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19 de junio de 2020

Los libros por leer

Hacer listas tiene su encanto. Encierra un misterio, una ilusión, un deseo. Pareciera una práctica obvia y simple, pero psicoanalistas y filósofos y semióticos se ocupan de ellas, de lo que revelan, la personalidad de quien se ocupa de hacerlas y sus posibles implicaciones y significados. Umberto Eco les ha dedicado un libro.

Hacer una lista puede ser el más burdo ejercicio antisocrático, pues Sócrates no sólo no las hacía sino que desdeñaba la escritura misma porque atenta contra la memoria. Yo hago listas contra el olvido. Sin ellas, algo faltará. Si voy de compras sin una lista que he completado a lo largo de muchos días, algo faltará en el guiso, en la mesa. Puedo volver a casa sin el artículo o producto por el que salí a la calle (me ha sucedido).

Pero las listas también cumplen otra función. Creo que es una manera de ordenar la vida y el mundo. Es decir,  son una forma de luchar contra el caos. Las listas ofrecen la promesa del consuelo de regular las acciones y los deberes. De ordenar las acciones a emprender, de cumplir con las tareas impuestas o necesarias en un día.

Cumplir con todas las acciones de una lista es mucho más complicado que hacerla, pero una vez realizada ofrece el consuelo de conocer qué debemos hacer. Y la satisfacción infantil de tachar las palabras de la lista, o de ponerles una vistosa palomita al lado una vez ejecutada la acción, algo tiene de liberación y estímulo.

Yo hago listas de lo que debo hacer en el día (con frecuencia no cumplo con la meta propuesta), de las compras en el súper o la frutería, pero también de los libros por leer. Es un forma de lucha contra el tiempo y el olvido. Quisiera leer muchos más libros de los que podré disfrutar, y la lista, que hoy tiene ciento diecinueve títulos, es a la vez un consuelo y la evidencia del fracaso en mi intento de convertirme en un lector total.

Y no es que me limite a aspirar a leer ese número de libros, más bien son los que considero de lectura urgente y necesaria. Está claro que necesitaría años para cumplir con esa cifra que no deja de aumentar.

Esa lista es una guía, un camino y con frecuencia me descarrilo porque me distraigo con otras lecturas no planeadas por razones tan diversas que sería muy largo enumerar. Y no refiero a las lecturas obligadas por razones laborales, sino a los libros que deseo leer para mi alegría y placer, en el ejercicio de lo que Michel Crépu llamó con lucidez «el vicio impune».

Me parece que mi lista de libros por leer es a partes iguales un consuelo y una fuente de desasosiego (sin contar las relecturas). Me hace ilusión y me consuela pensar en tanta alegría y buenos libros por leer, y a la vez me inquieta y angustia que nunca cumpliré la meta. La lista se modifica, y será imposible agotarla. El día que no haya libros por leer, que no me entusiasmen, es una de las formas del fin.

Supongo que ante la incapacidad de leer todo lo que quiero tendré que ser más selectivo todavía, y una buena dosis de resignación me vendría bien. Si no puedo leer aquel libro, recuerda que leíste este otro, puedo decirme. En casa tengo (por fortuna, aunque también es una pena), más libro de los que podré leer. No hay remedio. Además, por alguna extraña razón, cada vez leo más despacio. 

Elias Canetti sabía que no volvería a frecuentar muchos de los libros de su biblioteca, pero los conservaba todos porque sabía que, en un momento inesperado, necesitaría alguno. No consultaría a muchos de ellos, pero no sabía cuál le sería indispensable, al menos necesario. Desde el librero nos acompañan, esa es su primera función.  

Y cuando pensaba que todo estaba en su sitio, y los libros en los estantes, encuentro una cita de Roberto Calasso que, como toda su obra, trastoca e ilumina lo que toca. Dice que es esencial, lo que equivale a necesario o urgente, comprar libros aunque no los leamos de inmediato. Pasarán años tal vez, pero llegará el momento en que sea necesario leer ese libro que aguardó el roce de nuestras manos y nuestra mirada por tantos años, y remata su lección con maestría absoluta: «Qué extraña sensación cuando se abre ese libro: la sospecha de haber anticipado, sin saberlo, la propia vida.»

