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29 de septiembre de 2025

Salutación a Sofía G. Buzali

Sofía G. Buzali cuenta que un día después de almorzar con el pintor y escultor Saúl Kaminer, éste la llevó a una librería y compró una novela de Clarice Lispector para ella. Ese libro no era un regalo: era el vehículo para entrar a otra dimensión de la experiencia y el conocimiento. 

Ese día, podemos suponer, es uno de esos en los que cambia la vida. Hay otros días así, tan ordinarios y comunes en apariencia y de pronto se añaden a esa suma significativa que alcanza una cifra variable según el devenir de cada persona. Entonces, solemos saberlo y sentirlo: algo ha sucedido. 

Una señal del cosmos, digámoslo así (pero también se podría decir que fue alguno de los dioses del Olimpo, el azar o el destino), nos revela que la circunstancia personal se ha modificado y que la vida nos ofrece o exige un cambio. 

Hay un antes y un después. Saúl, además de amigo fue el mensajero, hizo lo necesario para darle un giro a la existencia de Sofía. Así llegó Clarice Lispector a la vida de Sofía. Y Sofía, para salir avante de ese encuentro trascendente, ha tenido que escribir una biografía novelada (su quinta novela), que aspira desde las vicisitudes de esa vida revelar su alma, antes que celebrar la literatura. 

Porque conozco a Sofía y sé de su perseverancia, su sensibilidad, su amor por las letras, su pasión por la escritura, puedo imaginar que, a partir de ese día, de ese venturoso encuentro, tomó a la gran escritora brasileña como su maestra, su guía, su interlocutora. 

Supo que tenía que conocerla a fondo, sentirla y conversar con ella a través de los libros y la imaginación. Clarice Lispector había llegado a su vida. Escribir sobre ella era la respuesta obligada, el ejercicio necesario para digerir y asimilar la dimensión del regalo recibido.

Clarice Lispector apareció como la autora de libros admirables (La hora de la estrella es el favorito), pero también como personaje. Como mujer ⸺un ser misterioso y sorprendente⸺ que sufrió y enfrentó la adversidad con un arrojo singular y una conmovedora fragilidad.

Sofía pensó, soñó, imaginó, buscó, investigó, preguntó para llegar a vislumbrar el ser de Lispector. Viajó a Brasil para recrear un ambiente, tal vez buscando a un fantasma, a una musa que le contara los secretos de la gran díscola, incomprendida e incomprensible, arrogante e imprevisible escritora carioca.

(Encontró a un hombre mayor, ex vecino de Lispector, que no quiso hablar de esa señora que por poco quema el edificio entero; es una exageración, pero tiene fundamento: Clarice se quedó dormida con un cigarrillo encendido en la mano. Ardió su cama, su habitación: ardió ella, hasta quedar desfigurada de la mano derecha, las piernas y una buena parte del cuerpo.)

Entrar en contacto con los libros de Clarice Lispector no fue un simple encuentro literario, no fue el entusiasmo efímero por el hallazgo de una autora que nos ha gustado, sino un hecho vital. Así lo creo, así entiendo el ánimo que recorre las páginas de Ella, esta novela que hoy, 27 de septiembre de 2025, sale al encuentro de sus lectores, y que espero que le ofrezca a Sofía todavía muchas satisfacciones y que, por supuesto, estimule la lectura de la gran literatura de la dama y señora de la literatura brasileña.

Gracias por este libro, Sofía.

31 de diciembre de 2021

Maneras de leer

Algunos lectores devoran libros, uno tras otro, con apetito insaciable. Los peores se jactan de sus hazañas como proezas olímpicas: «Yo me leo una novela de quinientas páginas en dos o tres noches.» No los envidio, siento una mezcla de admiración e incredulidad y me pregunto si habrán leído o paseado los ojos por las páginas; yo antes que leer más rápido, quisiera leer mejor.

Hace tiempo se impuso una tendencia a oponer la lentitud a la rapidez. La comida lenta frente a la comida rápida, etcétera. Me inclino por la lentitud si la comida y la lectura son mejores. Henry Miller narra en Sexus, a partir de sus amigos, sobre dos maneras de leer. Una cita, en la versión de Carlos Manzano:

«Roy Hamilton avanzaba milímetro, por decirlo así, deteniéndose en una frase durante días o semanas. A veces tardaba un año o dos en acabar un libro breve, pero, cuando lo había acabado, parecía haber aumentado un codo de estatura. Para él, media docena de libros eran suficientes para suministrarle alimento espiritual para el resto de su vida. Para él, las ideas eran cosas vivas, como lo eran para Louis Lambert. Tras haber acabado de leer un libro, daba la impresión absolutamente real de conocer todos los libros. Pensaba y vivía un libro desde la primera página hasta la última, y emergía de la experiencia con un ser nuevo y exaltado. Era lo contrario mismo del erudito, cuya estatura disminuye con cada libro que lee. Para él, los libros eran lo que el yoga es para quien busca en serio la verdad: le ayudaban a unirse con Dios.

«En cambio, Arthur Raymond daba la falsa impresión de devorar el contenido de un libro. Leía con atención muscular. Al menos eso era lo que yo imaginaba, al observar el efecto que surtía en él. Leía como una esponja, atento a observar los pensamientos del autor. Su única preocupación era absorber, asimilar, redistribuir. Era un vándalo. Cada libro nuevo era una nueva conquista. Los libros fortalecían su yo. No crecía, se henchía de orgullo y arrogancia. Buscaba corroboraciones para lanzarse con ímpetu y dar batalla. No se permitía a sí mismo darse por vencido. Puede que rindiera homenaje al autor que admiraba, pero nunca doblaba la rodilla. Se mantenía inquebrantable e inflexible; su concha se volvía cada vez más espesa.»

Dos maneras de leer. Una, minuciosa, cuidada, apolínea, en busca del santo grial de esa escritura. La otra, feroz, salvaje, un asalto al libro para apoderarse del botín. Kafka, que cultivaba la primera manera, creía que un libro debería movernos, sacudirnos, herirnos, despertarnos de un golpe en la cabeza. Es imposible encontrar y leer en la vida cientos de esos libros. La segunda manera de leer permite absorber y consumir cientos, en algunos casos mil o dos mil libros.  

Me pregunto si el lector total rompe sus propias marcas a costa de su vida. Es posible que así sea, salvo que haya identificado el acto de leer y gozar sus lecturas con la vida misma. ¿Tiene sentido leer mil libros en la vida? La respuesta es personal e intransferible, pero sin la lectura de ese número indeterminado y siempre cambiante de libros la vida y el mundo sería más planos, más grises: los libros nos enseñan a mirar el mundo, a mirar en nosotros mismos.

Habrá otras maneras de leer, pero serán puntos intermedios entre estas. «Descifrar» una obra de ficción, entendido como conocer las vicisitudes de la trama apenas vale la pena, demorarse en un libro único en busca de la Verdad, puede ser el origen de fundamentalismos e intolerancias. 

Pero tal vez todos los lectores, lean como lean, reconocerán que la lectura es un placer continuo y por hacerse. Un camino, que entre más se camina más se quiere caminar, que entre más se anda, más se quiere andar; y entre más se sabe, más se quiere aprender; entre más se disfruta, más se quiere disfrutar. La lectura puede ser contagiosa (los niños leen si sus padres o tutores lo hacen), y ejercerla, no debemos olvidarlo, es un acto libre y soberano, de rebeldía y liberación; y también, claro, leer es, como decía Valery Larbaud, ejercer el «vicio impune».

22 de noviembre de 2021

La librería secreta

Hay en la ciudad una librería secreta, oculta, y su leyenda no deja de crecer. Desde hace años corría el rumor de una gran librería instalada en una casa o departamento (las versiones y rumores, como los mitos, no siempre coinciden) al que sólo sería posible acceder con una contraseña, por invitación y  acompañado por el cicerone correcto.

En una ciudad que cada día tiene menos librerías, como pierde el país especies que se extinguen, hay una librería en la que no es posible entrar como a cualquier otro negocio abierto al público, ni recorrer sus anaqueles, mirar los volúmenes que guarda porque no está accesible para curiosos y aficionados que visitan las librerías inevitablemente, por razones o motivos que no siempre es fácil de explicar, como un paseo urgente y necesario o un ejercicio espiritual.

Hace años me hablaron de ella. Y la simple posibilidad de que existiera un lugar así me parecía en sí mismo literario y el tema para una novela negra o de detectives, en la que el héroe tenía que encontrarla y desentrañar su secreto. Se decía que era un sitio para bibliófilos y coleccionistas, en el que ofrecían al comprador una copa de vino mientras negociaba el precio de un tomo de Ficciones, firmado por Borges, editado en Buenos Aires hace cincuenta años.

Supongo que las condiciones de su operación no son las mismas porque, aunque el misterio de su ubicación no se ha revelado (corre el rumor de que cambió de domicilio), en la Red y en los diarios han aparecido artículos y al menos un reportaje sobre la librería secreta, que se llama el Burroculto (celebremos el nombre) y que tiene una hermana, que se llama La Mula Sabia.

Dice la información disponible y nunca confirmada, que el librero y alma de estas librerías secretas responde al nombre, que podría funcionar muy bien en esa imaginaria novela, de Max Ramos. Al parecer, es cierto que hay una habitación para hacer tertulia, tomar café, una copa de vino o mezcal. 

Alguien me dijo que frecuentaba el Burroculto pero lamentaba mucho no poder decirme su ubicación, y tampoco estaba en sus manos extenderme una invitación, pero me aseguró que la última vez que la visitó estaba a la venta una carta de Marcel Proust.

Cuál es el fondo,qué clase de libros se venden en el Burroculto es otro misterio. Se dice que predominan primeras ediciones y ejemplares raros de literatura mexicana e hispanoamericana, pero también he oído que, según lo que consigue el librero, pueden aparecer joyas de cualquier literatura de enorme valor para aficionados a los libros sin remedio.

