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12 de septiembre de 2022

Javier Marías y su máquina de escribir

Javier Marías decía, casi como un lamento, en un artículo de abril de 2017: 

«Cuando esto escribo, hace sólo cuatro días que terminé una nueva novela. 576 páginas de mi vieja máquina Olympia Carrera de Luxe, la cual, me temo, está a punto de fenecer tras el tute a que la he sometido (cada página tecleada tres veces como media). Empieza a fallar, y si no consigo reponerla dejaré de escribir, supongo: a estas alturas de mi vida no me veo capacitado para pasar a un ordenador, renunciar al papel y a las correcciones a mano y a pluma sobre cada versión de cada página. Con ese ya arcaico instrumento saco también adelante estas piezas dominicales, que sufren parecido proceso de revisión y enmiendas. Agradezco a mis empleadores que me permitan seguir entregando un producto que les da más tarea de la habitual. Seguro que si fuera un joven meritorio me mandarían a paseo y me dirían: “Niño, consíguete un ordenador. ¿Qué te crees, que aún vivimos en el siglo XX?”»

La novela a la que se refiere es Berta Isla, y su vieja Olympia todavía le permitió escribir en ella (con ella) muchos artículos, cartas, ensayos y otra novela, la decimocuarta y última: Tomás Nevinson. Con la muerte de Marías se cierra un capítulo de la novela española, una manera de novelar, incluso una manera de escribir. 

Son muy pocos los novelistas que en el tercer decenio del siglo XXI siguen escribiendo en ese prodigio que fue la máquina de escribir. Tal vez es el último novelista, autor de una obra ingente, que lo hizo. Tendríamos que buscar con mucha atención y paciencia para encontrar a otros perseverantes. Los que encontráramos (Cormac McCarthy vive, pero no sé si siga escribiendo en su Olivetti) tendrán que ser autores mayores, dueños de su oficio y expertos en su instrumento antes de la irrupción de las computadoras, hacia 1990, por fijar una fecha no del todo arbitraria.

Javier Marías tenía entonces cerca de cuarenta años, y al menos veinte de teclear en una máquina de escribir. No pudo o no supo dar el salto tecnológico, pero también podríamos decir: no quiso que cambiara su escritura. 

Otros novelistas se incorporaron a la informática, y con ayuda o sin ella escriben en computadora. Lo cual parece muy sensato. Lo hicieron tantos, y la devastación natural del tiempo en esas generaciones nos ha dejado con unos cuantos de aquellos persistentes héroes de la máquina de escribir. No faltará quien les llame analfabetos digitales, anacrónicos y contumaces.

Tal vez esos novelistas que persistieron, y los pocos que aún lo hagan, saben que el instrumento determina la escritura. Escribir con un lápiz en una hoja suelta no es lo mismo que con una pluma en un cuaderno. El pensamiento y la mano no trabajan igual con un bolígrafo que con una estilográfica. 

Sí, el instrumento determina la escritura, su estructura y sintaxis. Escribir a mano o a máquina de escribir, que tampoco es lo mismo, obliga a pensar oraciones completas, al menos su estructura antes de fijarla al dibujar o escribir sus palabras. En una computadora se puede iniciar una oración por el final. El instrumento, sí, determina una escritura; a veces, incluso, sus palabras, su ritmo, sus hallazgos, su verdad.

Tal vez Javier Marías haya sido el último; estaríamos, entonces, con su partida, ante el fin de una forma de concebir y hacer literatura. La escritura de Marías, tan singular, plena de meandros, digresiones, de búsqueda de las posibilidades implícitas de cada palabra y cada oración, que cultivó intacta hasta el final, estoy convencido, hubiera cambiado, hubiera terminado por ser otra, si hubiera abandonado su único instrumento posible, su máquina de escribir, su insustituible Olympia Carrera de Luxe.

25 de noviembre de 2017

La poesía estaba en otra parte

Del fondo de un rincón de la vieja casa familiar ha vuelto, como de una exhumación, una carpeta con mis primeros poemas. Ha llegado a mis manos desde un tiempo que me parece tan remoto, tan lejano a mi vida y circunstancia que no reniego de ellos pero me es difícil reconocerme en esos intentos, en esos ejercicios. Por supuesto, dicen quién fui, y entonces me parecieron muestras impecables que me conferían sin más trámite el alto título de poeta.

