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23 de octubre de 2024

Werther

Las cuitas del joven Werther fue publicada en 1774, hace doscientos cincuenta años. Goethe tenía entonces veinticinco, y ya estaba en el centro de una polémica de la que tal vez todavía quedan rescoldos. Es un autor inmenso, un gigante, cuya obra aún nos cobija y deslumbra. Y su decisiva influencia perdura.

Desde entonces fue consagrado y venerado, y también acusado de perturbar a la juventud e incluso de provocar algunas muertes, lectores sensibles y suicidas, malheridos de amor que encontraron en el héroe de la novela su guía y modelo para liberarse de las penas de este mundo. 

Muy pronto el Werther fue traducido al francés y al italiano, se convirtió en un fenómeno europeo, en una obra muy difícil de esquivar o desdeñar en un tiempo en el que no había mercadotecnia, ni publicidad, ni redes sociales; y todavía no era lectura escolar obligatoria, como lo fue, y, aunque en reflujo, lo sigue siendo.  

Kafka intuía muy bien del peso de la escritura y la literatura de Goethe. Sabemos que mientras escribía La transformación (La metamorfosis la llamaban hasta hace unos años), en noviembre y diciembre de 1912, bajo el efecto como un narcótico de haber iniciado relaciones con Felice Bauer, Kafka volvió al Werther y comprendió que «Goethe probablemente frena el desarrollo de la lengua alemana por el poder de sus obras». Más todavía: «Goethe me influyó por completo, agoté la fuerza de esta influencia y, por lo tanto, me volví inútil.» 

Esta afirmación, que nada tiene de kafkiana, es muy desconcertante en palabras de uno de los novelistas más significativos del siglo XX, y para no pocos escritores y lectores, el más grande de su tiempo. 

Cuando Kafka releyó el Werther, la novela había sido publicada ciento treinta y ocho años antes, y hacía ochenta que Goethe había muerto. Este hecho ofrece un indicio sobre el prestigio y el poder del enorme escritor alemán.

Sturm und Drang (tormenta e ímpetu) antes que el nombre de un movimiento artístico parecía el lema de batalla de Goethe, y tenía la fuerza de un volcán, sacudía conciencias, removía el pensamiento, usos y costumbres, el tiempo. Nadie como él había sabido leer con tanta claridad el zeitgeist, el espíritu de su época, la manera de sentir y de vivir las normas sociales en lo que podríamos llamar Alemania en ese momento. 

La novela epistolar ha sido traducida como las cuitas o las penas o los dolores del joven Werther. Sustantivos que revelan la edad de las traducciones y del texto original, de esos arrebatos insufribles, de esos amores fatales y malogrados, de ese desgarramiento sin fin ante la imposibilidad de conseguir el amor de la mujer amada. 

Y sin embargo se antoja un libro necesario, indispensable, uno al que hay que acudir para gozar y no olvidarlo nunca al menos una vez en la vida. Y si es posible en la primera juventud, mejor. Debe ser una de esas escasas obras de formación que cumplen su función de manera impecable. El que salga indemne de su lectura también habrá leído con provecho: se habrá recubierto de una pátina contra los amores románticos como de una armadura que, para bien o para mal, lo cubrirá en su vida y sus batallas amorosas. 

Werther nos habla de otro siglo (el tiempo hace visibles los cambios culturales entre las épocas), y las diferencias con nuestros días son evidentes; las dificultades que muestra para los lectores de hoy van del lenguaje a los usos y costumbres de esos amores tan imposibles como empalagosos, melodramáticos, con arrebatos nocivos como terremotos y tan poderosos y fatales como tsunamis.  

Tal vez con el Werther se inicia esa curiosa relación de lectores (y toda suerte de consumidores de productos culturales) con el libro que los sacude y representa, el que canta la verdad de su alma, que los lleva a distinguirse, vestirse o disfrazarse como el héroe admirado. Los jóvenes se dispusieron a sufrir del mal de amores, iban por el mundo como Werther, y usaban abrigos azules y chalecos amarillos. 

Se dice, incluso, que algunos imitaron las vicisitudes de Werther al punto de también cometer suicidio; nada nos impide pensar que hubo una ola de apasionados que decidieron vivir al extremo, al límite, el sufrimiento del que debe ser, para muchos, el modelo total del joven enamorado, que apostaba a todo o nada y que en ello le iba la vida. 

Parece que en Japón, a principios del siglo XX, Werther era la más acabada expresión de un impulso o voluntad de muerte que expresaba la belleza e intensidad de la vida. Una de las formas en que eros y tánatos volvían a aparecer, a hacerse nítidos en el imperio del Sol Naciente. 

Tal vez decae el número de lectores, y aún más el de devotos seguidores, y sin embargo Werther gana como modelo; la ópera de Jules Massenet se representa en todo el mundo, y dos tenores mexicanos, Ramón Vargas y Rolando Villazón la cantaron como dioses. Hay varias películas y adaptaciones teatrales. 

