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27 de junio de 2018

Una escritura como el relámpago

Anhelar una escritura como el relámpago: súbita, breve, intensa y luminosa. Una cuya fuerza encienda las palabras y éstas prendan con su fuego la luz del pensamiento. Una escritura con ritmo que se erija mágica y cotidiana, precisa y clara, trascendente en su fulgor. Una escritura inédita que rompa el día y cruce la noche.

Cuando un hombre o una mujer escribe, acaso sin saberlo, al crear belleza, es un dios. Y luego de escribir lo que no se había dicho, de alcanzar lo que no se había imaginado, de cruzar el puente de lo más temido o la pesadilla, cederle el paso al asombro. Será entonces la hora del reconocimiento. Y después de dejar en el papel fijas en tinta las palabras, una vez que al guardar la pluma termine el juego, pasar a otra cosa, como si nada, como si sólo se tratara de trazar palabras y se pasara de página y se cerrara el cuaderno.

14 de octubre de 2016

Teoría del búmeran

El profesor Witold J. Andrievsky, investigador del Instituto Científico y Politécnico de Cracovia, presentó las conclusiones preliminares de una investigación en la que ha trabajado tres años. Sostiene haber encontrado una relación asombrosa entre las palabras dichas sobre otros y las profundidades del yo. A su descubrimiento le ha llamado Teoría del Búmeran.

Dice Andrievsky, graduado en ciencias cognitivas con especialización en consciencia profunda y antropología comparada, que le ha dado ese nombre a su modelo teórico porque es el símil perfecto del arma arrojadiza de los nativos australianos que conoció en su juventud, en una estancia académica en la Universidad de Canberra.

En efecto, la teoría demuestra que el arma de madera y los elogios y los insultos funcionan de la misma manera: si éstos son lanzados desde las profundidades del yo, en un movimiento giratorio (efecto búmeran) vuelven al punto de partida, es decir: revelan lo que el hablante piensa de sí mismo.

Así, al elogiar el trabajo de un colega: «con ese artículo se posiciona en la frontera misma del conocimiento y en un referente esencial en computación cuántica», se revela el urgente deseo de ser reconocido con los mismos conceptos y los mismos adjetivos.

Los términos con los que se expresa la adhesión a la candidatura de un conocido «no existe nadie mejor calificado para ejercer ese liderazgo», bien podrían ser considerados como una aspiración legítima y sincera del que los vierte.

Al escribir en una carta de recomendación que alguien es un «ciudadano honorable, hombre íntegro y ejemplar, comprometido con su sociedad» aparece una selfie moral, un autorretrato impecable. Y si alguien dice «sólo uno o dos más en el mundo son capaces de igualar su hazaña» sólo falta averiguar quién sería el tercero.

Con los insultos, el efecto búmeran (acción que se vuelve contra su autor, dice el Diccionario) es implacable. El denuesto, en particular el más soez, injusto y vil, le quedará al que lo emite como traje a la medida. Con una serie de entrevistas a fondo que estadísticamente indican que son correctas sus conclusiones, Andrievsky cree haber demostrado que las peores agresiones verbales tienen un fundamente en el yo, en la infancia y el medio familiar. El que dice: «espero que pases tus mejores años entre rejas» acaba de revelar dónde estuvo en su juventud su padre, o el que agrede: «eres ignorante como un carnicero», acaba de decirnos cuál era el oficio de su abuelo.

El profesor Andrievsky ha sido muy cauteloso al presentar sus experimentos. Y suele dirigirse así a sus interlocutores: «Usted tiene cara de ser muy inteligente, por lo tanto estará de acuerdo conmigo en que me asiste la razón y la ciencia...» La comunidad científica se ha quedado muda. Algunos distinguidos científicos han sugerido que quisieran conocer más a fondo la Teoría del Búmeran antes de expresar su opinión. Aguardan y acechan cautelosos las reacciones de otros especialistas y divulgadores científicos.

En los pasillos del Instituto Politécnico de Cracovia se dice que la Teoría es insostenible, que no es más que un disparate, una cortina de humo, pero nadie lo dice abiertamente; al parecer el profesor Andrievsky goza del aprecio de las autoridades y los medios, y tiene algo así como un seguro. Mientras no sea refutado y superado su modelo teórico, nadie se atreve descalificar su teoría. Al parecer, sus colegas le temen a las consecuencias, al daño que puedan causar a sus investigaciones, a su reputación. Le temen, precavidos, al golpe rotundo del efecto búmeran.