23 de noviembre de 2016

Pensar, escribir

Escribe Albert Camus, en “Los muros absurdos”, ensayo de El mito de Sísifo que: «Pensar es aprender de nuevo a ver, a estar atento; es dirigir la propia conciencia, hacer de cada idea y de cada imagen, a la manera de Proust, un lugar privilegiado.»

La definición me parece admirable. Exacta y sensible. Encierra una propuesta y una visión del mundo. Camus tiene la facultad de estimular el pensamiento, de sacudir, de abrir puertas. De sugerir, de manera impecable. Camus nunca defrauda, y siempre ofrece más.

Vuelvo a leer la definición y algo ha cambiado. En ella, o en mí. Con las mismas palabras me dice otra cosa. Camus me sacude, abre puertas, sugiere. Vuelvo a la oración por tercera vez y ahora, con absoluta nitidez, encuentro que esa definición puede nombrar otra acción, encaja con el verbo escribir: “Escribir es aprender de nuevo a ver…”

Algo ha cambiado. Estoy confundido, salvo que en este instante me convenza de que al menos en un plano escribir es pensar, y pensar es escribir (salvo para Sócrates). Escribir es pensar. Mejor aún: escribir es mirar atentamente el mundo, dirigir la plena conciencia, hacer de cada idea y de cada palabra, como exigen Proust y Camus, un lugar privilegiado. La escritura, entonces, aparece iluminada como la revelación del pensamiento. 

4 de noviembre de 2016

Nobleza de espíritu

Rob Riemen, pensador holandés, ha decidido difundir lo que, sin ruborizarnos, deberíamos llamar humanismo. ¿Qué querrá decir esa palabra en nuestros días? ¿Entre violencia y atropellos sin fin, qué puede ser la virtud hoy entre nosotros? La barbarie no es un asunto del pasado.

Riemen, que creó en Ámsterdam una fundación para difundir ideas y valores humanistas, publicó hace unos años un volumen de ensayos que en español se llamó Nobleza de espíritu. Una idea olvidada (UNAM-Conaculta-El Equilibrista; 2008). Si bien el libro fue reseñado y comentado, me parece que no alcanzó la trascendencia que merecía.

Ahora, la obra tiene una segunda oportunidad con una nueva edición (Taurus). Con algunas ideas y pasajes de las vidas de Sócrates, Goethe, Spinoza y Mann, Riemen hace un llamado para recuperar lo que llama nobleza de espíritu, la celebración de la verdad, la justicia, la razón, la bondad y la belleza. La gran cultura aún puede iluminarnos el camino.

La cultura, está claro, no puede florecer sin libertad, y tal vez la libertad sin cultura, sin un motivo trascendente que la anime no valga demasiado. Desdeñar la convocatoria de Riemen es desperdiciar una oportunidad valiosa, tacharla de burguesa y anacrónica sólo revelaría por lo menos ceguera y estulticia.

Estas líneas no son una noticia editorial, ni una reseña. Este texto es una botella al mar, en busca de esos espíritus que están convencidos de que vivimos horas turbias y de que vale la pena dar la batalla por algo tan grave como la civilización. Aún hay tiempo o sol en las bardas. Este texto llegará a alguien, a una mujer o un hombre que comprende que están en peligro los mejores valores, y se sumará a su manera. Si, no todo está perdido.

14 de septiembre de 2016

Conversar

Borges se asombraba de que en las universidades de los Estados Unidos se impartieran lecciones para aprender a conversar. Le parecían una excentricidad, un rasgo propio del país del pragmatismo, los manuales y los libros de autoayuda.

No se refería a los ejercicios de conversation que practican los estudiantes para el dominio de una lengua extranjera, sino a cursillos para desarrollar los recursos y técnicas necesarios para mantener un diálogo. Después de los buenos días, uno puede preguntarle a una señora por la salud de su marido, sus hijos y el gato. Luego, puede comentar que escuchó en la radio que tal vez llueva por la tarde...

La conversación es tan socrática como la búsqueda de la verdad. Sócrates desdeñaba la escritura porque contribuye a descuidar la memoria y a fiarse de lo escrito; y en la viveza del diálogo, del antiguo arte de conversar, a veces es posible vibrar con las palabras de otro. Alguien puede descubrir su verdad, la que no le había revelado su alma, si tiene la ocasión de celebrar una conversación, si tiene la dicha de tener con quien conversar.

