14 de septiembre de 2022

Navegantes

Álvaro de Marichalar le está dando la vuelta al mundo. Lo hace en la más pequeña y frágil embarcación posible: una moto acuática, Numancia, una de esas con las que se divierten los turistas a unos metros de las playas. Aunque lo siga un barco nodriza, que le da combustible y cobijo y lo que haga falta, lo suyo es una empresa temeraria que le llevará varios años. Zarpó en el 2019, y todavía estará un buen tiempo en los mares del mundo. En julio de este año estuvo en las costas mexicanas del golfo de México y el Caribe. Ha dicho: «Lo importante no es el tamaño de la embarcación, es el tamaño del sueño.» 

Han sido muchos los navegantes que le han dado la vuelta al mundo en muy diversas condiciones, algunas muy adversas, casi imposibles. Algunos lo han hecho solos. Santiago González, de treinta y cinco años, construyó (él solo) un velero, Jo ta ke (que en vasco quiere decir: «dale que te pego»), y zarpó de su pueblo, Hondarribia, Guipúzcoa, País Vasco, con su mujer, Mayi, de treinta y tres, y sus dos hijos, Urko y Zigor, de ocho y nueve. 

El objetivo no era un paseo cualquiera, sino darle la vuelta al mundo. Lo lograron, y regresaron al puerto de partida diecisiete años después, cuando esos niños, ahora hombres, ya tienen problemas de alopecia y pronto serán calvos. La suya es una aventura digna de una película (han escrito un libro en el que cuentan su gran viaje). Santiago fue hombre rana y comerciante de licor, carpintero y soldador, mecánico, diseñador y constructor de barcos en diversos puertos. 

Les sucedió todo lo que puede suceder en el mar, tuvieron un incidente muy serio, una ola por poco los hunde, rompió el timón y el agua subió medio metro en la cabina, se salvaron de milagro; fueron atacados por abejas asesinas en Brasil, y por un cocodrilo, al que mataron a tiros y se comieron. En Panamá catorce tipos armados trataron de abordar su barco, y estuvieron a punto de caer en manos de piratas chinos que los perseguían entre Sumatra y Sri Lanka. 

En América, convivieron con pescadores, delincuentes, asesinos, narcotraficantes; En Guatemala construyeron una casa y se quedaron unos años; en Costa Rica, Santiago construyó un segundo barco, con el que completaron su periplo.

Aunque buenos marinos hay en todas partes, en muchísimas naciones, España y Portugal son países de enormes navegantes, autores de hazañas inconmensurables, como la de los hermanos Pinzón y las tripulaciones que acompañaron a Colón en sus viajes. 

Quizá la más grande hazaña, de la que hace una semana se cumplieron cinco siglos (escribo en septiembre de 2022) fue la de Magallanes (portugués, nacionalizado español), que no pudo concluir, pero sí lo logró Juan Sebastián Elcano, que fue el primer navegante en dar la vuelta al mundo. Se dice fácil, pero sólo volvió con diecisiete hombres a bordo, después de navegar tres años y catorce días y recorrer 37,753 millas náuticas (69.918 kilómetros) con la nao Victoria.  

Encuentro una vocación marinera, una atracción irresistible hacia el mar entre españoles y portugueses. Una necesidad de hacerse a la mar, las razones y motivos son lo de menos. Debe ha haber otros muchos ejemplos de navegaciones dignas de ser contadas y recordadas. En México, con miles de kilómetros de costas miramos tierra adentro, le damos la espalda al mar. No heredamos esa pasión, nuestro ethos es distinto.

No me sorprende que Álvaro de Marichalar, el intrépido aventurero que ahora mismo le está dando la vuelta al mundo en una motoneta acuática, sea español.

12 de septiembre de 2022

Javier Marías y su máquina de escribir

Javier Marías decía, casi como un lamento, en un artículo de abril de 2017: 

«Cuando esto escribo, hace sólo cuatro días que terminé una nueva novela. 576 páginas de mi vieja máquina Olympia Carrera de Luxe, la cual, me temo, está a punto de fenecer tras el tute a que la he sometido (cada página tecleada tres veces como media). Empieza a fallar, y si no consigo reponerla dejaré de escribir, supongo: a estas alturas de mi vida no me veo capacitado para pasar a un ordenador, renunciar al papel y a las correcciones a mano y a pluma sobre cada versión de cada página. Con ese ya arcaico instrumento saco también adelante estas piezas dominicales, que sufren parecido proceso de revisión y enmiendas. Agradezco a mis empleadores que me permitan seguir entregando un producto que les da más tarea de la habitual. Seguro que si fuera un joven meritorio me mandarían a paseo y me dirían: “Niño, consíguete un ordenador. ¿Qué te crees, que aún vivimos en el siglo XX?”»

La novela a la que se refiere es Berta Isla, y su vieja Olympia todavía le permitió escribir en ella (con ella) muchos artículos, cartas, ensayos y otra novela, la decimocuarta y última: Tomás Nevinson. Con la muerte de Marías se cierra un capítulo de la novela española, una manera de novelar, incluso una manera de escribir. 

Son muy pocos los novelistas que en el tercer decenio del siglo XXI siguen escribiendo en ese prodigio que fue la máquina de escribir. Tal vez es el último novelista, autor de una obra ingente, que lo hizo. Tendríamos que buscar con mucha atención y paciencia para encontrar a otros perseverantes. Los que encontráramos (Cormac McCarthy vive, pero no sé si siga escribiendo en su Olivetti) tendrán que ser autores mayores, dueños de su oficio y expertos en su instrumento antes de la irrupción de las computadoras, hacia 1990, por fijar una fecha no del todo arbitraria.

Javier Marías tenía entonces cerca de cuarenta años, y al menos veinte de teclear en una máquina de escribir. No pudo o no supo dar el salto tecnológico, pero también podríamos decir: no quiso que cambiara su escritura. 

Otros novelistas se incorporaron a la informática, y con ayuda o sin ella escriben en computadora. Lo cual parece muy sensato. Lo hicieron tantos, y la devastación natural del tiempo en esas generaciones nos ha dejado con unos cuantos de aquellos persistentes héroes de la máquina de escribir. No faltará quien les llame analfabetos digitales, anacrónicos y contumaces.

Tal vez esos novelistas que persistieron, y los pocos que aún lo hagan, saben que el instrumento determina la escritura. Escribir con un lápiz en una hoja suelta no es lo mismo que con una pluma en un cuaderno. El pensamiento y la mano no trabajan igual con un bolígrafo que con una estilográfica. 

Sí, el instrumento determina la escritura, la sintaxis. Escribir a mano o a máquina de escribir, que tampoco es lo mismo, obliga a pensar oraciones completas, al menos su estructura antes de fijarla al dibujar o escribir sus palabras. En una computadora se puede iniciar una oración por el final. El instrumento, sí, determina una escritura; a veces, incluso, sus palabras, su ritmo, su verdad.

Tal vez Javier Marías haya sido el último; estaríamos, entonces, ante su partida, ante el fin de una forma de concebir y hacer literatura. La escritura de Marías, tan singular, plena de meandros, digresiones, de búsqueda de las posibilidades implícitas de cada palabra y cada oración, que cultivó intacta hasta el final, estoy convencido, hubiera cambiado, hubiera terminado por ser otra, si hubiera abandonado su único instrumento posible, su máquina de escribir, su insustituible Olympia Carrera de Luxe.

10 de septiembre de 2022

Sin maquillaje

Cuando una mujer se maquilla entra en comunión con ella misma. Busca, en complicidad con el espejo, la revelación de lo mejor de sí misma, su esplendor. Maquillarse, para ellas, es una ceremonia, un encuentro, con su belleza en un juego que oculta y corrige, resalta y remarca, que da vida y color. 

Pude ser un acto muy serio, un momento solemne, un ejercicio necesario y obligatorio, un deber social o personal, pero también un entretenimiento o una diversión, y casi nunca un acto frívolo o baladí.

Su rostro, del que conocen todos sus atributos, los rasgos afortunados, admirados y notables, así como los puntos débiles y los defectos, se somete a los ungüentos y afeites para alcanzar el equilibrio de las luces y la sombras a través de la magia de los cosméticos. 

Algunas mujeres se convierten en maestras absolutas en el arte de dar relieve a su belleza; otras lo aprenden tarde, mal o nunca, pero muy pocas se quedarán al margen. Muy pocas resisten a la promesa de unos labios carnosos, deseables, misteriosos, intensos, irresistibles y dulces que promete el pintalabios o bilé, lápiz de labios, rouge o lipstick, que de tantas formas, entre otras, llaman a la proverbial barrita.

Una mujer se busca a sí misma ante el espejo, muestra lo mejor de sí misma bajo el maquillaje. Una vez, con su mejor rostro, nunca más verdadero, nunca más impostor, ya puede darle la cara al mundo. 

Mirar a una mujer en el proceso de transformarse a sí misma con el prodigio del maquillaje, algo tiene de hallazgo cósmico, de secreto revelado, de develación de una verdad. El rito puede celebrarse a cualquier hora, casi en cualquier lugar, en cualquier momento: en la intimidad de una alcoba, en el cuarto de baño, ante un mueble para ello diseñado (las bisabuelas lo llamaban coqueta) o frente al espejo retrovisor del coche detenido por un semáforo.

Es un arte, técnica y ciencia muy antiguo, ya lo cultivaban con soltura en el Egipto antiguo, y es muy probable que no desaparezca, al menos no del todo, en el profundo cisma que protagonizan las mujeres de hoy, que exigen y protagonizan cambios muy profundos en su manera de estar y vincularse con ellas mismas, los varones y la sociedad. Sin embargo, ha sucedido algo interesante.

Algunas mujeres suelen prescindir casi del todo del maquillaje, pero tal vez no siempre, en todo momento y lugar, pero Melisa Raouf, una chica inglesa, universitaria, de veinte años, ha decidido no usar maquillaje mientras aspira al título de miss Inglaterra.

Melisa Raouf ha decidido concursar sin maquillaje, lo cual no sé si sea una estrategia que le dará el título o será su perdición. Por lo pronto, ha llamado la atención de los medios y otros sectores. Las jóvenes que concursan suelen aparecer tan supermaquilladas, que el concurso ya considera una aparición ante los jueces sin maquillaje (Bare Face), para verles su verdadero rostro al menos una vez.

Pero Melisa lo hace a lo largo de todo el concurso, que está semifinales y terminará en octubre (escribo este apunte en septiembre de 2022). Si bien se maquilla desde hace años, algo sucedió en ese encuentro con ella misma, con su belleza. Dice Melisa sobre sus razones:

«Muchas chicas usan maquillaje porque se sienten presionadas para hacerlo. Si uno es feliz en su propia piel, no deberíamos obligarnos a cubrirnos la cara con maquillaje. Nuestros defectos nos hacen quienes somos y eso es lo que hace que cada individuo sea único. Nunca sentí que cumpliera con los estándares de belleza. Recientemente acepté que soy hermosa en mi propia piel y es por eso que decidí competir sin maquillaje.»

Melisa aspira a ganar un título de reina de belleza «mostrando sus imperfecciones». Es probable que este sea un paso adelante en los muy cuestionables concursos de belleza, pero también pudiera ser un golpe devastador. ¿Por qué necesita una estudiante universitaria aspirar a miss Inglaterra? Tal vez no conozcamos la respuesta correcta, pero tal vez para mandar un mensaje poderoso. 

Nadie podrá decir que esta chica de ojos azules y gran sonrisa es una rubia tonta. Todo lo contrario. Ya tiene un lugar en la agenda feminista que tal vez no esperaba, y en una de esas resulta que, además, se convierte en Miss England, con su rostro al natural. 

6 de agosto de 2022

Esquites

Hace unos días (julio de 2022), murió en Michoacán, donde tenía su casa, Diana Kennedy, estudiosa y cocinera y mujer de negocios que supo como nadie dar lustre y lucrar con esa abstracción que llamaremos cocina mexicana. A una manera de comer, de estar en el mundo, que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) ha reconocido como patrimonio inmaterial de la humanidad.

La señora Kennedy, inglesa de cultura y nacimiento, recorrió México, se hizo mexicana, miró, probó, preguntó, investigó, guisó, y luego escribió sobre las artes culinarias del país, tal vez, como nadie más lo ha hecho.

