24 de septiembre de 2017
Los relatos de Boris Vian
30 de agosto de 2017
Vuelta a Cien años de soledad
Después de muchos años, he releído Cien años de soledad. Descubrí página a página, de sorpresa en sorpresa, que no recordaba casi nada, lo cual fue muy útil para una lectura fresca y dichosa. Comprobé que Montaigne tiene razón: la función de la memoria es olvidar.
Sucumbí ante la imaginación desatada, los prodigios y las trampas tendidas, a la tensión que aumenta con el paso del tiempo en la novela. Vislumbré algunas claves y trucos de la «carpintería secreta», la sabiduría narrativa de García Márquez. Y con todo algo arrojaba una sombra en la dicha de mi lectura.
Soy poco afecto a la fantasía, a la ciencia ficción, al realismo mágico, y aunque no son lo mismo ni funcionan igual, me despiertan más o menos la misma suspicacia, las mismas sospechas. Algunos libros célebres se escapan de mi entendimiento y mi alegría lectora.
No soy entusiasta de los pasajes donde, por ejemplo, un cura «andaba tratando de probar la existencia de Dios mediante artificios de chocolate.» No puedo entender (ni aceptar así nada más) que alguien levite por tomar una taza de chocolate. Me contradigo, y aunque tampoco me lo creo, encuentro irresistible el personaje y la ascensión de Remedios, la bella: «la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma».
Las últimas cien páginas, cuando la novela se va cubriendo de la tristeza y la melancolía y la desgracia del final, son las más bellas. Y tal vez en ellas rigen menos los pasajes de realismo mágico que, para decirlo con Onetti, podemos llamar milagros.
Hace unos años, Alessandro Baricco, con imaginación y audacia, hizo una intervención de la Ilíada. Por un lado respetó los hechos y personajes del poema homérico, y por otro hizo cambios relevantes en el punto de vista y, sobre todo, sacó a los dioses del texto, los mandó al monte Olimpo porque nada le ofrecen a la humanidad de hoy. El texto fue un éxito en lecturas públicas, y el libro, Homero, Ilíada, gana, además de críticas duras, algunos elogios y lectores.
De pronto, hacia el final de la lectura, pensé si sería posible intervenir Cien años de soledad, al menos como ejercicio o experimento, y liberarla de los milagros del realismo mágico. ¿Qué quedaría?
A medio siglo de publicada, ya es un clásico entre los clásicos del siglo XX y de nuestra lengua. Es una obra portentosa que resiste cualquier lectura, que soporta cualquier comentario e interpretación. Si perderse, olvidarse o desaparecer es «el destino natural de la literatura», esta novela lo hará al final, en un futuro que no podemos imaginar porque será el final de otros muchos logros de la civilización o la civilización misma.
Sí, así será. Pero, ¿cómo sería Cien años de soledad sin los milagros, cómo sería Macondo y la estirpe de los Buendía sin curas que levitan con una taza de chocolate?
8 de noviembre de 2016
Un pequeño argumento
Encuentro en la sección de crónicas o sucesos un hecho irrelevante que me ha devuelto a mí mismo, al que fui hace muchos años. Proust lo sabía. Lo supo antes y mejor que nadie.
Es asombroso el poder evocador del sabor de una magdalena, o de una fruta. Pero también algunos olores, una vieja canción, ciertas palabras, algunos hábitos abandonados, un viejo cuaderno de escritura. Todo eso, como un juguete de la infancia, pueden devolvernos como un latigazo a un momento de vida que teníamos rotundamente olvidado.
Decía la crónica que una mujer de Portland, Oregon (¿en qué otro país esto sería esto una noticia y se publicaría y le daría la vuelta al mundo si no en los Estados Unidos?), robó involuntariamente un coche. Por error, se llevó uno igual al de una amiga que le había pedido el favor de recogerlo.
La mujer, que difícilmente podría ser con justicia llamada ladrona, en cuanto se dio cuenta de su error, tal vez muerta de miedo, regresó el coche al lugar donde lo encontró, dejó una nota de disculpa y dinero para compensar la gasolina que había gastado.
