No todos los hombres son mortales. Unas cuantas docenas de ellos, apenas un puñado, vivirán por siempre. No hay mérito, ni heroísmo, ni nobleza en sus actos que justifique su inmortalidad. Todo lo contrario, más pareciera un castigo, con el que el creador se recrea en mirar a través del tiempo a algunas de sus creaturas, hechas a su imagen y semejanza. Envejecen como aquel griego, pero no morirán. Un ángel enlutado, desciende, como en un sueño, a revelarles a los elegidos la infausta noticia. Algunos insensatos celebran su desdicha, porque aún no han entendido. No pueden confesar su condición porque nadie les creería. Antes serían juzgados con severidad como locos, mentirosos y soberbios. En el momento conveniente, son aislados. El día que muere la última de las personas que cada uno conoció, ese elegido es llevado a su lugar de destino, un paraíso en la Tierra, del que ya no saldrá. Hombres y mujeres estarán allí como en espera, y más tarde que temprano comprenden, entonces su pena no tiene fin y lamentan desesperados su suerte un lustro tras otro, un decenio tras otro, un siglo tras otro, un milenio tras otro. Maldicen, y no pueden atentar contra otros ni contra sí mismos. Su llanto no cesa y es inconsolable, desgarrador. Y sin pausa ni tregua resonará por toda la eternidad.
5 de octubre de 2026
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