He escuchado que las librerías estaban en la colonia de los Doctores, pero ahora se han mudado a la Roma o la Condesa. Si un día pudiera conversar con Max Ramos, con una copa de vino en la mano, insistiría en averiguar el por qué del secreto y casi clandestinidad en la que operan sus librerías. 

No lo sé, tal vez es su modelo de negocio, la manera de dirigirse y conservar una clientela selecta y conocedora, pero temo que la respuesta pueda ser tan lógica y ordinaria, tan común y comprensible que arruinaría todas las especulaciones y juegos literarios que imagino. Sería una pena encontrar una respuesta que no esté a la altura del gran misterio que encierran unas librerías ocultas, invisibles, secretas.

28 de junio de 2020

A través del espejo, una librería

A través del espejo, guiño aparte a Lewis Carroll, es una librería de viejo en la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma de la Ciudad de México. Acaba de anunciar que cerrará. La desaparición de otra librería debería de movernos tanto como la desaparición de otra especie. Pero al parecer somos (como sociedad) indiferentes a ambas pérdidas irremediables.

Conozco bien A través del espejo. Es de las librerías más grandes; espaciosa, limpia, iluminada y ordenada no sólo de la colonia Roma, sino de la ciudad. (Hay librerías de viejo que son una fiesta del caos, el desorden, el polvo y el amontonamiento; en algunas es casi imposible buscar con cierto orden.)

Al parecer no hubo manera de que sobreviviera a la pandemia del coronavirus; no hay manera de sobrevivir a la especulación inmobiliaria. Ya Italo Calvino se ocupó literariamente del asunto. Sitiada por restaurantes y bares, negocios mucho más rentables, ¿por qué, con simple lógica mercantilista, los propietarios del inmueble cobrarían un alquiler menor a una librería? El nuevo aumento en el alquiler ha sido la puntilla.

Las librerías viejo, en la Colonia Roma, en el Centro de la ciudad, y en unos cuantos puntos muy localizados aquí y allá en la ciudad, son pequeños oasis, los contados sitios en los que es posible encontrar los libros que ya pueden ocupar un lugar en las librerías de novedades, siempre necesitadas de espacio para los libros nuevos que no cesan de llegar. Las librerías de viejo son dos veces nobles: por ofrecer libros, y por acoger aquellos que no están en su mejor momento de venta, ni son lecturas escolares obligatorias, y esperan con paciencia admirable, a veces durante años, a su lector.

A través del espejo es una librería administrada por Selva, una mujer que sabe de libros. Que nació en una familia de libreros y sabe muy bien lo que vale un libro (no me refiero al precio comercial) y lo que ofrece en su negocio. En su librería se encuentran, todavía, joyas y tesoros para bibliófilos, los que padecen el dulce mal de valorar los libros como objetos y que ofrece enormes satisfacciones vanidosas y egotistas al que lo padece.

No sé cuántos ejemplares habré comprado ahí. A veces porque no se encontraban en otra parte, a veces por economía. Me basta una mirada muy superficial a mis estantes para encontrar (hay una memoria libresca, es decir, para recordar la compra y adquisición de los libros: ¿alguien se ha ocupado de escribir sobre ella?) seis o siete libros, siempre en buen estado, que compré en la librería.

En periodos escolares, pasaba frente a ella con prisa (y alivio para mi bolsillo) cada día. A veces me detenía en su vitrina, me asomaba a sus vistosas exhibiciones de libros acomodados con gracia e intención. Era imposible adentrarse unos minutos y no encontrar algo que alegrara el alma, un ejemplar que nos parecía un regalo, un hallazgo que no podíamos dejar pasar. Como en tantos otros aspectos de la vida, en las librerías de viejo se trata de un ejemplar único, una ocasión que no se puede desperdiciar.

La librería A través del espejo va a cerrar. Es un signo de los tiempos. No puedo dejar de lamentarlo. No me gustan los mal llamados libros electrónicos (simplemente no son libros). Soy un sentimental, pero también estoy convencido de que vez que se cierra una librería clausuramos un poco más el mundo en el que crecí, el de los libros de papel y tinta, y da un paso adelante el mundo virtual, digital, electrónico y a distancia, cuya completa y definitiva e irreversible instauración no quisiera presenciar.

Adiós, A través del espejo. Gracias, y adiós.

19 de junio de 2020

Los libros por leer

Hacer listas tiene su encanto. Encierra un misterio, una ilusión, un deseo. Pareciera una práctica obvia y simple, pero psicoanalistas y filósofos y semióticos se ocupan de ellas, de lo que revelan, la personalidad de quien se ocupa de hacerlas y sus posibles implicaciones y significados. Umberto Eco les ha dedicado un libro.

Hacer una lista puede ser el más burdo ejercicio antisocrático, pues Sócrates no sólo no las hacía sino que desdeñaba la escritura misma porque atenta contra la memoria. Yo hago listas contra el olvido. Sin ellas, algo faltará. Si voy de compras sin una lista que he completado a lo largo de muchos días, algo faltará en el guiso, en la mesa. Puedo volver a casa sin el artículo o producto por el que salí a la calle (me ha sucedido).

Pero las listas también cumplen otra función. Creo que es una manera de ordenar la vida y el mundo. Es decir,  son una forma de luchar contra el caos. Las listas ofrecen la promesa del consuelo de regular las acciones y los deberes. De ordenar las acciones a emprender, de cumplir con las tareas impuestas o necesarias en un día.

Cumplir con todas las acciones de una lista es mucho más complicado que hacerla, pero una vez realizada ofrece el consuelo de conocer qué debemos hacer. Y la satisfacción infantil de tachar las palabras de la lista, o de ponerles una vistosa palomita al lado una vez ejecutada la acción, algo tiene de liberación y estímulo.

Yo hago listas de lo que debo hacer en el día (con frecuencia no cumplo con la meta propuesta), de las compras en el súper o la frutería, pero también de los libros por leer. Es un forma de lucha contra el tiempo y el olvido. Quisiera leer muchos más libros de los que podré disfrutar, y la lista, que hoy tiene ciento diecinueve títulos, es a la vez un consuelo y la evidencia del fracaso en mi intento de convertirme en un lector total.

Y no es que me limite a aspirar a leer ese número de libros, más bien son los que considero de lectura urgente y necesaria. Está claro que necesitaría años para cumplir con esa cifra que no deja de aumentar.

Esa lista es una guía, un camino y con frecuencia me descarrilo porque me distraigo con otras lecturas no planeadas por razones tan diversas que sería muy largo enumerar. Y no refiero a las lecturas obligadas por razones laborales, sino a los libros que deseo leer para mi alegría y placer, en el ejercicio de lo que Michel Crépu llamó con lucidez «el vicio impune».

Me parece que mi lista de libros por leer es a partes iguales un consuelo y una fuente de desasosiego (sin contar las relecturas). Me hace ilusión y me consuela pensar en tanta alegría y buenos libros por leer, y a la vez me inquieta y angustia que nunca cumpliré la meta. La lista se modifica, y será imposible agotarla. El día que no haya libros por leer, que no me entusiasmen, es una de las formas del fin.

Supongo que ante la incapacidad de leer todo lo que quiero tendré que ser más selectivo todavía, y una buena dosis de resignación me vendría bien. Si no puedo leer aquel libro, recuerda que leíste este otro, puedo decirme. En casa tengo (por fortuna, aunque también es una pena), más libro de los que podré leer. No hay remedio. Además, por alguna extraña razón, cada vez leo más despacio. 

Elias Canetti sabía que no volvería a frecuentar muchos de los libros de su biblioteca, pero los conservaba todos porque sabía que, en un momento inesperado, necesitaría alguno. No consultaría a muchos de ellos, pero no sabía cuál le sería indispensable, al menos necesario. Desde el librero nos acompañan, esa es su primera función.  

Y cuando pensaba que todo estaba en su sitio, y los libros en los estantes, encuentro una cita de Roberto Calasso que, como toda su obra, trastoca e ilumina lo que toca. Dice que es esencial, lo que equivale a necesario o urgente, comprar libros aunque no los leamos de inmediato. Pasarán años tal vez, pero llegará el momento en que sea necesario leer ese libro que aguardó el roce de nuestras manos y nuestra mirada por tantos años, y remata su lección con maestría absoluta: «Qué extraña sensación cuando se abre ese libro: la sospecha de haber anticipado, sin saberlo, la propia vida.»

11 de abril de 2020

Los libros no escritos y por escribir

Julian Barnes, en El loro de Flaubert, presenta y comenta, al margen de los bocetos, apuntes y sueños juveniles, los libros que el gran novelista francés no escribió pero tenía previsto hacerlo, o al menos no había renunciado a ellos. Entre éstos estaba La Spirale, «una novela grandiosa, metafísica, fantástica y desgañitada» sobre un  hombre con doble vida, y «uno de mis viejos sueños»: una novela de caballería.

Flaubert necesitaba dedicarle muchos años a cada libro, es muy probable que esas ideas de novela no las hubiera completado aunque se hubiera empeñado en ellas. Entonces, Barnes se pregunta: «¿Importan los libros que los escritores no llegan a escribir?»


Federico García Lorca dejó inconclusa al menos una obra dramática, y en una lista (fechada en 1936, poco antes de ser asesinado) anotó al menos diez títulos de libros que quería escribir. 

Italo Calvino nos dejó no pocas obras, casi todas memorables, y aun así apareció entre sus papeles una larga lista con los libros que pensaba o quería escribir, y es muy probable que hubiera realizado muchos de ellos, si consideramos la nitidez de cada uno de sus proyectos, su disciplina y enorme capacidad de trabajo, si no hubiera muerto relativamente joven, antes de tiempo.

