10 de junio de 2021

Jueves de Corpus

El 10 de junio de 1971, Los Halcones, un grupo paramilitar, fuerza ilegal del Estado, en una operación planeada, arremetieron con bastones y armas de fuego a los estudiantes de una manifestación pacífica. Algunos analistas hablan del epílogo de los sucesos sangrientos del 2 de octubre de 1968. 

En San Cosme, Ciudad de México, los estudiantes fueron acorralados, golpeados, heridos, muertos. No sabemos ni sabremos el saldo de los caídos. Mi padre estuvo ahí. Era el reportero del diario Novedades que cubría la fuente de educación, y por lo tanto, las manifestaciones, paros y huelgas de los universitarios.

Para sobrevivir, tuvo que esconderse debajo de un coche. Tuvo suerte, salió ileso. Llevaba un saco de gamuza español, tal vez su mejor prenda. Quedó hecho una desgracia, y aún lo conservo en mi armario. Es una pena que no pueda usarlo ni para andar por casa: mi padre era un hombre muy delgado.

Escribió su crónica, y también guardo una gran carpeta con los recortes de periódico que él reunió (era uno de sus vicios). Ahí está todo lo que publicó en la prensa en los siguientes días. Frente a las evidencias y testimonios de protagonistas y testigos, no faltaron las voces oficialistas que dijeron que aquello nunca había sucedido. 

Dos días después, hubo una «inspección ocular», una suerte de reconstrucción de los hechos por las autoridades. El presidente de la República pidió una investigación, que nunca llegó a nada, nunca se castigó a los culpables. Acompañaban al Procurador General de la República el secretario de Educación Pública y el coronel Ángel Rodríguez García, jefe del Estado Mayor de la Policía, quien dijo que la policía había cerrado el paso a todos los vehículos.

Mi padre, dice una crónica, «replicó en forma enérgica que se había permitido el paso a vehículos que venían de San Cosmo y la Avenida Instituto Técnico [...], de los que descendieron individuos que se mezclaron con los estudiantes.»

Entonces mi padre, en el mayor acto cívico de su vida, sin duda el más arriesgado, preguntó al coronel «por qué no había intervenido la policía si estaba viendo que se disparaba sobre los manifestantes y eran agredidos en forma brutal. / Respondió el coronel Rodríguez García que la policía nunca ha intervenido en manifestaciones estudiantiles y que la consigna que había recibido era la de no intervenir». 

Crónicas, notas y libros* sobre los hechos dan testimonio de la airada denuncia de mi padre, que desmintió al coronel ante el procurador. No sucedió nada más, ni para bien ni para mal. En Novedades no les gustó la intervención de mi padre. Unos meses después se fue del periódico. No volvió a usar el saco de gamuza, pero lo conservó. Más de una vez le pedí que me contara, le hice preguntas. Sus respuestas fueron rápidas, vagas. Nunca quiso contarme, aunque no lo había olvidado, lo que sucedió aquel diez de junio de hace cincuenta años.
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*Gerardo Medina Valdés, Operación 10 de junio, Ediciones Universo, México, 1972.
  Gerardo Ortiz (ed.) Jueves de corpus, Diógenes, México, 1971.
  Reporteros y escritores de Proceso; La investigación, Proceso, México, 1980.

5 de junio de 2021

«La suave Patria» y mi ejemplar de López Velarde

Los libros también tienen una vida secreta. En ellos depositamos la ilusión de un vínculo, de un diálogo. Y entre sus páginas guardamos cartas, postales, otros papeles y otros objetos. A veces basta una dedicatoria para que ese libro adquiera un valor singular, como una reliquia.

Pero una parte de esa vida secreta se nos escapa; los libros tienen una capacidad admirable para guardar polvo, para ser mellados por el tiempo. Pareciera que los libros absorben el tiempo. Sus materiales envejecen al tiempo que lo hacemos nosotros, al punto que un día, después de no frecuentarlos en años, se nos deshojan en las manos. 

Las marcas y huellas que los mellan, con las que registramos la lectura  y los accidentes que sufrieron mientras los leíamos (la huella de una caída, la fractura fatal que atraviesa el lomo como una columna vertebral rota, una mancha de café, de tinta, restos de un trocito de chocolate) revelan entusiasmos e intereses que con frecuencia olvidamos o ya no compartimos.

Un libro leído con pasión muestra en sus páginas el fervor de la lectura, los subrayados enfáticos, las interjecciones debidas, los comentarios necesarios, las pequeñas flechas, palomas y taches. Cada lectura deja sus huellas en las páginas. Las páginas de un libro gritan, en cuanto lo abrimos, si su lector ha sido pulcro o las ha maltratado con manos sucias y toscas. Mirar a alguien cómo cuida un libro dice mucho del trato que esa persona puede darle a personas o animales.

Por el contrario, enseguida se nota si un libro no ha sido leído, si no ha sido abierto, por no hablar de esos ejemplares intonsos que todavía se conseguían hace unos años y que hay que abrir con pulso de cirujano con un abrecartas.

En la escuela primaria, el profesor Rogelio (un yucateco calvo, simpático, entrado en años, que cumplía funciones administrativas, de atención a los padres de familia) de vez en cuando se aparecía afable por los salones de clase, casi siempre para suplir a alguna miss ausente. Durante su clase nos contaba historias, curiosidades, la fórmula de la aspirina, por ejemplo, que nos hacía mucha gracia al repetirla como si fuera un trabalenguas, y poco a poco se animaba hasta que nos recetaba un poema. 

Era claro que le gustaban los poemas que se recitaban, y con voz engolada nos acribillaba con poemas de veleros con diez cañones por banda, de un seminarista de ojos negros, de un bohemio que brinda por su madre, de un tal Paquito que jura que no hará travesuras, sobre la silla que ahora nadie ocupa porque murió la madre; pero también crímenes, amores adúlteros, miserias, tragedias, naufragios. 

El arsenal mayor de ripios, morbo y versos lamentables que son la alegría del sentimental declamador sin maestro. El profesor Rogelio nos alentó en su afición: «Consigan un libro de poemas. Si se lo aprenden, podrán declamarlo en una ceremonia en el patio.»

Esa tarde le llamé a mi padre por teléfono al periódico en el que trabajaba y le pedí un libro de poemas. 
A la mañana siguiente, en la mesa del comedor, encontré mi ejemplar de Ramón López Velarde con esta dedicatoria: «Para  mi hijo Enrique ese libro que ojalá lo inicie en el placer de la lectura. 7 de octubre de 1971.»

Todavía no tenía diez años. Me gusta pensar que ese fue mi primer encuentro con la poesía. En realidad, un encontronazo: sin conocimiento de causa emprendí la temeraria tarea de memorizar «La suave Patria». Y la logré, aunque no entendí nada. Tendrían que pasar muchos años, muchas relecturas y ensayos de otros autores (Paz, Zaid, Martínez, Pacheco) y consultas al diccionario para comprender el poema. Pero el ritmo, el misterio, el encanto, la magia estuvieron presentes desde el primer momento. 

López Velarde lo escribió y publicó hace cien años, en junio de 1921. Y hace cincuenta que recibí un regalo impagable de mi padre. Aún conservo mi ejemplar, acaso la joya de mi biblioteca. Es un libro de una edición popular, pequeña, rústica, una antología, de hojas amarillas y quebradizas que huele más a vainilla conforme pasa el tiempo y que a mí me recuerda el santo olor de la panadería

El diseño de la cubierta es lamentable, por suerte todavía está cubierta por un plástico rojo, el reglamentario de mis libros escolares. La tipografía es limpia y correcta, y asombrosamente sigue encuadernado. Ya no leo en él a López Velarde, este ejemplar, aunque no soy bibliófilo, ya es objeto de culto. Entre sus páginas guardo el boleto de entrada de mi visita a la Casa-Museo deLópez Velarde en Jérez, Zacatecas.

Hace un tiempo, en una mañana de domingo, recoleta y casi provinciana, escuché la campana de la parroquia de mi barrio. Fue como un regreso a la infancia, como si me hubiera caído un rayo. Algo en mí se iluminó y recordé con una emoción muy viva un verso: las campanadas caen como centavos. 

De un salto fui por mi ejemplar, y aunque no soy un patriota, leí de pie, en voz alta, como si estuviera a la mitad del foro o del patio de la escuela, el poema entero. Acabé exhausto y asombrado. Comprobé que los libros absorben el tiempo, que envejecen con uno, pero que ese poema no se desgasta. «La suave Patria», centenaria, pareciera una obra compuesta esta mañana. 

28 de mayo de 2021

El infinito en un junco

Desde que a fines de 2019 fue publicado, El infinito en un junco se reveló como un éxito editorial; en sí mismo, como libro, en su escritura, ya era desde su concepción algo extraordinario.

La crítica y los testimonios de los lectores coinciden: estamos ante un libro asombroso. Y sí, lo es. Busco algunas claves y encuentro que es un ensayo brillante, lúcido y luminoso, que rezuma historia, conocimiento e incluso sabiduría. Canta y cuenta la historia de los libros en el mundo antiguo desde hoy, y la vincula con nuestro tiempo. El pasado remoto se engarza con el mundo de hoy: lo aclara, lo explica.

Este libro es la prueba de que un texto erudito, escrito desde el estudio y el conocimiento académico, por una persona con un doctorado en filología, no tiene por qué ser un texto escrito, como es al uso, en una jerga técnica incomprensible y aún pedante. Me refiero a esos documentos hechos para ganar grados, cátedras y puntos en el escalafón burocrático universitario y no para transmitir conocimiento e incluso goce a los lectores.

El infinito en un junco es un libro que puede comprenderlo un estudiante de bachillerato y los gerifaltes de los departamentos de estudios clásicos. Pero además, para lograrlo, Irene Vallejo no sacrificó rigor ni calidad; la bibliografía y las fuentes son impresionantes, y su aprovechamiento es realmente notable, y todo ello sin necesidad de citas y notas. Irene Vallejo ha escrito un libro asombroso, poético; un hito entre los ensayos de divulgación y reflexión.

Irene Vallejo ha recibido por su notable obra (también es autora de novelas y relatos) algunos premios y seguramente le concederán otros más. El infinito en un junco empieza a ser traducido a otras muchas lenguas, y quizá pronto se incorpore, aunque sea en algunos capítulos, a los programas de estudio; y con toda seguridad será leído en círculos de lectura, seminarios y talleres literarios. 

Al ser leído en muchas lenguas y diversos ámbitos, no sólo en las aulas universitarias, me preguntó si Irene Vallejo no ha hecho, sola (como su compatriota María Moliner en el ámbito de la lexicografía), más por las humanidades que lo que han logrado ministerios y secretarías de Educación con los medios y presupuestos gigantescos; antes al contrario, me parece, porque pareciera que su misión es minimizar, relegar, eliminar e incluso desaparecer la filosofía, la ética y las humanidades de los programas de estudio, apoyos y bibliotecas, en una tendencia que parece imparable aquí y allá. 

Quizá Irene Vallejo está dando una gran batalla por revertir esa insensatez. Tal vez está contribuyendo decisivamente a una revaloración de los estudios clásicos, a mantener encendida una llama por la que los interesados y llamados (acabaran por ser los elegidos) puedan seguir acercándose a los autores a los que nos debemos como civilización. 

No puedo imaginar qué sucederá el día que los enemigos de la cultura clásica logren, en nombre de la tecnología y el big data y la inteligencia artificial, desconectarnos del origen, de la fuente, con lo mejor de nosotros mismos, en una tradición que, si la perdemos, será como perder la memoria: dejaremos de saber quiénes somos, de dónde venimos y, por supuesto, a pesar de toda la tecnología de que podamos disponer a nuestro servicio, a dónde vamos. 

Irene Vallejo ha dejado muy en alto las expectativas de otros libros suyos. El infinito en un junco, salvo en saltos y pasajes, se centra en el mundo antiguo. Le falta (puedo decir: nos debe) la historia del libro en la Edad Media y el libro, en la edad moderna, a partir de la invención de la imprenta. Estos temas bastarían para otros cientos de página de prosa elegante y diáfana, de reflexiones lúcidas y hechos asombrosos. 

