13 de diciembre de 2017

Un recado a la cocinera

Ocupé la mayor parte de la mañana en intentar redactar una carta en la oficina. Había que buscar un equilibrio entre algo así como valoramos y consideramos sus apreciables servicios y por las razones que usted puede suponer no le renovaremos su contrato laboral. Por supuesto, la redacción y los términos que sugería el jefe eran un atentado a una prosa con un mínimo de decencia y corrección.


La sencillez y la sobriedad son el alfa y omega del estilo, me repetía. En la tercera o cuarta versión de la carta me acordé de lo que decía Gonzalo Celorio: «Para un escritor no hay nada más difícil que escribir, y esto es válido para cualquier texto, un poema o una novela». Para nadie es más difícil escribir. Lo cual equivale a que  nadie sufre para calcular como un matemático, y el diseño de un puente debe ser casi una misión imposible para un ingeniero, y nadie sabe de las cuitas de hornear pan como un panadero... 

Por supuesto, en esta aparente contradicción o situación absurda, el profesor Celorio tiene razón. ¿Quién va a sufrir más con un párrafo que un escritor, que sabe y conoce de qué adolece esa carta, el poema o cierta escritura? ¿Alguien más puede reparar en las imprecisiones y torpezas, en las ambigüedades, en los lugares comunes, en las rimas involuntarias y las cacofonías? 

Celorio daba el caso de un recado doméstico a su cocinera. Una mañana podía dejar sobre la mesa de la cocina un hoja con estas palabras: «Juana, porque tengo una junta muy importante en al oficina, hoy no vendré a comer.» Listo. Entonces uno puede preguntarse: ¿Por qué tengo que darle explicaciones a Juana? Listo. Entonces hay que tirar la hoja y tomar otra: «Juana, no vendré a comer.» Listo. Entonces le parecía una nota muy seca y dura. Juana podría pensar que no me gusta su comida. Entonces consideraba escribir: «Juana, aunque me gusta mucho la comidas que preparas, hoy lamentablemente tengo cosas que hacer y no podré gozar de tus guisos». No, otra vez demasiada información, un exceso. Etcétera. Pareciera una misión imposible escribir el recado justo y exacto, por no mencionar aquí los problemas de una novela.

¿El problema de la carta que me llevó media mañana era de fondo o de forma? ¿De lenguaje? ¿De cortesía, político o gramático? ¿Había algo personal, tenía que ver con el jefe y el destinatario de la carta?

Por supuesto quedó muy bien, pero tuve que batallar mucho, y a fondo. Acabé exhausto. Al terminar, me sentí como si hubiera escrito un párrafo proustiano, y quedé tan satisfecho que me convencí de que podría redactar cualquier recado para Juana, la cocinera.

12 de diciembre de 2017

Decálogo del conductor cafre

La Universidad de Ciencias Politécnicas de Nueva Australia del Norte y el Instituto Nórdico del Caribe de Altas Tecnologías conformaron un admirable grupo multidisciplinario con sus más calificados científicos para desarrollar una investigación sin precedentes en el mundo.

El objetivo era descifrar el "genoma", el "código" de la psicología profunda, las motivaciones del conductor incivil de vehículos de motor. Por el gran número de cafres al volante que van como un peligro público por nuestras calles, la Gran Ciudad tuvo el dudoso honor de ser la sede de la investigación. En efecto, la prevalencia del conductor incivil es endémica de nuestra sufrida ciudad.

Después de siete años de trabajo, han sido presentadas las conclusiones, con un impresionante aparato crítico, fotos, videos, entrevistas, casos y estadísticas. El Informe completo ya se encuentra en la Red. Los responsables de cada casa de estudios, los doctores Knut Gómez y Juan Stolenberg, respectivamente, han presentado en una conferencia de prensa la joya más preciada de su investigación: el Decálogo del conductor incivil.

Los científicos señalaron que si bien la conducta incivil la adolecen toda clase de conductores, sin olvidar a los de las motocicletas (en particular los repartidores de pizzas) presenta "un poblamiento" muy concentrado en conductores de coches de particulares, escoltas, taxis, camionetas, microbuses, autobuses urbanos, camionetas de reparto, camiones de carga.

La primera conclusión del estudio es clara y contundente, se refiere a la premisa, la razón de ser del conductor incivil. El cafre tiene como lema: «Si puedo avanzar, acelero y avanzo.» La segunda: El reglamento de tránsito es casi letra muerta. La tercera señala que si bien se presenta en otras ciudades, la conducta incivil al volante es endémica de la Gran Ciudad, un rasgo de su identidad.

Este es el decálogo del conductor cafre:

1. Si el semáforo está en rojo y puede avanzar: acelero y avanzo.
2. Si la vuelta a la izquierda está prohibida pero puede darla y avanzar: la doy, acelero y avanzo.
3. Si puede avanzar en sentido contrario: sigo en sentido contrario, acelero y avanzo.
4. Si en el paso de cebra cruzan peatones (en particular señoras con carriola, niños y ancianos), acelero y avanzo.
5. Si hay un embotellamiento o atasco, pero puede seguir en reversa, por la banqueta o camellón, doy en reversa o me trepo a la banqueta o al camellón, acelero y avanzo.
6. Si choco, arrollo o atropello a alguien y puede huir, acelero, avanzo y huyo.
7. Si alguien me pide el paso pero puede seguir, le niego el paso, acelero y avanzo.
8 Si al avanzar obstruyo un cruce y bloqueo las calles o entradas: acelero y avanzo.
9. Si puedo rebasar por la derecha, doy a la derecha, acelero y avanzo.
10. Si puedo exceder el límite de velocidad, lo excedo, acelero y avanzo.
11. Si encuentro un lugar prohibido para estacionarse, ahí me estaciono.
12. Si la policía me da el alto pero puedo huir, acelero, avanzo y huyo.

Las autoridades se han declarado «sorprendidas por las conclusiones», y el Decálogo les parece «parcial», «tendencioso», «unilateral», «desinformado» y que responde a evidentes fines políticos en tiempos de campañas electorales. A pesar de ello, convocarán a la formación de una comisión mixta, múltiple y transversal para analizar a fondo la situación, aunque no están convencidas de la presunta presencia de conductores cafres en la ciudad.

5 de diciembre de 2017

El café San Marcos según Magris

«Si trazamos el mapa de los cafés, tendremos uno de los indicadores esenciales de un hallazgo asombroso: Europa se halla a sí misma en sus cafés, en la esencia que los anima.», dice George Steiner en uno de sus ensayos. «Europa está en sus cafés»* es un elogio pleno de nostalgia a los café europeos y también al juicio lúcido del gran crítico de la cultura.

El café es una institución europea, y no es muy aventurado imaginar que el arte y la historia de Occidente hubieran sido distintos sin esos establecimientos. «El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno.»


Me refiero al café europeo (que floreció incluso fuera de Europa), propensos a fomentar el fluir de las palabras, las conversaciones, el pensamiento, las ideas. Leer o pensar o escribir o juegar ajedrez o leer el periódico en un café son tan propios de su naturaleza como beber y comer en la misma mesa. El café europeo tiende a desaparecer y es sustituida  por otro, digámosle americano, o con necesaria precisión estadounidense. 


En mi ciudad, mientras uno a uno desaparecen los cafés europeos, surge uno tras otro en cada esquina un local de los suplantadores. No tengo nada en contra de éstos, y los visito con frecuencia, y todo está muy bien salvo que algo les falta, eso que Steiner conoce muy bien, y también Claudio Magris, que ha hecho en «Café San Marcos», un texto ejemplar de Microscosmos (Anagrama) el gran elogio de ese café triestino.


Al adentrarse en esas páginas el lector y parroquiano se siente arrebatado de la más extraña y alta forma de la nostalgia: una tristeza urgente por no estar sentado en una mesa de ese café, de esa ciudad que tampoco conoce. En el San Marcos transcurre todo porque es «un arca de Noé, donde hay sitio, sin prioridades ni exclusiones, para todos».

Luego del café en sí, su estructura, lo distingue «la fidelidad conservadora y el pluralismo liberal de sus parroquianos... En el San Marcos triunfa, vital y sanguínea, la variedad». «El café es una academia platónica, decía a principios de siglo Hermann Bahr ... En esta academia no se enseña nada, pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto.»

El café es un refugio, una especie de asilo, un templo, un museo, una galería, un punto de encuentro, un gabinete de estudio, un microcosmos. También un espacio privilegiado para la escritura.

«Escribir significa saber que no estamos en la Tierra Prometida y que no podremos llegar nunca allí, pero continuar con tenacidad el camino en esa dirección, a través del desierto. Sentados en el café, se está de viaje; como en el tren, en el hotel o por la calle, uno tiene consigo poquísimas cosas...» «El café es un lugar de la escritura. Se está a solas, con papel y pluma y todo lo más dos o tres libros, aferrado a la mesa como un náufrago batido por las olas.»

Un verdadero café, y  no sólo el San Marcos de Trieste, es un paraíso breve y secreto, un punto de recogimiento entre los otros, un sitio frágil para la confesión y vislumbrar el ser de alguien. Un café es una isla a la que ansían llegar los náufragos sobrevivientes, heridos de nostalgia, de las calles hostiles de la ciudad, cualquier ciudad. Lo sabe George Steiner y Claudio Magris. Y con ellos,  también nosotros.
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* Apunte de este Cuaderno de bitácora de lo casi inadvertido del 14 de enero de 2016.

25 de noviembre de 2017

La poesía estaba en otra parte

Del fondo de un rincón de la vieja casa familiar ha vuelto, como de una exhumación, una carpeta con mis primeros poemas. Ha llegado a mis manos desde un tiempo que me parece tan remoto, tan lejano a mi vida y circunstancia que no reniego de ellos pero me es difícil reconocerme en esos intentos, en esos ejercicios. Por supuesto, dicen quién fui, y entonces me parecieron muestras impecables que me conferían sin más trámite el alto título de poeta.

No sabía que había sobrevivido una copia de aquellos poemas, pero reconocí de inmediato la carpeta, los papeles que han ganado rigidez y un color amarillento, pero los versos siguen siendo rotundamente malos. (¡Ah Rimbaud, tal vez eres el único, el príncipe de los poetas adolescentes!)

Los poemas están escritos a máquina sin mácula ni error, con una simetría tipográfica y cuidado admirables. Me recuerdo escribiendo en aquella máquina portátil, con la que también hacía las tareas escolares en la preparatoria. Pasarlos a máquina era un hecho trascendente, darles la dignidad de la letra impresa, la formalidad de escritos poéticos o literarios. Fijarlos en una hoja blanca era un acto solemne, un juego fascinante, un proceso dichoso que todavía puedo asociar con la felicidad.