 Reconocida y celebrada, condecorada, también criticada y denostada, es innegable que su enamoramiento de toda la vida (hasta que la muerte nos separe) por los productos y técnicas y platillos de la gastronomía de México, a través de sus muchos libros, cambiaron la percepción que en el mundo (léase en Estados Unidos e Inglaterra) se tenía de la cocina mexicana. Fue maestra de cocineros, de difusores y divulgadores, y fuente de debates y polémicas. Para bien o para mal, nadie ha hecho tanto por dar a conocer y celebrar los guisos mexicanos; nadie ha dedicado tantos años y tanto esfuerzo al arte del buen comer en México. 

Me dice mi joven corresponsal en las redes sociales que la polémica sobre esos libros de la señora Kennedy sigue abierta, y que tiene tantos entusiastas seguidores como detractores. No falta quien considera sus libros algo así como un expolio, un despojo, un robo, una divulgación vulgar de algunos de los mejores secretos centenarios de la cocina mexicana. 

Esta idea, todo un concepto y casi un delito, tan reciente y polémica y fértil a polémicas y litigios, de la apropiación cultural indebida, encuentra tierra fértil para la discusión en los libros de la señora Kennedy como en la imitación, copia y plagio evidente e incuestionable que empresas transnacionales, estadounidenses, inglesas y chinas y de otros países, hacen de los diseños textiles de los indios mexicanos. 

Todo se reduce al reconocimiento de los derechos de autor, y la reparto de las utilidades que genere ese diseño, eso es todo. Aunque, tal vez, en eso de la apropiación cultural indebida, ya que estamos en ella, haya alcanzado los niveles que alguien podría calificar de obscenos con la película Coco de Walt Disney (esa entrada al inframundo de la cosmovisión mexicana como si se entrara a Disneyland merecería un boicot, una campaña comercial en contra, por lo menos).

Me dice mi joven corresponsal, en la que confío plenamente, que ahora, en un algo tecnológico que se llama TikTok, una mujer estadounidense ha descubierto algo que quizá ya sabía la señora Kennedy. En realidad, es algo tan elemental que incluso podría escapar a los libros dedicados a la alta gastronomía, donde reinan el chile en nogada, los moles, la cochinita pibil y el queso relleno. 

A esta buena mujer se la he ocurrido «recrear» los esquites, y los llama: mexican corn street salad (ensalada mexicana callejera de maíz). La generación Z le ha brincado al cuello y se la ha acabado (en sentido figurado), con sus memes y críticas. Así que doña fulana viene a descubrir y mostrarle al mundo los esquites... ¡Vaya!

Pero esa mala alumna de la señora Kennedy no es la peor opción, sin duda es insuperable la estulticia, simpleza y desidia con que el Diccionario de la Lengua Española, orgullo de la Real Academia Española y su corifeo llamado Asociación de Academias de la Lengua Española, de la que, para mayor vergüenza y escándalo, tengo noticias que cada academia recibe recursos del erario del cada país. ¡Uf!

No es ningún secreto que tenemos el peor diccionario de las lenguas europeas (hace años Javier Cercas, entre otros, se han ocupado de poner en su lugar a la muy vetusta y lamentable institución). Para la Real Academia Española esquite es: 

esquite (segunda acepción): Del náhuatl izquitl. 1. m. Méx. roseta (‖ grano de maíz).

Es una vergüenza esa definición, y advierto que estoy vacunado contra cualquier forma de nacionalismo. Me limito a la palabras y su significado y la preparación culinaria que nombra. Es una vergüenza para la Academia Mexicana de la Lengua y la Española, por supuesto. (¿A qué se dedica la egregia institución?) Hay varios vuelos diarios, directos, de ida y vuelta, entre Ciudad de México y Madrid (los otros muchos casos, emisiones y errores podrían documentarse en un libro que no sería muy pequeño). Ya podrían haberse enterado en Madrid, por lo menos hace cien años, de lo que son los esquites. 

No voy a ocuparme en dar una descripción o definición, ni en un trato culinario o elogio de los esquites, una preparación que no llega a ser un guiso ni un platillo (más cerca del antojo que la verdadera cocina: una ensalada callejera, ¡ay!) sino que me contento con decir que somos mucho más de ciento veinte millones de hispanohablantes, mexicanos y de otras nacionalidades, que sabemos muy bien de lo que hablamos y disfrutamos. 

¿Qué diría la finada señora Kennedy? Tal vez la llamada generación Z tendría que reorientar el objetivo de sus críticas. Si para la Real Academia Española los esquites son simples rosetas, la mexican corn street salad se antoja una descripción científica, precisa, no exenta de elogio y poesía. 

30 de julio de 2022

Pregunta para un guionista

La realidad ha sido una estupenda fuente de historias para los autores de guiones, cuentos y novelas, en particular para los que gozan de una excitada imaginación. Bonnie y Clyde fueron personajes históricos, estuvieron en este mundo, su leyenda pervive desde hace casi noventa años, en buena medida gracias al cine, y han sido vistos como los «Romeo y Julieta que huyen por la carretera».

Y pareciera que los hechos, entre menos verosímiles y menos probables, suceden, sobre todo, si no se demuestra lo contrario, en los Estados Unidos. Todo lo que pasa allí se convierte en noticia, tendencia o materia viva para alimentar, al menos por unas horas, al monstruo mediático del espectáculo que, pareciera, no duerme nunca.

Vicky White, de 56 años, de mejillas rubicundas y cabello descuidado, mal cortado y peor teñido, era una funcionaria del sistema de prisiones (estuve a punto de escribir carcelera) de un centro penitenciario de Alabama que un día antes de su jubilación hizo algo en verdad inesperado.

Se fugó de una cárcel con Casey White, de 38 años, un interno (estuve a punto de escribir reo) acusado de dos asesinatos, de haber intentado hace años matar a su novia y a su perro. Confeso, White alegaba demencia; su valoración estaba en proceso, y Vicky White (mismo apellido, pero su vínculo no era familiar) lo sacó de la prisión para llevarlo al doctor, sin las condiciones mínimas de seguridad y violando la normativa del traslado de prisioneros.

Otros reclusos han dado testimonio inequívoco de que Vicky y Casey tenían una relación «especial», que en inglés podría decir mucho pero no necesariamente una relación amorosa.

Vicky abrió una puerta a la calle y Casey salió con su uniforme de preso tras ella, subieron a un coche y… huyeron. Vicky no le permitió escapar, no lo ayudó a que se fuera, no le dio los medios para que consiguiera su libertad a cualquier precio: se fue con él. Luego, todo es oscuro, todo probable e incierto (es ahí donde tendrá que trabajar duro el guionista) para imaginar lo que sucedió en esos diez días que estuvieron prófugos.

La policía pensó que él la había amenazado, extorsionado o secuestrado; lo podían creer que Vicky, reconocida como funcionaria modelo más de una vez, con veinticinco años de servicio, se fugara con un criminal el día de su jubilación. Hacía un mes Vicky había vendido su casa: sabía, entonces, que ya no la necesitaría. Los alguaciles ofrecieron diez mil dólares de recompensa por información que condujera a la captura de esa pareja imposible.

Durante los diez días de su huida cambiaron de coche y viajaron más de trescientos kilómetros, llegaron a Indiana. Fueron identificados, se inició una persecución (ya ven cómo se parece la realidad a las películas) de la que no pudieron escapar. Bonnie y Clyde fueron cosidos a tiros (hay fotografías); Vicky y Casey, que iban armados, volcaron su coche, chocaron y fueron detenidos. Vicky, herida, tuvo tiempo, al parecer, de dispararse a sí misma. Murió unas horas después en un hospital. Casey fue capturado y volvió a prisión; es muy improbable que vuelva a salir a las calles.

Supongo que el guionista tendrá casi armada su historia (relación especial, la salida de la cárcel, la huida por carreteras atentos al camino y la policía, el cambio de coche, intentar pasar inadvertidos), pero también muchos puntos ciegos que resolver. ¿Casey obligó a Vicky a delinquir y comportarse de una manera tan extraña? ¿Cómo? ¿Por qué?

La clave estaría en Vicky, pero  ya no puede dar testimonio. Entonces el guionista tendrá que aprovechar sus recursos, experiencia e imaginación. Podría, quizá, pensar en una historia de amor, en un enamoramiento súbito de Vicky que la llevó a la locura. Claro que es poco verosímil, sobre todo en los tiempos el fin del amor romántico y el ascenso del poliamor.

Algo falta para completar la película. La realidad nos dio casi todos los sucesos y pasos de la trama, pero falta el móvil, el punto central, el corazón de la historia. Falta una explicación convincente para lo que se antoja, en verdad, inexplicable.

3 de julio de 2022

Ciudadana

Recuerdo la noche en que nació. Incluso muchos detalles, los preparativos y sucesos de horas antes de ese día. Podría hacer el relato preciso de la llegada al hospital, que era un desierto helado, y que en aquel piso de maternidad, mientras me vestía como médico o enfermero para darle la bienvenida, todo giraba en torno al parto de esa niña.  

Es verdad, lo recuerdo, y me sorprendo porque cada día recuerdo menos y mi memoria a veces me deja en el el abismo de la indefensión de la identidad y la conciencia. Puedo no recordar nombres y datos, números de teléfono que debían ser parte esencial de lo que debo recordar, y más me valdría que así fuera. Pero no siempre es así. Y sin embargo recuerdo aquellas horas previas, aquella noche.

Luego. El devenir de unos años. Y de pronto uno quiere enterarse, con vértigo, de las etapas que hemos recorrido. No pretendo contarle a nadie el vértigo de la vida, sólo quiero compartir mi asombro. Aquella niña que nació ayer, o casi, ya es ciudadana. Y luego de su cumpleaños fue corriendo por su credencial del Instituto Nacional Electoral.  

Yo, profundamente orgulloso, no lo puedo creer. Sigo sin poder sacudirme el asombro. Que alguien me explique cómo es que ya pasaron dieciocho años. 

Le digo que me parece que acaba de nacer. Entonces ella me muestra, con una extraña mezcla de orgullo y burla, mofándose de mí, su credencial que certifica, a toda ley, con plenos derechos, que ya una ciudadana, y que cada día va dejando atrás la niña que fue.

Entonces recuerdo, no sé por qué, los versos de Jorge Manrique: «cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando».

Serrat, sus personajes y la canción

Hace muchos años, en un concierto en Ciudad de México, Joan Manuel Serrat dijo —le gusta contarle cuentos a su público, quizá tanto como cantar para él— que ya no cantaba la canción de «Señora», que había sido excesiva, que los tiempos han cambiado y, sobre todo, que se llevaba muy bien con su señora suegra. Vale.

El 19 de mayo de 2022, en el Auditorio Nacional de Ciudad de México, en el que fue anunciado como su último concierto en México, como una estación más de su larga gira mundial de despedida, no sólo volvió a cantar "Señora", sino que dio una larga explicación que podría ser considerada una justificación.

Serrat, cantor, poeta y viejo lobo de mar (nació en el Mediterráneo), nos contó un lindo cuento, y reveló lo que entiende por canción. 

Dijo que se hizo viejo, que se le cayó el pelo, que tiene destrozadas las rodillas, pero ella, el personaje, la señora, seguía siendo a sus cuarenta y tantos, una mujer atractiva, de piel lozana. Admitió que nunca supo su nombre, para él siempre fue simplemente «señora», la suegra, y que buscó el mejor trato, las mejores condiciones posibles. Nunca es tarde. 

Y extendió ese trato a sus otros personajes, y aclaró que estaban en dos planos distintos. La señora nunca existió fuera de la canción, como Penélope, y explicó que nunca se robó ni violó a una maniquí de cartón piedra. Yo no soy mis personajes, y sólo los conozco en las canciones era el mensaje. Y los personajes perduran, no cambian, siguen intactos. El viejo soy yo, decía. Es bueno saberlo.

Luego cargó duro y con razón contra la pobre definición de canción del Diccionario de la Lengua Española. No hace falta un doctorado en filología comparada para saber que tenemos el peor diccionario oficial de las lenguas indoeuropeas, pero pareciera que existe una conspiración desde la Real Academia Española y la pomposa y muy inoperante Asociación de Academias de la Lengua Española para mantener esa condición a cualquier precio, cueste lo que cueste, caiga quien caiga.

El viejo poeta lamentó la real definición, y dijo que los señores académicos se quedaron cortos (sí, se quedó corto: es un caballero). Vamos, que no saben lo que es una canción. Pero por fortuna nos iluminó el camino: una canción es la unión indisoluble, entre la letra y la música, algo irreversible, como el café con leche una vez que se han mezclado. Imposible volver atrás. Una vez que las palabras encuentran su melodía, sus armonías, su música, surge la que canción que encuentra su repositorio en el alma, que es el mejor lugar para guardar las canciones, y donde atesoramos esas que nos mueven y conmueven y cantan nuestras vidas.

