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23 de junio de 2025

Gustavo Pérez, el ceramista

Gustavo Pérez vuelve a ser noticia. Presentará una exposición este verano en el Seminario de Cultura Mexicana en Ciudad de México, y en octubre diez piezas suyas estarán presentes en la reinauguración de la Fundación Cartier, en el Palais Royal, en París. En Francia, en particular, donde hizo una residencia artística, lo consideran un artista mayor. Y eso es. 

En una entrevista dice, con absoluta serenidad y certeza, que la cerámica es una expresión artística, un medio para hacer arte. Fin de la discusión. Ha superado la polémica sobre si la cerámica es artesanía o un arte menor; en cualquier caso, lo que hace Gustavo Pérez está lejos de la cerámica ordinaria. 

Su trabajo consiste en una investigación (a ver a dónde va esta pieza) y un juego, pero cada vez más libre, es el juego el que se impone. No puede hablar sobre su trabajo porque no nada sabe. Lo hace para saber, para encontrar y descubrir, si hubiera otras maneras de concretar eso que busca, no lo haría. 

Su arte pasa por sus manos, sus dedos, ahí maduran sus pensamientos y emociones. El artista se limita a crear las piezas con su maestría, del resto se encarga el horno: es el fuego el que culmina la obra. Entonces, el trabajo del ceramista es similar al del panadero. Las diferencias enormes y obvias: las piezas del ceramista no se comen, pero arrebatan otros sentidos para siempre. 

No sé si Gustavo Pérez es feliz o si ha encontrado lo que buscaba en la vida, pero sé que ha descubierto todos los secretos del barro y la alfarería, y ha encontrado su sitio en la Tierra. 

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Véase en este blog, Cuaderno de bitácora de lo casi inadvertido, El ceramista, apunte del 21 de diciembre de 2011.
https://enriquealfarollarena.blogspot.com/search?q=El+ceramista

2 de marzo de 2021

Pal Kepenyes

Pal Kepenyes era alto, fuerte, blanco/rojo y rubio, de rasgos faciales muy acentuados y quijada cuadrada, y no dudo de llamarlo un ser solar, irradiaba energía y fortaleza. Sonreía con frecuencia. Podría haber representado a Poseidón o algún otro dios olímpico; tal vez a Hefesto, numen de los que trabajan con metales: herreros, artesanos, escultores. Eso era Pal, un hijo predilecto de Hefesto.

Pal era uno de los hombres más afables, pacíficos y educados que he conocido. Ensimismado, parecía estar presente y ausente a la vez, con la mente aquí y allá, en otro proyecto artístico: era un hombre, como tantos artistas plásticos, que no dejaba de imaginar y trabajar.

Pal era un creador de piezas monumentales y un artesano de miniaturas. Por épocas creativas, lo mismo hacía dijes, anillos, collares, figuras humanas, parejas de amantes, piezas que caben en una mano, en una mesa, móviles, que animales asombrosos y esculturas monumentales. Y es imposible ver una obra suya y no reconocerla. La esencia de su estilo es asombrosamente poderosa.

Nació en Hungría, padeció la segunda Guerra Mundial. Luego fue prisionero del régimen prosoviético,  estalinista. Pasó dos años en una mazmorra, en la que casi dejó de ser un hombre, y otros tres condenados a trabajos forzados. Las desgracias de Ludvic, el protagonista de La broma, la novela de Milan Kundera, me recordaban las de Pal. Me ayudaban a darle dimensión y forma al horror que padeció.

A Pal no le gustaba hablar de la guerra, ni de su cautiverio; lo poco que sé me lo contó Lumi, su mujer. Vivió, según sus palabras: «humillado y hambriento, una sombra, sin nombre, un número, sin espejo, sin pluma, sin libros ni papel, únicamente yo.» Pal era un sobreviviente.

Al ser liberado, decidió estudiar arte, escultura. Pudo salir de Hungría y en París conoció mexicanos. Y vino a México. Tengo la impresión de que pudo haber ido a una isla de Polinesia o al África central, a cualquier parte, en busca de una nueva patria que lo devolviera a la vida.