Quizá pronto podríamos imaginar con alguna certeza la trascendencia que Werther puede alcanzar, su sitio en la novela amorosa cuando en estos días empezamos a vivir el fin del amor romántico. Acaso el amor de Werther por Lotte sea uno de los más apasionados, intensos y genuinos de la literatura, y no sólo la alemana. 

Roland Barthes, notable profesor, semiólogo admirable, en el último cuarto del siglo XX emprendió una investigación con la impartición de seminarios en los que analizaba el amor, cuyos apuntes publicó como El discurso amoroso y Fragmentos de un discurso amoroso. 

Los libros están centrados, sobre todo el primero, del que se vendieron decenas de miles de ejemplares en 1977, en el Werther. La novela de Goethe volvía al centro del debate, del pensamiento y la discusión, y no sólo del mundo académico parisino. Es decir, Werther, el joven enamorado, volvía y tenía todavía algo que decir.

Ahora que celebramos su publicación hace doscientos cincuenta años, la tentación de leerlo es seductora. Pero habría que hacerlo con cuidado. No sólo está ese cuarto de milenio de por medio, también los decenios que me separan de mi primera lectura. Será inevitable descubrir cómo ha cambiado Werther a mis ojos, cómo he cambiado yo mismo, lo cual se hará evidente a través de las ineluctables diferencias que encuentre en mis lecturas.

24 de junio de 2020

Amadeus en bicicleta: novela de Rolando Villazón

Rolando Villazón cultiva sus talentos artísticos desde una sensibilidad versátil, libre y juguetona. Es un error considerarlo sólo un cantante. Artista de múltiples maneras, de pronto salta de la casilla del tenor y se instala en otros territorios. Esas incursiones en otras disciplinas no son comunes y casi nunca son bienvenidas por la crítica y el gran público.

Si un artista se sale de la casilla asignada su acción es tomada como una excentricidad, un capricho, una divagación pasajera. Ese segundo oficio no debe de tomarse en cuenta, pareciera ser la consigna, y menos aún el artista que se mueve como un caballo y en la siguiente jugada como un alfil.

La trayectoria de Rolando como cantante ha sido notable y espectacular, y es reconocido en el mundo entero como uno de los grandes tenores de su generación; el aplauso rendido de los más diversos públicos durante muchos años, sobre todo en Europa, y el número de sus grabaciones y millones de discos vendidos dan cuenta de su éxito. Es una estrella del mundo de la ópera, un poco a su pesar.

Pero Rolando es también un dotado clown (tiene un concepto muy alto del oficio de payaso, incluso todo una postura filosófica bien argumentada, y con su nariz roja y peluca visita a niños enfermos en los hospitales y actúa para ellos; es obvio que gratuitamente). También es un actor dotado fuera de la escena operística y un presentador de televisión, un simpático conductor de programas de radio y un dibujante de caricaturas (muchas de él mismo: un rasgo de inteligencia y sentido del humor) con soltura, y un director de escena de ópera que hace un montaje cada año.

Y si todo esto fuera poco, recientemente ha mostrado su capacidad de organización, administración y liderazgo para llevar a buen término el festival de la Semana Mozart en Salzburgo. No son pocos talentos, y en verdad no me sorprendería que destacara en alguna otra actividad. Tiene el envidiable don de hacer bien todo lo que emprende, pero de los oficios conocidos aún falta otro, que, a juzgar por la circulación y recepción de su obra pareciera secreto: Rolando es también un escritor, uno de los novelistas más singulares de hoy porque su obra, me aventuro, no se parece a nada de lo que se escribe en lengua española en los dos lados del Atlántico.

Su primera novela, Malabares (Espasa, Madrid, 2013; Jonglerie en la edición francesa, y Kunststücke en la alemana), es una declaración de principios a través de las historias paralelas y divergentes de sus protagonistas, dos payasos, y sorprende por su densidad narrativa, la complejidad de su trama, por su imaginación y la impecable soltura de su prosa y dominio del arte de narrar, pero sobre todo por su entusiasta devoción por el juego.

Desde Malabares Rolando nos muestra las coordenadas de su escritura: el juego entendido como una actividad trascendente. El punto de referencias y referente es Cortázar, y no es fácil encontrara en nuestro ámbito a otro autor que se haya ocupado del Juego (así, con alta inicial), con fervor, como lo hace Rolando. El punto de partida es Cervantes y don Quijote.

El homo ludens de Huizinga encuentra una expresión en este universo novelesco, siempre que se entienda el juego como la actividad más alta y profunda. El juego es sagrado, y nada, salvo el pan, más necesario en la vida del hombre. El juego es la vida, como lo saben los niños. El juego, la ficción, la simulación, el teatro, el cine, la televisión, la ópera son, con frecuencia, otras formas de manifestar esa voluntad lúdica sin la cual no seríamos la especie que somos. Para ser plenamente hombres y mujeres tenemos que jugar.