Era feliz al mecanografiar esas tres docenas de poemas, y eso me bastaba. Pero también lo hacía con convicción, y creía que algunos de esos versos podrían salvar mi alma. Hoy me sonrojo y me avergüenzo de la poderosa ingenuidad de mi entusiasmo. Nadie se vuelve poeta sin la gracia de los dioses, pero es cierto que con la práctica y los años se puede mejorar un poco.

Tengo que destruir esos poemas. Tengo que entregarlos al fuego (lo haré yo mismo, no se lo pediré a ningún amigo). No merecen seguir en este mundo. Sin duda hablarían mal de mí, acabarían por ser la prueba y evidencia de mis torpezas. Sin embargo, siento un poco de pena por ellos. Han sobrevivido a mudanzas y terremotos, al tiempo, al olvido en el fondo de un armario del que no debieron de haber salido.

Sí, soy un sentimental. No quisiera incinerarlos pero ese es mi deber poético. En el nombre de la poesía es necesario acabar con ellos, asegurarme de que no dejen la menor huella en el mundo. Por ellos no vale la pena lastimarse los oídos, ni fatigar la inteligencia y tampoco la memoria.

Haré una ceremonia, digna y en secreto, y en el jardín esparciré sus cenizas. Dejaré aquí sin embargo constancia de su nombre: Como principio de río se llamaba aquella serie, y también diré que me parecía un nombre magnífico. Luego, para consolarme, leeré las obras completas de Rimbaud, y volveré a decirme que la poesía es magia y un misterio, y que como un ángel díscolo, no siempre se posa en la página y no ilumina todos los escritos ni habita en todos los juegos de palabras.

23 de noviembre de 2017

La profesión de Don Quijote

Don Quijote de la Mancha debe ser la mejor novela del mundo, y si alguien lo duda será porque algún sabio encantador, enemigo del caballero, ha trastocado la realidad como por encantamento y no permite apreciar esa gran verdad.

Y tal vez no sólo es la mejor novela jamás escrita, sino también la más divertida. Y también la más elusiva, en la que todo está claro y a la vez no lo está. ¿Acaso don Quijote estaba loco? Si lo estaba padecía una extraña locura, pues sólo se manifestaba en lo relativo a la andante caballería, y luego mostraba un juicio, prudencia y aún sabiduría admirables.

Tal vez estaba cuerdo y fingía locura, lo cual lo convertía en un actor, en alguien que representaba el papel de caballero andantes para imponer su ley y vivir aventuras lejos de casa. Y así fuera, entonces también Sancho representa un papel, pues sabe que su amo no es un caballero andante, sino su vecino e hidalgo Alonso Quijada o Quesada o Quijano, que también con su nombre hay dudas y versiones.

¿Y cómo explicar, entonces, a los otros personajes que se hacen pasar por princesas y caballeros andantes que le siguen el juego a don Quijote? Los cervantistas saben que esta novela se complica a cada lectura y surgen nuevas preguntas de difícil respuesta. La cruda realidad y las apariencias, la verdad y el engaño, la confusión y el malentendido, la locura y la razón, la representación y el teatro dentro del teatro son algunos de los temas que se extienden a lo largo de las aventuras del caballero manchego.

Marc Van Doren publicó en 1958 Don Quixote's Profession, y en 1962 salió la edición en español del Fondo de Cultura Económica. Durante muchos años fue un libro celebrado que no se encontraba por ningún lado (salvo un golpe de suerte en una librería de viejo) y que ha sido reeditado. Es una obra sugerente, de sutil inteligencia, que desmonta la novela de Cervantes para dejarla incólume, intacta en su grandeza y sus recursos.

No se trata, por supuesto, de un estudio erudito, ni de un análisis a fondo o académico como los de Américo Castro o Martín de Riquer o Francisco Rico, por mencionar a tres estudiosos. Se trata del ensayo lúcido de un crítico asombrado ante una historia que «goza la fama de ser tal vez la mejor novela del mundo».

Su lectura es provechosa sobre todo para los que ya cabalgaron la novela porque hará más rico el regusto y hará visible algunos aspectos obvios que, como tales, suelen pasar inadvertidos. Pero los que buscan un texto que les guíe y muestre dónde mirar, también encontrarán su recompensa.

La profesión de Don Quijote (FCE, Colección Popular, 31, México, 2016) es una pequeña joya, una delicia en su brevedad, su claridad, su elegancia y su agudeza para señalar algunas de las claves del Quijote.

22 de noviembre de 2017

La insatisfacción según Glenn Gould

Glenn Gould fue un pianista único, que se inscribe en una categoría o clasificación que puede llamarse de muchas maneras y tener muy diversas cualidades pero que exige una condición indispensable: en ella no puede admitirse a nadie más.

Algunas de esas cualidades pueden ser: a) el que canta mientras toca, b) el que toca en una silla tan baja que tiene la nariz sobre el teclado, c) el que desprecia el pedal, d) el que recompone la arquitectura de la obra mientras la interpreta, e) el que imprime un sonido irrepetible, f) el que hace montajes o manipula las grabaciones en busca de la versión perfecta, g) el que toca para sí mismo, h) el que logró una viveza rítmica sin par, i) el que reinventó la música de Bach para teclado y nadie nunca jamás podrá volver a tocarla como él, y j) etcétera.

Hechizado por su interpretación como tantos otros, mi asombro no disminuye con los años, y mi gozo no cesa cada vez que lo escucho; al contrario, se suman recuerdos y momentos en los que me acompañó su piano. La música también nos ensancha la vida. Ahora, mientras escucho las Variaciones Goldberg una vez más, leo una serie de entrevistas al genial músico canadiense (también era y sentía compositor) reunidas en No, no soy en absoluto un excéntrico (Acantilado, Barcelona, 2017).

Gould tenía una visión muy clara de su oficio, tenía ideas y opiniones originales y a veces sorprendentes sobre la música, compositores e interpretaciones. Era un hombre culto (los músicos no suelen serlo) y podía haber cultivado con éxito la escritura. Era un pianista genial, sí, y un intelectual de la música en el sentido más amplio y generoso del término.

A la pregunta de si la interpretación ideal es algo objetivo y reconocible, Gould responde que «depende sin duda del aura de la ocasión, e incluso de la atmósfera del mes, del año o de la época de su vida. La valoración puede variar enormemente». Es decir, la interpretación ideal se torna en un capricho, en pura subjetividad. Luego da una lección sobre la fragilidad y vulnerabilidad de la apreciación. Dice Gould:

hace algunos años hice una grabación del Concierto en re menor de Bach, y estaba muy satisfecho en aquel momento. Dos o tres años más tarde, un día estaba en mi coche y puse la radio en medio del primer movimiento de una grabación que alguien había hecho del mismo Concierto. Por aquel entonces el tocadiscos de mi casa estaba desajustado y giraba un poquito más rápido, lo que elevaba todo lo que sonaba un semitono ascendente, y hería mi oído absoluto; al mismo tiempo, le añadía un elemento de brillo nada desagradable, dando a las cosas un intensidad ligeramente toscaniniana. Me había acostumbrado a escuchar en mi bemol mi propia grabación del Concierto de Bach, y de pronto lo escuchaba en la radio en re menor y más lento. Empecé a preguntarme quién podía ser el intérprete. Sabía que la obra había sido grabada recientemente por X, Y y Z. Creía que lo que escuchaba era sin duda de X, ya que la interpretación tenía todas las cualidades de solidez; que yo, cuando la había grabado, había adoptado una actitud mucho más altiva respecto a la música. A medida que iba escuchando me preguntaba: «¿Por qué no puedo yo tocar con esa convicción, con esa clase de disciplina tan simple?». Estaba realmente furioso conmigo mismo. En ese momento llegó el segundo movimiento, y me dije: «¡Qué tempo tan maravilloso!». Luego percibí dos apoyaturas tocadas ampliamente antes de tiempo, mientras que la nota real no aparecía a la mitad del pulso sino en los tres octavos del tiempo. No conocía a nadie que hiciera eso con Bach salvo yo. Reconocí de pronto que lo que se oía por la radio era mi propia grabación y de inmediato comencé a encontrarle todo tipo de fallos. 

Esta cita es también un autorretrato del propio Gould, de su genio, de sus manías (excentricidades) y obsesiones, de su erudición, de su fascinación por la música grabada y un acabado ejemplo de la eterna insatisfacción de los grandes artistas.

Buscamos la objetividad porque no es posible alcanzarla en estado puro, como la felicidad o la sabiduría, y si podemos ser injustos con la obra y acciones de otros, no es difícil perder del todo el rumbo al valorar las propias. Suele imponerse una expresión vanidosa y distorsionada del ego o una crítica feroz que hiere la autoestima.

La valoración que tienda al justo medio, al equilibrio, lo sabía Gould, no es para los genios. Por razones técnicas desconoció su propia versión, que halagó y envidió hasta que descubrió que era suya. Entonces la despreció. Ah, la valoración injusta, el ego, la crítica despiadada, la insatisfacción.

24 de septiembre de 2017

Los relatos de Boris Vian

Boris Vian fue un artista fuera de serie, un mito del París de la posguerra cuya leyenda se hace más intensa con el tiempo. Es sorprendente todo lo que hizo, y lo bien que lo hizo todo. Fue ingeniero (eso no importa en su vida), cantante, trompetista de jazz, locutor, productor de discos, locutor, escenógrafo, inventor, traductor y escritor. 

Vivió tan rápido que pareciera que le quedó muy poco por hacer en este mundo, aunque sólo estuvo aquí treinta y nueve años. Si alguien quisiera inventar a un personaje como Boris Vian resultaría una especie de monstruo, insufrible, increíble e inverosímil. Otro atributo del gran Vian: es inimitable.

Noticia para lectores: El lobo-hombre (Tusquets) es una colección de trece relatos. Todos distintos, revelan una faceta de Vian, modelo de creador sin pausa, de artista total, de innovador incesante, siempre en busca de algo nuevo, en busca de hallazgos y a veces de respuestas. 

Este libro es un muestrario de propuestas estéticas, una celebración de la imaginación, un paseo por las tendencias de la literatura francesa de su tiempo. Se gozan mucho más si se leen a deshoras: en la oficina, de madrugada, bajo un paraguas en pleno aguacero, en un coche a alta velocidad...

“El lobo-hombre”, el cuento que da título al libro, es un ejercicio de imaginación. Todos sabemos del hombre lobo, pero qué tal que un día un lobo se convirtiera en hombre. El resultado fue más o menos agridulce, por no decir, amargo, y es que no resulta fácil ser hombre para un lobo (en realidad, no resulta fácil ser hombre), y sobrevivir entre los hombres.