Llegó a México y se enamoró del país, de su gente, del sol, de las frutas y las flores (de ellas y sus colores), de Acapulco (su mar, su brisa y su estimulante belleza) y de una mexicana (Lumi). Aquí se consolidó como artista. Motivos más que suficientes para no irse. Y aquí se quedó. Se hizo mexicano. Con la debida nostalgia por la Hungría perdida, amó a su nuevo país.

Supongo que de sus terribles años en prisión le surgió esa necesidad vital de sol y aire y espacios abiertos. Desde su casa de Acapulco, en la punta de un cerro, con una vista espectacular a la bahía, estaba tan cerca del mar como del cielo. Tenía un enorme taller, en el que no cesaba de producir. Su creatividad no tenía fin.

Era un maniático de la salud, cuidaba mucho su alimentación (en su dieta no faltaba el jitomate), supongo que quería vivir cien años; es una pena que le faltaran seis para cumplir la meta: murió en Acapulco, el 28 de febrero de 2021.

Mary Carmen Sánchez Ambriz, Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo, escritores y curtidos periodistas de cultura, conversaron muchas horas con Pal e hicieron un libro, un regalo impagable, Mitomorfosis (El espejo de Urania; 2021), que Pal, al final de su vida, muy enfermo pudo ver. Cuando lo tuvo en sus manos se alegró muchísimo, recobró el ánimo y comió, después de varios días de no hacerlo. El libro será su testimonio y su testamento.

Se ha marchado un artista total, que nos deja su obra, y, no menos valiosa, su impecable lección de amor a la vida con su implacable voluntad de sobreponerse a las adversidades. Hasta luego, querido Pal.

22 de noviembre de 2017

La insatisfacción según Glenn Gould

Glenn Gould fue un pianista único, que se inscribe en una categoría o clasificación que puede llamarse de muchas maneras y tener muy diversas cualidades pero que exige una condición indispensable: en ella no puede admitirse a nadie más.

Algunas de esas cualidades pueden ser: a) el que canta mientras toca, b) el que toca en una silla tan baja que tiene la nariz sobre el teclado, c) el que desprecia el pedal, d) el que recompone la arquitectura de la obra mientras la interpreta, e) el que imprime un sonido irrepetible, f) el que hace montajes o manipula las grabaciones en busca de la versión perfecta, g) el que toca para sí mismo, h) el que logró una viveza rítmica sin par, i) el que reinventó la música de Bach para teclado y nadie nunca jamás podrá volver a tocarla como él, y j) etcétera.

Hechizado por su interpretación como tantos otros, mi asombro no disminuye con los años, y mi gozo no cesa cada vez que lo escucho; al contrario, se suman recuerdos y momentos en los que me acompañó su piano. La música también nos ensancha la vida. Ahora, mientras escucho las Variaciones Goldberg una vez más, leo una serie de entrevistas al genial músico canadiense (también era y sentía compositor) reunidas en No, no soy en absoluto un excéntrico (Acantilado, Barcelona, 2017).

Gould tenía una visión muy clara de su oficio, tenía ideas y opiniones originales y a veces sorprendentes sobre la música, compositores e interpretaciones. Era un hombre culto (los músicos no suelen serlo) y podía haber cultivado con éxito la escritura. Era un pianista genial, sí, y un intelectual de la música en el sentido más amplio y generoso del término.

A la pregunta de si la interpretación ideal es algo objetivo y reconocible, Gould responde que «depende sin duda del aura de la ocasión, e incluso de la atmósfera del mes, del año o de la época de su vida. La valoración puede variar enormemente». Es decir, la interpretación ideal se torna en un capricho, en pura subjetividad. Luego da una lección sobre la fragilidad y vulnerabilidad de la apreciación. Dice Gould:

hace algunos años hice una grabación del Concierto en re menor de Bach, y estaba muy satisfecho en aquel momento. Dos o tres años más tarde, un día estaba en mi coche y puse la radio en medio del primer movimiento de una grabación que alguien había hecho del mismo Concierto. Por aquel entonces el tocadiscos de mi casa estaba desajustado y giraba un poquito más rápido, lo que elevaba todo lo que sonaba un semitono ascendente, y hería mi oído absoluto; al mismo tiempo, le añadía un elemento de brillo nada desagradable, dando a las cosas un intensidad ligeramente toscaniniana. Me había acostumbrado a escuchar en mi bemol mi propia grabación del Concierto de Bach, y de pronto lo escuchaba en la radio en re menor y más lento. Empecé a preguntarme quién podía ser el intérprete. Sabía que la obra había sido grabada recientemente por X, Y y Z. Creía que lo que escuchaba era sin duda de X, ya que la interpretación tenía todas las cualidades de solidez; que yo, cuando la había grabado, había adoptado una actitud mucho más altiva respecto a la música. A medida que iba escuchando me preguntaba: «¿Por qué no puedo yo tocar con esa convicción, con esa clase de disciplina tan simple?». Estaba realmente furioso conmigo mismo. En ese momento llegó el segundo movimiento, y me dije: «¡Qué tempo tan maravilloso!». Luego percibí dos apoyaturas tocadas ampliamente antes de tiempo, mientras que la nota real no aparecía a la mitad del pulso sino en los tres octavos del tiempo. No conocía a nadie que hiciera eso con Bach salvo yo. Reconocí de pronto que lo que se oía por la radio era mi propia grabación y de inmediato comencé a encontrarle todo tipo de fallos. 

Esta cita es también un autorretrato del propio Gould, de su genio, de sus manías (excentricidades) y obsesiones, de su erudición, de su fascinación por la música grabada y un acabado ejemplo de la eterna insatisfacción de los grandes artistas.

Buscamos la objetividad porque no es posible alcanzarla en estado puro, como la felicidad o la sabiduría, y si podemos ser injustos con la obra y acciones de otros, no es difícil perder del todo el rumbo al valorar las propias. Suele imponerse una expresión vanidosa y distorsionada del ego o una crítica feroz que hiere la autoestima.

La valoración que tienda al justo medio, al equilibrio, lo sabía Gould, no es para los genios. Por razones técnicas desconoció su propia versión, que halagó y envidió hasta que descubrió que era suya. Entonces la despreció. Ah, la valoración injusta, el ego, la crítica despiadada, la insatisfacción.

5 de abril de 2017

El hombre que empolla huevos

Abraham Poincheval, francés, de cuarenta y cuatro años, es un profesional de las ocurrencias, las bromas y, de vez en cuando, los escándalos. Se siente muy orgulloso de sus pequeñas hazañas, que deben ser muy redituables, como pasar una semana en un agujero bajo una piedra de una tonelada de peso, otra semana en una plataforma a veinte metros de altura o dos semanas en el interior de un oso disecado. Sin embargo, Poincheval ha cruzado esa línea que separa el juicio de la sinrazón: se siente artista y su arte consiste en empollar hasta que eclosionen una decena de huevos de gallina.

En el Palacio de Tokio de París, centro de creación a orillas del Sena dedicado al arte moderno y contemporáneo, monsieur Poincheval se ha encerrado en una caja transparente en la que, dice: «estará en un contacto mucho más directo con el público.» Se ha provisto de agua, comida (espero que el menú no se componga de gusanitos y semillas) y de una silla con un hueco y un sistema para empollar los huevos veintitrés horas y media diarias durante 21 días. En la otra media hora de cada día dejará de sentirse gallina y saldrá de la caja.

Monsieur Poincheval confía en que ese ambiente será estable y propicio para su «primera representación con seres vivos», y nos explica las causas profundas de su empeño: «Un hombre incubando huevos me interesa porque plantea el tema de la metamorfosis y el género.» Ni más ni menos.

Que un hombre pretenda empollar huevos de gallina pasa como broma, como pasaje de una novela disparatada o como gag de una película, pero no como una obra de arte en sí misma. Es necesario decirlo una y otra vez: ese acto que de artístico no tiene nada es un intento vil de otra tomadura de pelo. Y quienes se acerquen al gallinero de monsieur Poincheval deberían saber que ver a un hombre pretender empollar huevos es un acto grotesco, absurdo, morboso, y que tal vez ya se han contagiado de esa extraña cepa de vesania aviar.

Si esto no es una gran boutade, en el nombre del Hombre y los más altos valores del humanismo crítico confío en que monsieur Poincheval recibirá la atención que merece. Antes que en una caja transparente a empollar huevos, debería encerrarse en un frenopático (sería su consagración, su obra maestra). Esperemos que la ciencia, en particular la medicina y la psiquiatría, puedan ayudarlo. Que así sea.

