20 de febrero de 2018

Los terremotos según un chiflado

Ha vuelto a temblar. En la madrugada la alarma sísmica algo tiene de onírico, pareciera que viene del fondo del sueño y es fácil confundirla con el canto de las ballenas, con el mugido herido del monstruo invisible de una pesadilla, o con la alarma antiaérea que anuncia un inminente bombardeo en las películas de guerra. 

En medio de la noche, la alarma sísmica es en sí misma el canto de una pesadilla anunciada que comenzará dentro de cuarenta y cinco segundos, cuando se sienta el chicotazo inicial desatado por la descomunal fuerza telúrica, sobrehumana, que nos hace sentir tan frágiles, tan pequeños y tan vulnerables.  

La alarma sísmica, si ha sonado, nos saca del sueño y nos arroja a la pesadilla con los ojos abiertos, y antes de despertar del todo surgen dos preguntas: cuánto va a durar?, ¿de qué magnitud será este sismo? 

Es el momento de levantar a la familia, de reunirse bajo el marco de una puerta, de esperar que comience la danza de la casa. Es el momento de decir palabras de aliento, de mantener la calma, de aceptar con estoicismo lo que viene, como dicen con impecable sencillez dos versos de Louis Aragon dicen: Les choses vont comme elles vont / De temps en temps la terre tremble.

Hace años una cancioncilla pegajosa y tropical preguntaba «¿dónde te agarró el temblor?», y si no hay derrumbes y daños los vecinos en pijama y envueltos en sarapes salen a la calle y se consuelan y conviven como suelen hacerlo en los velorios por muchas horas y algunos se niegan a volver a su casa por temor a las posibles réplicas del temblor, es decir otro temblor.

Ha vuelto a temblar y un periódico leo una inquietud por esta «temporada de alta sismicidad» (sic), porque según algunos «es evidente que está temblando con más frecuencia o intensidad que antes». Y alarmistas profesionales «dicen que la actividad del Cinturón de Fuego permite predecir que se 'avecina' una catástrofe». 

La actividad sísmica no va al alza ni aumenta la magnitud de los temblores, aunque parece que acabarán por sacudir la política. Gracias a que un candidato presidencial ha propuesto un «registro nacional de necesidades de cada persona» (sic) en el que los ciudadanos inscriban sus peticiones, no ha faltado quien solicite a las autoridades, atentamente, que deje de temblar, y alguien más se conforma, con modestia, a que no tiemble de noche. 

(El candidato que en un golpe de audacia o sinrazón prometa prohibir los temblores por ley y por decreto, sin duda generará un terremoto mediático, político y social que podría llevarlo en volandas a la mismísima silla presidencial.)

Pero nada comparado con la explicación que escuché en un autobús. Un tipo con cara de burócrata de la más oscura oficina, de bigote recortado y cabello corto, parecía instalado en eso que llamamos realidad como cualquier otro pasajero, pero pertenecía a la estirpe de esos piantados, locos o idos con discursos desquiciados de los que habla Cortázar en Rayuela. El del autobús era un hermano de Ceferino Piriz o el licenciado Juan Cuevas. Dijo el chiflado con absoluta seriedad: 

«Los gringos llevan décadas acumulando energía, y cuando tienen demasiada la concentran y la suben con una máquina fantástica a un satélite y desde ahí, ¡zas!, descerrajan un rayo láser poderosísimo que impacta la Tierra y genera un terremoto. Y eso lo hacen a cada rato, por toda la energía que acumulan. Por supuesto, todo esto puede consultarse en internet, aunque es una tecnología secreta pero un periodista subió la información. Por eso hay tantos temblores, y luego les sale mal y el rayo quema los bosques, acaba de pasar en California, desde el satélite secreto viene el rayo y ¡zas!...»

Me arrepiento de haberme bajado del autobús. Debí escuchar hasta el final el discurso. Es una pena. Tal vez me fui por temor al desencanto, por enfrentarme a la cruda y pura verdad del rayo sísmico. Y yo que pensaba que los poetas saben lo que dicen porque son sabios y videntes y recrean el mundo. Y yo que creía, con Louis Aragon, poeta, ingenua y simplemente, que las cosas son como son y de vez en cuando la tierra tiembla.

7 de febrero de 2018

Jefe Vulcano

Los héroes son indispensables. Nos acompañan desde la épica griega a los superhéroes de los cómics. Dejar que la imaginación sea estimulada por los héroes de los poemas homéricos o los del cine es casi irrelevante; en ambos casos recurrimos a la ficción, pero hay matices y gustos: prefiero a Odiseo antes que a Súperman, a Don Quijote antes que al Hombre Araña.

(El malogrado José Carlos Becerra imaginó en un poema a Batman en su habitación, con su soledad, escudriñando desde una ventana la noche en busca de la señal que lo llama, que pide su presencia para luchar contra el mal, para entrar en acción y darle sentido a su vida.)

Tenemos también a los héroes de la historia, a esos que «nos dieron patria y libertad», y los héroes de cada día, esos hombres y mujeres que realizan acciones en beneficio de otros, que con frecuencia salvan vidas, a veces al precio de entregar la suya.

Jefe Vulcano es el jefe del cuerpo de bomberos de Ciudad de México. Hace tiempo que debería estar jubilado, pero se moriría de tristeza el día que lo manden a su casa. Lo suyo es cumplir con el deber. El Jefe Vulcano tiene una cuenta de Twitter, en la que informa puntualmente que alguien lo necesita. Entonces responde así al llamado:  "Vamos para allá».

Debe ser muy consolador que el jefe de los bomberos avise que sale en su camión, a toda velocidad, con la sirena abierta, con sus heroicos y temerarios bomberos a socorrer a quien esté peligro, a apagar fuegos, claro, pero también a bajar gatitos de los árboles, a reparar fugas de gas, entre otras muchas acciones.

El Jefe Vulcano cuenta con miles y miles de seguidores, dice "buenos días" muy temprano, y en su último mensaje del día dice que muy pronto estará de regreso: «Que descansen, hasta dentro de unas horas». Sus tuits son celebrados por la ciudadanía, al punto que alguien ya los ha calificado como poemas. Por ejemplo, el 31 de enero de 2018 a las 13:30 horas reportó:

6 choques, 5 árboles caídos, 4 rescates de personas, 4 servicios de prevención, 3 servicios de atención a lesionados, 2 cortos circuitos, 2 cables caídos, 2 enjambres retirados, 2 fugas de agua, 1 rescate de cadáver.
Y hoy mismo ha escrito:
Santa María Siqueiros en la colonia Infonavit Culhuacán nos piden apoyo para el rescate de personas, vamos para allá.
 Terminamos de laborar en un incendio en la colonia El Mirador. De regreso a nuestras estaciones.
Sí, son poemas. A su manera lo son. Son los mensajes del mejor servidor público de la ciudad. Es estimulante y consolador saber que el Jefe Vulcano está en su puesto, y que si hacen falta sus servicios y se le llama, él acudirá y antes de partir enviará su mensaje reconfortante: «Vamos para allá.»

2 de febrero de 2018

Casi inocente, casi culpable

La definición de traductor como un coautor que dice casi lo mismo que el original pero en otra lengua no es del todo desechable. Ese «casi lo mismo» es inevitable, es lo insondable de una lengua, es decir del ethos del pueblo que habla esa lengua. Lo intraducible sería el alma, lo particular, que no tiene equivalente porque no existe o no se manifiesta igual en otro pueblo, en otra lengua.

Y no existe la traducción definitiva, es sabido que una o dos generaciones después es necesario volver a verter los textos. Una traducción castellana del siglo XIX de Shakespeare hoy nos parece casi ilegible. Las lenguas cambian. Los clásicos siguen impasibles, son las aproximaciones a sus obras las que tenemos que revisar y actualizar.

Hay un adagio que reduce a los traductores a traidores; el desencanto y la sospecha son casi la norma. Por eso nos sorprende una traducción que satisfaga a propios y extraños, y más con el correr de los años. Pero el margen del traductor tiene un límite.

Transcribo unas líneas de los Los hermanos Karamázov de Dostoievski en dos versiones españolas. Dice la traducción de Rafael Cansinos Assens (Obras completas I, Aguilar, 1953, p. 505):

Kalgánov volvióse corriendo al portal, sentóse en un rincón, agachó la cabeza, cubrióse la cara con las manos y se echó a llorar, y así se estuvo largo rato, acurrucado y llorando..., llorando cual si fuese un chiquillo y no un joven de veinte años ya. ¡Oh, creía casi plenamente en la inocencia de Mitia!
Dice la traducción de Augusto Vidal (Alianza, 2006, p. 813):
Kalgánov corrió al vestíbulo, se sentó en un rincón, inclinó la cabeza, se cubrió la cara con las manos y se echó a llorar: permaneció mucho tiempo sentado, llorando; lloraba como si fuera aún un niño y no un hombre de veinte años. ¡Oh, estaba casi convencido de la culpabilidad de Mitia!
Estoy casi convencido de que alguno de los dos traductores se confundió, o fue víctima de las travesuras de Titivillus o Tutivillus, ese pequeño demonio al servicio de Lucifer, que gozó de mayor prestigio en el medievo, cuya misión consistía en inducir el error y la confusión en los escritos de los autores y los textos que copiaban los escribas.

Para saber si Kalgánov creía que Mitia era casi plenamente inocente, o si estaba convencido de su culpabilidad necesitaré recurrir a otra traducción, y para asegurarme de que Titivillus no está metido en este caso buscaré la confirmación en alguna versión al inglés o al francés, ante mi imposibilidad de leer en ruso. Las traducciones son absolutamente necesarias, y ningún traductor está libre del error o la confusión, o para decirlo como en la Edad Media, de las diabluras de los pequeños demonios.

21 de enero de 2018

Noticias de Alice Denham

Una mujer joven, guapa, de pie ante la máquina de escribir, tiene un cigarrillo en la mano izquierda, la derecha en jarras, mientras lee atenta las palabras que acaba de escribir. El peinado, el suéter y la falda, el bullet bra (sujetador bala, en forma de cono) resaltan las curvas y son típicos de los años sesenta. También, claro, la enorme, sólida y poderosa máquina de escribir. 

La foto de esa mujer ante la máquina y su texto es tan interesante que aparece con frecuencia en la Red, y ella ha sido erróneamente confundida con Maria Callas y Clarice Lispector, entre otras mujeres célebres. Ahora, en Escrituras Mecánicas* sabemos que se trata de Alice Denham, escritora, periodista, actriz y modelo cuya trayectoria de vida daría material de sobra para una novela nada aburrida.

Alice Denham nació en 1927, se graduó en la Universidad de Rochester y se marchó a Nueva York en busca de fama literaria y aventuras románticas Nadie podría decir que fracasó en sus propósitos. Su libro de memorias Sleeping With Bad Boys: A Juicy Tell-All of Literary New York in the Fifties and Sixties (existe edición española: Durmiendo con chicos malos, Ed. Huerga y Fierro) es también una crónica sobre Nueva York en los años cincuenta y sesenta en la que cuenta sus aventuras literarias y también sus amoríos con James Dean y Philip Roth entre muchos otros, y también por qué rechazó a Normal Mailer, entre muchos otros. Amiga de Gore Vidal y Truman Capote, tenía opiniones literarias polémicas y fue una dura crítica de Jack Kerouac. 