Rolando ha sido consistente en su propuesta literaria. Paladas de sombra contra la oscuridad, la segunda novela, no ha sido publicada en español; por fortuna la salva de la triste condición de absolutamente inédita una edición alemana (Lebenskünstler) de 2017. Es lamentable que la obra de Rolando aún no pueda ser leída en su lengua original, y que sea desconocida por los lectores de México, el resto de Hispanoamérica y España.

A veces los misterios del mundillo editorial son insondables, pero tengo la impresión de que la literatura de Rolando es tan distinta (la palabra original ya es en sí un tropiezo) y va firmada por un cantante tan famoso que levanta sospechas y dudas entre editores y lectores. La celebridad del tenor atenta contra la publicación de la obra del novelista. «Quién quiere leer la novela de un cantante de ópera», dijo Rolando en una reciente entrevista. Tiene razón.

Y crece la sospecha de que muy pocos lectores creerían que un artista excelso del canto, célebre y reconocido, famoso, para emplear esa palabra que tanto lo incomoda, pueda ser también un buen escritor. Una cosa o la otra, pareciera ser la opinión más extendida. Caballo o alfil. Nada más sospechoso que un artista que cultiva con fortuna dos artes muy distintas.

Los músicos, en particular los cantantes, no suelen leer libros y mucho menos los escriben. Los dos o tres nombres que alguien encuentre entre los músicos tras una búsqueda exhaustiva, son excepciones. Después de convivir durante años con ellos en un teatro de ópera, puedo afirmar que el único músico lector que he conocido es Rolando. Sólo tengo noticia de otro músico, entre nosotros, que escriba, pero no novelas.

A principios de los años noventa, Rolando era un joven estudiante de canto dispuesto a comerse el mundo. Recuerdo una de sus primeras audiciones en Bellas Artes (para aspirar a un papel, tal vez el modesto Parpignol de La bohème) por su bonhomía y su sonrisa, su actitud, su confianza no en su futuro sino en la vida, y, sobre todo, porque cuando puso sus partituras sobre el piano colocó encima, con todo cuidado, una antología de los cuentos de Julio Cortázar.

Si ya había una simpatía, en ese momento se fraguó una complicidad. Descubrí que Rolando es un lector voraz, atento y lúcido, con excelente gusto literario, que lee sin cesar más allá de lo debido en las noches, en los trenes, aviones, estaciones y aeropuertos. No existe un escritor de calidad que no haya leído al menos una pequeña biblioteca. El bagaje cultural y libresco de Rolando es enorme, y lee con soltura en varias lenguas.

Empezó a escribir desde muy joven, y parecía que lo hacía para sí, en cuadernos, con una escritura casi secreta, sin pretensiones, por eso nos sorprendió con Malabares: novela compleja y de muy complicada ejecución, una obra limpia que no ha recibido la atención que merece. Paladas de sombra contra la oscuridad es la novela del juego por el juego, de diversos juegos que se entrelazan y las vidas de esos jugadores.

Su tercera novela, Amadeus en bicicleta, acaba de ser publicada en Alemania como Amadeus auf dem Fahrrad (Rowohlt, 2020), y no hay a la vista edición en español. El rechazo de obras es una práctica común y necesaria de las editoriales, pero haber sido publicado por primera vez en otra lengua y no en la propia es una situación atípica. Y también una pena que merecería una reflexión.

Haber sido publicado y leído con aceptable fortuna en otras lenguas, antes que en la propia, en la que la obra ha sido escrita, es desconcertante. Confío en que esta situación algún día sea sólo una anécdota. Confío en que esta extraña situación será reparada con el tiempo, aunque me pregunto, no sin desconsuelo, si el descomunal peso del cantante habrá sepultado el porvenir del escritor.

Amadeus en bicicleta es una suma de los motivos literarios y, en un sentido más amplio, de las razones y motivos estéticos y sociales que estimulan la literatura de Rolando. El lugar de la novela es Salzburgo. La ciudad natal de Mozart es más que el escenario. Pero no sólo la ciudad de los turistas y los aficionados que asisten al célebre Festival, también la íntima de un artista extranjero y marginado que habla con las estatuas y duerme en las calles.

Vian Bauer, el protagonista de la novela, llega a Salzburgo como punto final o tierra prometida en un largo viaje que revela a la vez la condición de la obra de formación o aprendizaje (Bildungsroman), pero también de reflexión crítica de la ópera como arte y fenómeno cultural y social. No en balde un personaje llama a los cantantes «pajarracos». No creo que haya sido narrada con tanta verdad y poesía la durísima condición, la absoluta vulnerabilidad e indefensión de un joven cantante.

