(Apuntes de primera impresión en doce aproximaciones sobre una investigación del amor moderno)
16 de abril de 2023
El cuarteto de Alejandría
11 de abril de 2020
Los libros no escritos y por escribir
Julian Barnes, en El loro de Flaubert, presenta y comenta, al margen de los bocetos, apuntes y sueños juveniles, los libros que el gran novelista francés no escribió pero tenía previsto hacerlo, o al menos no había renunciado a ellos. Entre éstos estaba La Spirale, «una novela grandiosa, metafísica, fantástica y desgañitada» sobre un hombre con doble vida, y «uno de mis viejos sueños»: una novela de caballería.
Flaubert necesitaba dedicarle muchos años a cada libro, es muy probable que esas ideas de novela no las hubiera completado aunque se hubiera empeñado en ellas. Entonces, Barnes se pregunta: «¿Importan los libros que los escritores no llegan a escribir?»
Italo Calvino nos dejó no pocas obras, casi todas memorables, y aun así apareció entre sus papeles una larga lista con los libros que pensaba o quería escribir, y es muy probable que hubiera realizado muchos de ellos, si consideramos la nitidez de cada uno de sus proyectos, su disciplina y enorme capacidad de trabajo, si no hubiera muerto relativamente joven, antes de tiempo.
Borges imaginaba libros que nunca escribió, pero se tomaba la molestia de escribir las recensiones de esos supuestos libros, para desconcierto de críticos y lectores despistados, que corrían a las librerías a buscar esos libros no escritos y bien reseñados.
George Steiner, cuya obra admirable tampoco es breve, nos dejó muchos años antes de morir un volumen que se titula My Unwritten Books (Los libros que nunca he escrito) en el que dedica un ensayo extenso a los siete libros que no escribió a pesar de tener la «esperanza» de hacerlo; uno de ellos «Los idiomas de Eros» es célebre, entre otras cosas, porque ofrece algún secreto y ciertas claves de la propia vida sexual de Steiner.
Dedicar muchas páginas, limpias y lúcidas, a explicar por qué o en qué consistían esos libros no escritos y que jamás escribiría es un ejercicio muy significativo que se presta a múltiples explicaciones y lecturas. En su ausencia, están presentes, son como algunos de esos elementos químicos que ya tenían su lugar en la tabla periódica aun antes de ser descubiertos; forman parte de la constelación de obras de un autor, ejercen una función, irradian luz o guardan en su sombra, por ausencia, algo que definitivamente se ha perdido.
«Un libro no escrito es algo más que un vacío. Acompaña a la obra que uno ha hecho como una sombra irónica y triste. Es una de las vidas que podríamos haber vivido, uno de los viajes que nunca emprendimos», dice Steiner.
Me pregunto si esos libros no escritos de Steiner son en realidad esos ensayos sobre esos libros, y si los libros imaginados por Borges existieron, completos y logrados, al menos por una tarde en su mente. Los libros no escritos tienen una extraña presencia en la mente de su único posible autor, pero no son en realidad porque no han sido conformados de palabras, la única sustancia de la que pueden estar compuestos.
Un libro no escrito es una opción de vida que se perdió sin remedio. Una posibilidad que desapareció tal vez sin saber por qué. Hay libros que se marchitan en los cuadernos de apuntes al paso de los años, cuya vigencia caduca, y escribirlos mucho después de su momento será más un trabajo de exhumación que de celebración.
Así como pasa el momento óptimo de leer un libro (no es lo mismo leer a Julio Verne a los quince que a los cuarenta), también pasa el de redactarlo, y esa demora lo avinagra en la memoria, si es que aún persiste la voluntad de escribirlo.
Otros libros son pospuestos con la idea contraria: pensar que aún no es tiempo. Que hace falta más experiencia, mucha investigación en fuentes lejanas o inaccesibles, años de estudio o una madurez que aún no se tiene. Procrastinar un libro puede ser un acto de sabiduría pero también la coartada perfecta para no empeñarse en hacerlo florecer.
