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3 de julio de 2022

Serrat, sus personajes y la canción

Hace muchos años, en un concierto en Ciudad de México, Joan Manuel Serrat dijo —le gusta contarle cuentos a su público, quizá tanto como cantar para él— que ya no cantaba la canción de «Señora», que había sido excesiva, que los tiempos han cambiado y, sobre todo, que se llevaba muy bien con su señora suegra. Vale.

El 19 de mayo de 2022, en el Auditorio Nacional de Ciudad de México, en el que fue anunciado como su último concierto en México, como una estación más de su larga gira mundial de despedida, no sólo volvió a cantar "Señora", sino que dio una larga explicación que podría ser considerada una justificación.

Serrat, cantor, poeta y viejo lobo de mar (nació en el Mediterráneo), nos contó un lindo cuento, y reveló lo que entiende por canción. 

Dijo que se hizo viejo, que se le cayó el pelo, que tiene destrozadas las rodillas, pero ella, el personaje, la señora, seguía siendo a sus cuarenta y tantos, una mujer atractiva, de piel lozana. Admitió que nunca supo su nombre, para él siempre fue simplemente «señora», la suegra, y que buscó el mejor trato, las mejores condiciones posibles. Nunca es tarde. 

Y extendió ese trato a sus otros personajes, y aclaró que estaban en dos planos distintos. La señora nunca existió fuera de la canción, como Penélope, y explicó que nunca se robó ni violó a una maniquí de cartón piedra. Yo no soy mis personajes, y sólo los conozco en las canciones era el mensaje. Y los personajes perduran, no cambian, siguen intactos. El viejo soy yo, decía. Es bueno saberlo.

Luego cargó duro y con razón contra la pobre definición de canción del Diccionario de la Lengua Española. No hace falta un doctorado en filología comparada para saber que tenemos el peor diccionario oficial de las lenguas indoeuropeas, pero pareciera que existe una conspiración desde la Real Academia Española y la pomposa y muy inoperante Asociación de Academias de la Lengua Española para mantener esa condición a cualquier precio, cueste lo que cueste, caiga quien caiga.

El viejo poeta lamentó la real definición, y dijo que los señores académicos se quedaron cortos (sí, se quedó corto: es un caballero). Vamos, que no saben lo que es una canción. Pero por fortuna nos iluminó el camino: una canción es la unión indisoluble, entre la letra y la música, algo irreversible, como el café con leche una vez que se han mezclado. Imposible volver atrás. Una vez que las palabras encuentran su melodía, sus armonías, su música, surge la canción que encuentra su repositorio en el alma, que es el mejor lugar para guardar las canciones, y donde atesoramos esas que nos mueven y conmueven y cantan nuestras vidas.

Una vez que una canción se incrusta en el alma, como ese indisoluble café con leche, ya es parte de la vida. No hay manera de desecharla ni olvidarla. Podemos no frecuentarla, pero volverá para darnos y hacernos sentir todo lo que a veces pretendemos olvidar.

Lo que dice Serrat es cierto. Cuando una canción llega al alma es nuestra (o somos suyos) para siempre. Cada uno (o su inconsciente) elige su maná y su veneno. Pero esa lista, siempre finita, nunca cerrada, siempre acotada, bien puede ser vista como una cifra, una biografía musical: las canciones que nos mueven y conmueven. 

Dice bien Serrat, viejo lobo de mar: la fusión de letra (con frecuencia poesía en estado puro) y música es irreversible. Que alguien trate de deshacer, separar, descomponer o desestructurar algunas canciones y verá que si tararea la música pronto estará cantando, y que si dice las letras como si leyera el Código Civil pronto también estará cantando. 

Separarlas es misión imposible. Una vez que se celebran sus bodas, letra y música son inseparables, como en los matrimonios canónicos. Cómo desmembrar, digamos, por ofrecer un mínimo ramillete: «Mediterráneo», «Cantares», «La mujer que yo quiero», «Lucía», «Aquellas pequeñas cosas», «Mi niñez», «La paloma»,  «Nanas de la cebolla».

En su último concierto en la ciudad, el viejo poeta nos dio su arte y una lección. Nos enseñó lo que siempre intuimos pero nunca definimos. Nos reveló qué es una canción.

