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11 de junio de 2025

Perfume de mujer

He visto, una tras otra, como en una función doble, las dos películas llamadas Perfume de mujer. La original, la italiana, Profumo di donna, de Dino Risi, basada en la novela Il buio e il miele (La oscuridad y la miel) de Giovanni Arpino, es de 1974; la estadounidense, Scent of a Woman, de Martin Brest, es de 1992. Ésta versión parte de la original de Risi y, por tanto, de la novela de Arpino. 

Ambas tienen como protagonista a un militar retirado, ciego (él mismo provocó el accidente que le arrancó la vista), gruñón y cascarrabias; alcoholizado y profundamente amargado, que pasará por su infierno para encontrar una salida al encierro en sí mismo y su desgracia en la que quedó atrapado. 

Tiene un embeleso que le da vida y lo redime: su fascinación por las mujeres, y ha desarrollado el olfato para reconocer a una mujer hermosa a su alrededor. Su capacidad para percibir ese perfume de mujer y la urgente necesidad de la compañía femenina (aunque sea pagada) es más coherente y acompaña al personaje hasta el fin en la película italiana; en la estadounidense, una segunda trama se torna protagónica, aunque tiene una escena de antología.

(Ese refinamiento del sentido del olfato que permite al poseedor de ese don identificar y reconocer que se está ante una mujer hermosa, o simplemente, que acaba de pasar una mujer, es el atributo más refinado y distinguido del personaje, su primera característica, que, además, lo hermana con Don Giovanni, el protagonista de la ópera de ese nombre de Mozart y Da Ponte.)

Luego de ese personaje central, protagonizado por Al Pacino y Vittorio Gassman, tenemos a un joven acompañante, su lazarillo, su escudero; Alessandro Momo, muerto prematuramente, como un joven militar asignado para acompañar al oficial ciego en la primera versión, y en la segunda versión Chris O'Donnell hace el papel de un estudiante que se contrata un fin de semana para acompañar al oficial por unos dólares y poder volver a casa.

En la versión estadounidense el oficial y el estudiante entablan una relación mucho más intensa, se genera un diálogo, y un afecto de ida y vuelta que se manifiesta en una sincera voluntad de ayudarse mutuamente. En la versión italiana el joven soldado está de servicio, y detesta al oficial.

Las películas narran dos viajes, con fines muy distintos, uno de Turín a Nápoles, otro a Nueva York. En ambos casos, el oficial, que tiene una pistola y se siente atraído por el vértigo de la atracción del suicidio, visitará a una prostituta.   

Después, cada película toma su camino. El argumento y la trama se bifurcan, se hacen dos, y acaban por ser dos películas muy distintas con un comienzo en común. La italiana se vuelve más italiana, más fiel a su cinematografía y al ethos italiano. Es menos acabada en sus detalles, menos lograda, más misteriosa y sobre todo melodramática, con un final casi imposible, un modelo del género.

El amor impertérrito, imbatible, inagotable, insuperable de la bellísima a la italiana Agostina Belli en el papel de Sara, le dará sentido a la vida del oficial. La otra versión, no tiene una mujer enamorada y fiel hasta la muerte del protagonista, pero aparece Donna (mujer en italiano), papel que Gabrielle Anwar, un ángel de belleza clásica según el canon del cine estadounidense, que baila un tango con Al Pacino en una escena en verdad memorable. 

Ese baile del ciego con el ángel debe ser una de las grandes escenas de la cinematografía de Hollywood, una en verdad deliciosa. La película es la ejecución perfecta del tango «Por una cabeza», que tal vez justifica el Oscar a Pacino. 

Pero hay que gozar o padecer (todo por el mismo precio) la muy inverosímil escena del Ferrari conducido por las calles de Nueva York por el ciego. Hollywood es eso, y sabe ser fiel a sí mismo. Es decir, la película es más estadounidense, y culmina con la grandilocuencia de la escena del auditorio en una suerte de juicio sumario. 

La película italiana tiende a la gravedad, al pacto suicida, a negarse a vivir el amor porque ya no hay tiempo ni facultades, y a la persistencia de la vida que late en esa distancia y negación. 

La película estadounidense es mucho más lograda, el guión más cuidado y coherente; también tiene mucho más recursos y presupuesto, y su ejecución es impecable. Sus fines son claros: tiende al entretenimiento, al gesto del héroe, al hombre que cumple su misión para salvar la justicia y el bien. 

Mirar las dos películas una tras, sin demasiadas pretensiones, es un ejercicio interesante. El contraste es notable. Las diferencias, enormes. Las películas son buenos ejemplos de dos cinematografías poderosas que revelan, desde un punto de partida en común, dos maneras de hacer cine, de habitar el mundo y sentir la vida.

18 de mayo de 2008

El juego no es cosa de niños

Al comienzo de su vida, cuando aún no sabe hablar, pero tampoco sabe de infamias y fratricidios, un relámpago de lucidez y sabiduría ilumina la mente de los niños, de cada hombre en esa edad dorada que es la primera infancia.