Un autor no cesa de imaginar libros posibles, algunas ideas son desechadas de inmediato, otras persisten, y luego viene el fracaso en el intento de hacerlos, con frecuencia porque su autor no supo escribirlos. La autocensura puede ser decisiva en la decisión de no escribir un libro deseado.
Enfrentarse a ese libro, a los juicios de otros cuyas opiniones importan puede ser la excusa perfecta para no escribirlo. La consideración de no herir o lastimar la memoria de alguien o la sensibilidad de una persona muy cercana, tal vez porque es mejor no hurgar en el pasado o no revelar alguna verdad, pueden ser razones de peso para abandonar un libro imaginado e incluso necesario.
Las razones pueden multiplicarse. Los motivos para renunciar a escribir un libro que uno mismo se ha propuesto, sin la voluntad de otros, son tantas como las justificaciones posibles para no hacerlo. Quizá sea mayor el número de los libros no escritos que los escritos.
Yo también tengo una lista de libros por escribir, y ya tengo la certeza absoluta de que no escribiré al menos dos de ellos. Las justificaciones que me digo a mí mismo me dejan insatisfecho, pero persisto en la no escritura de esos libros pensados; en cambio, mantengo relaciones turbias y complicadas con algunos de esos libros que anhelo escribir.
Al parecer, los libros no escritos dicen mucho de un autor; acaso tanto como los libros terminados (supongo que los inconclusos y abandonados formarán una categoría aparte). Deben cumplir la función de una antibibliografía, como el currículum de aquel hombre que presentaba sus fracasos y despidos laborales antes que sus méritos y éxitos; con ello estaba más cerca de la verdad y ofrecía por tanto elementos relevantes, dignos de tomarse en cuenta para su posible contratación.
Tal vez somos los libros no escritos. Esos que se quedaron atrás y se perdieron en el tiempo. Quizá son más nuestros aquellos que no supimos escribir, o esos otros que no pudimos emprender por falta de valor o abierta cobardía. Tal vez son nuestros como una afrenta los libros a los que no supimos darles una estructura, un tiempo y una distancia, un punto de vista y las palabras justas e imprescindibles.
De pronto, como un oráculo, encuentro algo así como una clave, la respuesta a la pregunta de Barnes. Muñoz Molina dice al final de «La invención de un pasado»: «Tal vez, después de todo, la tradición a la que uno de verdad pertenece es la de los libros que no ha escrito todavía.»
23 de febrero de 2020
La noche de George Steiner
En un artículo de prensa que es una necrología, un testimonio y un adiós, Antonio Saborit recuerda que George Steiner visitó la ciudad de México en 1998 y dictó dos conferencias magistrales. La primera de ellas en el Palacio de Bellas Artes, la noche del lunes 16 de marzo:
«A nadie importó que Steiner tuviera la resolución y el vigor de alguien por lo menos diez años menor, aunque sin duda eso contribuyó a grabarme el momento en el que en la sala principal de Bellas Artes se refirió a su más valiosa herramienta de trabajo, la memoria, a la manera en la que cada mañana la ejercitaba. Ahí mismo declaró que se quitaría la vida cuando notara que su memoria empezaba a flaquear.»
Yo también estuve ahí, y el artículo me ha devuelto a esa noche; Saborit también me ha dado la medida del tiempo, porque yo no podría decir hace cuánto sucedió, mi incapacidad para medir y calcular el tiempo podría ser un grave caso de estudio o un verdadero motivo de preocupación.
No hubiera podido saber si esa conferencia fue hace diez, quince o treinta años. De pronto descubro que sucesos que siguen muy vivos en mí pasaron hace muchos años, y otros hechos de hace unos meses me parecen perdidos en el pasado remoto.
Aquella conferencia, la única vez que vi y escuché a George Steiner, sucedió hace veintidós años. Con certeza absoluta puedo decir que a partir de esa noche comencé a leer sus libros, y sé que no he terminado. Lo mismo me sucede con Cervantes, Camus y Cortázar, autores que por razones que no necesito explicar ni conocer vuelvo a ellos porque son parte de mi vida.
