11 de junio de 2018

El ideal de una orquesta

Un joven director de orquesta francés hablaba en un español mucho más que correcto sobre su trabajo a ingenieros en sistemas, tecnólogos y expertos en software. Los organizadores de la conferencia pretendían mostrar cómo se alcanza la coordinación y la formación de grupos de trabajo en otras áreas de la actividad humana.

El director hablaba de la relación vertical con la orquesta, que él decide por todos y que no hay lugar para las dudas y muy poco para la improvisación. La orquesta no podía ser la suma de sus músicos sino un único instrumento, y la mano derecha señala con autoridad los tiempos y la izquierda la interpretación.


Una orquesta es el más formidable ejemplo de cooperación y trabajo en equipo. Todos los integrantes de la orquesta tienen que sumarse con precisión absoluta al único fin: hacer música con la misma intención, la misma calidad y al mismo tiempo. Tal vez ningún otro trabajo en equipo aspira así a la perfección.

Hace años, en el Palacio de Bellas Artes, durante en un ensayo de la Deutsche Kammerakademie Neuss, una orquesta de cámara que vino a grabar una ópera con tema prehispánico con seis cantantes mexicanas, Gerardo Kleinburg, director de la Ópera, me hizo notar el juego erótico, la seducción entre un violinista y una chelista. Muy cerca uno de la otra, se miraban, se sonreían, se acercaban, se hablaban con sus instrumentos. Había un diálogo, un lenguaje corporal como si estuvieran solos y no en el escenario rodeados de una pequeña orquesta.

Es probable que no exista mayor coordinación entre todas las actividades humanas que a la que aspiran dos músicos que tocan la misma sonata, o los que vibran con el piano y la voz en las notas de una misma canción. Los músicos de una orquesta tienen que respirar al mismo tiempo, y atacar con la misma intensidad y duración cada nota. Sus entradas y salidas deben ser exactas, matemáticas, impecables. Y es justamente eso, el sonido vivo lo que motiva a escuchar a una orquesta en vivo en tiempos de alta tecnología y reproducción de alta fidelidad.

Sin embargo, una orquesta puede ser un microcosmos caótico y político, como lo mostró con genio Federicio Fellini en su película Ensayo de orquesta. La combinación de relaciones y conflictos laborales con un proyecto artístico y la figura con frecuencia autoritaria del director es altamente inflamable.

La calidad del ejecutante o instrumentista como un artesano según el joven director francés entra en pugna con su condición de miembro de un sindicato, y las envidias y resentimientos también son constantes. Todo, todo puede ser motivo de desacuerdos: salarios, horas extras, horarios, trajes, instrumentos, solistas y con frecuencia... el director. Una orquesta puede ser un surtidor de música o una fuente inagotable de desacuerdos, discordias y querellas.

He recordado todo esto, de pronto, al desembocar en un párrafo del musicólogo Luca Chiantore en su Beethoven al piano, un libro asombroso. Se refería a la conformación de la orquesta moderna, en el siglo XIX: «Una orquesta interpretando una sinfonía era realmente una sociedad en miniatura: una sociedad ideal, capaz de recordar las ciudades ideales del Renacimiento, con un soberano que las dirige y una aspiración a la perfección que no dejaba margen a lo irracional, a lo imprevisto, a la iniciativa individual improvisada. Una Utopía, precisamente.» Me parece que esto no ha cambiado.

22 de mayo de 2018

Una buena taza de café

Tomar una buena taza de café en la mañana debería ser uno de los derechos humanos. De San Petersburgo a Santiago de Chile, de Pekín a Lisboa, millones y millones de personas, tal vez la mayoría, al despertar buscan, con el pan de cada día, su dosis de cafeína, ya sea con café, té, té verde, yerba mate, refrescos de cola, bebidas energizantes o un chocolate.

Recuerdo un extenso reportaje sobre el café en National Geographic. Es el segundo o tercer producto con mayor demanda en el mundo, y sentarse a beber una taza de café es uno de los pocos puntos de total acuerdo que podría haber entre rivales y enemigos, antagonistas políticos, ideológicos, religiosos.

El gusto por beber café ha dado lugar a sitios que llevan su nombre, y los cafés o cafeterías son sitios vinculados a otros placeres, como la conversación, la lectura, el ajedrez. Tomamos café para mantenernos alerta, para soportar las largas jornadas, para trabajar o estudiar de noche. La primera invitación de un cortejo suele ser a tomar un café.

El derecho a un café temprano en la oficina debería estar en los contratos laborales. Y también la calidad del café y la forma de prepararlo (un buen café hecho por un barista competente con granos de café de calidad en una máquina italiana es una de las formas del paraíso en la Tierra). La cafetera que ofrecen cada mañana en la oficina me remite a un verso de César Vallejo: aceite funéreo, el café.

El brebaje de esa cafetera, flojo, de color indefinido y sabor lamentable podría arrojar resultados insospechados en un análisis químico. Es tan malo que es preferible, si no hay otra opción, un café soluble.

La literatura, ciertos pasajes, se anidan en la memoria o se empozan en el alma. Mientras me empeño en sacar con una cucharita de plástica los últimos granos del frasco, recordé al protagonista de El coronel no tiene quien lo escriba, que, cuenta García Márquez: «con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.» El coronel le ofrece a su mujer el café y le miente, le dice que él ya bebió su taza en la cocina; los hechos, raspar así el tarro y mentir resultan en una de las imágenes más poderosas sobre la miseria absoluta.

Mientras voy en busca de agua caliente para mi café soluble, recordé otro pasaje de la literatura sobre el café, que también aparece en una escena de pobreza y miseria, material y moral. En El perseguidor, de Julio Cortázar, cuenta Bruno, el narrador, que ha ido a visitar a Johnny, un saxofonista genial que ha perdido el saxofón, a la paupérrima habitación de hotel en la que está alojado: «Entonces Dédée me ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.»

El café de la oficina es infame, pero mi situación no tiene punto de comparación con la del coronel o la de Johnny.  Me siento reconfortado, después de todo mi taza de nescafé no está mal. No está mal, pero la insatisfacción nos mueve y estimula. En cuanto pueda saldré a la calle por un expreso doble.

8 de mayo de 2018

La tarde del domingo

«Somos lo que hacemos el domingo», dice una sentencia que circula por las redes sociales. No sé de quién la frase, pero es una variante de otras muchas: somos lo que comemos, somos lo que amamos, somos lo que leemos, somos lo que decimos.

Somos lo que hacemos en la vida, pero las actividades dominicales son en particular interesantes porque se asocian al tiempo libre, a los más vivos interesantes y hobbys, ya que socialmente es cada vez  menos dominicus, el día del Señor.

Algunos prefieren dormir un poco más, y levantarse un poco más tarde es un placer que sólo ofrecen los domingos. Luego, un desayuno lento en casa, dejando ir la mañana con cuidada indolencia, leyendo el periódico, en espera de las horas vespertinas.

Otros, en cambio, saltan de la cama de madrugada con espíritu olímpico a hacer ejercicio. Acuden a los gimnasios, los parques y aun en las calles trotan y corren tras la fuente de la salud y acaso sin confesarlo del vigor de la eterna juventud. Otros se instalan en una pereza profunda, que les impide no sólo salir de casa, sino con frecuencia vestirse, y acaban por pedir por teléfono que les lleven la comida.  Ensimismados, se protegen del ruido y la velocidad y la violencia y el hartazgo del mundo.

Otros salen vestidos de domingo, es decir con sus  mejores galas (en un tiempo en que la ropa para hacer deporte se lleva incluso a los velorios) a pasear por la ciudad, y los amigos de la buena mesa, según el presupuesto de cada quien, hacen cola en los mercados, fondas, restaurantes y hoteles de lujo para darse un desayuno o un almuerzo o un brunch que suele ser una comilona digna de Pantagruel.

Hacia el mediodía, viandantes pueblan las calles, los museos reciben más visitantes que nunca, ciclistas recorren las grandes avenidas de la ciudad, y los padres con hijos pequeños se mueren de tedio en una obra te teatro infantil o se rompen la espalda detrás del triciclo en camellones y parques.

Los aficionados van al estadio, o se reúnen con amigos y parientes para ver por televisión el partido de futbol (o futbol americano, es increíble el gran número de seguidores de este deporte en México), afición que fomenta el maridaje perfecto con la noble tradición de la buena botana y unas cervezas.

Algunos, claro, acuden a misa desde muy temprano y a lo largo de la mañana, casi siempre hasta las doce o antes de la comida, según los gustos, en los que influye la simpatía por el cura y el tono o elocuencia de su sermón, si hay canto y muchachos o monjas rasgando guitarras o quién asiste a cierta hora.

La comida en familia, en casa o fuera de ella, sigue siendo la gran actividad dominical. En algunas familias, el rito semanal obligado; la única ocasión en la semana en que es posible reunir a toda la familia, concepto extendido que puede alcanzar varias decenas de personas. Reunirse a comer con los amigos es una variante que gana adeptos día con día, y cada vez es más común convivir alrededor del asador, que casi siempre está a cargo, con sexismo implacable, de los varones de la tribu.

Las tardes de los domingos solían ser de corrida de toros, de cine o teatro, y si algo queda de ello cada vez son más de centro comercial (estos inmensos templos, quintaesencia de nuestro tiempo, suelen tener salas de cine, teatros, pistas de patinaje en hielo, pero no plazas de toros).

Los jóvenes van a los centros y plazas comerciales con un entusiasmo asombroso. Ahí, al parecer están más a salvo que en las calles, y además de pasear entre tiendas y comprar poco, se reúnen con la novia o el novio, con amigos, pasan horas frente a las máquinas de videojuego y otras máquinas y otros juegos, toman café y helados, van al cine y dan vueltas sin fin.

Las visitas a parientes y amigos ya es una costumbre rara. Las tardes del domingo, si la comida no derivo en una moderada borrachera, suelen estar dedicadas al juego, la conversación, el descanso y sobre todo la televisión. Ver películas en la televisión los domingos es un imperativo social, expresión del descanso y del confort, casi un deber ciudadano; la calidad de la película es con frecuencia un detalle irrelevante.

Pero conforme pasan las horas vespertinas, cuando se acerca la sobretarde del domingo, emerge poco a poco, conforme mengua la luz del día, una inquietud, un creciente malestar, una sensación de vacío y ausencia. Luego se torna una sutil amenaza: se acaba el día, mañana será lunes.

Entonces, más temprano o más tarde, con un rayo de realidad, uno recordará algún asunto grave que atender, que es urgente hacer un pago, que es impostergable hablar con alguien. Se acerca la noche del domingo, es preciso preparase para enfrentar la siguiente semana.

El noche del domingo es un tiempo de espera, de un vacío profundo, que si no estuviera tan desgastada la palabra diría existencial. O tal vez es el mejor momento de la semana para usarla y preguntarse: «Quién soy», «Qué hago», «Es esta la vida que quiero vivir.»

El malestar crece por momentos, aunque siga la conversación de sobremesa o la película o la lectura  desde el sofá de la casa; se torna en una tristeza sin motivo aparente, o una melancolía que angustia y aprieta con el paso de las horas, según los temperamentos. Ese malestar está contenido en el ethos, en la forma de vida de la comunidad que no siempre atinamos a expresar, reconocer y compartir.