Ojalá Irene Vallejo continúe ese camino y pronto nos ofrezca la continuación de este singular y delicioso ensayo, una pieza mayor de gran literatura. 

23 de mayo de 2021

Diletantes

Diletante es una palabra que me gusta, en sí misma y su significado. Aunque puede usarse con un sentido peyorativo, prefiero darle un valor positivo que exprese incluso admiración o asombro ante el conocimiento del aficionado en oposición al profesional.

Un diletante puede ser tan erudito como el mayor experto en su materia, y su gran diferencia es que uno aprende, descubre, investiga, difunde sin buscar un beneficio económico y el otro sí. Aunque es cierto que algunos diletantes alcanzan tal dominio de su tema que se vuelven profesionales; un día comienzan a recibir dinero por hacer exactamente lo que hacían por su gusto y placer.

Algunos diletantes se iniciaron en su afición desde niños, y han llevado su hobby a tal punto de pasión que puede rayar en la locura. Su gusto y afición puede inducirlos a invertir dinero, tiempo y a restar horas al sueño.

A un diletante nada le gusta más que hablar y estudiar e investigar. Compra libros y revistas, y adquiere objetos que atesora. Si le es posible, viaja a lugares lejanos para documentarse, para estar en el sitio preciso en el que sucedió un hecho histórico o tendrá lugar algo relevante para él.

Hay aficionados que lo saben todo, vida y obra, sobre un compositor. Otros se apasionan por la ópera barroca, o por una soprano. Otros se especializan en la segunda Guerra Mundial, o en la Revolución Francesa. Alguien ha estudiado a fondo la vida de Napoleón Bonaparte y pude explica apasionadamente cómo fueron cada una de sus batallas. Alguien se sabe la  historia de los papas, desde San Pedro hasta Francisco.

Existen aficionados para todo lo que existe en este mundo; alguien es experto en los dibujos animados japoneses, y hay diletantes que pueden hablar horas sobre la comedia musical o la historia del cine de Hollywood. Hay aficionados al toreo (existe incluso una enciclopedia) que nombran a los toros por su color y la forma de los cuernos, y hablan de suertes, lances, sucesos y faenas. Los que saben de coches pueden apasionarse de tal manera que uno ya  no sabe si están hablando de una máquina o de un ser querido.

Hay aficionados expertos en relojes, en gobelinos, en pintura holandesa, en la historia de los reyes de Inglaterra, en ajedrez, en la vida de los santos, en arquitectura gótica, en la muralla china y los viajes espaciales. No es difícil suponer que para otros, los no aficionados, el tema que apasiona a un diletante no vale la pena tanto esfuerzo y esa erudición es, antes que un pasatiempo, una expresión del ocio.

El diletante más común es el aficionado a los deportes, y los aficionados al futbol, que son legión, pueden saberse todos los resultados y quiénes fueron los goleadores de la Copa Mundial. Y los nacionalistas, que los hay en todas partes, pueden nombrar, además, las alineaciones que la selección nacional de su país ha presentado en los torneos y competencias internacionales. Los aficionados al futbol americano, por esa extraña manía por las estadísticas que caracteriza a los que siguen y comentan ese deporte, están obligados a saber cuántos pases completos ha logrado un mariscal de campo o un equipo.

Los diletantes tienen muy desarrollado un sentido para encontrar información sobre su tema. Guardan programas de mano, catálogos, boletos, billetes, fotos, recuerdos; recortan notas y reportajes de los periódicos. Miran las óperas en la televisión o asisten a las funciones, van a los partidos de tenis, a los museos, donde suceda o se encuentre lo que en verdad los apasiona y que puede ser la mayor fuente de alegrías y satisfacciones de su vida.

Conozco dos expertos en los Beatles, que saben todo lo que se puede saber sobre ellos y su música; y también a otros dos amigos que se hicieron profesionales, divulgadores y comentaristas de música clásica y ópera. 

No basta un conocimiento promedio sobre la caída del imperio romano ni sobre el antiguo Egipto para ser un diletante digno de ese nombre. Hace falta pasión, una sed de conocimiento que puede relegar lo que otros juzgarían como aspectos más importantes de la vida. El diletante vive para su afición. 

No es difícil reconocerlos. Con frecuencia sólo hablan de su tema o se las ingenian para que vuelva a la conversación una y otra vez. Un diletante no descansa, está siempre alerta, en lo suyo. No sé si me hubiera gustado aficionarme a algo al punto de ser un experto, pero el entusiasmo que muestran los diletantes es estimulante, me parece que han encontrado algo que ilumina y desborda sus vidas porque le han dado un sentido, para ellos, trascendente. 

15 de mayo de 2021

El andar de una escritura urgente

Un andar solitario entre la gente es el libro más extraño de Antonio Muñoz Molina. No se parece a ninguno de los muchos anteriores, y ni siquiera está claro en qué género inscribirlo; se le ha considerado una novela, lo cual está muy bien si tomamos la más laxa de las definiciones posibles.

La clasificación es ociosa y estéril, pero el desconcierto ante un texto tan libre y fragmentado revela la importancia de la forma y las posibilidades que ésta ofrece a los autores de talento, a un novelista artesano

A Muñoz Molina no le interesaba contar una historia, sino lo inmediato, el devenir incesante del presente. Pequeñas historias, anécdotas personales y familiares, recuerdos, evocaciones, todo cabe en el gran flujo de la obra para formar un collage que preserve la textura del momento, del aquí y ahora. Esta escritura urbana está formada por secuencias muy cortas que recogen el ambiente, el vértigo, la vida en la calle, el enorme enjambre. El presente efímero. El ritmo de la ciudad. Se trata de consignar la vida.

El epígrafe de Joyce es una llave maestra: no se debe de planear un libro de antemano, ya tomará forma conforme uno escribe sometido a los impulsos emocionales. La mirada, la intuición, los sentidos muy atentos son la clave para aprehender, como puede hacerlo la fotografía en un plano, todo lo que sucede alrededor.

En esta escritura se desdeña por una vez la gran historia, el pasado, el tema mil veces pensado para una novela. Ahora se trata de escribir, como un escribiente de lo inmediato, de lo que está a la mano. Se trata de escribir lo que está frente a los ojos, recoger las voces de la calle, los letreros y avisos, los anuncios, los eslóganes comerciales, los titulares de los periódicos. La publicidad incesante que nos asalta a cada paso, las noticias, el incesante ruido y la música, las conversaciones ajenas; se trata de fijar lo fugaz, la vida en la ciudad, donde los estímulos no tienen fin.

Todo debe estar ahí, la prisa, la producción incesante de bienes, de ruido, de basura; también de cultura. La reivindicación de lo tangible, la experiencia como «una práctica de campo». Mirar el mundo fuera de la cotidianidad. Mirarlo por primera vez como no se le ha mirado. Mirar, oír, oler, sentir: tomarle el pulso a la mañana en la que todo fluye.

Todos los recursos son válidos para documentarse: registrar el instante como una crónica con la grabadora del iPhone. Hacer fotos, videos. Tomar notas a vuelapluma: como hacer el registrar la vida.

En este libro urbano destaca, con justicia, una suerte de homenaje a aquellos célebres caminantes de la ciudad: Thomas de Quincey, Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire. Aparece las evocaciones de otros libros callejeros «El spleen de París, Calle de dirección única (Walter Benjamin), Libro del desasosiego, Poeta en Nueva York, “El hombre de la multitud”.» (Vale recordar que uno de los primeros libros de Muñoz Molina se llama El Robinson urbano, y también es una mirada de un robinson a la ciudad.)

Hay que escribir de prisa. Escribir en los diarios, de lo urgente y lo inmediato; bajo las reglas del juego, en esta ocasión no es el tiempo de la larga novela afanosamente lograda con un descomunal esfuerzo de años. Todo lo contrario. El novelista se olvida de lo trascendente y se ocupa, cronista de lo fugaz, de lo inmediato, en textos breves, trozos de escritura que juntos formarán un gran mosaico. 

La escritura fragmentaria de lo inmediato no acaba, no llega a su fin porque no hay final. El flujo de la vida sigue.

La escritura busca lo inacabado, lo caótico, lo fragmentario, lo accidental; escribir con la ligereza de un dibujo rápido, con el descuido de las notas o del primer borrador, como si esa escritura fuera el acta del día, y mirarla con asombro y alegría, sin consideraciones estéticas.

Esta novela, en realidad esta escritura, sin forma convencional, no aspira a inscribirse en ningún género. Impone su orden, y en su condición de escritura abierta (en un cuaderno abierto), a partir de entradas libres y sin condiciones, se abre y gana una contundencia arrolladora. Se erige como una existencia que propone un orden donde no lo hay porque la vida es caótica y todo sucede al mismo tiempo y no cesa de suceder en todo momento y lugar. Testimonio del orden del caos de cada día.

La escritura de la ciudad, una tarea inabarcable, sólo posible en fragmentos, por instantes, en sesiones de escritura muy breves. La tarea es enorme: atrapar el presente efímero. Y Muñoz Molina lo consiguió. El autor está dentro y fuera del libro. Es observador y protagonista. 

La larga secuencia de la caminata a la casa de Poe, cruzando literalmente Manhattan de punta a punta, como una excursión literaria mientras se atraviesa Nueva York, es en verdad notable, un ejercicio de expiación, en busca de Poe o su fantasma. Ese relato bastaría para justificar el libro, y es uno de los más grandes homenajes que se la ha rendido a un escritor.

Escritura de excepción, obra maestra, singular, Un andar solitario entre la gente no es un libro para los lectores anclados en la novela convencional. Pero es una maravilla.

9 de mayo de 2021

El amor, a la vuelta de la esquina

Encontrar en la calle a una mujer desconocida, destinada a cambiar o trastornar la vida de un hombre, tal vez no es un hecho frecuente. Conocer a una mujer en la calle, sin razón ni pretexto, sin presentaciones ni coartadas, puede ser un acto que trascienda la alegría o el asombro de ese día; reencontrar a una, a ella, donde menos se espera, cuando ya no se le espera, puede ser el signo de algo trascendente y definitivo. La literatura consigna algunos de estos encuentros.

Dante Alighieri vio a Beatriz cuando tenía nueve años, y ella ocho. (¿Alguien duda todavía del enamoramiento en la infancia?) El poeta narra el encuentro en Vita Nuova (Vida nueva); no la describe a ella, pero recuerda la visión, sus ropas: «Apareció vestida de nobilísimo color, humilde y honesto, purpúreo, ceñida y adornada del modo en que a su edad juvenil convenía.»(1) En aquel punto «el espíritu de la vida que mora en la cámara secretísima del corazón comenzó a temblar con tal fuerza, que repercutía en los últimos pulsos terriblemente [...] Desde entonces digo que el Amor señoreó mi alma». 

Nueve años más tarde, un día, a las tres de la tarde, en una calle de Florencia, Beatriz se le «apareció vestida de color blanquísimo, en medio de dos gentiles damas». Una vez más Dante nos habla de su vestimenta, no de ella. Beatriz, con inefable cortesía, lo saludó con dulzura y muy recatadamente, y Dante, temeroso, desconcertado y tímido ante la avasalladora presencia y sus inesperadas palabras, que escuchó por primera vez, se sintió «de tal modo inundado de dulzura, que como embriagado, me aparté de la gente y corrí a la soledad de mi aposento», donde se puso a pensar en su dama. Dante, cuando la encuentra, huye de su amada.

Cuando Beatriz lo mira y lo saluda, Dante se estremece y huye. Desaparece toda posibilidad de un amor. En ese momento terminó para la historia la Beatriz Portinari que estuvo en este mundo para convertirse en guía, musa, en una alegoría de la belleza y las virtudes, incluso de la teología, que inspirará y acompañará al poeta el resto de su vida y de su obra. El día que Dante reencontró a Beatriz en la calle comenzó para él la vida nueva, que es justamente el nombre de su obra de juventud dedicada a Beatriz: Vita Nuova, la historia de un encuentro y un amor sublimado.