El periódico dice que el marido de la despojada miró esa noche por la ventana cómo el coche robado (como un perrito extraviado que vuelve a su hogar) regresaba y era estacionado a la puerta de su casa.
La crónica ofrece otros detalles, pero sólo uno es relevante: un oficial de policía dijo que las llaves de ese modelo de coche son intercambiables, lo que explicaría lo fácil que le fue a la ladrona llevarse un coche equivocado.
La historia no es relevante ni tiene mucha gracia. Es casi un comentario, una anécdota que pasa y se olvida, y sin embargo para mí fue un chicotazo de vuelta del olvido. El centro del relato es el argumento del primer cuento que escribí.
El personaje, ahora lo recuerdo, se llamaba Luis, y una noche se sube a un coche que no es el suyo. Pronto descubre su error: uno conoce su propio coche. Mira con atención y encuentra documentos, un pasaporte, dinero. Insatisfecho con su vida, sabe que pronto lo buscarán. Decide huir y cambiar de identidad.
Este relato, tan adolescente, ha vuelto a mí con la emoción íntegra y heroica con la que sólo se puede escribir el primer cuento. Me he sentido de pronto, mientras leía la crónica, como se sentía Luis al huir en un coche robado. En realidad, como me sentía yo mismo al escribirlo e imaginar lo que sentiría el personaje o alguien que jamás se hubiera llevado un coche robado.
El relato era muy malo, por supuesto. Y por fortuna no se publicó. Y espero que haya desaparecido del todo, que el fuego acabara con él y con los otros cuentos como ése que escribí luego en un cuaderno.
Todo esto no le interesa a nadie, por supuesto. Y la verdad es que a mí tampoco, salvo por el asombro de leer en un periódico como un hecho un pequeño argumento que imaginé hace muchos años, y con el que escribí mi primer cuento.
A veces, sucede lo que imaginamos. Otras, creemos imaginar lo que sucede. La Historia y la memoria se entretejen, las une el azar, el tiempo y el destiempo. Con frecuencia creemos que imaginamos o inventamos algo sin darnos cuenta de que se trata de un recuerdo deformado.
28 de diciembre de 2015
Las novelas
Cuentan la vida de los hombres. Lo que viven y lo que anhelan. Sus sueños y sus pesadillas, sus fantasías y deseos. La suma de las novelas es la historia cifrada de la humanidad. ¿Qué cuentan las novelas?
La historia de un hidalgo que por leer libros de caballerías se creyó caballero andante, la de un hombre que a través de la revaloración del pasado le da sentido al tiempo y a su condición de artista, la de un náufrago que sobrevive solo en una isla, la de una muchacha insatisfecha en su matrimonio y sueña con vivir una vida que no es la suya, la de una mujer casada que se enamora al paroxismo y termina por arrojarse a las vías cuando pasa el tren. Hay una novela de un hombre que quiere llegar a un castillo, y otra de un hombre al que le inician un proceso sin saber por qué.
Una novela cuenta los pasos y las horas de un hombre, su vida, por las calles de Dublín, y otra cuenta que un hombre fue a buscar a su padre a un pueblo donde todos están muertos, y otra trata de un pueblo que vive en tinieblas, bajo la oscuridad de la más obtusa religiosidad al filo de la revolución. Otra da noticia de un loco iluminado, un falso mesías que mueve multitudes, otra sigue una larga conversación en una cantina, y otra los sucesos en una casa que es un prostíbulo pintado de verde, y otra es una saga familiar a lo largo de cien años en un pueblo en el que sucede lo nunca imaginado, y otra cuenta el crimen que comete y el castigo que recibe un joven nihilista, y una más cuenta las desventuras de un joven que se suicida por amor, y otra cuenta la vida de una romana, tan joven como bella, que se prostituye, y una más cuenta la historia de un niño que no quería crecer, y otra cuenta la decisión atroz que tiene que tomar una madre para salvar sólo a uno de sus hijos, y otra cuenta la guerra y la derrota de Napoleón en Rusia.