He asistido con pesar a las audiciones de decenas de aspirantes que nunca serán cantantes. Sí, es así en casi cualquier actividad. El camino de un cantante es arduo, con una extraña mezcla de talento, facultades, aprendizaje, actitud y un indefinible algo más que con frecuencia llamamos suerte.

Vian Bauer, ebrio de poesía y música y literatura, es un enjambre asombroso de virtudes y debilidades. Es neurótico, paranoico, ingenuo, fantasioso y entrañablemente adorable. Es un lector que no cesa de fantasear, un loco del canto y la poesía (los poemas y los colores lo calman, lo protegen de los cuervos internos que lo persiguen). Pero sobre todo es el guardián del juego, el gran jugador, el hombre-juego que descubrirá que los ordinarios juegos de azar de un casino no son lo suyo; el juego, el verdadero Juego, es otra cosa.

Pero antes que nada Vian es un personaje encantador e inolvidable. Le basta, como en el poema de Machado, una mosca, mejor: un caracol, para entretenerse y encontrarle sentido a la existencia. Sus juegos en casa, en la calle, en las estatuas y monumentos de Salzburgo muestran que el mundo es un lugar para jugar; no un parque temático, no un disneylandia donde el juego es mecánico, está hecho y reglamentado, sino un lugar donde hay que encontrar el juego que revelan sillas, estatuas, escaleras o elementos que saltan a la vista en el momento.

El juego, como la vida, se hace a cada instante. El juego, el verdadero, es siempre infantil, simple, tonto y espontáneo. El juego vale por el hecho de jugarlo. Nadie lo ha entendido mejor que Vian, un niño obligado a hacerse hombre, un jugador que quiere seguir jugando. Vian cree que el arte, el más serio de los juegos, puede salvar al mundo.

La novela es un canto de libertad, un largo paseo por Salzburgo, incluida una guía dónde dormir a la intemperie si no se tiene una habitación para pasar la noche, pero también un homenaje a Mozart. Vaya si lo es. Es una búsqueda y un diálogo y un encuentro. Buscar a Mozart en Salzburgo puede ser tan estéril o frustrante como en el soneto de Quevedo buscar a Roma en Roma. La ingrata Salzburgo que no se enteró en realidad quién fue el mejor de sus hijos. Pero ahí están la casa natal, el museo, los instrumentos de Amadeus que han sobrevivido…

Pero la borrachera «mozartiana» del gran Festival, los chocolates, juguetes, motivos y todo lo que pueda ser llamado y vendido con el nombre de Mozart en el demencial delirio sin límites de la mercadotecnia poco tiene que ver con la música del genio, que sin embargo nunca ha sido tan apreciada y celebrada tanto como ahí mismo, en una enorme y preocupante contradicción.


La novela es un encuentro, un diálogo y una fiesta mozartiana. Es esta, como un género nuevo, una novela mozartiana. Un juego mozartiano. Todo remite a él. Todo encuentra una correspondencia. La vida de Mozart, en realidad sus cartas, como fuente de conocimiento, oráculo y guía de vida. Es también una mirada al mundo de la ópera desde la puesta en escena de Don Giovanni, en la que aparecerán los egos y los divos, los contratiempos, los conflictos, las diferencias entre la dirección musical y la de escena. No creo que se haya contado antes, desde dentro, desde el escenario, las tensiones del montaje de una ópera.

La novela es también la historia de un enorme conflicto padre/hijo que deja el lío de Kafka con su papá para niños de preescolar; una triste historia de desamor; y la rivalidad del protagonista con Jaques, el diablo, personaje imponente e inquietante. Otros personajes inolvidables son Julia, la chica arcoíris; Perec, el librero; y Herr Wolfgang, el jardinero, que encarna la beatitud o la locura.

Amadeus en bicicleta es una reflexión sobre el arte y el fracaso artístico, y encuentro al menos cinco largas escenas, logradísimas, en las que Rolando alcanza el punto más alto de su escritura. Pienso en la primera vez que asiste a Bayreuth, la rebeldía de Julia, el paseo en bicicleta, el debut de Vian en Salzburgo y los diálogos con Perec.

Rolando toma riesgos, y los supera. Ha escrito una novela en la que Vian aspira a fundir su bagaje cultural con la vida, y obligado a tomar decisiones, ese hombre joven se niega a serlo si el precio es dejar de ser del todo un niño. En esta novela sobre el juego, el arte como un juego y la vida misma como el gran juego (a veces terrible), están presentes también la desesperanza, la orfandad, los reveses de la vida, el hado que a veces no entiende lo que buscamos y niega los más altos anhelos.

Amadeus en bicicleta es una novela gozosa, sorprendente y divertida, que derrocha sentido del humor y cuyos sentidos se multiplican y se escapan para volver a aparecer, enriquecidos, una y otra vez. Podría leerse como una teoría del Juego, o de la vida. Con ella Rolando nos invita a jugar. Dice Vian: «Si quieres sentir una gota de esa libertad que sopla en el alma de los genios, lo que has de hacer es inventar tus propios juegos».