La primera sorpresa de la noche fue la sede, la sala de espectáculos del Palacio de Bellas Artes. He frecuentado el palacio no sólo como espectador o visitante (por casi diez años trabajé en él), y hasta esa noche había visto entre sus muros de mármol a lo largo de mi vida funciones de la orquesta sinfónica, de ópera y ballet, conciertos de muy diversa naturaleza, lecturas de poesía, homenajes, entrega de premios, festivales de la canción, inauguración de congresos de sociología, asambleas sindicales de trabajadores del Instituto Nacional de Bellas Artes, pero nunca una conferencia.
Recuerdo que hubo un sistema de traducción simultánea, y que desde donde lo veía, el segundo piso de la galería, George Steiner, que hablaba en inglés, ganaba presencia y contundencia, con magisterio, y que decía cosas que en nada se parecían a las que decían los autores que yo leía o escuchaba.
Steiner iluminaba los nombres y temas que mencionaba, los fijaba con juicios y oraciones precisos y audaces. Así deben de haber sido sus lecciones, así son sus libros: plenos de sorpresas, de giros sorprendentes, de meandros y temeridades y casi siempre imprevisibles.
Recuerdo que estaba asistido por su hija, que llevaba una pluma en la inmóvil mano derecha, y que me enseñó para siempre que la cultura y la belleza no son accesorias a la vida sino dos de sus mayores atributos. La erudición y la claridad de pensamiento eran asombrosas.
Era un profesor, un erudito, un intelectual de altos vueltos. En realidad, era un lector atento y privilegiado, capaz de enriquecer los textos (o la música) que comentaba o explicar hechos culturales que analizaba con lucidez; su capacidad de interpretación era notable.
George Steiner era uno de los grandes críticos de la cultura de nuestros días. Y ahora, tras su partida, el recuerdo de aquella noche en el Palacio de Bellas Artes se torna cada vez más vulnerable a los caprichos de la imaginación.
Antes que recordar sus palabras y conceptos, terminaré por pensar, antes que en sus palabras de aquella noche, en el gusto de haberlo escuchado, en el privilegio de haber asistido a esa conferencia que se pierde en el tiempo y se mezcla con la alegría, siempre estimulante, de frecuentar sus libros. Apenas comprendo, tantos años después, la importancia para mi condición de lector de la conferencia del lunes 16 de marzo de 1998.
27 de junio de 2018
Europa
Una amiga viaja a Europa por primera vez. Me pregunta, insensata, qué debe ver. Le dije que las ruinas, griegas, romanas y las que encuentre. Los sitios en que yacen humilladas en el suelo por el tiempo y los elementos y los hombres esas piedras que conservan intacta la dignidad de los dioses y los héroes, su grandeza impecable después de tantos siglos.
Ve a las catedrales. Mira su majestuosidad, te lo dice un agnóstico. Busca en su imponente arquitectura la espiritualidad perdida, y no me refiero a ningún dogma ni religión. Mira los altares, las impresionantes columnas, las cúpulas prodigiosas en alturas de vértigo y cámbiate de pasillo si anda por ahí algún cura.
Visita los museos, llénate los ojos de luz y cultura y color y belleza. Mira los cuadros sin prisa, y no trates de agotarlos todos. Piensa que hay uno destinado a cambiarte la vida, por el que imaginarás lo que no habías sospechado, por el que comprenderás algo esencial, el que te hará mirar el mundo desde otro escorzo. Observa las esculturas, alguna te parecerá que late y vibra, que algo vive cautivo en su mármol para ti.
Escucha música en vivo. Asiste a las salas de conciertos, a los templos, donde encuentres que el arte de los sonidos y silencios hace girar el mundo. Si buscas un poco podrás oír orquestas extraordinarias y obras que bien podrías considerar una revelación.
Siente los rincones de ciertos barrios, las plazas y sitios emblemáticos de ciertas ciudades. Hay calles en las que reconocerás tus pasos, y descubrirás algo que sólo tú puedes valorar. Por último, le dije, entra a los cafés. George Steiner y Claudio Magris tienen razón, Europa está en sus cafés.
Sergio Pitol, infatigable viajero, dice en una de sus novelas, Juegos florales, que Europa «podía impartir todavía muchas lecciones a quien llevara algo en su interior, era capaz de transformar a un individuo pero no de inventarlo. Imposible enseñar a ver pintura a un ciego».