Aquí historias de ladrones y niños perversos, de personajes absurdos, de prófugos de la policía o la justicia, que no siempre es lo mismo, de músicos de jazz que van a tocar una noche, de un taxista que encuentran en la noche a una mujer de armas tomar por decir lo menos, de una chica suicida que tal vez busca otra cosa y provoca una desgracia, de fiestas absurdas con personajes desquiciados, de chicas que les gusta gozar entre ellas (otro adelanto de Vian, sin duda) y gozan maltratando a un hombre, y de una máquina que se aprende una enciclopedia, es inteligente, sensible, con iniciativa y violenta: se rebela contra el hombre porque se han enamorado de la chica de su creador: el lado más oscuro de la temible inteligencia artificial, y conste que son escritos de 1950. Son el otro lado de la grave literatura francesa en tiempos de compromisos estalinistas y existencialismos sartreanos. 

Divertidos, ligeros, intensos, audaces, profundos, irreverentes, crueles y desbordantes de sentido del humor, estos relatos son una fiesta. Son transgresores, son de Boris Vian. Y eso es decir mucho. De despedida, una oración perfecta e incorrecta, inolvidable, luminosa como un relámpago: «Aun a riesgo de escandalizar, confieso que una mujer con falda es algo que no me ofende.»

14 de septiembre de 2017

Skyline

No puedo imaginar a la ciudad de San Francisco sin el Golden Gate. El puente es parte de su identidad, y parece tan natural como la bahía y las colinas que la circundan. Uno podría jurar que siempre ha estado ahí. Veo una foto vieja antes de que fuera construido. Algo falta. San Francisco ya no sería el mismo sin el puente, que pareciera que salta de una orilla a la otra, imponente, con la gracia de un gato.

Tampoco puedo imaginar París sin la torre Eiffel, ni a Pisa sin su torre inclinada (que ha ganado unos centímetros de verticalidad), ni a Londres sin la torre del Parlamento y el Big Ben, ni a Florencia sin el Duomo. Lugares comunes, el centro mismo del tópico, visitas obligadas para turistas. Casi cualquier ciudad tiene un edificio o un monumento emblemático, y no sé cuál podría representar a la Ciudad de México, tal vez la vetusta torre Latinoamericana.

Si el Empire State es el modelo de los rascacielos, las torres gemelas tenían un lugar privilegiado (estaban en uno así) en la línea del horizonte y la memoria colectiva de Nueva York. No puedo imaginar San Francisco sin el Golden Gate, y busco como contrapunto dos fotos de la skyline neoyorkina: antes y después del 11 de septiembre de 2001.

El puente se integra al paisaje, se incorpora a la naturaleza y a la neblina; los rascacielos son pura vanidad, monumentos al dinero y alardes de ingeniería. El puente es una celebración de las artes plásticas y la imaginación: un atleta de acero. Los rascacielos son la obscena verticalidad, simplones gigantes hacinados que ensucian el horizonte. El magnífico puente de Brooklyn tiene la solidez de un viejo roble, tan clásico y literario, tan cinematográfico, y ha sido testigo de tantas historias, que merecería ser el protagonista de una buena novela.

Una anécdota o un relato que terminará por ser una leyenda de Nueva York dice que un viejo y un joven miraban desde New Jersey la skyline de Manhattan. El joven echa de menos las torres gemelas. «Sin olvidar la muerte y la destrucción, los ataques terroristas me quitaron el paisaje de mi infancia. Desde que nací las torres estaban ahí», dice. Y el viejo le responde: «Es curioso lo que dices. Sin olvidar la muerte y la destrucción, los ataques terroristas me devolvieron el paisaje de mi infancia. Cuando nací, las torres no estaban ahí.» Todo cambia. Al levantar la vista, alguien mira que las nubes pasan, y también cambia el paisaje del horizonte o la frágil línea del cielo.

11 de septiembre de 2017

Literatura y terremoto

Comenzó como una leve sospecha, una ocurrencia sin importancia. Luego, volví a pensar en ella como una pista a seguir, un tema de conversación, algo que tendría juego para otra cosa, tal vez un apunte como este. La hipótesis, por así llamarla, dice que existe una novela o un cuento sobre cualquier tema o circunstancia. Una obra literaria de gran calado se ha ocupado de lo que la imaginación ofrezca y la realidad imponga.

Existe la novela de un hombre que se siente caballero andante, y otra de un guerrero astuto que pasa años entre aventuras que le impiden volver a su casa. Tenemos novelas de amores contrariados, de amores juveniles y seniles, de incestos y adulterios, de curas con problemas de conciencia, de policías que son ladrones, de un hombre que su suicida por no soportar la genialidad artística de otro, y la novela de un viejo que seduce jovencitas, otro que duerme con niñas sedadas, y la de un hombre que quiere dejar de fumar.

Tenemos la novela de un hombre que no puede dormir, otro cuenta su vida desde antes de su nacimiento, otro se hace viejo ante su retrato, y otra novela se ocupa de la especulación inmobiliaria. Historias de cazadores de ballenas y sobre perros y gatos y caballos. Historias de viajes y aventuras sin fin.

Tenemos novelas de naufragios, de historias callejeras, otra de un hombre que anda por una ciudad como en el Mediterráneo. Tenemos novelas de épicas de héroes, de avaros y mentirosos, de mujeres casadas confundidas, de genios matemáticos y de memorias y recuerdos. Vidas de emperadores sabios y de locos y celosos. Historias de guerras y de imperios y de fundación de ciudades, historias de una familia y de una casa, de un hombre que va a un pueblo donde todos están muertos a buscar a su padre.

Incluso hay series, la colección de novelas sobre dictadores que envejecen lentamente podridos en su miseria moral y la corrupción del poder. Y claro, también sobre lo que no es posible, máquinas fantásticas, seres de otros mundos y viajes intergalácticos. Existe, me parece, una novela o un cuento sobre todo lo posible y lo imposible. Existe una novela sobre cualquier tema. La lista es finita, pero innumerable: son todas las novelas del mundo.

Volvió a temblar con furia en la Ciudad de México. Al otro día, aquella hipótesis dio un giro. Las fuerzas telúricas la ponían a prueba. El terremoto de 1985 dejó crónicas y testimonios muy valiosos, pero no obras mayores. ¿Existe alguna gran novela sobre un terremoto, o al menos un buen cuento? Yo no los conozco. La hipótesis se puso a temblar: se vino abajo.

Le comenté el punto a Carlos Azar, que pareciera que ha leído todos los libros y que lo sabe todo sobre ellos. Sucede que tiene tantos, que no caben en su casa, por lo que lleva en su coche (en el asiento trasero, en el suelo, en la cajuela o maletero), algunos cientos más que lee mientras conduce por toda la ciudad. Otros tuvieron la dicha de visitar la antigua Biblioteca de Alejandría, pero he visto la impresionante biblioteca móvil en el pequeño Peugeot de Carlos Azar.

Carlos, en cuanto escuchó la hipótesis dijo: «Voltaire escribió sobre el terremoto que destruyó Lisboa en 1755.» Es cierto, lo hizo en Cándido, y en Poème sur le désastre de Lisbonne (Poema sobre el desastre de Lisboa), y las réplicas filosóficas llegaron hasta Kant, que también se ocupó de aquel terremoto que devastó y acabó con la capital de Portugal.

Tal vez la filosofía no es literatura, o no siempre lo es, pero ya teníamos dos o tres textos sobre el tema. Luego, Carlos me escribe: «Haruki Murakami tiene un libro de relatos que se llama Después del terremoto.»  La hipótesis, entonces, abollada, pero resurgía de sus cenizas. Tal vez la literatura se ha ocupado de todo, no ha dejado nada fuera de su celebración sin fin, pero me falta la novela sobre un terremoto.

No me extrañaría que un día un lector o alguien que aún no conozco me hablé de ella, de sus virtudes y me dé noticias de su autor. Pero no me sorprendería que fuera Carlos Azar quien confirme la sospecha de que existe una novela sobre un terremoto, y confirme la sospecha de que existe una novela de gran calado sobre cualquier tema que sea posible imaginar y fijarlo con palabras.

30 de agosto de 2017

Vuelta a Cien años de soledad

Después de muchos años, he releído Cien años de soledad. Descubrí página a página, de sorpresa en sorpresa, que no recordaba casi nada, lo cual fue muy útil para una lectura fresca y dichosa. Comprobé que Montaigne tiene razón: la función de la memoria es olvidar.

Sucumbí ante la imaginación desatada, los prodigios y las trampas tendidas, a la tensión que aumenta con el paso del tiempo en la novela. Vislumbré algunas claves y trucos de la «carpintería secreta», la sabiduría narrativa de García Márquez. Y con todo algo arrojaba una sombra en la dicha de mi lectura.

Soy poco afecto a la fantasía, a la ciencia ficción, al realismo mágico, y aunque no son lo mismo ni funcionan igual, me despiertan más o menos la misma suspicacia, las mismas sospechas. Algunos libros célebres se escapan de mi entendimiento y mi alegría lectora.

No soy entusiasta de los pasajes donde, por ejemplo, un cura «andaba tratando de probar la existencia de Dios mediante artificios de chocolate.» No puedo entender (ni aceptar así nada más) que alguien levite por tomar una taza de chocolate. Me contradigo, y aunque tampoco me lo creo, encuentro irresistible el personaje y la ascensión de Remedios, la bella: «la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma».

Las últimas cien páginas, cuando la novela se va cubriendo de la tristeza y la melancolía y la desgracia del final, son las más bellas. Y tal vez en ellas rigen menos los pasajes de realismo mágico que, para decirlo con Onetti, podemos llamar milagros.

Hace unos años, Alessandro Baricco, con imaginación y audacia, hizo una intervención de la Ilíada. Por un lado respetó los hechos y personajes del poema homérico, y por otro hizo cambios relevantes en el punto de vista y, sobre todo, sacó a los dioses del texto, los mandó al monte Olimpo porque nada le ofrecen a la humanidad de hoy. El texto fue un éxito en lecturas públicas, y el libro, Homero, Ilíada, gana, además de críticas duras, algunos elogios y lectores.

De pronto, hacia el final de la lectura, pensé si sería posible intervenir Cien años de soledad, al menos como ejercicio o experimento, y liberarla de los milagros del realismo mágico. ¿Qué quedaría?

A medio siglo de publicada, ya es un clásico entre los clásicos del siglo XX y de nuestra lengua. Es una obra portentosa que resiste cualquier lectura, que soporta cualquier comentario e interpretación. Si perderse, olvidarse o desaparecer es «el destino natural de la literatura», esta novela lo hará al final, en un futuro que no podemos imaginar porque será el final de otros muchos logros de la civilización o la civilización misma.