Borges imaginaba libros que nunca escribió, pero se tomaba la molestia de escribir las recensiones de esos supuestos libros, para desconcierto de críticos y lectores despistados, que corrían a las librerías a buscar esos libros no escritos y bien reseñados.

George Steiner, cuya obra admirable tampoco es breve, nos dejó muchos años antes de morir un volumen que se titula My Unwritten Books (Los libros que nunca he escrito) en el que dedica un ensayo extenso a los siete libros que no escribió a pesar de tener la «esperanza» de hacerlo; uno de ellos «Los idiomas de Eros» es célebre, entre otras cosas, porque ofrece algún secreto y ciertas claves de la propia vida sexual de Steiner.

Dedicar muchas páginas, limpias y lúcidas, a explicar por qué o en qué consistían esos libros no escritos y que jamás escribiría es un ejercicio muy significativo que se presta a múltiples explicaciones y lecturas. En su ausencia, están presentes, son como algunos de esos elementos químicos que ya tenían su lugar en la tabla periódica aun antes de ser descubiertos; forman parte de la constelación de obras de un autor, ejercen una función, irradian luz o guardan en su sombra, por ausencia, algo que definitivamente se ha perdido.

«Un libro no escrito es algo más que un vacío. Acompaña a la obra que uno ha hecho como una sombra irónica y triste. Es una de las vidas que podríamos haber vivido, uno de los viajes que nunca emprendimos», dice Steiner.

Me pregunto si esos libros no escritos de Steiner son en realidad esos ensayos sobre esos libros, y si los libros imaginados por Borges existieron, completos y logrados, al menos por una tarde en su mente. Los libros no escritos tienen una extraña presencia en la mente de su único posible autor, pero no son en realidad porque no han sido conformados de palabras, la única sustancia de la que pueden estar compuestos.

Un libro no escrito es una opción de vida que se perdió sin remedio. Una posibilidad que desapareció tal vez sin saber por qué. Hay libros que se marchitan en los cuadernos de apuntes al paso de los años, cuya vigencia caduca, y escribirlos mucho después de su momento será más un trabajo de exhumación que de celebración.

Así como pasa el momento óptimo de leer un libro (no es lo mismo leer a Julio Verne a los quince que a los cuarenta), también pasa el de redactarlo, y esa demora lo avinagra en la memoria, si es que aún persiste la voluntad de escribirlo.

Otros libros son pospuestos con la idea contraria: pensar que aún no es tiempo. Que hace falta más experiencia, mucha investigación en fuentes lejanas o inaccesibles, años de estudio o una madurez que aún no se tiene. Procrastinar un libro puede ser un acto de sabiduría pero también la coartada perfecta para no empeñarse en hacerlo florecer.

Un autor no cesa de imaginar libros posibles, algunas ideas son desechadas de inmediato, otras persisten, y luego viene el fracaso en el intento de hacerlos, con frecuencia porque su autor no supo escribirlos. La autocensura puede ser decisiva en la decisión de no escribir un libro deseado.

Enfrentarse a ese libro, a los juicios de otros cuyas opiniones importan puede ser la excusa perfecta para no escribirlo. La consideración de no herir o lastimar la memoria de alguien o la sensibilidad de una persona muy cercana, tal vez porque es mejor no hurgar en el pasado o no revelar alguna verdad, pueden ser razones de peso para abandonar un libro imaginado e incluso necesario.

Las razones pueden multiplicarse. Los motivos para renunciar a escribir un libro que uno mismo se ha propuesto, sin la voluntad de otros, son tantas como las justificaciones posibles para no hacerlo. Quizá sea mayor el número de los libros no escritos que los escritos.

Yo también tengo una lista de libros por escribir, y ya tengo la certeza absoluta de que no escribiré al menos dos de ellos. Las justificaciones que me digo a mí mismo me dejan insatisfecho, pero persisto en la no escritura de esos libros pensados; en cambio, mantengo relaciones turbias y complicadas con algunos de esos libros que anhelo escribir.

Al parecer, los libros no escritos dicen mucho de un autor; acaso tanto como los libros terminados (supongo que los inconclusos y abandonados formarán una categoría aparte). Deben cumplir la función de una antibibliografía, como el currículum de aquel hombre que presentaba sus fracasos y despidos laborales antes que sus méritos y éxitos; con ello estaba más cerca de la verdad y ofrecía por tanto elementos relevantes, dignos de tomarse en cuenta para su posible contratación.

Tal vez somos los libros no escritos. Esos que se quedaron atrás y se perdieron en el tiempo. Quizá son más nuestros aquellos que no supimos escribir, o esos otros que no pudimos emprender por falta de valor o abierta cobardía. Tal vez son nuestros como una afrenta los libros a los que no supimos darles una estructura, un tiempo y una distancia, un punto de vista y las palabras justas e imprescindibles.

De pronto, como un oráculo, encuentro algo así como una clave, la respuesta a la pregunta de Barnes. Muñoz Molina dice al final de «La invención de un pasado»: «Tal vez, después de todo, la tradición a la que uno de verdad pertenece es la de los libros que no ha escrito todavía.»

Así lo creo. Pero Julio Cortázar, nos sorprende, rompe el esquema y sostiene, tal vez con arrogancia, navegando en sentido contrario. En una entrevista de 1976, le preguntó Emmanuel Carballo: 

–¿Qué libros pensados quedaron en el tintero?

Cortázar respondió: 
   
–Ninguno, porque mis libros no los pienso. Ellos me piensan a mí, aunque parezca casi una frase borgeana. Mis libros me utilizan como médium para escribirse a sí mismos.*

______ 
* Emmanuel Carballo, «Julio Cortázar» en Protagonistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX, UNAM, México, 1986, p. 146.

6 de marzo de 2018

La biblioteca del basurero

Bohumil Hrabal, escritor checo, es el autor de Una soledad demasiado ruidosa, una novela bellísima y conmovedora sobre los libros, una obra maestra, uno de esos libros entrañables que una vez leídos uno guarda en el librero y en el corazón.

Hanta, el protagonista, trabaja en una trituradora de papel y tiene la ingrata tarea de destruir libros, esos objetos que tal vez son el mejor tesoro e invento de la humanidad; pero Hanta también rescata los que puede, y se los lleva a su casa. Dice:

...cada anochecer me dirijo a casa, en silencio voy por las calles inmerso en una profunda meditación, paso de largo tranvías y coches y peatones, perdido en una nube de libros que acabo de encontrar en mi trabajo y que me llevo a casa en la cartera, así, soñando, cruzo en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente, camino apestando a cerveza y a suciedad, pero sonrío porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mi mismo, algo que todavía desconozco.
Michel de Montaigne hubiera estado de acuerdo con Hanta: necesitamos los libros para que nos expliquen algo sobre nosotros mismos. Imposible no estar de acuerdo. ¿Podría imaginarse una empeño más alto? Hanta, tal vez sin saberlo, o tal vez lo leyó en alguno de esos libros que salvó de la ignominia y la desgracia de ser despedazados para aprovechar sus materiales, sabía que en el pórtico del templo de Apolo en Delfos se leía: «Conócete a ti mismo.» Tarea ardua y complicada que puede aligerarse con la ayuda de buenos libros.

Hanta no estaba mal encaminado, y tampoco lo están esos heroicos basureros (por su gesto altruista, generoso) de la ciudad turca de Ankara o Angora que formaron una biblioteca con los libros que la gente desecha con la basura. La biblioteca, con la ayuda de las autoridades de la ciudad, ha sido  instalada en una antigua fábrica abandonada, está abierta las veinticuatro horas del día y sus cerca de cinco mil libros están a la disposición de cualquier lector. Hay libros de literatura, infantiles, algo de divulgación científica y algunos ejemplares en inglés y francés.

El acervo de la biblioteca se nutre de los libros que los ciudadanos sacan a la calle con la basura y, también, ahora, con donaciones. Una parte de la población que se deshace de libros los pone en una bolsa de plástico para conservarlos y facilitar la tarea de los basureros-bibliotecarios.

Sería estupendo poder conocer esa biblioteca, mirar sus estantes para ver si aparece algún libro en turco o español de Borges o García Márquez, El Quijote, o alguna  gran sorpresa como podría ser la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz. Sería estupendo conversar con los basureros y contarles la historia de Hanta, que como ellos rescata libros para que a cada lector le expliquen algo sobre sí mismo que desconoce.

¿Por qué la gente se deshace de sus libros? Gabriel Zaid ha encontrado muchas de esas posibles razones. A terminar los estudios o la tarea o el fin con el que fueron llevados a casa; porque se fueron quedando atrás, en la historia y los intereses del posible lector; porque no caben más en casa y entonces hay que hacer sitio a nuevos libros y sacrificar algunos; porque otros no nos gustaron o tenemos la certeza, tal vez por falta de tiempo, de que no los leeremos. También porque llegan otros libros nuevos, que demandan nuestra atención.

 Una biblioteca personal, se ha dicho, es un plan de lecturas, y también un proyecto de vida. Borges sabía que también es una forma de ejercer la crítica. Yo he sacado libros por alguna de aquellas razones, pero no los pongo en la basura, los llevo a una librería de viejo donde me dan un ejemplar que yo elijo a cambio de entregar una caja repleta de los libros que desecho.

Mariana, una estudiante de literatura, pariente lejana de Salvador Diaz Mirón, me dijo que en una mudanza apareció en un rincón de su casa un ejemplar de la poesía del poeta. La madre de Mariana  se avergonzaba de él, al menos de la vida perniciosa del más ilustre miembro de la familia, y sin pudor ni piedad arrojó el libro a la bolsa de la basura. Mariana quedó tan impresionada, y en cierta forma indignada de ese acto bárbaro, que unos años después buscó la poesía de su pariente y encontró un ejemplar hermoso en una librería de viejo que leyó con entusiasmo y admiración. Resarció aquel acto innoble de su madre.