Aunque las capitales culturales se han multiplicado en todas partes, y el mundo en los tiempos de la globalización es cada vez más homogéneo, ese cita merece toda tu atención. No lo olvides, le dije a mi amiga, el viaje es una transformación, lo demás es irrelevante. Y le anoté, como su itinerario, la sentencia de Pitol en un papel.
5 de diciembre de 2017
El café San Marcos según Magris
El café es una institución europea, y no es muy aventurado imaginar que el arte y la historia de Occidente hubieran sido distintos sin esos establecimientos. «El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno.»
Me refiero al café europeo (que floreció incluso fuera de Europa), propensos a fomentar el fluir de las palabras, las conversaciones, el pensamiento, las ideas. Leer o pensar o escribir o juegar ajedrez o leer el periódico en un café son tan propios de su naturaleza como beber y comer en la misma mesa. El café europeo tiende a desaparecer y es sustituida por otro, digámosle americano, o con necesaria precisión estadounidense.
En mi ciudad, mientras uno a uno desaparecen los cafés europeos, surge uno tras otro en cada esquina un local de los suplantadores. No tengo nada en contra de éstos, y los visito con frecuencia, y todo está muy bien salvo que algo les falta, eso que Steiner conoce muy bien, y también Claudio Magris, que ha hecho en «Café San Marcos», un texto ejemplar de Microscosmos (Anagrama) el gran elogio de ese café triestino.
Al adentrarse en esas páginas el lector y parroquiano se siente arrebatado de la más extraña y alta forma de la nostalgia: una tristeza urgente por no estar sentado en una mesa de ese café, de esa ciudad que tampoco conoce. En el San Marcos transcurre todo porque es «un arca de Noé, donde hay sitio, sin prioridades ni exclusiones, para todos».
Luego del café en sí, su estructura, lo distingue «la fidelidad conservadora y el pluralismo liberal de sus parroquianos... En el San Marcos triunfa, vital y sanguínea, la variedad». «El café es una academia platónica, decía a principios de siglo Hermann Bahr ... En esta academia no se enseña nada, pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto.»
El café es un refugio, una especie de asilo, un templo, un museo, una galería, un punto de encuentro, un gabinete de estudio, un microcosmos. También un espacio privilegiado para la escritura.
«Escribir significa saber que no estamos en la Tierra Prometida y que no podremos llegar nunca allí, pero continuar con tenacidad el camino en esa dirección, a través del desierto. Sentados en el café, se está de viaje; como en el tren, en el hotel o por la calle, uno tiene consigo poquísimas cosas...» «El café es un lugar de la escritura. Se está a solas, con papel y pluma y todo lo más dos o tres libros, aferrado a la mesa como un náufrago batido por las olas.»
Un verdadero café, y no sólo el San Marcos de Trieste, es un paraíso breve y secreto, un punto de recogimiento entre los otros, un sitio frágil para la confesión y vislumbrar el ser de alguien. Un café es una isla a la que ansían llegar los náufragos sobrevivientes, heridos de nostalgia, de las calles hostiles de la ciudad, cualquier ciudad. Lo sabe George Steiner y Claudio Magris. Y con ellos, también nosotros.
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30 de diciembre de 2016
Traducciones, traductores
Verter un texto a otra lengua es, si el arte y ciencia de la traducción fuese un acto circense, un triple salto mortal con extremo grado de dificultad al vacío, sin red.
Tengo amigos profesionales de la traducción, y sé bien de sus desvelos, de sus luchas con los escollos insuperables (la figura ya es un escollo); los he visto fatigarse por desentrañar el sentido y la precisión y la belleza de textos imposibles; los he visto ejercer su oficio casi siempre mal pagado. Los he visto ir del texto al diccionario y a otro diccionario y a otras fuentes; Octavio Paz decía que un traductor es un hombre rodeado de diccionarios.
Traducir es darle vida a un texto en otra lengua; es hacer que la nueva versión diga casi lo mismo que en su lengua original. Es volver a escribir un texto que ya fue escrito por otro en otra lengua. Casi todos los traductores estarían más o menos de acuerdo con estas sentencias. Y también con esta: la traducción es imposible, sólo hay aproximaciones.