No sabía que había sobrevivido una copia de aquellos poemas, pero reconocí de inmediato la carpeta, los papeles que han ganado rigidez y un color amarillento, pero los versos siguen siendo rotundamente malos. (¡Ah Rimbaud, tal vez eres el único, el príncipe de los poetas adolescentes!)

Los poemas están escritos a máquina sin mácula ni error, con una simetría tipográfica y cuidado admirables. Me recuerdo escribiendo en aquella máquina portátil, con la que también hacía las tareas escolares en la preparatoria. Pasarlos a máquina era un hecho trascendente, darles la dignidad de la letra impresa, la formalidad de escritos poéticos o literarios. Fijarlos en una hoja blanca era un acto solemne, un juego fascinante, un proceso dichoso que todavía puedo asociar con la felicidad.

Era feliz al mecanografiar esas tres docenas de poemas, y eso me bastaba. Pero también lo hacía con convicción, y creía que algunos de esos versos podrían salvar mi alma. Hoy me sonrojo y me avergüenzo de la poderosa ingenuidad de mi entusiasmo. Nadie se vuelve poeta sin la gracia de los dioses, pero es cierto que con la práctica y los años se puede mejorar un poco.

Tengo que destruir esos poemas. Tengo que entregarlos al fuego (lo haré yo mismo, no se lo pediré a ningún amigo). No merecen seguir en este mundo. Sin duda hablarían mal de mí, acabarían por ser la prueba y evidencia de mis torpezas. Sin embargo, siento un poco de pena por ellos. Han sobrevivido a mudanzas y terremotos, al tiempo, al olvido en el fondo de un armario del que no debieron de haber salido.

Sí, soy un sentimental. No quisiera incinerarlos pero ese es mi deber poético. En el nombre de la poesía es necesario acabar con ellos, asegurarme de que no dejen la menor huella en el mundo. Por ellos no vale la pena lastimarse los oídos, ni fatigar la inteligencia y tampoco la memoria.

Haré una ceremonia, digna y en secreto, y en el jardín esparciré sus cenizas. Dejaré aquí sin embargo constancia de su nombre: Como principio de río se llamaba aquella serie, y también diré que me parecía un nombre magnífico. Luego, para consolarme, leeré las obras completas de Rimbaud, y volveré a decirme que la poesía es magia y un misterio, y que como un ángel díscolo, no siempre se posa en la página y no ilumina todos los escritos ni habita en todos los juegos de palabras.

28 de diciembre de 2014

Instrumentos de escritura

"Nuestros instrumentos de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos" escribió Nietzsche, y sabía bien lo que decía. Sócrates quería parir a la verdad y confiaba en la memoria al punto de negar la escritura. Jesús trazó unas palabras en la arena y las borró enseguida.

George Steiner nos recuerda esto con perspicacia: Sócrates y Jesús no escribieron ni publicaron nada, y sin embargo sus palabras cambiaron el mundo. Pero no todos pueden transmitir su pensamiento mediante la mayéutica, la memoria y la parábola. Para el resto nos queda la escritura. Y Malala, la admirable, sabe de la fuerza invencible que transforma, libera y enriquece cuando se conjugan un maestro y un alumno con un cuaderno y lápiz.

Nietzsche tiene razón. No se escribe igual a mano que con una máquina de escribir o que con una computadora. No se escribe igual porque no se piensa igual, con la misma velocidad y el mismo sentido. Porque el texto mismo no revela y sugiere lo mismo.

Tampoco es lo mismo escribir a mano con un lápiz o un bolígrafo o una estilográfica. No es la misma escritura la que aparece en una hoja suelta que un cuaderno. La disposición, el peso del instrumento, la levedad del lápiz frente a la gravedad definitiva de la tinta, todo ello, hacen que cambie no sólo el pensamiento sino también los trazos, la calidad de la caligrafía.

Nietzsche tuvo una máquina de escribir. Una máquina de una extraña belleza que parece todo menos un instrumento de escritura. Una media esfera dorada con teclas arriba que parecen clavos. Podría ser un sismógrafo o un instrumento de navegación. Nietzsche fue un pionero, y escribió con ella cuando ya no veía bien, y descubrió que los instrumentos de escritura participan en nuestros pensamientos.