Adenda: Amadeus en bicicleta fue publicada en España por Galaxia Gutenberg (nota de abril de 2021). 

3 de octubre de 2016

Tsundoku, un vicio

62. modelo para armar es una novela singular, una obra representativa que guarda algunas de las claves de la escritura de Julio Cortázar. También explora otros ámbitos, y nos sugiere otras preguntas. En el primer párrafo de la novela dice Juan, el protagonista: «¿Por qué [...] compré un libro que probablemente no habría de leer? (El adverbio era ya una zancadilla, porque más de una vez me había ocurrido comprar libros con la certidumbre tácita de que se perderían para siempre en la biblioteca, y sin embargo los había comprado; el enigma estaba en comprarlos, en la razón que podía exigir esa posesión inútil.)»

Juan se refiere a un libro de Michel Butor; Cortázar no revela cuál, pero Rolando Villazón, lector atento y buscador tenaz, me dice que se trata de 6 810 000 litres d'eau par seconde: Étude stéréophonique (Seis millones ochocientos diez mil litros de agua por segundo). También Fernando Pessoa habla en el Libro del desasosiego de comprar libros para no leerlos.

La literatura también nos muestra el reverso de la moneda. En Una soledad demasiado ruidosa, una de las novelas más bellas sobre los libros, Bohumil Hrabal narra la vida de Hanta, cuyo oficio es triturar libros, pero rescata unos cuantos cada día. Dice: «los recojo con mano temblorosa, como los dedos de una novia que sustentan el ramo delante del altar», y se los lleva feliz a su casa: «sonrió porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mí mismo, algo que todavía desconozco».

Para Hanta los libros son una promesa de felicidad, un medio de revelación y conocimiento. Juan, sin duda, lee libros, pero también los compra para no leerlos. Sé bien de lo que habla. El día que yo encuentre ese libro de Butor en una librería es muy probable que lo compré, y desde ahora sé que, como Juan, muy probablemente no lo leeré. ¿Cuáles son las razones secretas que nos mueven a comprarlos, a cumplir el rito de esa posesión inútil?

Tsundoku es una palabra japonesa que da nombre a ese enigma. Significa: comprar libros que no se leerán. El acto constante de comprar libros y no leerlos. Acumular libros, y en particular apilarlos en el buró, en la mesa, en el escritorio, en el suelo de la habitación con la certeza de que se quedarán ahí, y formarán rimeros que terminarán por extenderse en toda la casa.

Todos los lectores conservamos libros que compramos y no hemos leído. Sabemos, como Hanta, de la alegría que nos espera cuando nos adentremos en sus páginas. Se ha dicho que formar una biblioteca personal, entrar a las librerías a comprar los libros que se espera leer algún día, es un proyecto de vida y un plan de lecturas. La vida no alcanza para agotar los libros que se promete a sí mismo un lector, tenemos el tiempo contado, pero otra cosa muy distinta es practicar el tsundoku, la adicción de comprar libros aunque nunca sean leídos porque nunca se tendrá el número suficiente de ejemplares.

¿No esa la lógica de los coleccionistas? Acumular armas o relojes o cuadros o zapatos es anecdótico, el punto es la sed insaciable de otra pieza, un objeto más, ya sean libros o estilográficas finas, corbatas o coches. Esa posesión inútil oculta algo, y no me satisface la explicación superficial de llamarla consumismo.

Sospecho y recelo de los que se jactan de sus bibliotecas con miles y miles de ejemplares, pero admito que he comprado libros desde mi adolescencia con admirable constancia y al límite de mis posibilidades. El resultado es evidente: más de mil y un libros en casa por leer, cuya presencia me arropa y estimula, y cuya ausencia, lo sé, lamentaría al punto del desasosiego. Comprar libros, mirarlos, hojearlos, tocarlos, puede ser uno de los placeres secretos de este mundo, y la promesa de su lectura, y la lectura misma, una fuente de las mayores alegrías.

Tengo una relación intensa con los libros, y nunca han sido baratos o caros para mí; claro que algunos tienen precios excesivos, pero lo importante para mí era si tenía o no el dinero para comprarlo. Si tenía con qué pagarlo, era algo así como "barato", si no me alcanzaba, ese libro era "caro". Ahora sé que existe una palabra para nombrar esa manía o vicio.

Sin embargo, el mal, por así decirlo ha remitido. Y no sé sí debo preocuparme. Ya visito las librerías con mucho menos frecuencia, y hasta es posible que salga con las manos vacías, aunque casi siempre me concedo al menos el gusto de llevarme un libro. Me impongo reglas como «ni un libro más mientras no termines de leer el que has comprado».