¿Qué le diría Hanta? Con un poco de imaginación podría pensarse que ese ejemplar que atesora es el que su madre arrojó a la basura, y fue rescatado por algún basurero, aunque no fuera uno de aquellos que formaron en Ankara una biblioteca con los libros que la gente tira a la basura. Quiero pensar que que en todas las ciudades hay basureros que rescatan libros y los libran de ser destruidos, de ser triturados.

3 de octubre de 2016

Tsundoku, un vicio

62. modelo para armar es una novela singular, una obra representativa que guarda algunas de las claves de la escritura de Julio Cortázar. También explora otros ámbitos, y nos sugiere otras preguntas. En el primer párrafo de la novela dice Juan, el protagonista: «¿Por qué [...] compré un libro que probablemente no habría de leer? (El adverbio era ya una zancadilla, porque más de una vez me había ocurrido comprar libros con la certidumbre tácita de que se perderían para siempre en la biblioteca, y sin embargo los había comprado; el enigma estaba en comprarlos, en la razón que podía exigir esa posesión inútil.)»

Juan se refiere a un libro de Michel Butor; Cortázar no revela cuál, pero Rolando Villazón, lector atento y buscador tenaz, me dice que se trata de 6 810 000 litres d'eau par seconde: Étude stéréophonique (Seis millones ochocientos diez mil litros de agua por segundo). También Fernando Pessoa habla en el Libro del desasosiego de comprar libros para no leerlos.

La literatura también nos muestra el reverso de la moneda. En Una soledad demasiado ruidosa, una de las novelas más bellas sobre los libros, Bohumil Hrabal narra la vida de Hanta, cuyo oficio es triturar libros, pero rescata unos cuantos cada día. Dice: «los recojo con mano temblorosa, como los dedos de una novia que sustentan el ramo delante del altar», y se los lleva feliz a su casa: «sonrió porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mí mismo, algo que todavía desconozco».

Para Hanta los libros son una promesa de felicidad, un medio de revelación y conocimiento. Juan, sin duda, lee libros, pero también los compra para no leerlos. Sé bien de lo que habla. El día que yo encuentre ese libro de Butor en una librería es muy probable que lo compré, y desde ahora sé que, como Juan, muy probablemente no lo leeré. ¿Cuáles son las razones secretas que nos mueven a comprarlos, a cumplir el rito de esa posesión inútil?

Tsundoku es una palabra japonesa que da nombre a ese enigma. Significa: comprar libros que no se leerán. El acto constante de comprar libros y no leerlos. Acumular libros, y en particular apilarlos en el buró, en la mesa, en el escritorio, en el suelo de la habitación con la certeza de que se quedarán ahí, y formarán rimeros que terminarán por extenderse en toda la casa.

Todos los lectores conservamos libros que compramos y no hemos leído. Sabemos, como Hanta, de la alegría que nos espera cuando nos adentremos en sus páginas. Se ha dicho que formar una biblioteca personal, entrar a las librerías a comprar los libros que se espera leer algún día, es un proyecto de vida y un plan de lecturas. La vida no alcanza para agotar los libros que se promete a sí mismo un lector, tenemos el tiempo contado, pero otra cosa muy distinta es practicar el tsundoku, la adicción de comprar libros aunque nunca sean leídos porque nunca se tendrá el número suficiente de ejemplares.

¿No esa la lógica de los coleccionistas? Acumular armas o relojes o cuadros o zapatos es anecdótico, el punto es la sed insaciable de otra pieza, un objeto más, ya sean libros o estilográficas finas, corbatas o coches. Esa posesión inútil oculta algo, y no me satisface la explicación superficial de llamarla consumismo.

Sospecho y recelo de los que se jactan de sus bibliotecas con miles y miles de ejemplares, pero admito que he comprado libros desde mi adolescencia con admirable constancia y al límite de mis posibilidades. El resultado es evidente: más de mil y un libros en casa por leer, cuya presencia me arropa y estimula, y cuya ausencia, lo sé, lamentaría al punto del desasosiego. Comprar libros, mirarlos, hojearlos, tocarlos, puede ser uno de los placeres secretos de este mundo, y la promesa de su lectura, y la lectura misma, una fuente de las mayores alegrías.

Tengo una relación intensa con los libros, y nunca han sido baratos o caros para mí; claro que algunos tienen precios excesivos, pero lo importante para mí era si tenía o no el dinero para comprarlo. Si tenía con qué pagarlo, era algo así como "barato", si no me alcanzaba, ese libro era "caro". Ahora sé que existe una palabra para nombrar esa manía o vicio.

Sin embargo, el mal, por así decirlo ha remitido. Y no sé sí debo preocuparme. Ya visito las librerías con mucho menos frecuencia, y hasta es posible que salga con las manos vacías, aunque casi siempre me concedo al menos el gusto de llevarme un libro. Me impongo reglas como «ni un libro más mientras no termines de leer el que has comprado».

Ahora con frecuencia el precio de un libro me parece excesivo y ya no estoy siempre dispuesto a pagarlo. Ahora me entusiasma menos un hallazgo, un libro raro, un anhelado ejemplar buscado por mucho tiempo. Tsundoku era mi locura favorita, y practicarla era mi condición natural, mi afición, una forma de estar y vivir que  cultivé con alegría. Ahora leo más y compro menos libros, lo cual es una buena práctica. Claro, estoy atento por si encuentro, entre otros, cierto libro de Michel Butor.

15 de marzo de 2016

El desprecio

He leído tres veces El desprecio, la novela cruel y tóxica de Alberto Moravia. La he leído en tres ejemplares, a lo largo de muchos años, en circunstancias muy distintas. Antes de terminar la primera lectura, ya formaba parte de mi canon, de esa pequeña biblioteca secreta en la que está cifrada nuestra vida, al menos la literaria.

La primera lectura la hice en un ejemplar español, de bolsillo, de los años setenta, en papel muy corriente, que en la contracubierta señala que el volumen doble costaba 275 pesetas, y está acribillado por los subrayados, flechas, círculos, notas y signos que mi entusiasmo adolescente dejó en sus páginas. Me basta mirar esas huellas para saber que salía de la adolescencia cuándo lo leí.

Entre más lejanas en el tiempo hayan sido mis lecturas, más cicatrices quedaron en las páginas de mis libros. Leía con devoción, y dejaba constancia de mi asombro: quería descifrar el alma de la literatura, el misterio de las palabras, la esencia del mundo.

De esa primera lectura aprendí que el amor, así como surge, puede acabar, súbito, en un instante. Y esa fuerza y energía debe encauzarse de otra manera. Entonces, sin admiración hacia la persona que fue amada, bastará un hecho cualquiera para incitar, en un parpadeo, el desprecio. ¿Eso puede suceder en el mundo o sólo en las novelas? En ambos, y la literatura también es parte de la vida.

La segunda lectura fue en un ejemplar argentino, de los años sesenta, en perfecto estado, que compré en una librería de viejo en la avenida Álvaro Obregón. No era fácil encontrar un ejemplar de la novela, dejarlo en el estante hubiera sido un gesto imperdonable de desdén al azar, un abandono, un desprecio. Si dudé un instante para justificar ante mi bolsillo la compra de un libro que ya tenía en casa, leído y subrayado, decidí que lo regalaría. Nunca lo hice.

Las vicisitudes del desgaste de la relación de Emilia y Riccardo, su desacuerdo, su desdén que devino en desprecio, cedía un poco ante los conflictos de un guionista obligado a escribir sólo por dinero una película que no le gustaba nada, y la audaz y frívola interpretación supuestamente psicoanalítica de la Odisea: Ulises tarda tanto en volver a Ítaca porque no quiere regresar, no desea llegar a casa porque Penélope, su mujer, igual que Emilia a Riccardo, lo desprecia.

Acabo de volver a leerla, ahora en una reciente edición española, la menos satisfactoria, la más descuidada. El conflicto de la pareja ante mis ojos es más oscuro y complejo, los detalles se tornan trascendentes. He encontrado matices, suspicacias, recursos de la maestría del autor en los que no había reparado.

Ella es más caprichosa, y tal vez la mueve la ambición. Él acusa una indecisión, una tibieza estéril; por momentos es tolerante, es casi indiferente (Los indiferentes es el nombre de la primera novela de Moravia), incluso a los embates de Battista, el productor, con Emilia. Riccardo, el narrador-protagonista, adolece una manía por razonar, por explicarlo todo, en particular la conducta de su mujer, con un ejercicio racional y esquemático, que lastran la novela y arruinan su vida.

Los libros siempre dicen lo mismo, con las mismas palabras. Los libros no cambian, uno es el que envejece. No es relevante que un libro no conecte con una nueva generación de lectores. El gusto literario cambia, elige y desecha sin remedio ni piedad, y en el vaivén de los redescubrimientos y rescates del olvido a veces un libro o un autor vuelven en una suerte de exhumación editorial.

Esta reciente lectura ha sido la más amarga, tal vez por cruda y directa, sin el asombro ni los entusiasmos juveniles que magnifican aún más los destinos dramáticos de los personajes. Me quedo con una interpretación absurda de la Odisea, con el hecho insondable de que sea posible dejar de amar a alguien en un instante. Me gusta más la idea de un proceso de distanciamiento, como una vela cuya llama se hace cada vez más débil y acaba por extinguirse. Así, como el amor se enciende en un instante, llega otro en el que alguien descubre y reconoce que se ha apagado.

Después de la lectura, volví a ver Le Mépris, la película de Jean-Luc Godard basada con soberana libertad y desapego en la novela de Moravia. Los misterios del amor y del desamor, de la indiferencia y del desprecio siguieron intactos, también los del gran cine de Godard, pero emergió, solar y mediterránea, la visión imponente y esplendorosa de Brigitte Bardot.