Luego lo supo T.S. Eliot y otros muchos, y debiera saberlo cualquiera que va de uno a otro instrumento en busca de la expresión justa, la idea central que aglutine lo disperso, el que busca la contundencia absoluta de un verso.

Voy de un instrumento a otro en busca de mi mejor escritura. Voy de uno a otro atento, mirando los cambios en la sintaxis, en la hondura. A mano escribo oraciones más largas y complicadas. En la máquina más directas y cortas. El instrumento ayuda a pensar. Entonces, si de desdobla y cambia, ¿cuál será la escritura más íntima y personal? ¿Dónde estará la escritura más pura y desnuda?

16 de agosto de 2014

Elogio de la máquina de escribir

Así como algunos historiadores señalan el inicio del siglo XX con el comienzo de la Gran Guerra en 1914, me gusta pensar que el siglo comenzó para la literatura con el primer libro creado en una máquina de escribir. El fin literario de ese siglo deberá fijarse no el día que fue derribado el Muro de Berlín ni cuando el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, sino cuando se ponga punto final a la última novela escrita en una máquina de escribir.

Tal vez nunca sepamos cuál fue la primera obra escrita en una máquina de escribir, aunque tenemos la certeza de que Mark Twain envió mecanografiado a su editor el original de Life on the Mississippi, que se publicó en 1883. Nietzsche tenía una máquina de escribir hecha en Dinamarca que le gustaba mucho y escribía en ella con destreza.  Estos pioneros iniciaron una era en la historia de la escritura que hace unos veinte años empezó a declinar, y cuyo fin está cerca.

La máquina de escribir, como antes otros  instrumentos y materiales, cambió la forma de escribir. No es lo mismo escribir con un estilo sobre una tablilla de cera que con un lápiz o un bolígrafo. Y aunque el pensamiento siempre va más rápido que la mano, la caligrafía (otro arte olvidado) nunca es tan bella y las palabras tan bien pensadas como cuando se escribe con una estilográfica sobre un cuaderno de buen papel. (Al dictar, la escritura avanza al ritmo de la habilidad de otro.)

Buena parte de la mejor literatura del siglo XX fue escrita en máquinas de escribir que le dieron a las páginas un aspecto inédito de compuesto en imprenta, que facilitó una distancia, una mirada crítica entre el autor y sus palabras. La escritura de Nietzsche cambió cuando empezó a escribir a máquina, y ya T. S. Eliot sabía que no escribía igual cuando lo hacía a mano que cuando lo hacía a máquina.

Algo propio de la literatura del siglo XX se perderá cuando se ponga punto final a la última novela escrita en una máquina de escribir. La escritura frente a una pantalla representa otra era en la historia de la escritura, y aunque ya han sido escritos así libros espléndidos, tal vez tendremos que esperar un poco más para que el número de lo que podremos llamar con certeza obras maestras absolutas escritas en una computadora de principio a fin forme una biblioteca.    

Con las computadoras no se escriben mejores textos, más claro y precisos, más ordenados y profundos. Las tareas escolares, los periódicos y los libros deberían estar mejor escritos y no es así. A pesar de los programas que pretenden corregir la ortografía y la gramática, las computadoras no mejoran la calidad del texto.

Antes lo contrario, pueden cambiar nombres propios, palabras, sugerir errores, y si se pulsa una combinación fatal de teclas, con un leve descuido al cortar y pegar, al insertar o cambiar, se puede perder lo escrito, aparecen disparates o trozos inconexos y ajenos, se cometen errores que con frecuencia se detectan demasiado tarde. Tengo la impresión de que frente a una pantalla pareciera que se revisa y corrige menos, se confía en exceso en la informática y con frecuencia se confunde la velocidad con la calidad.

La máquina de escribir impuso una escritura en la que las palabras, compuestas letra a letra a fuerza de golpear las teclas, tienen una forma, una consistencia, la cualidad de parecer más verdaderas y profundas, aun ante los ojos de quien escribe, por lo que la máquina se convirtió en la primera aliada del redactor y su primera e íntima crítica. No ha faltado quien le atribuyera dones de musa.