Otra cuenta la historia de un capitán que persigue obsesionado a una ballena blanca por todos los mares y océanos, y otra nos habla de un cónsul que bebe mezcal sin tregua en una ciudad extraña al pie de un volcán, y otra cuenta de un hombre que se enriquece y hace fiestas sin mesura sólo para ver a la muchacha que amó en su juventud, y otra cuenta las historias de los que ocupan cada mesa de un restaurante.
Hay una novela sobre cuatro personajes en Alejandría, y otra cuenta un viaje en globo alrededor del mundo en ochenta días, y otra la historia de un capitán que tiene un submarino, y otra narra el viaje al centro de la Tierra. Existen novelas sobre fumadores y sobre un hombre que quiere dejar de fumar, y otra narra la excursión a un faro, y otra las investigaciones del robo de un diamante llamado la piedra lunar, y otra cuenta la historia sucia de un cuarentón obsesionado con una niña, y otra cuenta la búsqueda y la mediocridad de un argentino sin oficio ni beneficio en París, y otra narra las desdichas de un avaro, y otra las miserias y sufrimientos de un niño mendigo, y otra cuenta las aventuras en la llamada isla del tesoro.
Un novelista imaginó la vida y obra de un músico que le vende su alma al diablo para ser el mejor en su arte, y otra cuenta la sempiterna estancia de tuberculosos en un hospital en lo alto de una montaña, otra se demora en miles de páginas en recuperar el tiempo perdido y encontrando significado en lo vivido, en la infancia. Otra cuenta la búsqueda en la selva del origen de la música, y otra narra la desdicha originada por una extraña piel de zapa, y otra cuenta cómo un hombre impasible mata a un árabe en la playa porque hace calor y brilla mucho el sol.
Hay novelas de guerra, de barcos, de aviones, de aventuras, de viajes al espacio y al fondo del mar. Hay novelas de niños y de viejos, de hombres y mujeres en las más extrañas situaciones. Hay novelas de espías, de deportistas, de artistas, de románticos, soñadores y de asesinos. Hay novelas de pobres y novelas de ricos, de campesinos y aristócratas. Hay novelas urbanas y novelas campestres, fantásticas y realistas, de perros y de gatos, de caballos, de locos, de presos, de esclavos. Hay novelas situadas en el pasado, en el presente, en el futuro, en la prehistoria y fuera del planeta Tierra.
No hay tema que no haya sido desarrollado en una novela al menos. Cada hecho humano, cada circunstancia podría encontrar su lugar en una novela. En las novelas todo tiene su lugar y todos podemos encontrarnos en alguna. Aunque no la conozcamos ni la leamos nunca, hay una novela que es como un espejo y cuenta nuestra vida. Las novelas no tendrán fin porque no lo tienen las historias que se cuentan los hombres desde el principio de los tiempos, y así será hasta el último día.
15 de noviembre de 2013
Una novela cada día
Decidí excluir guerras, injusticias y conflictos, desastres humanos o naturales, por considerarlos temas más propios de la poesía épica que de la novela, siempre subjetiva y creada para narrar una historia, las vicisitudes de una vida (Flaubert y Stendhal encontraron en los diarios y gacetas el origen de sus obras maestras). El tiempo y el lugar son irrelevantes: casi siempre y en todas partes obtendría los mismos resultados. Los inexistentes alumnos tendrían que explorar las cualidades literarias y la posibilidad de escribir un relato a partir de esos sucesos. En esa semana tuve noticia de que:
30 de diciembre de 2012
La fecunda imaginación
Milan Kundera ha imaginado en el
argumento de una de sus novelas una circunstancia y un personaje que son
conocidos incluso por muchas personas que jamás leerán sus libros. La despedida (escrita en checo y
publicada en 1972, también ha sido traducida como El vals del adiós), se desarrolla en un balnearia al que acuden
mujeres que no pueden tener hijos.