5 de octubre de 2014

La escritura

Celebrar la escritura y que la escritura sea el relámpago. Una descarga súbita, un resplandor intenso, fuego y río, más luminoso que extenso. Una fuerza asombrosa y breve que rompa el día y prenda la noche.

Celebrar la escritura y que de la mirada y el asombro surja la imagen y la expresión que no se había escrito. Que en su proceso se resuelva la pesadilla y se disuelva el misterio del sueño, la encrucijada de pensamientos, el retoño de verso que no había florecido. Celebrarla y ser el primer sorprendido de ella misma.

Celebrar la escritura y que en la ceremonia se encierre la razón y las sinrazones, los motivos y los deseos. Que la imaginación despliegue sus alas y la memoria devuelva lo que creía suyo. Encontrar las palabras justas y celebrar con ellas que así sea.

Celebrar la escritura en un ejercicio gozoso, sentir cada palabra con todo el cuerpo. Escribir con la firmeza que atiende lo urgente y necesario. Celebrar la escritura, contar un trozo de vida, de una historia, y terminar la sesión exhausto y con la satisfacción secreta y plena del deber cumplido.

Celebrar la escritura durante el tiempo justo y necesario. Liberarse de las palabras al fijarlas, al verterlas en un cuaderno con tinta azul o negra o sepia o verde. Pero hacerlo con las palabras justas y necesarias.

Celebrar la escritura de cada palabra, sí, y luego a otra cosa, a la vida mundana, a las pequeñas obligaciones cotidianas. Los otros nos esperan. Otros deberes nos aguardan. Vivir el día y adentrarse en la noche ligero, pleno, libre por un tiempo, hasta sucumbir bajo la siguiente constelación de palabras.

11 de agosto de 2013

Los nombres de las cosas

Todas las cosas tienen su nombre. Todo lo visible y lo invisible, lo que existe y lo que puede ser imaginado tiene una palabra que lo distingue y lo nombra, que estimula la lengua y el paladar, el oído, y evoca una idea tan precisa y amplia como la que se representa con absoluta nitidez cuando decimos agua o guitarra.

Todo tiene nombre en este mundo. Los mares y los vientos, las estrellas y los cuerpos celestes, cada montaña y cada mar y cada río, las islas, los animales, las flores y los frutos, las plantas, los árboles, los minerales, las rocas, las tierras y las arenas. Los actos de las bestias y los de los hombres (que se conjugan en verbos), las emociones y los sentimientos, las construcciones verbales del pensamiento y la razón, los colores y su gama casi infinita de matices, las enfermedades casi inocuas y las letales, y los fenómenos y cambios físicos y químicos, los sucesos fantásticos y los de las pesadillas.

Todo tiene un nombre. Cada país, cada valle, cada región, cada lugar, cada calle, cada sendero, cada ciudad, cada urbe, cada caserío, cada edificio erigido para un fin, y cada prenda de vestir y cada instrumento y cada letra. También cada moneda y cada parte del cuerpo, de todos los cuerpos. También tienen su nombre todas las máquinas y todas las piezas que conforman un gran barco, un motor, todos los procedimientos y técnicas de todos los trabajos, de todas las profesiones y especialidades y de todos los oficios.

Todos los ángeles y seres invisibles y monstruos de los mares y del espacio; todos los conceptos y términos de la Filosofía, la Teología, las Matemáticas y el Derecho. Todas las ceremonias y todos los juegos, las operaciones mentales y las figuras retóricas y todas las partes de la oración y de la lengua según la Gramática, y todas las cifras y sus combinaciones y operaciones y todos los números.

Todo tiene su nombre y su definición y todo cabe en todos los diccionarios del mundo. Y no es lo mismo papel, que papel carta o papel de estraza o papel biblia o papel cebolla o papel blanco o papel cuché o papel de arroz o papel higiénico o papel carbón, y así todas las cosas, pues no es lo mismo una piragua que una balsa que una almadía que un kayak que un bote o una lancha, y tampoco es lo mismo los alisios que los contralisios o el siroco, el noto, el mistral, el cierzo.

