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27 de diciembre de 2019

El café de la mañana

Hace dos días, como todas las mañanas, preparé el café en mi cafetera italiana. No puedo hacer la cuenta del tiempo, la memoria no me ayuda, pero tal vez es mi mejor aliada en la cocina desde hace más de veinte años.

Algo extraño sucedió en el proceso de todos los días. Olvidé poner café en la cafetera, y cuando bufó (de una manera extraña) sólo conseguí agua caliente. Me censuré por mi distracción y me apresuré con urgencia a poner café en el depósito de la cafetera para enmendar mi olvido.

Hoy en la mañana me olvidé de poner agua en la cafetera. Es una suerte que no me hubiera alejado mucho de la estufa, el bufido era más extraño (nada amigable, como suele serle cuando el café está listo). No olía a café recién hecho, sino a quemado, a algo expuesto al fuego sin piedad.

Apagué la llama, retiré la cafetera de la estufa, y antes de abrirla (estaba más caliente que nunca, con horribles manchas negras en la superficie plateada) supe cuál era el problema. Tiré el café en grano quemado, la lavé, y volví al procedimiento de cada día, de tantos años.

Hice el café de la mañana con la certeza inefable de que algo no estaba bien. Un día olvido poner el café, y al otro de poner el agua. No acabo de convencerme de que fueron descuidos, de que tengo la cabeza en otra cosa, que inicio algo y antes de acabarlo ya comencé otra acción.

También puedo decirme que es un problema de concentración, me distraigo y no pongo atención en lo que hago, y busco razones como pretextos y justificaciones: lo duro que ha sido el año, los problemas urgentes, lo que tendré que hacer en el día, las vicisitudes de un relato en proceso que me llama y me absorbe con la fuerza inaudita de la ficción.

No puede ser un problema de memoria, me digo. No puede ser que olvide de pronto cómo preparar el café de la mañana, si lo hago con solvencia y casi maestría desde hace tantos años, convencido de que el día no comienza antes de beber una taza.

No sé si debo preocuparme, pero el asunto no me ha dejado en paz en todo el día, sobre todo porque el café que al fin conseguí esta mañana tenía un gusto extraño. Tengo la sospecha de que eché a perder la cafetera, que no oculta las huellas de haber sido expuesta sin piedad al fuego. Guarda un lamentable olor a infortunio, a metal quemado.

Tengo la impresión de que mañana, muy temprano, cuando prepare el café, estaré a prueba, en un momento decisivo. No sé a qué temerle más, si al olvido de los pasos para poner la cafetera o al insufrible sabor del café quemado, a aceite funéreo dice un verso de César Vallejo.

No tengo opción, en ambos casos sé que algo grave ha sucedido, pero desconozco si es sólo un contratiempo o un signo inquietante, tan sutil como oscuro y amargo. También lamentaría haber echado a perder la cafetera, mi mejor aliada en la cocina, desde hace al menos veinte años.

22 de julio de 2018

Tomados de las manos

Entré al café a tomar notas para un relato. Tenía cuarenta y cinco minutos antes de la hora del taller de lectura. Pedí un expreso y fui a sentarme a la única mesa libre. Elegí la silla en la que tendría más luz. Enfrente de mí, al fondo, a unos tres o cuatro metros, junto al ventanal, en un encuadre perfecto, al centro, sin obstáculos, estaba la pareja.

Ella, a la derecha, mostrándome el lado izquierdo de su perfil griego. Muy delgada, de rasgos finos sin llegar del todo a bonita, con una trenzas delgadas que se enlazaban en la nuca sobre el cabello a los hombros. Llevaba ropa deportiva, oscura. Él, a mi izquierda, frente a ella, llevaba el cabello muy corto y una barba muy cuidada, a la moda, pantalones claros y una camiseta. Eran muy jóvenes, acababan de dejar atrás la adolescencia.

Eran una pareja de jóvenes adultos, al principio de sus veinte años. No llevaban mochilas ni bolsos ni tabletas ni computadoras; tampoco usaron sus teléfonos. Los imaginé estudiantes universitarios. Nada había de particular en ellos, pero pronto supe que era su primera cita. Se veían en las aulas y los pasillos, tal vez eran compañeros de clase y se sentaban juntos; aunque quizá no estudiaban la misma carrera pero se conocían, seguro tenían amigos en común.

Yo no escuchaba ni una palabra de lo que decían, pero su conversación fluía, uno y otro tomaban la palabra, se reían. Sin saberlo medían el terreno. Aún había una distancia, aguardaban con las espaldas en los respaldos de las sillas, como si no hubiera llegado su hora o no supieran qué esperar. Estaban en el filo de un plano superior de su relación.