31 de marzo de 2020

No soy una señora

Tuve, tengo un amigo (cómo referirse a ellos, a los que uno ya no frecuenta aunque no ha dejado de quererlos y vuelven a la memoria con obstinada frecuencia, a pesar de que el tiempo y la distancia erosionan los afectos) que sufría por una chica de la que estaba, sin remedio, enamorado. Ella iba y venía; se acercaban y alejaban, rompían y volvían a verse en un juego que desquiciaba a Ricardo, y sobre todo encendía a temperaturas infernales al monstruo de sus celos.

No conozco los detalles, Ricardo no se permitía confesiones en su herida más profunda, pero estaba más o menos claro que Lorena tuvo antes otro novio que aún no era del todo su pasado, o salió con otro chico que era un contrapeso, un lastre o una opción para ella tras uno más de los rompimientos con Ricardo.

Su relación consistía en una serie sin fin de reproches y gestos desatentos, pequeñas escenas que yo hubiera preferido no presenciar, promesas de enmienda y momentos de dulzura que no duraban mucho más que los besos del reencuentro.

Creo que se acercaban y se procuraban para embestirse de frente. Tal vez buscaban la reconciliación para volver a discutir. Cada pareja es un mundo. Los suyos eran, para decirlo con Baudelaire, «amores descompuestos».

En la radio de un taxi escuché ayer una balada, italiana de origen, de aquellos años, que Lorena le cantaba a Ricardo en su versión en español con el fin de jugar y coquetear, pero también de mofarse y desquiciarlo, lo que conseguía con creces: «No soy una señora con una conducta intachable en esta vida», dice el estribillo, la oración insignia con la que Lorena defendía su vida y envenenaba la de Ricardo.

Con las primeras notas de la canción no sólo los recordé, los asocié sin remedio; me pareció que volvía a verlos, por un instante fui otra vez testigo distante de esa relación insana que, con un adjetivo ahora de moda, sería calificada como tóxica.

Hace mucho tiempo que no tengo noticias de Ricardo. Hace algunos años alguien me dijo que se fue a vivir a Cancún, y que se había casado con Lorena.

23 de julio de 2018

Un beso para erigir un sueño

Ahora, en este presente continuo y fuera del tiempo que recreo cada vez que repito el milagro de que Louis Armstrong cante como un presagio “A kiss to build a dream on”, del viejo disco se desprenden palabras como guiños que no me son del todo ajenos, anhelos recurrentes que persisten y confundo con las formas de tu ausencia.

Esa etérea presencia tuya, ese no estar y revelarte en la música, en las cosas, esa ilusión perfecta, hace del tiempo un espacio inmóvil fuera de la canción. La trompeta heráldica y la promesa nunca formulada de erigir un sueño que no era tal adquieren su sentido al hablarte en la distancia. Son la expresión de algo que no existía, que jamás ha existido entre nosotros (ese vano tú y yo), en el tiempo relativo de los relojes y los calendarios.

Repito la canción y me gusta más todavía, se despliega en la noche y me entrega uno a uno sus misterios cada vez que Armstrong pide un beso para erigir un sueño. El beso no es el detonante porque descubro que el sueño ya existía en silencio y sin saberlo. La intuición de lo que eres y te atribuyo hicieron de un beso fundacional el principio de algo que viene de lejos, que madura entre nosotros de pronto como un vino viejo recién servido.

Las palabras que ahora dicen lo que debimos haber sabido, lo que siempre temimos porque no había promesa ni futuro y sí el temor de que ese beso no sirviera para erigir un sueño. Deseo puro, destilado de una abstracción ideal del tú y yo que jamás pasó ni tomó forma en nosotros porque sabíamos que sólo hubiera sido la tristeza y la caída absoluta, el desvanecimiento del sueño prometido que bien podría ser la mixtura de la amistad y el cariño o la ilusión del llamado del amor.

Pero ahora, cuatro días después de beber contigo una copa de Chianti, aquello que parecía emerger aún se niega a sí mismo. Mi mano que rozaba tus labios derrumbó cinco años de espera. Un beso se multiplica y transforma en cuatro días de ausencia la marcha del tiempo. Ahora el sueño tiene tu silueta y no la de sombras que no tomaron luz en ti o en la otra tú que sueño e imagino.

Cuatro días han absorbido cinco años. A eso que llamo tu ausencia la confundo con la que no eres; reconstruyo tu risa y tu manera de mirarme, a las que he definido como la alegría y la melancolía. Cinco años de distancia son insoportables por la indecisión que no erigió un sueño, pero cuatro días después de alcanzados duele más la ausencia de tus labios empapados en vino.