El confesionario y del diván del psicoanalista son sucedáneos, placebos, remedios de segunda mano, sombríos monólogos subordinados a la autoridad, la culpa y el temor, la teología y la clínica y sus libros, la ciencia, la fe y el sufrimiento. Antonio Machado imaginó que quien habla solo espera hablar a Dios un día. Proposición imposible, pues sólo podemos conversar entre pares; para decirlo con Baudelaire, con el semejante, el hermano.

Conversar es el suceso que más nos dignifique como hombres al permitirnos vislumbrar a otro. Pocos momentos más altos que la conversación por la que dos se conocen, se descubren y se comprenden.

En la era de las comunicaciones y la conexión universal, tal vez necesitamos lecciones para aprender a conversar, a expresar pensamientos y emociones. A confiar en alguien para conversar. Montaigne decía que la conversación es «el ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu», «más dulce que ninguna otra acción de nuestra vida». Y Octavio Paz también la celebra: «La poesía y la matemática son los dos polos extremos del lenguaje. Más allá de ellos no hay nada –el territorio de lo indecible; entre ellos, el territorio inmenso, pero finito, de la conversación.»

Sin embargo, cada día es más difícil conversar. Aislados, ensimismados más que nunca, nos falta el bienhechor, el hombre o la mujer con quien celebrar el rito de la palabra y el conocimiento. Conversar se está volviendo una molestia, un fastidio, una pérdida de tiempo; con frecuencia es un acto inútil porque nadie quiere escuchar a nadie.

Es cierto, tal vez no sabemos conversar (hacerlo exige tiempo, atención, paciencia, comprensión, igualdad de condiciones) pero tampoco queremos aprender y nos empeñamos en no hacerlo. Parece obvio, pero podría ser que no conversemos porque no sabemos hacerlo. La representación de alguien con los audífonos en los oídos y la vista en una pantalla, grande o pequeña, puede ser la imagen exacta de la humanidad de nuestro tiempo.

Lo urgente y necesario, los sucesos de cada día se escriben y se envían con palabras escuetas y abreviadas, en la versión electrónica de un telegrama. El teléfono, que permitía cierta intimidad (se perciben las emociones, la actitud, la calidez o frialdad de una voz y sus matices elocuentes), pronto será una antigualla, y muchas personas ya se niegan a atender las llamadas y sólo responden con mensajes de texto o un emoticón.

Conversar es lo opuesto a dar instrucciones, a enseñar una técnica o un proceso, a dar lecciones o sermones, a difundir chistes, chismes o necedades; conversar tampoco es hacer negocios, buscar acuerdos, platicar o aun ligar.

Conversar es, durante el relámpago, asistir a la realización del otro en sus palabras. Es conocer al otro, descubrir otra posibilidad del ser. La conversación es una condición para la amistad y para el amor. Los que conversan se conocen, se abren, y, por ello, con frecuencia se enamoran. Los que conversan se comunican, se comprenden, se vislumbran.

Conversamos para estar y para ser, y una conversación, vínculo y camino a la otredad, puede ser tan perfecta como un dúo o una sonata para piano y violín.  Al conversar entramos en comunión.

Los que conversan tienen una fuente de satisfacción y conocimiento. Descifran un mundo. Encuentran razones y reflexiones. Los que conversan tienen un vínculo secreto, un puente para el fluir de las palabras.

La clave de la conversación está en la voluntad, en el fluir dialéctico de escuchar y ser escuchado. De explorar juntos  y avanzar, socráticamente, en el conocimiento desde la incertidumbre y la duda. Prestar atención en justa y equitativa correspondencia, con el respeto y la confianza debidos son las condiciones esenciales. El resto, la caminata y el paisaje, el mantel de la sobremesa, la hora callada y la lluvia pueden dar marco al relámpago por el que se rompe el aislamiento del yo, el encierro en uno mismo.

Conversar es celebrar el logos y las palabras del corazón que no se apagan ni se agotan, salamandras que volverán y se fijarán la memoria. Una buena conversación se extiende por siempre. Menos común, la conversación escrita encuentra en la carta, género en desuso, una expresión cuya intensidad se enriquece con el testimonio material: el papel, la tinta y la caligrafía pueden dar testimonio de la presencia de alguien lejano.