Antonio Muñoz Molina, en Un andar solitario entre la gente, nos recuerda otras búsquedas: «El doctor Yuri Zhivago busca por Moscú a una mujer rubia ala que no volverá a ver nunca. Muchas veces tiene durante unos segundos la alegría enseguida desmentida de reconocerla en cualquiera delas mujeres jóvenes y rubias que se parecen a ella [...] En Londres, en noches sucesivas de principio de otoño, en 1821, Thomas De Quincey camina durante noches enteras de insomnio y siente como una alucinación temporal que lo devuelve a sus caminatas de muchos años antes por esas mismas calles, buscando a una prostituta a la que no ha visto desde entonces, de la que ni siquiera sabe el apellido, solo su nombre, Ann.»

Edgar Allan Poe tampoco podía olvidar a una mujer, Helen Stanard. La evocaba así en el poema «A Helena». «Te vi una vez, sólo una vez, hace años: no debo decir cuántos, pero no muchos.» (2) 

Alain Fournier encontró, en el día de la Asunción, en 1905, a la salida de una exposición en el Grand Palais, a las orillas del Sena, a una joven a la que llamó «La Belle Jeune Fille». Su encuentro fue fugaz, ella desapareció, se llamaba Ivonne Quiévrecourt. Fournier, que tenía dieciocho años, describió su encuentro en una carta: «Ciertamente, no he visto jamás mujer tan bella —ni siquiera la que tuviera, aún remotamente, la misma gracia. Era como un alma visible... una belleza inenarrable. Era en cualquier caso el alma más femenina y la más blanca que he conocido; era una dama de aldea en la procesión de las Rogaciones; era un rama de lilas blancas...»

Fournier la buscó ansiosamente durante ocho años por las calles de París, convencido de que ella y sólo era sería la mujer de su vida. No dejó de pensar en ella, de nombrarla en su correspondencia con sus amigos. En su única novela, Le Grand Meaulnes (El gran Meaulnes), una joya singular de las letras francesas, considerada una de las mejores novelas en francés del siglo XX y, acaso, la mejor novela sobre el enamoramiento adolescente, incorpora la figura de su amada con el nombre de Yvonne de Galais. 

Ocho años después, en la primavera de 1913, tuvo lugar, también por azar, el segundo y último fugaz encuentro, que hubiera sido mejor que nunca sucediera. Yvonne estaba casada, tenía dos hijos..., y ganó, a partir del éxito de la novela y del trágico destino del autor, una celebridad que no buscó y la persiguió el resto de su vida. Alain Fournier murió en la batalla del Marne, en la Primera Guerra Mundial, en septiembre de 1914. Tenía 27 años.

André Breton escribió Nadja, un libro mágico, de inquietante belleza sobre su encuentro callejero con una misteriosa chica de ese nombre. El cuatro de octubre de 1926, en la rue Lafayette, en París, «De repente, cuando ella se encontraba a unos diez pasos de distancia de mí, andando en dirección inversa a la mía, veo a una joven, muy pobremente vestida, y ella también me ve o me ha visto. Camina con la cabeza levantada, contrariamente a a todos los demás transeúntes. Es tan frágil que diríase que, al andar, apenas roza el suelo con los pies. Una imperceptible sonrisa aflora tal vez en su rostro. Va maquillada de una manera extraña, como si, tras haber empezado por los ojos, no hubiera tenido tiempo de terminar de arreglarse [...] Nunca había visto unos ojos como aquéllos. Sin vacilar, dirijo la palabra a la desconocida, esperando, convenga en ello, lo peor. Ella sonríe, pero muy misteriosamente y, diría yo, como con conocimiento de causa, por más que entonces no pudiese sospecharlo.»(3) 

A diferencia de Dante, que huye de Beatriz; o de Fournier, que no pudo conservar la atención de Ivonne, Breton habla con Nadja e inicia una relación inquietante, sin parangón con esa muchacha extraordinaria, mágica y desquiciada. Sus encuentros callejeros, sin cita, sus diálogos, son sólo una parte del enigma y el misterio de Nadja. Ella le vaticina a Breton: «Escribirás una novela sobre mí. Te lo aseguro. No digas que no. Pero, ¡cuidado!, porque todo decae y desaparece. Es necesario que algo quede de nosotros...»

Julio Cortázar vio por primera vez a Edith Aron en 1950, a bordo de un barco que iba de Buenos Aires a Cannes. Era una chica judía, argentina, de origen alemán. A pesar de la atracción, no se hablaron. No cruzaron palabra durante el viaje. Poco después, en París, se encontraron por segunda vez, en una librería del Boulevard Saint Germain. Se reconocieron, se hablaron. Y el azar les concedió una tercera oportunidad en un cine que exhibía una película muda sobre Juana de Arco. Era el tercer encuentro, ya no podían hablar de una simple casualidad. Luego se vieron en el Jardín de Luxemburgo y Cortázar le invitó un café. Cuatro encuentros ya eran mucho más que el augurio de un encuentro.

Aunque Edith lo negaría, «Yo no andaba despeinada ni con los zapatos rotos. No era petulante ni malcriada.», ella es el modelo de la Maga. Cortázar escribe en Rayuela: «¿Encontraría a la Maga? [...], la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas. [...] Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos». (Toda encuentro casual, toda coincidencia es una cita, nos advierte Borges.)

Cortázar ha contado cómo rechazó el encuentro fugaz con una mujer, con la que tenía una relación incipiente. Ella, que vivía lejos, un día llegó a París y le escribió a Cortázar una carta para que se vieran. Él, que estaba a punto de irse a un viaje muy largo, rechazó el encuentro, no quería una simple cita de unas horas. Respondió la carta, le decía que ya se verían, cuando volviera. Salió a caminar, a dar un paseo mientras llegaba la hora de ver a un amigo en un barrio lejano, y «En una esquina determinada me crucé con una mujer, era una esquina bastante sombría del Quartier Latin. No sé por qué nos volvimos, nos miramos, y era ella.» (4)

Los encuentros callejeros de Horacio y la Maga están en deuda con los de Breton y Nadja. La lectura de Nadja, esa aproximación al azar y lo insólito, a los bordes insólitos de la realidad, dejaron una impresión tan viva en Cortázar, que ese libro fue decisivo en su decisión de marcharse de Argentina para recorrer en busca de la magia y lo extraordinario las calles de París.

Lo que hubiera dado Alain Fournier por encontrar a Ivonne una y otra vez, como les sucedía con sus mujeres a Breton, Cortázar y al personaje Horacio Oliveira.

Octavio Paz, embajador de México en la India, encontró en Nueva Delhi, en 1962 a Marie José Tramini, ciudadana francesa, esposa del consejero político de la embajada de Francia en aquel país. Tras el flechazo, su relación no puede prosperar. Se abandonan. Celebró el poeta:

Me crucé con una muchacha. / Sus ojos: / el pacto del sol de verano con el sol de otoño  [...] / Nuestros cuerpos se hablaron / se juntaron y se fueron / Nosotros nos fuimos con ellos.  

El 21 de junio de 1964, se reencontraron en la rue de Bac de París. Ya no se separaron. Marie José contó que: «como entre sueños vio el reflejo de Paz en el cristal de un hotel: "Pensé que era una visión, pero no tardé en reaccionar cuando Octavio, de carne y hueso, ya estaba a mi lado. Ese encuentro casual fue definitivo. Muy pronto me divorcié y desde entonces vivo con intensidad en un tobogán del tiempo, en el que me arrastró la pasión por él."» (5)

Pedro Salinas muestra un aspecto oculto, el anhelo, de esos encuentros callejeros. En su libro Razón de amor, a pesar de la ausencia de la amada, de que ya no está, el poeta se peina como si ella estuviera en la otra habitación. Se viste como si tuvieran una cita, como si ella, invisible, lo estuviera viendo o vigilando, como si ella estuviera ahí y el encuentro fuese inminente. Sale a la calle con la actitud de encontrarla, con la apostura de verla. Sabe que no la verá, pero va por el mundo como si ella estuviera a punto de aparecer frente a él.

Como contrapunto, Tomás, el personaje de La insoportable levedad del ser, la novela de Milan Kundera, es un mujeriego empedernido que le ha llamada diez veces en día a una chica para tener una cita esa misma tarde. No la encuentra. En una calle de Praga lo detiene una mujer desconocida y lo saluda con familiaridad. Tomás se esforzaba por recordar de dónde la conocía. No importaba de dónde, ya buscaba la manera para llevársela a un departamento cuando por un comentario casual comprendió quién era esa mujer: la misma a la que había llamado diez veces esa mañana.

Tal vez no la reconoció porque no la buscaba a ella, sino a cualquiera, que es otra forma de decir a ninguna.

Ahora me doy cuenta de cuántos de estos encuentros sucedieron en París. ¿Es significativo, irrelevante o un hecho casual?

Encontrar en la calle a una mujer cuya presencia sería trascendente y no perderla en el mismo instante puede depender primordialmente del que la encuentra y vislumbra que es ella, la elegida, la esperada. Encontrarla varias veces en la calle sin buscarla responde a un juego de azar que supera la elección y la voluntad. 

Pensar en esos encuentros, y celebrarlos, pensar que la amada aparecerá en la siguiente calle es una exacerbación del mito del amor romántico, tan peligroso, tan embustero, tan nocivo y necesario. Pero vivimos para el encuentro, y el azar y la casualidad y un orden secreto de las cosas y las calles que no siempre comprendemos también son parte del tablero del juego. 

No sé si la búsqueda es deseable, pero tal vez no hacemos otra cosa. En cualquier caso, quién renuncia, quién se resiste a encontrar a su Beatriz, su Nadja, su Ivonne, su Maga a la vuelta de la esquina.

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1 Traducción de Vita Nuova de Nicolás González Ruiz. 

2 Traducción de Edgar Allan Poe de Asmara Gay.

3 Traducción de Nadja de Agustín Bartra.

4 Ernesto González Bermejo, Conversaciones con Cortázar, Hermes, México, 1978, p. 45.

5  Christopher Domínguez Michael, Octavio Paz en su siglo, Aguilar, México, 2014, p. 260.

2 de marzo de 2021

Pal Kepenyes

Pal Kepenyes era alto, fuerte, blanco/rojo y rubio, de rasgos faciales muy acentuados y quijada cuadrada, y no dudo de llamarlo un ser solar, irradiaba energía y fortaleza. Sonreía con frecuencia. Podría haber representado a Poseidón o algún otro dios olímpico; tal vez a Hefesto, numen de los que trabajan con metales: herreros, artesanos, escultores. Eso era Pal, un hijo predilecto de Hefesto.

Pal era uno de los hombres más afables, pacíficos y educados que he conocido. Ensimismado, parecía estar presente y ausente a la vez, con la mente aquí y allá, en otro proyecto artístico: era un hombre, como tantos artistas plásticos, que no dejaba de imaginar y trabajar.

Pal era un creador de piezas monumentales y un artesano de miniaturas. Por épocas creativas, lo mismo hacía dijes, anillos, collares, figuras humanas, parejas de amantes, piezas que caben en una mano, en una mesa, móviles, que animales asombrosos y esculturas monumentales. Y es imposible ver una obra suya y no reconocerla. La esencia de su estilo es asombrosamente poderosa.

Nació en Hungría, padeció la segunda Guerra Mundial. Luego fue prisionero del régimen prosoviético,  estalinista. Pasó dos años en una mazmorra, en la que casi dejó de ser un hombre, y otros tres condenados a trabajos forzados. Las desgracias de Ludvic, el protagonista de La broma, la novela de Milan Kundera, me recordaban las de Pal. Me ayudaban a darle dimensión y forma al horror que padeció.