Todos los días veo cosas y sucesos y fenómenos cuyos nombre desconozco, abro un diccionario y encuentro palabras que no uso, que nunca he escuchado, inauditas, cuyo significado me sorprende y a la vez me ofrecen una definición insospechada que también me habla de los estrechos límites de mi conocimiento del mundo, de otros oficios y otras culturas y otros tiempos.

Que tarea formidable darle nombre a todas las cosas, en todas y cada una de las lenguas que se hablan en el mundo. Que prodigio darle nombre a una hormiga que apenas se distingue de otra por su color o su tamaño. Y cada uno de nosotros tiene un nombre, una combinación de letras y palabras que nos forman y conforman.

Y cuando algo en el universo no tiene nombre, si eso aún es posible (el Bosón de Higgs tenía nombre y atributos, antes de que se tuviera la certeza de su existencia), un ejército de científicos, un astrónomo o un ingeniero naval, un zoólogo o un químico, un jurista o un poeta nos dirá el nuevo nombre de lo que no había sido nombrado.

Es pasmoso. Todas las cosas de este mundo tienen un sustantivo que las nombra; todas las acciones un verbo que las dice y se conjuga; un adjetivo que les da vida y las explica. Me siento apabullado bajo el peso alado y poético y denso y procaz de todas las palabras, de los nombres de todas las cosas. 

En el nombre y sus palabras reside la metafísica y la poesía de las cosas. Extraer de los nombres su poética, darle a las cosas su luz, fijar los atributos que las animan, es tarea de los mejores. Dice Borges con lucidez infinita: Si (como afirma el griego en el Cratilo) / El nombre es arquetipo de la cosa, / En las letras de rosa está la rosa / Y todo el Nilo en la palabras Nilo.  


Qué prodigio, las palabras. Me quedo sin habla. Escribo desde el asombro.



21 de noviembre de 2011

Daniel y las palabras

Conversé con él algunas veces y siempre hablamos de literatura. Su pasión por las letras y su oficio era impecable, pero no apostaría como la mayor o más extraña que he visto en un escritor. Sin embargo, era el único miembro de una tradición que fundó y terminó con él. Era un escritor que sólo se parecía a sí mismo. En especial me asombraba su relación con las palabras, creo que en eso consistía el encanto de su literatura.

Por mucho, Daniel Sada era entre nosotros el novelista que más amplio registro ha empleado, con conocimiento de causa y con fortuna. Daniel podía escribir prosa en endecasílabos que no hubieran sonado ajenos al Siglo de Oro, con palabras sepultadas en la undécima acepción de una entrada del Diccionario, con palabras que se hablaban en el norte de México hace cien años, con palabras de poetas, con palabras del hampa, con palabras de la gente del campo, con palabras populares, con palabras cultas, con palabras imposibles, con expresiones y giros de aquí y de allá que empleaba sin discriminación y con acierto. Seguirlo, leerlo no es fácil: hace falta conocer muchas palabras. Daniel se ha ido, desde anteayer sólo nos queda la memoria, su recuerdo, sus libros, sus intensa relación con las palabras.

23 de enero de 2011

Sergio Pitol: sin palabras

Lo encontré en un restaurante. Llegó con paso firme, llevaba un periódico en la mano, se sentó en una mesa frente a la mía. Me acerqué a saludarlo y me miró con la distancia del que está lejos, en otro parte, en algún lugar poblado por sus recuerdos o los paraísos imaginarios. Le hablé de nuestros encuentros, de amigos comunes, de la foto de Borges que le regalé un día que lo visité en su casa. Me miró con la distancia del que está lejos, en otra parte. En el restaurante lo conocen, goza de los privilegios de los clientes distinguidos. Seguramente los meseros que lo reciben con esmerada atención saben que es un escritor célebre, aunque tal vez nunca han leído sus libros.

Cuando habló, cuando respondió a mi saludo y mis preguntas de cortesía, vi el precio de la longevidad, la devastación de la enfermedad. Hacía tiempo que no lo veía, pero nunca imaginé la gravedad de su mal, el deterioro de sus facultades que contrasta con la agilidad de sus movimientos de anciano aún vigoroso. Sólo una ironía perversa, una sinrazón absurda podría explicar que un novelista pierda las palabras, que no encuentre el sustantivo para pedir agua o un tenedor.