Una vez que una canción se incrusta en el alma, como ese indisoluble café con leche, ya es parte de la vida. No hay manera de desecharla ni olvidarla. Podemos no frecuentarla, pero volverá para darnos y hacernos sentir todo lo que a veces pretendemos olvidar.

Lo que dice Serrat es cierto. Cuando una canción llega al alma es nuestra (o somos suyos) para siempre. Cada uno (o su inconsciente) elige su maná y su veneno. Pero esa lista, siempre finita, nunca cerrada, siempre acotada, bien puede ser vista como una cifra, una biografía musical: las canciones que nos mueven y conmueven. 

Dice bien Serrat, viejo lobo de mar: la fusión de letra (con frecuencia poesía en estado puro) y música es irreversible. Que alguien trate de deshacer, separar, descomponer o desestructurar algunas canciones y verá que si tararea la música pronto estará cantando, y que si dice las letras como si leyera el Código Civil pronto también estará cantando. 

Separarlas es misión imposible. Una vez que se celebran sus bodas, letra y música son inseparables, como en los matrimonios canónicos. Cómo desmembrar, digamos, por ofrecer un mínimo ramillete: «Mediterráneo», «Cantares», «La mujer que yo quiero», «Lucía», «Aquellas pequeñas cosas», «Mi niñez», «La paloma»,  «Nanas de la cebolla».

En su último concierto en la ciudad, el viejo poeta nos dio su arte y una lección. Nos enseñó lo que siempre intuimos pero nunca definimos. Nos reveló qué es una canción.

25 de abril de 2022

"Chorizo" que roba a ladrón...

En esa gran fiesta anual de los libros que es la Feria del Libro de Guadalajara (FIL), hace diez años, en 2012, Alfredo Bryce Echenique debió recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. El premio ya lo tenía, desde unos meses antes, y el revuelo y la polémica que levantó esa decisión fue tal que la ceremonia no se celebró, y para mayor infamia del jurado y las autoridades de la Feria, el premio le fue entregado al autor peruano en su casa de Lima. Le entregaron a un plagiario (un ladrón) un cheque a domicilio por ciento cincuenta mil dólares estadounidenses. 

Los robos y los escándalos venían de lejos. Bryce Echenique tomaba artículos, de al menos quince autores, publicados en diversos diarios y revistas del mundo, y los publicaba idénticos, textuales, en algún otro medio como propios. Probados los plagios, y luego de la pesadilla de las demandas e instancias legales, juicios y recursos, en enero de 2009 un tribunal peruano condenó a Bryce Echenique a pagar una multa equivalente a cincuenta y tres mil dólares estadounidenses.

Las excusas y pretextos de Bryce Echenique eran tan insultas e infantiles, tan impresentables, que el jurado de la FIL pudo premiarlo por ser el plagiario más cándido e ingenuo de la lengua española. En Guadalajara, recuerdo, no se hablaba de otra cosa. Y había muchos autores, editores y lectores que estaban muy molestos. Fernando del Paso hizo declaraciones diplomáticas, justas y sensatas. Juan Villoro, incluso, le respondió a Bryce Echenique con un artículo memorable.

El argumento era implacable: si un escritor le roba sus palabras a otro autor, lo está despojando de lo único que posee, de lo que es en sí mismo. ¿Qué mpas puede ser un autor que sus propios escritos? ¿Qué más puede poseer un escritor como tal que sus palabras? No se trataba de una reescritura, ni de una aproximación, ni de una glosa, ni de recuperar los textos de otros. Eran plagios, robos, palabra por palabra, argumento por argumento, idea por idea, figura por figura, oración por oración. 

La respuesta del representante mexicano del jurado fue vergonzosa: «Bryce fue reconocido por sus novelas y cuentos: el periodismo no se enumera.» Supongo que Jorge Volpi ha tenido tiempo de arrepentirse, las obras que navegan entre el periodismo y la literatura son muchas y notables. Confeccionar una lista no sería difícil. Un autor está presente en sus reseñas, en sus crónicas, en sus artículos tanto como en sus novelas y cuentos. Un autor está presente en todos sus escritos.

El plagio de tesis doctorales le ha costado el cargo a ministros, primeros ministros, y el plagio de una tesis de licenciatura fue un escándalo vergonzoso para un ex presidente, y a un fiscal general de la República también le han mostrado su plagio. En ámbitos académicos, en universidades, centros e institutos de muchos países el plagio puede implicar algo asi como la deshonra y la expulsión de la institución, incluso la pérdida del grado. El asunto es tan grave que han sido desarrollados programas (software) para identificar el plagio desde unas cuantas palabras idénticas en una frase.

Para mí, todo el gran escándalo de Guadalajara fue la despedida de mi activismo político/literario o como deba llamársele a mi entusiasmo que proponía, como protesta, enviar a las bodegas los libros de Bryce Echenique por un tiempo, que al menos durante las dos semanas de la Feria del Libro no se vendieran ni circularan esos libros. Me sigue pareciendo una idea sensata. Pero mi propuesta no tuvo eco, no entusiasmó a nadie, y un amigo mío, escritor, me dijo: «Yo no estoy con Bryce, pero tampoco contra su literatura, a mí me gustan sus libros.» Fin de mi movimiento.

He recordado esto porque leo en la prensa noticias recientes sobre Bryce Echenique. El Banque Populaire Rives de París le ha devuelto al plagiario cerca de veinte mil euros que tenía en una cuenta, de la que un empleado del banco sustraía cantidades más o menos pequeñas de vez en cuando. Había descubierto que el titular era extranjero, una persona mayor y no vivía en Francia.

Bryce Echenique tardó mucho en darse cuenta, cuando ya no estaba la amiga que le hacía los trámites en el banco, así que tuvo que volver a Francia, donde fue profesor muchos años y tiene su pensión. Tuvo que ir bien acompañado, asesorado, y contó con la valiosa ayuda de un ex alumno... Cinco años tardó en recuperar sus euros. 

Leo en Infobae, un diario digital argentino, que Bryce Echenique declaró a El País, el diario madrileño: «No pueden robarme estos chorizos. No sé si lograremos sacarle hasta el último centavo. Cada día ponen una excusa más y exigen mucho papeleo.» La pasó mal un tiempo por su dinero. Ay, dice un dicho: «Ladrón que roba a ladrón...»

9 de abril de 2022

Zarampahuila

Alguien tocó el timbre de la casa. A través del interfón (palabra que no conoce el Diccionario de la Lengua Española, y que también se le llama telefonillo, portero electrónico, citófono, interfono) un hombre ofrecía algo. Lamento no haber atendido el llamado, no haber acudido a la puerta y hablar con él y ver su mercancía. Su acento revelaba que no era de la ciudad, tal vez del sur del país y seguramente de origen campesino. 

Como en Pigmalión, la obra de Bernard Shaw, basta escuchar a alguien hablar medio minuto para hacernos un juicio, con frecuencia bien orientado, de su origen, educación y condición. El hombre que va de puerta en puerta por la ciudad, vendía productos textiles, que probablemente él mismo confeccionó. Pregonaba, entre otros, manteles, colchas y zarampahuilas. ¿Qué es una zarampahuila?

Sabía que la palabra no estaría en el Diccionario de la Lengua Española, pero aun así lo consulté. Con más esperanza consulté el Diccionario del Español de México del Colegio de México, y no la encontré. Acudí al Diccionario breve de mexicanismos de Guido Gómez de Silva, y tampoco la recoge. Busqué en la Enciclopedia de México, edición de 1973, y tampoco estaba ahí. Tampoco la encontré en el Diccionario Porrúa de historia, biografía y geografía de México, sexta edición, 1995. Por último, una querida amiga revisó el Diccionario de mejicanismos, de Francisco J. Santamaría sin encontrar un resultado ni una pista. Pregunté a dos amigos traductores y editores. Nadie conocía la palabra, nadie la había escuchado.

Busqué en la Red, y en páginas no bien acreditadas aparece como una persona molesta, enfadosa o fea. Aquel hombre no vendía personas, sino textiles u otros productos artesanales. En todas las búsquedas, escribí el nombre con variantes: zaranpahuila, zarampagüila, sarampahuila, saranpahuila, y otras más. En una página de internet, un usuario dejó un comentario que tal vez es la respuesta que busco: un tipo de cubrecama tejido a mano hecho en Oaxaca en un telar. Y la palabra tal vez significa (¿en qué lengua?) hilada a mano.

Soy mexicano y he vivido casi toda mi vida en México, y un mexicano toca a mi puerta y mi ofrece algo que no sé qué es, que nunca había escuchado. Más allá de la anécdota y la curiosidad estimulada por el gusto por las palabras, el hecho revela algo muy triste y digno de atención. Entre los estratos culturales de México, entre el campo y las ciudades, existen abismos culturales, lingüísticos y socioeconómicos muy profundos. La diversidad cultural de México es tan vasta que permite la existencia paralela de realidades y mundos que coexisten y, a veces, apenas se rozan y con frecuencia se ignoran.

Un artesano, tal vez oaxaqueño, ha venido a mi puerta a ofrecerme zarampahuilas, y todavía no sé exactamente qué me ofrecía. Lamento no haber acudido a la puerta, no haber mirado su mercancía, no haberle comprado una pieza. 

28 de febrero de 2022

La escritura de "Volver a dónde"

Volver a dónde (Seix Barral, 2021) no es una novela, ni un diario, ni una serie de apuntes ni una colección de relatos, ni las memorias o crónicas del autor; este es un libro de escritura de Antonio Muñoz Molina.

 Ordenado en dos momento y circunstancias, dos periodos de su vida, Muñoz Molina registra el encierro en su casa al inicio de la pandemia, en junio de 2020, y registra, amanuense del devenir, de ese periodo sin precedente que cerró el mundo durante muchos meses, con consecuencias  que aún no podemos medir a fondo. 

Entonces Muñoz Molina se propuso contar el fluir de la vida; y lo ha logrado. Escribe: «Quería fijarme en lo específico de este tiempo nuevo, lo concreto, lo que se olvida porque nadie le da importancia, lo que no aparece en los libros de historia, lo que no puede recordar más que quien lo ha vivido.»

Pareciera que la ficción ha quedado atrás, que las grandes novelas como El jinete polaco o La noche de los tiempos (por citar dos muy distintas entre sí), no le satisfacen del todo. Decir esto de un novelista nato puede ser un juicio equivocado e injusto, y sería estupendo que nos ofreciera otras estupendas y extensas novelas, pero ahora le interesa contar la vida. Algo así como la microhistoria.

Desde Un andar solitario entre la gente (Seix Barral, 2018), libro hecho de fragmentos, de trozos de escritura, en el que Muñoz Molina se propuso registrar el día a día en la gran ciudad, las voces y sucesos callejeros, los ruidos y letreros y anuncios, todos los estímulos urbanos para registrarlos y dejar constancia: contar la vida, más los pasajes de autores y hechos históricos. El resultado es muy impresionante, no conozco otro igual.

Pero mención aparte merece el otro eje, el otro momento de Volver a dónde. Si bien las vicisitudes de Muñoz Molina desde su pequeño balcón a una calle madrileña pueden no ser la lectura más estimulante, el recuerdo que hace de su niñez, de su casa, de su pueblo; el retrato que consigue de sus padres, sus tíos y sus abuelos es fuera de serie. Creo que en esas páginas está la historia secreta, oculta, de una parte de la España campesina de la posguerra. 

El encanto está en la mirada, en la memoria que recuerda y levanta un testimonio nada condescendiente ni edulcorado. La magia de esas páginas memorables está en la claridad y precisión de una prosa asombrosa, en las palabras del habla campesina, en el ritmo, en la notable capacidad de recuperar y evocar y narrar con aparente y pasmosa claridad la vida de personas y generaciones que lo precedieron. 

Manuel Mateo Pérez ha hecho una observación relevante. Dice: «Lo que nos gusta de Antonio Muñoz Molina es esa prodigiosa facilidad que tiene para convertir en acontecimiento lo que para otros es rutina o insignificancia». Es así: hace visible lo que otros no ven; encuentra donde otros no hallan nada. Hace objetivo el fluir de la vida y revela por tanto la verdad no siempre evidente u oculta de las personas, las circunstancias, los objetos y las cosas. 

Uno de uno de los mejores contadores de historias de la lengua se propuso contar la vida de sus ancestros. Y vaya que lo ha logrado. Un ejercicio de nobleza que alcanza con la escritura en verdada singular momentos de extraordinaria belleza.