Alice Denham actúo en muchas películas, a veces bajo seudónimos, y fue un personaje central de la vida cultural y social de Nueva York, y fue célebre entre editores, publicistas, productores de cine, actores y escritores. «Manhattan was a river of men flowing past my door, and when I was thirsty, I drank», y «Every month I had a mad new crush, a fabulous new romance» escribió, según la nota que le dedicó el New York Times en febrero de 2016, cuando murió a la edad de 89 años.

Alice Denham modelaba y posaba para comerciales, aparecía con frecuencia en la portada de las revistas, pero el punto culminante de esa faceta de su vida es haber sido la única mujer en publicar un cuento, «Deal», y posar en las páginas centrales del mismo número de Playboy, en julio de 1956.

Entre sus novelas se cuentan My Darling From the Lions (1967), Amo (1974); Secrets of San Miguel (2013) es una memoria de sus frecuentes temporadas en San Miguel de Allende, donde era muy conocida entre la comunidad de artistas estadounidenses que viven ahí. En las calles de San Miguel conoció a John Mueller, su segundo marido, que la acompañó hasta el final.

Alice Denham, feminista militante, mujer libre, coqueta, descarada, hizo de su vida una aventura no exenta de imaginación literaria. El obituario del New York Times ofrece una cita reveladora: «Sexual friendships taught me politics, race, class, countries, temperaments, occupations, all useful for a novelist, but that wasn’t my motive. Sex, was my great adventure».

En la Red hay información y muchas fotos de Alice Denham, algunas de ellas ante su máquina de escribir. Me parece que esa serie acabará por definirla y representarla, mucho más que aquellas fotos para Playboy. Después de todo, no hay muchas reinas de la belleza que aparezcan desnudas en las revistas y además sean recordadas como escritoras.

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* Escrituras Mecánicas es un portal dedicado a celebrar con nostalgia la máquina de escribir (https://escriturasmecanicas.wordpress.com), donde se había publicado una foto de Alice Denham bajo otro nombre. Con esta nota rectificamos ese error y publicamos una serie de fotos, entre ellas la más conocida con su máquina de escribir.

16 de enero de 2018

Un rostro para siempre

Tarde o temprano llegamos a una edad en la que tenemos el rostro por el que somos reconocidos o recordados. Una fotografía basta para fijar nuestra imagen y mostrar quienes somos. Otras fotografías son como variaciones de aquella que nos representa. El hecho es interesante porque el rostro, al igual que el resto del cuerpo y el pensamiento y el ánimo y el alma no cesan de cambiar.

Algunos niños ya tienen en la primera infancia los rasgos definitivos de la edad adulta, y podemos reconocerlos a primera vista en una vieja fotografía. Otros, en cambio, no son identificables en esa foto amarillenta y tenemos que preguntar cuál de esos párvulos es nuestro abuelo. Algunos rostros muestran muy pronto lo que serán; otros, se perfilan y definen con los años, a golpes de vida y tiempo.

Rimbaud siempre será por antonomasia el adolescente de mirada diabólica, y a Borges siempre lo pensamos viejo, ciego, ingenioso y lúcido (no siempre fue así: no podemos imaginar a Rimbaud viejo, y nos cuesta  mucho imaginar a Borges niño).

Alfonso Reyes llevaba en la billetera una foto de sí mismo cuando tenía un año de edad ( él consideraba que fue su mejor momento), y se nota que le faltaba mucho para ser el gran ensayista y maestro del estilo. Y ya con sus años, cuando las fotos lo muestran sin posibilidad de error, en otra foto lleva en brazos a un niño muy pequeño que por ningún lado deja ver que será el novelista Carlos Fuentes.

El rostro de cada uno es un misterio y un plano formidable, una biografía cifrada. Una sucesión de fotos de un mismo rostro, a lo largo de los años, revela mucho más de lo que a veces quisiéramos. Pareciera que la experiencia de vida se asienta en la cara de manera más rotunda y definitiva que en las memorias y biografías y los diarios y los curículum vitae.

El rostro devastado por el tiempo de una actriz célebre de hace cincuenta años es tan impresionante y los cambios tan profundos que puede tornarse irreconocible para los que tienen fija en la memoria aquella imagen de juventud, cuando era una diosa del cine. A ella, ¿qué momento de su vida, qué edad la representa? (Marilyn Monroe, con su muerte prematura, se libró de ese dilema.) No sé si envejecer sea hermoso, me parece que no, como sostienen los promotores ciertas filosofías baratas, pero es el precio por seguir un tiempo más en este mundo.

Hay un momento en el que adquirimos la expresión que definirá nuestro rostro de por vida. Puede ser tarde o temprano, pero esa imagen es tan poderosa y nos identifica tanto como nuestro nombre. Tal vez nunca sepamos qué imagen terminará por opacar todas las otras edades y momentos de una vida. Sospecho que entre más años se vivan, la imagen dominante será la de alguien muy mayor, y entre más viejo, con frecuencia, más reconocible y nítida será la imagen definitiva que otros guarden de nosotros.

No exalto en demasía la lozanía de la juventud, pero es una pena que no podamos ser reconocidos por una foto como la que llevaba Alfonso Reyes en su billetera, o al menos por una de nuestros mejores años, como si entonces no hubiéramos sido, como si entonces no hubiéramos llegado a ser el que somos. Necesitamos muchos años o media vida para afilar el rostro que, al menos en las fotografías, tendremos para siempre.

15 de enero de 2018

La profunda oscuridad

Entré a la parroquia muy avanzada la tarde. No había nadie, y la luz en la nave era muy débil. Olía a encierro, a incienso, a sudor o humedad. Casi en penumbras vi cristos sangrantes y otros en féretros de vidrio. Oía retumbar mis pasos y luego el silencio absoluto cuando me detenía unos instantes frente a figuras propias de casa de los espantos.

Pensé en la oscuridad del «pueblo de mujeres enlutadas» de Al filo del agua, de Agustín Yáñez. Era el pozo sin fin del sufrimiento y al tortura. Era la sede perfecta de la crueldad y la culpa. Allí se cultivaba el dolor, la manipulación, el fanatismo y el miedo.

Llegué al altar y volví por el otro lado de la nave. Supongo que la fe debe ser una fuerza poderosa que le da sentido a todo lo visible y lo invisible, y que a veces puede orientar y consolar en el camino de una vida. Sin ella, la parroquia es el templo del pensamiento mágico, la imaginación morbosa y la ignorancia.

Una vez en la calle, agradecí la luz, volví al mundo. Salí de esa parroquia en una capital de provincia como si emergiera del inframundo, del reino de la muerte. Todo era claro y nítido. Comprendí, como en una epifanía, que no había entrado por curiosidad. Había entrado a esa parroquia cuyo nombre nunca supe a hacer una visita cultural y vislumbré en ella la más profunda oscuridad.

29 de diciembre de 2017

Una definición

El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española nos ilustra con esa pulcra precisión que lo caracteriza, no exenta de encanto. En la tercera acepción de sisa ofrece una definición impagable:

f. «Mordiente de ocre o bermellón cocido con aceite de linaza, que usan los doradores para fijar los panes de oro.»

28 de diciembre de 2017

La muerte del teléfono

Julio Cortázar cuenta: «Una noche me tocó involuntariamente dejar estupefacta a una señora que me preguntaba cuáles eran los grandes momentos del siglo XX que me había tocado vivir. Sin pensar, como siempre que voy a decir algo que está realmente muy bien, contesté: “Señora, a mí me tocó asistir al nacimiento de la radio y a la muerte del box”. La señora, que usaba sombrero, pasó inmediatamente a hablar de Hölderlin.»

Si esa señora repitiera hoy su solemne pregunta, alguien podría decirle que asistimos al nacimiento de internet y a la muerte del teléfono. Me apresuro a aclarar que me refiero al teléfono como lo conoció Cortázar, no al telefonito que todo el mundo, sí, todo el mundo, lleva en el bolsillo.

Pero habría que aclararle que sucede algo muy extraño con ese telefonito. En realidad, es una máquina muy compleja, un triunfo de la tecnología que sirve para muchas cosas, pero que no se usa para hablar por teléfono. La gente ya no se habla, se escribe. El mundo ha cambiado.

La humanidad ya vive de otra manera. Si Hölderlin, para alegría de la señora, escribió esos versos inmortales: «Pleno de méritos, pero es poéticamente como el hombre habita esta Tierra», bastará sustituir la palabra poéticamente por telefónicamente o celularmente para instalarnos en el segundo decenio del siglo XXI.

Los conductores van dándole a las teclas mientras van en las vías rápidas, y los peatones siguen en lo que están con su telefonito mientras cruzan las calles donde circulan conductores que no saben por dónde van porque están dándole duro a su  mensaje de texto. Todo el mundo está en una conversación sin fin. (Es asombroso que no aumenten considerablemente los accidentes viales y los atropellados.)

Mamá llama a la mesa a su prole que está en la habitación de al lado con un mensaje de texto, y los niños y los adolescentes y las amigas y los enamorados y los jefes de oficina y los sargentos se comunican con el mismo número de palabras que cabían en un telegrama pero ahora aparecen en la sempiterna pantallita.

Sentados a la mesa, entre la sopa y la ensalada, alguien le presta más atención al teléfono que a la persona que tiene enfrente. Para comprobarlo, en los restaurantes, bastaría con mirar un poco más allá de la pantalla.

Y las parejas de novios desencantadas, cuando se acaba el amor, no terminan su relación de frente, mirándose a los ojos en una última cita, basta un escueto mensaje de texto para romper, y luego bloquean a su ya expareja quizá para no enterarse de la respuesta.

Que la humanidad se escriba me parece muy bien, pero que no se hable me parece sospechoso y estoy a punto de decir lamentable. Las llamadas telefónicas son tan escasas y formales y raras como las llamadas "conferencias" de larga distancia de mi infancia. Las señoras se ponían el sombrero, los señores se ajustaban la corbata y se abotonaban el saco y todos se ponían de pie para hablar en una conferencia telefónica con la ayuda de la operadora.

Asistimos a la muerte del teléfono. Pero yo creo que resucitará. Como decía un tuit: Algún día la humanidad redescubrirá el teléfono. Se asombrará de la viveza, de la riqueza de expresiones, matices y estados de ánimo que revela eso que Jean Cocteau y luego Francis Poulenc llamaron «La voz humana». Qué suerte tuvo Cortázar al asistir al nacimiento de la radio. En ausencia, en la distancia, nada tan cálido y humano como una voz.

21 de diciembre de 2017

La increíble Biblioteca Brautigan

En su novela The Abortion: An Historical Romance 1966, Richard Brautigan (1935-1984) imaginó una biblioteca conformada con los escritos que no le interesan a la mercantil industria editorial. Ahí encontrarían su sitio y se conservarían «the unwanted, the lyrical and haunted volumes of the American writing» (los volúmenes despreciados, líricos y embrujados de la escritura estadounidense) que nadie aprecia, es decir, los manuscritos que nunca han sido publicados. Esa sería la biblioteca de los libros siempre inéditos y jamás leídos.*

La novela explica que si bien nadie puede visitar la biblioteca, y menos aún leer los manuscritos ahí depositados, los autores de esas obras están felices de que sus «visiones y voces» haya sido recogidas y preservadas. Como todo el mundo sabe, la realidad se empeña en imitar al arte, y prueba irrefutable es que, inspirada en la imaginación del novelista, en 1990 abrió sus puertas en Burlington, Vermont, la increíble Biblioteca Brautigan.

