Mostrando entradas con la etiqueta canto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta canto. Mostrar todas las entradas

17 de abril de 2025

El estornino de Mozart

La anécdota es histórica. Sabemos que el 27 de mayo de 1784 Wolfgang Amadeus Mozart compró en una tienda de Viena un estornino y se lo llevó a su casa. Las razones por las que lo hizo son el primer punto de una larga serie de preguntas, muchas de ellas no tienen respuesta. El pajarito vivió cerca de tres años en la casa de los Mozart. 

La imaginación y la especulación han sido fecundas en la naturaleza de una extraña relación que no es un disparate llamar musical. Sí, el estornino cantaba e imitaba música de Mozart, pero también el canto del estornino se cuela a las composiciones del genio. 

La composición conocida como «Una broma musical» (K522), acusa una extraña colaboración que desentonaba con la armonía y el estilo galante, típico de las obras de Mozart. Incluso la compañía discográfica Deutsche Grammophon admitía en el texto que acompaña a su disco «la unión torpe, desproporcionada e ilógica de un material poco inspirado». Por no hablar del origen y los atributos de Papageno, personaje central de La flauta mágica. Detrás de ese hombre/pájaro hay un pájaro de verdad. 

Todo comenzó cuando el estornino de Mozart cantó la melodía del rondó del Concierto para piano No. 17, que por esas fechas no se había ni siquiera estrenado. No sabemos si el pájaro cantó su parte o Mozart la compuso, la tocó y el pájaro la repitió, con tanto acierto y musicalidad, y tantas veces, al punto de despertar el asombro y dar pie a una amistad y colaboración que duró tres años. 

El estornino vivía y cantaba en el salón de los Mozart como un miembro más de la familia, y cuando murió Wolfgang el rindió una sentida ceremonia fúnebre. 

Todo esto, y otras cosas asombrosas, las leí en una recensión de Eduardo Huchín Sosa en la revista Letras Libres sobre el libro Mozart’s Starling (Little, Brown, 2017), de Lyanda Lynn Haupt. (Existe una edición española: El estornino de Mozart (Capitán Swing, 2023).

Lyanda Lynn Haupt es una ornitóloga y divulgadora científica que, arrebatada por la idea de Mozart y su pájaro musical, investigó a fondo, y nos dio un libro en verdad inteligente, sensible, divertido y muy documentado. Una delicia.

La parte de la relación musical de Mozart con su estornino algo tiene de novela policiaca, pero también tenemos una visita a Viena, una recreación algo imaginaria de la casa de los Mozart, la condición de los estorninos en los Estados Unidos, donde poco falta para que sean calificados de terroristas (se portan mal, maltratan a otras especies, se reproducen de manera asombrosa, al punto de que el gobierno organiza matanzas, sí, cacerías indiscriminadas de estorninos para controlar la población).

Pero lo importante era la convivencia y el canto. Así que doña Lyanda se robó una pajarita y se la llevó a su casa. Allí aprendió y sufrió lo que es tener un estornino en tus habitaciones, pero sobre todo gozó y se divirtió en grande con un animalito tan inteligente, que hacía travesuras, le gustaba la música y cantaba (pero Mozart no era su compositor favorito).

A mí todo esto me parecía encantador, asombroso y me divertía muchísimo. Pensaba en mis amigos esencialmente mozartianos, Rolando, Antonio y Gerardo, y también en Jorge, que además de traductor profesional (ese es su oficio) y melómano sin remedio (ese es su vicio) algo tiene de naturalista, ornitólogo y amigo de los animales. Quise compartir mi entusiasmo y les envié la reseña de la revista. 

Jorge encargó un ejemplar de inmediato en alguna plataforma, una de esas de entrega casi inmediata. Y podría jurar que lo vi sonriendo desde la lectura de la primera página, aunque él estuviera en su natal Jalapa y yo en Ciudad de México. Más todavía, podría asegurar, sin haber sido testigo, lo que sucedió.