Sí, así será. Pero, ¿cómo sería Cien años de soledad sin los milagros, cómo sería Macondo y la estirpe de los Buendía sin curas que levitan con una taza de chocolate?

29 de agosto de 2017

Confidencias de un taxista

Llegué al sitio y el único taxista me dijo que tenía un servicio programado y no podía llevarme. No había otro coche. Estaban a punto de suceder dos cosas: la noche y la lluvia. Esperé. Supuse que en cualquier momento llegaría otro taxi. Cuando al fin abordé uno, era noche cerrada y el aguacero era implacable.

En cuanto tomamos rumbo, el chofer se disculpó: «No lo quiso llevar por irse a ver el futbol. Así son, los conozco, no les gusta trabajar, algunos compañeros del sitio son una vergüenza, de pena ajena.» Era un hombre mayor, algo triste y gruñón. «Mire usted, yo soy el más viejo del sitio, soy diabético y perdí una pierna, y soy el que más trabaja. No tienen perdón.»

Entonces, en el anonimato del taxi y la noche y la lluvia me habló sin desesperación un hombre desencantado. «Perdí la pierna izquierda, me la comió la diabetes. Tengo una prótesis que me molesta, me duele, tienen que cambiarla, pero no tengo dinero. Procuro cuidarme, pero es difícil porque vivo solo. Bueno, de vez en cuando me como una pieza de pan de dulce, que me encanta. Si un día salgo de casa y no tengo dinero, me pongo a trabajar y en una hora ya tengo para desayunar. Este es un negocio muy noble. El coche es mío, y ya da problemas, pero me ha servido. En una hora más ya tengo para la gasolina, entonces a trabajar todo el día.

»Mis hijos ya están grandes, y hacen su vida. Sólo mi hija medio se ocupa de mí. Es normal, está casada, tiene su familia. Mi mujer me abandono. Me dejó. Después de casi treinta años de matrimonio. Empezó con que quería trabajar... yo no quería. Y así estuvimos, batallando, como dos años. Hasta que le dije que sí, que se fuera a trabajar. Al rato ya andaba con otro, y me pidió el divorcio y se fue. Así, se fue.

«Casi le diría que ya sabía lo que iba a pasar. Y pasó. Ahora vivo solo, y no es fácil. Me cuesta mucho ordenar la casa, mi ropa. Como fuera todos los días, en cualquier fonda, según el rumbo y el hambre. Sólo paro un rato para comer, o para acomodar una prótesis, que me molesta. Ya tengo que cambiarla. Estoy batallando para cuidar la otra pierna. Ahí la llevo. Por eso me enojo con esos flojos que no quieren trabajar. Son jóvenes, están sanos. El coche es automático, y ya está viejo, ¿de dónde voy a sacar para otro? Y si pierdo la otra pierna, ¿se imagina?»

El trayecto fue largo, lento. Lo escuché con gravedad, traté de ser digno de esas confidencias.  Al llegar por fin a mi casa, el taxista no terminaba de contar sus desventuras. Ya había pasado el aguacero. Cuando al fin me bajé del taxi, una verdadera carcacha, le di mis mejores deseos, y le dejé en porcentaje la propina más generosa de mi vida.

25 de agosto de 2017

El rey piloto

Los niños sueñan despiertos sobre lo que les gustaría hacer de mayores. Suelen decir: «Quiero ser futbolista, bombero, astronauta...» Elegir el oficio o profesión que se ejercerá es una tarea dura y complicada, que desvela a los jóvenes, a los que tienen la opción de elegir. Es frecuente que no se tengan las aptitudes, los atributos, los recursos o el talento necesarios para cumplir el sueño que enciende eso que llamamos vocación.

El caso de Guillermo Alejandro es singular. Nacido para ser rey de Holanda (Países Bajos), combina sus deberes reales con su pasión: piloto de avión. Dos veces al mes, el rey de los holandeses, más o menos de incógnito, se pone su uniforme y se sienta en la cabina de un Fokker 70 y encuentra su realización profesional cuando toma el micrófono y dice: «Señores pasajeros, buenos días, les habla el copiloto... » No da su nombre, no revela su identidad, habla en nombre del capitán y la tripulación, pero sabe que muchos pasajeros reconocen su voz.

Dos veces al mes, el rey Guillermo Alejandro sale del palacio real a pilotar un vuelo no muy largo en alguna ruta europea. Tal vez se despide de su mujer y sus hijas como cualquier otro hombre que se va a trabajar: «Nos vemos en la noche, en la cena. Denme un beso, que me voy a volar.»

Guillermo Alejandro es piloto militar en el 334 escuadrón de transporte del Ejército del Aire holandés y coronel de la Fuerza Aérea, pero eso es parte de su educación de príncipe. Otra cosa es pilotar por gusto desde hace más de veinte años aviones de KLM, la compañía real holandesa de aviación: para algo le vale ser el rey de Holanda.

Cuando empezó a volar era el príncipe heredero, la fascinación por volar era un gusto de juventud, pero como monarca, y con cincuenta años bien cumplidos, sigue fiel a su vocación. Por supuesto, «volar es fantástico», «es una experiencia apasionante», «lo encuentro muy emocionante», «me ayuda a relajarme», pero tal vez hay algo más.

¿Por qué volar aviones grandes, en vuelos comerciales, si podría pilotar su propio avión, un jet ejecutivo? ¿Por qué asumir esa responsabilidad y el régimen laboral al que están sujetos los pilotos. ¿No tiene el rey de Holanda las obligaciones y los problemas de un jefe de Estado?

No sé a cuántos niños holandeses les gustaría ser rey de su país, pero sé que a Guillermo Alejandro no le basta con serlo, necesita mirar la Tierra desde diez mil pies de altura, la emoción de volar, sentir la tensión absoluta de despegar y aterrizar, de moverse por el mundo. Está claro que su condición de rey es un accidente; su sueño, su vocación es ser piloto, mirar entre las nubes el intenso azul del cielo.

Es un rey atípico, por supuesto. No le basta su condición real por nacimiento, no le satisface del todo haber heredado el trono. No le basta la corona para ser feliz. Y tampoco basta ser futbolista, médico, bombero, detective privado o ingeniero para alcanzar la realización profesional. Tal vez la plena felicidad vocacional, aquello que uno haría sin recibir una remuneración, como la vida, está casi siempre en otra parte.

24 de agosto de 2017

La poesía en la oficina

Leo poesía en la oficina. Desde hace unos meses leo un poema o unas cuantas páginas por día. Suelo hacerlo al volver de comer, para sacudirme el tedio y romper la inercia oficinesca, que tanto me pesa algunas tardes. No dejo de celebrar mi iniciativa. Ya agoté las obras de Ramón López Velarde, y paso a paso, en varios meses, leí una edición bilingüe de Hojas de hierba de Walt Whitman. El siguiente paso, claro, era Neruda, y poco me falta para acabar Canto general.

Así como los ahorradores guardan cantidades considerables al paso del tiempo, recuerdo las páginas leídas y lo provechoso que ha sido dedicar unos minutos de cada día a un poeta. A veces me basta unas líneas, un verso, para iluminar la tarde, para enfrentar en escorzo y por lo tanto desde otra perspectiva el trabajo de la oficina, que puede ser tan llano y estéril.

Tiene razón Witold Gombrowicz cuando dice que en las lecturas públicas de poesía nadie entiende nada, por la simple razón de que hace falta tener ante los ojos el poema, y leerlo dos, tres, cuatro veces para que florezca, se abre y nos comparta algunos de sus secretos. En los recitales, en esas lecturas, el poeta lee y el público está cazando el punto final para precipitarse en un aguacero de aplausos.

De la primera lectura casi siempre sólo queda el relámpago de algunos versos que con frecuencia tienen la contundencia de los efectos especiales en el cine. Pero hace falta volver al poema, abrirlo, oírlo, sopesarlo, calcular su ritmo, su peso atómico y sus propiedades químicas, la resistencia de su materiales para conocerlo y gozarlo. Entonces, el efecto de aquel verso se opaca un poco, pierde brillo, impresiona menos.

Leo un poema, una página, en unos minutos, y el medio se enriquece, la dinámica se torna más amable, el ambiente se humaniza. El aire y la luz se iluminan de poesía. Se produce un efecto estimulante. He encontrado un recurso eficaz y poderoso para sobreponerme y aligerar las tardes de oficina.

La poesía, aun la menos cercana o estimada, siempre ofrece recompensas, con frecuencia inesperadas. Pronto terminaré el libro de Pablo Neruda, y he decidido leer poemas de largo aliento, portentosos, inagotables, enormes y admirables como catedrales. He pensado en la Eneida, la Divina Comedia, el Libro de buen amor. Creo que la siguiente lectura será El paraíso perdido de Milton. Se antojan perfectos para gozarlos poco a poco en la oficina.

11 de julio de 2017

Dos lecciones

Leo en El mundo de Homero, Pierre Vidal-Naquet:
«Ulises desemboca en el país de los lotófagos, los comedores de loto. Un fruto que anula la memoria y el deseo de regresar al hogar. La memoria es propia del hombre, Ulises no come lotos.» La memoria lo hace hombre. ¿Qué le habría dicho Proust?

De la misma fuente, otra lección de Ulises:
«Calipso le ofrece, aparte de su lecho, lo que podríamos llamar la naturalización divina. Ulises la rechaza, opta por recuperar a Penélope, por seguir siendo hombre. Esa lección de humanidad es lo que da sentido a todo el poema.»

Ulises quiere seguir siendo hombre, y para serlo necesita conservar la memoria y a su mujer. Dos lecciones impecables en dos rechazos, en dos actos que podrían ser dos detalles al margen que no sería difícil dejar a un lado en una lectura apresurada. Los matices de la personalidad del héroe son muchos y profundos, y no menos asombrosos que las pruebas.

Reconozco el trabajo atento del erudito. Me admira la astucia del héroe. Me asombra la sabiduría del aedo, del enorme el poeta.

18 de mayo de 2017

Una muerte feliz

Bruce Hampton se desplomó en el escenario del Fox Theatre de Atlanta durante el «Hampton 70: A Celebration of Col. Bruce Hampton», el concierto-celebración de sus setenta años. Dice Jeff Sipe, baterista de la banda, que cerca del final de su presentación Hampton cayó con el micrófono en la mano mientras tocaban «Turn On Your Love Light».

La banda siguió tocando hasta que alguien se dio cuenta de que la caída de Hamtpon y su quietud no eran otra de sus bromas. Murió poco después en un hospital. Cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando, nos advierte Jorge Manrique.

Llamado el Coronel, Bruce Hampton era un cantante, guitarrista, compositor y líder de su grupo, el abuelo (granddaddy) de la jam-band scene. No es aventurado ni frívolo afirmar que, además, fue un hombre afortunado. Dante y Solón ya sabían que el término de la vida de un hombre puede fijarse en los setenta años.