La máquina de escribir impuso una cadencia, un ritmo reconocible, y sus ruidos y sonidos (para muchos son  música) contribuyen a la fluidez de la prosa. Escribir a máquina exige hacerlo con todo el cuerpo, lo que genera una relación física con las palabras, como si éstas fueran esculpidas en el papel. Una hoja mecanografiada encierra, a pesar de las posibles tachaduras y borrones, la secreta satisfacción de lo conseguido con esfuerzo físico e intelectual.

Si bien la máquina de escribir es más lenta que el pensamiento, su naturaleza encierra una cualidad que la distingue de la computadora: el escritor debe tener en mente la oración que va a escribir, el orden de sus partes, su sintaxis; si no es así, no hay escritura posible en una máquina de escribir.

En una computadora se puede empezar a escribir por la última palabra de la oración, lo que está lejos de ser una ventaja; no son pocos los redactores que dejan en sus escritos graves errores y problemas de conjugación y concordancia, por ejemplo, por no construir y ordenar sus oraciones antes de llevarlas a la pantalla.

La computadora, en cambio, se erige como campeona imbatible a la hora de corregir un texto, de agregar un acento olvidado, de cambiar o suprimir un adjetivo, de insertar una subordinada, de eliminar un párrafo completo sin dejar huellas en la hoja impresa, sin necesidad de volver a hacerla de principio a fin.

La máquina de escribir, al exigir fuerza y vigor e idealmente los diez dedos de las manos, pareciera que pide una escritura ejecutada con la misma actitud con la que un virtuoso ataca el teclado de un piano. Sé bien que usar una máquina de escribir es un asunto generacional. Los más jóvenes no sabrán jamás de sus placeres secretos, y escritores que aprendieron hace muchos años (antes de 1990 las computadoras eran una rareza) seguirán tecleando en su vieja máquina.

Paul Auster ha escrito The Story of My Typerwriter (La historia de mi máquina de escribir, Anagrama), en la que cuenta la intensa relación que tiene con su Olympia. El novelista estadounidense Cormac McCarthy escribió sus novelas, unos cinco millones de palabras a lo largo de cincuenta años con una máquina portátil, una Olivetti Lettera 32.

Alguien me ha dicho que ya no hacen máquinas de escribir, que ya cerró la última fábrica en el mundo, pero también me he enterado que los servicios de inteligencia rusos han vuelto a utilizar un tipo de máquina de escribir para evitar filtraciones y fuga de información, y en los Estados Unidos se organizan congresos y reuniones de usuarios y coleccionistas de máquinas de escribir.

Tal vez ya podamos empezar a contar con los dedos de las manos a los escritores que emprendan hoy la escritura de una novela en una máquina de escribir. Tal vez hace falta una buen dosis de contumacia para escribir una novela (es mucho más sencillo celebrar la literatura leyendo una ya publicada), y hacerlo en una máquina de escribir será cada día más un acto excéntrico, una búsqueda interna, una rebeldía que guardará motivos muy profundos ¿Será posible identificar lo intrínseco de la escritura del siglo XX en una máquina de escribir?

Escribir hoy una novela en una máquina de escribir se antoja una empresa formidable y tan improbable como heroica, que alguien podría calificar de necia y absurda. Meter una hoja y ajustarla en el rodillo, escuchar cómo se imprime cada letra ya es un gozo, un placer secreto, un acto preparatorio, un rito, un juego supremo que exige paciencia y tiempo y un gusto implacable por ese juego.  

Pero, ¿no es acaso la literatura un gran juego, uno muy serio pero al fin y al cabo un juego? ¿Por qué no jugarlo entonces, de vez en cuando, en nuestro instrumento/juguete favorito?

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Texto para Escrituras mecánicas, proyecto de Isaí Moreno. 
http://escriturasmecanicas.wordpress.com

4 de diciembre de 2012

El punto final

El oficio de escritor ofrece la posibilidad de una trayectoria tan larga como la vida misma, con frecuencia hasta el fin de los días del autor. Es posible escribir bajo condiciones adversas, en los sitios más inesperados, en el encierro y en el exilio, de día y de noche, con lluvia o sol.