La Biblioteca Brautigan conserva cientos de originales en papel y un número creciente de archivos digitales, pero, a diferencia de la biblioteca de la novela, los curiosos lectores interesados pueden leer los textos mecanografiados y los manuscritos aunque, claro, no pueden llevarlos a casa (algunos de los originales que preserva la Biblioteca son piezas únicas, de las que no existen copias).

Como todo proyecto cultural independiente, que no vive del erario y marcha culturalmente contracorriente, la Biblioteca Brautigan ha tenido que cambiar de domicilio y sortear toda clase de dificultades. Sin embargo, ha sido acogida en The Clark County Historial Museum, en el 1511 de Main Street, Vancouver, Washington, Estados Unidos.

La Biblioteca admite nuevos originales (también donativos y contribuciones), y para conservar su singular naturaleza, cuando un texto es publicado, al salir al mundo, al perder su condición de inédito, debe ser retirado para siempre de sus estantes.

La Biblioteca Brautigan tiene su propio y (borgesiano) sistema de clasificación de los libros, the Mayonnaise System (el sistema mayonesa), el primero desde el vetusto sistema creado por Melvil Dewey en 1876. El Sistema Mayonesa ha tomado prestado su nombre del último capítulo de la novela más conocida de Richard Brautigan, Trout Fishing in America (La pesca de la trucha en Estados Unidos).

 Los manuscritos son catalogados según trece categorías generales: 1) Aventuras. 2) Todo lo demás. 3) Familia. 4) Futuro. 5) Humor. 6) Amor. 7) El sentido de la vida. 8) Mundo natural. 9) Poesía. 10) Social/Política/Cultural. 11)Espiritualidad. 12) Vida callejera. 13) Guerra y paz.

Cada manuscrito de la colección es tratado como una joya que expresa la visión y la voz, únicas, del autor. Suelen ser manuscritos excéntricos, de pensamiento crítico o que no expresan las ideas comunes o dominantes; lejos de las corrientes principales, están fuera del alcance del llamado éxito editorial y comercial. La misión de la Biblioteca Brautigan es poner esas obras, marginadas, al alcance del público lector.

La Biblioteca, entre otras actividades, es la promotora del National Unpublished Writers' Day (NUWD; Día Nacional de los Escritores Inéditos), el último domingo de enero. Ese día se celebra a los autores inéditos, a la propia Biblioteca como repositorio de manuscritos inéditos y también el aniversario de Richard Brautigan, padre intelectual e inspirador de la Biblioteca, recordado además como autor de poemas, cuentos y novelas que expresan el más profundo espíritu del movimiento contracultural de la ciudad de San Francisco en los años sesenta y setenta.

Siempre serán bienvenidas las bibliotecas y los proyectos culturales, pero éste en particular me hace pensar en algunos libros que conozco, candidatos perfectos a sus estantes, manuscritos que nunca debieron haber sido publicados. No es censura, simplemente es admitir que andan por el mundo libros que deberían estar en la increíble Biblioteca Brautigan.

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*Véase en este blog el apunte "El Ministerio Mundial de la Literatura y la Biblioteca del Rotundo Fracaso", del 23 de abril de 2010.

13 de diciembre de 2017

Un recado a la cocinera

Ocupé la mayor parte de la mañana en redactar una carta en la oficina. Había que buscar un equilibrio entre algo así como valoramos y consideramos sus apreciables servicios, pero por las razones presupuestarias que usted conoce no le renovaremos su contrato. Por supuesto, la redacción y los términos que sugería el borrador hecho en una oscura oficina de Administración eran un atentado a una prosa con un mínimo de decencia y corrección.

«La sencillez y la sobriedad son el alfa y omega del estilo», me decía y citaba una vez más el viejo adagio. En la tercera o cuarta versión de la carta me acordé de lo que decía el profesor Gonzalo Celorio: «Para un escritor no hay nada más difícil que escribir, y esto es válido para cualquier texto, un poema o una novela», seguramente a partir de una cita de Thomas Mann: «Un escritor es un hombre que, más que cualquier otro, es de la opinión que resulta difícil escribir.»

Para nadie es más difícil escribir. Lo cual no equivale a que nadie sufre más que un matemático para calcular, y el diseño de un puente no necesariamente debe ser casi una misión imposible para un ingeniero, aunque nadie sabe más de las cuitas de hornear pan que un panadero... Sucede que todos hablamos y todos escribimos: las palabras son comunes a todos, pero escribir una carta con corrección ya es otra cosa.

Por supuesto, en esta aparente contradicción o situación absurda, el profesor Celorio tiene razón. ¿Quién va a sufrir más con un párrafo que un escritor, que sabe y conoce de qué adolece esa carta, el poema o cierta escritura? ¿Alguien más puede reparar en las imprecisiones y torpezas, en los errores gramaticales, en las ambigüedades, en los lugares comunes, en las rimas involuntarias y las cacofonías?

Celorio daba el caso de un recado doméstico a su cocinera. Una mañana podía dejar sobre la mesa de la cocina un hoja con estas palabras: «Juana, porque tengo una junta muy importante en la oficina, hoy no vendré a comer.» Listo. Entonces se preguntaba: ¿Por qué tengo que darle explicaciones a Juana? Entonces hay que tirar la hoja y tomar otra: «Juana, no vendré a comer.» Listo.

Esta le parecía una nota muy seca y dura. Juana podría pensar que no me gusta su comida, pensaba el profesor. Entonces consideraba escribir: «Juana, aunque me gusta mucho la comidas que preparas, hoy lamentablemente tengo cosas que hacer y no podré gozar de tus guisos». No, otra vez demasiada información, y un tanto melosa; un exceso. Etcétera. Podría redactar otras cinco o seis versiones. Pareciera una misión imposible escribir el recado justo y exacto, por no mencionar aquí los problemas de una novela.

¿Las dificultades de la carta que me costó media mañana escribirla eran de fondo o de forma? ¿De lenguaje? ¿De cortesía? ¿Políticas o gramáticas?  Por supuesto quedó muy bien, pero tuve que batallar mucho. Acabé exhausto. Al terminar, me sentí como si hubiera escrito un párrafo proustiano, y quedé tan satisfecho que me convencí de que podría redactar el recado perfecto para Juana, la cocinera.

12 de diciembre de 2017

Decálogo del conductor cafre

La Universidad de Ciencias Politécnicas de Nueva Australia del Norte y el Instituto Nórdico del Caribe de Altas Tecnologías conformaron un admirable grupo multidisciplinario con sus más calificados científicos para desarrollar una investigación sin precedentes en el mundo.

El objetivo era descifrar el "genoma", el "código" de la psicología profunda, las motivaciones del conductor incivil de vehículos de motor. Por el gran número de cafres al volante que van como un peligro público por nuestras calles, la Gran Ciudad tuvo el dudoso honor de ser la sede de la investigación. En efecto, la prevalencia del conductor incivil es endémica de nuestra sufrida ciudad.

Después de siete años de trabajo, han sido presentadas las conclusiones, con un impresionante aparato crítico, fotos, videos, entrevistas, casos y estadísticas. El Informe completo ya se encuentra en la Red. Los responsables de cada casa de estudios, los doctores Knut Gómez y Juan Stolenberg, respectivamente, han presentado en una conferencia de prensa la joya más preciada de su investigación: el Decálogo del conductor incivil.

Los científicos señalaron que si bien la conducta incivil la adolecen toda clase de conductores, sin olvidar a los de las motocicletas (en particular los repartidores de pizzas) presenta "un poblamiento" muy concentrado en conductores de coches de particulares, escoltas, taxis, camionetas, microbuses, autobuses urbanos, camionetas de reparto, camiones de carga.

La primera conclusión del estudio es clara y contundente, se refiere a la premisa, la razón de ser del conductor incivil. El cafre tiene como lema: «Si puedo avanzar, acelero y avanzo.» La segunda: El reglamento de tránsito es casi letra muerta. La tercera señala que si bien se presenta en otras ciudades, la conducta incivil al volante es endémica de la Gran Ciudad, un rasgo de su identidad.

Este es el decálogo del conductor cafre:

1. Si el semáforo está en rojo y puede avanzar: acelero y avanzo.
2. Si la vuelta a la izquierda está prohibida pero puede darla y avanzar: la doy, acelero y avanzo.
3. Si puede avanzar en sentido contrario: sigo en sentido contrario, acelero y avanzo.
4. Si en el paso de cebra cruzan peatones (en particular señoras con carriola, niños y ancianos), acelero y avanzo.
5. Si hay un embotellamiento o atasco, pero puede seguir en reversa, por la banqueta o camellón, doy en reversa o me trepo a la banqueta o al camellón, acelero y avanzo.
6. Si choco, arrollo o atropello a alguien y puede huir, acelero, avanzo y huyo.
7. Si alguien me pide el paso pero puede seguir, le niego el paso, acelero y avanzo.
8 Si al avanzar obstruyo un cruce y bloqueo las calles o entradas: acelero y avanzo.
9. Si puedo rebasar por la derecha, doy a la derecha, acelero y avanzo.
10. Si puedo exceder el límite de velocidad, lo excedo, acelero y avanzo.
11. Si encuentro un lugar prohibido para estacionarse, ahí me estaciono.
12. Si la policía me da el alto pero puedo huir, acelero, avanzo y huyo.

Las autoridades se han declarado «sorprendidas por las conclusiones», y el Decálogo les parece «parcial», «tendencioso», «unilateral», «desinformado» y que responde a evidentes fines políticos en tiempos de campañas electorales. A pesar de ello, convocarán a la formación de una comisión mixta, múltiple y transversal para analizar a fondo la situación, aunque no están convencidas de la presunta presencia de conductores cafres en la ciudad.

5 de diciembre de 2017

El café San Marcos según Magris

«Si trazamos el mapa de los cafés, tendremos uno de los indicadores esenciales de un hallazgo asombroso: Europa se halla a sí misma en sus cafés, en la esencia que los anima.», dice George Steiner en uno de sus ensayos. «Europa está en sus cafés»* es un elogio pleno de nostalgia a los café europeos y también al juicio lúcido del gran crítico de la cultura.

El café es una institución europea, y no es muy aventurado imaginar que el arte y la historia de Occidente hubieran sido distintos sin esos establecimientos. «El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno.»


Me refiero al café europeo (que floreció incluso fuera de Europa), propensos a fomentar el fluir de las palabras, las conversaciones, el pensamiento, las ideas. Leer o pensar o escribir o juegar ajedrez o leer el periódico en un café son tan propios de su naturaleza como beber y comer en la misma mesa. El café europeo tiende a desaparecer y es sustituida  por otro, digámosle americano, o con necesaria precisión estadounidense. 


En mi ciudad, mientras uno a uno desaparecen los cafés europeos, surge uno tras otro en cada esquina un local de los suplantadores. No tengo nada en contra de éstos, y los visito con frecuencia, y todo está muy bien salvo que algo les falta, eso que Steiner conoce muy bien, y también Claudio Magris, que ha hecho en «Café San Marcos», un texto ejemplar de Microscosmos (Anagrama) el gran elogio de ese café triestino.


Al adentrarse en esas páginas el lector y parroquiano se siente arrebatado de la más extraña y alta forma de la nostalgia: una tristeza urgente por no estar sentado en una mesa de ese café, de esa ciudad que tampoco conoce. En el San Marcos transcurre todo porque es «un arca de Noé, donde hay sitio, sin prioridades ni exclusiones, para todos».

