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16 de abril de 2023

El cuarteto de Alejandría

(Apuntes de primera impresión en doce aproximaciones sobre una investigación del amor moderno)

1.  Lawrence Durrell advierte que «el tema básico del libro es una investigación del amor moderno», y seguramente lo es.

En realidad, difícilmente podría ser de manera consistente algo más. Los sucesos de la trama, por intensos que se nos presenten, y muchos de ellos lo son en extremo, pierden consistencia y se desvanecen, se relegan a sí mismos, unos y otros, en su devenir, en su discontinuidad, en su falta de desarrollo y conclusión novelesca convencional.

Son demasiados personajes y nadie es lo que parece; suceden demasiadas cosas, y pocas significan lo que sugieren.

Más de mil páginas son muchas para un ciclo de novelas que avanzan (o retroceden) hacia ninguna parte. Nada concluye; sólo pasa el tiempo, se modifican las relaciones, suceden hechos, los personajes cambian, los arrastra la vida.

Imposible contar el argumento: se desmorona. Se deshace entre las manos.

2.  La novela, entonces, o las cuatro novelas, es lo que dice Durrell, y sólo eso: la «investigación del amor moderno».

3.  La investigación se sostiene, como dice George Steiner («Lawrence Durrell y la novela barroca» en Lenguaje y silencio), sobre el notable estilo, singular, al que no duda en llamar, en su riqueza y desuso «barroco». Durrell, «a diferencia de los novelistas corrientes, usa las palabras como si éstas estuvieran enterradas en alguna cueva del tesoro».

La riqueza del léxico, la sintaxis, la audacia de las figuras y metáforas, las imágenes, luminosas, la unión inusitada de sustantivos y adjetivos son en verdad sorprendentes.

La prosa de Durrell es en verdad única, y sobresaliente entre los novelistas contemporáneos, es decir, del último medio siglo. Durrell (y decir esto puede ser temerario e injusto, como una acusación en falso) es un maestro de la prosa, antes que de la novela.

4.  Por lances y momentos, el cuarteto como una sola novela es deslumbrante; en conjunto, un alarde de escritura: la obra de un notable prestidigitador de las palabras.

5.  La investigación del amor contemporáneo puede considerarse, otra vez según Steiner y como punto de partida «una elaborada enredadera de encuentros sexuales, pues sólo así puede la espectralidad [sic] del espíritu humano encontrar la sustancia de la vida».

Los personajes de Durrell que habitan en el Cuarteto buscan y se buscan a través de la sexualidad. Nadie los culparía por ello, pero valdría subrayar que estarían en perfecta sintonía con las enseñanzas de Freud, y de la búsqueda paralela, aunque un poco anterior en el tiempo, de D. H. Lawrence y Henry Miller, mentores y modelos de Lawrence; el primero, incluso personaje o autor mencionado (celebrado) en el Cuarteto, y el segundo le ofreció una amistad decisiva y muy estimulante al novelista inglés.

La sexualidad es el camino para buscarse, alcanzarse, y, acaso, encontrarse y ser. Escribe Steiner: «Justine, Balthazar, Mountolive y Clea están fundados en el axioma de que las últimas verdades de la conducta y el mundo no pueden ser penetradas por la fuerza de la razón.  […] Durrell nos enseña que el alma penetra en la verdad como el hombre penetra en la mujer, en una posesión a la vez sexual y espiritual.»

Consumar el amor, y con esa consumación alcanzar la liberación y realización del Hombre es el camino, el único posible. (Clea creía que su virginidad era un obstáculo para su arte, su condición de pintora y artista en busca de su plena realización, su maestría.)

6.  Situada como tiempo de la novela a fines de los treinta y los primeros años cuarenta del siglo XX, los personajes acusan una modernidad impecable, aun si los consideramos como seres de fines de los cincuenta. En cualquier caso son anteriores a la revolución sexual, cultural y social de los años sesenta.

En su conducta y pensamiento son un grupo, en conjunto, de adelantados, de pioneros de esa modernidad en el amor, que rompió con los estrechos caminos del amor burgués, convencional, modelo dominante de aquellos años.