Nada impide por sí mismo que alguien escriba salvo la ignorancia totalitaria del censor. Algunos, muy enfermos o venerablemente ancianos han dictado sus últimas obras (a juzgar por los ejemplos de algunos de los más grandes, la ceguera no es un obstáculo para la poesía). Tampoco nada obliga a un retiro, a una dimisión.

Aunque no se haya escrito ni publicado en mucho tiempo, aunque pareciera que el silencio y la desidia o el desgano se han impuesto siempre es posible el zarpazo inesperado y postrero de un poema, un ensayo o una novela. Mientras no se pierda lo que Cortázar llamó la fascinación de las palabras, mientras bulla la imaginación, y el estímulo del mundo y de la vida misma continúen animando el pensamiento, un escritor seguirá activo.

La condición de escritor está en la mirada, en el acto incesante de develar e interpretar el mundo y está en lo suyo aunque no escriba ni una palabra. No es necesario siquiera que tenga algo trascendente que decir, basta la voluntad de escribir, el goce y el deseo de hacerlo o la severa obligación impuesta por el cumplimiento irrestricto de un deber. El ejercicio del oficio tiene razones y secretos no del todo claros ni conocidos. El don de la escritura misma tiene algo de misterio.

Enrique Vila-Matas ha dedicado un libro, Bartleby y compañía, para comprender a los que de pronto dejan de escribir, a veces sin motivo evidente, y ha reunido una colección de historias y casos en su búsqueda de las razones de esa extraña conducta.

La sección mexicana de los bartlebys, ese club mundial de los que renuncian por siempre a la escritura, está presidida por un escritor portentoso, tal vez el mejor de los nuestros. Juan Rulfo imaginó un par de libros definitivos, inagotables, de una profundidad sin fin, dos obras maestras; las realizó y luego a otra cosa. De la palabra iluminada al silencio.

Tal vez un escritor así, después de alcanzar la cumbre, con clarividencia y sabiduría pretenda evitarse los sinsabores de la innoble tarea de superarse a sí mismo, esquivar el abismo de la repetición, la condescendiente conmiseración de críticos y lectores, el amargo vértigo de la acechante decadencia.

Carlos Fuentes murió a los ochenta y tres años con un libro más en proceso y estoy seguro de que no le hubiera disgustado caer fulminado sobre su máquina de escribir.

Escribir libros, en particular novelas muy extensas, exige una dedicación con voluntad inquebrantable que puede ser agotadora. El dominio de un oficio, aun la maestría absoluta, no garantiza que habrá un libro más y tampoco que el siguiente será tan bueno como el mejor que ese autor haya escrito.

Pareciera que cada libro tiene su sino y que el ejercicio del don de la escritura tiene algo de azaroso y novelesco. Sería estupendo dejar de escribir a tiempo, pero casi siempre el silencio viene por otras razones.

Tal vez por eso, a pesar de lo dicho, no sorprende que un escritor con muchos años encima dejé de escribir sino que anuncie su retiro y que esa proclama de jubilación voluntaria tenga en la prensa un carácter semioficial de muerte cívica con declaraciones, lamentos, despedidas solemnes, obituarios literarios y valoraciones y juicios que se pretenden definitivos.

Philip Roth e Imre Kertész se han despedido de la escritura. Roth, a los setenta y nueve años, con una bibliografía de más de treinta títulos, casi todos novelas, se despidió así: «No quiero leer ni escribir más. He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado y he leído. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes.»

Roth, modelo de escritor profesional, de esos que escriben con disciplina ejemplar para publicar un libro al año, se ha cansado. Lavorare stanca (Trabajar cansa), es el título de un libro de poemas de Cesare Pavese. Los poetas saben lo que dicen.

Imre Kertész, el primer húngaro en recibir el premio Nobel, de ochenta y tres años, dice: «Ya no quiero escribir. Mi obra, que está tan relacionada con el Holocausto nazi, ha concluido para mí.» Sobreviviente de los campos de Auschwitz y Buchenwald, cree que ya no tiene nada que decir porque da por concluida su literatura sobre la experiencia fundamental de su vida: «El campo de concentración sólo puede imaginarse como texto literario, no como realidad.»

Si hacer literatura es contar el mundo, decir y cantar lo que mueve y sorprende, lo que uno se encuentra y la imaginación descubre, siempre hay razones para escribir. Renunciar a hacerlo, a no tomar más la pluma e iniciar una escritura en un cuaderno nuevo, es cerrar el capítulo trascendente de una vida dedicada a las palabras.