La noche del domingo puede ser la hora de la nostalgia, del desear estar en otra parte, en otro lugar, en otro momento, con otras personas, con frecuencia en un pasado idealizado por la imaginación y que nunca existió. Es el momento en que regresan ciertos fantasmas y quimeras, de asuntos inconclusos, que no acaban de marcharse.

No es una pesadilla con los ojos abiertos, es un trance de soledad no exento de amargura, de inquietudes, de preguntas sin respuesta. Es un tiempo fuera del tiempo social y laboral del que tomamos conciencia que se agota, que se acaban las horas antes de volver con crudeza a la realidad más dura del lunes muy de mañana. El domingo es como una tregua, y miramos con angustia cómo se agota esa burbuja hogareña, protectora y familiar, de ocio y placer.

La tarde y la noche del domingo son, para muchas personas, las horas más crudas y crueles de la semana. Con frecuencia es el momento propicio para ciertas ideas desafortunadas y decisiones radicales. Las tardes y las noches de los domingos suelen ser las horas en que más personas mueren en los hospitales, de soledad y tristeza, y también son significativos los aumentos en las estadísticas de muerte por arma de fuego y la tasa de suicidios. «Tengo miedo del domingo maldito que me liquida», escribió Clarice Lispector. La tarde del domingo, y su noche, se pueden tornar, en un parpadeo, de la hora más íntima y relajada en un momento no sólo amargo y duro sino temible y fatal.

19 de abril de 2018

La permanencia de Octavio Paz

Fabienne Bradu, en uno de sus ensayos sobre Octavio Paz, «A veinte años del Nobel» (Permanencia de Octavio Paz, Vaso Roto, 2015), en el que reivindica como fundamental entre las enseñanzas del poeta «la salud y virtud de la rebeldía», recuerda también que para conmemorar ese vigésimo aniversario, en 2010, se emitiría una moneda con su efigie: «Pobre Octavio. Ni siquiera llegó a billete y se quedó en morralla, que quizá sea la moneda de cambio para la poesía».

La lectura del lamento de Bradu despertó mi memoria. Yo había guardado una de esas monedas, sí, pero ¿dónde? La tenía completamente olvidada. Revolví mi estudio y luego de una búsqueda larga y persistente la encontré en el fondo de un cajón. Fechada en el año 2000, la Casa de Moneda emitió una moneda de veinte pesos con el perfil de Octavio Paz (el dibujo deja mucho que desear, en sus líneas apenas se reconoce a Paz en la imagen de un hombre joven), junto a un verso en letra en verdad minúscula del poema «Fuente»: «Todo es presencia, todos los siglos son este presente» y de su firma; en 2001 fue acuñada otra moneda, igual a la del año anterior, y en el 2010 la que menciona Bradu, con una imagen de Paz maduro y una alusión al Nobel.

Ese comentario de Bradu sobre una moneda y no un billete me recuerda que Octavio Paz joven, tal vez a la edad en que aparece en la moneda, había tenido un empleo absurdo y alimenticio: contaba y quemaba billetes usados y viejos en un sótano. Ese trabajo dejó huella. El poeta lo menciona en el poema «Vuelta»: «Queman millones y millones de billetes viejos en el Banco de México». ¿Si se hubiera conmemorado el premio Nobel con un billete aún circularía? La pregunta tiene sentido, hace años que desaparecieron por completo esas monedas; como si nunca hubieran existido. A todas luces no es un asunto de resistencia de materiales.

Tal vez muchas de esas monedas se encuentren en otros cajones como el mío, en los escaparates y entre los tesoros de los coleccionistas, y recuerden el acontecimiento que fue entre nosotros la entrega del Nobel de Literatura a un poeta mexicano. Pero la permanencia de Paz no pasa por conmemoraciones sino por su obra, su vida y sus enseñanzas (su rebeldía).

La moneda volverá al fondo del cajón, y vendrán inexorables otros aniversarios. La moneda, tal vez, sea con los años más apreciada por los numismáticos, y cada vez menos personas recordarán el día del anuncio del Nobel, la ceremonia de entrega en Estocolmo, y la conmoción de la muerte de Paz hace justo veinte años.

No le falta razón a Bradu: la palabra rebeldía es justa para definir la trayectoria vital de Paz. Su poesía y buena parte de sus ensayos y escritos se ahondan y ensanchan con el tiempo. Pareciera que mejoran, y se disponen a permanecer en el tiempo. La permanencia de Octavio Paz no pasa por billetes que acabarían por ser incinerados en un sótano, ni en la dureza del metal de monedas que ya no circulan, ni el prestigio del gran premio. Pasa por la memoria, y se fija en el pensamiento, en la reflexión, en sus enseñanzas, en el goce de sus palabras, en sus libros.

17 de abril de 2018

El femenino arte de hablar

Una a una llegaban al restaurante y se dirigían a la gran mesa que tenían reservada. Algunas anunciaban su presencia con voces y gestos desde la puerta. Alguien podría pensar en una representación, en actrices tomando su lugar en el escenario. Algunas venían del gimnasio, derrochando energía, con ropa deportiva y el cabello sujeto de cualquier modo. Otras se habían vestido y acicalado para una fiesta matutina, y no faltaban las que en su arreglo revelaban que sólo habían ido a un desayuno.

Las amigas se reunían para celebrar un cumpleaños. Una a una cumplieron el rito de abrazas y felicitar a la festejada, pero también abrazaron y besaron a todas las demás. Conforme llegaban aumentaba el movimiento, las voces, los gritos, las risas.

Hablaban con un derroche de entusiasmo, con una alegría que podría parecer incomprensible, pero que en esa gran mesa emanaba y fluía. Nunca antes los jugos de frutas (toronja, zanahoria y naranja) habían sido tan estimulantes, y tal vez también tenían propiedades mágicas el café y el té, o tal vez fue el picor de los chilaquiles o la salsa de los huevos estrellados. La risa y la emoción venían de la risa y la emoción y generaban más risas y emociones.

Oírlas era un espectáculo, un acontecimiento digno de atención. Eran doce mujeres felices de convivir y conversar. El desayuno y el cumpleaños eran la coartada perfecta para hablar y hablar. Se decían «amiga» unas a otras, y en algún momento, en el punto más alto de su encuentro, es posible que celebraran siete, ocho o nueve monólogos al mismo tiempo, en una polifonía que hubiera dejado mudo a Mozart. Eran muchas voces al mismo tiempo, simultáneas, intensas, sin fin, de un lado a otro de la mesa, que pareciera reducían a un ordinario balbuceo el sexteto de Las bodas de Fígaro.

¿Cómo se entendían si hablaban todas al mismo tiempo? ¿Podían escuchar mientras hablaban? ¿Qué tanto tenían que decirse? ¿Cuánto podría durar su festejo con esa intensidad? Hablaban como si nunca más volverían a verse, pero esos desayunos son frecuentes y suelen extenderse por horas hasta que tengan que recoger a sus hijos en la escuela o atender otras obligaciones.

Tuve que irme mucho antes de que partieran el gran pastel (tal vez entonces dejaron de hablar y cantaron "Las mañanitas" o "Feliz cumpleaños" todas juntas a una sola voz). Me fui con la sensación de haber presenciado una experiencia colectiva de la amistad y la alegría, de la risa, de las emociones a flor de piel, pero sobre todo de haber asistido a una fiesta de la palabra. Aquellas mujeres, para mi asombro, hablaban y hablaban como si respiraran, constantes e infatigables. Somos nuestras palabras. Descubrí que no sólo hablamos para comunicarnos, y que el arte de hablar así es femenino. La facultad y el ejercicio del habla es una de las formas del Ser.

6 de abril de 2018

Escribir para el olvido

Escribir es elegir una palabra tras otra, decía Flaubert. El empeño de fijar las palabras seleccionadas en el orden correcto, el prodigioso acto de la escritura, el ejercicio del oficio de escribir, puede ser una profesión, un placer secreto, una necesidad urgente, un hecho cuya motivación desconocemos y acaso no importa. Escribimos, a fin de cuentas, porque queremos hacerlo.

Casi siempre escribimos sin la certeza de obtener una recompensa, dinero o reconocimiento y la mayoría de los escribidores no tiene tampoco asegurada la publicación de sus escritos. Escribimos en condiciones adversas, por el gusto o la necesidad de hacerlo. Ya sea en un cuaderno escolar o en una libreta fina y encuadernada, en una máquina de escribir (quedan algunos, todavía), en una computadora o en otro dispositivo escribimos sin la certeza de tener lectores, a veces ni el destinatario de nuestros escritos.

Escribimos poemas, pensamientos, reflexiones, crónicas, diarios, relatos, cuentos, novelas desde la soledad perfecta y la incertidumbre, también desde la duda y la urgencia por hacerlo. ¿Por qué escribimos? A veces escribimos para acompañarnos a nosotros mismos, por la ilusión de obtener  reconocimiento, para ganar dinero, para mostrar a otros quién somos y lo que hicimos. También para liberarnos de lo que nos ronda en la cabeza, los fantasmas que nos siguen y también a los que seguimos.

Escribimos para compartir, para dialogar, para dejar a otros que no conocemos los frutos del esfuerzo o el talento. Y aunque muy pocos lo consiguen, para sobrevivir a su existencia en sus escritos. Muchas personas dicen que escriben para librarse de sus demonios, porque no tienen otro remedio. También se dice que la escritura es terapéutica y ayuda a sanar, a manejar ciertos hechos porque al escribirlos los dominamos.

Ahora leo una reflexión que yo no había pensado, pero que ahora la sé cierta porque me ha sucedido. Aunque lo escrito perdure mucho tiempo y se encuentre disponible en los libros, escribimos también para olvidar. Como si lo escrito se desdibujara en la memoria mientras las palabras se enlazan una a una en ese orden único que toman en nuestro escrito que, una vez concluido se vuelve un poco ajeno y distinto. Al poner a circular un escrito ya es menos nuestro, y se aleja de nosotros en sí mismo (aunque nos ofrezca recompensas) al ser concluido.

Dice Thomas Wolfe que «No había previsto algo que se vuelve absolutamente claro después que uno ha escrito un libro, pero que resulta imprevisible cuando aún no lo ha escrito. Ello es que se escribe un libro no para recordarlo, sino para olvidarlo.» Escribimos para fijar palabras, pero como bien sabía Borges, también para el olvido.

2 de abril de 2018

Mozart

Un gato joven sobre el teclado
Juega travieso a las notas que se aman.
El gato, funámbulo, va por la luna
Y la posa en el marco de la ventana.
En el aire se sostiene un castillo de sonidos,
Se desgrana una parvada de notas blancas:
Palomas que baten sus alas en sonata.
Se agitan, iluminan la noche, crean el tiempo:
Mientras dura el milagro, el mundo tiene Gracia.
Un piano es la alfaguara, y es una delicia su canto de agua.
Emerge y brota el fruto sonoro, maduro y nítido en el oído,
Dulce en el ánimo, y casi azul en la luz, en la mirada.