7. Una telaraña de relaciones más o menos efímeras, motivadas con frecuencia por razones no amorosas sino interesadas, con fines incluso políticos mueven a los personajes a formar parejas que apenas duran o permanecen.

Quizá la modernidad del amor, la investigación del amor moderno, sugiere que la fragilidad es su primera característica. Tal vez Durrell fue un visionario al advertir que el amor moderno es efímero, fugaz: líquido, para decirlo con Zygmunt Bauman.

8. El amor (la conformación de una pareja) como antídoto, el único posible, contra la soledad, y el vacío sin sentido, en el centro del ser, que suele acompañarla.

9.  La sexualidad como el vínculo de placer que mantiene unida, aun fugazmente a una pareja. La sexualidad, antídoto contra la muerte y dadora, fugaz y trascendente, del sentido de la vida.

10. El enamoramiento, aunque no siempre es una condición o la fuerza cósmica que une a dos, cuando aparece ordena el mundo y llena de sentido la vida del amante (el que ama), y quizá, aunque puede no saberlo ni sentirlo, del amado.

11. Por ello, el suicidio de Pursewarden personaje de personajes del Cuarteto, el más complejo, atormentado y oscuro; el más intenso y el que más sufre es un hecho relevante y tal vez el más significativo del ciclo: «desaparece», «se aparta», «se marcha» por amor a Liza.

La relación con su hermana, con el doble escándalo del incesto y la ceguera de ella, es el amor más profundo, constante, intenso e inviable de la novela. El amor prohibido, el que no puede ser, se levanta como el único que exige, por uno de los amantes, la desaparición del otro.

Pursewarden se marcha para que sea posible el matrimonio de Liza con otro hombre. El más grande amor tiene que inmolarse en nombre de un orden: matrimonio, hijos, patrimonio, protección, compañía.

El amor se aniquila a sí mismo por amor.

12. El ciclo del Cuarteto concluye con una promesa de amor. Un reencuentro entre Darly, el «hermano asno» y Clea, en el futuro, algún día, en Francia, lejos de sus amigos y examantes, lejos de Alejandría.

23 de agosto de 2019

Correspondencias: Durrell y Cortázar

Surge una asociación inesperada, y la escribo como si la dibujara con un lápiz de punta muy suave, con líneas muy tenues, apenas insinuadas, que pudiera borrar sin dejar rastro, que algo de El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, inasible pero esencial, asoma en Rayuela y en otros libros de Julio Cortázar. No sugiero una deuda, ni un préstamo literario, sino algo más sutil y etéreo, una manera de estar y en la geometría de conjunto de algunos personajes y sus relaciones personales.

Imagino un vaso comunicante, un soplo, un lejano aire de familia entre Darley y Horacio Oliveira, sobre todo en la relación que tienen con Melissa y la Maga. Ellas viven en un eterno desorden, metafísico y existencial, que comienza por el desarreglo de su habitación, en sus ropas. Ambas tienen un hijo, son un tanto ingenuas, y viven precariamente con hombres que no las aman, o no como ellas quisieran, y que acabarán por irse de la ciudad y de ellos. Ellas comparten una fragilidad, un encanto sensual en su delgadez que despertó la imaginación de generaciones de lectores, y sobre todo una vulnerabilidad extrema. No encuentro del todo aventurado imaginar que Melissa prefigura a la Maga, aunque el personaje cortazariano tiene una historia y un origen definido, conocido y publicado.

La manera en que ellos miran París y Alejandría, ciudades extranjeras, también guarda una semejanza. Miran a la ciudad, su ciudad, con desapego y distancia, sin vincularse demasiado con la realidad o el entorno, como pedía Baudelaire que miraran y se comportaran los flâneurs, esos solitarios que van por las calles sin propósito fijo, sin confundirse ni fundirse con la gente de la ciudad, y menos aún con la masa.

Hay una soledad común, un dejarse llevar como sistema para romper con la lógica imperante del mundo, que coloca a los personajes al margen, atados a la búsqueda del amor y de sí mismos. Viven en miserables habitaciones alquiladas, por momentos casi en la indigencia, sin aspiraciones, sin ambiciones ni proyectos. Viven dejándose vivir por el momento y la circunstancia mientras pasa la vida.