En su mesa sólo había un vaso con naranjada y un capuchino. Ella se estiraba las mangas y se cubría con ellas las manos. Subía los pies a la silla y se abrazaba las rodillas con ambas manos, encerrándose en sí misma. No era un gesto elegante. Luego las soltaba, se llevaba las mangas (con las manos ocultas) a la cara, se revolvía en la silla. Él no se movía, pero movía mucho las manos al hablar.

Mi mirada iba de la pareja al cuaderno. En la mesa de enfrente y en la página en blanco estaba por suceder algo. En la mesa, un amanecer; en el cuaderno, la crónica de eso que emergía. Todo comienzo es distinto, y ellos no sabían por dónde avanzar.

La conversación, supongo, dejó de ser anecdótica y poblada de nombres y lugares comunes. Tal vez empezaban a hablarse en verdad, a decirse al fin lo que tenían que decir. Sus movimientos fueron más pausados, se miraban atentos, se concentraban en ellos mismos.

Ella dio un sorbo a su capuchino y lo puso en la orilla de la mesa, junto a la ventana. Él hizo lo mismo con su naranjada. Ella adelantó la silla, se acercó a la mesa, puso los brazos en la mesa, las manos seguían ocultas en las mangas.

Él acercó sus manos a la mesa y las dejó en reposo, muy quietas. Ella retiró las manos, y las movía a los lados, las llevaba a su pelo, y volvían a posarse en la mesa. Él mantenía las suyas inmóviles.

La conversación era cada vez más íntima, más seria. Ya no tomaban sus bebidas, ya no se distraían. Estaban solos en el mundo, y se bastaban a sí mismos. Estaban construyendo el tú y yo. Pero todavía faltaba un poco más. Esas palabras justas y necesarias como un puente que habría que cruzar con las miradas, las manos, las bocas.

Ella sacó las manos de las mangas tímidamente, como si salieran dos conejitos blancos de su madriguera. Y se quedaron muy quietas, no lejos del centro de la mesa. Mientras ellos hablaban, y tenían mucho que decirse, las manos de él, lentas como dos caracoles después de la lluvia, emprendieron el gran viaje al centro de la mesa. Era un empresa enorme y arriesgada: tal vez sería les posible acariciar suavemente a los conejitos.

Las manos caracoles hicieron el viaje, las manos conejitos aguardaban. Las palabras y las miradas lo eran todo en el aire, en los oídos, en los ojos y la imaginación. La respiración agitada o un corazón acelerado podría delatarlos, por ello estaban muy quietos y atentos, mientras las manos se acercaban. Tal vez los conejitos se acercaron un poco más al centro de la mesa; los caracoles seguían su penosa marcha, sabían que tendrían una recompensa maravillosa.

La conversación seguía, cada vez más intensa, más íntima, más tú y yo. Es arduo y complicado construir un nosotros. Ya no había marcha atrás, los delataban sus miradas, un leve rubor, la risa nerviosa. En el microuniverso de una mesa estaban solos (en el café había dos docenas de parroquianos; detrás del ventanal, el mundo). Un suceso común, no por ello menos maravilloso, íntimo y secreto sucedía ante nosotros.

Entonces, con timidez, las manos caracoles se hicieron de valor y rozaron a las manos conejitos blancos que no se movieron, resistieron estoicos el llamado del amor. Las manos caracoles acariciaron suavemente las manos conejitos como si lo hicieran no en el dorso sino el lomo. 

Las miradas estaban fijas en el centro de la mesa. Las manos caracoles tomaron las manos conejitos, que aceptaron gustosas y respondieron tomando a su vez para sí a las manos caracoles. Las manos se acariciaban y conocían por primera vez. Celebraban con alegría la magia su encuentro.

Miré el reloj. Habían pasado cincuenta minutos. Cerré el cuaderno con la página en blanco y me fui. Había sido el testigo privilegiado del nacimiento de algo trascendente para ellos. Los dejé ahí, conversando, mirándose sin cesar, por primera vez tomados de las manos que ya no se soltaron. No es difícil imaginar lo que muy pronto sucedería entre ellos. 

22 de mayo de 2018

Una buena taza de café

Tomar una buena taza de café en la mañana debería ser uno de los derechos humanos. De San Petersburgo a Santiago de Chile, de Pekín a Lisboa, millones y millones de personas, tal vez la mayoría, al despertar buscan, con el pan de cada día, su dosis de cafeína, ya sea con café, té, té verde, yerba mate, refrescos de cola, bebidas energizantes o un chocolate.

Recuerdo un extenso reportaje sobre el café en National Geographic. Es el segundo o tercer producto con mayor demanda en el mundo, y sentarse a beber una taza de café es uno de los pocos puntos de total acuerdo que podría haber entre rivales y enemigos, antagonistas políticos, ideológicos, religiosos.