A Pal no le gustaba hablar de la guerra, ni de su cautiverio; lo poco que sé me lo contó Lumi, su mujer. Vivió, según sus palabras: «humillado y hambriento, una sombra, sin nombre, un número, sin espejo, sin pluma, sin libros ni papel, únicamente yo.» Pal era un sobreviviente.

Al ser liberado, decidió estudiar arte, escultura. Pudo salir de Hungría y en París conoció mexicanos. Y vino a México. Tengo la impresión de que pudo haber ido a una isla de Polinesia o al África central, a cualquier parte, en busca de una nueva patria que lo devolviera a la vida.

Llegó a México y se enamoró del país, de su gente, del sol, de las frutas y las flores (de ellas y sus colores), de Acapulco (su mar, su brisa y su estimulante belleza) y de una mexicana (Lumi). Aquí se consolidó como artista. Motivos más que suficientes para no irse. Y aquí se quedó. Se hizo mexicano. Con la debida nostalgia por la Hungría perdida, amó a su nuevo país.

Supongo que de sus terribles años en prisión le surgió esa necesidad vital de sol y aire y espacios abiertos. Desde su casa de Acapulco, en la punta de un cerro, con una vista espectacular a la bahía, estaba tan cerca del mar como del cielo. Tenía un enorme taller, en el que no cesaba de producir. Su creatividad no tenía fin.

Era un maniático de la salud, cuidaba mucho su alimentación (en su dieta no faltaba el jitomate), supongo que quería vivir cien años; es una pena que le faltaran seis para cumplir la meta: murió en Acapulco, el 28 de febrero de 2021.

Mary Carmen Sánchez Ambriz, Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo, escritores y curtidos periodistas de cultura, conversaron muchas horas con Pal e hicieron un libro, un regalo impagable, Mitomorfosis (El espejo de Urania; 2021), que Pal, al final de su vida, muy enfermo pudo ver. Cuando lo tuvo en sus manos se alegró muchísimo, recobró el ánimo y comió, después de varios días de no hacerlo. El libro será su testimonio y su testamento.

Se ha marchado un artista total, que nos deja su obra, y, no menos valiosa, su impecable lección de amor a la vida con su implacable voluntad de sobreponerse a las adversidades. Hasta luego, querido Pal.

22 de noviembre de 2020

La peste y los brujos

Nexos publica un fragmento de un informe sobre la peste de los maestros de la facultad de París.* Ellos intentan explicar «hasta donde el intelecto humano pueda entenderlas», para el beneficio público, las causas distantes e inmediatas de la epidemia universal presente. 

Dicen los maestros que «la causa primera y distante de la pestilencia estuvo y está en la configuración de los cielos [...], hubo una conjunción mayor de tres planetas en Acuario. Esta conjunción, al causar una corrupción mortífera del aire que nos rodea, significa muerte y hambruna. Según Aristóteles, la mortalidad de las razas y el despoblarse de los reinos ocurre en la conjunción de Saturno y Júpiter [...] Y Alberto Magno dice que la conjunción de Marte y Júpiter causa una gran pestilencia en el aire, sobre todo cuando se juntan en un signo caliente, húmedo [...] Ya que Júpiter, al ser húmedo y caliente, levanta vapores malignos de la tierra  [...]».

Pero eso no es todo. Siguen los maestros: «Creemos que la epidemia o peste actual ha surgido del aire corrupto en su materia. Lo que ocurrió fue que durante el tiempo de la conjunción muchos vapores ya corrompidos se levantaron de la tierra y del agua y luego se mezclaron con el aire y se difundieron por todas partes por medio de frecuentes rachas de viento en los salvajes vendavales del sur.»

Todo el fragmento del informe es una formidable colección de disparates: «Estos vientos han traído entre nosotros vapores malos, podridos y venenosos de otras partes [...] Otra posible causa de corrupción es el escape de la podredumbre atrapada en el centro de la tierra como resultado de los terremotos [...] A juicio de los astrólogos (quienes en esto siguen a Ptolomeo) las pestes futuras son muy probables, aunque no inevitables, porque se han observado muchas exhalaciones y encendimientos, como un cometa y estrellas fugaces [...] Todas estas cosas las han visto antes como señales de peste numerosos sabios a quienes aún se recuerda como respeto y quienes las experimentaron. No sorprenda, por tanto, nuestro temor a que estaremos metidos en una epidemia.»    

Dice la nota de la revista que la peste bubónica surgió en China y llegó a París en la primavera de 1348. Cuando el rey Felipe IV comisionó el informe de los maestros de la facultad de París, morían ochocientos parisinos diariamente; al final perecieron unos 65 mil. 

Los maestros de la facultad de medicina de París de 1384 estaban todavía muy lejos de la ciencia, de la concepción de la ciencia y el rigor. Eran hombres medievales (de su tiempo) atrapados todavía por la superstición, la idolatría, el prejuicio y la ignorancia. Citar a Aristóteles para explicar una epidemia dice mucho sobre ellos: confundían la falsa erudición con la superstición y creían que la astrología era una ciencia que podía explicar los males del mundo.

Faltaban todavía muchos años, acaso dos siglos, para que esta explicación fuera inadmisible. Esos maestros estaban más cerca de la brujería que de la medicina. Lo escandaloso no es lo que revela este informe, una joya en sí mismo sobre la historia de la ciencia y las pandemias, sino que todavía hay personas que sostienen que los virus no son letales o contagiosos, que son inocuos.

Lo escandaloso y temible es que algunos tienen poder para tomar decisiones de salud pública en más de un país del mundo. Lo lamentable es que con su ignorancia o soberbia trafican con la muerte. No me sorprendería que justificaran su fallido combate a la epidemia con argumentos de alquimistas, brujos y célebres astrólogos el siglo XIV, sin olvidar las oportunas citas de citas de Ptolomeo, Alberto Magno y Aristóteles.

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* "1384: la causa de la peste". Es un fragmento de un informe de la facultad de medicina de la Universidad de París, tomado de Laphams's Quarterly. "Climate", otoño 2019. Nexos, 515, noviembre 2020, p. 4.

15 de noviembre de 2020

Palomas mensajeras

Una pareja de franceses que paseaba por un bosque de Ingersheim, Alto Rin, Alsacia, encontró al final de verano una extraña cápsula metálica que contenía en un papel un mensaje militar alemán extraviado durante más de cien años. Al parecer, una paloma mensajera no cumplió su misión.

El mensaje, escrito en alemán, no tiene gran valor, habla de ordinarios movimientos de tropas en el área de Colmar-Ingersheim. Es una especie de telegrama de un oficial prusiano a su superior. Es probable que sea anterior a la primera Guerra Mundial; los ejercicios militares eran frecuentes y Alsacia aún no había vuelto a ser francesa. 

La cápsula y el mensaje serán exhibidos, una vez que sean preparados para preservarlos de la luz y el aire en el Museo Memorial de Linge. (La cápsula de aluminio, hermética y casi intacta, protegió al papel con el mensaje que, al exponerse a los elementos, comenzó a deteriorarse.) 

Me preguntó qué le habrá sucedido a esa paloma que no llegó a su destino. ¿Perdió la cápsula en el camino? ¿Encontró un enemigo en su vuelo? ¿Fue derribada por un disparo? ¿Juzgó irrelevante hacer el viaje para entregar un mensaje rutinario, casi burocrático?

La idea de enviar mensajes atados a palomas entrenadas me parece tan audaz como inaudita, más pareciera un recurso novelesco, un derroche de imaginación literaria; un gesto digno de los recursos sin fin a los que nos acostumbró James Bond muchos años después.

Hace cien años todavía los militares se enviaban recaditos con palomas mensajeras, cuando ya existía el teléfono, el telégrafo y las señales ópticas. Pero los cables y los postes podían ser cortados y bombardeados, y seguramente la eficiencia de las palomas era algo digno de reconocimiento y asombro. De no ser así, nadie se habría tomado la molestia de enseñarles su oficio y confiarles información valiosa. Además, las palomas son rápidas y pueden entregar mensajes el mismo día a cientos de kilómetros.

Las palomas cumplen su tarea de mensajeras desde la Antigüedad, tienen su lugar en la Biblia y en la Grecia clásica ya sabían lo que era recibir el correo aéreo. Habría que documentar la aportación de las palomas a las telecomunicaciones, a los comunicados diplomáticos, el alivio sin fin que deben de haber ofrecido a los enamorados al entregar sus cartas de amor. 

Ahora llevamos una máquina en el bolsillo, que nos empeñamos en llamar teléfono aunque realiza otras muchas funciones, y todos los días enviamos y recibimos mensajes además de chistes, fotos y videos cuya abrumadora mayoría, ay, se definen por ser tan insustanciales que apenas vale ocuparse de ellos.

La tecnología instantánea sin duda es más confiable y eficiente, salvo cuando, claro, falla el sistema o el dispositivo se queda sin batería, pero pienso en aquellas palomas que se jugaban la vida, como aquellos pilotos de avión que llevaban el correo aún con lluvia y mal tiempo, como ha narrado admirablemente en sus novelas Antoine de Saint-Exupéry.

A veces el correo  no llegaba, se perdían las cartas o los mensajes. A veces los pilotos, como algunas palomas, no llegaban a su destino. Es cierto. Yo sólo digo que estoy convencido de que con los servicios de mensajería instantánea no nos comunicamos mejor. 

Quiero decir, las máquinas no nos sirven para vislumbrar a los otros, para sentir la emoción, la inteligencia o la sensibilidad de alguien;  tocar o ser tocado en lo más hondo, intuir al otro, en su ser, en esa necesidad humana de decir y escuchar y comprender. Como lo cantó Octavio Paz: «para buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia.»

Nos queda la poesía. ¿Todavía existen las palomas mensajeras?

5 de septiembre de 2020

Borges y Yourcenar

Hacia 1927 o 1928, cuando Marguerite Yourcenar era una joven que afinaba su primera novela, Alexis o el tratado del inútil combate, su padre, Michel de Crayencour (el apellido de la escritora es un anagrama del apellido paterno), le hizo una propuesta insólita: que ella reescribiera y sobre todo le diera calidad literaria a un relato que él había iniciado y dejado inconcluso hacía unos veinticinco años, los mismos que la edad de Marguerite.

El desconcierto de Marguerite no pudo ser mayor. Michel no era un escritor, pero  había guardado en el fondo de un cajón doce páginas de un capítulo de una novela con elementos biográficos que se sentía incapaz de concluir.

Su padre le pedía que hicieran juntos un cuento de ese capítulo. Es decir, le pedía que escribiera el libro que él no pudo o no supo escribir. Pero Marguerite no sería un simple negro literario, ni siquiera una colaboradora, sino la autora de un relato llamado La primera noche.

«Mi padre me propuso que publicara aquel relato suyo con mi nombre. Este ofrecimiento, bien singular a poco que se piense, era característico de la especie de intimidad desenfada que reinaba entre nosotros.» Marguerite se negó por la «sencilla razón de que no era yo el autor de esas páginas», pero al final «el juego me tentó», escribió en Recordatorios, recuperado por Josyane Savigneau en su prólogo a Cuento azul (Alfaguara, Madrid).

A Marguerite le gustaba la naturalidad con la que Michel aceptaba las confidencias de Alexis, el personaje homosexual de aquella primera novela, que le escribe una larga carta a su mujer para explicarle su orientación sexual; así, podría reescribir (arréglalo a tu manera) un relato sobre la primera noche de una pareja de recién casados, en la que el flamante marido, que acaba de dejar con alivio a una amante, recibe en su habitación de un hotel, en la noche de bodas, el telegrama que le anuncia el suicidio de su examante.

Marguerite, con los años, ya no sabía de quién había sido el título, quién había modificado qué, pero sabía que de ella fueron cambios esenciales en el argumento y el perfil de George, el protagonista; y que le dio forma y fin de cuento a esa páginas que eran el borrador de un capítulo de novela. Además, claro, está el punto de vista, los personajes, la madurez del hombre recién casado frente a la inocencia e ingenuidad de su joven esposa; el relato de un hombre maduro, que narra hechos que alguna semejanza tienen con su segundo matrimonio, que le pide a su hija, que nació cuando él escribía esas primeras páginas.