Luego del café en sí, su estructura, lo distingue «la fidelidad conservadora y el pluralismo liberal de sus parroquianos... En el San Marcos triunfa, vital y sanguínea, la variedad». «El café es una academia platónica, decía a principios de siglo Hermann Bahr ... En esta academia no se enseña nada, pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto.»

El café es un refugio, una especie de asilo, un templo, un museo, una galería, un punto de encuentro, un gabinete de estudio, un microcosmos. También un espacio privilegiado para la escritura.

«Escribir significa saber que no estamos en la Tierra Prometida y que no podremos llegar nunca allí, pero continuar con tenacidad el camino en esa dirección, a través del desierto. Sentados en el café, se está de viaje; como en el tren, en el hotel o por la calle, uno tiene consigo poquísimas cosas...» «El café es un lugar de la escritura. Se está a solas, con papel y pluma y todo lo más dos o tres libros, aferrado a la mesa como un náufrago batido por las olas.»

Un verdadero café, y no sólo el San Marcos de Trieste, es un paraíso breve y secreto, un punto de recogimiento entre los otros, un sitio frágil para la confesión y vislumbrar el ser de alguien. Un café es una isla a la que ansían llegar los náufragos sobrevivientes, heridos de nostalgia, de las calles hostiles de la ciudad, cualquier ciudad. Lo sabe George Steiner y Claudio Magris. Y con ellos, también nosotros.
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* Apunte de este Cuaderno de bitácora de lo casi inadvertido del 14 de enero de 2016.

25 de noviembre de 2017

La poesía estaba en otra parte

Del fondo de un rincón de la vieja casa familiar ha vuelto, como de una exhumación, una carpeta con mis primeros poemas. Ha llegado a mis manos desde un tiempo que me parece tan remoto, tan lejano a mi vida y circunstancia que no reniego de ellos pero me es difícil reconocerme en esos intentos, en esos ejercicios. Por supuesto, dicen quién fui, y entonces me parecieron muestras impecables que me conferían sin más trámite el alto título de poeta.

No sabía que había sobrevivido una copia de aquellos poemas, pero reconocí de inmediato la carpeta, los papeles que han ganado rigidez y un color amarillento, pero los versos siguen siendo rotundamente malos. (¡Ah Rimbaud, tal vez eres el único, el príncipe de los poetas adolescentes!)

Los poemas están escritos a máquina sin mácula ni error, con una simetría tipográfica y cuidado admirables. Me recuerdo escribiendo en aquella máquina portátil, con la que también hacía las tareas escolares en la preparatoria. Pasarlos a máquina era un hecho trascendente, darles la dignidad de la letra impresa, la formalidad de escritos poéticos o literarios. Fijarlos en una hoja blanca era un acto solemne, un juego fascinante, un proceso dichoso que todavía puedo asociar con la felicidad.

Era feliz al mecanografiar esas tres docenas de poemas, y eso me bastaba. Pero también lo hacía con convicción, y creía que algunos de esos versos podrían salvar mi alma. Hoy me sonrojo y me avergüenzo de la poderosa ingenuidad de mi entusiasmo. Nadie se vuelve poeta sin la gracia de los dioses, pero es cierto que con la práctica y los años se puede mejorar un poco.

Tengo que destruir esos poemas. Tengo que entregarlos al fuego (lo haré yo mismo, no se lo pediré a ningún amigo). No merecen seguir en este mundo. Sin duda hablarían mal de mí, acabarían por ser la prueba y evidencia de mis torpezas. Sin embargo, siento un poco de pena por ellos. Han sobrevivido a mudanzas y terremotos, al tiempo, al olvido en el fondo de un armario del que no debieron de haber salido.

Sí, soy un sentimental. No quisiera incinerarlos pero ese es mi deber poético. En el nombre de la poesía es necesario acabar con ellos, asegurarme de que no dejen la menor huella en el mundo. Por ellos no vale la pena lastimarse los oídos, ni fatigar la inteligencia y tampoco la memoria.

Haré una ceremonia, digna y en secreto, y en el jardín esparciré sus cenizas. Dejaré aquí sin embargo constancia de su nombre: Como principio de río se llamaba aquella serie, y también diré que me parecía un nombre magnífico. Luego, para consolarme, leeré las obras completas de Rimbaud, y volveré a decirme que la poesía es magia y un misterio, y que como un ángel díscolo, no siempre se posa en la página y no ilumina todos los escritos ni habita en todos los juegos de palabras.

23 de noviembre de 2017

La profesión de Don Quijote

Don Quijote de la Mancha debe ser la mejor novela del mundo, y si alguien lo duda será porque algún sabio encantador, enemigo del caballero, ha trastocado la realidad como por encantamento y no permite apreciar esa gran verdad.

Y tal vez no sólo es la mejor novela jamás escrita, sino también la más divertida. Y también la más elusiva, en la que todo está claro y a la vez no lo está. ¿Acaso don Quijote estaba loco? Si lo estaba padecía una extraña locura, pues sólo se manifestaba en lo relativo a la andante caballería, y luego mostraba un juicio, prudencia y aún sabiduría admirables.

Tal vez estaba cuerdo y fingía locura, lo cual lo convertía en un actor, en alguien que representaba el papel de caballero andantes para imponer su ley y vivir aventuras lejos de casa. Y así fuera, entonces también Sancho representa un papel, pues sabe que su amo no es un caballero andante, sino su vecino e hidalgo Alonso Quijada o Quesada o Quijano, que también con su nombre hay dudas y versiones.

¿Y cómo explicar, entonces, a los otros personajes que se hacen pasar por princesas y caballeros andantes que le siguen el juego a don Quijote? Los cervantistas saben que esta novela se complica a cada lectura y surgen nuevas preguntas de difícil respuesta. La cruda realidad y las apariencias, la verdad y el engaño, la confusión y el malentendido, la locura y la razón, la representación y el teatro dentro del teatro son algunos de los temas que se extienden a lo largo de las aventuras del caballero manchego.

Marc Van Doren publicó en 1958 Don Quixote's Profession, y en 1962 salió la edición en español del Fondo de Cultura Económica. Durante muchos años fue un libro celebrado que no se encontraba por ningún lado (salvo un golpe de suerte en una librería de viejo) y que ha sido reeditado. Es una obra sugerente, de sutil inteligencia, que desmonta la novela de Cervantes para dejarla incólume, intacta en su grandeza y sus recursos.

No se trata, por supuesto, de un estudio erudito, ni de un análisis a fondo o académico como los de Américo Castro o Martín de Riquer o Francisco Rico, por mencionar a tres estudiosos. Se trata del ensayo lúcido de un crítico asombrado ante una historia que «goza la fama de ser tal vez la mejor novela del mundo».

Su lectura es provechosa sobre todo para los que ya cabalgaron la novela porque hará más rico el regusto y hará visible algunos aspectos obvios que, como tales, suelen pasar inadvertidos. Pero los que buscan un texto que les guíe y muestre dónde mirar, también encontrarán su recompensa.

La profesión de Don Quijote (FCE, Colección Popular, 31, México, 2016) es una pequeña joya, una delicia en su brevedad, su claridad, su elegancia y su agudeza para señalar algunas de las claves del Quijote.

22 de noviembre de 2017

La insatisfacción según Glenn Gould

Glenn Gould fue un pianista único, que se inscribe en una categoría o clasificación que puede llamarse de muchas maneras y tener muy diversas cualidades pero que exige una condición indispensable: en ella no puede admitirse a nadie más.

Algunas de esas cualidades pueden ser: a) el que canta mientras toca, b) el que toca en una silla tan baja que tiene la nariz sobre el teclado, c) el que desprecia el pedal, d) el que recompone la arquitectura de la obra mientras la interpreta, e) el que imprime un sonido irrepetible, f) el que hace montajes o manipula las grabaciones en busca de la versión perfecta, g) el que toca para sí mismo, h) el que logró una viveza rítmica sin par, i) el que reinventó la música de Bach para teclado y nadie nunca jamás podrá volver a tocarla como él, y j) etcétera.

Hechizado por su interpretación como tantos otros, mi asombro no disminuye con los años, y mi gozo no cesa cada vez que lo escucho; al contrario, se suman recuerdos y momentos en los que me acompañó su piano. La música también nos ensancha la vida. Ahora, mientras escucho las Variaciones Goldberg una vez más, leo una serie de entrevistas al genial músico canadiense (también era y sentía compositor) reunidas en No, no soy en absoluto un excéntrico (Acantilado, Barcelona, 2017).

Gould tenía una visión muy clara de su oficio, tenía ideas y opiniones originales y a veces sorprendentes sobre la música, compositores e interpretaciones. Era un hombre culto (los músicos no suelen serlo) y podía haber cultivado con éxito la escritura. Era un pianista genial, sí, y un intelectual de la música en el sentido más amplio y generoso del término.

A la pregunta de si la interpretación ideal es algo objetivo y reconocible, Gould responde que «depende sin duda del aura de la ocasión, e incluso de la atmósfera del mes, del año o de la época de su vida. La valoración puede variar enormemente». Es decir, la interpretación ideal se torna en un capricho, en pura subjetividad. Luego da una lección sobre la fragilidad y vulnerabilidad de la apreciación. Dice Gould:

hace algunos años hice una grabación del Concierto en re menor de Bach, y estaba muy satisfecho en aquel momento. Dos o tres años más tarde, un día estaba en mi coche y puse la radio en medio del primer movimiento de una grabación que alguien había hecho del mismo Concierto. Por aquel entonces el tocadiscos de mi casa estaba desajustado y giraba un poquito más rápido, lo que elevaba todo lo que sonaba un semitono ascendente, y hería mi oído absoluto; al mismo tiempo, le añadía un elemento de brillo nada desagradable, dando a las cosas un intensidad ligeramente toscaniniana. Me había acostumbrado a escuchar en mi bemol mi propia grabación del Concierto de Bach, y de pronto lo escuchaba en la radio en re menor y más lento. Empecé a preguntarme quién podía ser el intérprete. Sabía que la obra había sido grabada recientemente por X, Y y Z. Creía que lo que escuchaba era sin duda de X, ya que la interpretación tenía todas las cualidades de solidez; que yo, cuando la había grabado, había adoptado una actitud mucho más altiva respecto a la música. A medida que iba escuchando me preguntaba: «¿Por qué no puedo yo tocar con esa convicción, con esa clase de disciplina tan simple?». Estaba realmente furioso conmigo mismo. En ese momento llegó el segundo movimiento, y me dije: «¡Qué tempo tan maravilloso!». Luego percibí dos apoyaturas tocadas ampliamente antes de tiempo, mientras que la nota real no aparecía a la mitad del pulso sino en los tres octavos del tiempo. No conocía a nadie que hiciera eso con Bach salvo yo. Reconocí de pronto que lo que se oía por la radio era mi propia grabación y de inmediato comencé a encontrarle todo tipo de fallos. 

Esta cita es también un autorretrato del propio Gould, de su genio, de sus manías (excentricidades) y obsesiones, de su erudición, de su fascinación por la música grabada y un acabado ejemplo de la eterna insatisfacción de los grandes artistas.

Buscamos la objetividad porque no es posible alcanzarla en estado puro, como la felicidad o la sabiduría, y si podemos ser injustos con la obra y acciones de otros, no es difícil perder del todo el rumbo al valorar las propias. Suele imponerse una expresión vanidosa y distorsionada del ego o una crítica feroz que hiere la autoestima.