24 de marzo de 2018

La música silente

La música callada,
la soledad sonora.
San Juan de la Cruz

Prisionero el misterio que vive en el encanto
conversa con el aire sonidos y silencios.
Su voz es el romance del arco con las cuerdas,
amor de agua de fuente, metales y maderas.
Se liberan las notas que le dan vida al tiempo,
resuena en el espacio el rayo de lo eterno.
Un instante tras otro, río de luz creciente,
sonríe lo inasible, el fuego que se extiende.
En el goce que vibra, que canta y se derrama,
se fuga para siempre, y vive cuando muere,
el vacío presente, la música callada.
La soledad sonora, hoguera que recrea:
persiste en la memoria, amante enamorada,
la música indeleble, la música silente.


6 de marzo de 2018

La biblioteca del basurero

Bohumil Hrabal, escritor checo, es el autor de Una soledad demasiado ruidosa, una novela bellísima y conmovedora sobre los libros, una obra maestra, uno de esos libros entrañables que una vez leídos uno guarda en el librero y en el corazón.

Hanta, el protagonista, trabaja en una trituradora de papel y tiene la ingrata tarea de destruir libros, esos objetos que tal vez son el mejor tesoro e invento de la humanidad; pero Hanta también rescata los que puede, y se los lleva a su casa. Dice:

...cada anochecer me dirijo a casa, en silencio voy por las calles inmerso en una profunda meditación, paso de largo tranvías y coches y peatones, perdido en una nube de libros que acabo de encontrar en mi trabajo y que me llevo a casa en la cartera, así, soñando, cruzo en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente, camino apestando a cerveza y a suciedad, pero sonrío porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mi mismo, algo que todavía desconozco.
Michel de Montaigne hubiera estado de acuerdo con Hanta: necesitamos los libros para que nos expliquen algo sobre nosotros mismos. Imposible no estar de acuerdo. ¿Podría imaginarse una empeño más alto? Hanta, tal vez sin saberlo, o tal vez lo leyó en alguno de esos libros que salvó de la ignominia y la desgracia de ser despedazados para aprovechar sus materiales, sabía que en el pórtico del templo de Apolo en Delfos se leía: «Conócete a ti mismo.» Tarea ardua y complicada que puede aligerarse con la ayuda de buenos libros.

Hanta no estaba mal encaminado, y tampoco lo están esos heroicos basureros (por su gesto altruista, generoso) de la ciudad turca de Ankara o Angora que formaron una biblioteca con los libros que la gente desecha con la basura. La biblioteca, con la ayuda de las autoridades de la ciudad, ha sido  instalada en una antigua fábrica abandonada, está abierta las veinticuatro horas del día y sus cerca de cinco mil libros están a la disposición de cualquier lector. Hay libros de literatura, infantiles, algo de divulgación científica y algunos ejemplares en inglés y francés.

El acervo de la biblioteca se nutre de los libros que los ciudadanos sacan a la calle con la basura y, también, ahora, con donaciones. Una parte de la población que se deshace de libros los pone en una bolsa de plástico para conservarlos y facilitar la tarea de los basureros-bibliotecarios.

Sería estupendo poder conocer esa biblioteca, mirar sus estantes para ver si aparece algún libro en turco o español de Borges o García Márquez, El Quijote, o alguna  gran sorpresa como podría ser la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz. Sería estupendo conversar con los basureros y contarles la historia de Hanta, que como ellos rescata libros para que a cada lector le expliquen algo sobre sí mismo que desconoce.

¿Por qué la gente se deshace de sus libros? Gabriel Zaid ha encontrado muchas de esas posibles razones. A terminar los estudios o la tarea o el fin con el que fueron llevados a casa; porque se fueron quedando atrás, en la historia y los intereses del posible lector; porque no caben más en casa y entonces hay que hacer sitio a nuevos libros y sacrificar algunos; porque otros no nos gustaron o tenemos la certeza, tal vez por falta de tiempo, de que no los leeremos. También porque llegan otros libros nuevos, que demandan nuestra atención.

 Una biblioteca personal, se ha dicho, es un plan de lecturas, y también un proyecto de vida. Borges sabía que también es una forma de ejercer la crítica. Yo he sacado libros por alguna de aquellas razones, pero no los pongo en la basura, los llevo a una librería de viejo donde me dan un ejemplar que yo elijo a cambio de entregar una caja repleta de los libros que desecho.

Mariana, una estudiante de literatura, pariente lejana de Salvador Diaz Mirón, me dijo que en una mudanza apareció en un rincón de su casa un ejemplar de la poesía del poeta. La madre de Mariana  se avergonzaba de él, al menos de la vida perniciosa del más ilustre miembro de la familia, y sin pudor ni piedad arrojó el libro a la bolsa de la basura. Mariana quedó tan impresionada, y en cierta forma indignada de ese acto bárbaro, que unos años después buscó la poesía de su pariente y encontró un ejemplar hermoso en una librería de viejo que leyó con entusiasmo y admiración. Resarció aquel acto innoble de su madre.

¿Qué le diría Hanta? Con un poco de imaginación podría pensarse que ese ejemplar que atesora es el que su madre arrojó a la basura, y fue rescatado por algún basurero, aunque no fuera uno de aquellos que formaron en Ankara una biblioteca con los libros que la gente tira a la basura. Quiero pensar que que en todas las ciudades hay basureros que rescatan libros y los libran de ser destruidos, de ser triturados.

23 de febrero de 2018

La telemaquia de un torero

Hace unos años escribí una novela, Telemaquia (Terracota, 2010), sobre un hijo que busca a su padre ausente, tal como Telémaco salió de su isla en busca de Ulises que no había vuelto a casa después de la guerra de Troya. Encontré que los telémacos realizan su búsqueda, su telemaquia, de las maneras más diversas, a veces con sutileza, a veces con heroísmo, y algunos casos son tan inverosímiles como conmovedores.

Los telémacos, y casi todos los hijos de padre ausente lo son, un día deciden ajustar cuentas y aclarar las razones del abandono, a veces buscan saber quién es su padre, y otras anhelan el encuentro con ese hombre que los abandonó. Algunos telémacos están dispuestos a hacer cualquier cosa para llamar la atención y obtener el reconocimiento de su padre.

De vez en cuando me enteró de un nuevo caso, casi siempre sin indagar ni pedir más información. La novela está publicada y llegó a su punto final. Pero ahora, tantos años después, me entero de otra telemaquia que ha trascendido el ámbito familiar y personal.

Christina Rosenvinge, cantante y compositora de canciones, española de origen danés, vio un día de 2016 en la televisión una entrevista al torero Manuel Díaz El Cordobés al salir del juzgado. Estaba feliz. La Audiencia Provincial de Córdoba confirmaba el lazo sanguíneo con Manuel Benítez El Cordobés, torero que alcanzó fama en los años sesenta y cuya historia es narrada en un libro sobre la España de la posguerra, muy conocido entre los aficionados a la llamada fiesta brava: ...O llevarás luto por mí, de Dominique Lapierre y Larry Collins.

El Cordobés hijo (hasta en el nombre artístico quería ser como su padre) acababa de ser legalmente reconocido como hijo biológico de El Cordobés padre, después de una lucha de años. La busca de ese reconocimiento es su telemaquia, y tenía motivos para sentirse feliz. Entonces dijo ante las cámaras de television una frase memorable que hizo saltar a Christina Rosenvinge de su asiento: «Soy un hombre que pese a haber tenido un padre de humo, va a conseguir que sus hijos tengan un abuelo de verdad.»

Dice Christina Rosenvinge: «Cuando vi esa escena pensé que ahí había una canción. Ese hombre ha pasado toda su vida poniéndose delante de un toro para que su padre lo reconozca. Me parece un acto tan bonito y tan poético que me inspiró una canción. Me puse en el lugar de los hijos que sienten el no reconocimiento de sus padres o que tienen padres que no son capaces de entregarles el amor que necesitan.» Esa canción existe, se llama "Pesa la palabra" del álbum Un hombre rubio, dedicado al padre de la compositora y cantante.

Al parecer, las cosas no han salido como a El Cordobés hijo le hubiera gustado, pero esa no es una razón para no celebrar su victoria. Christina Rosenvinge ha comprendido el valor y el sentido profundo de la telemaquia al punto de incitarla a hacer una canción.

No importa si el padre no acepta el regalo de la vida y no reconoce y abraza a su hijo y a sus nietos, lo relevante y admirable es que los telémacos del mundo seguirán haciendo a su manera sus telemaquias. A veces con la palabra, a veces poniéndose delante de un toro. La búsqueda misma es su recompensa, y ahora todos ellos ya tienen una canción que canta su gesta.

20 de febrero de 2018

Los terremotos según un chiflado

Ha vuelto a temblar. En la madrugada la alarma sísmica algo tiene de onírico, pareciera que viene del fondo del sueño y es fácil confundirla con el canto de las ballenas, con el mugido herido del monstruo invisible de una pesadilla, o con la alarma antiaérea que anuncia un inminente bombardeo en las películas de guerra. 

En medio de la noche, la alarma sísmica es en sí misma el canto de una pesadilla anunciada que comenzará dentro de cuarenta y cinco segundos, cuando se sienta el chicotazo inicial desatado por la descomunal fuerza telúrica, sobrehumana, que nos hace sentir tan frágiles, tan pequeños y tan vulnerables.  

La alarma sísmica, si ha sonado, nos saca del sueño y nos arroja a la pesadilla con los ojos abiertos, y antes de despertar del todo surgen las preguntas: ¿cuánto va a durar?, ¿de qué magnitud será este sismo?, ¿cuántos daños va a provocar? 

Es el momento de levantar a la familia, de reunirse en un sitio seguro o bajo el marco de una puerta, de esperar a que comience la danza de la casa. Es el momento de decir palabras de aliento, de mantener la calma, de aceptar con estoicismo lo que viene, como dicen con impecable sencillez dos versos de Louis Aragon: Les choses vont comme elles vont / De temps en temps la terre tremble.

Hace años una cancioncilla pegajosa y tropical preguntaba «¿dónde te agarró el temblor?», y si no hay derrumbes y daños los vecinos en pijama y envueltos en sarapes salen a la calle y se consuelan y conviven como suelen hacerlo en los velorios por muchas horas y algunos se niegan a volver a su casa por temor a las posibles réplicas del temblor, es decir otro temblor. Y si hay daños o vidas que lamentar comienza la crónica de otra tragedia y las heroicas labores de rescate.

Ha vuelto a temblar y leo en un periódico una inquietud por esta «temporada de alta sismicidad» (sic), porque según algunos «es evidente que está temblando con más frecuencia o intensidad que antes». Y alarmistas profesionales «dicen que la actividad del Cinturón de Fuego permite predecir que se 'avecina' una catástrofe». 

La actividad sísmica no va al alza ni aumenta la magnitud de los temblores, aunque parece que acabarán por sacudir la política. Gracias a que un candidato presidencial ha propuesto un «registro nacional de necesidades de cada persona» (sic) en el que los ciudadanos inscriban sus peticiones, no ha faltado quien solicite a las autoridades, atentamente, que deje de temblar, y alguien más se conforma, con modestia, a que no tiemble de noche. 

(El candidato que en un golpe de audacia o sinrazón prometa prohibir los temblores por ley y por decreto, sin duda generará un terremoto mediático, político y social que podría llevarlo en volandas a la mismísima silla presidencial.)