Casi siempre un libro nos remite a otro, enriquece o ilumina la lectura previa y esos dos libros, sin vínculo aparente, quedan unidos en nosotros, dialogan a través de nosotros porque ya no podemos separarlos. Juntos nos dicen a dos voces sólo a nosotros lo que tal vez no revelan a nadie más.

También es así con las personas, y con las ciudades. Encontramos similitudes, equivalencias, puntos de encuentro, atributos que son muy difíciles de compartir con otros si no tienen trato con esas obras, personas o ciudades. Y esto sucede muy lejos de la objetividad, al margen, incluso contra ella. Antes nos apoyamos en recuerdos deformados, en lo que la memoria recupera y altera o enriquece, también en lo que deja a un lado y que más vale no examinar. Son instantes, situaciones, trozos de conversaciones, certezas sin evidencias que vuelven y se incorporan en el presente y descomponen la realidad, la distorsionan porque inciden de pronto en nuestros gestos y actos. La literatura se inserta en la vida.

Dice Darley, personaje y narrador de Durrell, algo que, sin apartarnos de su ámbito, podría estar en Cortázar, o al menos, de manera paralela, coincide con el ethos de Rayuela, en particular con Oliveira: «Un flujo y reflujo de asuntos insignificantes, un husmear cosas muertas, fuera de todo ambiente real, que no nos llevaba a ninguna parte, que no nos exigía nada salvo lo imposible: ser nosotros mismos.» Los personajes de El cuarteto de Alejandría, tan distintos entre sí, se mueven como constelaciones, configuran en su interactuar, en su búsqueda, en sus amores y desamores, sus traiciones y noblezas, un grupo sin grupo, que me sugiere y trae a la memoria al Club de la Serpiente de Rayuela, y a otros grupos de amigos de otros libros de Cortázar, que adquieren su plena dimensión en conjunto y conforman una figura.

En Justine, primera novela de El cuarteto, un personaje, escribe: «Sueño con un libro tan intenso que pudiera contener todos los elementos de su ser, pero no es el tipo de libro al que estamos habituados en estos tiempos. Por ejemplo, en la primera página, un resumen del argumento en pocas líneas. Eso nos permitiría prescindir de toda articulación narrativa. Lo que siguiera sería el drama liberado de las ataduras formales. Mi libro quedaría en libertad de soñar.» Este personaje, Arnauti, es escritor, y su proyecto de libro me remite, con otra línea apenas dibujada, a Morelli y su libro anhelado en el capítulo 62 de Rayuela, en el que se prescinde de psicologías y convenciones, y que «al margen de conductas sociales, podría sospecharse una interacción de otra naturaleza», que tomará forma en otra novela de Cortázar, 62. Modelo para armar.

Pareciera que algunos autores se apoderan de lugares, situaciones, palabras abstractas, algunos recursos del oficio que ejercen con maestría, y es casi inevitable no recordarlos con la mención o evocación de esos lugares, situaciones y palabras. Es casi imposible no pensar en Dante a propósito del Infierno, en Kafka ante lo absurdo, en Borges ante los espejos, en Proust y la memoria, Pessoa ante el desasosiego.

Así, la palabra caleidoscopio, por su recurrencia y trascendencia en la literatura cortazariana, remite a él por simple asociación: «Cuando viene alguien a casa yo le ofrezco en seguida el calidoscopio», «pero a la vez ama el calidoscopio incalculable de la vida», entre otras muchas menciones, y sobre todo en la poderosa contundencia y sentido último con que se revela en la voz de Persio en Los premios: «No somos la gran rosa de la catedral gótica sino la instantánea y efímera petrificación de la rosa del calidoscopio.» Y es imposible no pensar en esta imagen y en Cortázar cuando se lee en Justine: «una nueva sacudida del calidoscopio, y Cohen [personaje de esa novela] se había borrado como desaparece un pedacito de vidrio coloreado.» Somos, como cada instante, frágiles y efímeros.

Encuentro otras correspondencias, llegan como trozos de otras figuras o vagas coincidencias, como guiños o espejos (tan presentes y plenos de significados en estas obras) que apuntan a mundos paralelos en los ambientes de los universos literarios de Durrell y Cortázar.