La valoración que tienda al justo medio, al equilibrio, lo sabía Gould, no es para los genios. Por razones técnicas desconoció su propia versión, que halagó y envidió hasta que descubrió que era suya. Entonces la despreció. Ah, la valoración injusta, el ego, la crítica despiadada, la insatisfacción.

24 de septiembre de 2017

Los relatos de Boris Vian

Boris Vian fue un artista fuera de serie, un mito del París de la posguerra cuya leyenda se hace más intensa con el tiempo. Es sorprendente todo lo que hizo, y lo bien que lo hizo todo. Fue ingeniero (eso no importa en su vida), cantante, trompetista de jazz, locutor, productor de discos, locutor, escenógrafo, inventor, traductor y escritor. 

Vivió tan rápido que pareciera que le quedó muy poco por hacer en este mundo, aunque sólo estuvo aquí treinta y nueve años. Si alguien quisiera inventar a un personaje como Boris Vian resultaría una especie de monstruo, insufrible, increíble e inverosímil. Otro atributo del gran Vian: es inimitable.

Noticia para lectores: El lobo-hombre (Tusquets) es una colección de trece relatos. Todos distintos, revelan una faceta de Vian, modelo de creador sin pausa, de artista total, de innovador incesante, siempre en busca de algo nuevo, en busca de hallazgos y a veces de respuestas. 

Este libro es un muestrario de propuestas estéticas, una celebración de la imaginación, un paseo por las tendencias de la literatura francesa de su tiempo. Se gozan mucho más si se leen a deshoras: en la oficina, de madrugada, bajo un paraguas en pleno aguacero, en un coche a alta velocidad...

“El lobo-hombre”, el cuento que da título al libro, es un ejercicio de imaginación. Todos sabemos del hombre lobo, pero qué tal que un día un lobo se convirtiera en hombre. El resultado fue más o menos agridulce, por no decir, amargo, y es que no resulta fácil ser hombre para un lobo (en realidad, no resulta fácil ser hombre), y sobrevivir entre los hombres.

Aquí historias de ladrones y niños perversos, de personajes absurdos, de prófugos de la policía o la justicia, que no siempre es lo mismo, de músicos de jazz que van a tocar una noche, de un taxista que encuentran en la noche a una mujer de armas tomar por decir lo menos, de una chica suicida que tal vez busca otra cosa y provoca una desgracia, de fiestas absurdas con personajes desquiciados, de chicas que les gusta gozar entre ellas (otro adelanto de Vian, sin duda) y gozan maltratando a un hombre, y de una máquina que se aprende una enciclopedia, es inteligente, sensible, con iniciativa y violenta: se rebela contra el hombre porque se han enamorado de la chica de su creador: el lado más oscuro de la temible inteligencia artificial, y conste que son escritos de 1950. Son el otro lado de la grave literatura francesa en tiempos de compromisos estalinistas y existencialismos sartreanos. 

Divertidos, ligeros, intensos, audaces, profundos, irreverentes, crueles y desbordantes de sentido del humor, estos relatos son una fiesta. Son transgresores, son de Boris Vian. Y eso es decir mucho. De despedida, una oración perfecta e incorrecta, inolvidable, luminosa como un relámpago: «Aun a riesgo de escandalizar, confieso que una mujer con falda es algo que no me ofende.»

14 de septiembre de 2017

Skyline

No puedo imaginar a la ciudad de San Francisco sin el Golden Gate. El puente es parte de su identidad, y parece tan natural como la bahía y las colinas que la circundan. Uno podría jurar que siempre ha estado ahí. Veo una foto vieja antes de que fuera construido. Algo falta. San Francisco ya no sería el mismo sin el puente, que pareciera que salta de una orilla a la otra, imponente, con la gracia de un gato.

Tampoco puedo imaginar París sin la torre Eiffel, ni a Pisa sin su torre inclinada (que ha ganado unos centímetros de verticalidad), ni a Londres sin la torre del Parlamento y el Big Ben, ni a Florencia sin el Duomo. Lugares comunes, el centro mismo del tópico, visitas obligadas para turistas. Casi cualquier ciudad tiene un edificio o un monumento emblemático, y no sé cuál podría representar a la Ciudad de México, tal vez la vetusta torre Latinoamericana.

Si el Empire State es el modelo de los rascacielos, las torres gemelas tenían un lugar privilegiado (estaban en uno así) en la línea del horizonte y la memoria colectiva de Nueva York. No puedo imaginar San Francisco sin el Golden Gate, y busco como contrapunto dos fotos de la skyline neoyorkina: antes y después del 11 de septiembre de 2001.

El puente se integra al paisaje, se incorpora a la naturaleza y a la neblina; los rascacielos son pura vanidad, monumentos al dinero y alardes de ingeniería. El puente es una celebración de las artes plásticas y la imaginación: un atleta de acero. Los rascacielos son la obscena verticalidad, simplones gigantes hacinados que ensucian el horizonte. El magnífico puente de Brooklyn tiene la solidez de un viejo roble, tan clásico y literario, tan cinematográfico, y ha sido testigo de tantas historias, que merecería ser el protagonista de una buena novela.

Una anécdota o un relato que terminará por ser una leyenda de Nueva York dice que un viejo y un joven miraban desde New Jersey la skyline de Manhattan. El joven echa de menos las torres gemelas. «Sin olvidar la muerte y la destrucción, los ataques terroristas me quitaron el paisaje de mi infancia. Desde que nací las torres estaban ahí», dice. Y el viejo le responde: «Es curioso lo que dices. Sin olvidar la muerte y la destrucción, los ataques terroristas me devolvieron el paisaje de mi infancia. Cuando nací, las torres no estaban ahí.» Todo cambia. Al levantar la vista, alguien mira que las nubes pasan, y también cambia el paisaje del horizonte o la frágil línea del cielo.

11 de septiembre de 2017

Literatura y terremoto

Comenzó como una leve sospecha, una ocurrencia sin importancia. Luego, volví a pensar en ella como una pista a seguir, un tema de conversación, algo que tendría juego para otra cosa, tal vez un apunte como este. La hipótesis, por así llamarla, dice que existe una novela o un cuento sobre cualquier tema o circunstancia. Una obra literaria de gran calado se ha ocupado de lo que la imaginación ofrezca y la realidad imponga.

Existe la novela de un hombre que se siente caballero andante, y otra de un guerrero astuto que pasa años entre aventuras que le impiden volver a su casa. Tenemos novelas de amores contrariados, de amores juveniles y seniles, de incestos y adulterios, de curas con problemas de conciencia, de policías que son ladrones, de un hombre que su suicida por no soportar la genialidad artística de otro, y la novela de un viejo que seduce jovencitas, otro que duerme con niñas sedadas, y la de un hombre que quiere dejar de fumar.

Tenemos la novela de un hombre que no puede dormir, otro cuenta su vida desde antes de su nacimiento, otro se hace viejo ante su retrato, y otra novela se ocupa de la especulación inmobiliaria. Historias de cazadores de ballenas y sobre perros y gatos y caballos. Historias de viajes y aventuras sin fin.

Tenemos novelas de naufragios, de historias callejeras, otra de un hombre que anda por una ciudad como en el Mediterráneo. Tenemos novelas de épicas de héroes, de avaros y mentirosos, de mujeres casadas confundidas, de genios matemáticos y de memorias y recuerdos. Vidas de emperadores sabios y de locos y celosos. Historias de guerras y de imperios y de fundación de ciudades, historias de una familia y de una casa, de un hombre que va a un pueblo donde todos están muertos a buscar a su padre.

Incluso hay series, la colección de novelas sobre dictadores que envejecen lentamente podridos en su miseria moral y la corrupción del poder. Y claro, también sobre lo que no es posible, máquinas fantásticas, seres de otros mundos y viajes intergalácticos. Existe, me parece, una novela o un cuento sobre todo lo posible y lo imposible. Existe una novela sobre cualquier tema. La lista es finita, pero innumerable: son todas las novelas del mundo.

Volvió a temblar con furia en la Ciudad de México. Al otro día, aquella hipótesis dio un giro. Las fuerzas telúricas la ponían a prueba. El terremoto de 1985 dejó crónicas y testimonios muy valiosos, pero no obras mayores. ¿Existe alguna gran novela sobre un terremoto, o al menos un buen cuento? Yo no los conozco. La hipótesis se puso a temblar: se vino abajo.

Le comenté el punto a Carlos Azar, que pareciera que ha leído todos los libros y que lo sabe todo sobre ellos. Sucede que tiene tantos, que no caben en su casa, por lo que lleva en su coche (en el asiento trasero, en el suelo, en la cajuela o maletero), algunos cientos más que lee mientras conduce por toda la ciudad. Otros tuvieron la dicha de visitar la antigua Biblioteca de Alejandría, pero he visto la impresionante biblioteca móvil en el pequeño Peugeot de Carlos Azar.

Carlos, en cuanto escuchó la hipótesis dijo: «Voltaire escribió sobre el terremoto que destruyó Lisboa en 1755.» Es cierto, lo hizo en Cándido, y en Poème sur le désastre de Lisbonne (Poema sobre el desastre de Lisboa), y las réplicas filosóficas llegaron hasta Kant, que también se ocupó de aquel terremoto que devastó y acabó con la capital de Portugal.

Tal vez la filosofía no es literatura, o no siempre lo es, pero ya teníamos dos o tres textos sobre el tema. Luego, Carlos me escribe: «Haruki Murakami tiene un libro de relatos que se llama Después del terremoto.»  La hipótesis, entonces, abollada, pero resurgía de sus cenizas. Tal vez la literatura se ha ocupado de todo, no ha dejado nada fuera de su celebración sin fin, pero me falta la novela sobre un terremoto.

No me extrañaría que un día un lector o alguien que aún no conozco me hablé de ella, de sus virtudes y me dé noticias de su autor. Pero no me sorprendería que fuera Carlos Azar quien confirme la sospecha de que existe una novela sobre un terremoto, y confirme la sospecha de que existe una novela de gran calado sobre cualquier tema que sea posible imaginar y fijarlo con palabras.

30 de agosto de 2017

Vuelta a Cien años de soledad

Después de muchos años, he releído Cien años de soledad. Descubrí página a página, de sorpresa en sorpresa, que no recordaba casi nada, lo cual fue muy útil para una lectura fresca y dichosa. Comprobé que Montaigne tiene razón: la función de la memoria es olvidar.

Sucumbí ante la imaginación desatada, los prodigios y las trampas tendidas, a la tensión que aumenta con el paso del tiempo en la novela. Vislumbré algunas claves y trucos de la «carpintería secreta», la sabiduría narrativa de García Márquez. Y con todo algo arrojaba una sombra en la dicha de mi lectura.

Soy poco afecto a la fantasía, a la ciencia ficción, al realismo mágico, y aunque no son lo mismo ni funcionan igual, me despiertan más o menos la misma suspicacia, las mismas sospechas. Algunos libros célebres se escapan de mi entendimiento y mi alegría lectora.

No soy entusiasta de los pasajes donde, por ejemplo, un cura «andaba tratando de probar la existencia de Dios mediante artificios de chocolate.» No puedo entender (ni aceptar así nada más) que alguien levite por tomar una taza de chocolate. Me contradigo, y aunque tampoco me lo creo, encuentro irresistible el personaje y la ascensión de Remedios, la bella: «la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma».