28 de diciembre de 2016

Miradas

La singularidad de un artista está en su mirada. En encontrar donde nadie antes había visto nada, en encontrar el escorzo, el punto que revela algo nuevo en lo ya visto . En reconocer lo que siempre ha estado ahí y nadie había nombrado de esa manera.

Una mirada revela una historia donde nadie había sospechado. Una mirada descubre figuras y composiciones que pareciera que ya estaban ahí pero nadie había desvelado. Como si la música ya estuviera en el aire y en el tiempo y sólo faltara el músico que la agitara para que se desprendiera el sonido y comenzara. Como si las arquitecturas prodigiosas estuvieran sostenidas en esa mirada hasta que la sostiene la solidez de sus materiales. Donde otros ven y acaso sienten lo mismo sin abrir la boca, el poeta levanta una oda, un tsunami de palabras.

Hay miradas dulces y otras que pareciera que levitaran. Algunas miradas se fugan, otras se levantan en rebeldía. Hay miradas que erigen realidades que a veces no son de este mundo. Hay miradas que erigen mundos que encienden las cotidianas realidades. Hay miradas fatales y otras que se fugan, otras se levantan en rebeldía.

Hay miradas de fuego y miradas de mar. De viento y de sal. Las hay nostálgicas y temerarias. Hay miradas ansiosas y frívolas, otras son esquivas y fugaces. Hay miradas elocuentes y otras silenciosas.
Es conveniente esquivar las embusteras, las embaucadoras, las que atraviesan como canto de sirena.

Hay miradas de inteligencia, y todas las letales son femeninas. Hay maneras de mirar y de encontrar, de reconocer los objetos y celebrar la belleza. En la mirada está la clave. Hay tantas maneras de mirar como de habitar el mundo.

21 de diciembre de 2011

El ceramista

Hace años lo visité en su taller, en las afueras de Jalapa. Nos recibió un hombre serio y amable. Enamorado de su oficio, acaso perplejo de las maravillas que emergían de la tierra entre sus manos, nos habló con el alivio de algunos artistas de poder conversar con alguien después de haber pasado muchas horas en la soledad de su trabajo, en el silencio creativo de su arte. Habló del barro con asombro, entusiasmo por descubrir poco a poco los secretos de la materia, en particular habló de las texturas que imprime a sus vasijas que le han dado fama en el mundo.

Entonces, Gustavo Pérez ya era un artesano destacado, pero ahora es reconocido como un artista singular, y una pieza que lleva su nombre se cotiza sólo por ese hecho como un cuadro firmado por un pintor célebre.

Sensible y culto, le costaba hablar de sí mismo y su trayectoria, el largo camino, los estudios de filosofía y matemáticas y diseño para llegar por fin a encontrar en el barro su vocación y su alegría. “Descubrir el torno y la posibilidad de dar forma al barro se volvió el sentido de mi vida”, ha dicho. Gustavo Pérez trabaja el barro con la plena conciencia de que la tierra es sagrada, y que las formas geométricas y la arquitectura que se levantan entre sus dedos algo tienen de mágicas y misteriosas. Algo que no estaba ahí se revela al tacto de sus manos sabias, que saben tomar, preparar, acariciar, moldear el barro como si esa relación no estuviera exenta de un erotismo y una sensualidad primigenia y original.

Nos permitió curiosear y preguntar, nos mostró el torno, el barro, el horno, las piezas a medio hacer, las piezas terminadas puestas en un estante. También habló de música y de literatura, que forman parte de su universo creativo. En la mesa de trabajo, entre herramientas, había un volumen con la poesía de Saint-John Perse en francés.

Generoso, Gustavo Pérez fue al estante y nos regaló una hermosa pieza, a cada uno de los visitantes de esa mañana, mis amigos jalapeños que nos llevaron a su taller. Valoro esa vasija tanto como su gesto, y la conservo en casa como un tesoro.

Desde aquel día no he vuelto a verlo. Pero cada vez que miro mi vasija, que es un prodigio de color azul y arena, de armonía en líneas puras y elegantes, pienso que me hubiera gustado aprender un oficio, uno de esos que se van muriendo, tener alguna habilidad con las manos para hacer algo útil o algo bello. Vaya si me hubiera gustado poder hacer una vasija de barro, una pieza bien hecha, con eso me conformaría, ya no digamos una como esas inimaginables obras maestras que levanta de la tierra, como de la nada, la maestría asombrosa de Gustavo Pérez.