29 de enero de 2022

Una cifra borgiana

«El otro» es un cuento del último libro que Borges le dedicó al género, El libro de arena, colección de 1975. El cuento está fechado, en el propio texto, en 1972, y es una obra maestra del arte borgiano de narrar. Borges fue personaje de sí mismo, y no ocultaba hechos y fechas de su vida, que incorporaba a sus ficciones con las falsa naturalidad de un asombroso artificio. 

El relato sucede en 1969, y Borges, que tenía entonces 73 años, está recostado en un banco frente al río Charles, al norte de Boston. En el mismo banco se sienta él mismo, Borges, cuando era un joven que estudiaba el bachillerato en Suiza, y está sentado en un banco frente al Ródano, en Ginebra. Los dos Borges hablan, o Borges habla o sueña que habla consigo mismo. 

El juego de los dos Borges es fascinante. El Borges viejo le dice al joven cómo será su vida, lo cual debe ser aterrador. El joven Borges no le cree al viejo. Éste, para mostrarle que son el mismo hombre en dos edades de su vida, en dos planos físicos, le pide una moneda y, por su parte, le muestra un billete estadounidense, digamos de un dólar, fechado en 1964, y se despliega entonces otro de esos juegos borgianos que generan por partes iguales entusiasmo, asombro y confusión. Por supuesto, la fecha es el futuro remoto del joven Borges, que exclama al examinar el billete: «No puede ser.»

La edición de las Obras Completas III (Emecé Editores, Buenos Aires,1989) dice que el billete: «Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro», pero he encontrado con asombro que otras ediciones dicen mil novecientos setenta y cuatro: diez años después. 

Este cambio es decisivo, digamos trascendente, y rompe la estructura del cuento, abre otras posibilidades de lectura e interpretación. ¿Cómo podría el viejo Borges mostrar en 1972 un billete de 1974? Se antoja imposible. 

Borges corregía y modificaba sus escritos ya publicados. Quizá este sea uno de esos cambios, una vuelta más de tuerca de un autor deslumbrante, o tal vez un error de edición, de tipografía, de imprenta, que se ha reproducido desafortunadamente para generar incertidumbre, especulaciones y confusión. No lo sé. Si algún improbable lector encuentra la solución o al menos una pista, le agradeceré que comparta el fruto de sus investigaciones.

Algo más. El cuento dice: «Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.» Esta afirmación es falsa, los billetes estadounidenses, como los de muchos otros países, tienen la fecha de emisión de la serie. ¿Error de Borges? Sería de una imperdonable ingenuidad considerar esa posibilidad: Borges era más astuto y sabio que todos sus críticos juntos. Estamos ante el pequeño misterio de una cifra que modifica la lectura y posibilidad de un cuento esencial en la escritura borgiana.

6 de enero de 2022

Juego de reflejos

Bien sabes que no somos el sueño que te inventas.
Con la certeza ciega, la contumacia alada
de que somos lo mismo que el pájaro en el aire,
la luz viva en el ojo, una noche con luna,
erigiste tu risa de engaños y destellos.
Tu danza sobre el agua, un juego de reflejos.
Azaroso concierto de anhelos previsibles:
Las fugaces constantes galopan en ausencia,
desechos de evidencias en citas y cenizas.
¡Y todas las palabras! mentiras deshojadas
que guardan y fomentan el frío que nos habita.
Simulacro sin pacto, ocasos del engaño
que tiemblan en los labios.
Nos acecha el silencio que evade la costumbre,
miedo de plumas blancas.
La niebla de los cuerpos no ciñe lo inasible.
Soledades de hastío cantadas en el alba.
Tu voluntad de fingir se agota y te revela
en el gesto que enciende la verdad asomada.
La venganza del dolor, relámpago de vida.
Sea en ti, efímero, lo que no podemos ser.

5 de enero de 2022

Presencia

 Para AM

Los signos de la noche rondan en mayo
los arrecifes de la nostalgia.
Sus ecos resuenan en las maderas preciosas,
en la música dormida,
en la voz que la nombra,
en las quimeras del viento susurrante,
en sombras fugarse que evocan
el grito ahogado de la lluvia nocturna;
viven en la dulce tibieza agazapada en la memoria.
Los destellos fugaces de la noche,
con la violencia de un velamen roto,
se orientan e insinúan, como vuelo de gaviotas,
lejana su presencia.
Nace la rama, tu nombre, y da vida a la certeza.
Como un dibujo hecho de azar, deseo y destiempo
de la figura las líneas se revelan,
nítidas, en sus labios perdidos,
en su sonrisa de luz al final de una escalera,
en dos copas de vino, en el abrazo,
en el amanecer del tiempo, en la lluvia,
en la promesa de sus labios recobrados.

1 de enero de 2022

Certeza

Siento que acabas de pasar por este puente
por este instante
y sé que nunca por ellos has cruzado
pero te sorprendo a la caída del verano
porque este río y esta luz
son inseparables de tu desnudez.

31 de diciembre de 2021

Maneras de leer

Algunos lectores devoran libros, uno tras otro, con apetito insaciable. Los peores se jactan de sus hazañas como proezas olímpicas: «Yo me leo una novela de quinientas páginas en dos o tres noches.» No los envidio, siento una mezcla de admiración e incredulidad y me pregunto si habrán leído o paseado los ojos por las páginas; yo antes que leer más rápido, quisiera leer mejor.

Hace tiempo se impuso una tendencia a oponer la lentitud a la rapidez. La comida lenta frente a la comida rápida, etcétera. Me inclino por la lentitud si la comida y la lectura son mejores. Henry Miller narra en Sexus, a partir de sus amigos, sobre dos maneras de leer. Una cita, en la versión de Carlos Manzano:

«Roy Hamilton avanzaba milímetro, por decirlo así, deteniéndose en una frase durante días o semanas. A veces tardaba un año o dos en acabar un libro breve, pero, cuando lo había acabado, parecía haber aumentado un codo de estatura. Para él, media docena de libros eran suficientes para suministrarle alimento espiritual para el resto de su vida. Para él, las ideas eran cosas vivas, como lo eran para Louis Lambert. Tras haber acabado de leer un libro, daba la impresión absolutamente real de conocer todos los libros. Pensaba y vivía un libro desde la primera página hasta la última, y emergía de la experiencia con un ser nuevo y exaltado. Era lo contrario mismo del erudito, cuya estatura disminuye con cada libro que lee. Para él, los libros eran lo que el yoga es para quien busca en serio la verdad: le ayudaban a unirse con Dios.

«En cambio, Arthur Raymond daba la falsa impresión de devorar el contenido de un libro. Leía con atención muscular. Al menos eso era lo que yo imaginaba, al observar el efecto que surtía en él. Leía como una esponja, atento a observar los pensamientos del autor. Su única preocupación era absorber, asimilar, redistribuir. Era un vándalo. Cada libro nuevo era una nueva conquista. Los libros fortalecían su yo. No crecía, se henchía de orgullo y arrogancia. Buscaba corroboraciones para lanzarse con ímpetu y dar batalla. No se permitía a sí mismo darse por vencido. Puede que rindiera homenaje al autor que admiraba, pero nunca doblaba la rodilla. Se mantenía inquebrantable e inflexible; su concha se volvía cada vez más espesa.»

Dos maneras de leer. Una, minuciosa, cuidada, apolínea, en busca del santo grial de esa escritura. La otra, feroz, salvaje, un asalto al libro para apoderarse del botín. Kafka, que cultivaba la primera manera, creía que un libro debería movernos, sacudirnos, herirnos, despertarnos de un golpe en la cabeza. Es imposible encontrar y leer en la vida cientos de esos libros. La segunda manera de leer permite absorber y consumir cientos, en algunos casos mil o dos mil libros.  

Me pregunto si el lector total rompe sus propias marcas a costa de su vida. Es posible que así sea, salvo que haya identificado el acto de leer y gozar sus lecturas con la vida misma. ¿Tiene sentido leer mil libros en la vida? La respuesta es personal e intransferible, pero sin la lectura de ese número indeterminado y siempre cambiante de libros la vida y el mundo sería más planos, más grises: los libros nos enseñan a mirar el mundo, a mirar en nosotros mismos.

Habrá otras maneras de leer, pero serán puntos intermedios entre estas. «Descifrar» una obra de ficción, entendido como conocer las vicisitudes de la trama apenas vale la pena, demorarse en un libro único en busca de la Verdad, puede ser el origen de fundamentalismos e intolerancias. 

Pero tal vez todos los lectores, lean como lean, reconocerán que la lectura es un placer continuo y por hacerse. Un camino, que entre más se camina más se quiere caminar, que entre más se anda, más se quiere andar; y entre más se sabe, más se quiere aprender; entre más se disfruta, más se quiere disfrutar. La lectura puede ser contagiosa (los niños leen si sus padres o tutores lo hacen), y ejercerla, no debemos olvidarlo, es un acto libre y soberano, de rebeldía y liberación; y también, claro, leer es, como decía Valery Larbaud, ejercer el «vicio impune».

30 de diciembre de 2021

Elementos

Antes de ti, el aire
Después de ti, el agua
En ti, la tierra
Contigo, el fuego.

29 de diciembre de 2021

Misántropo

Mi primer cuento, un engendro imposible y adolescente, trataba de un hombre que, por error, se sube a otro coche que no es el suyo. Es un ciudadano ejemplar, trabajador, honrado, padre de familia... Aterrado porque se ha robado un coche, y ante la posibilidad del escándalo y sus terribles consecuencias huye en el coche idéntico al suyo, lo abandona en una carretera y se pierde en alguna ciudad lejana y no puede volver a su casa porque piensa que la policía lo busca y lo encerrará en una cárcel.

La idea de desaparecer de pronto (en realidad, de cambiar de vida) es seductora. Cambiar de nombre, de oficio, de ciudad, tal vez de país. Todos conocemos el cuento del hombre que sale a comprar cigarrillos y tarda veinte años en volver, si es que vuelve. El cuento tiene versiones: una dice que se muda a una calle de su casa para observar cómo es la vida de los suyos sin él; otros dicen que huye en fuga sin remedio. El regreso, después de muchos años, con una cajetilla en la mano es muy poco probable.  

Yo conozco dos casos. Hombres que se alejaron poco a poco de sus familiares (hermanos, tíos, primos) hasta un día desaparecer del todo. Patrick McDermott, pareja de la cantante Olivia Newton-John, desapareció en 2005; doce años después fue encontrado en una aldea, junto a una playa del océano Pacífico en México. Al parecer, cuando huyó tenía graves problemas económicos, rompió con todo y consiguió empleo en un yate de turismo.

Volverse ermitaño es otra forma de desaparecer, de dejar atrás a la familia y las comodidades y el bienestar de las ciudades. Ken Smith, británico, ha vivido durante cuarenta años solo, sin electricidad y agua corriente en una cabaña de madera en las orillas de un lago remoto en las Highlands de Escocia. No hay un camino para llegar al lago, y la cabaña está a dos horas a pie de la carretera más cercana.  Smith pesca, recolecta frutos, recoge leña y lava su ropa al aire libre. En invierno hace mucho frío y las condiciones son muy adversas. Tiene 75 años. 

Dice que la suya es una vida agradable, que «todo el mundo desearía hacerla, pero nadie lo hace». Es una pena que no sepamos más de su vida. Antes que saber los detalles de cómo ha conseguido sobrevivir, me interesaría preguntarle por sus motivos, de las razones profundas que lo han llevado a ese aislamiento (ensimismamiento) casi inverosímil. 

Somos seres gregarios, luchamos con desesperación para buscar al otro, a una pareja, una familia, una tribu. Por eso Ken Smith es tan extraño. ¿Pensará volver al trato con los hombres al menos para tener un entierro, una cristiana sepultura? Tal vez este punto lo tenga sin cuidado, es posible que piense quedarse y morir en el bosque, y luego desaparecer por los elementos y la fauna en el bosque: hacerse parte del bosque. ¿Qué le habrá sucedido para volverse un solitario, para vivir en la absoluta soledad como el ermitaño total. No lo sé, quizá, por alguna razón muy honda, estamos ante el gran misántropo. Habría que escribirlo con mayúscula. El modelo coherente y perfecto de la misantropía. 

28 de diciembre de 2021

Ojos de jade

Esa mujer tiene ojos de jade que rasgan la luz como puñales de fuego.
Temibles como fantasmas, me sorprenden en todas partes:
mirándome en ellos me asalta lo no vivido. 