A este hombre que ha alcanzado los mayores reconocimientos a los que puede aspirar un escritor en el ámbito de la lengua española, se le han perdido las palabras. Lo vi leer el periódico, pasar las páginas y doblarlo con habilidad, lo vi leer el menú al pedir su comida con seguridad y firmeza, con lucidez, pero si bebió un vaso de agua de papaya fue porque el mesero no era exactamente eso sino un ángel guardián que hacía las tareas de un mesero.

Si alguien pronuncia la palabra que él no encuentra, sonríe emocionado y mueve las manos satisfecho, se le ilumina la cara. Si esa palabra no aparece, su cara es el retrato perfecto de la desesperación y la impotencia. No puede hablar porque le faltan las palabras. Habla, sí, pero a media oración le falta la palabra, una indispensable. “Necesito comprar un…” Sin la palabra libro o peine no hay comunicación posible.

El escritor se ha quedado sin materia prima, sin lo único verdaderamente indispensable para ejercer su oficio, sin el prodigio de la palabra, acaso la más alta expresión de la humanidad en su paso por la Tierra. Por supuesto, ya no escribe. Espero que encuentre en la lectura, que Borges no pudo celebrar como hubiera querido a lo largo de su vida, el consuelo que necesita. Supongo que es mucho más duro quedarse sin palabras que sin la capacidad de leerlas. Borges en su ceguera podía dictarlas, gozar de ellas en el entendimiento, de su sonoridad y sentirlas vibrar entre los labios, el paladar y la lengua.

El escritor comió de prisa y se fue. Al despedirse, no pudo decirme lo que quería. Le faltan las palabras. No sé si volveré a verlo. Me quedan los recuerdos, sus libros, el vivo retrato de la decrepitud, de la decadencia, la impresión fulminante de su desdicha, del implacable paso del tiempo.

31 de diciembre de 2010

Oración

Que no pase un día sin escribir (Nulla dies sine linea, pedía Plino el Viejo), que no llegue la medianoche y me sorprenda con la página en blanco. Que esas palabras, esas frases y oraciones cifren el trabajo, el esfuerzo, la experiencia, la imaginación, las emociones: las vicisitudes del día. Que pueda llamar a las cosas por su nombre y contar la historia con claridad y precisión y decir las palabras justas del hambriento, del desolado, del que sufre y llora, del que ríe, del que canta y baila, del que mira y piensa, del que siente y goza, del que sueña, del que se ha enamorado. Que esa escritura nombre a los hombres y las mujeres que viven perplejos el don de la vida y buscan su camino con la ilusión y las miserias de cada día. Que la escritura sea palabra fija en tinta en el cuaderno y que sea tan gratificante y necesaria como el agua y el aire y el pan nuestro de cada día.

6 de septiembre de 2010

Ah las palabras

Hay palabras expósitas, hay palabras bastardas, hay palabras de alcurnia, hay palabras reales. Hay palabras desconocidas, hay palabras impuras, hay palabras inútiles, hay palabras parásitas. Hay palabras admirables, hay palabras impresentables, hay palabras impronunciables, hay palabras extrañas y extranjeras. Hay palabras amigas, hay palabras ajenas, hay palabras vecinas, hay palabras nuevas.

Hay palabras viejas, hay palabras en desuso, hay palabras confusas, hay palabras oscuras, hay palabras luminosas, hay palabras retóricas, hay palabras francas, hay palabras mentirosas, hay palabras profundas. Hay palabras seductoras, hay palabras obscenas, hay palabras coquetas, hay palabras duras, hay palabras durísimas, hay palabras suaves, hay palabras melosas, hay palabras aladas.

Hay palabras graves y jurídicas, hay palabras simpáticas, hay palabras incomprensibles, hay palabras innecesarias, hay palabras hermanas, hay palabras gemelas, hay palabras lejanas. Hay palabras insospechadas, hay palabras espías, hay palabras dobles, hay palabras comprometidas, hay palabras comprometedoras, hay palabras delatoras, hay palabras testimoniales, hay palabras desaliñadas, hay palabras marciales.