La conversación es tan personal, que no es sencillo encontrar un interlocutor, alguien en quien depositar o desahogar nuestras palabras. No es fácil reconocer a la persona con la que abolir en su sentido más profundo el silencio.

Las situaciones límite, las circunstancias extremas, han permitido la amistad y el diálogo, la conversación más intensa de una vida, y sin embargo, cuando esas condiciones desaparecen suele esfumarse la confianza.

Los compañeros de viaje, los marinos, los soldados pueden olvidar a su mejor tertuliano; los presos, en el caso extremo, al abandonar la celda, dejan atrás la experiencia del diálogo intenso, e incluso olvidan o niegan a quien más cerca estuvo de ellos. La conversación, como la amistad y el amor, también es un milagro y un misterio.

Debí de haber conversado más con mi padre. Debí de haberle preguntado más sobre su vida, su infancia y juventud. Pedirle que me contara más sobre mis abuelos y sobre los suyos, de los que nada sé. Ahora podría hacerlo con algunos hombres mayores y sabios que conozco, con mi familia, con mis amigos, pero nos gana lo inmediato, los malentendidos, lo que demanda nuestra atención en el instante, la distancia, lo urgente y lo necesario, lo que solemos llamar la falta de tiempo.

Conversar es incendiar de sentido la palabra y hacerla trascendente. Es descifrar la humanidad en un individuo. Dichosos los que conversan  porque además se conocerán a sí mismos. Dichosos lo que se abren y saltan sobre el abismo oscuro de la profunda soledad.

14 de enero de 2016

Europa está en sus cafés

Dice George Steiner en su conferencia «La idea de Europa» (Fondo de Cultura Económica-Siruela) que si trazamos el mapa de los cafés, tendremos uno de los indicadores esenciales de un hallazgo asombroso: Europa se halla a sí misma en sus cafés, en la esencia que los anima.

Encuentro encantadora esta atípica identificación de una seña de identidad, la primera de cinco que Steiner menciona y llama axiomas. (Recuerdo, mientras escribo estas líneas, la conferencia que dictó, hace muchos años, en el teatro del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Las palabras del gran crítico fueron deslumbrantes, e inolvidable la imagen del viejo profesor ante un escritorio, asistido por su hija, en un escenario que suele ocupar, por buscar autores y semejanzas, Rodolfo el de La bohème o de vez en cuando el protagonista de Andrea Chénier: sí Steiner también es un poeta. Por una vez ese teatro fue un café.)

La calidad de la prosa y la claridad de su pensamiento le dan a Steiner una dignidad de autoridad venerable, y a sus opiniones y juicios el peso de verdad revelada e inapelable: «Europa está compuesta de cafés. Éstos se extienden desde el café favorito de Pessoa en Lisboa hasta los cafés de Odesa frecuentados por los gangsters de Isaak Bábel. Van desde los cafés de Copenhague ante los cuales pasaba Kierkegaard en sus concentrados paseos hasta los mostradores de Palermo.»

Aclara que en Rusia no hay cafés, y que en Inglaterra sólo fueron una moda pasajera en el siglo XVIII que al parecer vuelve a asentarse. Y concluye que en Estados Unidos hay bares, pero no cafés. Y «el café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno». Sí, eso es un café europeo, y el medio que fomenta ese aislamiento en público y esa convivencia que tan fecunda ha sido a las ciencias y las artes.

Sí, un café «está abierto a todos; sin embargo, es también un club, una masonería de reconocimiento político o artístico-literario y de presencia programática. Una taza de café, una copa de vino, un té con ron proporcionan un local en el que trabajar, soñar, jugar al ajedrez o simplemente mantenerse caliente todo el día.»

Steiner sabe lo que dice, le da dignidad literaria y lo pone en el centro del problema de la cultura. Así que eso son los cafés. Los pubs ingleses o los bares irlandeses son lugares para ir a beber y contar historias: muchas de las mejores historias de la literatura han sido contadas en esos sitios, que no son cafés. Un café es un lugar donde se puede ser europeo, es decir: «tratar de negociar, moral, intelectual y existencialmente los ideales y las aseveraciones rivales, la praxis de la ciudad de Sócrates y de la de Isaías.»