Puedo imaginarlo leyendo, feliz, a medianoche, en su cama. De pronto, como para él leer y traducir es casi el mismo acto, se levantó de un salto, fue a su mesa y empezó a traducir en su computadora ese libro que tanto le estaba gustando. Su manera de hacerlo suyo, de gozarlo al límite es traducirlo.

Unas semanas después recibí por correo electrónico su versión de El estornino de Mozart, que tradujo para su placer y alegría de sus amigos. No aspira a lucrar con su trabajo ni hacer una edición con su versión; lo importante era divertirse y disfrutar el trayecto. 

Lyanda Lynn Haupt, por su parte, dice: «My six books explore the intersection of humans and the wild earth.» No imagino una manera más amable y poderosa de acercarse a ese mundo salvaje que leer este libro. He empezado a ocuparme de los pájaros. Los veo, los escucho. Les presto atención unos segundos. Nunca lo había hecho. Se abre un mundo que estaba ahí, al alcance de mi vista, y no había mirado.

3 de octubre de 2021

Luz de alba

Para EAR

No es ni será el azul con su azul infinito
ni el largo paso de las horas
ni los engañosos luceros de la noche
ni el oleaje nocturno, profundo y seductor,
los que cambien el rumbo del níveo lunar del firmamento.
Porque el destello estalla y basta para todos.
No entreguemos al devenir este instante pues no le pertenece,
no sucumbas -¡oh Odiseo!- a la tentación de la lluvia y su rítmico silencio.
No entreguemos a lo no vivido tanta sangre por milenios derramada,
no le temamos a la luz su verdad absoluta puesto que sólo cegará
          a los infieles.
No temamos a la luz -¡Oh infinita!- capaz de perturbar los sentidos, 
          sus falacias.
¡Que vivan los impíos que te miran como si solamente saliera el sol;
benditos los que te veneran sólo porque existes!
  
 
II
 
Habría que buscar los signos de la noche,
habría que jugar al tiempo con las horas,
sería el tiempo -de él, el inasible- de franquear la última puerta del Alba,
sería el tiempo de detenerlo por un instante en una mala y húmeda
          fotografía;
porque es imprescindible la otredad.
 A ti te canto, luz, voz y tacto; ser aun en las tinieblas;
el mar y el verano despliegan sus poderosas alas pasajeras.
Sobre la madera podrida, sobre el musgo, sobre lo terreno iluminado,
 bastaría con sumar tus ojos en el mar,
con su mar azul,
consumar los vientos,
con sumar los cuerpos,
consumar tus ojos en la mar
para inventar el prisma cromático, los recuerdos,
para desatar todas las furias, todos los vientos, a todos los veleros
         en una noche mortal;
porque no navega la mar ni el navío sino el navegante,
argonauta de la noche, de ella;
la salpicada noche de su bóveda a capricho, dicha de los dioses,
la que desdeña los colores y las puertas fallidas;
el engaño de los espejos de oriente;
y yo, como el que más -aún atado al mástil- mantiene el rumbo fijo,
infinitamente claro en el único puente que es abismo, 
la Mar (así, en femenino) y único puerto del insomnio, 
castigo, punto de partida y arribo; fin y sextante en sí mismo.
 
 
 III
 
Desdeño la brújula que orienta en todos los caminos,
no es posible solamente un rumbo y tanta espera;
es ella muchas, sí; pero es la mía a la que habito.
Las maderas preciosas de Chiapas y del Líbano, 
como heraldos de lo ajeno, se pudren en su olor divino;
el mar más antiguo del planeta estalla en su sal rebelde,
           en el fondo de sí mismo.
Miro a un gato, imagino a la Antigüedad:
gloriosa en el vacío... más nada se ha perdido,
la noche misma del faraón, del César, de ti mismo;
porque una misma estrella, el mismo Helios, 
el mismo mar, te recuerdan que estás vivo.
  
