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11 de marzo de 2014

Hallazgos callejeros

Encontrar un libro propio en una gran ciudad, uno dedicado y firmado para alguien que no lo conservó, se antoja tan imposible como encontrar tierra adentro una botella lanzada al mar con una carta que alguien nos envió hace mucho tiempo.

¿Qué hilos del azar, qué mensaje secreto, qué significado oculto puede mover un hallazgo así? En una esquina en la avenida de los Insurgentes, un hombre tenía un centenar de libros usados expuestos al sol y la mirada de los curiosos. Hechizado por los libros y la letra impresa, me acerqué atraído más por la curiosidad que por la búsqueda.

Allí estaba, entre manuales y novelas viejas, entre libros de texto de secundaria y tres best sellers en inglés, un ejemplar de Telemaquia. Una vez repuesto de la sorpresa (es un decir), lo levanté del suelo, le sacudí el polvo, lo revisé y encontré la dedicatoria: «Para Guadalupe San Miguel, con un cordial saludo. Agosto 2011.» Reconocí con asombro mi letra apresurada, mi firma.

Por un momento pensé en comprarlo (su precio era la tercera parte de lo que cuesta en librerías), en llevarlo conmigo, conservarlo, o tal vez dejarlo en autobús o la mesa de un café para que encontrara un lector, un destino. Comprendí que ya tenía uno, que tenía una experiencia, y que en la calle, en ese puesto improvisado, encontraría un lector, si es que en la vida de ese ejemplar había alguno. Lo dejé sin remordimiento donde lo encontré.

No había dado ni diez pasos cuando recordé que esa escena ya la había vivido, o mejor, la había leído. La memoria, a veces tan persistente, me llevó a «Regreso a casa», el discurso de ingreso de Salvador Elizondo a la Academia Mexicana de la Lengua, en el que dice que, de su primer libro, un poemario publicado en edición privada de apenas doscientos ejemplares, pudo «rescatar en las librerías de viejo, dedicados y las más de las veces intonsos, un gran número de ellos».

Nada nuevo bajo el sol. Pero comprendí, muy temprano, en ese puesto callejero, que los libros, los ejemplares, tienen su vida secreta, y que más le vale a los autores no interferir en ella, y que podríamos comenzar por no dedicarlos ni firmarlos, no marcarlos con esas palabras que uno escribe para alguien y a veces sólo sirven para señalar su origen, las razones de su vida callejera, su abandono, su orfandad.

23 de julio de 2012

De la envidia y un ejemplar perdido

He sido testigo lejano y circunstancial del fin de una amistad por envidia entre dos escritores que aprecio y que entre ellos fueron muy cercanos en otros tiempos, en su primera juventud. Uno de ellos publicó hace unos años una novela notable. El otro recibió como una afrenta y una traición el hecho imperdonable de que su amigo haya escrito y publicado una buena novela. El envidioso, por supuesto, no tenía una, ni buena ni mala. Entonces no encontró mejor salida a su frustración que hablar mal, con injusticia y torpeza de la novela. Nada ganó con ello y perdió un amigo.


Un día, en su casa, el que no pudo tolerar el éxito de su amigo, me regaló su ejemplar dedicado de aquella novela. En realidad no fue un obsequio, sino otra vuelta de tuerca de su envidia. Rescaté el ejemplar y me lo llevé a mi casa. La dedicatoria más o menos decía: Para […] con un afecto ya desaparecido, en memoria de otros tiempos.

Me era un poco incómodo tener aquel libro. Lo puse en un estante junto al mío, que tiene una dedicatoria para mí y las huellas en sus páginas de mi entusiasta lectura. 

Pasaron los años y hace poco le presté aquel ejemplar a un compañero de oficina, un nuevo amigo, alguien que considera mis juicios y  recomendaciones literarias. No era el primer ejemplar que le daba en préstamo, pero sí el primero que no me devuelve.

Una mañana, en cuanto vio una oportunidad de hablar conmigo, descorazonado, me ha dicho que dejó la novela en un taxi y me ha dado una larga explicación y no entiende cómo pudo pasarle algo así, pues lo cuidaba con celo y estaba embebido en la lectura de ese libro que le estaba gustando mucho. Estaba en verdad apenado.

Le dije que no tenía importancia. Pero admito que la perdida fue un alivio. Había conservado durante años un ejemplar que no me correspondía, y su legítimo propietario, por puño y letra del autor, lo despreció. Entre más lo pienso más me gusta más la idea de que ese libro, viajando en un taxi, encuentre un sitio en el que no evoque ni despierte envidias ni resentimientos.

Para cerrar con el final feliz que suelen y deben tener todas las buenas comedias, sólo falta conseguirle un ejemplar a mi compañero de oficina, lo que no será tan sencillo pues el libro está agotado. Yo le hubiera regalado aquel libro de buena gana, satisfecho de que estuviera en manos de un lector que apreciaba, además, aquellas palabras y la firma del autor.

Ahora mi amigo no puede concluir la lectura de la novela, pero no quiero darle mi ejemplar, no suelo atesorar los libros, no soy un bibliófilo, pero algunos tienen un valor particular. Este ejemplar está subrayado, con comentarios a los márgenes y tiene unas palabras amables que un novelista de talento, con el que disfruto conversar de vez en cuando, escribió para mí. Buscaré otro ejemplar en las librerías de viejo y se regalaré con una dedicatoria que dé cuenta, sin envidias, de esta pequeña historia.