Ahora con frecuencia el precio de un libro me parece excesivo y ya no estoy siempre dispuesto a pagarlo. Ahora me entusiasma menos un hallazgo, un libro raro, un anhelado ejemplar buscado por mucho tiempo. Tsundoku era mi locura favorita, y practicarla era mi condición natural, mi afición, una forma de estar y vivir que  cultivé con alegría. Ahora leo más y compro menos libros, lo cual es una buena práctica. Claro, estoy atento por si encuentro, entre otros, cierto libro de Michel Butor.

25 de enero de 2016

Músicos callejeros

Van por la ciudad, a pie, de un lado a otro, solos o en pequeños grupos. Van por la ciudad, tan dura, tan dura y ruda y ruidosa, en la que todo el mundo tiene prisa. Rolando Villazón siempre les da unas monedas, y cuando en alguno de ellos encuentra cierto talento o gracia que llame su atención, le deja todas las monedas y algún billete. Se reconoce entre ellos, los considera colegas que no trabajan en los grandes teatros.

Por Rolando comencé a prestarles atención. Son desempleados, marginados, algunos miserables, pero también son músicos; son músicos informales que se ganan la vida tocando en las calles. A veces se detienen en las grandes avenidas, en las que su música casi no se escucha, otras se adentran en calles secundarias, en zonas residenciales, en las que quizá algunos vecinos se detienen a escucharlos.

En el metro, no es difícil encontrar y sufrir los sonidos zafios y chillantes, distorsionados, de aparatos y mecanismos que con frecuencia lleva un ciego. También hay músicos, muchachos, cuya juventud se adivina, antes de verlos, sólo al escuchar sus guitarras y las canciones que entonan, a veces acompañados de una flauta o un pandero.

También hay tríos que cantan boleros por una cuota fija, y siempre me han parecido, a plena luz del sol, prófugos de un cabaret como los que salían en las películas viejas, siempre listos para una anacrónica serenata.

En la ciudad circulan pequeñas bandas nómadas, que en alguna esquina aturden con instrumentos de aliento destemplados y tambores que casi siempre pierden el ritmo. Tocan música de banda, pero también norteña, rancheras.

Menos frecuentes, pero también es posible encontrar indios que en cuclillas tocan en un pequeño acordeón música que no se parece a ninguna otra, con frecuencia acompañados de niños que recogen en un bote las pocas monedas que les caen. Entre ellos hablan en alguna de las tantas lenguas americanas que no conozco ni reconozco, pero basta ver su condición, su extrañeza, para comprender que la ciudad les es particularmente hostil.

Entre los músicos callejeros, me intrigan los organilleros o cilindreros, a los que recuerdo desde mi infancia. Recorrían mi barrio con frecuencia, eran parte de la vida de las calles en las que crecí. Todavía no es difícil encontrarlos en plazas públicas, en parques y sitios muy concurridos. Ellos tocan el organillo o cilindro, una caja grande, muy pesada, decorada que reproduce melodías mientras le dan vuelta con parsimonia a una manivela.

Los organillos o cilindros son un invento del siglo XIX. Y algunos de los que aún circulan por la ciudad deben tener más de un siglo. Son máquinas alemanas, antes que instrumentos, que se sostienen en una única pata de palo,  en un poste que se enrolla en una cinta de cuero y los cilindreros se echan a la espalda.

Algo tiene de penitencia ese oficio. Ir a pie por la gran ciudad, que los automóviles arrancaron a los viandantes, con esa carga debe responder a algo más, a un apostolado. Los cilindreros van uniformados de color caqui, llevan pantalón y camisa de manga larga y gorra, que se quitan ceremoniosos y extienden para recibir las monedas. Suelen ser amables, atentos y van limpios. Con frecuencia van en grupos de dos o tres, casi siempre hombres pero en fechas recientes he visto mujeres.

Me inquieta esa persistencia, esa cofradía uniformada que se empeña en mantener una tradición, un rasgo urbano, una manifestación cultural que hace mucho podría haber desaparecido. Son respetados y apreciados; mucha gente les da monedas aun sin escucharlos, en reconocimiento a esa constancia a toda prueba que exhibe, por todos nosotros, su condición de sísifos, a la vez urbanos, anacrónicos y contemporáneos. Hay en ese oficio un motivo secreto, una satisfacción oculta, una entrega y una vocación que espero sea grata a los ojos (y los oídos) de Apolo.

El sonido de su cilindro, verdadera caja de música es inconfundible, y el número de las melodías es tan limitado que siempre pareciera ser la misma. No hay arte ni talento en dar vuelta a una manivela, sino en el empeño contumaz de mantener vivo y vigente ese instrumento, en cargarlo con verdadero esfuerzo y tal vez sufrimiento, como si fuera una de esas mandas que se imponen los hombres de fe católica para expiar una culpa.