El doctor Skreta, responsable del tratamiento
para la fertilidad de esas mujeres, sabe que “es muy difícil obligar a la gente
a tener en cuenta los intereses de sus descendientes durante el acto sexual” y está convencido de que “el hombre no puede
seguir mezclando permanentemente el amor y la reproducción” y le interesa la “forma
de practicar la reproducción sin amor”. Ante esa situación no encontró mejor
remedio que fecundar a sus pacientes con su propio semen.
Con el riesgo de desprestigiar a los
novelistas, su oficio y su fecunda imaginación, se podría pensar que la necia realidad se empeña en
contradecirlos y nos muestra que tal vez sean atentos observadores pero aportan
poco, muy poco a la relación de sucesos de este mundo.
Por su parte, el azar a
veces urde tan bien sus hilos que la realidad pareciera una suma de
coincidencias y hechos que guardan una estrecha relación. Acostumbrado a ellos,
sólo les presto atención cuando llegan a mí sin buscarlos y con frecuencia ni
siquiera tengo noticia de su existencia.
Fue condenado a cinco años de prisión, se le retiró su licencia para ejercer la medicina y se le concedió el Premio Ig Nobel de Biología en 1992, una burla y modelo de desprestigio por la vileza, bajeza o mezquindad y que debe su nombre a la palabra “ignoble” (innoble) y el apellido “Nobel”. Incluso se filmó una película para la televisión con el caso: The Babymaker: The Dr. Cecil Jacobson Story, también llamada Seeds of Deception, dirigida por Arlene Sanford en 1994.
Nunca se sabrá con certeza el número de hijos que engendró y es probable que su mujer supiera sus fechorías o al menos sospechara de ellas pues destruyó los archivos de la clínica.
Si Milan Kundera en el ejercicio de su oficio hubiera imaginado sin la ayuda de la historia las fechorías de Wiesner y Jacobson, y es muy probable que así fuera, sólo se habrá demostrado, otra vez, además de que las mujeres pueden ser fértiles ante ciertos tratamientos (hay más maridos estériles de lo que se piensa), una verdad que no por sabida deja de sorprender: la naturaleza se empeña en imitar al arte y la realidad suele ser hija de la novela.
25 de mayo de 2011
En la oscuridad de algunas noches
Anoche escuché que mi hija tosía. Me levanté de la cama y fui a su habitación. No estoy seguro de que no estuviera despierta, abrió los ojos en cuanto puse la mano en su frente.
—Papi, ¿qué haces aquí?
—Vine a verte.
—Tengo tos. Tengo sed. No puedo respirar.
—Sí. Ahora te vas a aliviar.
Fui a la cocina. Le di una cucharada de jarabe y un vaso de agua. Le limpié la nariz. Le puse las almohadas, ligeramente altas. Se acomodó. Hablamos un momento del libro de Oliver Jeffers que estamos leyendo. Dejó de toser. Luego se durmió. Volví a mi cama con la satisfacción del deber cumplido, la pequeña vanidad de haber hecho levemente el bien.
En la mañana, al otro día, me dijo que había dormido mejor después de que fui a verla. Tal vez pensó que yo tenía algo que ver con su mejoría, con el sueño que durmió el resto de la noche.
Eso me preocupa, ella no sabe que mis atributos son muy limitados. Aunque es cierto que por un momento me sentí casi poderoso, capaz de darle a mi hija un sueño en paz en la oscuridad de la noche. Por fortuna, sólo por un momento. Luego me sentí casi un impostor.
Al otro día se fue a la escuela sin darse cuenta de que en las mañanas, como en todas las horas del día, soy infinitamente vulnerable, frágil, falible, que no tengo magia ni poder alguno, salvo en su imaginación y en la oscuridad de algunas noches cuando tiene tos.