Ojos de piedra, de troncos y pétalos, de agua y barro.
Ojos metálicos, de aire y rayo: diría que siempre están conmigo.
Desde los míos miro el mundo y apenas lo entiendo.
Desde los suyos, iluminado, contemplo el fuego, y sé de los bosques,
los ríos, los colores, los niños. Con ellos descifro los libros.

Su mirada tiene el color de la piedra, del musgo, del verdín,
de los árboles en los que cantan los pájaros.
Su mirada resguarda destellos del otoño, que deslumbran de lejos,
y en sus cabellos crecen y huelen flores invisibles.
Podría encender una guitarra en una noche sin luna
e iluminar los objetos en que se posa. 
(En un cambio de luces podría deslumbrar a un conductor sorprendido.)

Esa mujer tiene los ojos de un gatito, de un tigre, de todos los felinos, 
como de un ser fabuloso, de un pájaro tropical, del aguacate maduro,
del césped y las uvas en pleno verano.
Hay una luz incandescente en su mirada, una que perturba. 
No es fácil sobrevivir a esa mirada, que imanta mi brújula,
empaña la visión, rompe los espejos y aniquila el sueño.
A medianoche, con los ojos cerrados, se encienden ante mí 
como antorchas gemelas, fuentes de luz y desasosiego.
Abro los míos y los cierro, en la vigilia y en el sueño
están frente a mí, ardientes, perennes, como dos guerreros de fuego.

27 de diciembre de 2021

La basura

En mi calle viven vecinos de muy diversa condición. Hay casas muy hermosas, con enredaderas y ventanas afrancesadas; De otras sólo se ve una puerta no muy vistosa y bardas enormes encaladas que dan la vuelta a la otra calle. Otras son de clase media, y otras se muestran como la expresión más dura de la pobreza. Sin salir de mi barrio (formalmente un «pueblo originario»), al sur de la Ciudad de México, es posible palpar la desigualdad en el ingreso y heterogénea y diversa que es la sociedad.


Los estudiosos de la ciencias sociales usan diversos indicadores para medir la pobreza. En los censos y encuestas, el personal del instituto de estadística hace preguntas que en algunos sectores o lugares del país pueden parecer absurdas.

Para medir la riqueza (sí, la pobreza y la riqueza se miden, y puede haber tantos criterios para ellos como observadores y analistas), son recurrentes las preguntas: ¿usted guisa y evacúa en la misma habitación? ¿Tiene agua corriente? ¿Cuántos focos o bombillas hay en la casa? ¿El suelo es algún material o de tierra? ¿Tiene un radio? ¿Tiene teléfono? ¿Tiene televisor?

Supongo que ahora se preguntara cuántos teléfonos celulares hay en esa casa, cuántas computadoras y tabletas, y podrían preguntar si la conexión de luz e internet es legal. Los indicadores y niveles socioeconómicos son sorprendentes. Y las prioridades: algunas personas tienen un teléfono celular de alta gama, como se dice con toda elegancia, cuando casi podrían estar formados en la fila de los indigentes para recibir una despensa familiar.

Se me ocurre, y pongo al disposición de los estudiosos, científicos e instituciones que de esto se ocupan, que se considere el indicador basura. Medir la pobreza por lo que las personas desechan. Es impresionante lo que se puede encontrar. La basura dice mucho de quien la tira, de su educación, ingreso y estilo de vida.

Entre mis diversos vecinos, algunos desechan muchas botellas de plástico, sobre todo de refrescos; también muchas cajas de cartón y empaques de alimentos procesados. Otros, sacan basura (ya la bolsa o caja dice mucho) de productos de lujo (electrodomésticos, zapatos, ropa de tiendas caras), en otros apenas veo, en simple inspección al pasear por mi calle,  sobre todo de residuos orgánicos. 

Dos casos. En la esquina, hacia el sur, hay una casa en al que viven dos mujeres, una anciana, que debe estar muy cerca de la pobreza absoluta desde cualquier criterio; y a tres casas de la mía, vive una familia de la que no sé nada, por extraño que parezca, que saca la basura en un práctico y moderno contenedor, que los lunes en la mañana aparece lleno de desperdicios (los fines de semana no hay recolección del basurero), y con frecuencia al pie del contenedor cajas y bolsas con más basura. Yo puedo calcular, de una mirada, a juzgar por las botellas de whisky single malt y vinos finos, entre otras envolturas, que la fiesta de fin de semana fue un banquete de lujo, y que el gasto de esa fiesta fue mayor, por mucho, al ingreso de la casa de la casa de la esquina.

Dime qué tiras y te diré quién eres, podría ser la frase de la propuesta. Está claro que ésta no sirve para acabar con la pobreza, ni siquiera mitigarla, pero medir la basura puede ser un indicador más de enorme utilidad. Si bien me ubico en la clase media que tiende a empobrecerse en los últimos tiempos, dan ganas de envolver bien la basura, para ocultar un poco las enormes desigualdades.

26 de diciembre de 2021

Flaubert no es Madame Bovary

Yo no soy madame Bovary, pudo haber dicho Flaubert. Pero también pudo haber dicho: Yo he sido todos y cada uno de mis personajes, y esa es la verdad. Al menos mientras escribe el pasaje o la página que habitará por siempre ese personaje, el novelista tiene que comprenderlo y hacerlo vivir. 

Se ha escrito y se ha dicho y se repite como una verdad conocida que Gustave Flaubert dijo, orondo: «Madame Bovary c'est moi.» Es una verdad sagrada que nadie ha sabido nunca de dónde ha salido. 

Hoy sabemos, gracias a Alberto Paredes, «Madame Bovary soy yo»: el origen de esta atribución infundada,* entre otros, que no viene de ningún lado porque Flaubert nunca la escribió y muy probablemente nunca la dijo. No existe una referencia, no existe una prueba. Lo que Paredes difunde en su ensayo es el origen de esta atribución, lío o malentendido: 

«Es una atribución de cuarta mano: Flaubert le habría dicho a Bosquet quien se lo habrá dicho a De Launay quien se lo comunicó a Descharmes para que éste lo pusiera en caracteres de imprenta por la primera y virginal vez. Así nació la exuberante enredadera. Traduzco a continuación el desmentido “oficial” por parte de Yvan Leclerc, erudito flaubertiano, responsable del Centro de Estudios Flaubert de la Universidad de Rouen (la tierra de Flaubert) y editor de numerosas obras de y sobre Flaubert:

«"La cita Madame Bovary, c’est moi" no se encuentra ni en la Correspondencia ni en las obras de Flaubert. Figura en nota del libro de René Descharmes, Flaubert. Sa vie, son caractère et ses idées avant 1857, Ferroud, 1919, p 103:

«"Una persona que conoció muy íntimamente a Mlle Amélie Bosquet, que se correspondía con Flaubert, me contó hace poco que cuando Mlle Bosquet preguntó al novelista de dónde había sacado el personaje de Mme Bovary, él habrá respondido muy claramente, repitiendo varias veces: Mme Bovary, c’est moi! – D’après moi".

«La persona en cuestión sería el Sr. E. de Launay, quien vivía en el 31 de la rue Belechasse, lo anterior a partir de una nota manuscrita de René Descharmes (custodiada por la Bibliothèque national de France: N.A.F., 23.839 f° 342).»** 

Dice Paredes, con razón: «Gracias al excelente trabajo de Yvan Leclerc, al menos desde 2001 está completamente identificada no sólo la falta de fundamento sobre que Flaubert sea el responsable de la expresión (lo que es noticia vieja en las filas flaubertianas), sino también la fuente de la declaración: por Leclerc sabemos que René Descharmes le colgó el milagrito. Supongamos que era un hombre bien intencionado… pero con buenas intenciones no forzosamente se arrojan luces sobre los grandes escritores». 

Es casi una pena saber que en Flaubert no habitaba el corazón o el alma de Emma, que son dos de las lecturas más comunes. No sé si este asunto estaría mejor con la célebre frase, el engaño que tanto ha perdurado y no cesa de crecer, de difundirse. Pero en el mundo hay académicos y especialistas (en Flaubert y en cualquier otro autor o tema) que se empeñan, en arruinar las suposiciones, mentiras y malentendidos en nombre de la literatura y la verdad.

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22 de diciembre de 2021

Lavinia

Para LB

Ursula K. Le Guin, señora de la fantasía y la ciencia ficción, dedicó su última novela a la poesía, al mito, a un personaje entrañable. Lavinia (Minotauro) es su despedida de la ficción, de la escritura especulativa, una obra escrita cerca de los ochenta años, lo cual demuestra, una vez más, que un novelista puede desplegar su arte y ejercer su oficio con maestría en la vejez.  

Lavinia, para Virgilio, es un personaje intrascendente de la Eneida. En el monumental poema tiene once menciones, pero nunca habla ni tiene una acción relevante. Hija de Latino y Amata, reyes de Lacio, está destinada a ser la esposa latina, «italiana», de Eneas y, como madre de Silvio, un eslabón más de la cadena de la estirpe que fundó míticamente Roma. 

Para Ursula, Lavinia es al comenzar la novela una niña que corre por los campos y los bosques y, con el prodigio del tiempo en la novela, se hace una muchacha que toma el control de su vida y su destino, se enfrenta a su madre, acepta y decide su destino. Hija, esposa y madre de reyes, cumple su función histórica y su proyecto con inteligencia, audacia, cariño y entrega. Sabe muy bien quién es y lo que tiene que hacer, y nada la aparta de su camino. Sí, Lavinia es un personaje admirable; hoy podría decirse que una mujer empoderada (esta novela, falsamente histórica, también admite una lectura feminista).

Ursula sigue con apego los hechos de los últimos seis cantos de la Eneida. Si fidelidad a la narración del poema es impecable, pero, admite: «Mi deseo era seguir a Virgilio, no mejorarlo ni reprobarlo. Pero la propia Lavinia a veces insistía en que el poeta estaba equivocado. En el color de su pelo, por ejemplo. Y como soy novelista, y prolija, amplié, interpreté y rellené muchos rincones de su frugal y espléndida historia.» ¡Vaya! De no decir palabra alguna en la Eneida a corregirle la plana en Lavinia, así van las cosas entre Lavinia y Virgilio. 

Lavinia sueña (tal vez recibe en vigilia la visita del espectro de su poeta) a Virgilio, conversan. Él le cuenta su futuro, su misión. Ella lo escucha, imagina, sueña, aprende. Ella es tan lista, tan despierta, tan valiente y audaz que Virgilio, en esta novela deliciosa, le dice, en comparación con la reina de los volscos, otro personaje de la Eneida: «Oh, Lavinia. Vales por diez Camilas y nunca me di cuenta.» Así es. Lavinia es encantadora. Una vez más, un hombre (aunque sea uno de los grandes poetas de Occidente y aquí un personaje) se da cuenta muy tarde de lo que vale una mujer.

La estructura misma del relato es un prodigio del arte de la novela. Lavinia conversa con su poeta; pero ella vivió en Lacio ochocientos años antes de que Virgilio escribiera su poema; y la probabilidad, aun mítica y legendaria, de que Eneas llegara al Lacio después de la caída de Troya rompe todas las aritméticas y algoritmos posibles. Las fechas no coinciden y no pueden coincidir, y felizmente es así. Esto no es historia ni un registro contable ni una declaración ante el ministerio público, sino gran literatura. 

En Lavinia, como en toda gran novela, aparece la experiencia humana en muy diversas manifestaciones; tal vez en toda verdadera novela aparece todo: el amor, la muerte, la guerra, la lucha por el poder, la injusticia, los elementos y la naturaleza, la historia, la religión, el mito, el deber. (La lista podría ser muy extensa, sin fin.)

Lavinia es el testamento novelesco de una autora que en plenos poderes de su oficio eligió un tema y unas coordenadas muy distintas en las que desplegó su imaginación y maestría narradora para contar una historia en la que la dulzura y el encanto permean el relato. Ursula no volvió a contar la Eneida, desde ella, a partir de ella, desplegó otras posibilidades que cristalizaron en una obra notable, no gracias al azar, sino al trabajo y la sabiduría de una de las mejores escritoras de nuestro tiempo. Lavinia es una novela admirable, de esas que se guardan en la memoria y el corazón, y uno quisiera tener la gracia de releerlas a tiempo.