En una escena muy intensa y lograda de Justine, el personaje que da nombre a la novela, es la mujer de Nessim, y se encuentra con su amante, Darley, escuchando por la radio la voz de Nessim, que fue a El Cairo a dar una conferencia. Los amantes están en la recámara conyugal de la casa de Alejandría y oyen pasos, los inconfundibles pasos de Nessim, que sube la escalera. Sorprendidos, Justine y Darley no saben qué hacer y nada hacen, se quedan inmóviles esperando el desenlace. El locutor de la radio explica que la conferencia no es transmitida en vivo, que es una grabación. Entonces, si aún había una pequeña duda, comprenden que es Nessim el que está del otro lado de la puerta, a punto de entrar a la habitación. Y no entra, se marcha. En el capítulo 28 de Rayuela, la Maga, pareja de Horacio, está con Gregorovius en su pieza. Escuchan pasos en la escalera. «A lo mejor es Horacio», dice Gregorovius, que teme su llegada. «A lo mejor», dice la Maga. Pasa un momento y Gregorovius dice: «No era Horacio», y la Maga responde: «No sé. A lo mejor se ha sentado ahí afuera, a veces le da por ahí. A veces llega hasta la puerta y cambia de idea.»

En Balthazar, la segunda novela de El cuarteto de Alejandría, un personaje, Ludwic Pursewarden (en realidad se llamaba Percy, pero le fastidiaba la aliteración), es un novelista inglés, autor de Dios es un humorista y de cuentos de vampiros, que hubiera tenido mucho que conversar sobre literatura con Morelli, el personaje-escritor de Rayuela. Creía que la teoría de la relatividad «era directamente responsable de la pintura abstracta, la música atonal y la falta de formas (por lo menos de las formas cíclicas) en literatura, y creía que «el casamiento del Espacio y el Tiempo es la historia de amor más importante de nuestra época», y a nuestros bisnietos les parecerá «una unión tan poética como lo son las bodas de Cupido y Psique para nosotros. Para los griegos Cupido y Psique eran hechos y no conceptos. ¡Pensamiento analógico contra pensamiento analítico! Pero la verdadera poesía de época, su poema más fecundo, es el misterio que empieza y termina con una n’».

No conozco nada más cercano a una morelliana, esos apuntes de Morelli, en los que explica la búsqueda de su escritura, con la que aspira a trascender o aniquilar cierta literatura, que algunas opiniones de Pursewarden. Escribe Morelli: «Estoy revisando un relato que quisiera lo menos literario posible. […] Escribo muy mal, pero algo pasa a través. El “estilo” de antes era un espejo para lectores-alondra: se miraban, se solazaban, se reconocían…» Una nota complementaria de Pursewarden dice: «Sé que mi prosa tiene algo de plum pudding, pero eso ocurre con toda prosa identificada con el continuum poético; en realidad pretende dar una visión estereoscópica de los personajes. Y los acontecimientos no se presentan en forma serial, sino que se reúnen como los quanta, como al vida real […] Nuevo aparato crítico: le roman bifteck, guignol o cafard

En Clea, la última parte de El cuarteto, escribe Purswarden en su Cuaderno de notas:  «Un buen escritor debe ser capaz de escribir cualquier cosa. Pero un gran escritor está al servicio de compulsiones ordenadas por la verdadera estructura de la psique y no puede ser ignorado.»

Morelli también lo sabía, Y me pregunto si Rayuela en su búsqueda y también, en otro plano, 62. Modelo para armar no son dos de las respuestas posibles, el salto al Cielo, la inmersión total en un río metafísico, una búsqueda en el lado de allá, a esta otra advertencia de Purswarden: «Si el poeta tuviese que abandonar toda esperanza de hallar un asidero en la superficie resbaladiza de la realidad, estaría perdido, ¡y todo en la naturaleza desaparecería! Pero ese acto, el acto poético, ya no será necesario el día que cada uno pueda cumplirlo por sí mismo. ¿Qué se lo impide, preguntas? Bueno, todos tenemos un innato terror de separarnos de nuestra moral dolorosamente racionalizada; y ocurre que el salto poético que predico se encuentra precisamente del otro lado.»