Marguerite firmó el cuento, llegó al fondo del juego que le propuso su padre, hizo suyo ese relato, y se convirtió en un hecho relevante para ambos. La primera noche está publicada en el volumen Cuento azul, y cuando se publicó, por primera vez, en la Revue de France, en 1929, ganó un modesto premio literario. Michel se hubiera divertido con todo esto, pero murió un poco antes. Y no estoy seguro de que le hubiera gustado que su hija contara con tantos detalles la historia del génesis de esa escritura.

Si bien no es el mejor cuento de Yourcenar, su misterio y encanto crecen al pensar en esa escritura a cuatro manos, en el hecho de cumplir la extraña petición de su padre.

Jorge Guillermo Borges, padre del gran Jorge Luis, escribió una novela, El caudillo, publicada en 1921. Fue la única novela que pudo terminar. «El caudillo epónimo es Andrés Tavares, uno de los caciques menores que había apoyado el primer alzamiento de López Jordán pero que ahora acepta que el federalismo es una causa perdida y que los intereses económicos determinan el consentimiento del gobierno de Buenos Aires», explica Edwin Williamson, en su biografía Borges, una vida (Seix Barral, Buenos Aires).

Hacia 1920, Jorge Guillermo, abogado, psicólogo, jurista y escritor mediocre, le pidió a su hijo que leyera un borrador de El caudillo. La petición, según Williamson, debe de haber tomado a «Georgie» por sorpresa: «dado que sus intentos ocasionales de buscar consejo del padre sobre su propia escritura siempre habían encontrado el rechazo. ¿Por qué, entonces [Jorge Guillermo], decidió presentar El caudillo al escrutinio crítico de su hijo?»: por sus dudas sobre sus capacidades literarias. «De hecho, estaba apelando a Georgie para que lo salvara del fracaso.» El caudillo, novela olvidable, se publicó sin pena ni gloria.

Sin embargo, era la obra de Jorge Guillermo, y había que hacer algo por ella: «a medida que la realidad de la muerte se acercaba, el doctor Borges no podía resignarse al fracaso literario. Confesó estar insatisfecho con su novela, El caudillo, y parece haberle echado un poco la culpa a Georgie: estaba descontento con las metáforas expresionistas que su hijo le había sugerido. Entonces le pidió al hijo que reescribiera "la novela de una manera sencilla, sacando todos los pasajes grandilocuentes y floridos", y los dos discutieron maneras de mejorarla. El extraño pedido de reescribir El caudillo era en sí un índice de fracaso.»

«El pedido de su padre de que Borges reescribiera El caudillo personificaba la imposibilidad de ser salvado por la escritura, porque semejante empresa implicaría el sacrificio de su propia identidad creativa a la de su padre, a la vez que negaba el derecho del padre de ser el autor único de la novela. Reescribir, en pocas palabras, implicaba la destrucción de la autoría, de la originalidad, de la invención. A mediados de 1938, calculo, las reflexiones de Borges sobre las consecuencias de reescribir la obra de otro lo habían llevado a los rudimentos de un cuento nuevo en el que iba a poner cabeza abajo la idea de la salvación por la escritura y representar en cambio su opuesto: la condenación por la escritura o la muerte del autor.» Ese cuento, que surgiría de la imposibilidad de reescribir la novela del padre, es «Pierre Menard, autor del Quijote» que puede ser visto como el cuento de un hombre que tiene que escribir y mejorar, textualmente y sin modificarlo, el texto ya escrito de otro hombre.

Dos escritores esenciales del siglo XX, Marguerite Yourcenar y Jorge Luis Borges, recibieron, cada uno de su padre, la propuesta o la urgente solicitud de reescribir dos obras mediocres de éstos. Los dos padres no pudieron o no supieron escribir su obra, y delegaron la tarea en sus talentosísimos hijos. Los desenlaces fueron muy distintos: Yourcenar reescribió el cuento con Michel; Borges no reescribió la novela de su padre y a cambio, en su pesar y angustia, encontró el camino para un cuento genial (aunque otro relato suyo, «El Congreso» sigue el esquema y coincide en algunos puntos con El caudillo).

Yourcenar admiraba a Borges, y lo visitó en Ginebra, en 1986, unos días antes de su muerte. Hubiera sido una gran ocasión para hablar sobre esos singulares encargos paternos, y las consecuencias que generaron en sus trayectorias como escritores, pero podemos apostar que no sabían que los dos habían vivido una situación tan rara que se podría pensar propia de una refinada imaginación literaria. Quizá el último escrito que terminó Yourcenar fue "Borges ou le voyant" ("Borges o el vidente"), texto de una conferencia que pronunció en la Universidad de Harvard, en 1987, unos meses antes de morir.

31 de agosto de 2020

Bomarzo, un retrato y la verdad del algoritmo

Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez, es una de esas novelas definitivas e inolvidables, uno de esos encuentros afortunados que un lector no olvida. Para mí fue uno de los grandes regalos de la literatura, uno que no cesaba de sorprenderme y estimular la imaginación; el placer de la lectura avanzaba implacable con la novela.

Mi lectura de Bomarzo me llevó a Bomarzo, al Bosque Sagrado de los Monstruos, una helada mañana de diciembre, en el Lacio, en Viterbo, a unos cien kilómetros de Roma. Bomarzo es un castillo y un bosque, y las esculturas y construcciones que ordenó construir el duque Pier Francesco Orsini en su propiedad para dar forma y volumen y consistencia a sus sueños y pesadillas, a las fantasías y monstruos que lo visitaban.

Mujica Lainez (he visto los dos apellidos con y sin tilde, en diversas fuentes y no sé cómo los escribía) publicó esta novela en Buenos Aires en 1962, y compartió en 1964 el premio Kennedy con Julio Cortázar, que había publicado Rayuela un año antes.

En una carta a su editor y amigo Francisco Porrúa del 27 de julio de 1964, Cortázar escribe que: «le voy a proponer a Manucho que hable con ustedes para hacer una edición conjunta de Bomarzo y Rayuela, con capítulos alternados y en papel biblia. No me negarás que es una idea. El libro se podría llamar Boyuela o si no Ramarzo.»

Parece que Salvador Dalí fue uno de los primeros visitantes de Bomarzo hacia 1950 (entonces semiabandonado); en cualquier caso uno de los primeros en dar noticia de ese parque singular. André Pieyre de Mandiargues publicó un libro, Les Monstres de Bomarzo, con fotografías de Glasberg, en 1957.

El punto es que Mujica Lainez visitó Bomarzo por única vez y por unas horas el 13 de julio de 1958, y la fascinación que el parque ejerció sobre su imaginación fue fulminante. Imaginó la vida de Pier Francesco Orsini, el duque contrahecho, creador de Bomarzo.

La novela es un alarde de erudición histórica y recreación del Renacimiento. Seguramente para documentar su novela (que algunos consideran histórica), Mujica Lainez vio y admiró en Venecia el retrato de un gentil hombre pintado por Lorenzo Lotto.

Por obra y gracia y magia de un novelista, en ejercicio de su plenos poderes de imaginar y recrear la realidad a través de la ficción, Mujica Lainez decidió que el «Retrato de un gentil hombre en su estudio, 1528» era ni más ni menos que Pier Francesco Orsini, y comenta y describe en su novela características y peculiaridades del cuadro que incorpora como atributos o elementos propios del personaje y la trama. La realidad es una estupenda fuente para recrear desde la ficción.

La doctora Sandra Álvarez, que es tal vez la persona que más sabe sobre Bomarzo entre nosotros, consigna en una tesis la descripción que la Galería de la Academia de Venecia hace del retrato del gentil hombre: «El sujeto es capturado mientras levanta la vista de su lectura: la palidez de su rostro emergiendo desde la oscuridad revela intensidad psicológica. Los pétalos de rosa, el anillo, las cartas y la pequeña lagartija sobre la mesa aluden a la fragilidad de la vida, y probablemente, a un amor perdido.»

Es decir, nada nos lleva a concluir que se trata de Pier Francesco Orsini. La novela histórica goza de un prestigio, de un aura de realidad y aún de verdad: si está escrito en la novela debe de ser cierto, suele ser la conclusión del lector un tanto ingenuo. La verdad literaria o novelesca no tiene por qué ser la verdad histórica, pero a veces pareciera más verdadera, sobre todo si faltan fuentes históricas.

Manuel Mujica Láinez va a imponer una verdad literaria, de ficción, sobre la verdad histórica. Escribió que ese cuadro representa a Pier Francesco Orsini, su personaje, y muy probablemente así será para los futuros lectores y curiosos que se interesen por su figura y su historia.

La novela es el documento que da valor histórico a ese retrato como una representación del señor de Bomarzo. Wikipedia, cuya importancia como primera fuente es cada día mayor (y con frecuencia la única), ya publica en la entrada de Pier Francesco Orsini, sin la menor reserva o duda, una foto del cuadro de Lotto como un retrato del duque.

Mi amigo Félix, otro entusiasta de Bomarzo, me explica que la verdad de Wikipedia y otras fuentes de internet se impondrá por el algoritmo (que acabará por ser omnipresente y poderoso como lo fue el Espíritu Santo) de los motores de búsqueda, de Google y otros.

Al tener un mayor número de vistas y de citas en diversos textos incluso académicos, se impondrá  como una verdad literaria por sobre la verdad histórica o pictórica: Lorenzo Lotto no pintó a Pier Franceso Orsini, pero este detalle acabará por no tener la menor importancia. La verdad histórica no aparecerá en la pantalla (al menos no entre las páginas más vistas y consultadas) de los curiosos que busquen información en internet y por lo tanto no será reconocida, e incluso podría pasar por sospechosa y embustera.

Así, llegará el  día en que todos, académicos, expertos, legos y autoridades, bajo el régimen del algoritmo, consideren el cuadro del gentil hombre como la mismísima representación de Pier Francesco Orsini gracias a la astucia novelesca de Mujica Lainez.

Ese será el triunfo de la literatura (y del algoritmo) sobre la historia. En este caso, el malentendido es poco más que una anécdota, pero la mesa está puesta para el desconcierto y la confusión en otros casos de mayor relevancia histórica.

30 de agosto de 2020

Siestas

No suelo dormir la siesta. El ritmo de vida en la gran ciudad no lo permite, pero recuerdo que luego de una siesta ocasional despertaba de mal humor, y sobre todo somnoliento, con un letargo que me costaba mucho superar.

Pero en tiempos de la pandemia, si las obligaciones no lo impiden, la siesta es tan seductora que es muy difícil resistirse, sobre todo si la comida fue copiosa y durante la noche tuve insomnio.

No sé si la siesta sea una costumbre (por así llamarla) española, aunque el nombre viene de la hora sexta romana, que corresponde al mediodía.

Sé de un abogado que sale de su despacho con aquella impecable puntualidad de los trenes ingleses, toma una comida abundante y se retira a dormir la siesta, con pijama, en su cama, entre las sábanas. Veinticinco minutos después (como si llegara otro tren) despierta y vuelve a trabajo con ímpetu admirable y de excelente humor.

Por alguna razón me inclino a considerar que, si habrá siesta, es mejor descansar en el sofá, como si el sueño fuera más provisional, ligero, una travesura que se pasara en unos minutos, acechado por una sensación de holgazanería no exenta de culpa.

Después de comer, y en los días calurosos la siesta es una tentación, o un malestar, un sufrimiento. De hecho, dormir unos minutos se vuelve una necesidad imperativa de la que no es posible escapar.

He visto a gente dormir en las más diversas condiciones simplemente porque se les cerraban los ojos a media tarde. Hace un par de años vi a un director general, con malasangre, tomarle una foto a un subgerente mientras dormía en su sillón, en su oficina, babeando, con la boca abierta, con el fin de usarla en su contra cuando hiciera falta, que fue muy pronto.