19 de diciembre de 2021

Carta a Irene Vallejo

Estimada Irene:

Vivimos tiempos en los que la formalidad y el respeto y la corbata son vistos con sospecha y recelo. Todo el mundo le habla de tú a las autoridades, a los mayores, a hombres y mujeres que merecerían nuestra consideración, al punto que los niños también tutean a sus padres y profesores. No voy a negar que lo lamento un poco, pero me parece que tampoco podemos forzar los usos y costumbres que, como siempre en la historia, no cesan de cambiar. Así que no he comenzado esta carta con un solemne: «Querida doctora Vallejo o Apreciable doña Irene», con los que estoy seguro de que usted no se sentiría a gusto y, para decir la verdad, yo tampoco.  

Quizá cierta informalidad permite una aproximación, una empatía y, en su caso, ha generado la confianza con la que los lectores se aventuran en El infinito en un junco, y me refiero a lectores que no suelen leer ensayos de filología ni de historia, que no son académicos, y que en algunos casos ni siquiera son lectores habituales. Usted ha conseguido que la más bella historia de los libros saliera a la calle y sedujera a lectores de varias generaciones, con niveles de educación muy desiguales e intereses muy diversos. Usted ha conseguido que cientos de miles de lectores disfruten y aprendan con su portentoso ensayo, que lo leen como si fuera una fábula, un gran cuento, una de las fascinantes historias de Sherezada.

Usted ha conseguido trenzar la erudición, la sabiduría y el rigor académico (el aparato crítico y las referencias son impresionantes) con la literatura, que también es el arte de imaginar la realidad y contar la vida de la mejor manera posible. No tengo que decirle que la inmensa mayoría de los ensayos de sus colegas (saturados de notas intransitables y no exentos de cierta pedantería), de los filólogos y lingüistas, no están hechos para lectores, sus fines son otros. Y esto es algo que sus lectores le agradecemos. Usted ha demostrado que el método y el conocimiento a fondo que roza la sabiduría no están reñidos con la buena prosa, la precisión y la claridad (y que el cine y la cultura pop también son parte de la cultura y pueden dialogar con la gran literatura; vamos, que en sus manos, incluso el comentario personal y la experiencia de vida pueden incorporarse si el pasaje es oportuno y honesto).

Me pregunto si no es usted hoy por antonomasia la guardiana de los libros, de los clásicos y la defensora de las humanidades. Usted ha hecho más por la difusión de los libros, por la divulgación del conocimiento, por volver a mirar a las humanidades y los estudios clásicos como una necesidad callada y silenciosa, pero no menos vital para la formación integral de cada persona, que muchos programas educativos, instituciones y gobiernos de todas partes que desaparecen a la filosofía y las humanidades de los programas de estudio de bachillerato y pretenden prescindir de las lenguas clásicas (sí, del griego y el latín, incluso como opción).

Tal vez ha hecho usted más por dar la voz de alerta, por llamar la atención, por invitar a la reflexión y a  volver a las fuentes de nuestra civilización que muchos ministerios, programas educativos, planes, pedagogos y políticos que derrochan dinero y cumplen la triste función de los bomberos pirómanos. 

Estamos en deuda con usted por su contagioso entusiasmo, por su fe en la palabra de los más sabios, hombres y mujeres que nos precedieron desde hace muchos siglos; estamos en deuda por su defensa del libro, por hacernos conscientes de su fragilidad y su asombrosa permanencia. Así, también es usted una formidable motivadora y formadora de lectores. 

Dice Ana, personaje de su novela El silbido del arquero: «Mi madre solía decir que, algún día, muchos aprenderán a dibujar sus pensamientos, y la magia de guardar las palabras se extenderá, y será un gran conjuro contra el olvido.» Hoy, que se ha cumplido ese vaticinio, lo importante es hacer de la lectura un hecho esencial, y no sólo de la educación, sino de la vida misma, para no caer en el olvido, para descubrir quiénes somos y de dónde venimos. 

Usted ha dicho que por ahora no considera escribir una segunda parte de El infinito..., pero cómo nos gustaría, Irene, que nos contara otras historias con su magia y su maestría. La historia del libro en la Edad Media, su impresionante auge a partir de la imprenta y las enormes consecuencias de su difusión; de la samizdat, la copia y distribución clandestina de libros en la Unión Soviética, entre muchas otras. 

No hace falta conocer el futuro para suponer que su libro será leído por las siguientes generaciones, que su huella perdurará por muchos años. Por ello, me permito dos comentarios finales. (Donde se encuentre un error o una falta, es imperativo corregir.) Valdría la pena pedirle a la editorial que haga una revisión a fondo del Índice Onomástico que, aunque muy bien realizado, no deja de tener errores. No aparece allí, por ejemplo, el nombre de Pascal Quignard, que usted menciona en la página 348.

Por último, me permito darle una referencia. Usted narra que Ana María Moix le contó la anécdota de los escritores del boom latinoamericano en un restaurante barcelonés, en 1971, en el que nadie apuntaba el pedido y al ver la hoja en blanco el maître preguntó, con sentido del humor, si ninguno de los comensales de esa mesa sabía escribir. Uno puede imaginar el desconcierto y las miradas entre divertidas y suspicaces de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Franqui y José Donoso. El restaurante era La Font dels Ocellets, y la anécdota la cuenta María Pilar Serrano, con mucho detalle, aunque no aparece Ana María Moix, en «Apéndice I. El boom doméstico», incluido en un libro de José Donoso, su marido: Historia personal del Boom (Seix Barral, Barcelona, 1983, pp. 102-104). 

Recibe, Irene, un cordial saludo, con mi agradecimiento y admiración.

EALl


P. D. Mi hija, de 17 años, recibirá un ejemplar de El infinito en un junco como regalo navideño.

18 de diciembre de 2021

Un cartel y «Tabaquería»

Solía pasar todos los días frente a una tienda de muebles para baño. Desde la calle veía cabinas, duchas, armarios, lavabos y escusados de lujo con diseños que algún poeta de las vanguardias de hace un siglo no hubiera dudado en calificar como un poema. Pero yo no miraba los muebles, sino el cartel que estaba en una de las vidrieras. 

Una chica en traje de baño de una pieza posaba con tacones con un pie apoyado en un bidet, casi de perfil, y miraba hacia la izquierda, retadoramente a la cámara. La chica era una de esas que la prensa especializada no duda en llamar una reina de belleza. La composición era asombrosa. El fotógrafo debió de haber sido un profesional, en realidad un artista, con un equipo fotográfico de primera, que había logrado una imagen de gran calidad.

Todo era perfecto: la belleza de la chica (blanca, rubia, alta, delgada) y la posición en que se recortaban sus atributos, como no dejaría de comentar un presentador de televisión; el encuadre, la luz, el traje de baño azul sobre el bidet y el fondo blancos. Por supuesto, contribuían a esa obra tan lograda el peinado y el maquillaje inmaculados y el proceso digital con uno de esos programas informáticos que, antes que «retocar», pareciera que recrean o reinventan la realidad, la imagen que procesan. 

Frente a la tienda de muebles hay un paradero de autobuses, por lo que el tránsito siempre es imposible, lo que me permitió durante mucho tiempo mirar largamente el cartel desde la ventanilla. Un día, el enorme cartel desapareció.

Sentí un sobresalto. Supe en ese instante que algo había cambiado para siempre, el mundo se empobreció, algo se había perdido sin remedio. El escaparate de la tienda era un paisaje desolado en el que sólo había muebles para baño.

La poesía vino a mí para consolar mi desasosiego. Recordé «Tabaquería», de Fernando Pessoa, uno de esos poemas que pueden definir una vocación, arruinar una vida, o desatar una depresión: una rotunda lección vital y una lúcida reflexión sobre el pesimismo de la que no hay manera de salir sin daño.

En «Tabaquería», el poeta cuenta que vio por su ventana al dueño de la tabaquería de enfrente. Y sentencia así, en la versión de Octavio Paz: «Él morirá y yo moriré. / Él dejará su rótulo y yo dejaré mis versos. / En un momento dado morirá el rótulo y morirán mis versos. / Después morirá el planeta gigante en donde pasó todo esto...»

Seguramente será así, pero ahora yo sólo sé, con un símil notable y profundo desconsuelo, que vi morir el cartel publicitario de una tienda de muebles para baño. 

15 de diciembre de 2021

Tu mirada

Dónde comienza como un río infinito tu mirada,
el puente de luz y color que, en un viaje sin fin,
abate visillos y cortinas y persianas,
abre puertas y ventanas y revela tu presencia.
Como un torrente, se abre paso y me muestra,
transparente, los espacios y las formas,
los colores de lo efímero suspendido: sorprendido,
y de la solidez de lo iluminado.
Me enseñas de nuevo a ver el mundo.

Toda tú estás ahí, en tus ojos.
Tu mirada, como un velamen contra el viento,
revela de golpe una verdad, un paraíso,
una certeza, un deseo. Tu mirada tiene alas.
Pausada se posa y pasa, encendida en vuelo,
en luz, a otra imagen dulce, fugaz, alada.

9 de diciembre de 2021

Tu nombre

Pienso en ti y digo: uvas, paloma, tierra,
y estas palabras no te abarcan.
Sueño contigo y susurro: mar, luna, arena,
y estas tampoco te llaman.
Lanzo al viento la palabra que habitas y te nombra.
Me estremezco: te revelas.
Te siento viva, temblar entre mis labios.

8 de diciembre de 2021

Niebla

Aquí, este muelle de madera;
Allá, la línea oscura, lejana y frágil: colinas;
En medio, se dibujan los pliegues del mar plomizo;
A la izquierda, imaginada, la mitad de un puente
que salta entre las nubes;
A la derecha, veleros, una isla, el mar vivo:
las figuras del horizonte emergen del frío.
Tierra, cielo y mar, todo es niebla,
en la bahía de San Francisco. 

7 de diciembre de 2021

Redención

Si me evocas todas las cosas
y esta habitación está impregnada de ti
y el mundo es un circo cruel
(el amor es como un trapecio sin red),
verteré en el lavabo tu perfume,
quemaré tus fotografías,
seguiré puntual el manual de instrucciones
del aspirante al olvido.
Ocuparé tu espacio con una lámpara encendida,
cambiaré los cuadros y los muebles,
clausuraré tu rincón favorito.
Desecharé sin piedad todos esos discos que cantan tu nombre,
prescindiré de los libros que leíste y de la pluma que me regalaste.
Romperé tus cartas aunque quede sin identidad.
Si tú y yo ya no comeremos queso ni beberemos vino,
si no vibraremos con los mismos versos del poema,
si no miraremos el mismo colibrí, entonces,
si he de vivir sin ti, he de vivir sin nada.
Si no he de decir tu nombre, menuda, como ayer,
(como ir en francés para conjugarlo en segunda del plural),
cambiaré mis hábitos, mis costumbres,
dejaré el café por el té de manzanilla.
En realidad, iré más lejos,
voy a desterrar de los mares el color de tus ojos.

Te advierto que voy a olvidarte,
voy a salirme de mí porque aquí estuviste.
Te concederé la gracia de una sola página en blanco,
y si persistes -en tu contumaz ausencia- en habitar todas las cosas,
entonces apagaré la luz, el fuego y todas las estrellas fugaces,
saldré sin llaves y cerraré la puerta, y aun así
(lo sé, lo sé, no hay remedio: sólo tú podrías redimirme)
me harás falta en las calles sin rumbo al caer la noche.

6 de diciembre de 2021

Insomnio

El insomnio se impone al caer la noche, antes de dormir, incluso horas antes de meterse a la cama. Se instala al final del día cuando uno recuerda o confirma que -a pesar del cansancio y la necesidad del sueño- la vigilia y la alerta, la amarga relación con los peores pensamientos y ocurrencias disparatadas se extenderán por las calladas y oscuras horas de la noche. 

Pareciera que se acude a una cita, que se cumple un rito o se celebra una infausta ceremonia. Es posible llegar rendido a la cama, apenas tener tiempo de apagar la luz y posar la cabeza en la almohada antes de conciliar el sueño. Y luego, una o dos horas después, despertar en medio de la noche y al tomar consciencia de la realidad uno puede vivir por un instante en el vértigo y el horror que debe sentir un náufrago en medio de la noche. 

El insomnio puede ser el peor encuentro con uno mismo. Un auto de fe, un desgastante ejercicio inquisidor en el que uno es el juez y el acusado. Sin duda, es la hora propicia para un examen de conciencia, para el recogimiento, y tendría que preguntarle a un creyente si es un momento propicio para la oración. En cambio sé, que los problemas nunca son tan graves y las soluciones se perciben tan lejanas. 