En los cafés se hacen tertulias, se reúnen los amigos, se han escrito libros esenciales, se han fijado ideas trascendentes, han cuajado movimientos artísticos y literarios. Se han discutido tesis, teoremas, se han formulado axiomas y leyes. En los cafés se ha hecho política, se han redactado manifiestos y constituciones, se han diseñado programas políticos, se han hecho conjuras, se ha planeado la revolución. Un café también es un sitio fértil a la felicidad. ¡Qué lugares magníficos son los cafés! ¡Guarda memoria los grandes momentos vividos en ellos!

En cada ciudad hay al menos uno histórico y aun egregio. Julio Cortázar, en el capítulo 132 de Rayuela hace una lista de ellos, desde la pura nostalgia, como un lamento, como si cantara un tango. Es una pena que esos cafés europeos tiendan a desaparecer en mi ciudad.

Los sitios para celebrar un poema o la amistad, para leer con furia y pasión una gran novela o un ensayo histórico, para el encuentro fugaz con uno mismo, desaparecen a golpes de modernidad y especulación inmobiliaria. Ocupan su sitio en el gusto y la preferencia de tantos parroquianos esos sitios uniformes, levantados uno tras otro en cadena, en franquicia, que ya no son cafés como aquéllos. ¿Dónde ser europeo? ¿Dónde celebrar la idea de Europa? Steiner tiene razón. Y por pura nostalgia, también Cortázar.

28 de diciembre de 2015

Un acto nos define

En un instante cabe una vida. Como si una fotografía revelara el sentido y la razón de ser de cada uno. Como si un acto contuviera la existencia entera. Borges dice que a Dante le basta un solo momento para hacernos conocer a alguien, y elogia el don de «presentar un momento como cifra de una vida. [...] Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en el que un hombre se encuentra para siempre consigo mismo».

Acaso no soy el que yo pensaba que era, y sospecho que ese malentendido es común a todos los hombres. Y un hecho, un instante, basta para explicarnos ante los demás. Cervantes no imaginó que sería recordado como el autor del Quijote. Si alguien le hubiera prometido la vana fama y la posteridad, él hubiera pensado que la ganaría por su heroísmo en la batalla de Lepanto, o por los méritos de La Galatea o Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Cervantes, como todos, no sabía quien era.

Neil Armstrong dio un pequeño paso y puso un pie en la Luna. Yuri Gagarin dio la vuelta a la Tierra en un cohete. Julio César conquistó las Galias, y Bruto asesinó a César. Sócrates bebió la sicuta. Pilatos se lavó las manos. Penélope tejió la frazada, Homero cantó la Ilíada, Virgilio escribió la Eneida. Wellington venció a Napoleón, y Napoleón se coronó a sí mismo. Galileo dijo: «Y sin embargo se mueve». Colón llegó a América. Alejandro conquistó el mundo conocido. En un instante Francesca y Paolo se enamoraron.

Pedro negó a Jesús, y Judas lo traicionó. Jesús murió en la cruz. El Cid cabalgó muerto. Arquímedes encontró y gritó: «¡Eureka!» Juana la Loca recorrió España con el cadáver de su marido. Hitler devastó Europa. Truman tiró la bomba atómica. Hidalgo dio el gritó de Independencia. Teseo mató al Minotauro (y abandonó a Ariadna). Hamlet conversó con el fantasma de su padre. Don Quijote embistió a los molinos. Newton explicó la Física cuando le cayó una manzana. Eva le dio una a Adán. Tiresias fue hombre y mujer. Caín mató a Abel. Dante imaginó el Paraíso y el Infierno. Bach fijó la música. Mozart escribió la más bella. Beethoven componía sordo. Eiffel erigió una torre. Helena se fugó con Paris. Pasteur encontró una vacuna. Odiseo ideó el caballo de Troya.

Job cultivó la paciencia. Pelé anotó más de mil goles. Maradona hizó uno con la mano. La emperatriz Carlota enloqueció. Espartaco se levantó contra Roma. Los hermano Wright inventaron el avión. Simeón el Estilita pasó la vida en una columna. Enrique VIII decapitó a sus esposas. Fleming se encontró la penicilina. David mató a Goliat. Stalin hizo de Rusia los campos del Gulag. Salomé pidió la cabeza de Juan el Bautista. Antígona enterró a su hermano. Edipo yació con su madre. Lot se acostó con sus hijas, y su mujer se convirtió en estatua de sal...