Pero nada de esto se compara con la explicación que escuché en un autobús. Un tipo con cara de burócrata de la más oscura oficina, de bigote recortado y cabello corto, parecía instalado en eso que llamamos realidad como cualquier otro pasajero, pero pertenecía a la estirpe de esos piantados, locos o idos con discursos desquiciados de los que habla Cortázar en Rayuela. El del autobús era un hermano de Ceferino Piriz o el licenciado Juan Cuevas. Dijo el chiflado con absoluta seriedad: 

«Los gringos llevan décadas acumulando energía, y cuando tienen demasiada la concentran y la suben con una máquina fantástica a un satélite y desde ahí, ¡zas!, descerrajan un rayo láser poderosísimo que impacta la Tierra y genera un terremoto. Y eso lo hacen a cada rato, por toda la energía que acumulan. Los gringos están provocando los temblores, ellos nos echan sus rayos. Por supuesto, todo esto puede consultarse en internet, aunque es una tecnología secreta pero un periodista subió la información. Por eso hay tantos temblores, y luego les sale mal y el rayo quema los bosques, acaba de pasar en California, desde el satélite secreto viene el rayo y ¡zas!...»

Me arrepiento de haberme bajado del autobús. Debí escuchar hasta el final el discurso. Es una pena. Tal vez me fui por temor al desencanto, por enfrentarme a la cruda y pura verdad del rayo sísmico. Y yo que pensaba que los poetas saben lo que dicen porque son sabios y videntes y recrean el mundo. Y yo que creía, con Louis Aragon, poeta, ingenua y simplemente, que las cosas son como son y de vez en cuando la tierra tiembla.

7 de febrero de 2018

Jefe Vulcano

Los héroes son indispensables. Nos acompañan desde la épica griega a los superhéroes de los cómics. Dejar que la imaginación sea estimulada por los héroes de los poemas homéricos o los del cine es casi irrelevante; en ambos casos recurrimos a la ficción, pero hay matices y gustos: prefiero a Odiseo antes que a Súperman, a Don Quijote antes que al Hombre Araña.

(El malogrado José Carlos Becerra imaginó en un poema a Batman en su habitación, con su soledad, escudriñando desde una ventana la noche en busca de la señal que lo llama, que pide su presencia para luchar contra el mal, para entrar en acción y darle sentido a su vida.)

Tenemos también a los héroes de la historia, a esos que «nos dieron patria y libertad», y los héroes de cada día, esos hombres y mujeres que realizan acciones en beneficio de otros, que con frecuencia salvan vidas, a veces al precio de entregar la suya.

Jefe Vulcano es el jefe del cuerpo de bomberos de Ciudad de México. Hace tiempo que debería estar jubilado, pero se moriría de tristeza el día que lo manden a su casa. Lo suyo es cumplir con el deber. El Jefe Vulcano tiene una cuenta de Twitter, en la que informa puntualmente que alguien lo necesita. Entonces responde así al llamado:  "Vamos para allá».

Debe ser muy consolador que el jefe de los bomberos avise que sale en su camión, a toda velocidad, con la sirena abierta, con sus heroicos y temerarios bomberos a socorrer a quien esté peligro, a apagar fuegos, claro, pero también a bajar gatitos de los árboles, a reparar fugas de gas, entre otras muchas acciones.

El Jefe Vulcano cuenta con miles y miles de seguidores, dice "buenos días" muy temprano, y en su último mensaje del día dice que muy pronto estará de regreso: «Que descansen, hasta dentro de unas horas». Sus tuits son celebrados por la ciudadanía, al punto que alguien ya los ha calificado como poemas. Por ejemplo, el 31 de enero de 2018 a las 13:30 horas reportó:

6 choques, 5 árboles caídos, 4 rescates de personas, 4 servicios de prevención, 3 servicios de atención a lesionados, 2 cortos circuitos, 2 cables caídos, 2 enjambres retirados, 2 fugas de agua, 1 rescate de cadáver.
Y hoy mismo ha escrito:
Santa María Siqueiros en la colonia Infonavit Culhuacán nos piden apoyo para el rescate de personas, vamos para allá.
 Terminamos de laborar en un incendio en la colonia El Mirador. De regreso a nuestras estaciones.
Sí, son poemas. A su manera lo son. Son los mensajes del mejor servidor público de la ciudad. Es estimulante y consolador saber que el Jefe Vulcano está en su puesto, y que si hacen falta sus servicios y se le llama, él acudirá y antes de partir enviará su mensaje reconfortante: «Vamos para allá.»

2 de febrero de 2018

Casi inocente, casi culpable

La definición de traductor como un coautor que dice casi lo mismo que el original pero en otra lengua no es del todo desechable. Ese «casi lo mismo» es inevitable, es lo insondable de una lengua, es decir del ethos del pueblo que habla esa lengua. Lo intraducible sería el alma, lo particular, que no tiene equivalente porque no existe o no se manifiesta igual en otro pueblo, en otra lengua.

Y no existe la traducción definitiva, es sabido que una o dos generaciones después es necesario volver a verter los textos. Una traducción castellana del siglo XIX de Shakespeare hoy nos parece casi ilegible. Las lenguas cambian. Los clásicos siguen impasibles, son las aproximaciones a sus obras las que tenemos que revisar y actualizar.

Hay un adagio que reduce a los traductores a traidores; el desencanto y la sospecha son casi la norma. Por eso nos sorprende una traducción que satisfaga a propios y extraños, y más con el correr de los años. Pero el margen del traductor tiene un límite.

Transcribo unas líneas de los Los hermanos Karamázov de Dostoievski en dos versiones españolas. Dice la traducción de Rafael Cansinos Assens (Obras completas I, Aguilar, 1953, p. 505):

Kalgánov volvióse corriendo al portal, sentóse en un rincón, agachó la cabeza, cubrióse la cara con las manos y se echó a llorar, y así se estuvo largo rato, acurrucado y llorando..., llorando cual si fuese un chiquillo y no un joven de veinte años ya. ¡Oh, creía casi plenamente en la inocencia de Mitia!
Dice la traducción de Augusto Vidal (Alianza, 2006, p. 813):
Kalgánov corrió al vestíbulo, se sentó en un rincón, inclinó la cabeza, se cubrió la cara con las manos y se echó a llorar: permaneció mucho tiempo sentado, llorando; lloraba como si fuera aún un niño y no un hombre de veinte años. ¡Oh, estaba casi convencido de la culpabilidad de Mitia!
Estoy casi convencido de que alguno de los dos traductores se confundió, o fue víctima de las travesuras de Titivillus o Tutivillus, ese pequeño demonio al servicio de Lucifer, que gozó de mayor prestigio en el medievo, cuya misión consistía en inducir el error y la confusión en los escritos de los autores y los textos que copiaban los escribas.

Para saber si Kalgánov creía que Mitia era casi plenamente inocente, o si estaba convencido de su culpabilidad necesitaré recurrir a otra traducción, y para asegurarme de que Titivillus no está metido en este caso buscaré la confirmación en alguna versión al inglés o al francés, ante mi imposibilidad de leer en ruso. Las traducciones son absolutamente necesarias, y ningún traductor está libre del error o la confusión, o para decirlo como en la Edad Media, de las diabluras de los pequeños demonios.

21 de enero de 2018

Noticias de Alice Denham

Una mujer joven, guapa, de pie ante la máquina de escribir, tiene un cigarrillo en la mano izquierda, la derecha en jarras, mientras lee atenta las palabras que acaba de escribir. El peinado, el suéter y la falda, el bullet bra (sujetador bala, en forma de cono) resaltan las curvas y son típicos de los años sesenta. También, claro, la enorme, sólida y poderosa máquina de escribir. 

La foto de esa mujer ante la máquina y su texto es tan interesante que aparece con frecuencia en la Red, y ella ha sido confundida con Maria Callas y Clarice Lispector, entre otras mujeres célebres. Ahora, en Escrituras Mecánicas* sabemos que se trata de Alice Denham, escritora, periodista, actriz y modelo cuya trayectoria de vida daría material de sobra para una novela nada aburrida.

Alice Denham nació en 1927, se graduó en la Universidad de Rochester y se marchó a Nueva York en busca de fama literaria y aventuras románticas Nadie podría decir que fracasó en sus propósitos. Su libro de memorias Sleeping With Bad Boys: A Juicy Tell-All of Literary New York in the Fifties and Sixties (existe edición española: Durmiendo con chicos malos, Ed. Huerga y Fierro) es también una crónica sobre Nueva York en los años cincuenta y sesenta en la que cuenta sus aventuras literarias y también sus amoríos con James Dean y Philip Roth entre muchos otros, y también por qué rechazó a Normal Mailer, entre muchos otros. Amiga de Gore Vidal y Truman Capote, tenía opiniones literarias polémicas y fue una dura crítica de Jack Kerouac. 

Alice Denham actúo en muchas películas, a veces bajo seudónimos, y fue un personaje central de la vida cultural y social de Nueva York, y fue célebre entre editores, publicistas, productores de cine, actores y escritores. «Manhattan was a river of men flowing past my door, and when I was thirsty, I drank», y «Every month I had a mad new crush, a fabulous new romance» escribió, según la nota que le dedicó el New York Times en febrero de 2016, cuando murió a la edad de 89 años.

Alice Denham modelaba y posaba para comerciales, aparecía con frecuencia en la portada de las revistas, pero el punto culminante de esa faceta de su vida es haber sido la única mujer en publicar un cuento, «Deal», y posar en las páginas centrales del mismo número de Playboy, en julio de 1956.

Entre sus novelas se cuentan My Darling From the Lions (1967), Amo (1974); Secrets of San Miguel (2013) es una memoria de sus frecuentes temporadas en San Miguel de Allende, donde era muy conocida entre la comunidad de artistas estadounidenses que viven ahí. En las calles de San Miguel conoció a John Mueller, su segundo marido, que la acompañó hasta el final.

Alice Denham, feminista militante, mujer libre, coqueta, descarada, hizo de su vida una aventura no exenta de imaginación literaria. El obituario del New York Times ofrece una cita reveladora: «Sexual friendships taught me politics, race, class, countries, temperaments, occupations, all useful for a novelist, but that wasn’t my motive. Sex, was my great adventure».

En la Red hay información y muchas fotos de Alice Denham, algunas de ellas ante su máquina de escribir. Me parece que esa serie acabará por definirla y representarla, mucho más que aquellas fotos para Playboy. Después de todo, no hay muchas reinas de la belleza que aparezcan desnudas en las revistas y además sean recordadas como escritoras.

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* Escrituras Mecánicas es un portal dedicado a celebrar con nostalgia la máquina de escribir (https://escriturasmecanicas.wordpress.com), donde se había publicado una foto de Alice Denham bajo otro nombre. Con esta nota rectificamos ese error y publicamos una serie de fotos, entre ellas la más conocida con su máquina de escribir.

16 de enero de 2018

Un rostro para siempre

Tarde o temprano llegamos a una edad en la que tenemos el rostro por el que somos reconocidos o recordados. Una fotografía basta para fijar nuestra imagen y mostrar quienes somos. Otras fotografías son como variaciones de aquella que nos representa. El hecho es interesante porque el rostro, al igual que el resto del cuerpo y el pensamiento y el ánimo y el alma no cesan de cambiar.