Las últimas cien páginas, cuando la novela se va cubriendo de la tristeza y la melancolía y la desgracia del final, son las más bellas. Y tal vez en ellas rigen menos los pasajes de realismo mágico que, para decirlo con Onetti, podemos llamar milagros.

Hace unos años, Alessandro Baricco, con imaginación y audacia, hizo una intervención de la Ilíada. Por un lado respetó los hechos y personajes del poema homérico, y por otro hizo cambios relevantes en el punto de vista y, sobre todo, sacó a los dioses del texto, los mandó al monte Olimpo porque nada le ofrecen a la humanidad de hoy. El texto fue un éxito en lecturas públicas, y el libro, Homero, Ilíada, gana, además de críticas duras, algunos elogios y lectores.

De pronto, hacia el final de la lectura, pensé si sería posible intervenir Cien años de soledad, al menos como ejercicio o experimento, y liberarla de los milagros del realismo mágico. ¿Qué quedaría?

A medio siglo de publicada, ya es un clásico entre los clásicos del siglo XX y de nuestra lengua. Es una obra portentosa que resiste cualquier lectura, que soporta cualquier comentario e interpretación. Si perderse, olvidarse o desaparecer es «el destino natural de la literatura», esta novela lo hará al final, en un futuro que no podemos imaginar porque será el final de otros muchos logros de la civilización o la civilización misma.

Sí, así será. Pero, ¿cómo sería Cien años de soledad sin los milagros, cómo sería Macondo y la estirpe de los Buendía sin curas que levitan con una taza de chocolate?

29 de agosto de 2017

Confidencias de un taxista

Llegué al sitio y el único taxista me dijo que tenía un servicio programado y no podía llevarme. No había otro coche. Estaban a punto de suceder dos cosas: la noche y la lluvia. Esperé. Supuse que en cualquier momento llegaría otro taxi. Cuando al fin abordé uno, era noche cerrada y el aguacero era implacable.

En cuanto tomamos rumbo, el chofer se disculpó: «No lo quiso llevar por irse a ver el futbol. Así son, los conozco, no les gusta trabajar, algunos compañeros del sitio son una vergüenza, de pena ajena.» Era un hombre mayor, algo triste y gruñón. «Mire usted, yo soy el más viejo del sitio, soy diabético y perdí una pierna, y soy el que más trabaja. No tienen perdón.»

Entonces, en el anonimato del taxi y la noche y la lluvia me habló sin desesperación un hombre desencantado. «Perdí la pierna izquierda, me la comió la diabetes. Tengo una prótesis que me molesta, me duele, tienen que cambiarla, pero no tengo dinero. Procuro cuidarme, pero es difícil porque vivo solo. Bueno, de vez en cuando me como una pieza de pan de dulce, que me encanta. Si un día salgo de casa y no tengo dinero, me pongo a trabajar y en una hora ya tengo para desayunar. Este es un negocio muy noble. El coche es mío, y ya da problemas, pero me ha servido. En una hora más ya tengo para la gasolina, entonces a trabajar todo el día.

»Mis hijos ya están grandes, y hacen su vida. Sólo mi hija medio se ocupa de mí. Es normal, está casada, tiene su familia. Mi mujer me abandono. Me dejó. Después de casi treinta años de matrimonio. Empezó con que quería trabajar... yo no quería. Y así estuvimos, batallando, como dos años. Hasta que le dije que sí, que se fuera a trabajar. Al rato ya andaba con otro, y me pidió el divorcio y se fue. Así, se fue.

«Casi le diría que ya sabía lo que iba a pasar. Y pasó. Ahora vivo solo, y no es fácil. Me cuesta mucho ordenar la casa, mi ropa. Como fuera todos los días, en cualquier fonda, según el rumbo y el hambre. Sólo paro un rato para comer, o para acomodar una prótesis, que me molesta. Ya tengo que cambiarla. Estoy batallando para cuidar la otra pierna. Ahí la llevo. Por eso me enojo con esos flojos que no quieren trabajar. Son jóvenes, están sanos. El coche es automático, y ya está viejo, ¿de dónde voy a sacar para otro? Y si pierdo la otra pierna, ¿se imagina?»

El trayecto fue largo, lento. Lo escuché con gravedad, traté de ser digno de esas confidencias.  Al llegar por fin a mi casa, el taxista no terminaba de contar sus desventuras. Ya había pasado el aguacero. Cuando al fin me bajé del taxi, una verdadera carcacha, le di mis mejores deseos, y le dejé en porcentaje la propina más generosa de mi vida.

25 de agosto de 2017

El rey piloto

Los niños sueñan despiertos sobre lo que les gustaría hacer de mayores. Suelen decir: «Quiero ser futbolista, bombero, astronauta...» Elegir el oficio o profesión que se ejercerá es una tarea dura y complicada, que desvela a los jóvenes, a los que tienen la opción de elegir. Es frecuente que no se tengan las aptitudes, los atributos, los recursos o el talento necesarios para cumplir el sueño que enciende eso que llamamos vocación.

El caso de Guillermo Alejandro es singular. Nacido para ser rey de Holanda (Países Bajos), combina sus deberes reales con su pasión: piloto de avión. Dos veces al mes, el rey de los holandeses, más o menos de incógnito, se pone su uniforme y se sienta en la cabina de un Fokker 70 y encuentra su realización profesional cuando toma el micrófono y dice: «Señores pasajeros, buenos días, les habla el copiloto... » No da su nombre, no revela su identidad, habla en nombre del capitán y la tripulación, pero sabe que muchos pasajeros reconocen su voz.

Dos veces al mes, el rey Guillermo Alejandro sale del palacio real a pilotar un vuelo no muy largo en alguna ruta europea. Tal vez se despide de su mujer y sus hijas como cualquier otro hombre que se va a trabajar: «Nos vemos en la noche, en la cena. Denme un beso, que me voy a volar.»

Guillermo Alejandro es piloto militar en el 334 escuadrón de transporte del Ejército del Aire holandés y coronel de la Fuerza Aérea, pero eso es parte de su educación de príncipe. Otra cosa es pilotar por gusto desde hace más de veinte años aviones de KLM, la compañía real holandesa de aviación: para algo le vale ser el rey de Holanda.

Cuando empezó a volar era el príncipe heredero, la fascinación por volar era un gusto de juventud, pero como monarca, y con cincuenta años bien cumplidos, sigue fiel a su vocación. Por supuesto, «volar es fantástico», «es una experiencia apasionante», «lo encuentro muy emocionante», «me ayuda a relajarme», pero tal vez hay algo más.

¿Por qué volar aviones grandes, en vuelos comerciales, si podría pilotar su propio avión, un jet ejecutivo? ¿Por qué asumir esa responsabilidad y el régimen laboral al que están sujetos los pilotos. ¿No tiene el rey de Holanda las obligaciones y los problemas de un jefe de Estado?

No sé a cuántos niños holandeses les gustaría ser rey de su país, pero sé que a Guillermo Alejandro no le basta con serlo, necesita mirar la Tierra desde diez mil pies de altura, la emoción de volar, sentir la tensión absoluta de despegar y aterrizar, de moverse por el mundo. Está claro que su condición de rey es un accidente; su sueño, su vocación es ser piloto, mirar entre las nubes el intenso azul del cielo.

Es un rey atípico, por supuesto. No le basta su condición real por nacimiento, no le satisface del todo haber heredado el trono. No le basta la corona para ser feliz. Y tampoco basta ser futbolista, médico, bombero, detective privado o ingeniero para alcanzar la realización profesional. Tal vez la plena felicidad vocacional, aquello que uno haría sin recibir una remuneración, como la vida, está casi siempre en otra parte.

24 de agosto de 2017

La poesía en la oficina

Leo poesía en la oficina. Desde hace unos meses leo un poema o unas cuantas páginas por día. Suelo hacerlo al volver de comer, para sacudirme el tedio y romper la inercia oficinesca, que tanto me pesa algunas tardes. No dejo de celebrar mi iniciativa. Ya agoté las obras de Ramón López Velarde, y paso a paso, en varios meses, leí una edición bilingüe de Hojas de hierba de Walt Whitman. El siguiente paso, claro, era Neruda, y poco me falta para acabar Canto general.

Así como los ahorradores guardan cantidades considerables al paso del tiempo, recuerdo las páginas leídas y lo provechoso que ha sido dedicar unos minutos de cada día a un poeta. A veces me basta unas líneas, un verso, para iluminar la tarde, para enfrentar en escorzo y por lo tanto desde otra perspectiva el trabajo de la oficina, que puede ser tan llano y estéril.

Tiene razón Witold Gombrowicz cuando dice que en las lecturas públicas de poesía nadie entiende nada, por la simple razón de que hace falta tener ante los ojos el poema, y leerlo dos, tres, cuatro veces para que florezca, se abre y nos comparta algunos de sus secretos. En los recitales, en esas lecturas, el poeta lee y el público está cazando el punto final para precipitarse en un aguacero de aplausos.

De la primera lectura casi siempre sólo queda el relámpago de algunos versos que con frecuencia tienen la contundencia de los efectos especiales en el cine. Pero hace falta volver al poema, abrirlo, oírlo, sopesarlo, calcular su ritmo, su peso atómico y sus propiedades químicas, la resistencia de su materiales para conocerlo y gozarlo. Entonces, el efecto de aquel verso se opaca un poco, pierde brillo, impresiona menos.

Leo un poema, una página, en unos minutos, y el medio se enriquece, la dinámica se torna más amable, el ambiente se humaniza. El aire y la luz se iluminan de poesía. Se produce un efecto estimulante. He encontrado un recurso eficaz y poderoso para sobreponerme y aligerar las tardes de oficina.

La poesía, aun la menos cercana o estimada, siempre ofrece recompensas, con frecuencia inesperadas. Pronto terminaré el libro de Pablo Neruda, y he decidido leer poemas de largo aliento, portentosos, inagotables, enormes y admirables como catedrales. He pensado en la Eneida, la Divina Comedia, el Libro de buen amor. Creo que la siguiente lectura será El paraíso perdido de Milton. Se antojan perfectos para gozarlos poco a poco en la oficina.

11 de julio de 2017

Dos lecciones

Leo en El mundo de Homero, Pierre Vidal-Naquet:
«Ulises desemboca en el país de los lotófagos, los comedores de loto. Un fruto que anula la memoria y el deseo de regresar al hogar. La memoria es propia del hombre, Ulises no come lotos.» La memoria lo hace hombre. ¿Qué le habría dicho Proust?

De la misma fuente, otra lección de Ulises:
«Calipso le ofrece, aparte de su lecho, lo que podríamos llamar la naturalización divina. Ulises la rechaza, opta por recuperar a Penélope, por seguir siendo hombre. Esa lección de humanidad es lo que da sentido a todo el poema.»

Ulises quiere seguir siendo hombre, y para serlo necesita conservar la memoria y a su mujer. Dos lecciones impecables en dos rechazos, en dos actos que podrían ser dos detalles al margen que no sería difícil dejar a un lado en una lectura apresurada. Los matices de la personalidad del héroe son muchos y profundos, y no menos asombrosos que las pruebas.

Reconozco el trabajo atento del erudito. Me admira la astucia del héroe. Me asombra la sabiduría del aedo, del enorme el poeta.