Hay palabras solemnes, hay palabras ceremoniales, hay palabras vitaminadas, hay palabras descafeinadas, hay palabras vigorosas, hay palabras anoréxicas, hay palabras espinosas, hay palabras plumíferas, hay palabras arrabaleras, hay palabras palaciegas, hay palabras falsas, hay palabras doradas, hay palabras bailadoras, hay palabras cascabeleras, hay palabras ligeras, hay palabras honorables, hay palabras promiscuas y degeneradas.

Hay palabras infernales, hay palabras paradisíacas. Hay palabras sucias, hay palabras inmaculadas, hay palabras vulgares. Hay palabras leales, hay palabras traidoras, hay palabras delatoras, hay palabras liberadoras. Hay palabras perfumadas, hay palabras deportistas, hay palabras infantiles, hay palabras de mujer, hay palabras femeninas, hay palabras científicas, hay palabras chismosas, hay palabras amistosas, hay palabras insensibles, hay palabras sentimentales.

Hay palabras poéticas, hay palabras literales, hay palabras guerreras, hay palabras desquiciadas, hay palabras neuróticas y esquizofrénicas, hay palabras corruptas, hay palabras envenenadas. Hay palabras benditas, hay palabras transparentes, hay palabras inaceptables, hay palabras inefables, hay palabras embusteras, hay palabras verdaderas.

Hay palabras sabias, hay palabras exactas. Las hay negras y blancas, dulces y amargas, obesas y hambrientas. Las hay sabor ajo, cebolla, menta, chocolate, miel y hierbabuena. Las hay democráticas y autoritarias, otras son mestizas, otras son puras, otras son poderosas.

También es sabido que las hay exuberantes y desérticas, heladas y silvestres. Algunas son boscosas y frutales, otras volcánicas, otras oceánicas, algunas más son endémicas y transgénicas. Sí, y también se sabe que algunas son ignorantes y otras enciclopédicas, y las hay nacionalistas, microscópicas, universales y hasta cómicas y cósmicas…

Me han dicho que es imposible definir y clasificar a todas las palabras. Supongo que así es. Yo sólo las encuentro misteriosas y fascinantes, me rindo ante su misterio y su encantamiento para nombrar y llamar, significar y decir.

Me gusta cómo se ven y cómo se pronuncian, su ortografía y su gramática, y eso que llaman sintaxis, que sirve para ver cómo se mezclan y combinan y forman entre ellas. Qué cosa más rara. Qué bichos de letras más lindos. Yo sólo sé que me gustan mucho las palabras.

28 de febrero de 2010

Cuando muere un poeta

Cuando muere un poeta, algunas palabras pierden sus atributos, su sonido y su sentido, nada dicen, cuando muere un poeta. Los colores pierden intensidad, los objetos no tienen la misma consistencia, la realidad se desdibuja por un tiempo, los pájaros chillan desorientados y los árboles se mecen en un viento que ha perdido el norte.

Cuando muere un poeta, uno de verdad, uno que nombra el mundo como si lo creara (uno de esos que levantan la voz y pareciera que las cosas se incendian o se inclinan, se hacen y fijan en sus palabras), una lengua es mutilada, quedará incompleta, y una manera de estar y ser en el mundo ha llegado a su fin, pues se pierden para siempre los versos que sólo él podría haber imaginado.

Un poeta es el alma de una lengua y por un instante se levanta y erige en su poema por todos los poetas, por todos los hombres, aun los que ignoran que hay un verso que los anima y los nombra. Cuando muere un poeta, se deslavan un poco las otras palabras y quedan fijas y finitas las suyas, iluminadas. Hoy ha muerto uno. Es la hora de escucharlo, de leerlo; es la hora de guardar silencio.

27 de febrero de 2009

Borges y la imposibilidad de la biografía

Nadie se resigna a escribir la biografía
literaria de un escritor.
Jorge Luis Borges


Edwin Williamson escribió una biografía no exenta de mérito en la que las vicisitudes de la vida de Borges tienen relevancia si encuentran su lugar en la obra de Borges. Esta peculiaridad que no es del todo original ofrece una ventaja: la obra explica la vida, que es el sentido correcto de la relación entre la obra y la vida de un escritor. Los textos de Borges tendrían una correspondencia con los hechos y actos más significativos de su vida.