Algunos niños ya tienen en la primera infancia los rasgos definitivos de la edad adulta, y podemos reconocerlos a primera vista en una vieja fotografía. Otros, en cambio, no son identificables en esa foto amarillenta y tenemos que preguntar cuál de esos párvulos es nuestro abuelo. Algunos rostros muestran muy pronto lo que serán; otros, se perfilan y definen con los años, a golpes de vida y tiempo.

Rimbaud siempre será por antonomasia el adolescente de mirada diabólica, y a Borges siempre lo pensamos viejo, ciego, ingenioso y lúcido (no siempre fue así: no podemos imaginar a Rimbaud viejo, y nos cuesta  mucho imaginar a Borges niño).

Alfonso Reyes llevaba en la billetera una foto de sí mismo cuando tenía un año de edad ( él consideraba que fue su mejor momento), y se nota que le faltaba mucho para ser el gran ensayista y maestro del estilo. Y ya con sus años, cuando las fotos lo muestran sin posibilidad de error, en otra foto lleva en brazos a un niño muy pequeño que por ningún lado deja ver que será el novelista Carlos Fuentes.

El rostro de cada uno es un misterio y un plano formidable, una biografía cifrada. Una sucesión de fotos de un mismo rostro, a lo largo de los años, revela mucho más de lo que a veces quisiéramos. Pareciera que la experiencia de vida se asienta en la cara de manera más rotunda y definitiva que en las memorias y biografías y los diarios y los curículum vitae.

El rostro devastado por el tiempo de una actriz célebre de hace cincuenta años es tan impresionante y los cambios tan profundos que puede tornarse irreconocible para los que tienen fija en la memoria aquella imagen de juventud, cuando era una diosa del cine. A ella, ¿qué momento de su vida, qué edad la representa? (Marilyn Monroe, con su muerte prematura, se libró de ese dilema.) No sé si envejecer sea hermoso, me parece que no, como sostienen los promotores ciertas filosofías baratas, pero es el precio por seguir un tiempo más en este mundo.

Hay un momento en el que adquirimos la expresión que definirá nuestro rostro de por vida. Puede ser tarde o temprano, pero esa imagen es tan poderosa y nos identifica tanto como nuestro nombre. Tal vez nunca sepamos qué imagen terminará por opacar todas las otras edades y momentos de una vida. Sospecho que entre más años se vivan, la imagen dominante será la de alguien muy mayor, y entre más viejo, con frecuencia, más reconocible y nítida será la imagen definitiva que otros guarden de nosotros.

No exalto en demasía la lozanía de la juventud, pero es una pena que no podamos ser reconocidos por una foto como la que llevaba Alfonso Reyes en su billetera, o al menos por una de nuestros mejores años, como si entonces no hubiéramos sido, como si entonces no hubiéramos llegado a ser el que somos. Necesitamos muchos años o media vida para afilar el rostro que, al menos en las fotografías, tendremos para siempre.

15 de enero de 2018

La profunda oscuridad

Entré a la parroquia muy avanzada la tarde. No había nadie, y la luz en la nave era muy débil. Olía a encierro, a incienso, a sudor o humedad. Casi en penumbras vi cristos sangrantes y otros en féretros de vidrio. Oía retumbar mis pasos y luego el silencio absoluto cuando me detenía unos instantes frente a figuras propias de casa de los espantos.

Pensé en la oscuridad del «pueblo de mujeres enlutadas» de Al filo del agua, de Agustín Yáñez. Era el pozo sin fin del sufrimiento y al tortura. Era la sede perfecta de la crueldad y la culpa. Allí se cultivaba el dolor, la manipulación, el fanatismo y el miedo.

Llegué al altar y volví por el otro lado de la nave. Supongo que la fe debe ser una fuerza poderosa que le da sentido a todo lo visible y lo invisible, y que a veces puede orientar y consolar en el camino de una vida. Sin ella, la parroquia es el templo del pensamiento mágico, la imaginación morbosa y la ignorancia.

Una vez en la calle, agradecí la luz, volví al mundo. Salí de esa parroquia en una capital de provincia como si emergiera del inframundo, del reino de la muerte. Todo era claro y nítido. Comprendí, como en una epifanía, que no había entrado por curiosidad. Había entrado a esa parroquia cuyo nombre nunca supe a hacer una visita cultural y vislumbré en ella la más profunda oscuridad.

29 de diciembre de 2017

Una definición

El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española nos ilustran con esa pulcra precisión que los caracteriza, no exenta de encanto. En la tercera acepción de sisa ofrece una definición impagable:

f. «Mordiente de ocre o bermellón cocido con aceite de linaza, que usan los doradores para fijar los panes de oro.»

Es una joya.

28 de diciembre de 2017

La muerte del teléfono

Julio Cortázar cuenta: «Una noche me tocó involuntariamente dejar estupefacta a una señora que me preguntaba cuáles eran los grandes momentos del siglo XX que me había tocado vivir. Sin pensar, como siempre que voy a decir algo que está realmente muy bien, contesté: “Señora, a mí me tocó asistir al nacimiento de la radio y a la muerte del box”. La señora, que usaba sombrero, pasó inmediatamente a hablar de Hölderlin.»

Si esa señora repitiera hoy su solemne pregunta, alguien podría decirle que asistimos al nacimiento de internet y a la muerte del teléfono. Me apresuro a aclarar que me refiero al teléfono como lo conoció Cortázar, no al telefonito que todo el mundo, sí, todo el mundo, lleva en el bolsillo.

Pero habría que aclararle que sucede algo muy extraño con ese telefonito. En realidad, es una máquina muy compleja, un triunfo de la tecnología que sirve para muchas cosas, pero que no se usa para hablar por teléfono. La gente ya no se habla, se escribe. El mundo ha cambiado.

La humanidad ya vive de otra manera. Si Hölderlin, para alegría de la señora, escribió esos versos inmortales: «Pleno de méritos, pero es poéticamente como el hombre habita esta Tierra», bastará sustituir la palabra poéticamente por telefónicamente o celularmente para instalarnos en el segundo decenio del siglo XXI.

Los conductores van dándole a las teclas mientras van en las vías rápidas, y los peatones siguen en lo que están con su telefonito mientras cruzan las calles donde circulan conductores que no saben por dónde van porque están dándole duro a su  mensaje de texto. Todo el mundo está en una conversación sin fin. (Es asombroso que no aumenten considerablemente los accidentes viales y los atropellados.)

Mamá llama a la mesa a su prole que está en la habitación de al lado con un mensaje de texto, y los niños y los adolescentes y las amigas y los enamorados y los jefes de oficina y los sargentos se comunican con el mismo número de palabras que cabían en un telegrama pero ahora aparecen en la sempiterna pantallita.

Sentados a la mesa, entre la sopa y la ensalada, alguien le presta más atención al teléfono que a la persona que tiene enfrente. Para comprobarlo, en los restaurantes, bastaría con mirar un poco más allá de la pantalla.

Y las parejas de novios desencantadas, cuando se acaba el amor, no terminan su relación de frente, mirándose a los ojos en una última cita, basta un escueto mensaje de texto para romper, y luego bloquean a su ya expareja quizá para no enterarse de la respuesta.

Que la humanidad se escriba me parece muy bien, pero que no se hable me parece sospechoso y estoy a punto de decir lamentable. Las llamadas telefónicas son tan escasas y formales y raras como las llamadas "conferencias" de larga distancia de mi infancia. Las señoras se ponían el sombrero, los señores se ajustaban la corbata y se abotonaban el saco y todos se ponían de pie para hablar en una conferencia telefónica con la ayuda de la operadora.

Asistimos a la muerte del teléfono. Pero yo creo que resucitará. Como decía un tuit: Algún día la humanidad redescubrirá el teléfono. Se asombrará de la viveza, de la riqueza de expresiones, matices y estados de ánimo que revela eso que Jean Cocteau y luego Francis Poulenc llamaron «La voz humana». Qué suerte tuvo Cortázar al asistir al nacimiento de la radio. En ausencia, en la distancia, nada tan cálido y humano como una voz.

21 de diciembre de 2017

La increíble Biblioteca Brautigan

En su novela The Abortion: An Historical Romance 1966, Richard Brautigan (1935-1984) imaginó una biblioteca conformada con los escritos que no le interesan a la mercantil industria editorial. Ahí encontrarían su sitio y se conservarían «the unwanted, the lyrical and haunted volumes of the American writing» (los volúmenes despreciados, líricos y embrujados de la escritura estadounidense) que nadie aprecia, es decir, los manuscritos que nunca han sido publicados. Esa sería la biblioteca de los libros siempre inéditos y jamás leídos.*

La novela explica que si bien nadie puede visitar la biblioteca, y menos aún leer los manuscritos ahí depositados, los autores de esas obras están felices de que sus «visiones y voces» haya sido recogidas y preservadas. Como todo el mundo sabe, la realidad se empeña en imitar al arte, y prueba irrefutable es que, inspirada en la imaginación del novelista, en 1990 abrió sus puertas en Burlington, Vermont, la increíble Biblioteca Brautigan.

La Biblioteca Brautigan conserva cientos de originales en papel y un número creciente de archivos digitales, pero, a diferencia de la biblioteca de la novela, los curiosos lectores interesados pueden leer los textos mecanografiados y los manuscritos aunque, claro, no pueden llevarlos a casa (algunos de los originales que preserva la Biblioteca son piezas únicas, de las que no existen copias).

Como todo proyecto cultural independiente, que no vive del erario y marcha culturalmente contracorriente, la Biblioteca Brautigan ha tenido que cambiar de domicilio y sortear toda clase de dificultades. Sin embargo, ha sido acogida en The Clark County Historial Museum, en el 1511 de Main Street, Vancouver, Washington, Estados Unidos.

La Biblioteca admite nuevos originales (también donativos y contribuciones), y para conservar su singular naturaleza, cuando un texto es publicado, al salir al mundo, al perder su condición de inédito, debe ser retirado para siempre de sus estantes.

La Biblioteca Brautigan tiene su propio y (borgesiano) sistema de clasificación de los libros, the Mayonnaise System (el sistema mayonesa), el primero desde el vetusto sistema creado por Melvil Dewey en 1876. El Sistema Mayonesa ha tomado prestado su nombre del último capítulo de la novela más conocida de Richard Brautigan, Trout Fishing in America (La pesca de la trucha en Estados Unidos).

 Los manuscritos son catalogados según trece categorías generales: 1) Aventuras. 2) Todo lo demás. 3) Familia. 4) Futuro. 5) Humor. 6) Amor. 7) El sentido de la vida. 8) Mundo natural. 9) Poesía. 10) Social/Política/Cultural. 11)Espiritualidad. 12) Vida callejera. 13) Guerra y paz.

Cada manuscrito de la colección es tratado como una joya que expresa la visión y la voz, únicas, del autor. Suelen ser manuscritos excéntricos, de pensamiento crítico o que no expresan las ideas comunes o dominantes; lejos de las corrientes principales, están fuera del alcance del llamado éxito editorial y comercial. La misión de la Biblioteca Brautigan es poner esas obras, marginadas, al alcance del público lector.

