Claudio de Jesús Campos Morales, vecino de Kanasín, era un torero sin fortuna y banderillero de la plaza de Mérida, Yucatán. Conocido como El Teto, participaba en las fiestas patronales y toreaba en las ferias yucatecas. Sus amigos recuerdan una lejana tarde en que alcanzó la gloria con una faena; era un personaje conocido y querido en el medio taurino local. Había heredado la afición, no era el primero en su familia en dedicarse a la tauromaquia.
Una lesión en un tobillo lo llevó al quirófano. Los médicos le advirtieron que no volvería a poner un pie en el ruedo, que no volvería a torear. Claudio de Jesús, El Teto, entró en un callejón existencial (oscuro como un túnel) como si en el callejón de una plaza se encontrara a un toro que lo embiste de frente. Camus nos enseñó que si hay razones para vivir un nuevo día, el problema del suicidio, al menos por ese día, ha sido conjurado. Ante ese retiro obligado, súbito y definitivo del toreo, Claudio de Jesús se ahorcó. Tenía cuarenta y cuatro años.
Es fácil hablar de depresión, un mal de nuestro tiempo que tratamos con irresponsable ligereza. William Styron, no sólo en sus novelas (la más conocida gracias al cine es La decisión de Sophie) había abordado la depresión, algunos de sus personajes la padecen, sino también en Esa visible oscuridad: memoria de la locura, ensayo y testimonio definitivo sobre el tema, nos ha permitido asomarnos al abismo o el callejón, nos ha hecho comprender que alguien con una depresión profunda ni siquiera es capaz de explicar que está deprimido.
No siento ninguna predilección por los toreros, ni los admiro por los riesgos que corren en el ejercicio de su oficio, aunque reconozco su osadía, pero sí encuentro una coherencia profunda de Claudio de Jesús con su vida y proyecto de vida. No sé a qué edad suelen retirarse los banderilleros, pero verse lejos de la pasión que anima su vida a los cuarenta y cuatro años es muy pronto, y aunque ya no se sea joven, falta mucho para el fin natural de la vida. Decidió que no ejercería otro oficio, y que tendría muchos años por delante como para entregarse de lleno y con pasión a la nostalgia.
Si todo suicida tiene sus razones, la impecable lógica de su decisión, casi siempre falta su testimonio completo, la crónica de su entrada al callejón, pero quizá nadie está preparado ni interesado en dar demasiadas explicaciones. Claudio de Jesús, supongo, decidió o comprendió que si no era torero no sería nada más. La existencia misma, el mundo y sus maravillas serían irrelevantes y no tendrían razón de ser.
Este no podría ser un caso más de los que Vila-Matas llamó suicidios ejemplares en un libro del mismo nombre. No. Éstos son esencialmente literarios. Lo de Claudio de Jesús responde a otra cosa, y yo sólo haga notar su coherencia. Identificó el sentido de su vida, su vida misma, con su oficio. Si ya no podía torear, entonces no podía vivir. Fin.
3 de octubre de 2018
El toreo era la vida
23 de enero de 2011
Sergio Pitol: sin palabras
Lo encontré en un restaurante. Llegó con paso firme, llevaba un periódico en la mano, se sentó en una mesa frente a la mía. Me acerqué a saludarlo y me miró con la distancia del que está lejos, en otro parte, en algún lugar poblado por sus recuerdos o los paraísos imaginarios. Le hablé de nuestros encuentros, de amigos comunes, de la foto de Borges que le regalé un día que lo visité en su casa. Me miró con la distancia del que está lejos, en otra parte. En el restaurante lo conocen, goza de los privilegios de los clientes distinguidos. Seguramente los meseros que lo reciben con esmerada atención saben que es un escritor célebre, aunque tal vez nunca han leído sus libros.
Cuando habló, cuando respondió a mi saludo y mis preguntas de cortesía, vi el precio de la longevidad, la devastación de la enfermedad. Hacía tiempo que no lo veía, pero nunca imaginé la gravedad de su mal, el deterioro de sus facultades que contrasta con la agilidad de sus movimientos de anciano aún vigoroso. Sólo una ironía perversa, una sinrazón absurda podría explicar que un novelista pierda las palabras, que no encuentre el sustantivo para pedir agua o un tenedor.
A este hombre que ha alcanzado los mayores reconocimientos a los que puede aspirar un escritor en el ámbito de la lengua española, se le han perdido las palabras. Lo vi leer el periódico, pasar las páginas y doblarlo con habilidad, lo vi leer el menú al pedir su comida con seguridad y firmeza, con lucidez, pero si bebió un vaso de agua de papaya fue porque el mesero no era exactamente eso sino un ángel guardián que hacía las tareas de un mesero.
Si alguien pronuncia la palabra que él no encuentra, sonríe emocionado y mueve las manos satisfecho, se le ilumina la cara. Si esa palabra no aparece, su cara es el retrato perfecto de la desesperación y la impotencia. No puede hablar porque le faltan las palabras. Habla, sí, pero a media oración le falta la palabra, una indispensable. “Necesito comprar un…” Sin la palabra libro o peine no hay comunicación posible.
El escritor se ha quedado sin materia prima, sin lo único verdaderamente indispensable para ejercer su oficio, sin el prodigio de la palabra, acaso la más alta expresión de la humanidad en su paso por la Tierra. Por supuesto, ya no escribe. Espero que encuentre en la lectura, que Borges no pudo celebrar como hubiera querido a lo largo de su vida, el consuelo que necesita. Supongo que es mucho más duro quedarse sin palabras que sin la capacidad de leerlas. Borges en su ceguera podía dictarlas, gozar de ellas en el entendimiento, de su sonoridad y sentirlas vibrar entre los labios, el paladar y la lengua.
El escritor comió de prisa y se fue. Al despedirse, no pudo decirme lo que quería. Le faltan las palabras. No sé si volveré a verlo. Me quedan los recuerdos, sus libros, el vivo retrato de la decrepitud, de la decadencia, la impresión fulminante de su desdicha, del implacable paso del tiempo.