20 de enero de 2011
La protagonista
Voy a escribir una novela, una historia de desamor, un encuentro a destiempo. Ya he imaginado la frágil línea argumental, el débil tejido de la trama, el punto de vista del narrador. Ahora estoy en busca de la protagonista. Debo ser muy cuidadoso en la elección, no puedo cometer otro error, ya serían demasiados. No puedo permitirme que suceda eso que en el cine y el teatro se llama miscast. En una novela, aunque cada género tiene lo suyo, puede suceder algo semejante, que un personaje no cumpla con las exigencias de su papel.
Yo necesito una protagonista de nombre sonoro, aristocrático. Una mujer joven, guapa antes que bonita, bella, de aspecto impecable y fácil sonrisa, educada, universitaria, con conocimientos de matemáticas, música e inglés. Será linda e inteligente. Debe tener una rotunda presencia cinematográfica y un perfil psicológico complejo y rico en matices. Una personalidad encantadora. No deberá faltarle gravedad de ánimo y carácter.
Tendrá convicciones e ideas firmes, que defenderá a lo largo de la novela. Deberá estar dispuesta a vivir las desventuras y sinsabores, las alegrías, escenas y circunstancias que yo escriba. En particular, se esforzará en el conflicto que define su personaje. Aceptará el vestuario, accesorios, peinados y maquillaje que le indique. Hablará con claridad y firmeza perfectas y tendrá, por último, el encanto personal, el ángel que el papel exige para que se gane la admiración incondicional de miles y miles de lectores.
Su presencia implica la aceptación de las condiciones, usos y costumbres comunes entre un escritor y sus personajes. Su disponibilidad y exclusividad serán absolutas, no deberá tener problemas de horario: las madrugadas, los fines de semana y las vacaciones son horas y días laborales para un autor. La protagonista estará dispuesta a trabajar en cuantos borradores y versiones sean necesarios para lograr el texto que anhelo, durante varios meses, quizá un año, y se someterá con perfecto estoicismo a las correcciones sin fin en busca de una prosa clara y precisa, pulida como un espejo.
Le aseguro que al final la recompensa habrá valido cualquier esfuerzo: se habrá convertido en una heroína de novela. Interesadas en el papel, favor de presentarse literaria y literalmente en la primera página del libro, aún en blanco, donde elegiré a mi protagonista. En cuanto encuentre a esa hija de la imaginación y el azar, de la literatura y la necesidad, empezaremos a trabajar en esa triste historia.
31 de diciembre de 2010
Oración
Que no pase un día sin escribir (Nulla dies sine linea, pedía Plino el Viejo), que no llegue la medianoche y me sorprenda con la página en blanco. Que esas palabras, esas frases y oraciones cifren el trabajo, el esfuerzo, la experiencia, la imaginación, las emociones: las vicisitudes del día. Que pueda llamar a las cosas por su nombre y contar la historia con claridad y precisión y decir las palabras justas del hambriento, del desolado, del que sufre y llora, del que ríe, del que canta y baila, del que mira y piensa, del que siente y goza, del que sueña, del que se ha enamorado. Que esa escritura nombre a los hombres y las mujeres que viven perplejos el don de la vida y buscan su camino con la ilusión y las miserias de cada día. Que la escritura sea palabra fija en tinta en el cuaderno y que sea tan gratificante y necesaria como el agua y el aire y el pan nuestro de cada día.
23 de septiembre de 2010
Francesca Woodman
Veo un libro sobre ella. Empieza a ganar fama y admiradores. Sobre Francesca Woodman y sus fotos se publican libros, se escriben ensayos. Yo tengo emociones e impresiones contradictorias. Más que la razón, una intuición que algunas veces ha guiado mi escritura me acerca a ella. Me hubiera gustado incorporarla a una novela que se va quedando atrás pero que no he olvidado del todo. Me hubiera gustado haber sabido de ella cuando escribí La rosa del calidoscopio, hablar de su vida y sus fotografías. Me hubiera sido muy útil para dibujar el ámbito de cierto personaje. Esta fotógrafa malograda tiene afinidades profundas con algo que imaginé. Así lo creo. Tanto, que a veces pienso que uno no imagina, simplemente encuentra. En este caso, a destiempo.