La Biblioteca, entre otras actividades, es la promotora del National Unpublished Writers' Day (NUWD; Día Nacional de los Escritores Inéditos), el último domingo de enero. Ese día se celebra a los autores inéditos, a la propia Biblioteca como repositorio de manuscritos inéditos y también el aniversario de Richard Brautigan, padre intelectual e inspirador de la Biblioteca, recordado además como autor de poemas, cuentos y novelas que expresan el más profundo espíritu del movimiento contracultural de la ciudad de San Francisco en los años sesenta y setenta.

Siempre serán bienvenidas las bibliotecas y los proyectos culturales, pero éste en particular me hace pensar en algunos libros que conozco, candidatos perfectos a sus estantes, manuscritos que nunca debieron haber sido publicados. No es censura, simplemente es admitir que andan por el mundo libros que deberían estar en la increíble Biblioteca Brautigan.

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*Véase en este blog el apunte "El Ministerio Mundial de la Literatura y la Biblioteca del Rotundo Fracaso", del 23 de abril de 2010.

13 de diciembre de 2017

Un recado a la cocinera

Ocupé la mayor parte de la mañana en redactar una carta en la oficina. Había que buscar un equilibrio entre algo así como valoramos y consideramos sus apreciables servicios, pero por las razones presupuestarias que usted conoce no le renovaremos su contrato. Por supuesto, la redacción y los términos que sugería el borrador hecho en una oscura oficina de Administración eran un atentado a una prosa con un mínimo de decencia y corrección.

«La sencillez y la sobriedad son el alfa y omega del estilo», me decía y citaba una vez más el viejo adagio. En la tercera o cuarta versión de la carta me acordé de lo que decía el profesor Gonzalo Celorio: «Para un escritor no hay nada más difícil que escribir, y esto es válido para cualquier texto, un poema o una novela», seguramente a partir de una cita de Thomas Mann: «Un escritor es un hombre que, más que cualquier otro, es de la opinión que resulta difícil escribir.»

Para nadie es más difícil escribir. Lo cual no equivale a que nadie sufre más que un matemático para calcular, y el diseño de un puente no necesariamente debe ser casi una misión imposible para un ingeniero, aunque nadie sabe más de las cuitas de hornear pan que un panadero... Sucede que todos hablamos y todos escribimos: las palabras son comunes a todos, pero escribir una carta con corrección ya es otra cosa.

Por supuesto, en esta aparente contradicción o situación absurda, el profesor Celorio tiene razón. ¿Quién va a sufrir más con un párrafo que un escritor, que sabe y conoce de qué adolece esa carta, el poema o cierta escritura? ¿Alguien más puede reparar en las imprecisiones y torpezas, en los errores gramaticales, en las ambigüedades, en los lugares comunes, en las rimas involuntarias y las cacofonías?

Celorio daba el caso de un recado doméstico a su cocinera. Una mañana podía dejar sobre la mesa de la cocina un hoja con estas palabras: «Juana, porque tengo una junta muy importante en la oficina, hoy no vendré a comer.» Listo. Entonces se preguntaba: ¿Por qué tengo que darle explicaciones a Juana? Entonces hay que tirar la hoja y tomar otra: «Juana, no vendré a comer.» Listo.

Esta le parecía una nota muy seca y dura. Juana podría pensar que no me gusta su comida, pensaba el profesor. Entonces consideraba escribir: «Juana, aunque me gusta mucho la comidas que preparas, hoy lamentablemente tengo cosas que hacer y no podré gozar de tus guisos». No, otra vez demasiada información, y un tanto melosa; un exceso. Etcétera. Podría redactar otras cinco o seis versiones. Pareciera una misión imposible escribir el recado justo y exacto, por no mencionar aquí los problemas de una novela.

¿Las dificultades de la carta que me costó media mañana escribirla eran de fondo o de forma? ¿De lenguaje? ¿De cortesía? ¿Políticas o gramáticas?  Por supuesto quedó muy bien, pero tuve que batallar mucho. Acabé exhausto. Al terminar, me sentí como si hubiera escrito un párrafo proustiano, y quedé tan satisfecho que me convencí de que podría redactar el recado perfecto para Juana, la cocinera.

12 de diciembre de 2017

Decálogo del conductor cafre

La Universidad de Ciencias Politécnicas de Nueva Australia del Norte y el Instituto Nórdico del Caribe de Altas Tecnologías conformaron un admirable grupo multidisciplinario con sus más calificados científicos para desarrollar una investigación sin precedentes en el mundo.

El objetivo era descifrar el "genoma", el "código" de la psicología profunda, las motivaciones del conductor incivil de vehículos de motor. Por el gran número de cafres al volante que van como un peligro público por nuestras calles, la Gran Ciudad tuvo el dudoso honor de ser la sede de la investigación. En efecto, la prevalencia del conductor incivil es endémica de nuestra sufrida ciudad.

Después de siete años de trabajo, han sido presentadas las conclusiones, con un impresionante aparato crítico, fotos, videos, entrevistas, casos y estadísticas. El Informe completo ya se encuentra en la Red. Los responsables de cada casa de estudios, los doctores Knut Gómez y Juan Stolenberg, respectivamente, han presentado en una conferencia de prensa la joya más preciada de su investigación: el Decálogo del conductor incivil.

Los científicos señalaron que si bien la conducta incivil la adolecen toda clase de conductores, sin olvidar a los de las motocicletas (en particular los repartidores de pizzas) presenta "un poblamiento" muy concentrado en conductores de coches de particulares, escoltas, taxis, camionetas, microbuses, autobuses urbanos, camionetas de reparto, camiones de carga.

La primera conclusión del estudio es clara y contundente, se refiere a la premisa, la razón de ser del conductor incivil. El cafre tiene como lema: «Si puedo avanzar, acelero y avanzo.» La segunda: El reglamento de tránsito es casi letra muerta. La tercera señala que si bien se presenta en otras ciudades, la conducta incivil al volante es endémica de la Gran Ciudad, un rasgo de su identidad.

Este es el decálogo del conductor cafre:

1. Si el semáforo está en rojo y puede avanzar: acelero y avanzo.
2. Si la vuelta a la izquierda está prohibida pero puede darla y avanzar: la doy, acelero y avanzo.
3. Si puede avanzar en sentido contrario: sigo en sentido contrario, acelero y avanzo.
4. Si en el paso de cebra cruzan peatones (en particular señoras con carriola, niños y ancianos), acelero y avanzo.
5. Si hay un embotellamiento o atasco, pero puede seguir en reversa, por la banqueta o camellón, doy en reversa o me trepo a la banqueta o al camellón, acelero y avanzo.
6. Si choco, arrollo o atropello a alguien y puede huir, acelero, avanzo y huyo.
7. Si alguien me pide el paso pero puede seguir, le niego el paso, acelero y avanzo.
8 Si al avanzar obstruyo un cruce y bloqueo las calles o entradas: acelero y avanzo.
9. Si puedo rebasar por la derecha, doy a la derecha, acelero y avanzo.
10. Si puedo exceder el límite de velocidad, lo excedo, acelero y avanzo.
11. Si encuentro un lugar prohibido para estacionarse, ahí me estaciono.
12. Si la policía me da el alto pero puedo huir, acelero, avanzo y huyo.

Las autoridades se han declarado «sorprendidas por las conclusiones», y el Decálogo les parece «parcial», «tendencioso», «unilateral», «desinformado» y que responde a evidentes fines políticos en tiempos de campañas electorales. A pesar de ello, convocarán a la formación de una comisión mixta, múltiple y transversal para analizar a fondo la situación, aunque no están convencidas de la presunta presencia de conductores cafres en la ciudad.

5 de diciembre de 2017

El café San Marcos según Magris

«Si trazamos el mapa de los cafés, tendremos uno de los indicadores esenciales de un hallazgo asombroso: Europa se halla a sí misma en sus cafés, en la esencia que los anima.», dice George Steiner en uno de sus ensayos. «Europa está en sus cafés»* es un elogio pleno de nostalgia a los café europeos y también al juicio lúcido del gran crítico de la cultura.

El café es una institución europea, y no es muy aventurado imaginar que el arte y la historia de Occidente hubieran sido distintos sin esos establecimientos. «El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno.»


Me refiero al café europeo (que floreció incluso fuera de Europa), propensos a fomentar el fluir de las palabras, las conversaciones, el pensamiento, las ideas. Leer o pensar o escribir o juegar ajedrez o leer el periódico en un café son tan propios de su naturaleza como beber y comer en la misma mesa. El café europeo tiende a desaparecer y es sustituida  por otro, digámosle americano, o con necesaria precisión estadounidense. 


En mi ciudad, mientras uno a uno desaparecen los cafés europeos, surge uno tras otro en cada esquina un local de los suplantadores. No tengo nada en contra de éstos, y los visito con frecuencia, y todo está muy bien salvo que algo les falta, eso que Steiner conoce muy bien, y también Claudio Magris, que ha hecho en «Café San Marcos», un texto ejemplar de Microscosmos (Anagrama) el gran elogio de ese café triestino.


Al adentrarse en esas páginas el lector y parroquiano se siente arrebatado de la más extraña y alta forma de la nostalgia: una tristeza urgente por no estar sentado en una mesa de ese café, de esa ciudad que tampoco conoce. En el San Marcos transcurre todo porque es «un arca de Noé, donde hay sitio, sin prioridades ni exclusiones, para todos».

Luego del café en sí, su estructura, lo distingue «la fidelidad conservadora y el pluralismo liberal de sus parroquianos... En el San Marcos triunfa, vital y sanguínea, la variedad». «El café es una academia platónica, decía a principios de siglo Hermann Bahr ... En esta academia no se enseña nada, pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto.»

El café es un refugio, una especie de asilo, un templo, un museo, una galería, un punto de encuentro, un gabinete de estudio, un microcosmos. También un espacio privilegiado para la escritura.

«Escribir significa saber que no estamos en la Tierra Prometida y que no podremos llegar nunca allí, pero continuar con tenacidad el camino en esa dirección, a través del desierto. Sentados en el café, se está de viaje; como en el tren, en el hotel o por la calle, uno tiene consigo poquísimas cosas...» «El café es un lugar de la escritura. Se está a solas, con papel y pluma y todo lo más dos o tres libros, aferrado a la mesa como un náufrago batido por las olas.»

Un verdadero café, y no sólo el San Marcos de Trieste, es un paraíso breve y secreto, un punto de recogimiento entre los otros, un sitio frágil para la confesión y vislumbrar el ser de alguien. Un café es una isla a la que ansían llegar los náufragos sobrevivientes, heridos de nostalgia, de las calles hostiles de la ciudad, cualquier ciudad. Lo sabe George Steiner y Claudio Magris. Y con ellos, también nosotros.
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* Apunte de este Cuaderno de bitácora de lo casi inadvertido del 14 de enero de 2016.

25 de noviembre de 2017

La poesía estaba en otra parte

Del fondo de un rincón de la vieja casa familiar ha vuelto, como de una exhumación, una carpeta con mis primeros poemas. Ha llegado a mis manos desde un tiempo que me parece tan remoto, tan lejano a mi vida y circunstancia que no reniego de ellos pero me es difícil reconocerme en esos intentos, en esos ejercicios. Por supuesto, dicen quién fui, y entonces me parecieron muestras impecables que me conferían sin más trámite el alto título de poeta.

