La palabra rival procede de la latina rivus: arroyo. El rival es el que está del otro lado del río: el vecino. Es muy común que el adversario se encuentre detrás de las montañas o en la puerta de al lado. Si se hace un recuento de los casos en los que el enemigo es el vecino, se escribiría un capítulo clave de la historia de la infamia, de la Historia de los pueblos del mundo, y de no pocas tragedias familiares.
Las historias de abusos y actos inciviles de vecinos son parte de la vida en comunidad. Conozco el caso de dos familias rivales (¿los Montesco y los Capuleto eran vecinos?) que han perdido a tres miembros cada una por una rivalidad, un pleito del que ya nadie recuerda el origen, pero que al crecer en las ofensas y la violencia ya ha cegado seis vidas.
Tal vez la convivencia entre vecinos es el más alto punto de la civilización. No la creación del Estado y el contrato social como lo entienden los sabios y los profesores, sino el tolerar en paz la presencia de ciertos vecinos todos los días. Debería instituirse una medalla al mérito cívico por soportar la compañía de algunos vecinos.
Aunque también es cierto que entre los vecinos hay gestos solidarios, franca amistad, ayuda solidaria, y a veces las buenas relaciones acaban en compadrazgos, noviazgos y matrimonios que se fraguaron en el patio común o en el cubo de la escalera del edificio. (En su inicio, Playboy pretendía encontrar a sus modelos en la chica guapa de la casa de junto. Era una fórmula optimista, una forma amable de decir que la belleza está en todas partes. Y, claro, hubiera sido muy estimulante tener por rival, ahí, luego luego, casi sin salir de casa, a una modelo de esa revista.)
El malogrado Luis Ignacio Helguera escribió hace años un artículo memorable sobre la música de los vecinos. Soportarla algo tiene de prueba de los dioses, de ejercicio de templanza, de preparación espiritual en el dominio de las pasiones y práctica de las virtudes capitales. Ya que es inevitable escucharla, lo mismo a las dos de la tarde y a las dos de la madrugada, uno se pregunta cómo puede llenarse la gente la cabeza de tanta basura.
No hace falta creerse mejor que otros. No hay soberbia ni presunción frívola. Ni llegar a los extremos y provocaciones de Cioran: «Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios.» Simple y llanamente la paz y el silencio son invaluables, así como la buena música. Y la buena música (no es necesario explicarla) casi nunca es la que viene de la casa del vecino.
George Steiner lo sabe. Y lo dijo así, con profunda sabiduría: «Vivimos en un mundo en el que el poder más terrible es el ruido. El silencio es el lujo más caro. Tienes que ser muy rico para no oír la música del vecino.»
28 de diciembre de 2016
Vecinos
24 de diciembre de 2014
Cioran pudo ser novelista...
Escribí este libro en 1933, a los veintidós años, en una ciudad que amaba, Sibiu, en Transilvania. Había acabado mis estudios de filosofía y, para engañar a mis padres y engañarme también a mí mismo, fingí trabajar en una tesis sobre Bergson. Debo confesar que en aquella época la jerga filosófica halagaba mi vanidad y me hacía despreciar a todo persona que utilizara el lenguaje normal. Pero una conmoción interior acabó con ello, echando por tierra todos mis proyectos.
Así comienza el Prefacio de En las cimas de la desesperación, el primer libro de E. M. Cioran. Esta obra, escrita en rumano, le salvó la vida. Lo salvó de sí mismo, de la desesperación del título, con arrebatos líricos que le dieron, a través de la escritura, una forma de vida y una forma de estar en la vida. Una forma de vivir y una razón para hacerlo.
Este libro no está compuesto de los aforismos o adagios, de las sentencias luminosas y fulminantes de los libros de madurez, sino de ensayos breves propios de un recién graduado en filosofía. Es este un Cioran que todavía no ha hecho del cinismo y la ironía dos de sus herramientas más poderosas y letales.
Me reconforta leer en Navidad este libro de Cioran, que no conocía. Su lucidez, su pesimismo, me ofrecen un contrapeso necesario y estimulante. Un equilibrio, el otro lado de la medalla. Cioran es tan intenso, tan claro e inteligente, que siempre ofrece algo, aporta, y enriquece el momento, la soledad, el insomnio, la noche.
Pero ahora que leo el Prefacio, me doy cuenta de que sus primeras líneas podrían ser el primer y rotundo párrafo de una novela. Ya está ahí el átomo original de una buena novela. El personaje, su circunstancia; el narrador y su punto de vista, su arrogancia, su calidad moral y la conmoción que acaba con sus proyectos.
Estoy convencido de que hubiera sido un buen novelista, pero Cioran no se sentía filósofo ni escritor. Sin embargo, en esas líneas hay más verdad y ficción, más fuerza y literatura, que en muchas, muchas novelas deslucidas de miles y miles y miles de palabras.
15 de abril de 2011
Lecturas nocturnas de Cioran
En estas noches cálidas de abril, hasta muy tarde, leí Breviario de los vencidos de Cioran. No fue la primera vez que frecuentaba sus escritos, pero acaso ha sido el verdadero primer encuentro, ahora su lectura me deparaba un creciente gozo, una certeza en la incertidumbre, la confirmación de un escepticismo que podría ser el lema y la bandera de un navío que no conoce su derrota.
Ya no estoy en edad de entusiasmos intelectuales como los que sentí arrebatado por Cortázar y Camus, héroes absolutos de mi primera juventud, pero ahora me he sentido cerca de Cioran, de ese falso abandono y esa distancia hacia todas las cosas. Cioran me dice y me siento cerca de esa claridad, deslumbrante y cegadora: El que da un rodeo a la historia se desmorona violentamente en sí mismo.
Cioran encontró por el camino de la razón y la renuncia, el ocio y la conversación con extraños en las calles de París, las sinrazones de este mundo y la maltrecha condición humana. Pero luego pareciera que se contradice, que encuentra una salida:
Aún no sé si seguiré leyendo uno tras otro todos los libros de Cioran. Tal vez por ahora he tenido suficiente, pero no es un asunto de lecturas a la medianoche, es otra cosa. No sé si la decepción, la desesperanza y la lucidez sean contagiosas. Espero, en verdad, que no esté volviéndome un pesimista diletante con aspiraciones profesionales. En esta mañana en que escribo, pienso, acaso, que ya lo soy.