 
IV
 
El encanto de la aurora, sus pájaros, sus cantos, sus gemidos,
por ahora son suficientes y satisfacen al mundo.
Imposible es bajo el sol, hermano, negarte a ti mismo;
único y fragmentado heredero universal del limo, los cementerios,
         la historia, los caminos.
Creo en mí y en lo que creo.
Espero a la luz de ámbar y su pálidos quejidos:
luz de luz, te espero para que confirmes a las palabras,
a una mujer, al verano, a la existencia que te doy y que te exijo.

24 de junio de 2020

Amadeus en bicicleta: novela de Rolando Villazón

Rolando Villazón cultiva sus talentos artísticos desde una sensibilidad versátil, libre y juguetona. Es un error considerarlo sólo un cantante. Artista de múltiples maneras, de pronto salta de la casilla del tenor y se instala en otros territorios. Esas incursiones en otras disciplinas no son comunes y casi nunca son bienvenidas por la crítica y el gran público.

Si un artista se sale de la casilla asignada su acción es tomada como una excentricidad, un capricho, una divagación pasajera. Ese segundo oficio no debe de tomarse en cuenta, pareciera ser la consigna, y menos aún el artista que se mueve como un caballo y en la siguiente jugada como un alfil.

La trayectoria de Rolando como cantante ha sido notable y espectacular, y es reconocido en el mundo entero como uno de los grandes tenores de su generación; el aplauso rendido de los más diversos públicos durante muchos años, sobre todo en Europa, y el número de sus grabaciones y millones de discos vendidos dan cuenta de su éxito. Es una estrella del mundo de la ópera, un poco a su pesar.

Pero Rolando es también un dotado clown (tiene un concepto muy alto del oficio de payaso, incluso todo una postura filosófica bien argumentada, y con su nariz roja y peluca visita a niños enfermos en los hospitales y actúa para ellos; es obvio que gratuitamente). También es un actor dotado fuera de la escena operística y un presentador de televisión, un simpático conductor de programas de radio y un dibujante de caricaturas (muchas de él mismo: un rasgo de inteligencia y sentido del humor) con soltura, y un director de escena de ópera que hace un montaje cada año.

Y si todo esto fuera poco, recientemente ha mostrado su capacidad de organización, administración y liderazgo para llevar a buen término el festival de la Semana Mozart en Salzburgo. No son pocos talentos, y en verdad no me sorprendería que destacara en alguna otra actividad. Tiene el envidiable don de hacer bien todo lo que emprende, pero de los oficios conocidos aún falta otro, que, a juzgar por la circulación y recepción de su obra pareciera secreto: Rolando es también un escritor, uno de los novelistas más singulares de hoy porque su obra, me aventuro, no se parece a nada de lo que se escribe en lengua española en los dos lados del Atlántico.

Su primera novela, Malabares (Espasa, Madrid, 2013; Jonglerie en la edición francesa, y Kunststücke en la alemana), es una declaración de principios a través de las historias paralelas y divergentes de sus protagonistas, dos payasos, y sorprende por su densidad narrativa, la complejidad de su trama, por su imaginación y la impecable soltura de su prosa y dominio del arte de narrar, pero sobre todo por su entusiasta devoción por el juego.

Desde Malabares Rolando nos muestra las coordenadas de su escritura: el juego entendido como una actividad trascendente. El punto de referencias y referente es Cortázar, y no es fácil encontrara en nuestro ámbito a otro autor que se haya ocupado del Juego (así, con alta inicial), con fervor, como lo hace Rolando. El punto de partida es Cervantes y don Quijote.

El homo ludens de Huizinga encuentra una expresión en este universo novelesco, siempre que se entienda el juego como la actividad más alta y profunda. El juego es sagrado, y nada, salvo el pan, más necesario en la vida del hombre. El juego es la vida, como lo saben los niños. El juego, la ficción, la simulación, el teatro, el cine, la televisión, la ópera son, con frecuencia, otras formas de manifestar esa voluntad lúdica sin la cual no seríamos la especie que somos. Para ser plenamente hombres y mujeres tenemos que jugar.