No sabía que había sobrevivido una copia de aquellos poemas, pero reconocí de inmediato la carpeta, los papeles que han ganado rigidez y un color amarillento, pero los versos siguen siendo rotundamente malos. (¡Ah Rimbaud, tal vez eres el único, el príncipe de los poetas adolescentes!)

Los poemas están escritos a máquina sin mácula ni error, con una simetría tipográfica y cuidado admirables. Me recuerdo escribiendo en aquella máquina portátil, con la que también hacía las tareas escolares en la preparatoria. Pasarlos a máquina era un hecho trascendente, darles la dignidad de la letra impresa, la formalidad de escritos poéticos o literarios. Fijarlos en una hoja blanca era un acto solemne, un juego fascinante, un proceso dichoso que todavía puedo asociar con la felicidad.

Era feliz al mecanografiar esas tres docenas de poemas, y eso me bastaba. Pero también lo hacía con convicción, y creía que algunos de esos versos podrían salvar mi alma. Hoy me sonrojo y me avergüenzo de la poderosa ingenuidad de mi entusiasmo. Nadie se vuelve poeta sin la gracia de los dioses, pero es cierto que con la práctica y los años se puede mejorar un poco.

Tengo que destruir esos poemas. Tengo que entregarlos al fuego (lo haré yo mismo, no se lo pediré a ningún amigo). No merecen seguir en este mundo. Sin duda hablarían mal de mí, acabarían por ser la prueba y evidencia de mis torpezas. Sin embargo, siento un poco de pena por ellos. Han sobrevivido a mudanzas y terremotos, al tiempo, al olvido en el fondo de un armario del que no debieron de haber salido.

Sí, soy un sentimental. No quisiera incinerarlos pero ese es mi deber poético. En el nombre de la poesía es necesario acabar con ellos, asegurarme de que no dejen la menor huella en el mundo. Por ellos no vale la pena lastimarse los oídos, ni fatigar la inteligencia y tampoco la memoria.

Haré una ceremonia, digna y en secreto, y en el jardín esparciré sus cenizas. Dejaré aquí sin embargo constancia de su nombre: Como principio de río se llamaba aquella serie, y también diré que me parecía un nombre magnífico. Luego, para consolarme, leeré las obras completas de Rimbaud, y volveré a decirme que la poesía es magia y un misterio, y que como un ángel díscolo, no siempre se posa en la página y no ilumina todos los escritos ni habita en todos los juegos de palabras.

23 de noviembre de 2017

La profesión de Don Quijote

Don Quijote de la Mancha debe ser la mejor novela del mundo, y si alguien lo duda será porque algún sabio encantador, enemigo del caballero, ha trastocado la realidad como por encantamento y no permite apreciar esa gran verdad.

Y tal vez no sólo es la mejor novela jamás escrita, sino también la más divertida. Y también la más elusiva, en la que todo está claro y a la vez no lo está. ¿Acaso don Quijote estaba loco? Si lo estaba padecía una extraña locura, pues sólo se manifestaba en lo relativo a la andante caballería, y luego mostraba un juicio, prudencia y aún sabiduría admirables.

Tal vez estaba cuerdo y fingía locura, lo cual lo convertía en un actor, en alguien que representaba el papel de caballero andantes para imponer su ley y vivir aventuras lejos de casa. Y así fuera, entonces también Sancho representa un papel, pues sabe que su amo no es un caballero andante, sino su vecino e hidalgo Alonso Quijada o Quesada o Quijano, que también con su nombre hay dudas y versiones.

¿Y cómo explicar, entonces, a los otros personajes que se hacen pasar por princesas y caballeros andantes que le siguen el juego a don Quijote? Los cervantistas saben que esta novela se complica a cada lectura y surgen nuevas preguntas de difícil respuesta. La cruda realidad y las apariencias, la verdad y el engaño, la confusión y el malentendido, la locura y la razón, la representación y el teatro dentro del teatro son algunos de los temas que se extienden a lo largo de las aventuras del caballero manchego.

Marc Van Doren publicó en 1958 Don Quixote's Profession, y en 1962 salió la edición en español del Fondo de Cultura Económica. Durante muchos años fue un libro celebrado que no se encontraba por ningún lado (salvo un golpe de suerte en una librería de viejo) y que ha sido reeditado. Es una obra sugerente, de sutil inteligencia, que desmonta la novela de Cervantes para dejarla incólume, intacta en su grandeza y sus recursos.

No se trata, por supuesto, de un estudio erudito, ni de un análisis a fondo o académico como los de Américo Castro o Martín de Riquer o Francisco Rico, por mencionar a tres estudiosos. Se trata del ensayo lúcido de un crítico asombrado ante una historia que «goza la fama de ser tal vez la mejor novela del mundo».

Su lectura es provechosa sobre todo para los que ya cabalgaron la novela porque hará más rico el regusto y hará visible algunos aspectos obvios que, como tales, suelen pasar inadvertidos. Pero los que buscan un texto que les guíe y muestre dónde mirar, también encontrarán su recompensa.

La profesión de Don Quijote (FCE, Colección Popular, 31, México, 2016) es una pequeña joya, una delicia en su brevedad, su claridad, su elegancia y su agudeza para señalar algunas de las claves del Quijote.

22 de noviembre de 2017

La insatisfacción según Glenn Gould

Glenn Gould fue un pianista único, que se inscribe en una categoría o clasificación que puede llamarse de muchas maneras y tener muy diversas cualidades pero que exige una condición indispensable: en ella no puede admitirse a nadie más.

Algunas de esas cualidades pueden ser: a) el que canta mientras toca, b) el que toca en una silla tan baja que tiene la nariz sobre el teclado, c) el que desprecia el pedal, d) el que recompone la arquitectura de la obra mientras la interpreta, e) el que imprime un sonido irrepetible, f) el que hace montajes o manipula las grabaciones en busca de la versión perfecta, g) el que toca para sí mismo, h) el que logró una viveza rítmica sin par, i) el que reinventó la música de Bach para teclado y nadie nunca jamás podrá volver a tocarla como él, y j) etcétera.

Hechizado por su interpretación como tantos otros, mi asombro no disminuye con los años, y mi gozo no cesa cada vez que lo escucho; al contrario, se suman recuerdos y momentos en los que me acompañó su piano. La música también nos ensancha la vida. Ahora, mientras escucho las Variaciones Goldberg una vez más, leo una serie de entrevistas al genial músico canadiense (también era y sentía compositor) reunidas en No, no soy en absoluto un excéntrico (Acantilado, Barcelona, 2017).

Gould tenía una visión muy clara de su oficio, tenía ideas y opiniones originales y a veces sorprendentes sobre la música, compositores e interpretaciones. Era un hombre culto (los músicos no suelen serlo) y podía haber cultivado con éxito la escritura. Era un pianista genial, sí, y un intelectual de la música en el sentido más amplio y generoso del término.

A la pregunta de si la interpretación ideal es algo objetivo y reconocible, Gould responde que «depende sin duda del aura de la ocasión, e incluso de la atmósfera del mes, del año o de la época de su vida. La valoración puede variar enormemente». Es decir, la interpretación ideal se torna en un capricho, en pura subjetividad. Luego da una lección sobre la fragilidad y vulnerabilidad de la apreciación. Dice Gould:

hace algunos años hice una grabación del Concierto en re menor de Bach, y estaba muy satisfecho en aquel momento. Dos o tres años más tarde, un día estaba en mi coche y puse la radio en medio del primer movimiento de una grabación que alguien había hecho del mismo Concierto. Por aquel entonces el tocadiscos de mi casa estaba desajustado y giraba un poquito más rápido, lo que elevaba todo lo que sonaba un semitono ascendente, y hería mi oído absoluto; al mismo tiempo, le añadía un elemento de brillo nada desagradable, dando a las cosas un intensidad ligeramente toscaniniana. Me había acostumbrado a escuchar en mi bemol mi propia grabación del Concierto de Bach, y de pronto lo escuchaba en la radio en re menor y más lento. Empecé a preguntarme quién podía ser el intérprete. Sabía que la obra había sido grabada recientemente por X, Y y Z. Creía que lo que escuchaba era sin duda de X, ya que la interpretación tenía todas las cualidades de solidez; que yo, cuando la había grabado, había adoptado una actitud mucho más altiva respecto a la música. A medida que iba escuchando me preguntaba: «¿Por qué no puedo yo tocar con esa convicción, con esa clase de disciplina tan simple?». Estaba realmente furioso conmigo mismo. En ese momento llegó el segundo movimiento, y me dije: «¡Qué tempo tan maravilloso!». Luego percibí dos apoyaturas tocadas ampliamente antes de tiempo, mientras que la nota real no aparecía a la mitad del pulso sino en los tres octavos del tiempo. No conocía a nadie que hiciera eso con Bach salvo yo. Reconocí de pronto que lo que se oía por la radio era mi propia grabación y de inmediato comencé a encontrarle todo tipo de fallos. 

Esta cita es también un autorretrato del propio Gould, de su genio, de sus manías (excentricidades) y obsesiones, de su erudición, de su fascinación por la música grabada y un acabado ejemplo de la eterna insatisfacción de los grandes artistas.

Buscamos la objetividad porque no es posible alcanzarla en estado puro, como la felicidad o la sabiduría, y si podemos ser injustos con la obra y acciones de otros, no es difícil perder del todo el rumbo al valorar las propias. Suele imponerse una expresión vanidosa y distorsionada del ego o una crítica feroz que hiere la autoestima.

La valoración que tienda al justo medio, al equilibrio, lo sabía Gould, no es para los genios. Por razones técnicas desconoció su propia versión, que halagó y envidió hasta que descubrió que era suya. Entonces la despreció. Ah, la valoración injusta, el ego, la crítica despiadada, la insatisfacción.

24 de septiembre de 2017

Los relatos de Boris Vian

Boris Vian fue un artista fuera de serie, un mito del París de la posguerra cuya leyenda se hace más intensa con el tiempo. Es sorprendente todo lo que hizo, y lo bien que lo hizo todo. Fue ingeniero (eso no importa en su vida), cantante, trompetista de jazz, locutor, productor de discos, locutor, escenógrafo, inventor, traductor y escritor. 

Vivió tan rápido que pareciera que le quedó muy poco por hacer en este mundo, aunque sólo estuvo aquí treinta y nueve años. Si alguien quisiera inventar a un personaje como Boris Vian resultaría una especie de monstruo, insufrible, increíble e inverosímil. Otro atributo del gran Vian: es inimitable.

Noticia para lectores: El lobo-hombre (Tusquets) es una colección de trece relatos. Todos distintos, revelan una faceta de Vian, modelo de creador sin pausa, de artista total, de innovador incesante, siempre en busca de algo nuevo, en busca de hallazgos y a veces de respuestas. 

Este libro es un muestrario de propuestas estéticas, una celebración de la imaginación, un paseo por las tendencias de la literatura francesa de su tiempo. Se gozan mucho más si se leen a deshoras: en la oficina, de madrugada, bajo un paraguas en pleno aguacero, en un coche a alta velocidad...

