2 de abril de 2018
Mozart
22 de noviembre de 2017
La insatisfacción según Glenn Gould
Glenn Gould fue un pianista único, que se inscribe en una categoría o clasificación que puede llamarse de muchas maneras y tener muy diversas cualidades pero que exige una condición indispensable: en ella no puede admitirse a nadie más.
Algunas de esas cualidades pueden ser: a) el que canta mientras toca, b) el que toca en una silla tan baja que tiene la nariz sobre el teclado, c) el que desprecia el pedal, d) el que recompone la arquitectura de la obra mientras la interpreta, e) el que imprime un sonido irrepetible, f) el que hace montajes o manipula las grabaciones en busca de la versión perfecta, g) el que toca para sí mismo, h) el que logró una viveza rítmica sin par, i) el que reinventó la música de Bach para teclado y nadie nunca jamás podrá volver a tocarla como él, y j) etcétera.
Hechizado por su interpretación como tantos otros, mi asombro no disminuye con los años, y mi gozo no cesa cada vez que lo escucho; al contrario, se suman recuerdos y momentos en los que me acompañó su piano. La música también nos ensancha la vida. Ahora, mientras escucho las Variaciones Goldberg una vez más, leo una serie de entrevistas al genial músico canadiense (también era y sentía compositor) reunidas en No, no soy en absoluto un excéntrico (Acantilado, Barcelona, 2017).
Gould tenía una visión muy clara de su oficio, tenía ideas y opiniones originales y a veces sorprendentes sobre la música, compositores e interpretaciones. Era un hombre culto (los músicos no suelen serlo) y podía haber cultivado con éxito la escritura. Era un pianista genial, sí, y un intelectual de la música en el sentido más amplio y generoso del término.
A la pregunta de si la interpretación ideal es algo objetivo y reconocible, Gould responde que «depende sin duda del aura de la ocasión, e incluso de la atmósfera del mes, del año o de la época de su vida. La valoración puede variar enormemente». Es decir, la interpretación ideal se torna en un capricho, en pura subjetividad. Luego da una lección sobre la fragilidad y vulnerabilidad de la apreciación. Dice Gould:
hace algunos años hice una grabación del Concierto en re menor de Bach, y estaba muy satisfecho en aquel momento. Dos o tres años más tarde, un día estaba en mi coche y puse la radio en medio del primer movimiento de una grabación que alguien había hecho del mismo Concierto. Por aquel entonces el tocadiscos de mi casa estaba desajustado y giraba un poquito más rápido, lo que elevaba todo lo que sonaba un semitono ascendente, y hería mi oído absoluto; al mismo tiempo, le añadía un elemento de brillo nada desagradable, dando a las cosas un intensidad ligeramente toscaniniana. Me había acostumbrado a escuchar en mi bemol mi propia grabación del Concierto de Bach, y de pronto lo escuchaba en la radio en re menor y más lento. Empecé a preguntarme quién podía ser el intérprete. Sabía que la obra había sido grabada recientemente por X, Y y Z. Creía que lo que escuchaba era sin duda de X, ya que la interpretación tenía todas las cualidades de solidez; que yo, cuando la había grabado, había adoptado una actitud mucho más altiva respecto a la música. A medida que iba escuchando me preguntaba: «¿Por qué no puedo yo tocar con esa convicción, con esa clase de disciplina tan simple?». Estaba realmente furioso conmigo mismo. En ese momento llegó el segundo movimiento, y me dije: «¡Qué tempo tan maravilloso!». Luego percibí dos apoyaturas tocadas ampliamente antes de tiempo, mientras que la nota real no aparecía a la mitad del pulso sino en los tres octavos del tiempo. No conocía a nadie que hiciera eso con Bach salvo yo. Reconocí de pronto que lo que se oía por la radio era mi propia grabación y de inmediato comencé a encontrarle todo tipo de fallos.
Esta cita es también un autorretrato del propio Gould, de su genio, de sus manías (excentricidades) y obsesiones, de su erudición, de su fascinación por la música grabada y un acabado ejemplo de la eterna insatisfacción de los grandes artistas.
Buscamos la objetividad porque no es posible alcanzarla en estado puro, como la felicidad o la sabiduría, y si podemos ser injustos con la obra y acciones de otros, no es difícil perder del todo el rumbo al valorar las propias. Suele imponerse una expresión vanidosa y distorsionada del ego o una crítica feroz que hiere la autoestima.
La valoración que tienda al justo medio, al equilibrio, lo sabía Gould, no es para los genios. Por razones técnicas desconoció su propia versión, que halagó y envidió hasta que descubrió que era suya. Entonces la despreció. Ah, la valoración injusta, el ego, la crítica despiadada, la insatisfacción.
12 de septiembre de 2011
Las Variaciones Goldberg
La primera vez que las escuché quedé hechizado. Sé que no he sido el único, que esa experiencia ha cambiado más de una vida. Bach logró con su arte acariciar la metafísica de lo inefable y puso a girar las esferas celestes; consiguió que esa sed de absoluto se convirtiera en el bálsamo favorito de los desolados, los desesperados, los desadaptados, los sedientos de belleza, los que pueden conmoverse hasta el llanto y sentirse tocados por el aria y sus variaciones.