Rolando ha sido consistente en su propuesta literaria. Paladas de sombra contra la oscuridad, la segunda novela, no ha sido publicada en español; por fortuna la salva de la triste condición de absolutamente inédita una edición alemana (Lebenskünstler) de 2017. Es lamentable que la obra de Rolando aún no pueda ser leída en su lengua original, y que sea desconocida por los lectores de México, el resto de Hispanoamérica y España.

A veces los misterios del mundillo editorial son insondables, pero tengo la impresión de que la literatura de Rolando es tan distinta (la palabra original ya es en sí un tropiezo) y va firmada por un cantante tan famoso que levanta sospechas y dudas entre editores y lectores. La celebridad del tenor atenta contra la publicación de la obra del novelista. «Quién quiere leer la novela de un cantante de ópera», dijo Rolando en una reciente entrevista. Tiene razón.

Y crece la sospecha de que muy pocos lectores creerían que un artista excelso del canto, célebre y reconocido, famoso, para emplear esa palabra que tanto lo incomoda, pueda ser también un buen escritor. Una cosa o la otra, pareciera ser la opinión más extendida. Caballo o alfil. Nada más sospechoso que un artista que cultiva con fortuna dos artes muy distintas.

Los músicos, en particular los cantantes, no suelen leer libros y mucho menos los escriben. Los dos o tres nombres que alguien encuentre entre los músicos tras una búsqueda exhaustiva, son excepciones. Después de convivir durante años con ellos en un teatro de ópera, puedo afirmar que el único músico lector que he conocido es Rolando. Sólo tengo noticia de otro músico, entre nosotros, que escriba, pero no novelas.

A principios de los años noventa, Rolando era un joven estudiante de canto dispuesto a comerse el mundo. Recuerdo una de sus primeras audiciones en Bellas Artes (para aspirar a un papel, tal vez el modesto Parpignol de La bohème) por su bonhomía y su sonrisa, su actitud, su confianza no en su futuro sino en la vida, y, sobre todo, porque cuando puso sus partituras sobre el piano colocó encima, con todo cuidado, una antología de los cuentos de Julio Cortázar.

Si ya había una simpatía, en ese momento se fraguó una complicidad. Descubrí que Rolando es un lector voraz, atento y lúcido, con excelente gusto literario, que lee sin cesar más allá de lo debido en las noches, en los trenes, aviones, estaciones y aeropuertos. No existe un escritor de calidad que no haya leído al menos una pequeña biblioteca. El bagaje cultural y libresco de Rolando es enorme, y lee con soltura en varias lenguas.

Empezó a escribir desde muy joven, y parecía que lo hacía para sí, en cuadernos, con una escritura casi secreta, sin pretensiones, por eso nos sorprendió con Malabares: novela compleja y de muy complicada ejecución, una obra limpia que no ha recibido la atención que merece. Paladas de sombra contra la oscuridad es la novela del juego por el juego, de diversos juegos que se entrelazan y las vidas de esos jugadores.

Su tercera novela, Amadeus en bicicleta, acaba de ser publicada en Alemania como Amadeus auf dem Fahrrad (Rowohlt, 2020), y no hay a la vista edición en español. El rechazo de obras es una práctica común y necesaria de las editoriales, pero haber sido publicado por primera vez en otra lengua y no en la propia es una situación atípica. Y también una pena que merecería una reflexión.

Haber sido publicado y leído con aceptable fortuna en otras lenguas, antes que en la propia, en la que la obra ha sido escrita, es desconcertante. Confío en que esta situación algún día sea sólo una anécdota. Confío en que esta extraña situación será reparada con el tiempo, aunque me pregunto, no sin desconsuelo, si el descomunal peso del cantante habrá sepultado el porvenir del escritor.