Tengo que preparar un artículo sobre Andrómaca, de Jean Racine. Si hubiera podido elegir, me habría inclinado por Berenice, y apoyado en George Steiner tendría una parte sustanciosa del trabajo. En mi biblioteca encuentro tres versiones. No recordaba que las tuviera. No me dedico al teatro ni soy especialista en teatro francés y mucho menos en Racine, pero el punto es que tengo tres. Tendré que elegir alguna. Voy del original a las versiones. Sus diferencias son tan profundas y esenciales, sus aproximaciones al texto, sus omisiones y añadidos, que pareciera que alguna por momentos apuñala a Racine.
No las comento. Eso daría para un artículo en una revista de filología, para un proyecto de tesis. Sólo presento el incio del diálogo de la primera escena del acto primero de la Andrómaca de Racine.
Orestes.- Ya que vuelvo a encontrar a un amigo tan fiel como vos, espero que mi fortuna tomará un nuevo cariz. Y también, puesto que Harmione se ha preocupado de venir a hallarnos aquí, parece que se dulcifica su irritación. ¿Quién hubiera dicho que una perspectiva tan funesta a mi amor,* comenzaría por hacer que Pílades apareciese ante los ojos de Orestes y que después de haberte perdido habría de recobrarte, al cabo de seis meses, en la corte de Pirro?
Pílades.- Doy gracias al cielo porque, desde el día fatal en que la furia de las aguas distanció nuestras naves, casi a la vista de Espiro, parecía, al detenerme continuamente, que me cerraba las puertas de Grecia. ¡Cuántos riesgos padecí en este exilio! ¡Cuántas lágrimas he derramado al pensar en vuestras desventuras, temiendo siempre para vos algún nuevo daño que a mi triste amistad no le sería dado compartir! Y lamentaba, sobre todo, esa melancolía en la que por tanto tiempo he visto sepultada vuestra alma. Temí que el cielo os concediera la cruel ayuda de proporcionaros la muerte que tanto deseábais. Mas yo os veo, señor; y si me es dado decirlo, creo que un destino mejor es el que os conduce hasta aquí: el brillante séquito que sigue vuestros pasos no es, ciertamente, el de un desgraciado que buscara la muerte.
* Orestes ama a Hermione, y ésta lo rechaza.
Traducción de María Dolores Fernández Lladó (Ediciones Cátedra, Madrid, 1999):
entiendo que mi destino empieza a cambiar;
ya su cólera parece dulcificada,
dado que se preocupa por reunirnos aquí.
Quien creyera que, en orillas para mí tan funestas,
se me mostraría en primer lugar el rostro de Pílades;
que tras seis meses de creerte perdido,
me serías devuelto en la corte de Pirro.
parecía haberme cerrado el camino de Grecia.
Desde el día fatal en que el furor de las aguas,
casi a la vista del Epiro, separó nuestras naves,
¡cuántos sobresaltos he sufrido en el exilio!
¡Cuánto llanto derramado por vuestras desgracias,
temiendo siempre algún nuevo peligro para vos
que mi pobre amistad no podía compartir!
Sobre todo recelaba de esa melancolía
que por tan largo tiempo sepultó vuestra alma.
Temí que el cielo, en su clemencia cruel,
os brindara la muerte que tanto anhelabais.
Mas ahora os veo, señor, y me atrevo a decir,
que un destino más feliz os conduce al Espiro.
El pomposo cortejo, que hasta aquí os acompaña,
no es el de un desdichado que desea la muerte.
Traducción de Paloma Ortiz García (Gredos, Madrid, 2003):
Orestes:
Sí, ya que me encuentro un amigo tan fiel
adoptará un nuevo aspecto mi suerte.
Su ira parece haberse suavizado
desde que aceptó* venir aquí a verme.
¿Quién hubiera dicho que esta costa funesta
para mis deseos lo primero traería
a Pílades a ponerlo ante Orestes?
¿Que tras más de seis meses que te había perdido
me serías devuelto en la corte de Pirro?