Un hecho basta para explicar una vida. ¿En qué momento nos reconoceríamos? ¿En qué instante seremos nosotros mismos? ¿Qué acto acabará por definirnos?

26 de agosto de 2015

Si ladran los perros o citar en falso

Algunas oraciones tienen una extraña propiedad: pueden mutar, incluso de autor. Son esas frases célebres que se citan aquí y allá, con la grave autoridad de las sentencias y los edictos, y que pueden ser atribuidas a quien le guste, al que las pronuncia.

Solemos tener tanta confianza en nuestros juicios y opiniones, en nuestra memoria (esto, claro, es una cita indirecta, tal vez de Montaigne), y los defendemos con tal seguridad y vehemencia que pareciera que no hay margen a la duda ni al error.

No faltará quien se empeñe en sostener que el desvirtuado dicho socrático: «Yo sólo sé que no sé nada» es una frase genial de Cantinflas, aunque de momento no recuerde en qué película la dijo, y la platónica definición de hombre como un «bípedo implume» podría ser la cumbre del sentido del humor de Woody Allen.

«Cuántas cosas que no necesito» es una frase atribuida a Sócrates, cuando visitó un mercado, pero también se la aplican a Diógenes de Sinope y a Diógenes Laercio. Y los tres también se disputan, inmortales y sin saberlo, la paternidad de «Busco a un hombre honesto» mientras iba por las calles con una linterna encendida a mediodía.

«La imaginación es la loca de la casa» es una frase con frecuencia atribuida a Santa Teresa de Jesús. Pero Fernando del Paso, cauteloso y prudente, aclara en el epígrafe de su novela Noticias del Imperio que se le atribuye a Malebranche. Buscar en la Red puede no ser de gran ayuda. Aunque en páginas de muy sospechosa calidad, la frase también se la endilgan a Voltaire, Pascal, Sor Juana Inés de la Cruz y Rosa Montero, por lo menos. Y no falta quien la atribuye a un «filósofo», a «un escritor», «como dijo no sé quién» y alguien aclara antes de soltar la frasecita: «como decía mi mamá...». 

 Sin embargo, aparece dos veces en Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós, así: «Todo lo demás es obra de la imaginación, la loca de la casa.» (Segunda parte, IV, V), y «Es la imaginación..., la loca de la casa» (Cuarta parte, I, III). Y luego don Benito escribió una novela llamada La loca de la casa, que incluso adaptó al teatro.

Humboldt no calificó a la de México como «la ciudad de los palacios», como lo dice medio mundo, al menos no según la Enciclopedia de México, que la atribuye a Charles Joseph Latrobe, viajero inglés del siglo XIX.

«Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo» es una máxima de Jorge Santayana que le ha sido colgada a Napoleón Bonaparte, Lenin y Winston Churchill, por lo menos. También es de Santayana «Sólo la muerte ha visto la terminación de la guerra», aunque también ha sido puesta a la cuenta de Platón por el general Douglas MacArthur.

 «Cuando los nazis se llevaron a los comunistas, no dije nada porque no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas no dije nada porque  no era socialdemócrata. Cuando se llevaron a los católicos, no protesté porque no era católico. Cuando vinieron a buscarme a mí, no había ya nadie que pudiera protestar» es una reflexión del casi olvidado Martin Niemöller, me informa el profesor Rosado, aunque se ha repetido hasta el cansancio que la dijo Bertolt Brecht.

 «Es mejor morir de pie que vivir arrodillado» o en otra versión «Vale más morir delante que detrás vivir de rodillas» ha sido atribuida a Espartaco, a Emiliano Zapata y al Che Guevara, al menos en la primera terna.

La lista de atribuciones gratuitas y equivocadas, la suma de los errores en el juego de soltar frases célebres podría ser infinita, y esto no es una fe de erratas, apenas una llamada de atención para mí mismo, un recordatorio para consultar las fuentes, a dudar de otros, sobre todo si me dicen que el adagio se encuentra en el segundo tomo de las obras completas de Sócrates.

A Maquiavelo se le considera el filósofo político que sentenció «el fin justifica los medios», sin que sepamos en qué obra lo escribió, y en la Red circula un texto sobre el lugar correcto de una coma en una oración más o menos ingeniosa que se atribuye a Julio Cortázar, pero la referencia no aparece por ningún lado. Nada más fácil que culpar a otros, nada más sencillo que atribuirle oraciones, adagios y sentencias a otro, a quien sea.