Amadeus en bicicleta es una suma de los motivos literarios y, en un sentido más amplio, de las razones y motivos estéticos y sociales que estimulan la literatura de Rolando. El lugar de la novela es Salzburgo. La ciudad natal de Mozart es más que el escenario. Pero no sólo la ciudad de los turistas y los aficionados que asisten al célebre Festival, también la íntima de un artista extranjero y marginado que habla con las estatuas y duerme en las calles.

Vian Bauer, el protagonista de la novela, llega a Salzburgo como punto final o tierra prometida en un largo viaje que revela a la vez la condición de la obra de formación o aprendizaje (Bildungsroman), pero también de reflexión crítica de la ópera como arte y fenómeno cultural y social. No en balde un personaje llama a los cantantes «pajarracos». No creo que haya sido narrada con tanta verdad y poesía la durísima condición, la absoluta vulnerabilidad e indefensión de un joven cantante.

He asistido con pesar a las audiciones de decenas de aspirantes que nunca serán cantantes. Sí, es así en casi cualquier actividad. El camino de un cantante es arduo, con una extraña mezcla de talento, facultades, aprendizaje, actitud y un indefinible algo más que con frecuencia llamamos suerte.

Vian Bauer, ebrio de poesía y música y literatura, es un enjambre asombroso de virtudes y debilidades. Es neurótico, paranoico, ingenuo, fantasioso y entrañablemente adorable. Es un lector que no cesa de fantasear, un loco del canto y la poesía (los poemas y los colores lo calman, lo protegen de los cuervos internos que lo persiguen). Pero sobre todo es el guardián del juego, el gran jugador, el hombre-juego que descubrirá que los ordinarios juegos de azar de un casino no son lo suyo; el juego, el verdadero Juego, es otra cosa.

Pero antes que nada Vian es un personaje encantador e inolvidable. Le basta, como en el poema de Machado, una mosca, mejor: un caracol, para entretenerse y encontrarle sentido a la existencia. Sus juegos en casa, en la calle, en las estatuas y monumentos de Salzburgo muestran que el mundo es un lugar para jugar; no un parque temático, no un disneylandia donde el juego es mecánico, está hecho y reglamentado, sino un lugar donde hay que encontrar el juego que revelan sillas, estatuas, escaleras o elementos que saltan a la vista en el momento.

El juego, como la vida, se hace a cada instante. El juego, el verdadero, es siempre infantil, simple, tonto y espontáneo. El juego vale por el hecho de jugarlo. Nadie lo ha entendido mejor que Vian, un niño obligado a hacerse hombre, un jugador que quiere seguir jugando. Vian cree que el arte, el más serio de los juegos, puede salvar al mundo.

La novela es un canto de libertad, un largo paseo por Salzburgo, incluida una guía dónde dormir a la intemperie si no se tiene una habitación para pasar la noche, pero también un homenaje a Mozart. Vaya si lo es. Es una búsqueda y un diálogo y un encuentro. Buscar a Mozart en Salzburgo puede ser tan estéril o frustrante como en el soneto de Quevedo buscar a Roma en Roma. La ingrata Salzburgo que no se enteró en realidad quién fue el mejor de sus hijos. Pero ahí están la casa natal, el museo, los instrumentos de Amadeus que han sobrevivido…

Pero la borrachera «mozartiana» del gran Festival, los chocolates, juguetes, motivos y todo lo que pueda ser llamado y vendido con el nombre de Mozart en el demencial delirio sin límites de la mercadotecnia poco tiene que ver con la música del genio, que sin embargo nunca ha sido tan apreciada y celebrada tanto como ahí mismo, en una enorme y preocupante contradicción.


