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31 de julio de 2019

Desencuentros

En enero de 1937 Marguerite Yourcenar visitó en Londres a Virginia Woolf. Se vieron, al parecer, para revisar la traducción que hacía al francés de esa novela admirable, obra maestra absoluta llamada The Waves (Las olas).

Se reunieron una sola vez, y no parece haber sido el gran encuentro. Ambas, sin embargo, muy formales, dejaron unas palabras sobre su entrevista. Virginia Woolf, en el punto más alto de su vida, señora de la novela inglesa, escribió casi con soberbia en su diario, en la entrada del 23 de enero de 1937, sobre su joven traductora:

«No tengo tiempo ni espacio para describir a la traductora, salvo para decir que llevaba unas lindas hojas de oro en el vestido negro; es una mujer que supongo oculta algo en su pasado; dada al amor; intelectual; vive la mitad del año en Atenas; es parte del grupo de Jaloux; de labios rojos; tenaz; una francesa trabajadora; amiga de los Margerie; prosaica [...] se trata de una señora o señorita Youniac. No es ese su nombre».

Marguerite Yourcenar, como si hubiera leído ese apunte, escribió: «En las tinieblas de un salón iluminado apenas por el fulgor del hogar, miraba perfilarse en la penumbra aquel pálido rostro de joven parca apenas envejecida [...] uno de los cuatro o cinco virtuosos de la lengua inglesa».

Tal vez no debería decepcionarnos que dos autores de inconmensurable talento tengan un gran desencuentro; al contrario, podría ser lo normal si el recelo, la desconfianza y el ego gritan que están frente a alguien capaz de hacerle sombra. Acaso es natural mirar como un rival a alguien de su propia estatura literaria.

Pero no deja de ser una pena, y hubiera sido espléndido que alguna de ellas, o un imposible testigo, hubiera dejado por escrito el testimonio de una gran conversación irrepetible, en la que el genio, la cultura y la poesía se impusieran sobre pequeñas mezquindades. Sí, fue un gran desencuentro.

Al parecer, así lo cuenta la leyenda, Joyce y Proust se vieron una noche en París, y algún comentario dice que se fueron en el mismo taxi. Tal vez, como no hubiera dejado de señalar Beckett, viajaron en silencio. No se dijeron nada, ni una palabra. Quizá un buenas noches al bajarse; de lo que no tengo duda, si ese encuentro sucedió, es que el taxi lo pagó Proust.

Como en el desencuentro Woolf-Yourcenar, puede ser que la genialidad de ambos y dos concepciones tan distintas de la literatura entorpecieron el diálogo, la posible conversación fluida en la que no puedo imaginar qué hubieran podido decirse, y mejor no saber si sólo se dijeron banalidades.

Releí hace poco Memorias de Adriano, por segunda vez, y me gustó tanto como mi primera lectura, hace muchos años. Aquel encuentro fue deslumbrante: me abrió los ojos a un mundo desconocido. Luego, me asombré. Ahora el asombro permanece, me sigue gustando esa fusión impecable de imaginación e historia, el binomio Adriano/Yourcenar, y surge una serie de preguntas que van del ejercicio del poder a Roma, del emperador al enamorado, del aspirante a sabio frente a su frágil condición de hombre ante su muerte.

Ante esa pregunta que es una tortura sobre los libros que uno salvaría o se llevaría a una isla, no dudo en llevar esa novela admirable, obra maestra absoluta de Marguerite Yourcenar llamada Memorias de Adriano.

Julio Cortázar tradujo al español Memorias de Adriano, y más de una vez me he preguntado cuál era su relación con el libro y con su autora. En su Obra crítica (Obra completas VI) sólo hace un par de menciones circunstanciales, al paso: «en mi juventud viví tiempos de delicia mientras traducía libros como Mémoires d'Hadrien.»