Nadie acaba una obra porque nadie termina nunca de contarlo todo, pero al parecer también la literatura y la vida misma cansan. Así y sólo así se entiende que un escritor declare que ya ha puesto el punto final.

27 de julio de 2008

Fleur Jaeggy y su máquina de escribir

Nunca había escuchado su nombre, tampoco había leído nada de ella, y de pronto, un artículo de periódico me ha despertado una alegría fría, como su mirada y, al parecer, su literatura; un deseo de leer sus escasos y breves libros, esas palabras desnudas y heladas. "Si los personajes no exteriorizan nada, ¿qué puedo hacer yo? Lo glaciar también revela sentimientos", dice, casi apenada, a punto de justificar la brevedad de su obra, su morosidad en publicar.

Esta escritora italiana de origen suizo, tan tímida, que se encuentra tan a disgusto en la entrevista, es Fleur Jaeggy, mujer de Roberto Calasso, y la antítesis de los escritores que buscan desesperadamente sus minutos de gloria, decir a los cuatro vientos que han escrito una gran novela, que tienen grandes ideas o que han revolucionado un género.

Ella sólo dice que le gusta el vacío y no lo tiene, que se ha desprendido de muchos libros porque lo invadían todo y se amontonaban por el suelo. Tiene una historia verdadera con un cisne, se refugia en un castillo en Alemania, y tiene ideas muy claras sobre la perfección y la brevedad.

Puedo imaginarla en su departamento exquisito de Milán, con su gato, sus libros, su silencio, con cierta morbidez escribiendo sobre una familia de suicidas. Pero no es nada de esto lo que más me ha interesado de ella. De pronto comprendo por qué esta mujer se me revela conocida, fraterna, pues compartimos un placer que ya es secreto, una rareza y para algunos una necedad que cada día me gusta más.

Dice Fleur Jaeggy, con palabras sencillas que me han conmovido: "A veces no tengo ningún proyecto ni ganas, pero sigo yendo a la máquina de escribir. Me limito a estar sentada ante la máquina de escribir y a golpear las teclas. Me digo que un día usaré la computadora, pero ese día aún no ha llegado. Escribo a máquina desde hace más de treinta años, y me gusta el ruido de los tipos golpeteando sobre el papel".

Sólo unos cuantos, una cofradía de elegidos, sabemos hoy que escribir en una máquina exige una relación íntima y material, la celebración de un rito en el que cada paso deja su huella. En ese golpeteo físico, duro, de los tipos sobre el papel, se hace la música de las letras elegidas, la otra sonoridad de las palabras.

Sí, Fleur Jaeggy, yo la comprendo, usted y yo sabemos –en el comienzo de este siglo dispuesto a darnos gato por libre, a desaparecer para siempre uno de los encantos mayores de la escritura– que escribir a máquina es una aventura en sí misma, uno de los grandes placeres de este mundo.

18 de mayo de 2008

El juego no es cosa de niños

Al comienzo de su vida, cuando aún no sabe hablar, pero tampoco sabe de infamias y fratricidios, un relámpago de lucidez y sabiduría ilumina la mente de los niños, de cada hombre en esa edad dorada que es la primera infancia.

Antes de que comience su domesticación formal y de descubrir que la mentira y la especulación pueden ser muy lucrativas; cuando todavía no confunde lo frívolo e intrascendente con lo necesario y lo útil; cuando aún no conoce la peste del aburrimiento y la indolencia; antes de su primera melancolía (que los médicos llaman depresión), el hombre se dedica a lo importante en esta vida: a jugar, quizá porque nacemos con la certeza, que olvidamos muy pronto en el camino, de que la vida como el juego no tienen sentido y que no conducen a ninguna parte salvo al juego y la vida misma.

Y si no perdiéramos de vista que el juego es más divertido y la vida más rica y gozosa en la medida en que nos involucramos en ellos, que entre más le demos al juego, más disfrutaremos de la vida. Si esta verdad elemental se enseñara en la escuela, en los templos, en la mesa a la hora de la merienda, comprenderíamos o no olvidaríamos nunca que la felicidad es de este mundo.