La novela es un encuentro, un diálogo y una fiesta mozartiana. Es esta, como un género nuevo, una novela mozartiana. Un juego mozartiano. Todo remite a él. Todo encuentra una correspondencia. La vida de Mozart, en realidad sus cartas, como fuente de conocimiento, oráculo y guía de vida. Es también una mirada al mundo de la ópera desde la puesta en escena de Don Giovanni, en la que aparecerán los egos y los divos, los contratiempos, los conflictos, las diferencias entre la dirección musical y la de escena. No creo que se haya contado antes, desde dentro, desde el escenario, las tensiones del montaje de una ópera.

La novela es también la historia de un enorme conflicto padre/hijo que deja el lío de Kafka con su papá para niños de preescolar; una triste historia de desamor; y la rivalidad del protagonista con Jaques, el diablo, personaje imponente e inquietante. Otros personajes inolvidables son Julia, la chica arcoíris; Perec, el librero; y Herr Wolfgang, el jardinero, que encarna la beatitud o la locura.

Amadeus en bicicleta es una reflexión sobre el arte y el fracaso artístico, y encuentro al menos cinco largas escenas, logradísimas, en las que Rolando alcanza el punto más alto de su escritura. Pienso en la primera vez que asiste a Bayreuth, la rebeldía de Julia, el paseo en bicicleta, el debut de Vian en Salzburgo y los diálogos con Perec.

Rolando toma riesgos, y los supera. Ha escrito una novela en la que Vian aspira a fundir su bagaje cultural con la vida, y obligado a tomar decisiones, ese hombre joven se niega a serlo si el precio es dejar de ser del todo un niño. En esta novela sobre el juego, el arte como un juego y la vida misma como el gran juego (a veces terrible), están presentes también la desesperanza, la orfandad, los reveses de la vida, el hado que a veces no entiende lo que buscamos y niega los más altos anhelos.

Amadeus en bicicleta es una novela gozosa, sorprendente y divertida, que derrocha sentido del humor y cuyos sentidos se multiplican y se escapan para volver a aparecer, enriquecidos, una y otra vez. Podría leerse como una teoría del Juego, o de la vida. Con ella Rolando nos invita a jugar. Dice Vian: «Si quieres sentir una gota de esa libertad que sopla en el alma de los genios, lo que has de hacer es inventar tus propios juegos».

Adenda: Amadeus en bicicleta fue publicada en España por Galaxia Gutenberg (nota de abril de 2021). 

2 de septiembre de 2011

Cantares: cantantes y canarios

Lejos de mi ciudad, buenos amigos me han recibido unos días en su casa. La habitación de los huéspedes da a un patio interior. De un alto muro, colgaban siete jaulas, cada una con un canario. Al observarlos, al escuchar por primera vez su canto, recordé que cuando yo era niño, una tía solterona tenía uno que, por buen cantor, se ganó a pulso el nombre de Caruso.

A mí me gustó mucho el canto de aquellos pájaros, la suave algazara que no cesaba y que llenaba todos los rincones de la casa de mis amigos. Mis anfitriones, tan acostumbrados, ya no le prestaban atención. A mí me deleitaba el canto de los pájaros, me sorprendía que esa alegría (así me lo parecía) viniera de seres en cautiverio. Tal vez esa era su resistencia, la manera de conservar alguna forma de la libertad. Sí, su canto sin fin me parecía dulce y libre, pleno de abellimenti, de audacias vocales.

De vuelta a casa, se me metió en la cabeza la idea de comprar un canario. Tal vez dos, para que hicieran magníficos dúos de amor. Mi hija me dijo con firmeza que no me ayudaría a darles de comer (a pesar de que aprendió a hacerlo) y me ha advertido que su gato se va a menderar (sic) a mi canario. Esas son razones para pensar las cosas por lo menos dos veces. Además, no quiero encerrar un pájaro más en una jaula. Así que tal vez me quede sin canario y sin su canto, y no deja de sorprenderme el deseo de algo que nunca antes había anhelado.