6 de julio de 2011

Carta a Francesca Woodman

Querida Francesca:

He recibido noticias que me inquietan un poco. Me desconcierta el curso que va tomando el creciente reconocimiento de tu obra, las miradas que se aproximan por morbo y oscuras intenciones.

Me he enterado de que ya han hecho una película, un documental sobre ti. En una buena librería es posible encontrar por lo menos cinco libros sobre tu vida y obra. Luego, ¿qué seguirá? Te convertirán en una superestrella mediática. No puedo evitar pensar que lucrarán sin pudor con tus fotos y tu muerte prematura. Tú, que sólo tuviste una modesta exposición en una galería universitaria, ahora serás la artista de culto, siempre la malograda, el centro de atención de curiosos malsanos que no mirarían tus fotos si estuvieras aquí. Ahora galerías inglesas se interesan por tu trabajo, por no hablar de la exposición en el Museo de Arte Moderno de San Francisco. ¿Soñaste alguna vez, Francesca, con exhibir tus fotografías en el Guggenheim de Nueva York? Pues una selección de tus fotos, se verá allí, en ese museo-escaparate de proyección planetaria.

Ah, Francesca, artista de la luz y el nitrato de plata, ¿por qué no pueden entender que tu vida y tu muerte no son tu obra, como lo es esa inmensa colección de fotografías que guardan tus padres? ¿Qué van a hacer de ti? ¿Cómo hacerles entender que tus fotos valen por tu condición de artista, en sí mismas, no por tu salida apresurada de este mundo por una ventana de un piso muy alto de un edificio de Nueva York? Acabarán por vender una foto tuya, un cliché, por lo que hoy pagan en dólares los coleccionistas en las subastas por una litografía de Picasso.

Francesca, tú no sabes lo que es la fotografía digital, no tuviste tiempo de conocerla, y la verdad es que no sé si te gustaría. Aunque no lo creas, ya no es necesaria la película fotográfica, y tampoco es necesario el arte de revelar las fotos que tomaste. Sí, ya sé que el revelado es el último paso del proceso creativo del artista, el momento mágico de fijar en el papel la imagen que has fotografiado, pero la tecnología avanza inclemente y ya ni siquiera el papel es necesario. Sí, entiendo que es difícil de entender, pero ahora la gente mira las fotos en las pantallas de sus juguetes electrónicos.

Francesca, te imagino en la Toscana, muy joven, aprendiendo a fotografiar, a ser artista, es decir, tú misma. Miro tus fotos y me pregunto cosas tontas, simples. ¿Verdad que en Italia pasaste tus mejores años? ¿Qué tan bueno era tu italiano? ¿Preferías el espagueti Alfredo que a la boloñesa? ¿Cuál era tu rincón encantado en Florencia? ¿Cuál era tu pintor favorito? ¿Te gustaba la música?

¿Qué sucedió, Francesca? ¿Fue una crisis emocional? ¿Acaso estabas deprimida?  ¿Sufrías ataques de ansiedad? ¿Una decepción amorosa? ¿Tuviste una experiencia demasiado dura con sustancias tóxicas? Ahora tu arte será por siempre la expresión de una artista adolescente con una mirada única, singular. No tiene sentido imaginar lo demás, la que hubieras sido con el tiempo, al acercarte a eso que llaman madurez. No importa, en verdad no importa, Francesca, porque tus fotos no se parecen a las de ningún otro fotógrafo.

Supongo que te buscabas a través de tu lente, querías encontrarte, por eso eres la gran protagonista, el centro, el objeto mismo de tus fotos. En tus autorretratos encuentro soledad, mensajes cifrados en esos muros, en los objetos, en los cuerpos femeninos, con cierta luz y algunos efectos que sólo tú sabías fijar. Sí, hacías fotos para comprender el mundo, y seguramente el mundo no te comprendió. Es una pena.

Ay, Francesca, la vida se parece mucho al arte de la fotografía: es una sucesión de instantes, de momentos únicos que se fugan vertiginosos. Los mejores, como las buenas imágenes, se fijan en la memoria y en el alma y a ellos volvemos con frecuencia, no por nostalgia, como quien mira una foto vieja, simplemente para seguir viviendo.

Atentamente,

EALl