18 de mayo de 2017

Una muerte feliz

Bruce Hampton se desplomó en el escenario del Fox Theatre de Atlanta durante el «Hampton 70: A Celebration of Col. Bruce Hampton», el concierto-celebración de sus setenta años. Dice Jeff Sipe, baterista de la banda, que cerca del final de su presentación Hampton cayó con el micrófono en la mano mientras tocaban «Turn On Your Love Light».

La banda siguió tocando hasta que alguien se dio cuenta de que la caída de Hamtpon y su quietud no eran otra de sus bromas. Murió poco después en un hospital. Cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando, nos advierte Jorge Manrique.

Llamado el Coronel, Bruce Hampton era un cantante, guitarrista, compositor y líder de su grupo, el abuelo (granddaddy) de la jam-band scene. No es aventurado ni frívolo afirmar que, además, fue un hombre afortunado. Dante y Solón ya sabían que el término de la vida de un hombre puede fijarse en los setenta años.

Heródoto narra en Clío (lo he recordado ya en otro apunte) la respuesta de Solón, sabio y legislador ateniense, a Creso, el vanidoso y engreído rey de los lidios. Creso quería que el sabio lo llamara el más feliz de los hombres porque tenía poder y riquezas. Solón, prudente y con ateniense pesimismo, le dijo que de los poco más de veinticinco mil días que es el término de la vida humana, no hay uno idéntico a otro y que la vida es una serie de calamidades, por lo tanto no puede llamarlo feliz ni dichoso hasta que no concluyan sus días. El infortunio puede estar al acecho, por ello mientras no se sepa cómo muere un hombre, es prudente suspender el juicio y no llamarle feliz o dichoso pues se ha visto desmoronarse la fortuna de los más favorecidos.

Es preciso hacerlo, pero hay maneras de morir. Si alguien se libra de la violencia de los hombres, del infortunio, de los sucesos lamentables, de la larga enfermedad, del dolor y la agonía, sin duda se trata de alguien inmensamente dichoso.

No sé quién era el Coronel Hampton, nunca he escuchado su música; no sé nada más de él, salvo que era uno de esos bienaventurados. No puedo imaginar para un músico una mejor muerte, más dulce, que caer súbitamente fulminado en el escenario mientras cantaba y tocaba, ejerciendo su oficio, entre los suyos, arropado por su público, en el concierto que festejaba sus setenta años. Fortuna le sonrió y lo libró del dolor, de la lenta y progresiva disminución de facultades, de estar atado a una cama, de la pérdida paulatina de la vida.

Todo sucedió en un instante, cómo se viene la muerte / tan callando. Dichoso él. Jeff Sipe, el baterista, él último en verlo a los ojos, cuenta que el Coronel lo miró y le sonrió justo antes de caer sin sentido: «Creo que sonrió para despedirse», dijo. Yo no tengo ni la menor duda; estoy seguro de ello. Sonrió para despedirse al mirarla de frente y comprender en el último relámpago de lucidez que tendría una muerte feliz.

18 de abril de 2017

Vidas paralelas

Tal vez la Luna y una puesta de sol no puedan ser miradas de la misma manera por dos hombres. Y seguramente no hay dos que entiendan exactamente lo mismo por universo, justicia, belleza, arte o amor. Explicarse los misterios de la noche y el sentido de la vida son atributos de cada individuo de la especie, y las diferencias pueden ser notables. Ya lo advertía Alfonso Reyes: «No sé si el Quijote que yo veo y percibo es exactamente igual al tuyo, ni si uno y otro se ajustan del todo dentro del quijote que sentía, expresaba y comunicaba Cervantes.»

La experiencia vital de cada hombre es única e irrepetible, sin embargo, a veces las condiciones externas, las vicisitudes y el destino de dos personas guardan sorprendentes semejanzas. Entre más alejadas entre sí, más asombroso nos parece lo que tienen en común dos trayectorias vitales o, para decirlo con Plutarco, vidas paralelas.

Martín Ramírez (1895-1963) y Carlo Zinelli (1916-1974) tuvieron vidas semejantes, en las que algunos hechos esenciales son idénticos. Ambos trabajaron en el campo. Martín fue un agricultor de Jalisco que, como tantos otros, se fue de México a trabajar a los Estados Unidos. Carlo Zinelli, que provenía de una familia pobre, de los alrededores de Verona, fue pastor.

Ramírez cayó en una depresión profunda por las confusas noticias sobre la guerra cristera (destrucción del patrimonio, persecución y disolución de su familia). Zinelli fue soldado de Mussolini, estuvo entre las tropas italianas en España, donde sufrió un desequilibrio mental.

Ramírez, desempleado, durante la depresión del 29, vagaba por el norte de California en lamentable estado físico y mental. Fue arrestado y llevado a un hospital psiquiátrico; le diagnosticaron esquizofrenia aguda. Zinelli, al fin de la segunda guerra mundial, fue ingresado al manicomio de Verona; le diagnosticaron esquizofrenia incurable.

Ramírez comenzó a dibujar unos años después de estar en el psiquiátrico. Era completamente autodidacta; pronto el dibujo se convirtió en la actividad central de su vida. Se dedicaba, dice Víctor M. Espinosa, su biógrafo, a «fumar y a producir copiosas cantidades de arte». Zinelli, también autodidacta, empezó a dibujar en el psiquiátrico; «fumaba sin quitarse el cigarrillo de la boca», escribe Antonio Muñoz Molina.

Ramírez asistió en el psiquiátrico a un taller de cerámica, donde encontró estímulo para crear. Tarmo Pasto, pintor, profesor de arte y psicología se dio cuenta del talento de Ramírez y le procuró material: papel, lápices, colores. Un escultor danés, internado para desintoxicarse, descubrió el talento de Zinelli, que hacía dibujos en la cal de las paredes, y contribuyó a que se instalara en el manicomio un taller de arte. Ahí Zinelli encontró estímulo para dibujar, y cuadernos, lápices, colores, tinta y pinceles.

Ramírez era un solitario, casi no hablaba; nunca aprendió bien inglés y vivió aislado en el psiquiátrico, rodeado de gente que no entendía y que no lo entendía; vivía encerrado en un medio (una sociedad) que no comprendía. Dibujar y dibujar, hacerlo sin fin, era su manera de estar en el mundo. Zinelli, también fue un solitario, «se fue encerrando en un mutismo interrumpido por murmullos, repeticiones de palabras, fragmentos tarareados de música» que no paraba de dibujar.

Los dibujos de Ramírez tienen un lenguaje propio y variedad en la composición «a pesar de que todo gira obsesivamente en torno a los mismos temas: jinetes armados, trenes...». Los dibujos de Zinelli «incluyen rifles, locomotoras humeantes, uniformes azules de soldados... con un estilo sintético, con multiplicaciones y repeticiones, con la compulsión del trastorno...».

Martín Ramírez y Carlo Zinelli son considerados notables dibujantes autodidactas, cada uno con una propuesta estética firme, de gran originalidad, que descubrieron su talento y se entregaron a su arte en manicomios. Los dos se pasaron la mitad de su vida encerrados, y murieron en hospitales psiquiátricos.

Los dos dejaron una obra enorme: terminaban un dibujo y comenzaban otro, con impecable constancia. Zinelli hizo más de tres mil dibujos. De Ramírez no se sabe cuántas piezas se conservan, por la dispersión de su obra, y porque durante mucho tiempo el personal del hospital le recogía y destruía sus obras, pero a pesar de ello son varios cientos de dibujos, muchos en gran formato.

Los dibujos de Ramírez y Zinelli pueden ser considerados como arte outsider o arte marginal, si lo entendemos, como dice Gabriela García, como «creaciones que escapan a contracorriente, a la homogeneización del Arte. Sus protagonistas son personas, principalmente autodidactas, que experimentan una necesidad irrefrenable de crear».

Las creaciones de Martín Ramírez y Carlo Zinelli se montan en museos y galerías de muchos países (ambos han tenido su propia exposición en el American Folk Art Museum de Nueva York), y estimulado por sus leyendas, su fama crece y sus obras se cotizan en precios exorbitantes en el mercado mundial. 

10 de abril de 2017

Los coleccionistas

Siempre estarán insatisfechos. Ese es su sino y condición ideal. Tal vez su insatisfacción es la motivación mayor, el encanto del juego, de su pasatiempo y a veces de su pasión. ¿Qué coleccionista no pierde el sueño y la serenidad ante una pieza rara, única, que en ningún otro lado estaría mejor que en su colección?

No me refiero a los puntuales compradores de objetos de una clase que se encuentran en cualquier parte. No me refiero a una serie de gatos o búhos de cerámica o madera o de cualquier otro material que se hacinan en una repisa o una mesa.

Pienso en el coleccionista como un cazador que está siempre al acecho de la pieza que falta. Un buscador astuto como un felino hambriento que acecha a su presa. Alguien que anhela piezas que sabe tan difíciles de conseguir que pareciera no existieran. Un recolector selecto, que limita los alcances de su colección, que la orienta, la refina, y termina por hacer de ella una obra maestra.

Ese coleccionista necesita algo más que dinero. Hace falta una pasión implacable, como todas ellas, un conocimiento profundo adquirido por la experiencia y el estudio, por los viajes y el azar. Sabe que una colección no son todas las piezas posibles sino las mejores o representativas, las raras, los ejemplares únicos de un periodo histórico o un país.

Por supuesto que hay colecciones extensas de gran valor. La diversidad y el número las hacen estimables y pueden encerrar, por ello, un valor histórico y didáctico. Pero sin criterios fijos, sin límites estrictos, cualquier pieza cabe en una serie sin pies ni cabeza.

El coleccionista selecto, el que quiere una colección cerrada porque tal vez no habría más piezas para esa colección finita, limitada, y que completarla puede ser una misión imposible o el objetivo que le da sentido a una vida.

Un coleccionista es, en sentido recto, alguien que busca algo en la vida y no cesa de buscarlo. Conozco a un coleccionista que sabe que su colección nunca estará completa. Y como si fuera un rompecabezas al que le falta una pieza, todas las demás le dan contorno y sentido a la pieza que falta. Todas las demás remarcan y señalan su ausencia.

Confío en que el coleccionista no encuentre nunca lo que busca. Conseguir esa pieza es su mayor deseo, y verlo satisfecho sería como poner en su sitio ese trozo de cartón perdido en el rompecabezas; lo dejaría sin propósito. Una colección completa pierde sentido, como un álbum que tiene ya todas las estampas después de que la mirada satisfecha recorre sus páginas.

Esa colección puede ser admirable, y digna de un museo, pero ha perdido su encanto, su razón de ser, el supersticioso encanto de provocar insomnio y despertar emociones intensas.

Una colección mientras está en formación, incompleta, puede arrebatar a su creador hasta lo inverosímil. Por completarla, puede empeñar tiempo, esfuerzos y una fortuna. Luego, al completarla, si eso es posible, implacablemente, la colección pierde interés.

A la satisfacción de la obra concluida la desplaza una implacable sensación de vacío. ¿Qué puede hacer o desear un coleccionista si no entregarse al aburrimiento y el hastío cuando ha concluido su empresa y ha conseguido la última pieza?

5 de abril de 2017

El hombre que empolla huevos

Abraham Poincheval, francés, de cuarenta y cuatro años, es un profesional de las ocurrencias, las bromas y, de vez en cuando, los escándalos. Se siente muy orgulloso de sus pequeñas hazañas, que deben ser muy redituables, como pasar una semana en un agujero bajo una piedra de una tonelada de peso, otra semana en una plataforma a veinte metros de altura o dos semanas en el interior de un oso disecado. Sin embargo, Poincheval ha cruzado esa línea que separa el juicio de la sinrazón: se siente artista y su arte consiste en empollar hasta que eclosionen una decena de huevos de gallina.