Me consuela un poco saber que siempre podré escuchar mis discos, volver una y otra vez a la voz viril y apasionada, al prodigio del canto total de Rolando Villazón, hermanito menor, o a la seducción dulce de Melody Gardot (últimamente escucho sus canciones, que algo me dicen, aunque todavía no sé qué), y entre ellos, el abanico enorme de las voces de muchos y magníficos cantantes.

No me quedaré sin música, sin canto, pero cualquier resignación exige un poco de humildad. En eso estoy. Así, entre decenas y decenas de discos, tendré que renunciar a esos extraños conciertos, a no escuchar en las mañanas, en mi casa, los fines de semana, el canto incesante, silvestre, absurdo y noble de un canario.

15 de diciembre de 2010

Las canciones silentes de Silvestrov

Escucho las Canciones silentes (Silent Songs) de Valentin Silvestrov. Me estremezco y sin embargo mi emoción no me arrebata del todo, me doy cuenta de que ahí están los atributos del lied que más aprecio: la belleza desnuda de la melodía, que me atraviesa como un relámpago la noche; la sobria dignidad viril de una voz de barítono al servicio del poema que canta; el fulgor de la presencia, la elegancia indispensable del sonido químicamente puro del piano, necesario como el pan, el agua y el aire. La brevedad, como insinuación de algo apenas entrevisto o beso robado; la sabiduría del discurso; la riqueza del poema, la intensidad.

El encuentro de un piano y una voz es un acto amoroso que antes de su fin puede devenir en cualquier cosa menos en el silencio, y en esa forma mínima de un arte ya están las máximas posibilidades y bellezas. Todo lo que puede dar el arte sonoro ya está ahí. Así, una canción silenciosa es una contradicción, pero Silvestrov, maestro de nuestro tiempo, ha logrado el oxímoron perfecto, la música callada que pedía un poeta místico, la que dice y sugiere, la que habla en el silencio, la que celebra la soledad y la intimidad con impecable belleza. Música íntima, para ser sentida tanto como escuchada, estas canciones encierran otras músicas, otros ámbitos.

Estas canciones que escucho por primera vez me evocan otras músicas, como un poema o un paisaje que no conocíamos nos recuerda otros, poemas o paisajes o cierta emoción que no habíamos sentido hacía tiempo, a la que incluso le rehuíamos como quien dice: "ahora no tengo tiempo de sentir, venga mañana".

Todavía no sé qué me dicen estas canciones, qué encuentro más allá de sus atributos formales, de la magistral sencillez que instaura una belleza vislumbrada. Pero entregado a ella, ensimismado, escribo a la orilla de mí mismo, al borde de la emoción, de un ataque matutino de melancolía. Yo no sé qué tiene esta música, yo no sé qué me dice, no sé si encierra alegría o motivos para el llanto, un golpe de soledad o desesperanza, no lo sé, pero su fuerza telúrica y cósmica, humana y sobrehumana, me arrastra, me dice, me llama.

19 de abril de 2008

El viaje del fuego

¿De dónde emerge el fuego que enciende las voces de la noche, el faro azul, rojo, amarillo, naranja, de la silente luz que ilumina todo lo que toca? ¿De dónde ese relámpago, pájaro eléctrico que se alza impertérrito a su hora en el Oriente?

Todo cabe en la luz, todo lo contiene, lo dibuja, lo recrea, lo anima: las formas y las sombras, el volumen y el contorno, el color y el escorzo; toda la geometría del mundo cabe en el silencio del aire. La palabra lo nombra porque es necesario decirlo hasta el fondo de la noche, hasta el fin de la última estrella en retirada, con el último aliento, para que el azul helado del cielo de la madrugada sea el último viaje clandestino del color al centro del secreto de la luz.

El viaje del fuego, luz ardiente, a través de la oscura sombra de un cielo moribundo, al alba, es un canto para los ojos que algo tiene de misterio y de fantástico en un mundo que amanece por primera vez cada mañana, entre el batir de alas de los pájaros que saludan en parvada al sol y la luz en fuego, transparente, del nuevo día.