 Me gusta pensar que su oficio los libera y les ofrece una recompensa que escapa a mi asombro y mi imaginación. Me gusta pensar que su permanencia -aunque los viandantes pasen sin detenerse a su lado, sin dejarles una moneda, atentos a la música que escuchan en sus audífonos y que proviene de una pequeña caja que cabe en un bolsillo-, es una presencia triste, el rasgo de un mundo desaparecido, ya absurdo, pero a la vez melódico y pleno de nostalgia y de sentido.

6 de abril de 2015

Rolando Villazón, novelista

Es uno los grandes cantantes de nuestros días, sí, pero también un escritor absolutamente singular. Uno al que vale la pena leer, al menos porque su literatura, admirable, no se parece a ninguna otra que se escriba hoy en español.

Pareciera que contra la literatura de Rolando Villazón atentara su impecable condición de artista consagrado en otro arte. Los tenores, podría pensarse (y hay tantos con la cabeza hueca), no escriben novelas, y mucho menos buenas novelas. Sí, es cierto, pero ya tenemos la gran excepción.

Malabares (Espasa, 2013) ha pasado entre nosotros casi inadvertida, sin lectores ni crítica, pero en Francia, traducida como Jonglerie, tuvo en éxito más que razonable, y en Alemania, Kunststücke recibió reseñas muy estimulantes y pronto saldrá una edición de bolsillo.

Rolando, lector lúcido e infatigable, entre un escenario y otro, cuando no canta o dirige la escena de alguna puesta, escribe, y lo hace con constancia y maestría.  Paladas de sombra contra la oscuridad, su segunda novela, ya está en manos de los editores y esperamos que la publiquen pronto. Mientras, toma notas para la tercera en un cuaderno rojo.

Tal vez el segundo obstáculo para la difusión de su obra sean sus personajes. ¿Una novela de payasos? Sí, de payasos y de la risa, de la metafísica de la risa, del sentido profundo de la risa, de la alegría y la amistad, del vislumbre del otro, de la escritura como un medio para vivir otra vida.

Rolando sabe mucho de payasos. Él mismo, caracterizado como Rolo, cuando no canta ni dirige ni lee ni escribe, colabora con una asociación altruista y va a hospitales y orfanatos y ofrece espectáculos a los niños.

La escritura de Rolando es asombrosa por su soltura y aparente ligereza, por su capacidad expresiva y plástica, por sus rotundas cualidades de narrador. Su escritura es como su canto: alegre, intensa, vibrante, inteligente, cálida y fascinante. Es la otra expresión de un "gran artista", como lo ha saludado Jorge Volpi.

Insisto. La escritura de Rolando no se parece a ninguna otra. Allí el juego y las reglas del juego con cosa seria. El juego y el arte de jugar es llevado al sentido de la vida. La literatura de Rolando es un canto al juego y la risa, a la alegría y el dolor, como las dos caras de la medalla. También es una búsqueda.

Acercarse a la filosofía con humor, y hacer de la risa el vehículo para las grandes preguntas de la vida habla de un proyecto singular de escritura que si bien tiene muchos referentes, encuentra en Cortázar algunas de sus esquivas coordenadas; el juego de vivir como dar: paladas de sombra lanzadas contra la oscuridad. La otra manera, también según Cortázar, es vivir absurdamente para romper el absurdo.

Las dos novelas tienen un impulso y una viveza, una fuerza vital, un torbellino que en su literatura seguramente encuentra su origen en Nikos Kazantzakis, del que Rolando ha sido lector total. No todos los días se encuentran libros tan dulces y profundamente amargos, con incursiones a los mundos posibles o paralelos, al juego como la gran tarea del hombre.

Estos libros, tan inteligentes, exigen algo de entrada. Pagar el precio de acercarse a literatura desconcertante, ingenua y sabia. No es la suya literatura en clave, pero si no se entra por la cerradura correcta, con la llave correcta, no hay novela ni literatura. Algunos, aunque lo tengan delante, se pierden el espectáculo, el goce, la alegría, los dones de la vida.

Tal vez en toda gran literatura se encuentra todo. En ésta, el espíritu lúdico no sofoca las otras facetas de la realidad y el mundo. Y por lo tanto, al lado de la risa y la alegría, está la mordida de la amargura, y en el fondo, allá, en el fondo, la posibilidad del amor.

Mi condición de lector privilegiado, mi relación (admiración) por Rolando no anula mis palabras. Esto no es una reseña ni una crítica. Es una noticia para lectores. Les digo que hay un autor de raza que escribe buenos libros que no se parecen a los de sus contemporáneos, y que ese escritor se llama Rolando Villazón.