Abrir los ojos en la madrugada de manera recurrente nos permite reconocer con maestría cómo se recortan los objetos de la habitación por la tenue luz de la calle que se cuela por la ventana. Es la hora de acomodar la almohada, de cerrar los ojos y ensayar posiciones de uno y otro lado, boca abajo, boca arriba (alguien me dijo hace años que sólo los muertos duermen en ésta posición), de buscar conciliar el sueño con un mantra, con una canción, contando perros, ovejas o burros. 

No sé si levantarse y deambular por la casa como alma en pena es una buena idea. Tampoco me lo parece encender la luz y el televisor y empezar a ver una película a las cuatro de la mañana. Creo que sería mejor tomar un libro, y admito que la música (un cuarteto de cuerdas) puede ser más nítida y dulce y profunda a esa hora de absoluto silencio y ensimismamiento. 

El insomnio es el desasosiego, y no es difícil convencerse de que es una forma del castigo. Un insomne sufre su mal. Sé que un poeta ha escrito un libro en prosa, ha pretendido hacer literatura desde el insomnio y sobre éste. Algunos creen que puede ser un tiempo fecundo para la reflexión y la poesía, para el trabajo creativo. 

Borges nos advierte que «Funes el memorioso» es una larga metáfora del insomnio, y dice en «Las ruinas circulares» que sobre el personaje «la intolerable lucidez del insomnio se abatió sobre él». E. M. Cioran fue un insomne crónico, y con un poco de esfuerzo y empeño, en las horas robadas al sueño, podría configurarse una lista impresionante de las obras concebidas y ejecutadas en las madrugadas de insomnio. 

Quizá los insomnes, esos guardianes de la noche, permiten la armonía del orden el cósmico. Por eso nadie aprecia como ellos el alba, el tenue progreso de la luz hacia el día, antes de la salida del sol. El insomne que ve la aurora, se sabe condenado y bendecido de que al fin, muerto de sueño, sea ya la hora de levantarse a vivir la mañana de un nuevo día.

5 de diciembre de 2021

El orden secreto

Si digo que sopla el viento, el viento sopla y no lo sabe.
Si digo que vuelan los pájaros, los pájaros vuelan frente a la ventana
y no lo saben.
Cuando digo que llueve, no sé quién llueve, si la lluvia o las nubes
o el cielo son los que llueven (llover es un verbo impersonal).
Si digo que ya es mediodía, el sol brilla meridiano.
Si digo que bajó la temperatura, nadie se entera de que hace frío.
Pareciera que el viento y los pájaros y la lluvia y el sol y el frío
oyeron mis palabras, pero no me oyeron ni saben escuchar.
A ellos tampoco les importan las palabras.
¿Por qué, entonces, cae la noche y el gato se ovilla?
Sospecho de un orden secreto de las cosas.
Uno que regula las estrellas y el paso de las hormigas.
El vuelo suspendido del colibrí responde al metrónomo del perro
que agita la cola para salvar el mundo. Todo es muy extraño:
el sabor del mamey, la forma del humo, el color del vino.
Lo digo en voz alta, y pareciera que el sabor del fruto es más dulce,
y el humo se deshilacha y el vino sabe a frutas, humo y tierra mojada. 
Hay un orden secreto que gobierna el cosmos,
con más leyes de las que imaginó Newton.
Ya lo sabían Platón y Borges (el nombre es arquetipo de la cosa),
tal vez hay un vínculo oculto entre las palabras y las cosas.
Y de pronto no sé qué me gusta más: la rosa o la palabra rosa.
El mundo y sus seres y meteoros devienen y suceden.
Pero aunque no lo saben, las palabras les dan un orden,
los iluminan y los nombran y los cantan.

4 de diciembre de 2021

Envejezco

Cuando mi padre tenía la edad que ahora alcanzo, me parecía un hombre viejo. No tenía la salud que yo gozo; enfermo y avejentado, me parecía muchos años mayor, un hombre de edad provecta, que debe recibir atenciones, cuidados y aun gozar de privilegios en la sociedad. No todos tienen el claroscuro privilegio de mirar envejecer a los propios padres, pero uno casi nunca se mira en ese espejo. En ese deterioro cuyo desenlace fatal sólo es cuestión de tiempo.

No puedo saber si luzco como yo lo veía, y no hay manera de saberlo. A mi edad, me parecía rotundamente viejo. Hoy sé que no lo era. Que otros cumplen diez o veinte años, cada vez mayores, cada vez más viejos. 

El simple hecho de pensarlo, ya dice mucho del momento. Nunca me detuve a pensar cómo me vería de viejo, y uno piensa que estará allí, sin notar grandes cambios por el intercambio gentil y cotidiano de miradas con el que sonríe en el espejo. Cuando murió mi padre sólo tenía seis años más de los que ahora tengo. Paciencia, me digo, esto no es una carrera sino una posibilidad de goce y vida a cada momento. No hay prisa, me digo, no sabes cómo te verás cuando te sientas viejo. 

Es verdad, me siento joven, quiero decir, fuerte y con ánimo y me cuesta un poco creer que he llegado a los años que tengo. ¡Qué extraño asombro! Envejezco. Empiezo a envejecer, y por fortuna no sé sí lo haré por muchos años. Pero a fin de cuentas, el mecanismo es implacable y el fin sólo es una cuestión de tiempo.

3 de diciembre de 2021

Una lectora

Estaba por terminar el libro, y leía como si en ello le fuera la vida. Lejos del mundo, de lo que sucedía en el café, sin levantar la vista, apuraba las últimas páginas con avidez, precipitándose a su final.  Ensimismada, con una concentración perfecta, ciudadana única del país de su lectura, me pareció que respiraba al ritmo que leía. Con una mano sostenía el libro con firmeza, con la otra se levantaba el pelo de la cara. 

Como las orquestas alcanzan el cenit de su ejecución en los compases que desembocan en el final de una gran sinfonía, la lectora llegó a la última página con vigor olímpico. Devoró los últimos párrafos, se bebió de un trago las últimas palabras. (Recordé «Continuidad de los parques», acaso el más breve e intenso de los cuentos de Cortázar, en el que un lector es a la vez el personaje y al llegar al final de la novela encuentra su destino.) En el goce de terminar un libro también hay una pérdida, un duelo.

Cerró el libro y se quedó pasmada como si hubiera visto un fantasma. Absorta, seguía en otra parte, muy lejos, en el país de su lectura del que no era fácil volver. Levantó la cabeza como si emergiera a la superficie desde aguas profundas, reconociendo despacio el mundo, incrédula de volver al entorno del café o de haber salido del reino de su libro. Estaba ahí, pero seguía en otra parte.

Dio un trago al café frío y puso la taza en el plato con delicadeza. Tenía en el rostro el gesto de la incredulidad, del que no sabe cuál es andén o dónde está el sur; del que ya sabe algo que tal vez no le hubiera gustado saber, que las cosas no suelen ser, también en los libros, como uno espera. Estaba claro que la lectura había sido una gran experiencia. 

Guardó en el bolso el libro, forrado con una hoja blanca, y se fue. Aún conservaba ese aire de recién llegada, de extranjería en este mundo. En un instante desapareció. Supongo que leía una novela. Lo que yo hubiera dado por saber cuál era. Ni por un instante, tan ausente estaba, me hubiera atrevido a preguntarle quién era el autor, cuál era el título.

29 de noviembre de 2021

"La broma" en tiempos de Twitter

Cassandra Vera Paz publicó en Twitter, entre 2013 y 2016, en España, una serie de tuits de mal gusto, humor negro, ácidos sobre el homicidio a Luis Carrero Blanco, presidente del gobierno español en 1973. Vera Paz nació veintidós años después del atentado, en Murcia (no en el País Vasco): no está muy claro su empeño tantos años después, al parecer comenzó su burla a Carrero o el franquismo cuando incluso era menor de edad.

A partir de una operación para combatir el terrorismo en las redes sociales, sus tuits fueron denunciados por injurias a las víctimas del terrorismo. Se metió en graves problemas. La condena, de 2017,  consistía en un año de prisión y siete de inhabilitación. Entonces dijo Vera Paz: «No sólo me quedo con los antecedentes, me han quitado el derecho a beca y destrozado mi proyecto de ser docente. Me han arruinado la vida.» 

La sentencia fue anulada en el 2018. Para el Tribunal Supremo la publicación de «chistes fáciles y de mal gusto [...] es reprochable social e incluso moralmente en cuanto mofa de una grave tragedia humana, pero no resulta proporcionada una sanción penal». Por una vez se impuso la cordura. La broma de Vera Paz y su lío con la justicia es comentado y discutido en España como el «Caso Cassandra».


Karla Pérez González, de dieciocho años, fue expulsada de la Universidad de Las Villas en Santa Clara, Cuba, donde estudiaba primero de Periodismo, en abril de 2017. Había publicado en un blog comentarios críticos al Partido Comunista por «marginar del debate a millares de cubanos que representan la oposición» y anhelar el «el entierro de la obsoleta suposición de que los once millones [ de cubanos] pensamos igual, cuando ni dos lo hacemos». 

Pérez González fue sometida a una evaluación realizada por sus propios compañeros. Ocho de ellos pudieron su expulsión de la universidad, seis no lo pidieron. Ella dijo que esos compañeros que la apoyaron fueron advertidos de que serían «analizados». Las autoridades se han ahorrado la molestia de asumir el costo político de la expulsión: fueron los propios compañeros. Es obvio que fue acusada de «ser miembro de una organización ilegal y contrarrevolucionaria».

Fue expulsada de la universidad, salió de Cuba y, al parecer, pudo estudiar en Costa Rica gracias a la iniciativa de el diario El Mundo, de ese país. En el 2020 finalizó su carrera en la Universidad Latina, y decidió regresar a Cuba; un funcionario de migración cubano le advirtió a Pérez González, que estaba esperando en Panamá un vuelo a La Habana, que no podría volver a Cuba.

Hay otros casos, como los de los venezolanos Inés González Árraga y Pedro Jaimes Criollo que también hay tenido problemas con la ley, incluso han sido detenido y encarcelados, por ejercer la libertad de expresión o hacer bromas o chistes de mal gusto. La persecución no es nueva, pero ahora se persigue a las opiniones publicadas en las redes sociales.
 
He recordado estos casos al volver a La broma, la novela de Milan Kundera, publicada en 1967, que narra las aterradoras consecuencias de hacer eso, una broma, un chiste político, en regímenes autoritarios o dictatoriales, en un mundo que «ha perdido el sentido del humor». Esta novela, como todas las grandes o verdaderas novelas, más allá de su trama, cuenta una historia y cuenta la vida. Y es, tal vez a su pesar, una de las grandes novelas políticas o con fondo político del siglo XX, cuya sombra se extiende todavía en muchas naciones del mundo hacia el primer cuarto del siglo XXI. Su lectura para los más jóvenes (esa generación que ama las redes sociales) se antoja muy recomendable, incluso obligada, y entrados en letras, podrían completar su aproximación con otra novela esencial de Kundera: La insoportable levedad del ser

Las persecuciones son tan viejas como la crítica al poder. Y los autócratas y los gobiernos más ensimismados en su tóxica contaminación ideológica -los que tienen tres frases y otros tantos dogmas para justificar sus medidas y responder a todas las preguntas; los dueños del pensamiento único- lo saben mejor que nadie. Pareciera increíble, y es inadmisible, que un chiste o una broma, una crítica o una petición de apertura, expresados desde una red social, puedan llevar a alguien a la cárcel, inhabilitarlo, echarlo de su país o arruinarle la vida. Ah, el poder de las palabras.

22 de noviembre de 2021

La librería secreta

Hay en la ciudad una librería secreta, oculta, y su leyenda no deja de crecer. Desde hace años corría el rumor de una gran librería instalada en una casa o departamento (las versiones y rumores, como los mitos, no siempre coinciden) al que sólo sería posible acceder con una contraseña, por invitación y  acompañado por el cicerone correcto.

En una ciudad que cada día tiene menos librerías, como pierde el país especies que se extinguen, hay una librería en la que no es posible entrar como a cualquier otro negocio abierto al público, ni recorrer sus anaqueles, mirar los volúmenes que guarda porque no está accesible para curiosos y aficionados que visitan las librerías inevitablemente, por razones o motivos que no siempre es fácil de explicar, como un paseo urgente y necesario o un ejercicio espiritual.