En los cinco gruesos volúmenes de sus cartas, Yourcenar tampoco aparece salvo en el tomo dos; en una carta a Damián Bayón del 15 de enero de 1955 escribió: «En estos días empiezo a traducir para Sudamericana las Mémoires d'Hadrien. Te lo digo porque sé que te gustará saber que está en mis manos. Lo leí en Italia, el año pasado, y me entusiasmó (más que a Aurora, que lo encuentra retórico). La traducción plantea problemas pavorosos, pero no creo que ninguno sea insuperable; hay que andar despacio, repitiendo un poco la actitud de la autora, que debió escribirlo pesando y paladeando cada frase.»

Cortázar le dijo a Elena Poniatowska en una entrevista: «La editorial Sudamericana, justamente en el momento en que me fui de Argentina [1951] me dieron elegir entre unos cuatro libros; vi las Memorias de Adriano que había leído en francés y me había fascinado, y le pedí y exigí a la editorial un plazo largo para hacerlo, porque sabía que ese libro había que hacerlo bien. Incluso empecé a trabajarlo en el barco que me llevó de Buenos Aires a Marsella, releí el libro, intenté distintos enfoques de la traducción, la fui trabajando. La traducción de Memorias de Adriano la hice en París, se publicó y la crítica siempre ha dicho que se trata de una buena traducción. A Marguerite Yourcenar nunca la he visto, salvo en una pantalla de televisión.»

Al parecer, no es escribieron. Y no conozco ninguna mención de Yourcenar sobre Cortázar o su traducción. Ella encarnaba la concepción del mundo y la estética de las que él luchó por abandonar y subvertir. La elegancia de la prosa, el estilo y las humanidades en el sentido clásico, que Cortázar estudió y gozó con provecho, representaban el punto de partida hacia otra literatura, despeinada a su modo, que aspiraba a sacudir y conmover desde una propuesta que sólo puedo llamar cortazariana.

Tal vez, si se hubieran reunido en 1955, cuando Cortázar no era el escritor ni el hombre que fue en la segunda mitad de su vida, cuando todavía la escritura de Los reyes, por ejemplo, con su belleza clásica, seguía vigente para él, hubiera sido un encuentro memorable. Ese era el momento, y no sucedió.

Claro, sin restarle peso al desinterés, Yourcenar vivía en Maine, en los Estados Unidos, y Cortázar en París. Haberse encontrado después, sobre todo cuando ambos ya habían sido maldecidos con la fama y la gloria literaria, que suele ser como una forma de la peste, seguro que esa reunión hubiera sido un desastre, otro gran desencuentro. Mejor así.

4 de abril de 2019

Paradoja del autor olvidado

Un investigador y crítico dijo mientras tomábamos café que el autor al que dedica estudios y ensayos, al que promueve con admirable constancia desde hace años, del que hace prólogos y reúne su obra es un escritor olvidado.

En la mesa estamos de acuerdo en que ese autor es relevante, que es inclasificable, único e irrepetible, y que es una pena que no sea más conocido, que el gran público o ese ente que Virginia Woolf llamó «the common reader», el lector común, no lo lea.

El investigador insiste: «No se le valora como se debería, no se lee como se debería. Está olvidado». Sin embargo, no está olvidado. No lo estará mientras el investigador difunda su obra, circulen sus libros y tenga lectores, por pocos que sean. Basta un lector para que una obra siga siendo fecunda y transforme el mundo.

Borges nos dio una lección de humildad: «la meta es el olvido, yo he llegado antes», y aunque acertó en cuanto al olvido, el poeta menor de su poema se equivocó al suponer que Borges pronto sería olvidado.

Algunos autores parecen de pronto olvidados. Desaparecen de las aulas y los cubículos universitarios, de los estantes de las librerías, de los catálogos de la editoriales, y pareciera que también de las bibliotecas personales y de la memoria de los lectores. «Un escritor sobrevive una o dos generaciones, luego desaparece», me dijo un viejo novelista.

En esto hay algo de misterio, de cambio en el casi indefinible «gusto literario», en el zeitgeist o espíritu de una época. Lo que pareciera un complot perfecto, una conspiración maestra arrasa con una obra y un nombre, y no hablo de censura ni de conflictos políticos. Un autor que ha sido más que conocido y reconocido, de pronto se ha vuelto un fantasma.