El gusto por beber café ha dado lugar a sitios que llevan su nombre, y los cafés o cafeterías son sitios vinculados a otros placeres, como la conversación, la lectura, el ajedrez. Tomamos café para mantenernos alerta, para soportar las largas jornadas, para trabajar o estudiar de noche. La primera invitación de un cortejo suele ser a tomar un café.

El derecho a un café temprano en la oficina debería estar en los contratos laborales. Y también la calidad del café y la forma de prepararlo (un buen café hecho por un barista competente con granos de café de calidad en una máquina italiana es una de las formas del paraíso en la Tierra). La cafetera que ofrecen cada mañana en la oficina me remite a un verso de César Vallejo: aceite funéreo, el café.

El brebaje de esa cafetera, flojo, de color indefinido y sabor lamentable podría arrojar resultados insospechados en un análisis químico. Es tan malo que es preferible, si no hay otra opción, un café soluble.

La literatura, ciertos pasajes, se anidan en la memoria o se empozan en el alma. Mientras me empeño en sacar con una cucharita de plástica los últimos granos del frasco, recordé al protagonista de El coronel no tiene quien lo escriba, que, cuenta García Márquez: «con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.» El coronel le ofrece a su mujer el café y le miente, le dice que él ya bebió su taza en la cocina; los hechos, raspar así el tarro y mentir resultan en una de las imágenes más poderosas sobre la miseria absoluta.

Mientras voy en busca de agua caliente para mi café soluble, recordé otro pasaje de la literatura sobre el café, que también aparece en una escena de pobreza y miseria, material y moral. En El perseguidor, de Julio Cortázar, cuenta Bruno, el narrador, que ha ido a visitar a Johnny, un saxofonista genial que ha perdido el saxofón, a la paupérrima habitación de hotel en la que está alojado: «Entonces Dédée me ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.»

El café de la oficina es infame, pero mi situación no tiene punto de comparación con la del coronel o la de Johnny.  Me siento reconfortado, después de todo mi taza de nescafé no está mal. No está mal, pero la insatisfacción nos mueve y estimula. En cuanto pueda saldré a la calle por un expreso doble.

5 de diciembre de 2017

El café San Marcos según Magris

«Si trazamos el mapa de los cafés, tendremos uno de los indicadores esenciales de un hallazgo asombroso: Europa se halla a sí misma en sus cafés, en la esencia que los anima.», dice George Steiner en uno de sus ensayos. «Europa está en sus cafés»* es un elogio pleno de nostalgia a los café europeos y también al juicio lúcido del gran crítico de la cultura.

El café es una institución europea, y no es muy aventurado imaginar que el arte y la historia de Occidente hubieran sido distintos sin esos establecimientos. «El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno.»


Me refiero al café europeo (que floreció incluso fuera de Europa), propensos a fomentar el fluir de las palabras, las conversaciones, el pensamiento, las ideas. Leer o pensar o escribir o juegar ajedrez o leer el periódico en un café son tan propios de su naturaleza como beber y comer en la misma mesa. El café europeo tiende a desaparecer y es sustituida  por otro, digámosle americano, o con necesaria precisión estadounidense. 


En mi ciudad, mientras uno a uno desaparecen los cafés europeos, surge uno tras otro en cada esquina un local de los suplantadores. No tengo nada en contra de éstos, y los visito con frecuencia, y todo está muy bien salvo que algo les falta, eso que Steiner conoce muy bien, y también Claudio Magris, que ha hecho en «Café San Marcos», un texto ejemplar de Microscosmos (Anagrama) el gran elogio de ese café triestino.


Al adentrarse en esas páginas el lector y parroquiano se siente arrebatado de la más extraña y alta forma de la nostalgia: una tristeza urgente por no estar sentado en una mesa de ese café, de esa ciudad que tampoco conoce. En el San Marcos transcurre todo porque es «un arca de Noé, donde hay sitio, sin prioridades ni exclusiones, para todos».

Luego del café en sí, su estructura, lo distingue «la fidelidad conservadora y el pluralismo liberal de sus parroquianos... En el San Marcos triunfa, vital y sanguínea, la variedad». «El café es una academia platónica, decía a principios de siglo Hermann Bahr ... En esta academia no se enseña nada, pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto.»

El café es un refugio, una especie de asilo, un templo, un museo, una galería, un punto de encuentro, un gabinete de estudio, un microcosmos. También un espacio privilegiado para la escritura.

«Escribir significa saber que no estamos en la Tierra Prometida y que no podremos llegar nunca allí, pero continuar con tenacidad el camino en esa dirección, a través del desierto. Sentados en el café, se está de viaje; como en el tren, en el hotel o por la calle, uno tiene consigo poquísimas cosas...» «El café es un lugar de la escritura. Se está a solas, con papel y pluma y todo lo más dos o tres libros, aferrado a la mesa como un náufrago batido por las olas.»