27 de diciembre de 2015

Los libros viejos

Se desdibujan. Sus páginas amarillean, se ponen rígidas y quebradizas, frágiles. A veces, el pegamento o la costura ya no los sujetan y se deshojan, o la cubierta cede y se ahonda el surco que se hizo profundo con el uso, y es menos común pero también se descoyuntan del lomo.

Con los años, algunos libros se deterioran, guardan polvo y desprenden un intenso olor impregnado de vainilla. Unos resisten mal el devenir del tiempo, otros en cambio adquieren dignidad y resalta la calidad de sus materiales, el dibujo de las guardas, la tipografía fina, la línea del grabado de las ilustraciones y viñetas.

A pesar de mi torpeza manual, cuando alguno necesita reparación intento rehabilitarlo con remedios caseros. Los entablillo, refuerzo las costuras, busco con pegamento volver a ponerlos en su sitio, unir sus hojas. No siempre consigo resultados aceptables, pero tengo algunos ejemplares que eran de mi padre o de mi abuelo que me han quedado estupendos.

Un libro de papel, cartón, hilo, pegamento y tinta envejece al paso de dos generaciones. Cambia de color, se resquebraja, y no es difícil que se abra y se rompa entre las manos. Un libro de hace ochenta años es como un hombre de esa edad, y no puede ocultarla: se le nota en la piel, los órganos, los huesos.

Algo de humano tienen los libros, salvo que ellos no olvidan, y pueden ser útiles y leídos con provecho por mucho tiempo. Me parece una diferencia esencial, una ventaja implacable. Los libros guardan el pensamiento y la imaginación, razonan las ideas, preservan eléctricos los versos, conservan fielmente el conocimiento, las palabras, mucho después de que sus autores han partido. Como los hombres, al cabo de una vida, los libros también envejecen, pero conservan intacta la más grande virtud humana: todo lo saben, todo lo nombran, todo lo evocan, porque ellos no pierden la memoria.

26 de diciembre de 2015

Marilyn

También fue una lectora. El resplandor de la rubia imponente ocultaba a la muchachita frágil, melancólica y desdichada, amante de la literatura y de la historia. El guion para su vida que Hollywood y los medios le imponían insistía en cultivar la imagen de la mujer más sexy del mundo.

Marilyn Monroe no terminó la high school, algo así como el bachillerato, pero antes de que la devorara la fama se empeñó en ir por las noches a la Universidad de California a tomar cursos sueltos de literatura, después de trabajar como modelo y de buscar pequeños papeles en películas en las que casi siempre hacía papeles de rubia tonta.

Los testimonios de su gusto por los libros son contundentes y firmes, y son muchas las fotografías en las que aparece leyendo o con un libro en las manos. Fragments (FSG, Nueva York, 2010; hay una edición española: Fragmentos, Seix Barral, 2012) publica en edición facsimilar los escritos de Marilyn, sus notas íntimas, reflexiones, apuntes y aproximaciones a la poesía, escritos a máquina o a mano en cuadernos, en blocs de hoteles, en hojas sueltas. Es un libro imprescindible para aproximarse con alguna certeza a Marilyn, para acercarse a la expresión de sus emociones y sentimientos, su soledad y eso que solemos llamar sensibilidad.

Si los testimonios, los libros, los papeles personales, las fotos no fueran suficientes para hablarnos de la Marilyn lectora, los editores de Fragments se preguntan con agudeza si a alguna actriz de 1960 le hubiera interesado, por razones de imagen, aparecer leyendo o al menos con un libro en la mano en decenas de fotografías. Antes lo contrario. Las bellas de Hollywood no deben leer libros. Esas fotografías nos muestran un rasgo personal y un hecho constante y asombroso: Marilyn era una lectora, más que una lectora ocasional, y además leía muy buenos libros.

En su biblioteca había más de cuatrocientos ejemplares de teatro, poesía, filosofía, novelas, relatos, algo de historia y de ciencia. Muchos autores del siglo XX, sus contemporáneos. Su gusto era impecable: Beckett, Russell, Camus, Carroll, Chéjov, Dickinson, Dostoievsky, Durrell, Faulkner, Fitzgerald, Flaubert, Freud, Greene, Heine, Hemingway, James, Joyce, Kazantzakis, Lawrence, Lowry, Mann, Milton, O'Neill, Poe, Proust, Pushkin, Saint-Exupéry, Schopenhauer, Shaw, Shelley, Spinoza, Steinbeck, Stendhal, Styron, Tolstói y Wilde entre otros. El lector curioso y perspicaz puede encontrar la lista de su biblioteca en la Red.

Es cierto que los lectores que con los años formamos una biblioteca personal tenemos libros que no hemos he leído, pero no hemos renunciado a hacerlo, todo lo contrario. Su presencia es una promesa de futuro. No sé cuáles de esos grandes autores cuyos libros estaban en sus estantes no haya leído Marilyn, pero leyó a muchos de ellos. Frecuentó ciertos círculos intelectuales, fue buena amiga de Truman Capote, entre otros escritores, y estuvo casada con Arthur Miller, un notable dramaturgo.

Si comento que Marilyn Monroe fue una mujer sensible a la poesía y leía buenos libros, con frecuencia me miran como buscando la intención, el chiste, con una expresión de burla y sorna o con una ceja arriba de puro escepticismo. A medio mundo le cuesta creer que Marilyn Monroe, con su vida y su leyenda, pudiera ser o hacer algo más que salir en películas simples, aparecer desnuda en el primer número de Playboy o cantarle el "Happy Birthday" al presidente Kennedy. Se niegan a aceptar que en su soledad, en su casa, leía, que la lectura era su placer y su refugio; su pasión secreta era la literatura.

Me desconcierta que sean mujeres sobre todo las que dudan de la afición de Marilyn por la lectura, de sus modestas aficiones intelectuales; que sean mujeres las que la descalifican y refuerzan su papel oficial de rubia teñida que sólo podía saber de frivolidades, coleccionar maridos y una larga lista de amores fallidos, amantes ricos y poderosos. ¿Para qué querría leer libros?, ¿los entendía?, se preguntan.

Marilyn, como cada uno de nosotros, tenía una casilla, un escaque del que no es fácil salir. Marilyn fue una víctima de su belleza, de su circunstancia, de los hombres que la acosaron y aniquilaron, de la fama, del torbellino en el que se giraba su vida.

La belleza impecable y absoluta de ciertas mujeres puede ser su mayor obstáculo en otros ámbitos, la gran desdicha de su vida. Pareciera que no tuvieran otro sitio en el mundo: su única razón de ser, como la rosa, es ser bella. Lo demás, no importa. Más le hubiera valido a Marilyn ser una rubia tonta, una frívola insensible, dispuesta a pagar cualquier precio a cambio de fama, poder y dinero. Pero no fue así. Marilyn no era poeta, pero tenía el alma de una, y la fragilidad de la rosa.

Lo sabía bien Arthur Miller: «To have survived, she would have had to be either more cynical or even further from reality than she was. Instead, she was a poet on a street corner trying to recite to a crowd pulling at her clothes.» Sí, la imagen es justa: «Para sobrevivir, debió ser más cínica y dura ante la realidad. En cambio, era una poeta tratando de decir sus poemas en una esquina a una multitud ansiosa de quitarle la ropa.» Ni más ni menos.

6 de octubre de 2015

La yegua de la noche

He tenido un sueño, dijo Ferré, inquieto. Le he dado lugar a un sueño de otro, a una pesadilla que yo no debí de haber soñado y cuya osadía, aunque no sea responsable, me avergüenza.

Dormía, en el sueño me despertaron unos golpes enérgicos a mi puerta. Antes de llegar a ella, una voz, amable pero de inapelable autoridad, como venida de otro mundo, me ordenó que le entregara un libro, cualquier volumen de los estantes de mi biblioteca. Me quedé estupefacto. Nadie te despierta a las tres de la mañana para pedirte un libro. Le dije, sin saber a qué o a quién le hablaba, que no comprendía. La voz dijo que tomara cualquier libro y que lo pusiera en el pasillo, al pie de mi puerta y que después volviera a la cama.

Obedecí. En la oscuridad, tomé un volumen al azar, abrí mi puerta y lo dejé no sin tristeza en el pasillo. En el pasillo no había nadie. Volví a la cama. Antes de volver a dormirme, tuve tiempo de justificar mi docilidad, mi cobardía, diciéndome que obedecía un deseo superior, que no podría explicarme del todo, como lo que sucede en algunos sueños. En mi sueño, a la mañana siguiente pensé que todo había sido un sueño. Pero había un hueco inquietante en el librero. Entonces pronuncié esa sombría sentencia que guardaba en la memoria: Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos) / hay alguno que ya nunca abriré.

Es verdad que esos versos no hacían justicia a la extraña pérdida, porque lo que veía era la ausencia de un volumen. Había un libro menos. Veía, es un decir, un libro menos. Era un ejemplar estimable de la Ética de Spinoza que había comprado en una visita a Ginebra. No puedo negar que pasé la mañana lamentando su ausencia. Busqué por la casa, salí al pasillo, revisé las escaleras y el depósito de la basura. Nada.

En mi sueño, a la otra noche, me despertó la voz y me dijo que tomara dos libros de mi biblioteca, dos que no apreciara tanto como el otro, cuya ausencia no lamentaría demasiado, y que los dejara al pie de mi puerta, en el pasillo. La petición no me sorprendió, pero sí la extraña concesión. Elegí dos cuyos títulos me reservo, no vale la pena dar nombres, pero tenía la certeza de que aunque viviera cien años no me entretendría entre sus páginas, a veces uno conserva libros con la certeza de que nunca los leerá y esa posesión a la vez que inútil es un misterio y es bella. Entonces comprendí. Me dije: esto es un aviso, está próxima la muerte.