Basta revisar la lista de los ganadores del premio Nobel de literatura para darse cuenta que la mitad de ellos han llegado olímpicamente al olvido. La gloria y el peso del premio literario más prestigioso no bastan para garantizarles una permanencia al menos decorosa, una vigencia de cortesía.

Pero también a veces sucede lo contrario. Autores leídos y celebrados que parecían olvidados de pronto vuelven, por un oportuno rescate editorial, por un ensayo de un autor influyente, por algún suceso que los devuelve a la memoria, y regresan del desprecio y el olvido y muestran su vigencia y su valor.

Del pasado reciente, sin levantarme de mi mesa e indagar un poco, recuerdo algunos nombres de esos que han regresado por derecho propio: Joseph Roth, Sándor Márai, Stefan Zweig, Lucia Berlin... Mucho más difícil sería mencionar a los que han entrado al olvido.

Occidente se olvidó de Aristóteles, y con él de la filosofía griega, y su recuperación, su vuelta a Europa gracias a los árabes, siglos después, algo tiene de accidente de la Historia. Sin ese feliz suceso, el  mundo sería otro, uno distinto. Y «De la naturaleza», el gran poema de Lucrecio olvidado por mil años, fue literalmente exhumado por Poggio Braciolini, fue devuelto a la luz en circunstancias que ofrecen elementos para una novela o película de aventuras.

Surge entonces una pregunta: ¿Habrá la humanidad olvidado a alguien? ¿Algún autor con una obra mayor en su calidad estará olvidado? Si un puñado de lectores lo sigue, no está olvidado, como el autor que promueve mi amigo el investigador.

Basta que alguien mencione el nombre de un autor para que éste siga vivo. Si hemos olvidado a alguien, no lo sabemos, porque basta mencionar su nombre, recordar un verso, para redimirlo del olvido, y esto podría ser una paradoja. El olvidado no lo está si lo recordamos. En cambio, pasar de largo sin una obra y su autor,  sin lamentarlo y sin apreciar la pérdida, es la condición del olvido. En eso consiste en el olvido.

14 de diciembre de 2016

Cumpleaños

Tal vez podría calcularse la edad de las personas por el entusiasmo que despierta en ellas el día de su cumpleaños. Pareciera que, al margen de las notables excepciones, entre menos emociones y expectativas despierte, más años se suman a la cuenta personal. Cumplir años, entonces, es cosa seria.

No estaría mal hacerlo al revés, celebrar cada vez con más fasto y ceremonia alcanzar una cifra, casi cualquiera, inimaginable en la infancia. Cuando uno es niño el cumpleaños es el día entre los días, tal vez el más esperado del año, una fiesta en sí mismo. Una ilusión hecha de tiempo que echa a volar una alegría profunda.

Los adolescentes cuentan los años que faltan para ser adultos, para librarse de sus padres, para ser ciudadanos, para ejercer a plenitud sus derechos, para al fin empezar a vivir su vida. Luego, cuando terminan sus fabulosos veinte, algunos entran en pánico al cumplir los treinta, meta invisible, fecha límite para haber alcanzado algunos de los objetivos de su vida. Algunas mujeres si cruzan esa edad que juzgan crítica sin haberse casado o emparejado, pueden sufrir trastornos en su autoestima. Otros los padecen si no se han hecho famosos o millonarios.

Las primeras canas y las primeras arrugas suelen ser motivos de serias preocupaciones y soliloquios. Aceptar que uno no está en condiciones de andar por el mundo después de una noche de fiesta, de excesos, puede ser el primer paso a eso que los padres llamaban sentar cabeza o el camino a la madurez. Luego sigue la edad de la sabiduría, de la mirada serena, del aprendizaje a revalorar lo que a cada instante da la vida. Luego vendrán los cumpleaños que atestiguarán la lenta decadencia.