Un verdadero café, y no sólo el San Marcos de Trieste, es un paraíso breve y secreto, un punto de recogimiento entre los otros, un sitio frágil para la confesión y vislumbrar el ser de alguien. Un café es una isla a la que ansían llegar los náufragos sobrevivientes, heridos de nostalgia, de las calles hostiles de la ciudad, cualquier ciudad. Lo sabe George Steiner y Claudio Magris. Y con ellos, también nosotros.
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* Apunte de este Cuaderno de bitácora de lo casi inadvertido del 14 de enero de 2016.

14 de enero de 2016

Europa está en sus cafés

Dice George Steiner en su conferencia «La idea de Europa» (Fondo de Cultura Económica-Siruela) que si trazamos el mapa de los cafés, tendremos uno de los indicadores esenciales de un hallazgo asombroso: Europa se halla a sí misma en sus cafés, en la esencia que los anima.

Encuentro encantadora esta atípica identificación de una seña de identidad, la primera de cinco que Steiner menciona y llama axiomas. (Recuerdo, mientras escribo estas líneas, la conferencia que dictó, hace muchos años, en el teatro del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Las palabras del gran crítico fueron deslumbrantes, e inolvidable la imagen del viejo profesor ante un escritorio, asistido por su hija, en un escenario que suele ocupar, por buscar autores y semejanzas, Rodolfo el de La bohème o de vez en cuando el protagonista de Andrea Chénier: sí Steiner también es un poeta. Por una vez ese teatro fue un café.)

La calidad de la prosa y la claridad de su pensamiento le dan a Steiner una dignidad de autoridad venerable, y a sus opiniones y juicios el peso de verdad revelada e inapelable: «Europa está compuesta de cafés. Éstos se extienden desde el café favorito de Pessoa en Lisboa hasta los cafés de Odesa frecuentados por los gangsters de Isaak Bábel. Van desde los cafés de Copenhague ante los cuales pasaba Kierkegaard en sus concentrados paseos hasta los mostradores de Palermo.»

Aclara que en Rusia no hay cafés, y que en Inglaterra sólo fueron una moda pasajera en el siglo XVIII que al parecer vuelve a asentarse. Y concluye que en Estados Unidos hay bares, pero no cafés. Y «el café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno». Sí, eso es un café europeo, y el medio que fomenta ese aislamiento en público y esa convivencia que tan fecunda ha sido a las ciencias y las artes.

Sí, un café «está abierto a todos; sin embargo, es también un club, una masonería de reconocimiento político o artístico-literario y de presencia programática. Una taza de café, una copa de vino, un té con ron proporcionan un local en el que trabajar, soñar, jugar al ajedrez o simplemente mantenerse caliente todo el día.»

Steiner sabe lo que dice, le da dignidad literaria y lo pone en el centro del problema de la cultura. Así que eso son los cafés. Los pubs ingleses o los bares irlandeses son lugares para ir a beber y contar historias: muchas de las mejores historias de la literatura han sido contadas en esos sitios, que no son cafés. Un café es un lugar donde se puede ser europeo, es decir: «tratar de negociar, moral, intelectual y existencialmente los ideales y las aseveraciones rivales, la praxis de la ciudad de Sócrates y de la de Isaías.»

En los cafés se hacen tertulias, se reúnen los amigos, se han escrito libros esenciales, se han fijado ideas trascendentes, han cuajado movimientos artísticos y literarios. Se han discutido tesis, teoremas, se han formulado axiomas y leyes. En los cafés se ha hecho política, se han redactado manifiestos y constituciones, se han diseñado programas políticos, se han hecho conjuras, se ha planeado la revolución. Un café también es un sitio fértil a la felicidad. ¡Qué lugares magníficos son los cafés! ¡Guarda memoria los grandes momentos vividos en ellos!

En cada ciudad hay al menos uno histórico y aun egregio. Julio Cortázar, en el capítulo 132 de Rayuela hace una lista de ellos, desde la pura nostalgia, como un lamento, como si cantara un tango. Es una pena que esos cafés europeos tiendan a desaparecer en mi ciudad.

Los sitios para celebrar un poema o la amistad, para leer con furia y pasión una gran novela o un ensayo histórico, para el encuentro fugaz con uno mismo, desaparecen a golpes de modernidad y especulación inmobiliaria. Ocupan su sitio en el gusto y la preferencia de tantos parroquianos esos sitios uniformes, levantados uno tras otro en cadena, en franquicia, que ya no son cafés como aquéllos. ¿Dónde ser europeo? ¿Dónde celebrar la idea de Europa? Steiner tiene razón. Y por pura nostalgia, también Cortázar.