A la tercera noche la voz me demandó cuatro ejemplares. A la cuarta, ocho. Creo que hice vagos cálculos para conocer el número de días que podría satisfacer la cruel demanda con el número de volúmenes de mi modesta biblioteca. Es curioso, pero siempre creí que una biblioteca debería tener en su tamaño una correspondencia con la extensión de la vida de su lector y bibliotecario. Que aunque infinita entre sus páginas, fuera más o menos posible abarcarla en el plazo razonable de una vida, en buena medida dedicada a frecuentarla.

Ahora me aterraba la voracidad de la progresión geométrica. Entonces hice una selección apresurada, aparté la Biblia (King James), la Ilíada, la Odisea, la Comedia (en italiano y en inglés), las tragedias y las comedias de Shakespeare, las Enéadas, la Eneida, el Quijote, Las mil noches y una noche, un volumen de Platón, otro de Stevenson, uno De Quincey, un Chesterton, un Voltaire, un Schopenhauer, un Berkeley, uno de Alfonso Reyes, La invención de Morel, una antología de poesía inglesa, y algunos más, puedo decir que poco más. Me dije, mientras pueda conservar y volver a estos libros, habrá un mañana.

En mi sueño, a la otra noche, la quinta, la voz me demandó dieciséis libros. Obedecí, sin mirar demasiado los tesoros que perdía, pero me armé de valor y le dije a esa voz que fuera de quien fuera, no tenía derecho a perturbar mis noches, a expoliar mi biblioteca.

La voz me explicó educadamente que conservar esos libros era una vieja costumbre que ya me era innecesaria, una posesión inútil, porque estaba en situación de decirme con certeza que ya nunca los leería, me faltaría tiempo o ánimo, pero que todavía gozaría de la compañía de otros, y que no me alarmara demasiado, que aún tendría tiempo de volver a ver la clara luna, que no se había agotado la inalterable suma de veces que me daba el destino. ¿Por qué yo?, pregunté, sin esperanza. Porque así lo has imaginado, respondió. Y se disculpó, dijo que era tarde.

En mi sueño, a la otra noche, la sexta, aguardé la llegada de la voz con más resignación que entereza. Me encontró despierto, con un libro entre las manos. Ya había renunciado a hacer un recuento de lo perdido. Como era previsible, me exigió treinta y dos libros de mi biblioteca. Tómalos, le dije, están en la mesa, ya he hecho un atado para tu infame pedido. ¿Adónde llegaremos?, pregunté. Al final, respondió. Comprendí que estaba cerca, muy cerca... pero entonces me di cuenta que bien podría no ser la muerte la que me rondaba, sino la ceguera.

En mi sueño, a la otra noche, la séptima, a la hora de costumbre la voz me demandó sesenta y cuatro volúmenes. Tómalos tu misma, dije, seas lo que seas. Te has llevado ciento veintisiete libros, déjame el tiempo necesario para leer otro tanto, dije. El universo y una vida caben en mucho menos, dijo. Leerás los que cifren tu vida. Ni uno más. Las lunas, los viajes, los libros, los cantos de los pájaros y los días están contados.

Ferré calló.

Es fantástico, dije. Esos versos y esas señas, esa cita, todo el sueño, bien podrían ser de Borges, está calcado.

No has comprendido, dijo Ferré, con pesadumbre. En mi terrible pesadilla, yo era Borges.

12 de marzo de 2015

El prestigio de los libros

Fui al despacho de un hombre del que nada sabía, salvo su nombre y su cargo. Me habló de su admiración por Don Quijote. Orgulloso me mostró sus tesoros, un cuadro enorme y lamentable, una pequeña escultura sobre su escritorio, un grabado en otra pared, y en una mesa lateral una escultura y sobre todo un ejemplar muy grande del Quijote, una edición ordinaria de mediados del siglo pasado ilustrada con los grabados de Doré.

Ese hombre tenía una fijación por el hidalgo manchego, que era su fuente de inspiración, su ejemplo, su fortaleza. Había fundado una empresa y la había conservado y hecho crecer durante veinticinco años. Lo había logrado a fuerza de perseguir su sueño sin desfallecer jamás.

Yo no sabía que Don Quijote conociera y mucho menos que enseñara el camino del éxito empresarial, pero sospecho que es posible encontrar razones y fortaleza donde cada quien quiera buscarlas. Pero estoy seguro, después de hablar unos minutos con aquel hombre, de que no había leído la novela. Nada sabía de Clavileño, ni del bálsamo de Fierabrás, ni de Dorotea, ni de los duques, ni de la pastora Marcela, ni del caballero de los Espejos, ni de ningún otro personaje o lance; era evidente que no había leído ni una página.

Su imagen de Don Quijote era la de un personaje de musical, de cómic, de una pésima película, que nada o casi nada tiene que ver con el que creó Cervantes. Un mundo zafio enfermo de envidia le llamaba locura y sin razón a la grandeza de un caballero que luchaba sin cesar por alcanzar su ideal.

Muchas personas conservan en sus despachos y en sus casas enciclopedias, colecciones más o menos lujosas de clásicos, de premios nobel, de las grandes civilizaciones que nadie ha abierto y no leerán jamás. Al parecer piensan que basta tenerlos ahí, al alcance de la vista, como el más noble y prestigioso de los adornos, para que iluminen a su poseedor.

Los libros gozan de un gran prestigio, pero tienen el inconveniente de que es necesario leerlos para gozar de ellos, para aprender, para estimular la imaginación y el pensamiento. Casi nadie se atrevería a negar su utilidad pública, sus virtudes como medio para guardar y transmitir información, para ganar fama, prestigio, poder, pero según los indicadores de lectura son muy pocos los que los frecuentan.

Es por lo menos curioso que alguien se rija por ideas y creencias fijas atribuidas a un libro que ni siquiera ha hojeado; que alguien se sienta motivado y aun tenga fe en páginas que no ha conocido.

El hombre inspirado por el Quijote sin haberlo leído no es un caso aislado. Muchas personas que hacen gala de sus firmes convicciones religiosas tienen en sus casas ejemplares de la Biblia que nunca han leído y quizá no lo hagan nunca. Aun para ellos, la palabra impresa dice la verdad. Aunque permanezcan intactos, es absoluto el prestigio de los libros.

3 de agosto de 2014

La biblioteca de Cortázar

Aurora Bernárdez (primera esposa, compañera, ángel guardián y albacea) donó a la Fundación Juan March de Madrid los más de cuatro mil volúmenes que Cortázar tenía en su departamento de París.

Jesús Marchamalo, con celo que no faltara quien califique como propio de un cronopio, fue a la Fundación y, con la complicidad del filósofo Juan Gomá, el director, se dio una vuelta por la biblioteca de Cortázar, se puso a consultar, revisar, manosear, todos y cada uno de esos libros. El resultado de su experiencia la ha contado en un librito encantador, con diseño notable (Cortázar y los libros, Madrid, Fórcola), que no tiene desperdicio.

Dice Marchamalo, entre otras muchas curiosidades, que encontró más de quinientos libros dedicados por sus autores a Cortázar (algunas de esas dedicatorias pueden verse en la página electrónica de la Fundación), y que las huellas que dejó en las páginas mientras leía dice mucho de Cortázar como lector.

Cortázar no pasaba los ojos por las palabras: las devoraba y cotejaba, cuestionaba, interrogaba, y mostraba con vehemencia su alegría, su entusiasmo, su acuerdo y su rechazo, su enojo e indignación. Sus libros tienen notas, subrayados, puntas dobladas, y guardan entre sus páginas hojas de calendario, un papelito suelto, recortes de periódico, dibujos y tachones que censuraría más de un profesor porque no es de buena educación maltratar así los libros. Cortázar tenía una relación física, afectiva e intelectual con los libros que leía.

Hechos con lápiz o bolígrafo, los libros rebozan de marcas, cruces, líneas, flechas, círculos, corchetes, paréntesis, exclamaciones, admiraciones, interrogaciones, observaciones, interjecciones, exabruptos y palabras que no dejan la menor duda de la opinión y la emoción que despertaba la lectura: “Bodrio”; “Voilà”, “Ça”, “Massacré”, “Ah”, “Penoso”, “Falso”, “No”, “Are you sure?”

Las aprobaciones también pueden ser rotundas: “Ojo!”, “Importante”, “Cierto”, “Maravilloso”, u oraciones completas: “Un grande, un maravilloso libro”, y la prueba del asombro es tan clara como la intensidad de la lectura. Escribió en su ejemplar de La realidad y el deseo de Cernuda: “¡Pero cómo ordena tanta sustancia peligrosa un ritmo sobrio y una estructura serena.”

Ese rastro tan visible de la lectura en los libros es tan revelador como las opiniones y juicios que podrían aparecer en un diario si Cortázar hubiera llevado uno. La biblioteca de un escritor es una declaración de principios, una torre desde la cual mirar, una fuente riquísima de anécdotas y datos, un juicio literario, una trayectoria como lector, una biografía oculta.

La de Cortázar no es la excepción y guardaba secretos y tesoros: los libros leídos y vueltos a leer, los favoritos y admirados son elocuentes, dicen tanto de su poseedor, como la ausencia de otros libros imprescindibles, como el desdén por los que permanecieron intonsos, intactos.

Cortázar aparece en sus libros como un cazador obsesivo de erratas, como un lector atentísimo y exquisito, como un intelectual lúcido y crítico. No falta el humor y el cariño manifiesto. Las huellas en los libros de los escritores amigos o a los que admiraba, hablan con más verdad e intención de su relación que cualquier testimonio o biografía.

La biblioteca de Cortázar es también una biografía cifrada (que ha dejado de serlo al quedar expuesta en los estantes de la Fundación March), una fuente de sorpresas y alegrías, una versión abreviada de la segunda mitad de su vida, la expresión encuadernada de una vida dedicada por completo a la literatura, la punta del ovillo de una vida secreta, estrictamente personal. Qué loco macanudo sos!, anotó al margen de uno de los libros de su biblioteca. Pues eso.