Pílades:
¡Gracias doy al cielo! Deteniéndome siempre,
parecía tenerme cerrada la Hélade
desde el día fatal en que el furor de las aguas
a vista del Epiro separó nuestros rumbos.
¡Cuántas alarmas pasé en este exilio!
¡Cuánto llanto vertí por vuestras desdichas
temiendo que en nuevos peligros cayerais
que mi triste amistad no fuera a compartir!
Sobre todo temía esa melancolía
en la que vuestra alma había estado enterrada.
Temía que el cielo, con socorro cruel,
la muerte os deparara que siempre buscabais.
Mas os veo, Señor; y, si puedo decirlo,
más feliz destino os trae al Epiro.
El pomposo aparato que os viene siguiendo
no es el de un desdichado que busca la muerte.
*Entiéndase como sujeto «la fortuna».
28 de diciembre de 2016
Vecinos
La palabra rival procede de la latina rivus: arroyo. El rival es el que está del otro lado del río: el vecino. Es muy común que el adversario se encuentre detrás de las montañas o en la puerta de al lado. Si se hace un recuento de los casos en los que el enemigo es el vecino, se escribiría un capítulo clave de la historia de la infamia, de la Historia de los pueblos del mundo, y de no pocas tragedias familiares.
Las historias de abusos y actos inciviles de vecinos son parte de la vida en comunidad. Conozco el caso de dos familias rivales (¿los Montesco y los Capuleto eran vecinos?) que han perdido a tres miembros cada una por una rivalidad, un pleito del que ya nadie recuerda el origen, pero que al crecer en las ofensas y la violencia ya ha cegado seis vidas.
Tal vez la convivencia entre vecinos es el más alto punto de la civilización. No la creación del Estado y el contrato social como lo entienden los sabios y los profesores, sino el tolerar en paz la presencia de ciertos vecinos todos los días. Debería instituirse una medalla al mérito cívico por soportar la compañía de algunos vecinos.
Aunque también es cierto que entre los vecinos hay gestos solidarios, franca amistad, ayuda solidaria, y a veces las buenas relaciones acaban en compadrazgos, noviazgos y matrimonios que se fraguaron en el patio común o en el cubo de la escalera del edificio. (En su inicio, Playboy pretendía encontrar a sus modelos en la chica guapa de la casa de junto. Era una fórmula optimista, una forma amable de decir que la belleza está en todas partes. Y, claro, hubiera sido muy estimulante tener por rival, ahí, luego luego, casi sin salir de casa, a una modelo de esa revista.)
El malogrado Luis Ignacio Helguera escribió hace años un artículo memorable sobre la música de los vecinos. Soportarla algo tiene de prueba de los dioses, de ejercicio de templanza, de preparación espiritual en el dominio de las pasiones y práctica de las virtudes capitales. Ya que es inevitable escucharla, lo mismo a las dos de la tarde y a las dos de la madrugada, uno se pregunta cómo puede llenarse la gente la cabeza de tanta basura.
No hace falta creerse mejor que otros. No hay soberbia ni presunción frívola. Ni llegar a los extremos y provocaciones de Cioran: «Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios.» Simple y llanamente la paz y el silencio son invaluables, así como la buena música. Y la buena música (no es necesario explicarla) casi nunca es la que viene de la casa del vecino.
George Steiner lo sabe. Y lo dijo así, con profunda sabiduría: «Vivimos en un mundo en el que el poder más terrible es el ruido. El silencio es el lujo más caro. Tienes que ser muy rico para no oír la música del vecino.»
14 de enero de 2016
Europa está en sus cafés
La calidad de la prosa y la claridad de su pensamiento le dan a Steiner una dignidad de autoridad venerable, y a sus opiniones y juicios el peso de verdad revelada e inapelable: «Europa está compuesta de cafés. Éstos se extienden desde el café favorito de Pessoa en Lisboa hasta los cafés de Odesa frecuentados por los gangsters de Isaak Bábel. Van desde los cafés de Copenhague ante los cuales pasaba Kierkegaard en sus concentrados paseos hasta los mostradores de Palermo.»