En el Palacio de Tokio de París, centro de creación a orillas del Sena dedicado al arte moderno y contemporáneo, monsieur Poincheval se ha encerrado en una caja transparente en la que, dice: «estará en un contacto mucho más directo con el público.» Se ha provisto de agua, comida (espero que el menú no se componga de gusanitos y semillas) y de una silla con un hueco y un sistema para empollar los huevos veintitrés horas y media diarias durante 21 días. En la otra media hora de cada día dejará de sentirse gallina y saldrá de la caja.

Monsieur Poincheval confía en que ese ambiente será estable y propicio para su «primera representación con seres vivos», y nos explica las causas profundas de su empeño: «Un hombre incubando huevos me interesa porque plantea el tema de la metamorfosis y el género.» Ni más ni menos.

Que un hombre pretenda empollar huevos de gallina pasa como broma, como pasaje de una novela disparatada o como gag de una película, pero no como una obra de arte en sí misma. Es necesario decirlo una y otra vez: ese acto que de artístico no tiene nada es un intento vil de otra tomadura de pelo. Y quienes se acerquen al gallinero de monsieur Poincheval deberían saber que ver a un hombre pretender empollar huevos es un acto grotesco, absurdo, morboso, y que tal vez ya se han contagiado de esa extraña cepa de vesania aviar.

Si esto no es una gran boutade, en el nombre del Hombre y los más altos valores del humanismo crítico confío en que monsieur Poincheval recibirá la atención que merece. Antes que en una caja transparente a empollar huevos, debería encerrarse en un frenopático (sería su consagración, su obra maestra). Esperemos que la ciencia, en particular la medicina y la psiquiatría, puedan ayudarlo. Que así sea.

3 de abril de 2017

Una cena de negocios

En un restaurante pequeño, con discreto encanto, en el que cenaban parejas y familias, un hombre solo esperaba en la mesa de enfrente a la nuestra. Llegaron dos más a la mesa del solitario; eran socios, podrían haber sido hermanos.

El lugar y la comida, la cena, era irrelevante para ellos. Lo suyo era una cita de negocios. Los socios-hermanos, en lo sucesivo «los vendedores» querían convencer al otro, en lo sucesivo «el comprador», de que el acto más importante de su vida era a) invertir en la empresa de los vendedores, o b) comprar esa empresa.

Los vendedores, arrogantes, le hacían saber al comprador que le estaban haciendo un favor, y cualquiera que entendiera de negocios y con un mínimo sentido de la oportunidad aprovecharía la ganga que le ofrecían. El comprador se ofendió y le dijo que no lo trataran de tonto.

Ordenaron la cena casi sin mirar la carta, tensos y con una falsa cordialidad. Hablaban en voz muy alta, y era obvio para todos los otros comensales que esa que presenciábamos no era una reunión entre amigos. Era evidente que su presencia desentonaba con el ambiente del lugar.

Cada uno de los vendedores adoptó un papel. Uno sería el rudo (el malo) y el otro el bueno (el técnico). Uno agrediría y el otro conciliaría. Mientras comían daban información, hacían números fantásticos, calculaban utilidades de ensueño, hacían pronósticos inmejorables sobre el gran futuro de su empresa. Querían engatusar al comprador. Éste dijo al fin:

«Tu empresa no vale ni la mitad de lo que dices.»
«Lo que pasa es que eres muy estúpido y no te das cuenta del potencial, no sé por qué estoy tratando contigo», dijo el vendedor rudo.
«Porque quieres verme la cara», dijo el comprador.
«Yo estoy seguro de que va a descubrir el potencial del negocio; eso haría un verdadero empresario», replicó el vendedor técnico.
 «Si tu lo fueras, harías crecer tu negocio, que no vale nada», dijo el comprador.

Mientras comían, hablaron, discutieron precios y porcentajes. Se insultaron. El comprador, fuera de sí, soltó con escándalo los cubiertos y señaló con el dedo, amenazó al vendedor rudo; el vendedor técnico concilió una vez más, ofreció una disculpa. El capitán de meseros invitó a los señores a disfrutar el momento sin gritos ni exabruptos.

La cena acabó de pronto. Ante las irreconciliables posiciones, el comprador se hartó de los vendedores o de perder el tiempo y se levantó para irse. También se pelearon por pagar la cuenta: «Yo pago. No voy a deberte nada.» «Nosotros pagamos esta vez y tú la próxima, ¿te parece?» Los vendedores también se fueron enojados.

En cuando salieron, se hizo el silencio en el restaurante. Su presencia era en verdad molesta, incómoda. En mala hora se aceptaron y casi instituyeron los desayunos, almuerzos y cenas de negocios. ¿Por qué sentarse a la mesa -un acto que representa uno los grandes momentos y placeres para convivir con amigos y seres queridos-, para comer y beber con desconocidos, con rivales y enemigos?

En un tiempo en el que todo el mundo está siempre a dieta y los más días del año se cena cualquier cosa, de pie, frente al horno de microondas, ¿por qué confundir la buena mesa con los negocios y no dejar los pleitos para los despachos de los abogados?

Pensaba que la cena había perdido dignidad y se había desvirtuado de su sentido más profundo, y justo antes de comentar esa opinión en la mesa, recordé que siempre ha sido así: un momento para la política, los negocios, los ajustes de cuentas y lo terrible. No sé si Jesús fue el primero, pero él también trató asuntos graves y trascendentes a la hora de la cena. Anunció su fin, su muerte, y dijo delante del traidor que sería traicionado.

No creo que haya sido un momento feliz la Última Cena. Sería una pena hacer de la cena la hora de las malas noticias, las disputas y las negociaciones. Muy pocos momentos pueden ser más intensos y memorables que los de una cena, una copa de vino y una buena conversación en compañía de personas con las que vale la pena sentarse a la mesa a celebrar la familia, la amistad y el amor. 

28 de marzo de 2017

Dos maridos

Jeffery Scott Lytle, de 42 años, vecino de Monroe, condado de Snohomish, en el estado de Washington, en Estados Unidos, fue arrestado por dos delitos de solicitud de homicidio. Le envió un mensaje de texto desde su teléfono celular a un asesino a sueldo (sicario es la palabra que se utiliza ahora), para solicitarle sus servicios: «Hola, Shayne, qué tal. ¿Te acuerdas que me dijiste que me ayudarías a matar a mi mujer? Pues te voy a aceptar la oferta.» 

Está claro que Lytle no disponía de la suma para contratar a Shayne, pero le ofrecía el cincuenta por ciento de lo que cobrara al seguro, cerca de un millón de dólares; en realidad a los seguros, porque da a entender que Shayne también podría matar a su hija de cuatro años. Podrían repartirse todo lo que cobrara en partes iguales.  

Lytle tenía ya un plan. El trabajo para Shayne no presentaba mayores dificultades: «Yo voy a trabajar a las cinco de la mañana. Mi mujer sale hasta las dos de la tarde, así que tienes tiempo y puedes hacer que parezca un robo fallido o un accidente.»

Pero Lytle cometió un error fatal. El mensaje no lo envió a Shayne sino a su exjefe, que lo mostró a la policía. Tras ser detenido, Lytle negó haber pedido por escrito que mataran a su mujer y su hija. Se retractó y dijo que con esas palabras del mensaje quería desahogarse su enojo luego de una discusión conyugal... el mensaje, sí, bueno, estaba en el teléfono, sólo eso, sólo estaba ahí, y no lo había enviado, quizá su hija lo había enviado por error...

No sé cuál pueda ser la pena para alguien que solicita un homicidio. No sé por qué Lytle envió el mensaje a su jefe y no al sicario. No me sorprendería que pasara una larga temporada en la cárcel o que un juez lo deje en libertad con una fianza, pero estas cosas a mí siempre me han parecido propias de las novelas policíacas y del cine.

Y puestos a imaginar la situación de Lytle, uno imagina que viaja en un coche viejo a un barrio en decadencia, que anda por calles sucias en las que hay mujeres que fuman y se ofrecen. Uno pensaría que entra a un bar o un billar, tal vez que baja unas escaleras estrechas y llega a un salón casi en penumbras, donde todas las miradas lo examinan.

El desconocido pediría una cerveza en la barra, y un tipo se acercaría y le haría saber que no es bienvenido. Entonces Lytle diría que está buscando a un amigo, a alguien que le haga un favor. Entonces, luego de dos o tres cervezas, de conversar un rato, sería invitado a una mesa del fondo o a un privado. Se llegaría a un arreglo y tendría que dejar un montón de billetes verdes sobre la mesa que nadie se atrevería a contar porque saben que no faltaría ni un dólar de la cifra convenida.

Pero al parecer ni los crímenes por encargo son así. Tal vez nunca lo fueron y uno está condicionado por el cine y las novelas. Pero solicitar dos homicidios con un mensaje de texto debería ser un delito en sí mismo, un acto ordinario y vulgar que también merecería ser castigado. 

Tal vez Lytle quede libre, con la deuda de la fianza que le impondría un juez y un divorcio garantizado, pero seguirá visitando el mismo bar de siempre los viernes en la noche porque, después de todo, no ha pasado nada.


Desde 1994, hace ya 23 años, José Luis Casaus, un viudo zaragozano de 64 años, publica en la prensa española, cada 21 de marzo, una esquela para conmemorar el fallecimiento de Elena, su mujer. En su mensaje anual, que algo tiene de parte, Casaus informa a «Elenita» cómo va la vida, y sobre todo cómo han crecido sus dos hijos. Elena murió de cáncer de pulmón cuando esos niños tenían seis años. 

Y el lector de esa colección, de esa suerte de carta, de homenaje póstumo anual, se entera de cómo han crecido esos chicos que ya tienen treinta años. Recordé Stanno tutti beene (Todos estamos bien), una película de Giuseppe Tornatore, con Marcelo Mastroianni en el papel de un viudo que recorre Italia visitando a sus hijos, cuyas vidas son un desastre, y vuelve a la tumba de su mujer para decirle, para mentirle: «Stanno tutti bene.»

No creo que sea el caso de Casaus, que hace en cada esquela una lección de brevedad, estilo y humor. En sus textos, salpicados de ingenio y referencias culturales, no faltan comentarios familiares, nombres de cantantes y canciones, trozos de poemas (hay una cita de Razón de amor, de Pedro Salinas), menciones de Neruda, Borges y Alfredo Zitarrosa, entre otros, y circunstancias que sólo Elena y Casaus podrían comprender en su sentido pleno.

Si los textos tienen gracia, su impecable constancia marital es admirable. Dice que la suya es «una tradición que pretende quitar hierro a la tragedia. Por eso hablo en las esquelas de temas serios con humor.»

No sé si Casaus se pase el año tomando notas, pensando en lo que pondrá en la siguiente esquela. De lo que estoy seguro es que no deja de pensar en Elena, y en decirle en cada mensaje lo que ha sido la vida, lo que le ha quedado de la vida sin ella. 

Jeffery Scott Lytle y José Luis Casaus son las dos caras de una misma moneda. No podían ser más distintas sus posiciones y actitudes. La vileza y la nobleza se encarnan en ellos. Lo que Lytle daría porque su mujer estuviera muerta; lo que Casaus daría porque la suya estuviera viva.