La próxima vez que le digan, lector: Si ladran los perros, Sancho, es señal de que cabalgamos, recuerde que esa oración no la escribió Cervantes. Esas palabras, esa «cita», o sus variantes, le juro, no están en el Quijote.

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Adenda: ¿Cuando citamos nos citamos? ¿Al hacer una cita revelamos nuestro pensamiento? ¿Es lícito o deseable ir por el mundo atribuyéndole palabras y citas a quien no las dijo? ¿Una oración al ser citada fuera de su contexto alcanza su mayor expresión? Citar, en cualquier caso, no es un acto inocente. Desde las Canarias, Elisa Rodríguez Court amablemente me escribe y me ofrece un complemento a este apunte, «una cita sobre las citas». Dice el correo electrónico de Elisa:

«En mis obras las citas son como atracadores emboscados en la calle que con armas asaltan al viandante y le arrebatan sus convicciones.» Según Benjamin, el poder especial de las citas no nace de su capacidad de transmitir y de hacer revivir el pasado, sino, por el contrario, de su capacidad de «hacer limpieza con todo, de extraer del contexto, de destruir». La cita, al separar un fragmento del pasado de su contexto histórico, le hace perder su carácter de testimonio auténtico para investirlo de un potencial de enajenación que constituye su inconfundible fuerza agresiva. Benjamin, que durante toda su vida persiguió el proyecto de escribir una obra compuesta exclusivamente por citas, había entendido que la autoridad que reclama la cita se funda, precisamente, en la destrucción de la autoridad que se le atribuye a un cierto texto por su situación en la historia de la cultura. G. Agamben, El hombre sin contenido. Áltera. p. 167.

28 de diciembre de 2014

Instrumentos de escritura

"Nuestros instrumentos de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos" escribió Nietzsche, y sabía bien lo que decía. Sócrates quería parir a la verdad y confiaba en la memoria al punto de negar la escritura. Jesús trazó unas palabras en la arena y las borró enseguida.

George Steiner nos recuerda esto con perspicacia: Sócrates y Jesús no escribieron ni publicaron nada, y sin embargo sus palabras cambiaron el mundo. Pero no todos pueden transmitir su pensamiento mediante la mayéutica, la memoria y la parábola. Para el resto nos queda la escritura. Y Malala, la admirable, sabe de la fuerza invencible que transforma, libera y enriquece cuando se conjugan un maestro y un alumno con un cuaderno y lápiz.

Nietzsche tiene razón. No se escribe igual a mano que con una máquina de escribir o que con una computadora. No se escribe igual porque no se piensa igual, con la misma velocidad y el mismo sentido. Porque el texto mismo no revela y sugiere lo mismo.

Tampoco es lo mismo escribir a mano con un lápiz o un bolígrafo o una estilográfica. No es la misma escritura la que aparece en una hoja suelta que un cuaderno. La disposición, el peso del instrumento, la levedad del lápiz frente a la gravedad definitiva de la tinta, todo ello, hacen que cambie no sólo el pensamiento sino también los trazos, la calidad de la caligrafía.

Nietzsche tuvo una máquina de escribir. Una máquina de una extraña belleza que parece todo menos un instrumento de escritura. Una media esfera dorada con teclas arriba que parecen clavos. Podría ser un sismógrafo o un instrumento de navegación. Nietzsche fue un pionero, y escribió con ella cuando ya no veía bien, y descubrió que los instrumentos de escritura participan en nuestros pensamientos.

Luego lo supo T.S. Eliot y otros muchos, y debiera saberlo cualquiera que va de uno a otro instrumento en busca de la expresión justa, la idea central que aglutine lo disperso, el que busca la contundencia absoluta de un verso.

Voy de un instrumento a otro en busca de mi mejor escritura. Voy de uno a otro atento, mirando los cambios en la sintaxis, en la hondura. A mano escribo oraciones más largas y complicadas. En la máquina más directas y cortas. El instrumento ayuda a pensar. Entonces, si de desdobla y cambia, ¿cuál será la escritura más íntima y personal? ¿Dónde estará la escritura más pura y desnuda?