He visto a gente dormir la siesta inclinada sobre el volante de su coche, en las funciones vespertinas en los cines, en el césped y las bancas de los parques. Mucha gente se adormece o se duerme en el metro, en los autobuses, en posiciones increíbles, incluso de pie, y a veces pareciera que alguno podría acabar desnucado con la violencia de los movimientos de su cabeza al frenar o arrancar.

Al parecer, hay consenso sobre lo reparador y estimulante que es el sueño de una siesta, y también sobre la pertinencia de su brevedad: treinta minutos parece ser el tiempo ideal de la siesta perfecta.

En la tarde del domingo he despertado de una siesta tan gratificante, de un sueño tan profundo, que diría que apenas cerré los ojos un minuto; no fue así. Me digo que pude haber hecho otras cosas, lo que suele llamarse aprovechar el tiempo, pero Morfeo me concedió un sueño (el acto de soñar) que me mantendrá ocupado y despierto muchas horas. El sueño era una segunda vida para Gérard de Nerval. Así lo creo ahora. Y pienso con extrañeza que los antiguos no tuvieran un dios para celebrar la siesta.

29 de agosto de 2020

Las monedas del mendigo

A la salida de la rampa del estacionamiento subterráneo de un pequeño centro comercial, un mendigo en silla de ruedas extiende un vaso alto de plástico para recibir unas monedas de los automovilistas que salen a la calle.

Al mendigo le falta la pierna derecha. Debe estar cerca de los cincuenta, y lo he visto en su silla y en ese sitio estratégico desde hace por lo menos diez años. La silla está provista de un posavasos para la bebida del mendigo, tiene un equipo de música, casi siempre a buen volumen, y un quitasol, con los que se hace más ligeras las largas horas laborales.

Ahí mismo, muy cerca de la esquina, se detienen los taxis que aguardan a los usuarios del centro comercial, y ahí mismo está la parada de autobuses que van, entre otras rutas, a la estación del metro más cercana. Así que es un sitio por el que pasa y se detiene mucha gente, pero el mendigo se concentra en los automovilistas que salen del estacionamiento.

También está muy cerca un puesto callejero de dulces, y un carrito de paletas y helados, y a veces otro de papas fritas. El mendigo conversa y tiene tratos con todos los vendedores, pero sobre todo con los chicos que se ofrecen a lavar el parabrisas de los coches que se han detenido en el semáforo de esa esquina. Ellos son sus amigos, sus compañeros en su marginación social, colegas que trabajan en la misma esquina.

Con el tiempo me he dado cuenta de que tiene una rutina, un horario, quizá una cuota de su ingreso diario. No está muy de mañana, y por las tardes se retira temprano. Tampoco se le ve si hay lluvia o mucho viento.

Supongo que debe vivir muy cerca de su esquina. Tal vez alguien lleva silla hasta su sitio de trabajo, que es un lugar muy bien elegido. Y tal vez alguien va por él y lo lleva a casa. Lo he visto por tantos años, que lo suyo es un empleo, una situación normalizada, una forma de vida que puede durar muchos años más, pero, claro, de la que no podrá jubilarse. No se ve sucio ni enfermo ni desnutrido. Al contrario, su ropa modesta se ve limpia y lleva el cabello siempre corto, arreglado, al igual que un bigote delgado y bien recortado.

Su actitud no es como la del mendigo de cuento "El otro", de Rubem Fonseca, que persigue y acosa a un hombre para que le dé dinero con urgencia, desesperado... No es el más pobre ni el más necesitado de la ciudad. Su modo de operar no podría ser más sencillo. Levanta el vaso al paso de los coches. No dice que sufre, ni pide por el amor de Dios, ni amenaza, ni ofrece bienaventuranzas ni maldiciones. No dice nada. Sólo levanta el vaso. Eso es todo. Supongo que ha llegado al silencio y la sencillez después de una larga experiencia profesional.

Hay miles como él en mi ciudad, en las ciudades del mundo, pero a este lo veo cada que salgo del supermercado o cuando bajo a abordar un autobús. Y creo que cada vez me pregunto si debo darle algunas monedas, y más todavía, me pregunto si tendría que estar en la calle pidiendo dinero.

Nadie tendría que pedir dinero en la calle, debería estar en un empleo o en su casa, pero dadas las condiciones, mi punto es si debo darle dinero; si la respuesta es afirmativa, cuánto y con qué frecuencia. Le he dado dinero de vez en cuando durante años, y no me pregunto si hago lo correcto. Sé que le doy lo que a mí me sobra. 

Pero si voy a darle dinero, no podría fijar una cuota mensual y entregarle un cheque a fin de mes. Una cantidad, por pequeña que sea, sería una forma de compromiso, de patrocinio, de ayuda y acallar cierto malestar que vuelve una y otra vez.

Cada vez que lo veo me pregunto si debo dejarle unas monedas, y cuántas. Es algo que he pensado desde hace mucho tiempo, y no acabo de encontrar una solución al punto. Lo cierto es que darle unas monedas al mendigo no termina con el problema, no acalla ninguna conciencia ni satisface nada ni cubre mi cuota de buena acción del día. Vuelve siempre ese malestar que no termina al darle unas monedas, pero tampoco se acalla si no lo hago.

13 de julio de 2020

Por un libro, hasta la última moneda

Durante muchos años me fue irresistible el llamado que las librerías ejercían sobre mí; era algo así como el canto de las sirenas. Era imposible no rendirse a su hechizo. No era suficiente con mirar el escaparate o asomar la nariz por la puerta, había que entrar y entregarse, como a un reino encantado.

Y una vez dentro, no había manera de no sucumbir, de no abandonarse a la promesa de conocimiento, sabiduría y belleza que me ofrecía; después de horas de mirar, buscar y revisar, al menos un libro me había acelerado el ritmo cardiaco y, como si me saltara a las manos, me pedía irse conmigo.

Era un rito adolescente que se prolongó durante mi juventud. Por fortuna, aunque la considero una  enfermedad incurable, remitió considerablemente con los años. Apenas tengo síntomas, mucho menos virulentos: un ansia urgente de apoderarme de un libro y devorarlo («bebértelo en una noche», decía mi padre).

A veces podía ser un hallazgo, un libro del que no tenía noticia, tal vez de un escritor que escapaba a mis limitados conocimientos librescos; pero a veces, cuando era un libro esperado, que buscaba, a veces con impaciencia, el encuentro tenía algo de revelación, de cumplimiento de un deseo al que le atribuía una complicidad de los dioses.

Entonces en la ciudad de México había tal vez dos o tres veces más librerías de las que tiene hoy, y yo no dejaba de visitarlas. Con los años también me aficioné a las librerías de viejo del centro de la ciudad y de la colonia Roma, y todavía los puestos callejeros, a veces filas de libros empolvados sobre la banqueta, me llaman la atención unos minutos.

Hablo de sirenas, hechizos, reinos encantados, revelaciones, complicidad de los dioses... El gran problema es que era algo así. Mi sed de palabras y libros y literatura no tenía límites ni fin. Visitar librerías era mi paseo favorito, y luego, sentarme en un café o en un banco a leer era mi más grande placer. El ejercicio de la lectura, el vicio impune, según Michel Crépu, la necesidad de mi alma, no estaba lejos de cierta forma quijotesca de la locura.

Me ruborizo un poco de este lenguaje, pero no encuentro para hacerle justicia a esa emoción de encontrar un libro que me cambiaría la vida, que contribuiría decisivamente a formarme. Hoy sonrío, claro, pero no creo haber estado del todo equivocado.

Un día, salí de una librería sin un peso en los bolsillos. Dejé en la caja hasta mi última moneda, siempre escasas entre los estudiantes. Me llevé todos los libros que pude, y el librero me dispensó de los pocos pesos que me faltaban para completar el monto total y así llevarme el último ejemplar elegido. Salí a la calle sin dinero, ni un centavo, pero feliz, con una bolsa de libros.

Tuve que caminar sin remedio hasta mi casa por muchas, muchas calles; recuerdo que tenía hambre y sed, y la bolsa en cada cuadra me pesaba más. No lo recuerdo, pero no hubo sacrificio alguno, seguramente llegué a casa y comí y bebí, y luego, satisfecho, saqué uno a uno los libros de su bolsa como se aprecia un tesoro.

No es necesario justificar esa manía por comprar o conseguir libros de cualquier manera, pero además debo decir que no soy el único. Con los años he conocido a otros con esa misma locura, incluso con otros síntomas más graves. ¿No es innoble echar con astucia un libro en el bolso de una chica y, si el lance sale bien, pedirle el libro a dos calles de la librería en la que se acaba de cometer el robo?

Antes de los códigos de barras, cuando los libros tenían el precio en etiquetas adheridas, había expertos, tan osados como astutos, en cambiar las etiquetas de los libros en las librerías y pagar, a veces, menos de la mitad del precio de un libro.

No soy el único que ha dejado su última moneda por comprar un libro. José Vasconcelos llegó a pasar hambre, y lo consigna en su biografía, Ulises criollo, muchos años antes de que yo empezara a comprar libros. Dice:

«Cierta víspera de la llegada del giro, tomamos por único alimento una horchata en el puesto de las Cadenas, con un par de plátanos del vendedor que se situaba por allí mismo, y como postre, un pastel de a centavo, relleno de una pasta desabrida como engrudo. Mi situación no había mejorado gran cosa, pero me quedaba aquel día un peso en la bolsa raída del pantalón y vacilaba. Vacilaba porque en una fila de abajo, entre los libros escogidos, cantos de oro y percalina roja, estaba de venta una Divina Comedia. Sobre la pasta delantera, en un medallón dorado lucía el perfil conmovedor del vidente insigne. Con los dedos dentro de la bolsa alisaba mi último peso antes de darlo; por fin, en un arranque de audacia, lo alargué al librero a la par que ponía el precioso volumen debajo del brazo.»

Tengo opiniones encontradas sobre Vasconcelos, el hombre, su acción política y su obra. Pero imaginar al joven estudiante, muerto de hambre y de necesidad, cambiar todo su dinero (un peso de entonces valía, basta recordar que era una moneda de plata) por un libro, es admirable.

Y si ese libro era la Divina comedia, libro decisivo en su vida y pensamiento, no puedo dejar de sonreír. Me entusiasma la idea de que otros jóvenes lectores, sedientos de poesía y conocimiento, aquí y allá, hoy y mañana, seguirán cambiando su última moneda por un libro.

28 de junio de 2020

A través del espejo, una librería

A través del espejo, guiño aparte a Lewis Carroll, es una librería de viejo en la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma de la Ciudad de México. Acaba de anunciar que cerrará. La desaparición de otra librería debería de movernos tanto como la desaparición de otra especie. Pero al parecer somos (como sociedad) indiferentes a ambas pérdidas irremediables.

Conozco bien A través del espejo. Es de las librerías más grandes; espaciosa, limpia, iluminada y ordenada no sólo de la colonia Roma, sino de la ciudad. (Hay librerías de viejo que son una fiesta del caos, el desorden, el polvo y el amontonamiento; en algunas es casi imposible buscar con cierto orden.)

Al parecer no hubo manera de que sobreviviera a la pandemia del coronavirus; no hay manera de sobrevivir a la especulación inmobiliaria. Ya Italo Calvino se ocupó literariamente del asunto. Sitiada por restaurantes y bares, negocios mucho más rentables, ¿por qué, con simple lógica mercantilista, los propietarios del inmueble cobrarían un alquiler menor a una librería? El nuevo aumento en el alquiler ha sido la puntilla.

Las librerías viejo, en la Colonia Roma, en el Centro de la ciudad, y en unos cuantos puntos muy localizados aquí y allá en la ciudad, son pequeños oasis, los contados sitios en los que es posible encontrar los libros que ya pueden ocupar un lugar en las librerías de novedades, siempre necesitadas de espacio para los libros nuevos que no cesan de llegar. Las librerías de viejo son dos veces nobles: por ofrecer libros, y por acoger aquellos que no están en su mejor momento de venta, ni son lecturas escolares obligatorias, y esperan con paciencia admirable, a veces durante años, a su lector.

