Los astrónomos y los astrofísicos calculan la edad de las estrellas y las galaxias, incluso del origen del universo. La clave es la luz que emiten, que envía mucha información sobre la composición química del cuerpo emisor, que incluso pudo haber desaparecido hace muchísimo tiempo y su luz todavía viaja hasta la Tierra para ser descifrada. Pareciera que el universo tiene memoria y nos cuenta su historia.
Esos cálculos y conjeturas son una actividad cotidiana en los observatorios del mundo, y pudieron haber sido para Julio Verne un elemento central de un relato de ficción científica o de ficción especulativa como se dice ahora. Un meteorito caído en Australia tiene cuatro mil seiscientos millones de años (sí, usted leyó bien), y tiene adherido polvo estelar de un momento del universo en el que aún no se había formado el Sol.
Los científicos pueden saber lo que sucedió hace millones y millones de años en lugares que en verdad no podemos imaginar qué lejos están de la Tierra porque son medidas sobrehumanas. La formación de galaxias y la muerte de una estrella son para ellos conceptos tan normales y cotidianos como si dijeran el sábado fui al cine.
Tal vez no podamos recuperar una noche esencial de nuestra infancia, y no sepamos nunca lo que sucedió en otra noche, en la que tal vez se cifró nuestro destino. Hay fechas y sucesos que no podremos conocer nunca, y quizá no valga la pena detenerse a pensar en ellos.
Científicos sudcoreanos de la Universidad de Kyung Hee, interesados en el arte y no sólo en estrellas de verdad, han hecho un estudio, no el primero, pero al parecer el definitivo. Concluyen con argumentos científicos cuándo fue hecha una observación del cielo sin telescopio ni otros instrumentos. Y el registro de esa inspección no es una fotografía ni otro registro físico, tampoco un artículo (paper) de revista. Es un cuadro, que sus admiradores celebran reproducen en rompecabezas, manteles, tazas, playeras y tapetes de ratón; una mirada poética y asombrosa a lo que los científicos miran con idéntica curiosidad pero con otros ojos y otros motivos.
Los científicos sudcoreanos revelaron, por la posición de los astros, en especial la Luna, de la que sabemos que en determinada noche estaba en fase de creciente menguante «con apenas un 28% de iluminación», y Venus, que habría estado visible y en la posición que ocupa en el cuadro, y «gracias al análisis de las formas de cinco de los astros centrales, y tras emplear una técnica estadística para compararlas, concluyeron que es probable que se trate del grupo de estrellas de las Híades, en la constelación de Tauro.»
Ahora sabemos mucho más de ese cuadro, como cada día sabemos algo más de una estrella, una galaxia o un agujero negro. El estudio no es concluyente, pero damos por verdaderos hechos sin evidencias y pruebas tan sólidas como las que se han presentado. Celebremos la unión de la curiosidad científica y sus hallazgos con la ilusión, sí, la poesía y aceptemos que fue así, e imaginemos la escena.
La madrugada del 22 de julio de 1889, desde el asilo de Saint-Rémy en el que vivía, al sur de Francia, un hombre levantó la vista y pintó lo que vio desde la ventana de su habitación: la Luna, Marte, muchas estrellas, el cielo, un gran ciprés. Ese cuadro se llama La noche estrellada. Ese hombre, pintor de profesión, se llamaba Vincent van Gogh.