25 de septiembre de 2011

Non, je ne regrette rien

Recuerdo la mañana en que acompañé a mi padre a comprar un tocadiscos. Era un aparato modernísimo, grande, de bulbos, con sólo dos botones de mando y una única luz roja que se prendía al encenderlo. Para estrenarlo mi padre compró el Bolero de Maurice Ravel y una antología de canciones de Édith Piaf. Eran dos discos LP de vinilo. Era a mediados de los años sesenta. Mi padre no era un afrancesado, aquella selección fue una coincidencia. Recuerdo que el Bolero me impresionó mucho, y mi extrañeza al escuchar al Gorrioncito. Luego, en mi adolescencia, recuerdo a mi padre escuchando una y otra vez sus discos de Edith Piaf, emocionado, sin entender ni una palabra de lo que decían aquellas letras pero a la vez comprendiendo el doloroso sentido de aquellas canciones y la trágica vida de Piaf. Ese disco es parte de mi educación sentimental.

Desde hace más de una semana tengo en la cabeza la canción "Non, je ne regrette rien" que Édith Piaf grabó para siempre en el corazón de sus admiradores. La susurro todo el tiempo sin apenas darme cuenta y me he sorprendido a mí mismo cantándola con convicción como si de verdad yo no me arrepintiera de nada en esta vida. El responsable de esta conducta tan extraña es Rolando Villazón, mi hermanito menor, artista sin límites, que en el disco La Strada: Songs from the Movies, la canta como nunca nadie antes la había cantado. En literatura, las palabras tienen que decirme más allá de su sentido y su trama; en música, las notas y sus letras tienen que emocionarme más allá de sus melodías e historias.

Rolando canta "Non, je ne regrette rien" como si redimiera el mundo, con una dulzura viril y un alarde de interpretación, despacio, vehemente, con un alud de emociones que ha trastocado todo lo que la canción, tan vieja y olvidada, podría decirme con toda la fuerza telúrica que guarda, con toda la descarga eléctrica que ejerce en la memoria. "Non, je ne regrette rien" ya no es para mí la misma canción. Rolando le ha dado una vuelta más, como el poeta que le tuerce el cuello al cisne de engañoso plumaje.

Cómo decirle a Rolando que su versión es ya la única posible, que con su rotunda belleza, su fraseo suave y profundo, ha roto mi relación con una canción que forma parte de mi vida, desde aquel día, a mediados de los años sesenta, en que acompañé a mi padre a comprar un tocadiscos. Uno tiende a pensar que hay cosas fijas en la vida. Que algunas de ellas no cambian. Ahora sé que la memoria, los recuerdos, las preferencias, los gustos, las opiniones, las certezas musicales, que uno pensaba definitivas, fijas, a salvo de las vicisitudes de una vida, no son inalterables. Ahora, de pronto, sé que se erigen, en uno mismo, sobre arenas movedizas.

2 de septiembre de 2011

Cantares: cantantes y canarios

Lejos de mi ciudad, buenos amigos me han recibido unos días en su casa. La habitación de los huéspedes da a un patio interior. De un alto muro, colgaban siete jaulas, cada una con un canario. Al observarlos, al escuchar por primera vez su canto, recordé que cuando yo era niño, una tía solterona tenía uno que, por buen cantor, se ganó a pulso el nombre de Caruso.

A mí me gustó mucho el canto de aquellos pájaros, la suave algazara que no cesaba y que llenaba todos los rincones de la casa de mis amigos. Mis anfitriones, tan acostumbrados, ya no le prestaban atención. A mí me deleitaba el canto de los pájaros, me sorprendía que esa alegría (así me lo parecía) viniera de seres en cautiverio. Tal vez esa era su resistencia, la manera de conservar alguna forma de la libertad. Sí, su canto sin fin me parecía dulce y libre, pleno de abellimenti, de audacias vocales.

De vuelta a casa, se me metió en la cabeza la idea de comprar un canario. Tal vez dos, para que hicieran magníficos dúos de amor. Mi hija me dijo con firmeza que no me ayudaría a darles de comer (a pesar de que aprendió a hacerlo) y me ha advertido que su gato se va a menderar (sic) a mi canario. Esas son razones para pensar las cosas por lo menos dos veces. Además, no quiero encerrar un pájaro más en una jaula. Así que tal vez me quede sin canario y sin su canto, y no deja de sorprenderme el deseo de algo que nunca antes había anhelado.

Me consuela un poco saber que siempre podré escuchar mis discos, volver una y otra vez a la voz viril y apasionada, al prodigio del canto total de Rolando Villazón, hermanito menor, o a la seducción dulce de Melody Gardot (últimamente escucho sus canciones, que algo me dicen, aunque todavía no sé qué), y entre ellos, el abanico enorme de las voces de muchos y magníficos cantantes.

No me quedaré sin música, sin canto, pero cualquier resignación exige un poco de humildad. En eso estoy. Así, entre decenas y decenas de discos, tendré que renunciar a esos extraños conciertos, a no escuchar en las mañanas, en mi casa, los fines de semana, el canto incesante, silvestre, absurdo y noble de un canario.