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22 de julio de 2018

Tomados de las manos

Entré al café a tomar notas para un relato. Tenía cuarenta y cinco minutos antes de la hora del taller de lectura. Pedí un expreso y fui a sentarme a la única mesa libre. Elegí la silla en la que tendría más luz. Enfrente de mí, al fondo, a unos tres o cuatro metros, junto al ventanal, en un encuadre perfecto, al centro, sin obstáculos, estaba la pareja.

Ella, a la derecha, mostrándome el lado izquierdo de su perfil griego. Muy delgada, de rasgos finos sin llegar del todo a bonita, con una trenzas delgadas que se enlazaban en la nuca sobre el cabello a los hombros. Llevaba ropa deportiva, oscura. Él, a mi izquierda, frente a ella, llevaba el cabello muy corto y una barba muy cuidada, a la moda, pantalones claros y una camiseta. Eran muy jóvenes, acababan de dejar atrás la adolescencia.

Eran una pareja de jóvenes adultos, al principio de sus veinte años. No llevaban mochilas ni bolsos ni tabletas ni computadoras; tampoco usaron sus teléfonos. Los imaginé estudiantes universitarios. Nada había de particular en ellos, pero pronto supe que era su primera cita. Se veían en las aulas y los pasillos, tal vez eran compañeros de clase y se sentaban juntos; aunque quizá no estudiaban la misma carrera pero se conocían, seguro tenían amigos en común.

Yo no escuchaba ni una palabra de lo que decían, pero su conversación fluía, uno y otro tomaban la palabra, se reían. Sin saberlo medían el terreno. Aún había una distancia, aguardaban con las espaldas en los respaldos de las sillas, como si no hubiera llegado su hora o no supieran qué esperar. Estaban en el filo de un plano superior de su relación.

En su mesa sólo había un vaso con naranjada y un capuchino. Ella se estiraba las mangas y se cubría con ellas las manos. Subía los pies a la silla y se abrazaba las rodillas con ambas manos, encerrándose en sí misma. No era un gesto elegante. Luego las soltaba, se llevaba las mangas (con las manos ocultas) a la cara, se revolvía en la silla. Él no se movía, pero movía mucho las manos al hablar.

Mi mirada iba de la pareja al cuaderno. En la mesa de enfrente y en la página en blanco estaba por suceder algo. En la mesa, un amanecer; en el cuaderno, la crónica de eso que emergía. Todo comienzo es distinto, y ellos no sabían por dónde avanzar.

La conversación, supongo, dejó de ser anecdótica y poblada de nombres y lugares comunes. Tal vez empezaban a hablarse en verdad, a decirse al fin lo que tenían que decir. Sus movimientos fueron más pausados, se miraban atentos, se concentraban en ellos mismos.

Ella dio un sorbo a su capuchino y lo puso en la orilla de la mesa, junto a la ventana. Él hizo lo mismo con su naranjada. Ella adelantó la silla, se acercó a la mesa, puso los brazos en la mesa, las manos seguían ocultas en las mangas.

Él acercó sus manos a la mesa y las dejó en reposo, muy quietas. Ella retiró las manos, y las movía a los lados, las llevaba a su pelo, y volvían a posarse en la mesa. Él mantenía las suyas inmóviles.

La conversación era cada vez más íntima, más seria. Ya no tomaban sus bebidas, ya no se distraían. Estaban solos en el mundo, y se bastaban a sí mismos. Estaban construyendo el tú y yo. Pero todavía faltaba un poco más. Esas palabras justas y necesarias como un puente que habría que cruzar con las miradas, las manos, las bocas.

Ella sacó las manos de las mangas tímidamente, como si salieran dos conejitos blancos de su madriguera. Y se quedaron muy quietas, no lejos del centro de la mesa. Mientras ellos hablaban, y tenían mucho que decirse, las manos de él, lentas como dos caracoles después de la lluvia, emprendieron el gran viaje al centro de la mesa. Era un empresa enorme y arriesgada: tal vez sería les posible acariciar suavemente a los conejitos.

Las manos caracoles hicieron el viaje, las manos conejitos aguardaban. Las palabras y las miradas lo eran todo en el aire, en los oídos, en los ojos y la imaginación. La respiración agitada o un corazón acelerado podría delatarlos, por ello estaban muy quietos y atentos, mientras las manos se acercaban. Tal vez los conejitos se acercaron un poco más al centro de la mesa; los caracoles seguían su penosa marcha, sabían que tendrían una recompensa maravillosa.