“El lobo-hombre”, el cuento que da título al libro, es un ejercicio de imaginación. Todos sabemos del hombre lobo, pero qué tal que un día un lobo se convirtiera en hombre. El resultado fue más o menos agridulce, por no decir, amargo, y es que no resulta fácil ser hombre para un lobo (en realidad, no resulta fácil ser hombre), y sobrevivir entre los hombres.

Aquí historias de ladrones y niños perversos, de personajes absurdos, de prófugos de la policía o la justicia, que no siempre es lo mismo, de músicos de jazz que van a tocar una noche, de un taxista que encuentran en la noche a una mujer de armas tomar por decir lo menos, de una chica suicida que tal vez busca otra cosa y provoca una desgracia, de fiestas absurdas con personajes desquiciados, de chicas que les gusta gozar entre ellas (otro adelanto de Vian, sin duda) y gozan maltratando a un hombre, y de una máquina que se aprende una enciclopedia, es inteligente, sensible, con iniciativa y violenta: se rebela contra el hombre porque se han enamorado de la chica de su creador: el lado más oscuro de la temible inteligencia artificial, y conste que son escritos de 1950. Son el otro lado de la grave literatura francesa en tiempos de compromisos estalinistas y existencialismos sartreanos. 

Divertidos, ligeros, intensos, audaces, profundos, irreverentes, crueles y desbordantes de sentido del humor, estos relatos son una fiesta. Son transgresores, son de Boris Vian. Y eso es decir mucho. De despedida, una oración perfecta e incorrecta, inolvidable, luminosa como un relámpago: «Aun a riesgo de escandalizar, confieso que una mujer con falda es algo que no me ofende.»

14 de septiembre de 2017

Skyline

No puedo imaginar a la ciudad de San Francisco sin el Golden Gate. El puente es parte de su identidad, y parece tan natural como la bahía y las colinas que la circundan. Uno podría jurar que siempre ha estado ahí. Veo una foto vieja antes de que fuera construido. Algo falta. San Francisco ya no sería el mismo sin el puente, que pareciera que salta de una orilla a la otra, imponente, con la gracia de un gato.

Tampoco puedo imaginar París sin la torre Eiffel, ni a Pisa sin su torre inclinada (que ha ganado unos centímetros de verticalidad), ni a Londres sin la torre del Parlamento y el Big Ben, ni a Florencia sin el Duomo. Lugares comunes, el centro mismo del tópico, visitas obligadas para turistas. Casi cualquier ciudad tiene un edificio o un monumento emblemático, y no sé cuál podría representar a la Ciudad de México, tal vez la vetusta torre Latinoamericana.

Si el Empire State es el modelo de los rascacielos, las torres gemelas tenían un lugar privilegiado (estaban en uno así) en la línea del horizonte y la memoria colectiva de Nueva York. No puedo imaginar San Francisco sin el Golden Gate, y busco como contrapunto dos fotos de la skyline neoyorkina: antes y después del 11 de septiembre de 2001.

El puente se integra al paisaje, se incorpora a la naturaleza y a la neblina; los rascacielos son pura vanidad, monumentos al dinero y alardes de ingeniería. El puente es una celebración de las artes plásticas y la imaginación: un atleta de acero. Los rascacielos son la obscena verticalidad, simplones gigantes hacinados que ensucian el horizonte. El magnífico puente de Brooklyn tiene la solidez de un viejo roble, tan clásico y literario, tan cinematográfico, y ha sido testigo de tantas historias, que merecería ser el protagonista de una buena novela.

Una anécdota o un relato que terminará por ser una leyenda de Nueva York dice que un viejo y un joven miraban desde New Jersey la skyline de Manhattan. El joven echa de menos las torres gemelas. «Sin olvidar la muerte y la destrucción, los ataques terroristas me quitaron el paisaje de mi infancia. Desde que nací las torres estaban ahí», dice. Y el viejo le responde: «Es curioso lo que dices. Sin olvidar la muerte y la destrucción, los ataques terroristas me devolvieron el paisaje de mi infancia. Cuando nací, las torres no estaban ahí.» Todo cambia. Al levantar la vista, alguien mira que las nubes pasan, y también cambia el paisaje del horizonte o la frágil línea del cielo.

11 de septiembre de 2017

Literatura y terremoto

Comenzó como una leve sospecha, una ocurrencia sin importancia. Luego, volví a pensar en ella como una pista a seguir, un tema de conversación, algo que tendría juego para otra cosa, tal vez un apunte como este. La hipótesis, por así llamarla, dice que existe una novela o un cuento sobre cualquier tema o circunstancia. Una obra literaria de gran calado se ha ocupado de lo que la imaginación ofrezca y la realidad imponga.

Existe la novela de un hombre que se siente caballero andante, y otra de un guerrero astuto que pasa años entre aventuras que le impiden volver a su casa. Tenemos novelas de amores contrariados, de amores juveniles y seniles, de incestos y adulterios, de curas con problemas de conciencia, de policías que son ladrones, de un hombre que su suicida por no soportar la genialidad artística de otro, y la novela de un viejo que seduce jovencitas, otro que duerme con niñas sedadas, y la de un hombre que quiere dejar de fumar.

Tenemos la novela de un hombre que no puede dormir, otro cuenta su vida desde antes de su nacimiento, otro se hace viejo ante su retrato, y otra novela se ocupa de la especulación inmobiliaria. Historias de cazadores de ballenas y sobre perros y gatos y caballos. Historias de viajes y aventuras sin fin.

Tenemos novelas de naufragios, de historias callejeras, otra de un hombre que anda por una ciudad como en el Mediterráneo. Tenemos novelas de épicas de héroes, de avaros y mentirosos, de mujeres casadas confundidas, de genios matemáticos y de memorias y recuerdos. Vidas de emperadores sabios y de locos y celosos. Historias de guerras y de imperios y de fundación de ciudades, historias de una familia y de una casa, de un hombre que va a un pueblo donde todos están muertos a buscar a su padre.

Incluso hay series, la colección de novelas sobre dictadores que envejecen lentamente podridos en su miseria moral y la corrupción del poder. Y claro, también sobre lo que no es posible, máquinas fantásticas, seres de otros mundos y viajes intergalácticos. Existe, me parece, una novela o un cuento sobre todo lo posible y lo imposible. Existe una novela sobre cualquier tema. La lista es finita, pero innumerable: son todas las novelas del mundo.

Volvió a temblar con furia en la Ciudad de México. Al otro día, aquella hipótesis dio un giro. Las fuerzas telúricas la ponían a prueba. El terremoto de 1985 dejó crónicas y testimonios muy valiosos, pero no obras mayores. ¿Existe alguna gran novela sobre un terremoto, o al menos un buen cuento? Yo no los conozco. La hipótesis se puso a temblar: se vino abajo.

Le comenté el punto a Carlos Azar, que pareciera que ha leído todos los libros y que lo sabe todo sobre ellos. Sucede que tiene tantos, que no caben en su casa, por lo que lleva en su coche (en el asiento trasero, en el suelo, en la cajuela o maletero), algunos cientos más que lee mientras conduce por toda la ciudad. Otros tuvieron la dicha de visitar la antigua Biblioteca de Alejandría, pero he visto la impresionante biblioteca móvil en el pequeño Peugeot de Carlos Azar.

Carlos, en cuanto escuchó la hipótesis dijo: «Voltaire escribió sobre el terremoto que destruyó Lisboa en 1755.» Es cierto, lo hizo en Cándido, y en Poème sur le désastre de Lisbonne (Poema sobre el desastre de Lisboa), y las réplicas filosóficas llegaron hasta Kant, que también se ocupó de aquel terremoto que devastó y acabó con la capital de Portugal.

Tal vez la filosofía no es literatura, o no siempre lo es, pero ya teníamos dos o tres textos sobre el tema. Luego, Carlos me escribe: «Haruki Murakami tiene un libro de relatos que se llama Después del terremoto.»  La hipótesis, entonces, abollada, pero resurgía de sus cenizas. Tal vez la literatura se ha ocupado de todo, no ha dejado nada fuera de su celebración sin fin, pero me falta la novela sobre un terremoto.

No me extrañaría que un día un lector o alguien que aún no conozco me hablé de ella, de sus virtudes y me dé noticias de su autor. Pero no me sorprendería que fuera Carlos Azar quien confirme la sospecha de que existe una novela sobre un terremoto, y confirme la sospecha de que existe una novela de gran calado sobre cualquier tema que sea posible imaginar y fijarlo con palabras.

30 de agosto de 2017

Vuelta a Cien años de soledad

Después de muchos años, he releído Cien años de soledad. Descubrí página a página, de sorpresa en sorpresa, que no recordaba casi nada, lo cual fue muy útil para una lectura fresca y dichosa. Comprobé que Montaigne tiene razón: la función de la memoria es olvidar.

Sucumbí ante la imaginación desatada, los prodigios y las trampas tendidas, a la tensión que aumenta con el paso del tiempo en la novela. Vislumbré algunas claves y trucos de la «carpintería secreta», la sabiduría narrativa de García Márquez. Y con todo algo arrojaba una sombra en la dicha de mi lectura.

Soy poco afecto a la fantasía, a la ciencia ficción, al realismo mágico, y aunque no son lo mismo ni funcionan igual, me despiertan más o menos la misma suspicacia, las mismas sospechas. Algunos libros célebres se escapan de mi entendimiento y mi alegría lectora.

No soy entusiasta de los pasajes donde, por ejemplo, un cura «andaba tratando de probar la existencia de Dios mediante artificios de chocolate.» No puedo entender (ni aceptar así nada más) que alguien levite por tomar una taza de chocolate. Me contradigo, y aunque tampoco me lo creo, encuentro irresistible el personaje y la ascensión de Remedios, la bella: «la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma».

Las últimas cien páginas, cuando la novela se va cubriendo de la tristeza y la melancolía y la desgracia del final, son las más bellas. Y tal vez en ellas rigen menos los pasajes de realismo mágico que, para decirlo con Onetti, podemos llamar milagros.

Hace unos años, Alessandro Baricco, con imaginación y audacia, hizo una intervención de la Ilíada. Por un lado respetó los hechos y personajes del poema homérico, y por otro hizo cambios relevantes en el punto de vista y, sobre todo, sacó a los dioses del texto, los mandó al monte Olimpo porque nada le ofrecen a la humanidad de hoy. El texto fue un éxito en lecturas públicas, y el libro, Homero, Ilíada, gana, además de críticas duras, algunos elogios y lectores.

De pronto, hacia el final de la lectura, pensé si sería posible intervenir Cien años de soledad, al menos como ejercicio o experimento, y liberarla de los milagros del realismo mágico. ¿Qué quedaría?

A medio siglo de publicada, ya es un clásico entre los clásicos del siglo XX y de nuestra lengua. Es una obra portentosa que resiste cualquier lectura, que soporta cualquier comentario e interpretación. Si perderse, olvidarse o desaparecer es «el destino natural de la literatura», esta novela lo hará al final, en un futuro que no podemos imaginar porque será el final de otros muchos logros de la civilización o la civilización misma.

Sí, así será. Pero, ¿cómo sería Cien años de soledad sin los milagros, cómo sería Macondo y la estirpe de los Buendía sin curas que levitan con una taza de chocolate?