El intérprete al piano de aquella versión era Glenn Gould (con permiso del creador, las prefiero con piano). Luego, hace muchos años también, descubrí aquella novela de Thomas Bernhard, El malogrado, que narra el fin de la carrera de un pianista cuando éste escucha, devastado por el prodigio y el talento, a Glenn Gould tocar las Variaciones Goldberg.
Entonces se cerró el círculo. Glenn Gould había nacido para tocar a Bach, Bach había nacido para escribir música, y uno, si no demuestra lo contrario, en su infinita mediocridad, al menos lo había hecho, venturoso, para escucharlos. El tándem Bach-Gould se convirtió para un par de amigos y para mí en una declaración de principios, un manifiesto estético, un grito de batalla, un canto de vida, un código para escuchar música en este mundo.
Con los años, como casi siempre sucede, la pasión por las Variaciones remitió considerablemente, las aguas tomaron su cauce y entonces sólo las escuchaba de vez en cuando, siempre las versiones de Gould. No me interesaba buscar ni escuchar otras interpretaciones, las dos o tres que conocí no me arrebataron, ni embriagaron, y creo que esta palabra, tan dura, es justa.
Ahora, cuando las aguas de mi afición por Bach son más profundas que nunca, pero también más anchas y serenas, como un río viejo que ha dejado atrás entusiasmos desmedidos, excesos y sobresaltos innecesarios, he tenido la gracia de volver a escuchar las Variaciones Goldberg como si fuera la vez primera.
No sé, entre el mar de versiones, si esta es mejor, sólo digo que volví a sentir la emoción y el asombro intactos, el mismo efecto casi narcótico para la imaginación que se dispara en busca de alguna metáfora, la suave intención que antes que estimular al sueño evoca a cierta tristeza suave, a veces a un sentimiento que no puede llamarse del todo melancolía.
No sé si es un regalo inmerecido, un prodigio o mi condescendencia, pero he vuelto a sentir la música con el cuerpo y el alma. Apenas escuché el aria y la primera variación interpretadas por Simone Dinnerstein supe que había encontrado otro camino a Bach, a la Música, a la Perfección matemática y geométrica o cualquier otra. Descubrí un nuevo sendero para vislumbrar en esa música amada, otra vez, como hace muchos años, la llamada, la belleza, lo absoluto.
30 de agosto de 2011
La memoria y las Memorias de Artur Rubinstein
Michel de Montaigne dice en uno de sus ensayos, no recuerdo en cual, que una de las funciones de la memoria es olvidar. Borges imaginó a Funes, el memorioso, el que nada olvida. Entre esas dos invenciones literarias, está la escritura, la memoria de palabras, los cuadernos de los diarios, los libros de memorias. La escritura es el único antídoto fiable contra el olvido. Si no escribiéramos sabríamos menos de los otros, pero también de nosotros mismos.
Mis años de juventud (Universidad Veracruzana, 2011) son las memorias de Artur Rubinstein, de uno de los más grandes pianistas del siglo XX, redimió y reinventó a su paisano Chopin. Es decir, inventó una nueva manera de tocar su música, que equivale a decir, en parte, de tocar el piano. Rubinstein supo muy pronto que el intérprete debe ser un músico que ennoblece una obra “si es un recreador y no un mero ejecutante”.
Dice Rubinstein en el Prefacio de su libro: “Nunca he llevado un diario” […] “tengo la fortuna de estar dotado de una memoria envidiable, que me permite reconstruir mi larga vida casi día por día.” Al parecer lo recordaba todo, absolutamente de todo, nombres, apellidos, lugares, fechas, anécdotas, conversaciones, a lo largo de seiscientas páginas dedicadas sólo a sus años de juventud.
Nadie recuerda, tal como los narra, todos los detalles de su infancia. Tal vez tenía un pacto con Mefistófeles y en su acuerdo, le dio a Margarita (es decir, un amor incondicional por la vida) un talento endiabladamente excepcional para tocar el piano y una memoria diabólica, digna de un relato de Borges. Thomas Mann llamó a Rubinstein: el “virtuoso dichoso”. Mann sabía cuando un músico tenía pacto con el diablo.
A mí me basta mi desmemoria y la palabra de Michel de Montaigne para saber que nadie recuerda todo lo que ha vivido desde la infancia. Rubinstein dice que recuerda o finge recordar el orden de los sucesos, los contextos, los datos útiles y los otros, los motivos, los detalles mínimos... Nadie se libra de olvidar, sólo Funes, el imaginado por Borges. Por lo tanto, Rubinstein, además de un perfecto pícaro, era un gran mentiroso, pero su libro es tan bueno, tan ameno, que resultó además un buen novelista.
La vida que Rubinstein recuerda, al menos la que escribe, es maravillosa. La cuenta como si fuera una sonata. Yo sé que no fue exactamente así, pero sucede que las cosas son como las recordamos. “La verdad histórica [...] no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió”, nos advierte Borges. La verdad histórica, lo que sucedió en verdad, con el tiempo, es una quimera, se transforma en una obra literaria.