Es esta la peor manera de vivirte. ¿Cuál es el recuerdo tuyo más antiguo que tengo? Se confunden los tiempos verbales que no pueden explicar que te encontré hace cinco años y hoy te reconozco, o que bebimos vino hace cuatro días y lo disfruto ahora, o que desde hace cinco años te estoy besando esta noche. Te descubro donde estés: en la canción, en el vino, en la ausencia, en la memoria, en el tiempo, en la persistencia del regusto en mi boca de un beso tuyo para erigir un sueño.


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Nota:  Cada texto está fechado, aunque no lleve la cifra del año. La historia, el tema, los personajes, el lenguaje, las expresiones y giros, la tecnología revelan pistas para deducir cuándo fue escrito. Basta pensar que aquí se habla del "viejo disco", y aunque se tratara de un CD y no de un LP de vinilo, ya es suficiente para datarlo hace media vida. Algunos excesos, un poco andar en círculos y cierta confusión me dicen que este texto tiene tal vez veinticinco años. Lo recordaba, y sé que lo guardé con la idea de reescribirlo algún día. Ahora que ha sido exhumado de una carpeta arrumbada veo que, salvo limpiarlo, no tiene sentido volver a hacerlo. Entonces lo publico aquí o lo condeno al limbo informático, nombre electrónico y elegante del cesto de los papeles, que es el mejor amigo de un escritor según cuenta Robert Graves. Disculpe usted, amable lector, que haya elegido la primera opción.

27 de diciembre de 2016

Beatles forever

Sucede todo el tiempo. Me pasa a mí, a ti, a él, a ella. Al menos eso espero. Basta interesarse por algo, un personaje histórico, un filósofo, un escritor, un animal, una ciudad, un movimiento artístico para empezar a encontrar en cualquier sitio y en los momentos más inesperados, menciones, información, documentos, fotos, noticias, videos o grabaciones sobre el objeto de nuestra atención.

Supongo que a alguien le sucede con frecuencia haber visto el billete premiado de la lotería en un escaparate, o encontrar en la calle a la persona que apareció la otra noche en sus sueños. Cosas así suceden con pasmosa frecuencia, a veces le llamamos azar.

A mí me sucede que desde hace un tiempo escucho todos los días una canción de los Beatles. No sé desde cuándo ni cómo ni por qué, pero ahora pasa con implacable cotidianidad. El juego, si es tal, consiste en no intervenir ni procurar que suceda, simplemente en estar alerta e identificarlo cuando tenga lugar.

El fenómeno, si es tal, no tendría ningún sentido si yo pusiera la canción en alguna máquina o equipo de sonido, o si encendiera la radio a "La hora de los Beatles" (alguien me ha dicho que ese programa es el más antiguo del mundo sobre los chicos de Liverpool).

Tampoco valdría que yo, por ejemplo, silbara o tarareara una melodía para inducir o motivar a alguien a que pusiera un disco. Y menos aun que alguien produjera una canción para complacerme o hacer que el rito, si es tal, se cumpliera un día más.

La ceremonia, si es tal, ocurre a cualquier hora, de día o de noche, en un taxi, un elevador, la sala de espera del cardiólogo, en un vestíbulo, en una cafetería, en un gran almacén, en una película o en la peluquería. El acaecimiento, si es tal, acontece, eso sí, en versión original o en un arreglo instrumental, o como una pieza de jazz. (A los Beatles lo han interpretado cantantes de ópera, orquestas sinfónicas, cantantes pop, rockeros, mariachis, grupos de salsa, etc.)

El suceso, si es tal, con su constancia, es como el paso de las horas o la cambiante luz del sol durante el día. Sí, escuchar una canción al día me produce una gratificante sensación de alivio. No soy supersticioso, pero me gustaría seguir escuchando una canción de los Beatles sin que yo intervenga.

Se ha vuelto parte del orden cósmico, un hecho telúrico, un rasgo de la normalidad. No pienso en catástrofes ni soy fatalista, y estoy seguro de que no me convertiré en una morsa, pero no me gustaría que dejara de suceder. Don't let me down.