Cortázar y Durrell en su búsqueda, cada uno, solo, aislado, imposible hacerlo de otra manera, miraron en la misma dirección. Pursewarden tenía la idea de una serie de novelas que fueran como «paneles corredizos», y un testimonio sobre él dice: «Justine protestó: ‘La mala bestia se burla de todo el mundo, incluso en sus libros’. Pensaba en la famosa página del primer volumen donde un asterisco remite misteriosamente a una página en blanco. Muchos lo toman por un error de imprenta. Pero el mismo Pursewarden me aseguró que era deliberado. ‘Remito al lector a una página en blanco para que se las arregle con sus propios recursos, que son el última instancia los únicos con que cuenta’». Esta cita podría ser de Rayuela, la invitación del Tablero de Dirección para que el lector arme y elija el libro que quiera leer es también invitarlo a que se las arregle con sus propios recursos. Otro contrapunto o punto (en el sentido de un partido de tenis o de pelota y pared) sobre el lector es este otro pasaje de una morelliana: «Es mucho más fácil escribir así que escribir (“desescribir” casi) como quisiera hacerlo ahora, porque ya no hay diálogo o encuentro con el lector, hay solamente esperanza de un cierto diálogo con un cierto y remoto lector.»

Las diferencias no son menos notables y evidentes. El tema central de El cuarteto de Alejandría es, según Durrell, «una investigación del amor moderno», y no le falta razón, aunque también es mucho más. Rayuela aspira a ser un salto metafísico (¿al cielo?) para romper el absurdo de la vida no plenamente humana. Por ello es tan estimulante para los lectores, en particular los más jóvenes, desde hace más de cincuenta años. Y esa lucha contra el absurdo, el sinsentido y el conformismo también es la lucha de algunos de los personajes de Durrell.

Aurora Bernárdez, traductora solvente y primera esposa de Cortázar, tradujo Justine y Balthazar, hacia 1960, en París, justo cuando Cortázar empezaba a soñar, jugar y trabajar con su Rayuela, y está claro que conocía estas dos novelas a fondo. En sus Cartas 1954-1964, Cortázar hace de paso tres menciones de Durrell y de esas dos novelas. En una carta de diciembre de 1959 le dice a Jean Bernabé: «¿Ya leyeron a Justine y Balthazar, de Durrell? Il le fô [sic].» En junio de 1960 le reclama a Francisco Porrúa que no acuse de recibo algunos textos, y dice que la traducción de Durrell [la de Aurora] fue a dar a la aduana, «y hubo toda clase de angustias y dificultades para aclarar el asunto». La última, la más interesante, también a Francisco Porrúa, es de julio de 1964 y toma las novelas de Durrell como modelo para explicar un libro que deberá ser muy distinto a Rayuela, novela o antinovela publicada un año antes.

Ese libro que Cortázar no escribió tal como lo describe, hubiera consistido en dos partes: primero una serie de cinco o seis cuentos o nouvelles totalmente independientes, y la segunda parte hubiera sido una novela autónoma, sin relación con los cuentos, «pero que sin embargo contendría en su desarrollo una serie de paralelos, o armónicos, que incidirían en los cuentos iniciales al punto de que el lector empezaría a verlos bajo otra luz.» No quiere que «este otro libro sea una especie de Veinte años después, de manera que tengo que destetar completamente al anterior y es difícil». Unas líneas más adelante aparece la mención a Durrell: «En el Cuarteto de Alejandría, Durrell usó el sistema (more Wilkie Collins) de explicar lo sucedido en Justine mediante una nueva interpretación de Balthazar, y así sucesivamente. Lo que yo quisiera es diferente, porque en la novela no aparecerían los mismos personajes de los cuentos…». Tal vez Cortázar se refiere a la técnica y el uso del punto de vista que Wilkie Collins utilizó en su novela La piedra lunar.

Una serie de paralelos, o armónicos… Entre Cortázar y Durrell hay armónicos, puntos de contacto y paralelos en sus libros mayores. Los acercan líneas tenues que insinúan nuevas figuras: tal vez coincidían en su concepción profunda de lo que debería ser una novela al filo de los años sesenta. Ambos fueron, por así decirlo, renovadores del género. Eran contemporáneos, Durrell, nacido en 1912, era dos años mayor; Cortazar murió en 1984, seis años antes. Al parecer no se conocieron ni mantuvieron correspondencia. No hay más menciones a Durrell en los cinco gruesos volúmenes de las cartas de Cortázar. No tengo noticia de que Durrell conociera la literatura de Cortázar.