Así, Pierre Menard, autor del Quijote, sería la respuesta de Borges a la petición de su padre de que le reescriba una novela fallida. El padre quería que el hijo lo redimiera del fracaso literario. Borges comprendió que si reescribía esa novela estaría aniquilando al autor y cualquiera podría ser el autor de cualquier obra; El Aleph sería la respuesta literaria al fracaso amoroso. Algunas de las más celebres y representativas ficciones de Borges serían la expresión cifrada, simbólica, de los hechos relevantes de su vida. Borges, según Williamson, envolvía en su poderosa imaginación las penas, casi siempre las penas, porque tuvo pocas alegrías en su vida.

Para Williamson, las obras de Borges, que nos seducen por su autonomía y originalidad, serían en realidad una biografía de ficción. "Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía", escribió Borges. Una biografía es una novela. Una autobiografía es una obscenidad.

Borges fue un espléndido personaje de sí mismo. Borges es un personaje tan nítido, tan logrado, tan reconocible, como cualquier grabado de Don Quijote. Autores varios podrían pergeñar novelas (y falsas novelas: autobiografías) con él como protagonista y acaso conseguirían Borges verosímiles y convincentes. Menos pretencioso sería imaginar una colección de las tantas anécdotas que se dicen sobre Borges, y poco importa que sean verídicas, históricas, o apócrifas. Existe Borges y lo borgiano como el Soneto y los sonetos.

“La verdad histórica [...] no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió." "Notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es simple: no sabemos qué cosa es el universo.” Lo mismo puede decirse de una vida.

En El idioma analítico de John Wilkins (las enciclopedias dicen que vivió en Inglaterra entre 1614 y 1672, creó una lengua sintética y fue cuñado de Oliver Cromwell, “meras circunstancias biográficas”; cuyo artículo fue suprimido en la decimocuarta edición de la Encyclopaedia britannica) se menciona cierta enciclopedia china que divide a los animales en “(a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas." Admirable, así lo consideró Michel Foucault y dio pie a Las palabras y las cosas, pero falta al menos un orden o clasificación: los que imaginó Jorge Luis Borges.

Si un lenguaje es un código inventado y el universo un modelo, una representación, aprehender una vida con el lenguaje, código arbitrario en el que las palabras no son las cosas, es una tarea imposible. La cultura y la realidad son fantásticas porque podemos aspirar a vislumbrar, pero no explicar y conocer las razones y los desvelos, el río interno, el sentir de una vida. ¿Cómo fijar una vida si existe una concepción borgiana de la realidad?

De aquella serie de anécdotas me viene una a la memoria: Borges se sube a un taxi en Buenos Aires y el chofer le pregunta:
   −¿De casualidad no es usted Borges?
Borges respondió o hubiera respondido o hubiera podido responder:
   −No sé si de casualidad, pero yo soy Borges.

13 de febrero de 2009

El humo, la espuma, las palabras

En el vigésimo cuarto canto del Inferno, Dante Alighieri, acaso el más alto poeta de Occidente, dijo alguna vez Octavio Paz, escribió hace siete siglos bien contados: Omai convien che tu così ti spoltre, / Disse il Maestro, chè, seggendo in piuma, / In fama non si vien, nè sotto coltre: / Senza la qual chi sua vita consuma, / Cotal vestigio in terra di sè lascia, / Qual fumo in aere od in acqua la schiuma.*

Estos versos, puestos en boca de Virgilio, bien pueden ser un lema, una divisa, la fuente del numen y de la persistencia de un poeta en su trabajo; sin duda lo fueron del gran florentino en su esfuerzo por alcanzar la gloria. (También don Quijote en sus caballerescas aventuras buscaba la fama, que es otra forma de aspirar a la inmortalidad.)

Para la grave empresa de resistir la erosión del tiempo los poetas eligieron las palabras, que a veces son duras y pétreas, marmóreas, pero las más de las veces tan frágiles y efímeras, tan maleables y misteriosas, tan ligeras y aladas en el aire como el humo, y tan esquivas, frescas e instantáneas como la espuma en el agua. ¿De qué están hechos, oh Poeta, el tiempo, la fama, el humo, la espuma, las palabras?


* "Pues te conviene, tu pereza espanta", / dijo el maestro, "que en la blanda pluma / fama no has de ganar, ni so la manta: / quien sin ganarla su vida consuma / igual vestigio dejará en la tierra / que humo en el aire y en el agua espuma". (Versión de Ángel Crespo.)