25 de septiembre de 2011

Non, je ne regrette rien

Recuerdo la mañana en que acompañé a mi padre a comprar un tocadiscos. Era un aparato modernísimo, grande, de bulbos, con sólo dos botones de mando y una única luz roja que se prendía al encenderlo. Para estrenarlo mi padre compró el Bolero de Maurice Ravel y una antología de canciones de Édith Piaf. Eran dos discos LP de vinilo. Era a mediados de los años sesenta. Mi padre no era un afrancesado, aquella selección fue una coincidencia. Recuerdo que el Bolero me impresionó mucho, y mi extrañeza al escuchar al Gorrioncito. Luego, en mi adolescencia, recuerdo a mi padre escuchando una y otra vez sus discos de Edith Piaf, emocionado, sin entender ni una palabra de lo que decían aquellas letras pero a la vez comprendiendo el doloroso sentido de aquellas canciones y la trágica vida de Piaf. Ese disco es parte de mi educación sentimental.

Desde hace más de una semana tengo en la cabeza la canción "Non, je ne regrette rien" que Édith Piaf grabó para siempre en el corazón de sus admiradores. La susurro todo el tiempo sin apenas darme cuenta y me he sorprendido a mí mismo cantándola con convicción como si de verdad yo no me arrepintiera de nada en esta vida. El responsable de esta conducta tan extraña es Rolando Villazón, mi hermanito menor, artista sin límites, que en el disco La Strada: Songs from the Movies, la canta como nunca nadie antes la había cantado. En literatura, las palabras tienen que decirme más allá de su sentido y su trama; en música, las notas y sus letras tienen que emocionarme más allá de sus melodías e historias.

Rolando canta "Non, je ne regrette rien" como si redimiera el mundo, con una dulzura viril y un alarde de interpretación, despacio, vehemente, con un alud de emociones que ha trastocado todo lo que la canción, tan vieja y olvidada, podría decirme con toda la fuerza telúrica que guarda, con toda la descarga eléctrica que ejerce en la memoria. "Non, je ne regrette rien" ya no es para mí la misma canción. Rolando le ha dado una vuelta más, como el poeta que le tuerce el cuello al cisne de engañoso plumaje.

Cómo decirle a Rolando que su versión es ya la única posible, que con su rotunda belleza, su fraseo suave y profundo, ha roto mi relación con una canción que forma parte de mi vida, desde aquel día, a mediados de los años sesenta, en que acompañé a mi padre a comprar un tocadiscos. Uno tiende a pensar que hay cosas fijas en la vida. Que algunas de ellas no cambian. Ahora sé que la memoria, los recuerdos, las preferencias, los gustos, las opiniones, las certezas musicales, que uno pensaba definitivas, fijas, a salvo de las vicisitudes de una vida, no son inalterables. Ahora, de pronto, sé que se erigen, en uno mismo, sobre arenas movedizas.

30 de agosto de 2011

Un día marcado por un haz de luz y de alegría

De pronto, de vez en cuando, uno cae en un estado de efervescencia vital, y poco importa la causa, que con frecuencia suele permanecer oculta en los pliegues de la memoria, en las coordenadas del destino y el destiempo. De pronto, uno tiene una certeza absurda, y sé que hoy sería un gran día para recordar un tiempo dichoso con o sin motivo y pasear por el parque y contar las hojas de un árbol, para tomar una copa de vino en una terraza y conversar hasta vislumbrar verdades metafísicas, para bailar un tango y leer poesía o componer una canción, para comer un plato de fabada y andar en bicicleta por un sendero desconocido. De pronto uno recuerda algo y siente un golpe de nostalgia y dulzura. Las razones pueden estar ahí o permanecer ocultas, pero en el fondo no importan. Vislumbrar una tarde poética es una facultad que los hombres no hemos perdido a pesar de la Historia y el desengaño. Hoy podría ser uno de esos días marcados por un haz de luz y de alegría. Sí, es así. Pero uno descubre, de pronto, que ya es tarde.

15 de diciembre de 2010

Las canciones silentes de Silvestrov

Escucho las Canciones silentes (Silent Songs) de Valentin Silvestrov. Me estremezco y sin embargo mi emoción no me arrebata del todo, me doy cuenta de que ahí están los atributos del lied que más aprecio: la belleza desnuda de la melodía, que me atraviesa como un relámpago la noche; la sobria dignidad viril de una voz de barítono al servicio del poema que canta; el fulgor de la presencia, la elegancia indispensable del sonido químicamente puro del piano, necesario como el pan, el agua y el aire. La brevedad, como insinuación de algo apenas entrevisto o beso robado; la sabiduría del discurso; la riqueza del poema, la intensidad.

