Tengo que corregir un libro de relatos. Es un trabajo alimenticio, y sería estupendo hacerlo bien y rápido, y pasar luego a otra cosa. Pero estoy atrapado en sus páginas. Mi conflicto es casi moral. De pronto pienso que el libro ideal para corregir sería aquel en el que el corrector no tuviera nada que corregir. Uno tan bien escrito y ordenado, tan limpio y hondo que es un gusto revisarlo, en realidad gozarlo. Pero los autores no pagan por ser sólo un buen lector.
Corrijo un libro que tiene las tildes y las comas donde deben estar. He sugerido un par de nombres para los títulos de los relatos, y he hecho otras tres o cuatro sugerencias, aquí o allá, digamos en la organización o forma del texto. Pero en el fondo no hay nada que hacer. No hay ritmo, ni musicalidad, ni gracia, ni guiños, audacias, subversiones, guiños de inteligencia. No sirven ni a Dios ni al Diablo. Los relatos son tan malos, tan insulsos, tan simples, que no tienen remedio.
Están mal escritos. Irremediablemente. (Admito que hay un margen para la subjetividad; pero no hablo de gusto, hablo de la ejecución de una obra.) El autor tendría que empezar de nuevo, pero antes necesitaría sobrevivir a un rayo, una catástrofe, una borrachera épica, una aventura inverosímil, una sorpresa mayúscula, el sismo vital de un gran amor. Tal vez así llegaría a revelar su verdad en sus textos.
Tal vez lo correcto sería devolverle el libro y decirle que se olvide de él. Lo pienso, y a la vez me censuro y me digo que no debo hacerlo. Nada ganaría: ni la paga, ni el agradecimiento del autor, antes su enemistad. Y no hay garantía de que volverá a trabajar en sus textos.
Ese libro no necesita una corrección, sino una reescritura. El borrador es la piedra de toque de la buena prosa. Volver al texto una y otra vez hasta que alcance su mayor belleza, expresión y elasticidad.
¿Cuándo abandonar un libro, y aceptar que no se puede hacer más por él, después de varias reescrituras? Dar por bueno y terminado un libro que deja mucho que desear, y devolverlo al autor como un libro hecho es un acto que conlleva una falta ética y una responsabilidad. Afirmar que ese libro corregido y revisado está terminado es una verdad a medias, es decir, encierra una mentira.
El dilema es simple: devolver el libro corregido al autor, con unos cuantos comentarios y dos vagos elogios, y cobrar; o decirle la verdad, y esperar que suceda un pequeño escándalo de pronóstico reservado, en el que puede no salir nada bueno, pero que tal vez sea lo mejor que dará ese libro.