Hace años me hablaron de ella. Y la simple posibilidad de que existiera un lugar así me parecía en sí mismo literario y el tema para una novela negra o de detectives, en la que el héroe tenía que encontrarla y desentrañar su secreto. Se decía que era un sitio para bibliófilos y coleccionistas, en el que ofrecían al comprador una copa de vino mientras negociaba el precio de un tomo de Ficciones, firmado por Borges, editado en Buenos Aires hace cincuenta años.

Supongo que las condiciones de su operación no son las mismas porque, aunque el misterio de su ubicación no se ha revelado (corre el rumor de que cambió de domicilio), en la Red y en los diarios han aparecido artículos y al menos un reportaje sobre la librería secreta, que se llama el Burroculto (celebremos el nombre) y que tiene una hermana, que se llama La Mula Sabia.

Dice la información disponible y nunca confirmada, que el librero y alma de estas librerías secretas responde al nombre, que podría funcionar muy bien en esa imaginaria novela, de Max Ramos. Al parecer, es cierto que hay una habitación para hacer tertulia, tomar café, una copa de vino o mezcal. 

Alguien me dijo que frecuentaba el Burroculto pero lamentaba mucho no poder decirme su ubicación, y tampoco estaba en sus manos extenderme una invitación, pero me aseguró que la última vez que la visitó estaba a la venta una carta de Marcel Proust.

Cuál es el fondo,qué clase de libros se venden en el Burroculto es otro misterio. Se dice que predominan primeras ediciones y ejemplares raros de literatura mexicana e hispanoamericana, pero también he oído que, según lo que consigue el librero, pueden aparecer joyas de cualquier literatura de enorme valor para aficionados a los libros sin remedio.

He escuchado que las librerías estaban en la colonia de los Doctores, pero ahora se han mudado a la Roma o la Condesa. Si un día pudiera conversar con Max Ramos, con una copa de vino en la mano, insistiría en averiguar el por qué del secreto y casi clandestinidad en la que operan sus librerías. 

No lo sé, tal vez es su modelo de negocio, la manera de dirigirse y conservar una clientela selecta y conocedora, pero temo que la respuesta pueda ser tan lógica y ordinaria, tan común y comprensible que arruinaría todas las especulaciones y juegos literarios que imagino. Sería una pena encontrar una respuesta que no esté a la altura del gran misterio que encierran unas librerías ocultas, invisibles, secretas.

14 de noviembre de 2021

La obra perfecta

«Sólo tenemos la certeza de escribir mal cuando escribimos; la única obra grande y perfecta es aquella que nunca se sueñe realizar», dice Fernando Pessoa a través de su heterónimo Bernardo Soares. Luego de declarar que si hubiera escrito Rey Lear tendría remordimientos durante el resto de su vida porque esa obra es tan grande que sobresalen sus gigantescos defectos. 

Nadie tiene el don de «escribir una obra de arte con el tamaño justo para ser grande y con la perfección precisa para ser sublime»; el mensaje es claro: como «sólo tenemos la certeza de escribir mal cuando escribimos; la única obra grande y perfecta es aquella que nunca se sueñe realizar». La obra perfecta es la obra no escrita, nos dice Pessoa, y pocos más autorizados que él para firmar la sentencia. 

Estas citas provienen de ese prodigioso e imperfecto baúl de belleza y desconsuelo y sabiduría y amargura que es el Libro del desasosiego. El enorme poeta portugués tiene razón. Hay una tenue cisura, una zanja, una brecha, un abismo entre la obra pensada o soñada y la que se ejecuta. «La obra realizada es siempre la sombra grotesca de la obra soñada.»

Pessoa no fue el primero en saberlo, pero tal vez nadie lo ha dicho con tanta vehemencia. Thomas Mann lo sabía también, por eso apreciaba tanto la máxima de Chéjov: «la insatisfacción con uno mismo constituye un elemento básico en todo auténtico talento.» Ese es el punto del relato «Hora difícil», en el que Mann muestra a Schiller en lucha consigo mismo en una noche de frío y resfriado y desvelo empeñado en lograr el poema soñado. El esfuerzo, la dedicación, la constancia no son malos compañeros de los que emprenden obras que a la distancia algo tienen de montañas prodigiosas. 

Para Mann y Schiller, parece, el trabajo duro, el empeño y la búsqueda sin fin son tres nombres del talento. Aspiran a ascender a cualquier precio para lograr (¿encontrar?) la obra maestra, aunque sus esfuerzos, una y otra vez, y por mucho tiempo, se asemejen a la tarea sin fin e inútil de Sísifo. Sin embargo, Mann y Schiller lograron llegar a la cumbre. 

He visto a autores de talento renunciar a la realización de la obra por el temor cerval de no lograr la obra mil veces deseada e imaginada. (Es tal vez, un problema del ego. Pareciera que dicen: como no logro la obra que imaginé, es mejor no hacer nada.) He visto a autores rehuir de su tarea porque tienen que investigar, planear, viajar, entrevistar a vagos testigos o personajes secundarios, entre otras justificaciones y pretextos, antes de emprender la realización de su obra. 

Virgilio murió insatisfecho con la Eneida, y no sabemos con certeza qué hubiera hecho con ese prodigio de poema si hubiera vivido dos o tres años más. Sin duda el gran poema, uno de los más altos de Occidente, no tendría la forma que conservamos (a pesar de los ajustes y revisiones y correcciones que comenzaron desde tiempos de Augusto). 

Si bien escribir es con frecuencia reescribir, volver al texto y pulirlo para que alcance su mejor brillo y claridad y precisión, el riesgo de la sobrecorrección (tal visible como la tercera cirugía plástica en la misma nariz) planea sobre obras cuyos autores no saben que la perfección no es de Shakespeare ni de Pessoa ni de Schiller ni de Mann; que no es de este mundo.

Hay poemas casi perfectos, pero la novela tiende a la imperfección. Entre más grande y pretenciosa, más imperfecta al tiempo que más imponente y asombrosa. Muchas de las grandes obras maestras del siglo XX son imperfectas: En busca del tiempo perdido, El proceso, Ulises, entre otras, son obras maestras prodigiosamente imperfectas. ¡Viva esa imperfección!

El poeta y el novelista y el músico y el pintor imaginan una obra ideal que guardan en la mente y el corazón, pero esa perfección se desvanece cuando la realizan; sin embargo, las obras maestras, las verdaderamente grandes, las que cumplen su función y nos conmueven y mueven a un estremecimiento ante su belleza y muestran y generan una reflexión, revelan en sí mismas, en su grandeza, la humana imperfección de sus creadores. 

23 de octubre de 2021

Revelación

En la mitad del lago
la mancha blanca:
la luna sobre el agua.

22 de octubre de 2021

Parejas

No hay dos parejas iguales. No hay dos parejas de enamorados que hayan erigido su pequeño mundo de la misma manera. Cada pareja inventa su lenguaje, su encuentro mítico, su misión, su metafísica y razón de ser. Y cada uno de los amantes, aislado, en sí mismo, puede ser alguien muy distinto del que surge o florece en pareja.

Alguien que no estaba interesado por el tenis o nunca había escuchado ópera, de pronto pasa los días en un club, toma lecciones y mira con entusiasmo los partidos del Gran Slam por televisión, o asiste al teatro a ver las funciones y pronto empieza a opinar sobre voces y las diferencias entre la ópera italiana y la francesa. 

Sin sus respectivas parejas, esas dos personas jamás hubieran tenido una raqueta de tenis en las manos, jamás hubieran dicho que el drama de Madama Butterflly las conmueve hasta las lágrimas. En pareja nos acercamos al centro de lo que somos; nos vislumbramos en lo que de otra manera nunca hubiéramos sido. 

Algunas personas han cambiado de hábitos, costumbres, preferencias, gustos, pensamiento político, nacionalidad e, incluso, religión, para constituirse en la pareja de alguien que exige esos cambios. Está claro que con el paso del tiempo uno se hace otro, y que las parejas también se convierten en otra.

Tal vez una relación que permanece unida por muchos años, una pareja exitosa, tiene su secreto en cambiar más o menos de la misma manera y en la misma dirección. Si no es así, los intereses se disparan, y uno ya no tiene razones para ir al tenis (que en el fondo detestaba; y a otro le resulta insufrible los agudos de las sopranos). Pablo Neruda ya sabía que: Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Según el mito griego buscamos en la otra persona lo que no tenemos, lo que nos falta. Puede ser, sí, pero también con frecuencia muchas personas toman lo que les ofrecen al alcance de la mano. Tal vez esa es la causa de tantos emparejamientos o matrimonios que nunca debieron de haber sucedido.

No es posible demostrar que las personas encontrarán en pareja la mejor opción de vida, pero es notable el empeño con que perseveran, por todos los medios, incluso más allá de la prudencia, la experiencia y la razón, para formar una pareja a pesar de la grave sentencia de Juan José Arreola: Cada vez que el hombre y la mujer tratan de reconstruir el Arquetipo, componen un ser monstruoso: la pareja.

Y si no hay dos parejas iguales en su trato y relación, en su mitología y fantasía, en el día y en la noche, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, tampoco hay dos exparejas iguales en su distancia y rompimiento. 

Algunas exparejas cultivan con celo profesional el odio y el resentimiento, otras tienden al desdén y el olvido, otras aprenden a tolerarse por los intereses, afectos u obligaciones que comparten, unas cuantas se seguirán amando, en secreto, en silencio, muy lejos del otro, y, aunque en franca minoría, por fortuna, otras se casan entre ellos por segunda vez. 

Fui a la oficina de Fernando a ayudarle a revisar la traducción de un libro denso, enorme y aburrido de comercio internacional. Hacía muchos años que no trabajábamos juntos. Me recibió en su despacho, en el que también tenía una mesa y una computadora una mujer. Fernando y yo hablamos de la traducción y ella, Marisela, ocupada en otros asuntos, apenas hizo algún comentario. 

Volví a ese despacho varias veces en los próximos dos meses, conforme avanzaba la traducción. En cada visita el trato con Marisela fue más cordial, más abierto. Fernando y ella compartían un cajón de un escritorio que parecía una de esas tiendas de abarrotes o expendios de golosinas clandestinos que no faltan en las oficinas públicas. Tenían nueces y arándanos, caramelos, chicles, cacahuates y frituras. Abrieron su cajón y me ofrecieron de su colación. 

Dos o tres veces salí a comer con Fernando, y alguna vez fuimos a cenar, luego de revisar un capítulo. Nunca me dijo ni una palabra de Marisela. Ella siempre estaba presente en mis visitas en horas de oficina, ella cumplía con las exigencias de un empleo. El trato entre ellos era amble, cordial, cortés, considerado, y más que eso. Yo percibía esa tensión que antecede a una pasión no confesada o la complicidad de los que juntos guardan un secreto o tienen un pasado común. 

Una noche, cuando Marisela y yo ya hablábamos y bromeábamos con soltura y confianza, casi al final del proyecto, fuimos los tres a cenar. Alguien habló de antojo de tacos al pastor y eso no se discute demasiado, se negocia la hora y la taquería, cuando mucho. Ellos no se frecuentan fuera del despacho, no salen a comer ni a cenar juntos. Son distantes compañeros de trabajo.

En una larga mesa, Fernando se sentó a mi lado; Marisela se sentó del otro lado de la mesa, frente a mí. Supongo que ella se había dado cuenta de que yo no sabía nada de ellos como pareja, e imagino que esa noche quiso divertirse. Con dos o tres comentarios y miradas maliciosas a Fernando, me acercó a la gran pregunta: «Cómo, ¿tú eres la primera esposa de Fernando?» Su sonrisa fue contundente, su venganza porque Fernando no me había informado. 

Les hice preguntas; me hablaron de ellos. Lo hacían con serenidad, con la resignación de los mejores recuerdos, tal vez con la alegría de verse cada día en el despacho. Se habían separado hacía veinticinco años, y no de la mejor manera. Pero el tiempo y algo más, que sólo puedo llamar un cariño viejo, dulce y profundo los había acercado de nuevo. 

Me quedó muy claro que, si bien no puedo hablar del inicio de una etapa en su relación, o de una nueva llamarada de pasión, su relación está muy lejos de tender a la indiferencia o el olvido. Algo muy sutil latía entre ellos, algo que no había sido aniquilado por sus desavenencias y desacuerdos.

No puedo asegurar que volverán a salir, que volverán a intentar reconstruir el Arquetipo, y no lo creo, pero estoy convencido de que sería perfectamente posible, y que podría desencadenarse en un instante. Ambos desenlaces no me sorprenderían. Los vi tan lejos, los vi tan cerca uno del otro... No hay dos parejas iguales, y tampoco dos exparejas, y algunas no saben que no han llegado a su punto final.