El encuentro de un piano y una voz es un acto amoroso que antes de su fin puede devenir en cualquier cosa menos en el silencio, y en esa forma mínima de un arte ya están las máximas posibilidades y bellezas. Todo lo que puede dar el arte sonoro ya está ahí. Así, una canción silenciosa es una contradicción, pero Silvestrov, maestro de nuestro tiempo, ha logrado el oxímoron perfecto, la música callada que pedía un poeta místico, la que dice y sugiere, la que habla en el silencio, la que celebra la soledad y la intimidad con impecable belleza. Música íntima, para ser sentida tanto como escuchada, estas canciones encierran otras músicas, otros ámbitos.

Estas canciones que escucho por primera vez me evocan otras músicas, como un poema o un paisaje que no conocíamos nos recuerda otros, poemas o paisajes o cierta emoción que no habíamos sentido hacía tiempo, a la que incluso le rehuíamos como quien dice: "ahora no tengo tiempo de sentir, venga mañana".

Todavía no sé qué me dicen estas canciones, qué encuentro más allá de sus atributos formales, de la magistral sencillez que instaura una belleza vislumbrada. Pero entregado a ella, ensimismado, escribo a la orilla de mí mismo, al borde de la emoción, de un ataque matutino de melancolía. Yo no sé qué tiene esta música, yo no sé qué me dice, no sé si encierra alegría o motivos para el llanto, un golpe de soledad o desesperanza, no lo sé, pero su fuerza telúrica y cósmica, humana y sobrehumana, me arrastra, me dice, me llama.

30 de agosto de 2008

Serrat: El galopar de la palabra. II

Serrat es un poeta, no el peor, por cierto, que escribía composiciones rimadas, medidas, con estribillo, con metáforas de primer grado. Alguien que hacía canciones de amor y de historias tristes, personales. Ahora también las hace, además de sus divertimentos, sueños, denuncias, cuentos, fantasías, poemas y soliloquios, entre otras cosas, pero sus letras, a partir de su producción de los años ochenta, son largas, difíciles de seguir, complejas.

Se encienden la crítica y la indignación, se escucha una que otra expresión soez y adjetivos rabiosos; se siente la ironía, el humor elemento que no aparecía en su primera etapa‒ y la alegría de vivir, junto a la sabiduría del sentido común, los hallazgos de un observador atento y las conclusiones de un hombre inteligente.

Ahora ya no es posible cantarlo, seguirlo con una guitarra; ahora exige que se le escuche. Conoce la trascendencia de su trabajo y lo ejerce con responsabilidad. Sabe que canta para algo, sabe que canta para alguien. Es claro que no eligió la llamarada de los reflectores de la fama ni del espectáculo sino la reflexión y la sensibilidad. Su preocupación e interés por los problemas sociales han adquirido tal importancia que se han convertido en un tema al que vuelve, con insistencia, siempre agudo y contundente.

Es relevante su preocupación por el poder, por su ejercicio y los alcances que tiene en la vida social y en la de los ciudadanos. Sobre todo carga contra los hombres que lo detentan de la peor manera posible, contra los cachorros de buenas personas que de manera turbia llegaron a ser lo que son, a tener doble vida y oscuras intenciones, a convertirse en dueños de vidas y destinos, contra los que se arman hasta los dientes en el nombre de la paz y juegan con cosas que no tienen repuesto; esos que mienten con naturalidad, que sirven a oscuros intereses cuando alzan la bandera son para él, por decir lo menos, sicarios del mal.

Pero su politización es la del ciudadano, no la del militante. Serrat sueña con un paraíso terrenal instalado en el barrio, en el que nada fuera urgente y todos fuéramos hijos de Dios; con una anarquía fantástica donde todo fuera como es mandado y ninguno mandara, que la ciencia fuera neutral y heredaran los desheredados, pero no es ingenuo ni politólogo ni moralista ni un loco.

Sus quimeras le sirven, por contraste, en la estructura de la canción, para compararlas con el orden absurdo, con el mundo patas arriba en que vivimos, en el que las manzanas no huelen, nadie conoce al vecino, se desprecia a los viejos, las cuentas no salen, el mar se muere y las reformas nunca se acaban.