Virginia Woolf, Carlos Fuentes, Kate Morton, Neil Gaiman, César Aira, y Mario Benedetti, entre otros, han visto en el cumpleaños un motivo literario. Algunos encuentran en su cumpleaños el motivo para un viaje, para una gran fiesta, para pedir un gran regalo, o para darse a sí mismos ese lujo tan esperado. El cumpleaños puede ser la ocasión perfecta para un anuncio trascendente, la fecha propicia para emprender aquel negocio o aventura y renunciar por fin a ese empleo agobiante.

El cumpleaños es el día del ego y el yo, el día intransferible de recibir abrazos, de reunirse con la familia y los amigos. Es ocasión propicia para estrenar ropa, para ir a un restaurante, para abrir una botella de vino añejo. Es el día perfecto para recordar a alguien, para llamarlo o escribirle después de no hacerlo en mucho tiempo. El exacto justo y preciso para recordar a los que ya no cumplen años.

Y el día pasa, la fecha pasa, como pasan todos los días y todas las fechas. Destacar un día entre los días es una forma vana de asir ese tiempo, de recordar que se abre un ciclo personal (la madre debería estar incluida: es coprotagonista de cada nacimiento) y se renuevan las ilusiones y proyectos. El año nuevo de cada quien es el momento correcto para intentar enmendar la propia vida, aunque casi siempre sea en vano, como sabía Kavafis,

Casi todo el mundo se encuentra muy satisfecha con el día en que ha nacido. Debe ser uno de los pocos hechos que no es fuente de penas y conflictos. Le gusta la fecha, el día de la semana, el mes, sin olvidar la hora, el año y aun el signo del zodiaco. Y se atribuyen de nacimiento temperamentos invernales o estivales según la estación que les ha tocado.

Celebrar el cumpleaños, al margen del pastel, las velitas y "Happy Birthday", es festejar que se ha venido al mundo, justo lo contrario de lo que Cioran llamaba el inconveniente de haber nacido. Recordar el cumpleaños es saber que el número de años es finito, y que casi nadie (salvo los suicidas que programen el fin a largo plazo) sabe cuál será el último. La vida no es una carrera de resistencia, aunque no descarto que alguien adopte la expresión.

Como la vida no tiene sentido en sí misma, la vida es lo que cada quien elija que sea, y por lo tanto también el cumpleaños, aunque cada vez queda más lejos la ilusión que nos arrebataba en la infancia al cumplir años. El culto a la juventud nos lleva a pensar que en materia de años, entre menos se tengan, mejor. En cualquier caso, vale la pena el rito, recordar el aniversario de haber venido al mundo, y seguir aquí.

19 de abril de 2014

Otro viaje alrededor de una habitación

Gabriel Fernández Ledesma fue un pintor y grabador que participó en la intensa vida artística de la primera mitad del siglo XX mexicano. Al margen de lo que suele llamarse el centro de la obra de un artista plástico, como ilustrador hizo un libro memorable de lecturas para niños, creó escuelas y un taller de impresión y grabado, y su cargo como jefe de servicios editoriales en la Secretaría de Educación Pública le permitió conocer a fondo el casi olvidado arte de hacer libros como una de las bellas artes (era un asunto de familia: su hermano Enrique, escritor y amigo de Ramón López Velarde, mientras fue director de la Biblioteca Nacional de México publicó, en 1935, una Historia crítica de la tipografía en la ciudad de México. Impresos del siglo XIX).

En 1938, Fernández Ledesma viajó a Europa con: «mi compañera y esposa Isabel Villaseñor, la joven escultora Esperanza Muñoz Hoffman, Angelina Beloff, pintora y amiga fraternal.» Isabel Villaseñor fue una destacada pintora y escultora, y su posición como protagonista de la vida artística de México la llevaría, entre otras actividades, a actuar en ¡Qué viva México!, el filme de Sergei Eisenstein. Por su parte, Angelina Beloff fue la primera esposa de Diego Rivera.

El motivo del viaje es muy claro: «el vivísimo deseo de viajar y el propósito de hartarnos de museos.» Hay un segundo motivo. Dice, al hablar de una pesada caja, que está: «repleta de fotos, enorme cantidad de litografías y estampaciones, de grabados de madera y en metal. Es el material que la L. E. A. R. me confió, y con el cual he presentado en la Maison de la Culture, una exposición bajo el rubro L’art dans la vie politique mexicaine.» La LEAR, en la que militaba Fernández Ledesma, era la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios.