Pero el juego, para erigirse en esa actividad solar, debe ser jugado como si en él nos fuera la vida, porque no es un acto frívolo y recreativo, un pasatiempo para aburridos y ociosos, sino una actividad muy seria, a la que hay que atender como un rito sagrado en el que se manifiesta la risa más pura, la satisfacción más dulce.

Cuando se juega con absoluta seriedad, no se advierte el paso del tiempo, sólo el reloj da cuenta del paso de las horas, y el jugador siente que ha hecho mucho, que ha vivido intensamente, que ha sido él mismo, y se reconoce en ese que ha pasado la tarde jugando como un niño. Frente al juego solemos oponer el trabajo. Es un dilema falso.

A veces el juego da más trabajo que aquella actividad por la que a uno le pagan por hacerla. Si tantos jugadores de dominó trabajaran con el entusiasmo y concentración, con el mismo derroche de energía con que juegan en las mesas de las cantinas, aumentaría la productividad nacional y el producto interno bruto en varios puntos en una sola sentada. Si tantos científicos y artistas, privilegiados, supieran que lo que hacen no es en el fondo un trabajo serio sino un juego, se escandalizarían y exigirían su dosis de enajenación y aburrimiento.

Hay algunos músicos a los que uno envidia no sólo por su virtuosismo o el encanto de su música, sino también por ver lo bien que la pasan haciendo lo que hacen, a veces lo único que verdaderamente saben hacer. En inglés, tocar se dice to play, que también es jugar, porque a veces trabajar y jugar son una y la misma cosa. ¡Dichoso el hombre que se gana la vida haciendo lo que más le gusta y lo hace como si se jugara la vida!

He visto a traductores profesionales traducir libros en sus ratos libres para su egoísta placer y satisfacción; nunca he gozado tanto del canto de un gran tenor amigo mío como cuando canta a todo pulmón por su gusto y para sus amigos desde el sofá de la sala de la casa de uno de ellos. Pero es cierto que la cara de un campeón de ajedrez en problemas no difiere mucho de la de hombre que padece un cálculo renal, así que ya no se sabe si juega o trabaja, si goza o sufre, sobre todo si su rival es una máquina, hija del hombre, programada para jugar y ganarle sin piedad a su adversario.

El juego no es cosa de niños, al menos no sólo de ellos. También lo es de los adultos que se atreven a rozar el paraíso perdido, el cielo prometido, la disolución del ego en el aquí y ahora en el que nada del universo es tan importante como las canicas, el tren eléctrico, el mecano o el par de ases. Para algunos pervertidos con el alma enferma la desolación y la muerte, la guerra, el dolor, el hambre ajenos son un juego de táctica y estrategia, de conquista y conservación del poder, de aumento de la cotización de sus acciones en la bolsa que siguen desde la sala de mapas o desde su oficina en forma de huevo.

Existen los juegos en los que uno se reconoce en el otro, y tal vez sea el amor el más grande invento lúdico que nos ha sido dado inventar y gozar. Pero de todos los juegos, tal vez sean los imaginarios y los solitarios los más estimulantes, tal vez porque uno nunca es tan libre y la imaginación, la voluntad y el deseo nunca están tan cerca de fundirse en una acción.

Los juegos colectivos nos disuelven entre los otros, los juegos solitarios nos acercan al más profundo rostro de nosotros mismos. Cuando un hombre imagina, cuando evoca, cuando desea libre y soberanamente, en silencio, tiene razones para sentirse y contarse como uno más entre los dioses.

Todavía, a mis años, dice Ferré, conservo un coche de metal, a escala, y aún tiemblo cuando lo tomo al pensar en lo feliz que fui jugando con él cuando era niño. Al pensar en mi bicicleta roja casi podría llorar de nostalgia, pues al perderla se esfumó el vehículo de mi inocencia.

Cuando saco mi máquina de escribir, la vieja Olivetti mecánica, con la solemnidad propia de un rito la acaricio con el pretexto de quitarle el polvo, pongo una hoja de papel y la música de los engranes del rodillo me quitan el aliento. Solo, en secreto, como si cometiera con impunidad un acto canalla, golpeo sus teclas y veo cómo se forman, una a una las palabras. Ése es mi juego favorito.