Antes de que comience su domesticación formal y de descubrir que la mentira y la especulación pueden ser muy lucrativas; cuando todavía no confunde lo frívolo e intrascendente con lo necesario y lo útil; cuando aún no conoce la peste del aburrimiento y la indolencia; antes de su primera melancolía (que los médicos llaman depresión), el hombre se dedica a lo importante en esta vida: a jugar, quizá porque nacemos con la certeza, que olvidamos muy pronto en el camino, de que la vida como el juego no tienen sentido y que no conducen a ninguna parte salvo al juego y la vida misma.

Y si no perdiéramos de vista que el juego es más divertido y la vida más rica y gozosa en la medida en que nos involucramos en ellos, que entre más le demos al juego, más disfrutaremos de la vida. Si esta verdad elemental se enseñara en la escuela, en los templos, en la mesa a la hora de la merienda, comprenderíamos o no olvidaríamos nunca que la felicidad es de este mundo.

Pero el juego, para erigirse en esa actividad solar, debe ser jugado como si en él nos fuera la vida, porque no es un acto frívolo y recreativo, un pasatiempo para aburridos y ociosos, sino una actividad muy seria, a la que hay que atender como un rito sagrado en el que se manifiesta la risa más pura, la satisfacción más dulce.

Cuando se juega con absoluta seriedad, no se advierte el paso del tiempo, sólo el reloj da cuenta del paso de las horas, y el jugador siente que ha hecho mucho, que ha vivido intensamente, que ha sido él mismo, y se reconoce en ese que ha pasado la tarde jugando como un niño. Frente al juego solemos oponer el trabajo. Es un dilema falso.

A veces el juego da más trabajo que aquella actividad por la que a uno le pagan por hacerla. Si tantos jugadores de dominó trabajaran con el entusiasmo y concentración, con el mismo derroche de energía con que juegan en las mesas de las cantinas, aumentaría la productividad nacional y el producto interno bruto en varios puntos en una sola sentada. Si tantos científicos y artistas, privilegiados, supieran que lo que hacen no es en el fondo un trabajo serio sino un juego, se escandalizarían y exigirían su dosis de enajenación y aburrimiento.

Hay algunos músicos a los que uno envidia no sólo por su virtuosismo o el encanto de su música, sino también por ver lo bien que la pasan haciendo lo que hacen, a veces lo único que verdaderamente saben hacer. En inglés, tocar se dice to play, que también es jugar, porque a veces trabajar y jugar son una y la misma cosa. ¡Dichoso el hombre que se gana la vida haciendo lo que más le gusta y lo hace como si se jugara la vida!

He visto a traductores profesionales traducir libros en sus ratos libres para su egoísta placer y satisfacción; nunca he gozado tanto del canto de un gran tenor amigo mío como cuando canta a todo pulmón por su gusto y para sus amigos desde el sofá de la sala de la casa de uno de ellos. Pero es cierto que la cara de un campeón de ajedrez en problemas no difiere mucho de la de hombre que padece un cálculo renal, así que ya no se sabe si juega o trabaja, si goza o sufre, sobre todo si su rival es una máquina, hija del hombre, programada para jugar y ganarle sin piedad a su adversario.

El juego no es cosa de niños, al menos no sólo de ellos. También lo es de los adultos que se atreven a rozar el paraíso perdido, el cielo prometido, la disolución del ego en el aquí y ahora en el que nada del universo es tan importante como las canicas, el tren eléctrico, el mecano o el par de ases. Para algunos pervertidos con el alma enferma la desolación y la muerte, la guerra, el dolor, el hambre ajenos son un juego de táctica y estrategia, de conquista y conservación del poder, de aumento de la cotización de sus acciones en la bolsa que siguen desde la sala de mapas o desde su oficina en forma de huevo.

Existen los juegos en los que uno se reconoce en el otro, y tal vez sea el amor el más grande invento lúdico que nos ha sido dado inventar y gozar. Pero de todos los juegos, tal vez sean los imaginarios y los solitarios los más estimulantes, tal vez porque uno nunca es tan libre y la imaginación, la voluntad y el deseo nunca están tan cerca de fundirse en una acción.

Los juegos colectivos nos disuelven entre los otros, los juegos solitarios nos acercan al más profundo rostro de nosotros mismos. Cuando un hombre imagina, cuando evoca, cuando desea libre y soberanamente, en silencio, tiene razones para sentirse y contarse como uno más entre los dioses.

Todavía, a mis años, dice Ferré, conservo un coche de metal, a escala, y aún tiemblo cuando lo tomo al pensar en lo feliz que fui jugando con él cuando era niño. Al pensar en mi bicicleta roja casi podría llorar de nostalgia, pues al perderla se esfumó el vehículo de mi inocencia.

Cuando saco mi máquina de escribir, la vieja Olivetti mecánica, con la solemnidad propia de un rito la acaricio con el pretexto de quitarle el polvo, pongo una hoja de papel y la música de los engranes del rodillo me quitan el aliento. Solo, en secreto, como si cometiera con impunidad un acto canalla, golpeo sus teclas y veo cómo se forman, una a una las palabras. Ése es mi juego favorito.