En 1958, veinte años después de aquel viaje, a partir de los apuntes y dibujos que había en una pequeñísima libreta, Fernández Ledesma publicó Viaje alrededor de mi cuarto (París. 1938). Por azares y circunstancias, tengo ahora en mis manos un ejemplar. Se trata de un volumen, en octavo, de ciento doce páginas, publicado por Editorial Yolotepec, que es, de la portada al colofón, un modelo de las artes plásticas. La edición, según maqueta tipográfica del autor, consta de cien ejemplares numerados. 

Es, en verdad, una pequeña joya, toda ella cuidada con esmero, compuesta con tipografía fina, con plecas armoniosas y versales y versalitas, impresa a dos tintas; con grabados notables del doble autor, logradísimos en su ejecución, impecables, aunque acusan ese carácter tosco, burdo, con los trazos un tanto gruesos, tan propios del arte llamado revolucionario hacia 1950.

Gabriel Fernández Ledesma, a partir de aquellos apuntes, decidió escribir no sobre su estancia en París sino sobre su cuarto en un quinto piso en la rue Saint Placide. Es decir sobre su vida en París (y la ciudad misma) desde su habitación. Ejercicio curioso, de escritura pulcra, que inequívocamente hace referencia a otro libro. Dice: «Respecto al nombre que habría de dar a mis apuntes, ni un momento dudé de este que lleva. No dudé a pesar de saber que igual título ostenta una obra que ni conozco ni cuyo autor recuerdo.»

Se refiere, por supuesto, a  Voyage autour de ma chambre (Viaje alrededor de mi habitación) de Xavier de Maistre, obra tan célebre como difícil de encontrar. Fernández Ledesma admite que no la conoció (ni le importó), pero Sainte-Beuve, Proust y Borges (la cita textualmente en “El Aleph”), Stevenson y Perec, y en nuestros días Enrique Vila-Matas, lo tienen por una obra precursora, ejemplar y rara, cercana a Laurence Sterne.

No es para menos: Xavier de Maistre, debido a su encierro en una habitación de Turín en 1794, como castigo por batirse en duelo, “viaja” a través de su habitación. Encontró que todo viaje es interior, hacia uno mismo, y que en cualquier habitación, desde cualquier ventana, es posible conocer el universo entero.

Asombrosa certeza que nada tiene de novedosa. Virginia Woolf también supo de la importancia y trascendencia que tenía para la imaginación, la reflexión, la escritura y el pensamiento el gozar de una habitación propia. Y Vicente Quirarte nos recuerda en La invencible que Xavier Villaurrutia aprendió de «Paul Morand y antes en Xavier de Maistre que todo viaje se realiza primero alrededor de la alcoba». Vila-Matas va más lejos, y encuentra a Luciano de Samosata y en particular a Lao-Tsé como precursores: «Sin salir de la puerta se conoce el mundo / Sin mirar por la ventana se ven los caminos del cielo. / Cuanto más lejos se sale, menos se aprende.»

Fernández Ledesma nos habla de sí mismo y de París desde su cuarto. No podría ser de otra manera. A fin de cuentas, habla de él, de sí mismo, de lo que ve: de su mirada. Si bien podría hablar de afuera. ¡Está en París! Si bien menciona las visitas diarias al Louvre para ver pintura y comenta alguna excursión al mercado de Les Halles, pronto descubre que «cuando uno se  queda encerrado en su cuarto, es precisamente cuando disfruta de mayor libertad», y en su libro aparecen los tejados de París, los gorriones que entran atraídos por las migajas de pan que pone para ellos, la calle cinco pisos abajo. Aparece el lavabo, la cama, el ropero, la mesa, la puerta, la cerradura, la despensa: «Alrededor del entrañable vitriolero de chipotles –objeto principal de nuestro culto– se dan cita la mortadela de veritable cheval y las coquilles.»