Heródoto narra en Clío (lo he recordado ya en otro apunte) la respuesta de Solón, sabio y legislador ateniense, a Creso, el vanidoso y engreído rey de los lidios. Creso quería que el sabio lo llamara el más feliz de los hombres porque tenía poder y riquezas. Solón, prudente y con ateniense pesimismo, le dijo que de los poco más de veinticinco mil días que es el término de la vida humana, no hay uno idéntico a otro y que la vida es una serie de calamidades, por lo tanto no puede llamarlo feliz ni dichoso hasta que no concluyan sus días. El infortunio puede estar al acecho, por ello mientras no se sepa cómo muere un hombre, es prudente suspender el juicio y no llamarle feliz o dichoso pues se ha visto desmoronarse la fortuna de los más favorecidos.

Es preciso hacerlo, pero hay maneras de morir. Si alguien se libra de la violencia de los hombres, del infortunio, de los sucesos lamentables, de la larga enfermedad, del dolor y la agonía, sin duda se trata de alguien inmensamente dichoso.

No sé quién era el Coronel Hampton, nunca he escuchado su música; no sé nada más de él, salvo que era uno de esos bienaventurados. No puedo imaginar para un músico una mejor muerte, más dulce, que caer súbitamente fulminado en el escenario mientras cantaba y tocaba, ejerciendo su oficio, entre los suyos, arropado por su público, en el concierto que festejaba sus setenta años. Fortuna le sonrió y lo libró del dolor, de la lenta y progresiva disminución de facultades, de estar atado a una cama, de la pérdida paulatina de la vida.

Todo sucedió en un instante, cómo se viene la muerte / tan callando. Dichoso él. Jeff Sipe, el baterista, él último en verlo a los ojos, cuenta que el Coronel lo miró y le sonrió justo antes de caer sin sentido: «Creo que sonrió para despedirse», dijo. Yo no tengo ni la menor duda; estoy seguro de ello. Sonrió para despedirse al mirarla de frente y comprender en el último relámpago de lucidez que tendría una muerte feliz.

18 de abril de 2017

Vidas paralelas

Tal vez la Luna y una puesta de sol no puedan ser miradas de la misma manera por dos hombres. Y seguramente no hay dos que entiendan exactamente lo mismo por universo, justicia, belleza, arte o amor. Explicarse los misterios de la noche y el sentido de la vida son atributos de cada individuo de la especie, y las diferencias pueden ser notables. Ya lo advertía Alfonso Reyes: «No sé si el Quijote que yo veo y percibo es exactamente igual al tuyo, ni si uno y otro se ajustan del todo dentro del quijote que sentía, expresaba y comunicaba Cervantes.»

La experiencia vital de cada hombre es única e irrepetible, sin embargo, a veces las condiciones externas, las vicisitudes y el destino de dos personas guardan sorprendentes semejanzas. Entre más alejadas entre sí, más asombroso nos parece lo que tienen en común dos trayectorias vitales o, para decirlo con Plutarco, vidas paralelas.

Martín Ramírez (1895-1963) y Carlo Zinelli (1916-1974) tuvieron vidas semejantes, en las que algunos hechos esenciales son idénticos. Ambos trabajaron en el campo. Martín fue un agricultor de Jalisco que, como tantos otros, se fue de México a trabajar a los Estados Unidos. Carlo Zinelli, que provenía de una familia pobre, de los alrededores de Verona, fue pastor.

Ramírez cayó en una depresión profunda por las confusas noticias sobre la guerra cristera (destrucción del patrimonio, persecución y disolución de su familia). Zinelli fue soldado de Mussolini, estuvo entre las tropas italianas en España, donde sufrió un desequilibrio mental.

Ramírez, desempleado, durante la depresión del 29, vagaba por el norte de California en lamentable estado físico y mental. Fue arrestado y llevado a un hospital psiquiátrico; le diagnosticaron esquizofrenia aguda. Zinelli, al fin de la segunda guerra mundial, fue ingresado al manicomio de Verona; le diagnosticaron esquizofrenia incurable.

Ramírez comenzó a dibujar unos años después de estar en el psiquiátrico. Era completamente autodidacta; pronto el dibujo se convirtió en la actividad central de su vida. Se dedicaba, dice Víctor M. Espinosa, su biógrafo, a «fumar y a producir copiosas cantidades de arte». Zinelli, también autodidacta, empezó a dibujar en el psiquiátrico; «fumaba sin quitarse el cigarrillo de la boca», escribe Antonio Muñoz Molina.

Ramírez asistió en el psiquiátrico a un taller de cerámica, donde encontró estímulo para crear. Tarmo Pasto, pintor, profesor de arte y psicología se dio cuenta del talento de Ramírez y le procuró material: papel, lápices, colores. Un escultor danés, internado para desintoxicarse, descubrió el talento de Zinelli, que hacía dibujos en la cal de las paredes, y contribuyó a que se instalara en el manicomio un taller de arte. Ahí Zinelli encontró estímulo para dibujar, y cuadernos, lápices, colores, tinta y pinceles.

Ramírez era un solitario, casi no hablaba; nunca aprendió bien inglés y vivió aislado en el psiquiátrico, rodeado de gente que no entendía y que no lo entendía; vivía encerrado en un medio (una sociedad) que no comprendía. Dibujar y dibujar, hacerlo sin fin, era su manera de estar en el mundo. Zinelli, también fue un solitario, «se fue encerrando en un mutismo interrumpido por murmullos, repeticiones de palabras, fragmentos tarareados de música» que no paraba de dibujar.

Los dibujos de Ramírez tienen un lenguaje propio y variedad en la composición «a pesar de que todo gira obsesivamente en torno a los mismos temas: jinetes armados, trenes...». Los dibujos de Zinelli «incluyen rifles, locomotoras humeantes, uniformes azules de soldados... con un estilo sintético, con multiplicaciones y repeticiones, con la compulsión del trastorno...».

Martín Ramírez y Carlo Zinelli son considerados notables dibujantes autodidactas, cada uno con una propuesta estética firme, de gran originalidad, que descubrieron su talento y se entregaron a su arte en manicomios. Los dos se pasaron la mitad de su vida encerrados, y murieron en hospitales psiquiátricos.

Los dos dejaron una obra enorme: terminaban un dibujo y comenzaban otro, con impecable constancia. Zinelli hizo más de tres mil dibujos. De Ramírez no se sabe cuántas piezas se conservan, por la dispersión de su obra, y porque durante mucho tiempo el personal del hospital le recogía y destruía sus obras, pero a pesar de ello son varios cientos de dibujos, muchos en gran formato.

Los dibujos de Ramírez y Zinelli pueden ser considerados como arte outsider o arte marginal, si lo entendemos, como dice Gabriela García, como «creaciones que escapan a contracorriente, a la homogeneización del Arte. Sus protagonistas son personas, principalmente autodidactas, que experimentan una necesidad irrefrenable de crear».

Las creaciones de Martín Ramírez y Carlo Zinelli se montan en museos y galerías de muchos países (ambos han tenido su propia exposición en el American Folk Art Museum de Nueva York), y estimulado por sus leyendas, su fama crece y sus obras se cotizan en precios exorbitantes en el mercado mundial. 

10 de abril de 2017

Los coleccionistas

Siempre estarán insatisfechos. Ese es su sino y condición ideal. Tal vez su insatisfacción es la motivación mayor, el encanto del juego, de su pasatiempo y a veces de su pasión. ¿Qué coleccionista no pierde el sueño y la serenidad ante una pieza rara, única, que en ningún otro lado estaría mejor que en su colección?

No me refiero a los puntuales compradores de objetos de una clase que se encuentran en cualquier parte. No me refiero a una serie de gatos o búhos de cerámica o madera o de cualquier otro material que se hacinan en una repisa o una mesa.

Pienso en el coleccionista como un cazador que está siempre al acecho de la pieza que falta. Un buscador astuto como un felino hambriento que acecha a su presa. Alguien que anhela piezas que sabe tan difíciles de conseguir que pareciera no existieran. Un recolector selecto, que limita los alcances de su colección, que la orienta, la refina, y termina por hacer de ella una obra maestra.

Ese coleccionista necesita algo más que dinero. Hace falta una pasión implacable, como todas ellas, un conocimiento profundo adquirido por la experiencia y el estudio, por los viajes y el azar. Sabe que una colección no son todas las piezas posibles sino las mejores o representativas, las raras, los ejemplares únicos de un periodo histórico o un país.

Por supuesto que hay colecciones extensas de gran valor. La diversidad y el número las hacen estimables y pueden encerrar, por ello, un valor histórico y didáctico. Pero sin criterios fijos, sin límites estrictos, cualquier pieza cabe en una serie sin pies ni cabeza.

El coleccionista selecto, el que quiere una colección cerrada porque tal vez no habría más piezas para esa colección finita, limitada, y que completarla puede ser una misión imposible o el objetivo que le da sentido a una vida.

Un coleccionista es, en sentido recto, alguien que busca algo en la vida y no cesa de buscarlo. Conozco a un coleccionista que sabe que su colección nunca estará completa. Y como si fuera un rompecabezas al que le falta una pieza, todas las demás le dan contorno y sentido a la pieza que falta. Todas las demás remarcan y señalan su ausencia.

Confío en que el coleccionista no encuentre nunca lo que busca. Conseguir esa pieza es su mayor deseo, y verlo satisfecho sería como poner en su sitio ese trozo de cartón perdido en el rompecabezas; lo dejaría sin propósito. Una colección completa pierde sentido, como un álbum que tiene ya todas las estampas después de que la mirada satisfecha recorre sus páginas.

Esa colección puede ser admirable, y digna de un museo, pero ha perdido su encanto, su razón de ser, el supersticioso encanto de provocar insomnio y despertar emociones intensas.

Una colección mientras está en formación, incompleta, puede arrebatar a su creador hasta lo inverosímil. Por completarla, puede empeñar tiempo, esfuerzos y una fortuna. Luego, al completarla, si eso es posible, implacablemente, la colección pierde interés.

A la satisfacción de la obra concluida la desplaza una implacable sensación de vacío. ¿Qué puede hacer o desear un coleccionista si no entregarse al aburrimiento y el hastío cuando ha concluido su empresa y ha conseguido la última pieza?

5 de abril de 2017

El hombre que empolla huevos

Abraham Poincheval, francés, de cuarenta y cuatro años, es un profesional de las ocurrencias, las bromas y, de vez en cuando, los escándalos. Se siente muy orgulloso de sus pequeñas hazañas, que deben ser muy redituables, como pasar una semana en un agujero bajo una piedra de una tonelada de peso, otra semana en una plataforma a veinte metros de altura o dos semanas en el interior de un oso disecado. Sin embargo, Poincheval ha cruzado esa línea que separa el juicio de la sinrazón: se siente artista y su arte consiste en empollar hasta que eclosionen una decena de huevos de gallina.