22 de enero de 2019

Solo o acompañado

Los lectores damos vuelta a la página de un libro y de pronto desembocamos en una oración que pareciera la respuesta que nos envía un oráculo para liberarnos de una pregunta que nos inquieta. A veces de ese encuentro surge de pronto esa sentencia que disipa una duda, que confirma una opinión o un juicio, que enriquece un argumento con otro punto de vista o un ejemplo.

A veces esa oración o ese párrafo confirman algo que sabíamos, y no es difícil que en realidad expresen con belleza y maestría lo que no habíamos sido capaces de expresar con tanta claridad y fuerza pero que coincide, sin embargo, con nuestra convicción. No es difícil que los lectores de poesía no se asombren de lo que ilumina el poeta, porque lo que dice es algo que ellos también saben y sienten, sino que sea capaz de fijar con versos indestructible lo que ellos sólo insinuaban como en un balbuceo. «Sí, es así», se dicen «ya lo había pensado, ya lo había sentido, ya lo había soñado.»

Entonces el lector se detiene ante esa oración, esa idea, y no es difícil que la señale, la subraye, la copie, la memorice, la ponga a salvo para recuperarla y no perderla, para distinguirla de entre todas las muchas oraciones que la rodean. El lector sabe que ha encontrado un tesoro.

La literatura, se ha dicho, también es una forma de conocimiento, y ante una de esas oraciones que a los lectores les parecen verdades reveladas, se levanta una convicción, una certeza. Pero la literatura también nos entrega opiniones encontradas, ideas frontalmente opuestas.

Con esa antigua e incorregible costumbre de leer más de un libro a la vez, por la mañana leo en Justine, la primera novela de El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, en la voz de Darley, el narrador:

«Una puerta se había abierto de pronto por obra de mi intimidad con Melissa, intimidad más maravillosa aún por ser inesperada y absolutamente inmerecida. Como todos los egoístas, no puedo vivir solo; la verdad es que mi último año de celibato me había resultado insoportable, y mi ineficacia para la vida doméstica, mi inutilidad en materia de ropa, comida y dinero me abrumaban.»

Las palabras de Darley no podrían ser más honestas y sentidas, sabe de lo que habla, y  podrían suscribirlas muchos, muchísimos hombres, los que no pueden o no saben estar solos (son legión los divorciados y viudos a los que les urge volver a casarse), por no hablar de su inveterada incapacidad para llevar con el mínimo decoro su casa o al menos sin entregarse a las fuerzas invencibles del caos.

Por la tarde, en Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, ese pozo sin fondo de lucidez, dolor, pesimismo y amargura, supuesto libro de uno de esos célebres heterónimos del inmenso poeta portugués, Bernardo Soares, encuentro justo el otro lado de la medalla de lo que dice Durrell:

«Eres libre si puedes apartarte de los hombres, sin que te obligue a recurrir a ellos la falta de dinero, o la necesidad gregaria, o el amor, o la gloria, o la curiosidad [...]. Ay de ti, sin embargo, si las presiones de la propia vida te obligan a ser esclavo. Ay de ti si, habiendo nacido libre, capaz de bastarte a ti mismo y vivir apartado, la penuria te fuerza a convivir. Esa sí es tu tragedia, la que arrastras contigo.»

«Como todos los egoístas, no puedo vivir solo», dice uno; «Ay de ti si, habiendo nacido libre, capaz de bastarte a ti mismo y vivir apartado, la penuria te fuerza a convivir», dice el otro. Uno no puede vivir solo, el otro no puede vivir acompañado.

Un escritor a lo largo de su obra acaba por decir de sí mismo mucho más de lo que imagina o quisiera. Lawrence no vivió solo, se casó cuatro veces; Pessoa vivía solo y nunca se casó. Aunque las oraciones citadas están dichas por personajes, entes de ficción, Darley y Soares, me inclino a suponer que Durrell y Pessoa, desde su experiencia y forma de vida, nos estaban diciendo su verdad.