11 de marzo de 2014

Hallazgos callejeros

Encontrar un libro propio en una gran ciudad, uno dedicado y firmado para alguien que no lo conservó, se antoja tan imposible como encontrar tierra adentro una botella lanzada al mar con una carta que alguien nos envió hace mucho tiempo.

¿Qué hilos del azar, qué mensaje secreto, qué significado oculto puede mover un hallazgo así? En una esquina en la avenida de los Insurgentes, un hombre tenía un centenar de libros usados expuestos al sol y la mirada de los curiosos. Hechizado por los libros y la letra impresa, me acerqué atraído más por la curiosidad que por la búsqueda.

Allí estaba, entre manuales y novelas viejas, entre libros de texto de secundaria y tres best sellers en inglés, un ejemplar de Telemaquia. Una vez repuesto de la sorpresa (es un decir), lo levanté del suelo, le sacudí el polvo, lo revisé y encontré la dedicatoria: «Para Guadalupe San Miguel, con un cordial saludo. Agosto 2011.» Reconocí con asombro mi letra apresurada, mi firma.

Por un momento pensé en comprarlo (su precio era la tercera parte de lo que cuesta en librerías), en llevarlo conmigo, conservarlo, o tal vez dejarlo en autobús o la mesa de un café para que encontrara un lector, un destino. Comprendí que ya tenía uno, que tenía una experiencia, y que en la calle, en ese puesto improvisado, encontraría un lector, si es que en la vida de ese ejemplar había alguno. Lo dejé sin remordimiento donde lo encontré.

No había dado ni diez pasos cuando recordé que esa escena ya la había vivido, o mejor, la había leído. La memoria, a veces tan persistente, me llevó a «Regreso a casa», el discurso de ingreso de Salvador Elizondo a la Academia Mexicana de la Lengua, en el que dice que, de su primer libro, un poemario publicado en edición privada de apenas doscientos ejemplares, pudo «rescatar en las librerías de viejo, dedicados y las más de las veces intonsos, un gran número de ellos».

Nada nuevo bajo el sol. Pero comprendí, muy temprano, en ese puesto callejero, que los libros, los ejemplares, tienen su vida secreta, y que más le vale a los autores no interferir en ella, y que podríamos comenzar por no dedicarlos ni firmarlos, no marcarlos con esas palabras que uno escribe para alguien y a veces sólo sirven para señalar su origen, las razones de su vida callejera, su abandono, su orfandad.

4 de diciembre de 2012

El punto final

El oficio de escritor ofrece la posibilidad de una trayectoria tan larga como la vida misma, con frecuencia hasta el fin de los días del autor. Es posible escribir bajo condiciones adversas, en los sitios más inesperados, en el encierro y en el exilio, de día y de noche, con lluvia o sol.

Nada impide por sí mismo que alguien escriba salvo la ignorancia totalitaria del censor. Algunos, muy enfermos o venerablemente ancianos han dictado sus últimas obras (a juzgar por los ejemplos de algunos de los más grandes, la ceguera no es un obstáculo para la poesía). Tampoco nada obliga a un retiro, a una dimisión.

Aunque no se haya escrito ni publicado en mucho tiempo, aunque pareciera que el silencio y la desidia o el desgano se han impuesto siempre es posible el zarpazo inesperado y postrero de un poema, un ensayo o una novela. Mientras no se pierda lo que Cortázar llamó la fascinación de las palabras, mientras bulla la imaginación, y el estímulo del mundo y de la vida misma continúen animando el pensamiento, un escritor seguirá activo.

La condición de escritor está en la mirada, en el acto incesante de develar e interpretar el mundo y está en lo suyo aunque no escriba ni una palabra. No es necesario siquiera que tenga algo trascendente que decir, basta la voluntad de escribir, el goce y el deseo de hacerlo o la severa obligación impuesta por el cumplimiento irrestricto de un deber. El ejercicio del oficio tiene razones y secretos no del todo claros ni conocidos. El don de la escritura misma tiene algo de misterio.

Enrique Vila-Matas ha dedicado un libro, Bartleby y compañía, para comprender a los que de pronto dejan de escribir, a veces sin motivo evidente, y ha reunido una colección de historias y casos en su búsqueda de las razones de esa extraña conducta.

La sección mexicana de los bartlebys, ese club mundial de los que renuncian por siempre a la escritura, está presidida por un escritor portentoso, tal vez el mejor de los nuestros. Juan Rulfo imaginó un par de libros definitivos, inagotables, de una profundidad sin fin, dos obras maestras; las realizó y luego a otra cosa. De la palabra iluminada al silencio.

Tal vez un escritor así, después de alcanzar la cumbre, con clarividencia y sabiduría pretenda evitarse los sinsabores de la innoble tarea de superarse a sí mismo, esquivar el abismo de la repetición, la condescendiente conmiseración de críticos y lectores, el amargo vértigo de la acechante decadencia.

Carlos Fuentes murió a los ochenta y tres años con un libro más en proceso y estoy seguro de que no le hubiera disgustado caer fulminado sobre su máquina de escribir.

Escribir libros, en particular novelas muy extensas, exige una dedicación con voluntad inquebrantable que puede ser agotadora. El dominio de un oficio, aun la maestría absoluta, no garantiza que habrá un libro más y tampoco que el siguiente será tan bueno como el mejor que ese autor haya escrito.

Pareciera que cada libro tiene su sino y que el ejercicio del don de la escritura tiene algo de azaroso y novelesco. Sería estupendo dejar de escribir a tiempo, pero casi siempre el silencio viene por otras razones.

Tal vez por eso, a pesar de lo dicho, no sorprende que un escritor con muchos años encima dejé de escribir sino que anuncie su retiro y que esa proclama de jubilación voluntaria tenga en la prensa un carácter semioficial de muerte cívica con declaraciones, lamentos, despedidas solemnes, obituarios literarios y valoraciones y juicios que se pretenden definitivos.

Philip Roth e Imre Kertész se han despedido de la escritura. Roth, a los setenta y nueve años, con una bibliografía de más de treinta títulos, casi todos novelas, se despidió así: «No quiero leer ni escribir más. He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado y he leído. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes.»

Roth, modelo de escritor profesional, de esos que escriben con disciplina ejemplar para publicar un libro al año, se ha cansado. Lavorare stanca (Trabajar cansa), es el título de un libro de poemas de Cesare Pavese. Los poetas saben lo que dicen.

Imre Kertész, el primer húngaro en recibir el premio Nobel, de ochenta y tres años, dice: «Ya no quiero escribir. Mi obra, que está tan relacionada con el Holocausto nazi, ha concluido para mí.» Sobreviviente de los campos de Auschwitz y Buchenwald, cree que ya no tiene nada que decir porque da por concluida su literatura sobre la experiencia fundamental de su vida: «El campo de concentración sólo puede imaginarse como texto literario, no como realidad.»

Si hacer literatura es contar el mundo, decir y cantar lo que mueve y sorprende, lo que uno se encuentra y la imaginación descubre, siempre hay razones para escribir. Renunciar a hacerlo, a no tomar más la pluma e iniciar una escritura en un cuaderno nuevo, es cerrar el capítulo trascendente de una vida dedicada a las palabras.

Nadie acaba una obra porque nadie termina nunca de contarlo todo, pero al parecer también la literatura y la vida misma cansan. Así y sólo así se entiende que un escritor declare que ya ha puesto el punto final.

14 de octubre de 2012

Elogio de la Capilla Alfonsina

En una carta fechada el 31 de enero de 1957, Alfonso Reyes le agradece a mi abuelo Gabriel las notas y reseñas que éste había publicado en la prensa sobre la dilatada obra alfonsina. La carta tiene en la parte superior un gran sello en tinta con viñetas y motivos griegos (al fondo, un templo y un grupo de guerreros; en primer plano, un escultor con martillo y cincel trabaja en un frontón que bien podría ser el del Partenón) y al calce, con otro sello, el domicilio: «Av. Benjamín Hill, No. 122. México 11, D.F.»  

El papel es fino, ahuesado, y no es difícil descifrar estas últimas palabras que tanto me dicen, escritas con tinta azul y trazos rápidos: «Mi teléfono es 15.22.25. ¿Por qué no me habla un día y viene a conocer la biblioteca que Díez-Canedo llamaba ‘Capilla Alfonsina’? Un alegre abrazo de año nuevo. Alfonso Reyes».

No recuerdo cuando encontré esta carta, quizá entonces Alfonso Reyes había muerto unos treinta años antes, y mi abuelo unos veinticinco. Desde ese día imagino el encuentro, la conversación sobre libros y autores, las coincidencias y complicidades, aunque es posible que se frecuentaran desde antes, el «querido y frecuentado Gabriel Alfaro» da pie a suponer un trato respetuoso y un tanto distante que se rompería con esa invitación.

Lo que desde entonces me esfuerzo por imaginar es el primer instante de la fascinación, el hechizo que la casa de Reyes ejerció sobre mi abuelo, porque entrar a una casa diseñada y erigida para albergar una biblioteca en la que, luego, también pudiera vivir su primer lector y su familia, no es del todo común.

Existen casas —no tantas como quisiéramos los que no podríamos vivir sin la palabra impresa— en las que los libros ocupan mucho espacio, en algunas la biblioteca es el centro y sitio de la convivencia familiar, en otras uno podría pensar que los volúmenes han tomado la casa —el tamaño de las habitaciones por grandes que sean es irrelevante—y están dispuestos a expulsar a sus habitantes pues pareciera que se reproducen y multiplican.

Pero no me refiero a casas ordinarias con libros, la de Alfonso Reyes, la Capilla Alfonsina, como la llamó con inspiración y justeza Enrique Díez-Canedo, fue construida para buscar el conocimiento, fomentar la lectura, celebrar la escritura en un espacio iluminado con el aire más transparente, en el que los libros y las obras de arte, los objetos y los muebles están dispuestos para fomentar el milagro de los versos serenos y la prosa lúcida de Alfonso Reyes.