En el Palacio de Tokio de París, centro de creación a orillas del Sena dedicado al arte moderno y contemporáneo, monsieur Poincheval se ha encerrado en una caja transparente en la que, dice: «estará en un contacto mucho más directo con el público.» Se ha provisto de agua, comida (espero que el menú no se componga de gusanitos y semillas) y de una silla con un hueco y un sistema para empollar los huevos veintitrés horas y media diarias durante 21 días. En la otra media hora de cada día dejará de sentirse gallina y saldrá de la caja.

Monsieur Poincheval confía en que ese ambiente será estable y propicio para su «primera representación con seres vivos», y nos explica las causas profundas de su empeño: «Un hombre incubando huevos me interesa porque plantea el tema de la metamorfosis y el género.» Ni más ni menos.

Que un hombre pretenda empollar huevos de gallina pasa como broma, como pasaje de una novela disparatada o como gag de una película, pero no como una obra de arte en sí misma. Es necesario decirlo una y otra vez: ese acto que de artístico no tiene nada es un intento vil de otra tomadura de pelo. Y quienes se acerquen al gallinero de monsieur Poincheval deberían saber que ver a un hombre pretender empollar huevos es un acto grotesco, absurdo, morboso, y que tal vez ya se han contagiado de esa extraña cepa de vesania aviar.

Si esto no es una gran boutade, en el nombre del Hombre y los más altos valores del humanismo crítico confío en que monsieur Poincheval recibirá la atención que merece. Antes que en una caja transparente a empollar huevos, debería encerrarse en un frenopático (sería su consagración, su obra maestra). Esperemos que la ciencia, en particular la medicina y la psiquiatría, puedan ayudarlo. Que así sea.

3 de abril de 2017

Una cena de negocios

En un restaurante pequeño, con discreto encanto, en el que cenaban parejas y familias, un hombre solo esperaba en la mesa de enfrente a la nuestra. Llegaron dos más a la mesa del solitario; eran socios, podrían haber sido hermanos.

El lugar y la comida, la cena, era irrelevante para ellos. Lo suyo era una cita de negocios. Los socios-hermanos, en lo sucesivo «los vendedores» querían convencer al otro, en lo sucesivo «el comprador», de que el acto más importante de su vida era a) invertir en la empresa de los vendedores, o b) comprar esa empresa.

Los vendedores, arrogantes, le hacían saber al comprador que le estaban haciendo un favor, y cualquiera que entendiera de negocios y con un mínimo sentido de la oportunidad aprovecharía la ganga que le ofrecían. El comprador se ofendió y le dijo que no lo trataran de tonto.

Ordenaron la cena casi sin mirar la carta, tensos y con una falsa cordialidad. Hablaban en voz muy alta, y era obvio para todos los otros comensales que esa que presenciábamos no era una reunión entre amigos. Era evidente que su presencia desentonaba con el ambiente del lugar.

Cada uno de los vendedores adoptó un papel. Uno sería el rudo (el malo) y el otro el bueno (el técnico). Uno agrediría y el otro conciliaría. Mientras comían daban información, hacían números fantásticos, calculaban utilidades de ensueño, hacían pronósticos inmejorables sobre el gran futuro de su empresa. Querían engatusar al comprador. Éste dijo al fin:

«Tu empresa no vale ni la mitad de lo que dices.»
«Lo que pasa es que eres muy estúpido y no te das cuenta del potencial, no sé por qué estoy tratando contigo», dijo el vendedor rudo.
«Porque quieres verme la cara», dijo el comprador.
«Yo estoy seguro de que va a descubrir el potencial del negocio; eso haría un verdadero empresario», replicó el vendedor técnico.
 «Si tu lo fueras, harías crecer tu negocio, que no vale nada», dijo el comprador.

Mientras comían, hablaron, discutieron precios y porcentajes. Se insultaron. El comprador, fuera de sí, soltó con escándalo los cubiertos y señaló con el dedo, amenazó al vendedor rudo; el vendedor técnico concilió una vez más, ofreció una disculpa. El capitán de meseros invitó a los señores a disfrutar el momento sin gritos ni exabruptos.

La cena acabó de pronto. Ante las irreconciliables posiciones, el comprador se hartó de los vendedores o de perder el tiempo y se levantó para irse. También se pelearon por pagar la cuenta: «Yo pago. No voy a deberte nada.» «Nosotros pagamos esta vez y tú la próxima, ¿te parece?» Los vendedores también se fueron enojados.

En cuando salieron, se hizo el silencio en el restaurante. Su presencia era en verdad molesta, incómoda. En mala hora se aceptaron y casi instituyeron los desayunos, almuerzos y cenas de negocios. ¿Por qué sentarse a la mesa -un acto que representa uno los grandes momentos y placeres para convivir con amigos y seres queridos-, para comer y beber con desconocidos, con rivales y enemigos?

En un tiempo en el que todo el mundo está siempre a dieta y los más días del año se cena cualquier cosa, de pie, frente al horno de microondas, ¿por qué confundir la buena mesa con los negocios y no dejar los pleitos para los despachos de los abogados?

Pensaba que la cena había perdido dignidad y se había desvirtuado de su sentido más profundo, y justo antes de comentar esa opinión en la mesa, recordé que siempre ha sido así: un momento para la política, los negocios, los ajustes de cuentas y lo terrible. No sé si Jesús fue el primero, pero él también trató asuntos graves y trascendentes a la hora de la cena. Anunció su fin, su muerte, y dijo delante del traidor que sería traicionado.

No creo que haya sido un momento feliz la Última Cena. Sería una pena hacer de la cena la hora de las malas noticias, las disputas y las negociaciones. Muy pocos momentos pueden ser más intensos y memorables que los de una cena, una copa de vino y una buena conversación en compañía de personas con las que vale la pena sentarse a la mesa a celebrar la familia, la amistad y el amor. 

28 de marzo de 2017

Dos maridos

Jeffery Scott Lytle, de 42 años, vecino de Monroe, condado de Snohomish, en el estado de Washington, en Estados Unidos, fue arrestado por dos delitos de solicitud de homicidio. Le envió un mensaje de texto desde su teléfono celular a un asesino a sueldo (sicario es la palabra que se utiliza ahora), para solicitarle sus servicios: «Hola, Shayne, qué tal. ¿Te acuerdas que me dijiste que me ayudarías a matar a mi mujer? Pues te voy a aceptar la oferta.» 

Está claro que Lytle no disponía de la suma para contratar a Shayne, pero le ofrecía el cincuenta por ciento de lo que cobrara al seguro, cerca de un millón de dólares; en realidad a los seguros, porque da a entender que Shayne también podría matar a su hija de cuatro años. Podrían repartirse todo lo que cobrara en partes iguales.  

Lytle tenía ya un plan. El trabajo para Shayne no presentaba mayores dificultades: «Yo voy a trabajar a las cinco de la mañana. Mi mujer sale hasta las dos de la tarde, así que tienes tiempo y puedes hacer que parezca un robo fallido o un accidente.»

Pero Lytle cometió un error fatal. El mensaje no lo envió a Shayne sino a su exjefe, que lo mostró a la policía. Tras ser detenido, Lytle negó haber pedido por escrito que mataran a su mujer y su hija. Se retractó y dijo que con esas palabras del mensaje quería desahogarse su enojo luego de una discusión conyugal... el mensaje, sí, bueno, estaba en el teléfono, sólo eso, sólo estaba ahí, y no lo había enviado, quizá su hija lo había enviado por error...

No sé cuál pueda ser la pena para alguien que solicita un homicidio. No sé por qué Lytle envió el mensaje a su jefe y no al sicario. No me sorprendería que pasara una larga temporada en la cárcel o que un juez lo deje en libertad con una fianza, pero estas cosas a mí siempre me han parecido propias de las novelas policíacas y del cine.

Y puestos a imaginar la situación de Lytle, uno imagina que viaja en un coche viejo a un barrio en decadencia, que anda por calles sucias en las que hay mujeres que fuman y se ofrecen. Uno pensaría que entra a un bar o un billar, tal vez que baja unas escaleras estrechas y llega a un salón casi en penumbras, donde todas las miradas lo examinan.

El desconocido pediría una cerveza en la barra, y un tipo se acercaría y le haría saber que no es bienvenido. Entonces Lytle diría que está buscando a un amigo, a alguien que le haga un favor. Entonces, luego de dos o tres cervezas, de conversar un rato, sería invitado a una mesa del fondo o a un privado. Se llegaría a un arreglo y tendría que dejar un montón de billetes verdes sobre la mesa que nadie se atrevería a contar porque saben que no faltaría ni un dólar de la cifra convenida.

Pero al parecer ni los crímenes por encargo son así. Tal vez nunca lo fueron y uno está condicionado por el cine y las novelas. Pero solicitar dos homicidios con un mensaje de texto debería ser un delito en sí mismo, un acto ordinario y vulgar que también merecería ser castigado. 

Tal vez Lytle quede libre, con la deuda de la fianza que le impondría un juez y un divorcio garantizado, pero seguirá visitando el mismo bar de siempre los viernes en la noche porque, después de todo, no ha pasado nada.


Desde 1994, hace ya 23 años, José Luis Casaus, un viudo zaragozano de 64 años, publica en la prensa española, cada 21 de marzo, una esquela para conmemorar el fallecimiento de Elena, su mujer. En su mensaje anual, que algo tiene de parte, Casaus informa a «Elenita» cómo va la vida, y sobre todo cómo han crecido sus dos hijos. Elena murió de cáncer de pulmón cuando esos niños tenían seis años. 

Y el lector de esa colección, de esa suerte de carta, de homenaje póstumo anual, se entera de cómo han crecido esos chicos que ya tienen treinta años. Recordé Stanno tutti beene (Todos estamos bien), una película de Giuseppe Tornatore, con Marcelo Mastroianni en el papel de un viudo que recorre Italia visitando a sus hijos, cuyas vidas son un desastre, y vuelve a la tumba de su mujer para decirle, para mentirle: «Stanno tutti bene.»

No creo que sea el caso de Casaus, que hace en cada esquela una lección de brevedad, estilo y humor. En sus textos, salpicados de ingenio y referencias culturales, no faltan comentarios familiares, nombres de cantantes y canciones, trozos de poemas (hay una cita de Razón de amor, de Pedro Salinas), menciones de Neruda, Borges y Alfredo Zitarrosa, entre otros, y circunstancias que sólo Elena y Casaus podrían comprender en su sentido pleno.