Ahora, en la traducción de Jorge Brash, la prosa, espléndida, fluye ante los ojos como escuchamos una conversación sabrosa, que nos entretiene e interesa. ¿Por qué nos interesan las memorias de un embustero? Por la misma razón por la que nos gusta la ficción. Este libro debe de tener coincidencias asombrosas con los datos biográficos de Artur Rubinstein, pero no le creo al autor que esto sea una autobiografía. Este libro es pura literatura.
15 de diciembre de 2010
Las canciones silentes de Silvestrov
Escucho las Canciones silentes (Silent Songs) de Valentin Silvestrov. Me estremezco y sin embargo mi emoción no me arrebata del todo, me doy cuenta de que ahí están los atributos del lied que más aprecio: la belleza desnuda de la melodía, que me atraviesa como un relámpago la noche; la sobria dignidad viril de una voz de barítono al servicio del poema que canta; el fulgor de la presencia, la elegancia indispensable del sonido químicamente puro del piano, necesario como el pan, el agua y el aire. La brevedad, como insinuación de algo apenas entrevisto o beso robado; la sabiduría del discurso; la riqueza del poema, la intensidad.
El encuentro de un piano y una voz es un acto amoroso que antes de su fin puede devenir en cualquier cosa menos en el silencio, y en esa forma mínima de un arte ya están las máximas posibilidades y bellezas. Todo lo que puede dar el arte sonoro ya está ahí. Así, una canción silenciosa es una contradicción, pero Silvestrov, maestro de nuestro tiempo, ha logrado el oxímoron perfecto, la música callada que pedía un poeta místico, la que dice y sugiere, la que habla en el silencio, la que celebra la soledad y la intimidad con impecable belleza. Música íntima, para ser sentida tanto como escuchada, estas canciones encierran otras músicas, otros ámbitos.
Estas canciones que escucho por primera vez me evocan otras músicas, como un poema o un paisaje que no conocíamos nos recuerda otros, poemas o paisajes o cierta emoción que no habíamos sentido hacía tiempo, a la que incluso le rehuíamos como quien dice: "ahora no tengo tiempo de sentir, venga mañana".
Todavía no sé qué me dicen estas canciones, qué encuentro más allá de sus atributos formales, de la magistral sencillez que instaura una belleza vislumbrada. Pero entregado a ella, ensimismado, escribo a la orilla de mí mismo, al borde de la emoción, de un ataque matutino de melancolía. Yo no sé qué tiene esta música, yo no sé qué me dice, no sé si encierra alegría o motivos para el llanto, un golpe de soledad o desesperanza, no lo sé, pero su fuerza telúrica y cósmica, humana y sobrehumana, me arrastra, me dice, me llama.
7 de septiembre de 2010
El amor sitiado
Entre su amor callado y su amada: la música. El silencio de Mr. Kinsky encuentra en su piano y en sus composiciones la hondura que no supieron hallar sus palabras, su torpe declaración de un amor que parecía imposible. Decía Henry Miller en una de sus novelas que ninguna mujer es capaz de resistir la llamada de un absoluto amor. Tal vez eso sea cierto en la literatura, en el cine, en esta película de Bernardo Bertolucci, Besieged, en la que casi todo se dice en silencio, todo lo que importa, el deseo y el amor, la nobleza, la soledad y la gratitud, casi un poco al margen de las condiciones de la trama, del choque brutal de las culturas, de la música africana, de la música europea, de Roma, que asoma eterna por breves instantes en las escalinatas y la Piazza di Spagna. Como aquellos otros célebres amantes, Shandurai y Mr. Kinsky tienen que separarse al amanecer, pero no cuando los despierta el canto de una alondra, sino cuando Winston, el marido de ella recién liberado, toca a su puerta.
12 de febrero de 2010
Julio Cortázar: aniversario
Un día como hoy murió Julio Cortázar. Habría que salir a la calle a buscar lo ordinario extraordinario, a jugar a la rayuela, brincar en un dibujo hecho de casillas en el suelo o leer un capítulo para llegar al cielo. Hoy sería un buen día para beber un whisky y gozar uno de los cuentos favoritos, de poner un disco y luego otro, hasta que la música del saxofón y el piano se derrame y nos deje al pie de la escalera de las palabras fijas de un poema.
Con la certeza de que lo fantástico está aquí, ahora, en el lado de acá, en el lado de allá, en todos lados, frente al horror de cada día, hoy sería un buen día para acostarse con las palabras, con las de él, tocadas por la alegría y la imaginación. Sus palabras son más que palabras: son la suma cifrada de lo que somos y seremos, la expresión de la inteligencia y un guiño del humor. Nos revelan una figura que nos dice y nos asomamos a ella para dar el salto metafísico al otro instante, por encima del vértigo del precipicio de la realidad de cada día. Por sus palabras, por su literatura, brújula increíble, fundadora de mundos, botella al mar, llegamos a nosotros mismos y resolvemos la vida cotidiana, día a día, antes y después de aniversarios y efemérides, de ritos y ceremonias. Hoy, como todos, es un buen día para leer unas páginas y entrevernos.