A través del espejo es una librería administrada por Selva, una mujer que sabe de libros. Que nació en una familia de libreros y sabe muy bien lo que vale un libro (no me refiero al precio comercial) y lo que ofrece en su negocio. En su librería se encuentran, todavía, joyas y tesoros para bibliófilos, los que padecen el dulce mal de valorar los libros como objetos y que ofrece enormes satisfacciones vanidosas y egotistas al que lo padece.

No sé cuántos ejemplares habré comprado ahí. A veces porque no se encontraban en otra parte, a veces por economía. Me basta una mirada muy superficial a mis estantes para encontrar (hay una memoria libresca, es decir, para recordar la compra y adquisición de los libros: ¿alguien se ha ocupado de escribir sobre ella?) seis o siete libros, siempre en buen estado, que compré en la librería.

En periodos escolares, pasaba frente a ella con prisa (y alivio para mi bolsillo) cada día. A veces me detenía en su vitrina, me asomaba a sus vistosas exhibiciones de libros acomodados con gracia e intención. Era imposible adentrarse unos minutos y no encontrar algo que alegrara el alma, un ejemplar que nos parecía un regalo, un hallazgo que no podíamos dejar pasar. Como en tantos otros aspectos de la vida, en las librerías de viejo se trata de un ejemplar único, una ocasión que no se puede desperdiciar.

La librería A través del espejo va a cerrar. Es un signo de los tiempos. No puedo dejar de lamentarlo. No me gustan los mal llamados libros electrónicos (simplemente no son libros). Soy un sentimental, pero también estoy convencido de que vez que se cierra una librería clausuramos un poco más el mundo en el que crecí, el de los libros de papel y tinta, y da un paso adelante el mundo virtual, digital, electrónico y a distancia, cuya completa y definitiva e irreversible instauración no quisiera presenciar.

Adiós, A través del espejo. Gracias, y adiós.

24 de junio de 2020

Amadeus en bicicleta: novela de Rolando Villazón

Rolando Villazón cultiva sus talentos artísticos desde una sensibilidad versátil, libre y juguetona. Es un error considerarlo sólo un cantante. Artista de múltiples maneras, de pronto salta de la casilla del tenor y se instala en otros territorios. Esas incursiones en otras disciplinas no son comunes y casi nunca son bienvenidas por la crítica y el gran público.

Si un artista se sale de la casilla asignada su acción es tomada como una excentricidad, un capricho, una divagación pasajera. Ese segundo oficio no debe de tomarse en cuenta, pareciera ser la consigna, y menos aún el artista que se mueve como un caballo y en la siguiente jugada como un alfil.

La trayectoria de Rolando como cantante ha sido notable y espectacular, y es reconocido en el mundo entero como uno de los grandes tenores de su generación; el aplauso rendido de los más diversos públicos durante muchos años, sobre todo en Europa, y el número de sus grabaciones y millones de discos vendidos dan cuenta de su éxito. Es una estrella del mundo de la ópera, un poco a su pesar.

Pero Rolando es también un dotado clown (tiene un concepto muy alto del oficio de payaso, incluso todo una postura filosófica bien argumentada, y con su nariz roja y peluca visita a niños enfermos en los hospitales y actúa para ellos; es obvio que gratuitamente). También es un actor dotado fuera de la escena operística y un presentador de televisión, un simpático conductor de programas de radio y un dibujante de caricaturas (muchas de él mismo: un rasgo de inteligencia y sentido del humor) con soltura, y un director de escena de ópera que hace un montaje cada año.

Y si todo esto fuera poco, recientemente ha mostrado su capacidad de organización, administración y liderazgo para llevar a buen término el festival de la Semana Mozart en Salzburgo. No son pocos talentos, y en verdad no me sorprendería que destacara en alguna otra actividad. Tiene el envidiable don de hacer bien todo lo que emprende, pero de los oficios conocidos aún falta otro, que, a juzgar por la circulación y recepción de su obra pareciera secreto: Rolando es también un escritor, uno de los novelistas más singulares de hoy porque su obra, me aventuro, no se parece a nada de lo que se escribe en lengua española en los dos lados del Atlántico.

Su primera novela, Malabares (Espasa, Madrid, 2013; Jonglerie en la edición francesa, y Kunststücke en la alemana), es una declaración de principios a través de las historias paralelas y divergentes de sus protagonistas, dos payasos, y sorprende por su densidad narrativa, la complejidad de su trama, por su imaginación y la impecable soltura de su prosa y dominio del arte de narrar, pero sobre todo por su entusiasta devoción por el juego.

Desde Malabares Rolando nos muestra las coordenadas de su escritura: el juego entendido como una actividad trascendente. El punto de referencias y referente es Cortázar, y no es fácil encontrara en nuestro ámbito a otro autor que se haya ocupado del Juego (así, con alta inicial), con fervor, como lo hace Rolando. El punto de partida es Cervantes y don Quijote.

El homo ludens de Huizinga encuentra una expresión en este universo novelesco, siempre que se entienda el juego como la actividad más alta y profunda. El juego es sagrado, y nada, salvo el pan, más necesario en la vida del hombre. El juego es la vida, como lo saben los niños. El juego, la ficción, la simulación, el teatro, el cine, la televisión, la ópera son, con frecuencia, otras formas de manifestar esa voluntad lúdica sin la cual no seríamos la especie que somos. Para ser plenamente hombres y mujeres tenemos que jugar.

Rolando ha sido consistente en su propuesta literaria. Paladas de sombra contra la oscuridad, la segunda novela, no ha sido publicada en español; por fortuna la salva de la triste condición de absolutamente inédita una edición alemana (Lebenskünstler) de 2017. Es lamentable que la obra de Rolando aún no pueda ser leída en su lengua original, y que sea desconocida por los lectores de México, el resto de Hispanoamérica y España.

A veces los misterios del mundillo editorial son insondables, pero tengo la impresión de que la literatura de Rolando es tan distinta (la palabra original ya es en sí un tropiezo) y va firmada por un cantante tan famoso que levanta sospechas y dudas entre editores y lectores. La celebridad del tenor atenta contra la publicación de la obra del novelista. «Quién quiere leer la novela de un cantante de ópera», dijo Rolando en una reciente entrevista. Tiene razón.

Y crece la sospecha de que muy pocos lectores creerían que un artista excelso del canto, célebre y reconocido, famoso, para emplear esa palabra que tanto lo incomoda, pueda ser también un buen escritor. Una cosa o la otra, pareciera ser la opinión más extendida. Caballo o alfil. Nada más sospechoso que un artista que cultiva con fortuna dos artes muy distintas.

Los músicos, en particular los cantantes, no suelen leer libros y mucho menos los escriben. Los dos o tres nombres que alguien encuentre entre los músicos tras una búsqueda exhaustiva, son excepciones. Después de convivir durante años con ellos en un teatro de ópera, puedo afirmar que el único músico lector que he conocido es Rolando. Sólo tengo noticia de otro músico, entre nosotros, que escriba, pero no novelas.

A principios de los años noventa, Rolando era un joven estudiante de canto dispuesto a comerse el mundo. Recuerdo una de sus primeras audiciones en Bellas Artes (para aspirar a un papel, tal vez el modesto Parpignol de La bohème) por su bonhomía y su sonrisa, su actitud, su confianza no en su futuro sino en la vida, y, sobre todo, porque cuando puso sus partituras sobre el piano colocó encima, con todo cuidado, una antología de los cuentos de Julio Cortázar.

Si ya había una simpatía, en ese momento se fraguó una complicidad. Descubrí que Rolando es un lector voraz, atento y lúcido, con excelente gusto literario, que lee sin cesar más allá de lo debido en las noches, en los trenes, aviones, estaciones y aeropuertos. No existe un escritor de calidad que no haya leído al menos una pequeña biblioteca. El bagaje cultural y libresco de Rolando es enorme, y lee con soltura en varias lenguas.

Empezó a escribir desde muy joven, y parecía que lo hacía para sí, en cuadernos, con una escritura casi secreta, sin pretensiones, por eso nos sorprendió con Malabares: novela compleja y de muy complicada ejecución, una obra limpia que no ha recibido la atención que merece. Paladas de sombra contra la oscuridad es la novela del juego por el juego, de diversos juegos que se entrelazan y las vidas de esos jugadores.

Su tercera novela, Amadeus en bicicleta, acaba de ser publicada en Alemania como Amadeus auf dem Fahrrad (Rowohlt, 2020), y no hay a la vista edición en español. El rechazo de obras es una práctica común y necesaria de las editoriales, pero haber sido publicado por primera vez en otra lengua y no en la propia es una situación atípica. Y también una pena que merecería una reflexión.

Haber sido publicado y leído con aceptable fortuna en otras lenguas, antes que en la propia, en la que la obra ha sido escrita, es desconcertante. Confío en que esta situación algún día sea sólo una anécdota. Confío en que esta extraña situación será reparada con el tiempo, aunque me pregunto, no sin desconsuelo, si el descomunal peso del cantante habrá sepultado el porvenir del escritor.

Amadeus en bicicleta es una suma de los motivos literarios y, en un sentido más amplio, de las razones y motivos estéticos y sociales que estimulan la literatura de Rolando. El lugar de la novela es Salzburgo. La ciudad natal de Mozart es más que el escenario. Pero no sólo la ciudad de los turistas y los aficionados que asisten al célebre Festival, también la íntima de un artista extranjero y marginado que habla con las estatuas y duerme en las calles.

Vian Bauer, el protagonista de la novela, llega a Salzburgo como punto final o tierra prometida en un largo viaje que revela a la vez la condición de la obra de formación o aprendizaje (Bildungsroman), pero también de reflexión crítica de la ópera como arte y fenómeno cultural y social. No en balde un personaje llama a los cantantes «pajarracos». No creo que haya sido narrada con tanta verdad y poesía la durísima condición, la absoluta vulnerabilidad e indefensión de un joven cantante.

He asistido con pesar a las audiciones de decenas de aspirantes que nunca serán cantantes. Sí, es así en casi cualquier actividad. El camino de un cantante es arduo, con una extraña mezcla de talento, facultades, aprendizaje, actitud y un indefinible algo más que con frecuencia llamamos suerte.

Vian Bauer, ebrio de poesía y música y literatura, es un enjambre asombroso de virtudes y debilidades. Es neurótico, paranoico, ingenuo, fantasioso y entrañablemente adorable. Es un lector que no cesa de fantasear, un loco del canto y la poesía (los poemas y los colores lo calman, lo protegen de los cuervos internos que lo persiguen). Pero sobre todo es el guardián del juego, el gran jugador, el hombre-juego que descubrirá que los ordinarios juegos de azar de un casino no son lo suyo; el juego, el verdadero Juego, es otra cosa.

Pero antes que nada Vian es un personaje encantador e inolvidable. Le basta, como en el poema de Machado, una mosca, mejor: un caracol, para entretenerse y encontrarle sentido a la existencia. Sus juegos en casa, en la calle, en las estatuas y monumentos de Salzburgo muestran que el mundo es un lugar para jugar; no un parque temático, no un disneylandia donde el juego es mecánico, está hecho y reglamentado, sino un lugar donde hay que encontrar el juego que revelan sillas, estatuas, escaleras o elementos que saltan a la vista en el momento.

El juego, como la vida, se hace a cada instante. El juego, el verdadero, es siempre infantil, simple, tonto y espontáneo. El juego vale por el hecho de jugarlo. Nadie lo ha entendido mejor que Vian, un niño obligado a hacerse hombre, un jugador que quiere seguir jugando. Vian cree que el arte, el más serio de los juegos, puede salvar al mundo.