Dice Vila-Matas a propósito de Xavier de Maistre: «Lo sepa o no, su parodia de los viajes va a significar un salto mental, un punto de vista inédito que permitirá a los lectores futuros, sin salir de casa, el asombro de ver las puertas del caos y la simultaneidad del universo. El asombro, en definitiva, de ver más.»

Acaso Gabriel Fernández Ledesma también sabía que como es arriba es abajo, como es afuera es adentro, y que no hay que marcharse muy lejos para conocer y aprender otras verdades. Podría ser que alguien más pueda ver con otros ojos, ver y mirar y comprender, acaso por verdadera primera vez, al viajar sin salir de su habitación.

30 de septiembre de 2008

Un ejemplar de Virginia Woolf y el libro más caro del mundo

Algunas de las mejores cosas de la vida llegan a nuestras manos cuando no las buscamos, incluso cuando hemos dejado de anhelarlas. Otras, aparecen de pronto sin que la voluntad las procure o el pensamiento las evoque. Los días se distinguen por los pequeños hallazgos, cuya suma acaba por configurar, sin que nos demos cuenta, los rasgos esenciales de un devenir que casi nunca sabemos qué nos depara.

Del otro lado de una puerta está el amor, la amistad, una conversación trascendente, la respuesta, un objeto, un libro, cuya presencia y trato acabará por revelarnos quiénes somos. Un orden secreto, al que con frecuencia llamamos azar, nos acerca a lo que merecemos porque, de otra manera, tal vez ni advertiríamos su presencia, no comprenderíamos el bien que nos acecha.

Así llegó a mis manos un ejemplar con seis novelas de Virginia Woolf olvidado en un estante. El tiempo ha respetado su integridad, el color de sus páginas, la solidez de sus pastas bien encuadernadas, pero aún más lo han hecho los hombres porque en más de medio siglo apenas lo han tocado pero nunca lo han abierto. El papel fino de sus páginas inmaculadas me dice que no ha habido ojos que descifren sus palabras ni manos que lo mancillen por la frecuencia del trato.

No hay dedicatorias, huellas, marcas, manchas, mucho menos subrayados o dobleces. No guarda un boleto del Metro ni una tarjeta de presentación. Posee, en cambio, la dignidad de un tesoro encuadernado, la solidez vetusta de una pieza rara, y quitarle el polvo que lo cubre me parece la exhumación de un hallazgo arqueológico que encierra el placer de la lectura de obras no por conocidas menos deseadas.

En un instante hice dos pactos conmigo. No saldría de la librería de viejo sin mi ejemplar, y lo leería con la codicia del avaro, con la alegría del loco y la atención maravillada de un niño. Algo guardan esas páginas para mí, me dije, el orden secreto lo ha puesto en mis manos. Me lo llevé a casa por un precio razonable, es decir, por menos de lo que tenía en el bolsillo, casi nada comparado con los cien mil euros que cuesta el libro más caro y acaso el más bello del mundo, una pieza de museo de la que sólo habrá noventa y nueve ejemplares.

Se llama Michelangelo. La dotta mano (Miguel Ángel. La mano maestra), una obra digna del gran artista del Renacimiento de la editorial italiana FMR. Exquisita en sus materiales, papel de algodón hecho a mano fibra a fibra, mármol en la cubierta, y bocetos, cartas inéditas y fotografías que quitan el aliento. El trabajo supremo de artesanos sin par, el moribundo arte de la tipografía y la edición al servicio de un objeto que supera la categoría de lujo para erigirse como una obra de arte en sí misma.

Su gran formato y sus veinticuatro kilos, si fuera el caso, no me permitirían leerlo y mirarlo en el autobús hasta que me dolieran los ojos. No importa, tal vez el orden secreto me permita verlo en un museo, aquí o allá, mañana o pasado mañana. Me distraigo, divago.

Con el permiso de Miguel Ángel y la suprema belleza encuadernada, debo adentrarme en mi ejemplar, en Las olas, sumergirme en las palabras eléctricas y la sabiduría novelística, en la celebración de mi amor secreto por Virginia Woolf.