Si los textos tienen gracia, su impecable constancia marital es admirable. Dice que la suya es «una tradición que pretende quitar hierro a la tragedia. Por eso hablo en las esquelas de temas serios con humor.»

No sé si Casaus se pase el año tomando notas, pensando en lo que pondrá en la siguiente esquela. De lo que estoy seguro es que no deja de pensar en Elena, y en decirle en cada mensaje lo que ha sido la vida, lo que le ha quedado de la vida sin ella. 

Jeffery Scott Lytle y José Luis Casaus son las dos caras de una misma moneda. No podían ser más distintas sus posiciones y actitudes. La vileza y la nobleza se encarnan en ellos. Lo que Lytle daría porque su mujer estuviera muerta; lo que Casaus daría porque la suya estuviera viva. 

14 de marzo de 2017

Una razón para escribir

Tal vez las razones para escribir sean menos literarias de lo que podría suponerse y más ordinarias de lo que esperarían algunos lectores agradecidos con sus autores favoritos. Frente al profesional que escribe para ganar dinero está el escritor que sabe que en el fondo la literatura es un gran juego y escribe por jugar o juega a escribir.

La combinación de las posiciones ante la escritura de esos modelos sería el feliz justo medio: jugar mientras se gana dinero, o ganar dinero mientras se escribe como si jugara. Otras posibilidades son sospechosas y aun nocivas: escribir para hacer historia, para influir en la sociedad o en el pensamiento, para ganar fama, para alcanzar poder.


El doctor Johnson nos advirtió que «nadie que no sea un estúpido [blockhead] ha escrito nunca más que por dinero», y algunos de sus discípulos, que se consideran a sí mismos profesionales de la literatura, se empeñan en el frenesí de hacer una carrera literaria (sic), y coleccionan premios, estímulos, becas, reconocimientos, recomendaciones, reseñas y críticas favorables a sus libros. 


El riesgo de esa ruta profesional hacia la gloria literaria consiste en que esos libros se deshojen y pierdan en el tiempo, y, muy pronto, mucho antes de lo que sus autores lo hubieran deseado, se vuelvan polvo, desaparezcan y se esfumen de la memoria de los hombres. Borges lo comprendió mejor que nadie: «la meta es el olvido/yo he llegado antes». 


Nada ni nadie le garantiza al autor de un buen libro que escribirá otro así. Y con la relación de las caídas y decepciones y resbalones se podría escribir una  historia alterna de la literatura.


La mayoría de los libros que se publican cada año en el mundo por fortuna no se reeditan nunca, y en un periodo breve y cruel habrán sido desechados, enmendados u olvidados. Muy pocos permanecen y encuentran lectores después de algunos años. Unos cuantos apenas son capaces de conmover a las nuevas generaciones; los que se instalan en el gusto y consideramos necesarios, admirables y ejemplares les llamamos clásicos. 


Frente a los autores que escriben por razones profesionales, están los diletantes, palabra positiva que encierra un guiño y un elogio. Dice Cortázar: «Yo siempre escribí para divertirme, y es por eso que me niego a que me consideren un escritor profesional. Siempre me consideré un aficionado: un tipo que escribe porque le da la gana y cuando le da la gana [...] Hay una especie de resistencia mental en mí a considerarme un escritor profesional, cosa que me gusta mucho, porque siempre me sentí un aficionado en todo y creo que lo seré hasta el final de mis días. Cuando me pongo a escribir un cuento, después de décadas de trabajo literario, estoy en la misma actitud desarmada e ingenua que cuando a los veinte años empecé mis primeros cuentos.» 


En la tradición hispanoamericana esas dos posiciones se pueden expresar con el binomio Onetti-Vargas Llosa. Uno es amante de la literatura, y la frecuenta y la cultiva a su antojo, sin las obligaciones conyugales del segundo, que va de marido constante, solemne y ejemplar. 


Kafka y Pessoa tienen algo en común. Para ellos la vida es lo que sucede mientras no escriben o identifican la vida con el acto de escribir. Vivir mientras se escribe y para la escritura. Tal vez para evadirse y asir la vida en el mismo acto, en el mismo instante. Si hubieran dejado de escribir, Kafka y Pessoa no hubieran sido, son inimaginables sin su escritura. Vivían para escribir, escribían como vivían. Escribían para seguir viviendo, lo hacían como respiraban, y a ninguno se le hubiera ocurrido hacer una carrera literaria. Al morir habían publicado muy poco, la mayor parte de sus obras permanecían inéditas, miles de páginas ocultas en carpetas, cajones y baúles.


Kafka no encontraba su lugar en el mundo, un hombre enfermo, un hombre-escritura. Pessoa también vivió para escribir. Veía el mundo desde la mesa del café, imaginaba voces y poéticas; desde la ventana de su habitación, su atalaya, se buscaba a sí mismo en las revelaciones de su propia escritura.


Otros muchos escribieron hasta más o menos el fin. Otros dejaron de escribir y tuvieron una vida. Enrique Vila-Matas ha reunido en Bartleby y compañía una nutrida colección de esos tránsfugas que un día, curados del extraño mal, dejaron de sucumbir a la necesidad de fijar palabras.

Salvador Elizondo escribía para escribir que escribía, hechizado por la escritura. Otros escriben para ocupar el tiempo (life time), porque les viene de muy hondo, porque piensan que el libro que escriben es necesario en el mundo.

Escribir para habitar la tarde o cultivar el insomnio, para cumplir con el destino implícito del cuaderno, para liberar la tinta, para tomarle el pulso a los deseos, para descargar un poco la memoria o la conciencia, para ser grato a los ojos de alguien, para imaginar lo que sucede en nuestra habitación y más allá de ella. Escribir para enmendar la historia, y darle vida de palabras con la imaginación a lo que no ha sucedido. Escribir con la sencillez, con la serenidad de que nada sucede más allá de la página mientras dura la escritura.

No pretendo agotar las razones. Antes prefiero imaginar que no hay ninguna. Escribir por escribir, por el don de la escritura misma. por la escritura misma. En Los hermanos Tanner, un libro de Robert Walser, encuentro la no razón que detonó este apunte: «escribir sin ningún propósito». Escribir porque sí. Sin otras razones ni motivos, sin segundas intenciones. Ejercer la escritura para mirar cómo se ordenan y acompañan las palabras. Escribir asombrado del rumbo de la escritura. 

Walser, un hombre perturbado, que pasó muchos años encerrado en un hospital, que escribía con letra microscópica en cualquier papel, en la orilla de un periódico, dice que se puede escribir sin ningún propósito. La suya es una lección impecable. Escribir por escribir. Y un día, como los bartlebys de Vila-Matas, dejar de escribir. Alguien dirá que ese fue el objetivo de un loco. Puede ser.

27 de febrero de 2017

Un viaje con Carlos Pellicer

Gabriel Zaid publica una semblanza de Carlos Pellicer (Letras Libres, febrero 2017) que de pronto, a media lectura, me ha devuelto, como un latigazo, un recuerdo lejano. Yo no había olvidado la poesía de Pellicer, ni al personaje, ni al creador de museos, lo que había olvidado es mi encuentro con él. ¿Cómo es eso posible?

La memoria es selectiva y quizá caprichosa. Tal vez no es así, pero nos sorprende e intriga tanto que Proust encontró en un sorbo de magdalena mojada en té un alud de reminiscencias en las que se fundían los recuerdos y la imaginación: la memoria involuntaria estimulada por un sabor, un olor, una imagen, y luego por la voluntad de recordar.

A principios de los años setenta, mi madre trabajaba en el recién creado Festival Internacional Cervantino. Yo esperaba impaciente el día de viajar a Guanajuato desde la ciudad de México. Al fin llegó el día y a la hora de salir hubo llamadas y más llamadas. El viaje se retrasaba porque teníamos que recoger a un poeta, a una «persona muy importante».

El viaje empezaba mal. Así que en el coche fuimos a recoger al poeta importante a su casa, en las Lomas de Chapultepec. Lo esperamos mucho tiempo. Más de lo que podía soportar mi impaciencia infantil. Antes de verlo, yo detestaba a don poeta.

Al fin salió un hombrecito, viejo, enjuto y calvo. Y para colmo llevaba un equipaje enorme, que fue muy difícil acomodar en el coche. Al fin emprendimos el viaje mi madre, mi hermano, el chofer y nada menos que Carlos Pellicer. Lo que yo daría hoy por haber tenido entonces diez años más.

El poeta, un hombre elegante, educado y exquisito, se disculpó por el retraso. Dijo que antes de salir tenía que hablar con el gobernador de Tabasco, su estado, y no había sido fácil que atendiera su llamada. Agradeció nuestra comprensión, nuestra compañía, y, por supuesto, que lo aceptáramos en el coche como pasajero.

Era un hombre sereno, de voz pausada. O así lo recuerdo. Pero no tengo duda de su presencia, del encanto de su conversación, de la fuerza de sus palabras. Carlos Pellicer conversó con Jorge, mi hermano menor, y conmigo; se dirigía a nosotros. Durante horas nos entretuvo, nos ilustró, nos motivó. Nos regaló una gran experiencia. Nos habló de poesía, de historia, de arqueología y creo que nos contó un largo cuento que era pura invención súbita que a él mismo le hacía gracia.

El viaje era muy largo, una buena parte por carreteras sinuosas y mal pavimentadas. Y en mi memoria estimulada no creo que Carlos Pellicer haya dejado de alegrarnos el camino ni un minuto.

Nos dijo que él ponía en cada Navidad unos nacimientos que eran famosos en el mundo (y era cierto), nos dijo que había fundado museos (y era cierto), que había viajado por el mundo (y era cierto), que había conocido a grandes poetas (y era cierto) y que le faltaba tanto por hacer que estaba seguro de que viviría al menos cien años (eso no lo cumplió).

Estaba enamorado de las culturas americanas precolombinas: asombrado ante la geografía de su tierra húmeda, verde, feraz: Trópico, para qué me diste las manos llenas de color. Me enseñó con gravedad cívica de profesor que los españoles no trajeron a América la cultura, sino que trajeron su cultura.

Declamó serio y solemne algunos poemas suyos, y contó una fantasía como de viaje al centro de la Tierra. Mi hermano y yo estábamos encantados de escucharlo. Lamentamos el fin del viaje, la llegada a Guanajuato. Nos despedimos con la camaradería que puede haber entre un niño de diez años y un hombre que era mayor que sus dos abuelos.

Una tarde lo vislumbré de lejos, rodeado de una multitud, en las calles de Guanajuato. No volví a verlo. Nunca lo visité ni fui a conocer sus famosos nacimientos. Con los años, visité uno o dos de los museos que fundó y, sobre todo, en mi adolescencia, leí su poesía con entusiasmo, gusto y admiración. Aún recuerdo algunos de sus poemas. Y siempre he tenido muy presente su poesía, a la que vuelvo de vez en cuando. Murió unos años después de nuestro encuentro.

