable que el Doctor Skreta, el personaje de Kundera, no haya sido el primero de esta pandilla de bribones, pero la única diferencia es que los otros dos son reales y han poblado la Tierra con sus muy particulares tratamientos contra la infertilidad. 

Si Milan Kundera en el ejercicio de su oficio hubiera imaginado sin la ayuda de la historia las fechorías de Wiesner y Jacobson, y es muy probable que así fuera, sólo se habrá demostrado, otra vez, además de que las mujeres pueden ser fértiles ante ciertos tratamientos (hay más maridos estériles de lo que se piensa), una verdad que no por sabida deja de sorprender: la naturaleza se empeña en imitar al arte y la realidad suele ser hija de la novela.


Adenda. Nota del 24 de mayo de 2017. Dice una nota del periódico fechada hoy en Ámsterdam: «Jan Karbaat, un médico fallecido en abril a los 89 años, inseminó en secreto durante décadas a decenas de mujeres que acudieron a su clínica de fertilidad holandesa. En vez de utilizar el esperma de los donantes anónimos que las clientas habían seleccionado por catálogo, Karbaat usaba el suyo.» Al parecer es una historia recurrente. Volvió a suceder la misma historia. Sigo convencido de que la naturaleza y la historia imitan al arte, pero la próxima vez que encuentre la misma historia (solo cambian los nombres y las circunstancias) empezaré a dudar del fecundo poder de la imaginación.