La conversación seguía, cada vez más intensa, más íntima, más tú y yo. Es arduo y complicado construir un nosotros. Ya no había marcha atrás, los delataban sus miradas, un leve rubor, la risa nerviosa. En el microuniverso de una mesa estaban solos (en el café había dos docenas de parroquianos; detrás del ventanal, el mundo). Un suceso común, no por ello menos maravilloso, íntimo y secreto sucedía ante nosotros.

Entonces, con timidez, las manos caracoles se hicieron de valor y rozaron a las manos conejitos blancos que no se movieron, resistieron estoicos el llamado del amor. Las manos caracoles acariciaron suavemente las manos conejitos como si lo hicieran no en el dorso sino el lomo. 

Las miradas estaban fijas en el centro de la mesa. Las manos caracoles tomaron las manos conejitos, que aceptaron gustosas y respondieron tomando a su vez para sí a las manos caracoles. Las manos se acariciaban y conocían por primera vez. Celebraban con alegría la magia su encuentro.

Miré el reloj. Habían pasado cincuenta minutos. Cerré el cuaderno con la página en blanco y me fui. Había sido el testigo privilegiado del nacimiento de algo trascendente para ellos. Los dejé ahí, conversando, mirándose sin cesar, por primera vez tomados de las manos que ya no se soltaron. No es difícil imaginar lo que muy pronto sucedería entre ellos. 

21 de diciembre de 2011

El ceramista

Hace años lo visité en su taller, en las afueras de Jalapa. Nos recibió un hombre serio y amable. Enamorado de su oficio, acaso perplejo de las maravillas que emergían de la tierra entre sus manos, nos habló con el alivio de algunos artistas de poder conversar con alguien después de haber pasado muchas horas en la soledad de su trabajo, en el silencio creativo de su arte. Habló del barro con asombro, entusiasmo por descubrir poco a poco los secretos de la materia, en particular habló de las texturas que imprime a sus vasijas que le han dado fama en el mundo.

Entonces, Gustavo Pérez ya era un artesano destacado, pero ahora es reconocido como un artista singular, y una pieza que lleva su nombre se cotiza sólo por ese hecho como un cuadro firmado por un pintor célebre.

Sensible y culto, le costaba hablar de sí mismo y su trayectoria, el largo camino, los estudios de filosofía y matemáticas y diseño para llegar por fin a encontrar en el barro su vocación y su alegría. “Descubrir el torno y la posibilidad de dar forma al barro se volvió el sentido de mi vida”, ha dicho. Gustavo Pérez trabaja el barro con la plena conciencia de que la tierra es sagrada, y que las formas geométricas y la arquitectura que se levantan entre sus dedos algo tienen de mágicas y misteriosas. Algo que no estaba ahí se revela al tacto de sus manos sabias, que saben tomar, preparar, acariciar, moldear el barro como si esa relación no estuviera exenta de un erotismo y una sensualidad primigenia y original.

Nos permitió curiosear y preguntar, nos mostró el torno, el barro, el horno, las piezas a medio hacer, las piezas terminadas puestas en un estante. También habló de música y de literatura, que forman parte de su universo creativo. En la mesa de trabajo, entre herramientas, había un volumen con la poesía de Saint-John Perse en francés.

Generoso, Gustavo Pérez fue al estante y nos regaló una hermosa pieza, a cada uno de los visitantes de esa mañana, mis amigos jalapeños que nos llevaron a su taller. Valoro esa vasija tanto como su gesto, y la conservo en casa como un tesoro.

Desde aquel día no he vuelto a verlo. Pero cada vez que miro mi vasija, que es un prodigio de color azul y arena, de armonía en líneas puras y elegantes, pienso que me hubiera gustado aprender un oficio, uno de esos que se van muriendo, tener alguna habilidad con las manos para hacer algo útil o algo bello. Vaya si me hubiera gustado poder hacer una vasija de barro, una pieza bien hecha, con eso me conformaría, ya no digamos una como esas inimaginables obras maestras que levanta de la tierra, como de la nada, la maestría asombrosa de Gustavo Pérez.