Apenas puedo creer que yo haya olvidado todo esto. Lo escribo para resarcir mi falta, para no volver a olvidar, que acaso es la última función de toda escritura.

10 de febrero de 2017

Las cartas de amor de Fernando Pessoa

Si un poeta forja su retrato a partir de sus versos, es difícil imaginar a Fernando Pessoa enamorado. Cuesta creer que alguna vez escribió ridículas cartas de amor, ya que «todas las cartas de amor son ridículas», decía su heterónimo, su doble, él mismo bajo el nombre de Álvaro de Campos.

Muy pocos autores imponen condiciones a su lector, exigen un estado de ánimo en particular, una hora, un lugar. Casi siempre uno puede abrir cualquier libro e iniciar su lectura y desentrañar sus secretos y misterios. Y es muy común que la reflexión y la emoción se fundan en un goce que puede no estar exento de pena, en una alegría que no siempre excluye la zozobra.

Para comprender el Libro del desasosiego, para leer a Pessoa con provecho, hace falta que el alma esté húmeda, empapada de vinagre o hiel, de una amargura fresca, de un desencuentro reciente; de haberse caído hacia dentro.

Para comulgar con él hace falta estar devastado por el infortunio, con la desesperanza a carne viva, con la visión extrema, lúcida y ciega, de la fatalidad ante las miserias intrínsecas y humanas de la existencia. Entregarse sin reserva a ese desasosiego prometido. A Pessoa hay que leerlo para no gritar como esa figura desquiciada del célebre cuadro de Edvard Munch.

Si Pessoa es a su manera muchos hombres, un poco como todos los hombres, entonces no tendría que sorprendernos su debilidad, breve y pasajera, de también escribir cartas de amor. Cartas a Ophélia (Libros del Zorro Rojo; Barcelona, 2010) reúne, en una edición muy bella, ilustrada, las cartas a una oficinista que, a principios de 1920, era algo así como la prometida de Pessoa.

Las primeras cartas son  simples, ancladas en lo cotidiano, salpicadas de señas para citas fugaces mientras van de un lugar a otro por Lisboa. Lo suyo no era la pasión. La gran poesía de Pessoa no está en esas cartas, antes lo contrario, y se antoja el suyo un amor casto y simple, sin saudade, ni celos, ni ilusión, ni amarguras y sufrimientos, ni metafísica.

De pronto, un relámpago de lucidez y honestidad: «Mira, hijita, no veo el futuro nada claro.» Y Ophélia tampoco lo tenía claro; más, no confiaba en él: pidió un prueba escrita en la que Pessoa declarase que era su pretendiente y que sus intenciones eran serias. Él accedió y le respondió: «Ahí va el "documento escrito" que me pide.»

En sus cartas ya invoca a otro, a un amigo, a un otro que es él mismo: ¡el ingeniero Álvaro de Campos! No sabemos qué sabía o qué pensaba Ophélia, o cómo se divertía Pessoa con su amigo y su novia, pero le dice en una carta que quiere pasear con ella a solas, «pues a ella, naturalmente, no le gustaría que se presentara ese distinguido ingeniero», y unas cartas después: «¡Me han cambiado por Álvaro de Campos.» Habla de su heterónimo como si fuera un hombre que en cualquier momento podría llegar y tocar a su puerta.

La primera carta está fechada el uno de marzo, y el veintinueve de noviembre escribe la de ruptura y despedida. Y aunque sólo han pasado nueve meses, Pessoa escribe: «El tiempo, que envejece las caras y el cabello, también envejece, pero aún más de prisa, las pasiones. La mayoría de la gente, porque es estúpida, consigue no darse cuenta de ello, y piensa que ama todavía porque ha contraído el hábito de sentirse amado.»

Ophélia pasa de «bebé» a «víbora» y luego a «avispa». Aparecen los reproches, y quizá la verdadera causa: yo no puedo casarme, yo voy «a mi exilio, que soy yo mismo». Sí, ese era Pessoa, el ensimismado, el entregado a su obra, a la búsqueda de sí mismo.

En 1929 reencuentra Ophélia y su relación no ha cambiado, y no avanza. Le dice al fin: «De casarme, sólo lo haría con usted. Queda por saber si el matrimonio, el hogar (o como quieran llamarle) son cosas compatibles con mi vida interior. Lo dudo. Por ahora, quiero organizar a la brevedad esa vida interior y mi trabajo. Si no consigo organizarme, claro está que nunca pensaré siquiera en pensar en casarme. Si la organizara en términos de ver que el matrimonio sería un estorbo, claro que no me casaré. Pero es probable que no sea así. El futuro ─y es un futuro próximo─ lo dirá.»

Se ha dicho que Pessoa era homosexual. Es muy probable, pero algunos hombres a cualquier precio piensan en el matrimonio para arreglar sus vidas, para ajustar cuentas con la soledad. Entregado a sí mismo, y los otros poetas que lo habitaban, vivía para su obra. Pessoa, compartía este rasgo con Kafka y López Velarde, que tampoco estaban hechos para vivir en pareja y en matrimonio.

Pessoa vivió su noviazgo por escrito, y es una pena que sus cartas apenas sean ridículas. «Las cartas de amor, si hay amor, / tienen que ser / ridículas. / Pero, al fin y al cabo, / sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor /sí que son / ridículas.»

El novio de Ophélia tal vez no era Pessoa sino Álvaro de Campos, el autor de «Tabaquería», el poeta que decía: «No soy nada. /Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.» El que apenas imaginaba un futuro, sí, entre paréntesis: «(Si me casara con la hija de mi lavandera tal vez fuera feliz).»

Tal vez en un arrebato de locura o sensatez Fernando Pessoa pensó que con Ophélia sería feliz, pero ella era una modesta oficinista, no la hija de su lavandera. Además, el que imaginó ese verso no fue él sino su amigo el ingeniero Álvaro de Campos. Tal vez todo fue un error, una desastrosa confusión.

30 de enero de 2017

Dante en Buenos Aires

Witold Gombrowicz, fiel a sí mismo, escribió un ensayo "A propósito de Dante" (Contra los poetas, Sequitur, 2009) en el que ajusta cuentas con el gran florentino. No es audaz ni novedoso sostener que la Divina comedia es un poema monumental, en su extensión y su genialidad poética, y Dante Alighieri es quizá el más alto poeta de Occidente; al menos así lo consideran muchos críticos, y no necesariamente católicos.

Pero Gombrowicz lo corrige y lo enmienda, lo zarandea, como si se tratara del más triste poeta aficionado que presentara un poema lamentable en unos juegos florales. Corrige los versos, censura sustantivos y adjetivos, cuestiona la  imaginación, la visión de fondo: la concepción del Infierno. «Por mí se va a la ciudad doliente», canta Dante. Y Gombrowicz responde: «"La ciudad doliente" ¿No se ocurrió nada mejor? [...] podríamos escribir: Por mí se va a la ciudad sin fondo». La irreverencia no tiene límites, y Dante queda, para decirlo con una expresión popular, como santo Cristo en Viernes Santo.

Sin embargo, de la diatriba tomo un par de ideas e imagino una conjetura. Gombrowicz arremete contra la idea del Infierno y toda una teología: «No sólo Dante aprueba el Infierno, lo aprueba todo el Medievo. Él se limita a reiterar fórmulas, a repetir lo que una conciencia colectiva ya codificó.»

Y la idea del dolor que produce el Infierno es inaceptable. «El hombre real es el que siente dolor [...] en toda la extensión del Ser, sólo existe un elemento atroz, imposible, inaceptable, una única cosa verdadera y absolutamente opuesta a nosotros, que nos aplasta: el Dolor.»

El Infierno, ese lugar de castigo eterno (por los siglos de los siglos de los siglos de los siglos...), es inhumano. Dice Gombrowicz: «ese Infierno no es verdadero. Las torturas son retóricas, los condenados declaman. La eternidad es la indolente eternidad de los monumentos.» Y esa realización del Infierno «se hizo posible sólo en una Atmósfera de Irrealidad perfectamente irresponsable.»

¿Cómo pudo extenderse esa idea, de Santo Domingo a los magnates del brazo secular, a los políticos, a los burócratas y se escondió en las funciones, en las tareas, en los oficios... para llegar a los verdugos?

El infierno es inhumano, infrahumano, sobrehumano. En la puerta del infierno dice, según Dante: «“Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.” Responde Gombrowicz: «El infierno no es castigo, ya que el castigo lleva a la purificación, tiene un fin. El infierno es tortura eterna, y ese condenado dentro de diez millones de años gritará de dolor del mismo modo que está gritando ahora: nada, jamás, cambiará para él. Esto es algo intolerable, que nuestro sentido de la justicia rechaza.»

Borges admiraba la Divina Comedia, la leyó intensamente, memorizaba tercetos mientras viajaba en trolebús, escribió ensayos luminosos sobre ella, y sin embargo una cita suya aparece con frecuencia: «El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.»  La gloria eterna o la condena eterna por los actos de los hombres le parecía una exageración.

Cortázar creía que ese mundo que llamamos dantesco (el adjetivo ya es temible) es producto de una mente perversa, de una imaginación desquiciada, sobre todo por ser una invención colectiva. Saúl Yurkiévich admiraba la Divina Comedia, no sé si también censuraba esa idea del Infierno, pero la obra le parecía, como también a aquellos, lo que es: una construcción verbal portentosa.

Gombrowicz llegó a Argentina en 1939. Su plan era quedarse dos semanas, el inicio de la Segunda Guerra Mundial le impidió volver Polonia, a su país. Luego se lo impidió la dictadura comunista. Se quedó veinticuatro años en Buenos Aires. El ensayo sobre Dante y su poema fue escrito en 1966.

Me gusta imaginar que unos años antes, tal vez hacia 1950, la idea dantesca del Infierno se leía, se comentaba y se explicaba en los cafés porteños. No sugiero que Gombrowicz, Borges, Cortázar y Yurkiévich lo discutieran; tal vez no estuvieron juntos bajo el mismo techo, sino que el tema tenía una vigencia en Buenos Aires que animaba la lectura y generó, con el tiempo, la escritura de ensayos notables y audaces.

La posibilidad del diálogo entre estos escritores que hubiese animado esa polémica en Argentina es una conjetura o una anécdota imposible, y en realidad no importa. Es irrelevante si cruzaron juntos una puerta. En cambio es mucho más trascendente, inquietante y dantesco, detenerse en las palabras escritas en el dintel de la puerta del Infierno: «Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.»