Su desprecio por la mentira, por las razones de Estado sobre los derechos civiles, por el abuso y la injusticia, por los truculentos laberintos de la corrupción, se manifiestan evidentes en "Algo personal", "Lecciones de urbanidad", "No esperes", "Yo me manejo bien con todo el mundo", entre otras canciones.

Serrat parece convencido de que este orden fomenta la mentira y aliena: la conciencia se ha erigido todopoderosa en complemento del pecado, en la quintacolumnista del sistema; es, para decirlo en una palabra, anticonstitucional.

Bienaventurados los que crean que les habla de otro mundo; porque de ellos es el reino de los ciegos, les diría. Anhela, con ilusión y modestia, algo así como un nuevo "contrato social" que apueste por la vida, por el goce de vivir y las condiciones que lo permitan sin mayor explicación. Ofrece argumentos tan sólidos como: Con lo que gastan en bombas/podrían matar el hambre, sin pasar por las razones de la economía, de la geopolítica, de la explicación, con las que es posible justificar cualquier cosa y cualquier crimen.

Sin amargura, pero con tristeza, sabe que el mundo no va a cambiar. Hace, entonces, canciones en las que se percibe una llamada de alerta; invita al desengaño con ingenio y crudeza; exalta lo que ofrece la vida a los que saben usarla; elogia la cotidianidad y sus instantes dorados, las pequeñas cosas que la forman; vuelve a lo que a fuerza de verlo se nos ha escondido.

Por todo esto tiene fama de intelectual, pero Serrat no propone ni tiene grandes ideas, que cada loco siga con su tema (que es, dicho sea de paso, el título de su manifiesto o declaración de principios, más útil para reconocerlo que su carnet de identidad), simplemente dice con talento e imaginación, preciso, lo que deberíamos pensar y sentir más seguido.

Está muy lejos de ser un político y no tiene intenciones partidistas, no cultiva la arenga porque no es un militante ni está al servicio de nadie. Lo suyo es cantar lo que siente y piensa, sin censura, sin cuidar demasiado la imagen de chico bueno que hace cosas lindas.

No es usual que se escriba en ese pequeño género sobre la enajenación del hombre común o el escándalo que provoca la felicidad; denunciar un abuso o confesar admiración por Kubala, el futbolista favorito; ni contar fábulas de ranas y príncipes e historias de piratas para adultos, ni los sinsabores de la vejez, ni retratar la jornada de los albañiles, ni desafiar el aburrimiento, ni proponer una patología del enamoramiento, ni evocar los recuerdos de la iniciación sexual con una prostituta, ni celebrar la amistad sin solemnidades, ni comentar el proceso de domesticación de los hijos, ni revelar la frustración y el destino de los inmigrantes del tercer mundo, ni ofrecer las instrucciones para construir un sueño, ni lamentar la transformación urbana y el fin de las salas de cine, ni hacer una versión no oficial de la historia nacional, ni alucinar una pesadilla, ni cantarle al agua, ni mofarse de la jet set, ni....

La lista es más larga, pero me interesan también los elementos con los que trabaja, las fuentes de ese material sensible, el uso de expresiones populares, de dichos, refranes, los consejos que provocan la cosquilla de la duda entre la certeza y el escepticismo, las frases sugerentes, lanzadas para que las oiga el que tenga orejas, la observación minuciosa del ritmo y los acontecimientos intrascendentes de la vida de una ciudad.

El olfato y el instinto, así como el oficio, garantizan el acierto de la sátira, la mezcla afortunada del habla de la calle y el caló con las expresiones elegantes y el bien decir; la convivencia de la insinuación y la metáfora por un lado, con la frase llana y la sentencia con todas sus letras.

Nada hay de simplón, obvio o cursi aun en sus cantos de amor, ya sean al primero, al pasado, al conyugal, al que hace sufrir; los amores difíciles y frustrados, los que tienen por sino la locura, el abismo, la cobardía y la fatalidad, los que no pueden ser, han encontrado un sitio para sus desencuentros.

Por la profundidad y la intención de su obra, Serrat es un solitario en la práctica de un oficio que está plagado de frivolidades, necedades, mal gusto y narcisismo. Sabe lo que hace y lo hace muy bien. Está muy lejos de los temas de siempre con tratamientos ordinarios.