Díez-Canedo sabía que esa casa era una capilla en la que encontraba su sitio la antigua Grecia, la literatura toda y la civilización. Ahí tenía su asiento el universo entero de un sabio que había viajado por el mundo y lo comprendía porque lo había cifrado en su escritura. 

Ahí, entre esos muros con una gran vidriera, en esos dos pisos con un volado en el que el escritorio ocupaba el lugar central y presidía la asamblea y el diálogo de los hombres con los dioses, de los hombres con ellos mismos, desde el punto que le ofrecía una vista imponente de su biblioteca, Alfonso Reyes vivió y dio forma material a un mundo que es el complemento perfecto de su universo paralelo de palabras contenido en los veintisiete tomos de sus obras completas. Sí, Reyes también sabía que una biblioteca puede ser el modelo a escala humana del universo.

Cuando encontré esa carta de puño y letra de Alfonso Reyes, yo había visitado la Capilla Alfonsina varias veces y no he dejado de hacerlo, atraído por el espíritu imponente que la anima. No es difícil imaginar la vida y la grandeza de un hombre que le dio forma y volumen. Visitar la casa de Alfonso Reyes es un paseo, un gusto, una alegría, un ejercicio estimulante y acto de justicia poética, e imaginó dónde se habrá sentado mi abuelo Gabriel a conversar con el señor de la casa y de las letras mexicanas.   

La Capilla Alfonsina es, aunque abierta al público, un lugar secreto en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Conservada como «capilla», es también un museo alfonsino, un centro de estudios literarios con actividades artísticas y culturales y una galería con la obra plástica que reunió Reyes a lo largo de su vida. 

La Capilla Alfonsina acaba de ser reabierta con una nueva propuesta museográfica que ha considerado los fondos artísticos y documentales. Ha sido puesta al día, pero la arquitectura, los objetos, los muebles, los cuadros, las fotografías, los objetos, algunos libros, lejos de ser testigos mudos, hablan y dicen lo que no han cesado de decir desde hace más de medio siglo, tras la muerte de Alfonso Reyes en 1959. 

Cuentan la vida de un hombre que quiso saberlo todo y explicarlo con una prosa que a cada punto y seguido parece un prodigio y cosa de encantamiento. Uno que nos enseñó que la literatura no sólo es ficción sino un atributo de la inteligencia que encuentra en la precisión, la limpidez y la claridad de pensamiento los mejores aliados del conocimiento, la belleza y la verdad. 

No se le puede pedir más a un hombre ejemplar que nos abre su casa y su obra de par en par y nos reveló el sentido del arte y del mundo como no siempre lo habíamos visto.

6 de diciembre de 2011

Philip Marlowe

Apunte para un pequeño ensayo. La figura del detective se impone en la lectura:

Tengo algo de lobo solitario, no estoy casado, ya no soy un jovencito y carezco de dinero. He estado en la cárcel más de una vez y no me ocupo de casos de divorcio. Me gustan el whisky y las mujeres, el ajedrez y algunas cosas más.

El mayor encanto de las novelas de Raymond Chandler protagonizadas por Philip Marlowe, el entrañable, consiste en que el detective, su vida, su soledad, sus aventuras y peligros, él mismo son más importantes que la trama y el caso que resuelve. Marlowe es la novela, lo demás es novelesco. Él es el contenido, lo demás el continente. Chandler, maestro del oficio, es responsable de un prodigio: imaginó y encontró un personaje verdadero que vive aún fuera de los libros y acompaña a los lectores mucho después de que han dado la vuelta a la última página y han cerrado la novela. A veces pienso que podría ser el solitario que se sentaría a mi mesa. Sería espléndido poder invitarle una cerveza a Philip Marlowe, conversar con él de mujeres y ganarle una partida de ajedrez.

30 de septiembre de 2008

Un ejemplar de Virginia Woolf y el libro más caro del mundo

Algunas de las mejores cosas de la vida llegan a nuestras manos cuando no las buscamos, incluso cuando hemos dejado de anhelarlas. Otras, aparecen de pronto sin que la voluntad las procure o el pensamiento las evoque. Los días se distinguen por los pequeños hallazgos, cuya suma acaba por configurar, sin que nos demos cuenta, los rasgos esenciales de un devenir que casi nunca sabemos qué nos depara.

Del otro lado de una puerta está el amor, la amistad, una conversación trascendente, la respuesta, un objeto, un libro, cuya presencia y trato acabará por revelarnos quiénes somos. Un orden secreto, al que con frecuencia llamamos azar, nos acerca a lo que merecemos porque, de otra manera, tal vez ni advertiríamos su presencia, no comprenderíamos el bien que nos acecha.

Así llegó a mis manos un ejemplar con seis novelas de Virginia Woolf olvidado en un estante. El tiempo ha respetado su integridad, el color de sus páginas, la solidez de sus pastas bien encuadernadas, pero aún más lo han hecho los hombres porque en más de medio siglo apenas lo han tocado pero nunca lo han abierto. El papel fino de sus páginas inmaculadas me dice que no ha habido ojos que descifren sus palabras ni manos que lo mancillen por la frecuencia del trato.

No hay dedicatorias, huellas, marcas, manchas, mucho menos subrayados o dobleces. No guarda un boleto del Metro ni una tarjeta de presentación. Posee, en cambio, la dignidad de un tesoro encuadernado, la solidez vetusta de una pieza rara, y quitarle el polvo que lo cubre me parece la exhumación de un hallazgo arqueológico que encierra el placer de la lectura de obras no por conocidas menos deseadas.

En un instante hice dos pactos conmigo. No saldría de la librería de viejo sin mi ejemplar, y lo leería con la codicia del avaro, con la alegría del loco y la atención maravillada de un niño. Algo guardan esas páginas para mí, me dije, el orden secreto lo ha puesto en mis manos. Me lo llevé a casa por un precio razonable, es decir, por menos de lo que tenía en el bolsillo, casi nada comparado con los cien mil euros que cuesta el libro más caro y acaso el más bello del mundo, una pieza de museo de la que sólo habrá noventa y nueve ejemplares.

Se llama Michelangelo. La dotta mano (Miguel Ángel. La mano maestra), una obra digna del gran artista del Renacimiento de la editorial italiana FMR. Exquisita en sus materiales, papel de algodón hecho a mano fibra a fibra, mármol en la cubierta, y bocetos, cartas inéditas y fotografías que quitan el aliento. El trabajo supremo de artesanos sin par, el moribundo arte de la tipografía y la edición al servicio de un objeto que supera la categoría de lujo para erigirse como una obra de arte en sí misma.

Su gran formato y sus veinticuatro kilos, si fuera el caso, no me permitirían leerlo y mirarlo en el autobús hasta que me dolieran los ojos. No importa, tal vez el orden secreto me permita verlo en un museo, aquí o allá, mañana o pasado mañana. Me distraigo, divago.

Con el permiso de Miguel Ángel y la suprema belleza encuadernada, debo adentrarme en mi ejemplar, en Las olas, sumergirme en las palabras eléctricas y la sabiduría novelística, en la celebración de mi amor secreto por Virginia Woolf.

27 de julio de 2008

Fleur Jaeggy y su máquina de escribir

Nunca había escuchado su nombre, tampoco había leído nada de ella, y de pronto, un artículo de periódico me ha despertado una alegría fría, como su mirada y, al parecer, su literatura; un deseo de leer sus escasos y breves libros, esas palabras desnudas y heladas. "Si los personajes no exteriorizan nada, ¿qué puedo hacer yo? Lo glaciar también revela sentimientos", dice, casi apenada, a punto de justificar la brevedad de su obra, su morosidad en publicar.

Esta escritora italiana de origen suizo, tan tímida, que se encuentra tan a disgusto en la entrevista, es Fleur Jaeggy, mujer de Roberto Calasso, y la antítesis de los escritores que buscan desesperadamente sus minutos de gloria, decir a los cuatro vientos que han escrito una gran novela, que tienen grandes ideas o que han revolucionado un género.

Ella sólo dice que le gusta el vacío y no lo tiene, que se ha desprendido de muchos libros porque lo invadían todo y se amontonaban por el suelo. Tiene una historia verdadera con un cisne, se refugia en un castillo en Alemania, y tiene ideas muy claras sobre la perfección y la brevedad.

Puedo imaginarla en su departamento exquisito de Milán, con su gato, sus libros, su silencio, con cierta morbidez escribiendo sobre una familia de suicidas. Pero no es nada de esto lo que más me ha interesado de ella. De pronto comprendo por qué esta mujer se me revela conocida, fraterna, pues compartimos un placer que ya es secreto, una rareza y para algunos una necedad que cada día me gusta más.

Dice Fleur Jaeggy, con palabras sencillas que me han conmovido: "A veces no tengo ningún proyecto ni ganas, pero sigo yendo a la máquina de escribir. Me limito a estar sentada ante la máquina de escribir y a golpear las teclas. Me digo que un día usaré la computadora, pero ese día aún no ha llegado. Escribo a máquina desde hace más de treinta años, y me gusta el ruido de los tipos golpeteando sobre el papel".

Sólo unos cuantos, una cofradía de elegidos, sabemos hoy que escribir en una máquina exige una relación íntima y material, la celebración de un rito en el que cada paso deja su huella. En ese golpeteo físico, duro, de los tipos sobre el papel, se hace la música de las letras elegidas, la otra sonoridad de las palabras.

Sí, Fleur Jaeggy, yo la comprendo, usted y yo sabemos –en el comienzo de este siglo dispuesto a darnos gato por libre, a desaparecer para siempre uno de los encantos mayores de la escritura– que escribir a máquina es una aventura en sí misma, uno de los grandes placeres de este mundo.