La novela es un canto de libertad, un largo paseo por Salzburgo, incluida una guía dónde dormir a la intemperie si no se tiene una habitación para pasar la noche, pero también un homenaje a Mozart. Vaya si lo es. Es una búsqueda y un diálogo y un encuentro. Buscar a Mozart en Salzburgo puede ser tan estéril o frustrante como en el soneto de Quevedo buscar a Roma en Roma. La ingrata Salzburgo que no se enteró en realidad quién fue el mejor de sus hijos. Pero ahí están la casa natal, el museo, los instrumentos de Amadeus que han sobrevivido…

Pero la borrachera «mozartiana» del gran Festival, los chocolates, juguetes, motivos y todo lo que pueda ser llamado y vendido con el nombre de Mozart en el demencial delirio sin límites de la mercadotecnia poco tiene que ver con la música del genio, que sin embargo nunca ha sido tan apreciada y celebrada tanto como ahí mismo, en una enorme y preocupante contradicción.


La novela es un encuentro, un diálogo y una fiesta mozartiana. Es esta, como un género nuevo, una novela mozartiana. Un juego mozartiano. Todo remite a él. Todo encuentra una correspondencia. La vida de Mozart, en realidad sus cartas, como fuente de conocimiento, oráculo y guía de vida. Es también una mirada al mundo de la ópera desde la puesta en escena de Don Giovanni, en la que aparecerán los egos y los divos, los contratiempos, los conflictos, las diferencias entre la dirección musical y la de escena. No creo que se haya contado antes, desde dentro, desde el escenario, las tensiones del montaje de una ópera.

La novela es también la historia de un enorme conflicto padre/hijo que deja el lío de Kafka con su papá para niños de preescolar; una triste historia de desamor; y la rivalidad del protagonista con Jaques, el diablo, personaje imponente e inquietante. Otros personajes inolvidables son Julia, la chica arcoíris; Perec, el librero; y Herr Wolfgang, el jardinero, que encarna la beatitud o la locura.

Amadeus en bicicleta es una reflexión sobre el arte y el fracaso artístico, y encuentro al menos cinco largas escenas, logradísimas, en las que Rolando alcanza el punto más alto de su escritura. Pienso en la primera vez que asiste a Bayreuth, la rebeldía de Julia, el paseo en bicicleta, el debut de Vian en Salzburgo y los diálogos con Perec.

Rolando toma riesgos, y los supera. Ha escrito una novela en la que Vian aspira a fundir su bagaje cultural con la vida, y obligado a tomar decisiones, ese hombre joven se niega a serlo si el precio es dejar de ser del todo un niño. En esta novela sobre el juego, el arte como un juego y la vida misma como el gran juego (a veces terrible), están presentes también la desesperanza, la orfandad, los reveses de la vida, el hado que a veces no entiende lo que buscamos y niega los más altos anhelos.

Amadeus en bicicleta es una novela gozosa, sorprendente y divertida, que derrocha sentido del humor y cuyos sentidos se multiplican y se escapan para volver a aparecer, enriquecidos, una y otra vez. Podría leerse como una teoría del Juego, o de la vida. Con ella Rolando nos invita a jugar. Dice Vian: «Si quieres sentir una gota de esa libertad que sopla en el alma de los genios, lo que has de hacer es inventar tus propios juegos».

Adenda: Amadeus en bicicleta fue publicada en España por Galaxia Gutenberg (nota de abril de 2021). 

19 de junio de 2020

Los libros por leer

Hacer listas tiene su encanto. Encierra un misterio, una ilusión, un deseo. Pareciera una práctica obvia y simple, pero psicoanalistas y filósofos y semióticos se ocupan de ellas, de lo que revelan, la personalidad de quien se ocupa de hacerlas y sus posibles implicaciones y significados. Umberto Eco les ha dedicado un libro.

Hacer una lista puede ser el más burdo ejercicio antisocrático, pues Sócrates no sólo no las hacía sino que desdeñaba la escritura misma porque ésta atenta contra la memoria. Yo hago listas contra el olvido. Sin ellas, algo faltará. Si voy de compras sin una lista que he completado a lo largo de muchos días, algo faltará en el guiso, en la mesa. Puedo volver a casa sin el artículo o producto por el que salí a la calle (me ha sucedido).

Pero las listas también cumplen otra función. Creo que es una manera de ordenar la vida y el mundo. Es decir,  son una forma de luchar contra el caos. Las listas ofrecen la promesa del consuelo de regular las acciones y los deberes. De ordenar las acciones a emprender, de cumplir con las tareas impuestas o necesarias en un día.

Cumplir con todas las acciones de una lista es mucho más complicado que hacerla, pero una vez realizada ofrece el consuelo de conocer qué debemos hacer. Y la satisfacción infantil de tachar las palabras de la lista, o de ponerles una vistosa palomita al lado una vez ejecutada la acción, algo tiene de liberación y estímulo.

Yo hago listas de lo que debo hacer en el día (con frecuencia no cumplo con la meta propuesta), de las compras en el súper o la frutería, pero también de los libros por leer. Es un forma de lucha contra el tiempo y el olvido. Quisiera leer muchos más libros de los que podré disfrutar, y la lista, que hoy tiene ciento diecinueve títulos, es a la vez un consuelo y la evidencia del fracaso en mi intento de convertirme en un lector total.

Y no es que me limite a aspirar a leer ese número de libros, más bien son los que considero de lectura urgente y necesaria. Está claro que necesitaría años para cumplir con esa cifra que, está claro, no deja de aumentar.

Esa lista es una guía, un camino y con frecuencia me descarrilo porque me distraigo con otras lecturas no planeadas por razones tan diversas que sería muy largo enumerar. Y no refiero a las lecturas obligadas por razones laborales, sino a los libros que deseo leer para mi alegría y placer, en el ejercicio de lo que Michel Crépu llamó con lucidez «el vicio impune».

Me parece que mi lista de libros por leer es a partes iguales un consuelo y una fuente de desasosiego (sin contar las relecturas). Me hace ilusión y me consuela pensar en tanta alegría y buenos libros por leer, y a la vez me inquieta y angustia que nunca cumpliré la meta. La lista se modifica, y será imposible agotarla. El día que no haya libros por leer, que no me entusiasmen, es una de las formas del fin.

Supongo que ante la incapacidad de leer todo lo que quiero tendré que ser más selectivo todavía, y una buena dosis de resignación me vendría bien. Si no puedo leer aquel libro, recuerda que leíste este otro, puedo decirme. En casa tengo (por fortuna, aunque también es una pena), más libro de los que podré leer. No hay remedio. Además, por alguna extraña razón, cada vez leo más despacio.

30 de mayo de 2020

Los negacionistas

Mike Hughes, conocido como Mad Mike, murió al lanzarse en un cohete que él mismo fabricó. Su cacharro falló. Despegó en algún punto del condado de San Bernardino, California, alcanzó las nubes más bajas, y luego se precipitó a tierra. Mad Mike quería ser recordado como «el mayor temerario del mundo», y la misión de su vuelo no podría ser más estúpida: quería demostrar que la Tierra es plana; y ya que estaba por allá arriba, aprovecharía para ver el espacio con sus propios ojos, pues además sería el primer hombre en gozar de ese privilegio, ya que estaba convencido de que ningún ser humano ha salido del planeta.

A los que sostienen que la Tierra es plana, porque Mad Mike no está solo en su estulticia, se les llama terraplanistas, y están organizados en una asociación, The Flat Earth Society (La Sociedad de la Tierra Plana), que trabaja para demostrar que la tierra es plana como una mesa.

Dice una nota del periódico que «La Conferencia Internacional de Flat Earth (FEIC, en sus siglas en inglés) ha anunciado que fletará un crucero el año que viene con el absurdo fin de llegar hasta los confines de la Tierra. Según una parte de los seguidores de esta corriente, que defiende que la Tierra no es redonda, el planeta acaba en un muro de hielo que nos separa del espacio exterior, al que pretenden llegar en el crucero. Será "la aventura más grande, más audaz y mejor hasta la fecha", según la publicitan en la web de la organización.»

«Existen varias teorías dentro de los que creen que la Tierra es plana, aunque la principal afirma que, después de "una extensa experimentación, análisis e investigación" la Tierra es un disco gigante con el polo norte en el centro y rodeado de "una barrera de pared de hielo: la Antártida", según la sociedad terraplanista. [...] "Hasta donde sabemos, nadie ha logrado ir mucho más allá del muro de hielo y ha regresado para contarlo. Lo que sabemos es que rodea la Tierra, sirve para contener a los océanos y ayuda a protegernos de lo que pueda haber más allá", asegura la Flatpedia, la Wikipedia de los terraplanistas.»

La navegación misma de ese crucero presenta problemas muy complejos o imposibles de resolver. «Los barcos navegan basándose en el principio de que la Tierra es redonda. Las cartas náuticas se diseñan con eso en mente: que la Tierra es redonda [...] Los barcos usan un moderno sistema de navegación que se llama ECDIS que proporciona una gran mejora en la seguridad de la navegación. La propia existencia del GPS es otra prueba de que la Tierra es esférica, ya que el sistema se basa en 24 satélites que orbitan la Tierra. "Si hubiera sido plana, tres satélites habrían sido suficiente para proporcionar los datos", dice un capitán, y advierte que los organizadores tendrán que dar con una tripulación que no crea que la Tierra es redonda es una misión harto complicada.»

Como buenos embusteros, tienen una explicación y una excusa para justificar su necedad: «La Flat Earth Society asegura que "las agencias espaciales del mundo" han conspirado para falsificar "el viaje espacial y la exploración". "Probablemente empezó durante la Guerra Fría. La URSS y Estados Unidos estaban obsesionados con ser los mejores en cuanto a llegar al espacio se refiere, hasta el punto de que cada uno fingía sus logros en un intento por seguir el ritmo de los supuestos logros del rival", aseguran.»

Esta confederación de la necedad se antoja para una novela, una flaubertiana, claro, en la que los negacionistas parecerían como niños de siete años, ingenuos y crédulos, fanáticos y misteriosos, que recelan con suspicacia de la ciencia y la evidencia. Parece que los escucho decir: «A mí no me engañas, el hombre nunca ha llegado a la Luna, no es posible viajar ahí, por la simple razón de que sólo los tontos no saben que la Luna es un efecto óptico, y si existiera, está clarísimo que sería de queso.»

Algunos negacionistas tienen razones ideológicas, políticas o racistas para difundir sus necedades, por ejemplo los que niegan el Holocausto judío a manos de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. No les concedo razón ni por un segundo, pero entiendo que su odio y su ceguera los lleven a posiciones absurdas e insostenibles. Pero negar hechos en los que no está en juego el nacionalismo ni un régimen ni una ideología o religión es mucho más difícil de entender.

Negar que la Tierra tiene más o menos la forma de una esfera achatada en los polos debería mover a risa, pero ahí están los que lo creen, y andan sueltos por las calles y algunos tienen el poder. Rechazar la ciencia, y peor todavía, acusarla de «neoliberal» debería infundir temor y terror: el otro camino es el oscurantismo, el fraude y la mentira, la brujería. Pareciera que dicen: «No creo en nada, no confío en nadie, el gobierno (cualquiera) quiere engañarnos, la ciencia es una conspiración y una mentira, sólo confío en mis ojos, no soy tonto, quieren vernos la cara...»

Los negacionistas tienen muchas causas. Y no todos defienden las mismas necedades. Algunos afirman que el hombre convivió con los dinosaurios, otros niegan la evolución de las especies y el darwinismo, otros el origen y edad del Universo. Otros niegan la violencia machista, otros atribuyen el cáncer a errores médicos y a oscuras causas. Otros niegan con vehemencia el Holocausto judío, y otros más el cambio climático. Para otros, el hombre no ha salido del planeta, y mucho menos ha llegado a la Luna, y, por supuesto, las vacunas son satánicas, antinaturales y además no sirven para nada. 

Por las calles anda gente que niega el coronavirus, y sostiene que nadie ha muerto. Todo es una mentira, un mito, un engaño más del gobierno, de la televisión, de los gringos, de los políticos, de la derecha, de los médicos o de quien sea para asustar a la gente y sacarle dinero y meterle miedo. No es digno de alguien bien nacido desear el mal a otros, pero a estos negacionistas se antoja justo imaginar que merecen infectarse y padecer el COVID-19. Por lo menos.