Sí, un café «está abierto a todos; sin embargo, es también un club, una masonería de reconocimiento político o artístico-literario y de presencia programática. Una taza de café, una copa de vino, un té con ron proporcionan un local en el que trabajar, soñar, jugar al ajedrez o simplemente mantenerse caliente todo el día.»
Steiner sabe lo que dice, le da dignidad literaria y lo pone en el centro del problema de la cultura. Así que eso son los cafés. Los pubs ingleses o los bares irlandeses son lugares para ir a beber y contar historias: muchas de las mejores historias de la literatura han sido contadas en esos sitios, que no son cafés. Un café es un lugar donde se puede ser europeo, es decir: «tratar de negociar, moral, intelectual y existencialmente los ideales y las aseveraciones rivales, la praxis de la ciudad de Sócrates y de la de Isaías.»
En cada ciudad hay al menos uno histórico y aun egregio. Julio Cortázar, en el capítulo 132 de Rayuela hace una lista de ellos, desde la pura nostalgia, como un lamento, como si cantara un tango. Es una pena que esos cafés europeos tiendan a desaparecer en mi ciudad.
Los sitios para celebrar un poema o la amistad, para leer con furia y pasión una gran novela o un ensayo histórico, para el encuentro fugaz con uno mismo, desaparecen a golpes de modernidad y especulación inmobiliaria. Ocupan su sitio en el gusto y la preferencia de tantos parroquianos esos sitios uniformes, levantados uno tras otro en cadena, en franquicia, que ya no son cafés como aquéllos. ¿Dónde ser europeo? ¿Dónde celebrar la idea de Europa? Steiner tiene razón. Y por pura nostalgia, también Cortázar.
28 de diciembre de 2014
Instrumentos de escritura
"Nuestros instrumentos de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos" escribió Nietzsche, y sabía bien lo que decía. Sócrates quería parir a la verdad y confiaba en la memoria al punto de negar la escritura. Jesús trazó unas palabras en la arena y las borró enseguida.
George Steiner nos recuerda esto con perspicacia: Sócrates y Jesús no escribieron ni publicaron nada, y sin embargo sus palabras cambiaron el mundo. Pero no todos pueden transmitir su pensamiento mediante la mayéutica, la memoria y la parábola. Para el resto nos queda la escritura. Y Malala, la admirable, sabe de la fuerza invencible que transforma, libera y enriquece cuando se conjugan un maestro y un alumno con un cuaderno y lápiz.
Nietzsche tiene razón. No se escribe igual a mano que con una máquina de escribir o que con una computadora. No se escribe igual porque no se piensa igual, con la misma velocidad y el mismo sentido. Porque el texto mismo no revela y sugiere lo mismo.
Tampoco es lo mismo escribir a mano con un lápiz o un bolígrafo o una estilográfica. No es la misma escritura la que aparece en una hoja suelta que un cuaderno. La disposición, el peso del instrumento, la levedad del lápiz frente a la gravedad definitiva de la tinta, todo ello, hacen que cambie no sólo el pensamiento sino también los trazos, la calidad de la caligrafía.
Nietzsche tuvo una máquina de escribir. Una máquina de una extraña belleza que parece todo menos un instrumento de escritura. Una media esfera dorada con teclas arriba que parecen clavos. Podría ser un sismógrafo o un instrumento de navegación. Nietzsche fue un pionero, y escribió con ella cuando ya no veía bien, y descubrió que los instrumentos de escritura participan en nuestros pensamientos.
Luego lo supo T.S. Eliot y otros muchos, y debiera saberlo cualquiera que va de uno a otro instrumento en busca de la expresión justa, la idea central que aglutine lo disperso, el que busca la contundencia absoluta de un verso.
Voy de un instrumento a otro en busca de mi mejor escritura. Voy de uno a otro atento, mirando los cambios en la sintaxis, en la hondura. A mano escribo oraciones más largas y complicadas. En la máquina más directas y cortas. El instrumento ayuda a pensar. Entonces, si de desdobla y cambia, ¿cuál será la escritura más íntima y personal? ¿Dónde estará la escritura más pura y desnuda?
