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19 de abril de 2014

Otro viaje alrededor de una habitación

Gabriel Fernández Ledesma fue un pintor y grabador que participó en la intensa vida artística de la primera mitad del siglo XX mexicano. Al margen de lo que suele llamarse el centro de la obra de un artista plástico, como ilustrador hizo un libro memorable de lecturas para niños, creó escuelas y un taller de impresión y grabado, y su cargo como jefe de servicios editoriales en la Secretaría de Educación Pública le permitió conocer a fondo el casi olvidado arte de hacer libros como una de las bellas artes (era un asunto de familia: su hermano Enrique, escritor y amigo de Ramón López Velarde, mientras fue director de la Biblioteca Nacional de México publicó, en 1935, una Historia crítica de la tipografía en la ciudad de México. Impresos del siglo XIX).

En 1938, Fernández Ledesma viajó a Europa con: «mi compañera y esposa Isabel Villaseñor, la joven escultora Esperanza Muñoz Hoffman, Angelina Beloff, pintora y amiga fraternal.» Isabel Villaseñor fue una destacada pintora y escultora, y su posición como protagonista de la vida artística de México la llevaría, entre otras actividades, a actuar en ¡Qué viva México!, el filme de Sergei Eisenstein. Por su parte, Angelina Beloff fue la primera esposa de Diego Rivera.

El motivo del viaje es muy claro: «el vivísimo deseo de viajar y el propósito de hartarnos de museos.» Hay un segundo motivo. Dice, al hablar de una pesada caja, que está: «repleta de fotos, enorme cantidad de litografías y estampaciones, de grabados de madera y en metal. Es el material que la L. E. A. R. me confió, y con el cual he presentado en la Maison de la Culture, una exposición bajo el rubro L’art dans la vie politique mexicaine.» La LEAR, en la que militaba Fernández Ledesma, era la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios.

En 1958, veinte años después de aquel viaje, a partir de los apuntes y dibujos que había en una pequeñísima libreta, Fernández Ledesma publicó Viaje alrededor de mi cuarto (París. 1938). Por azares y circunstancias, tengo ahora en mis manos un ejemplar. Se trata de un volumen, en octavo, de ciento doce páginas, publicado por Editorial Yolotepec, que es, de la portada al colofón, un modelo de las artes plásticas. La edición, según maqueta tipográfica del autor, consta de cien ejemplares numerados. 

Es, en verdad, una pequeña joya, toda ella cuidada con esmero, compuesta con tipografía fina, con plecas armoniosas y versales y versalitas, impresa a dos tintas; con grabados notables del doble autor, logradísimos en su ejecución, impecables, aunque acusan ese carácter tosco, burdo, con los trazos un tanto gruesos, tan propios del arte llamado revolucionario hacia 1950.

Gabriel Fernández Ledesma, a partir de aquellos apuntes, decidió escribir no sobre su estancia en París sino sobre su cuarto en un quinto piso en la rue Saint Placide. Es decir sobre su vida en París (y la ciudad misma) desde su habitación. Ejercicio curioso, de escritura pulcra, que inequívocamente hace referencia a otro libro. Dice: «Respecto al nombre que habría de dar a mis apuntes, ni un momento dudé de este que lleva. No dudé a pesar de saber que igual título ostenta una obra que ni conozco ni cuyo autor recuerdo.»

Se refiere, por supuesto, a  Voyage autour de ma chambre (Viaje alrededor de mi habitación) de Xavier de Maistre, obra tan célebre como difícil de encontrar. Fernández Ledesma admite que no la conoció (ni le importó), pero Sainte-Beuve, Proust y Borges (la cita textualmente en “El Aleph”), Stevenson y Perec, y en nuestros días Enrique Vila-Matas, lo tienen por una obra precursora, ejemplar y rara, cercana a Laurence Sterne.

No es para menos: Xavier de Maistre, debido a su encierro en una habitación de Turín en 1794, como castigo por batirse en duelo, “viaja” a través de su habitación. Encontró que todo viaje es interior, hacia uno mismo, y que en cualquier habitación, desde cualquier ventana, es posible conocer el universo entero.

Asombrosa certeza que nada tiene de novedosa. Virginia Woolf también supo de la importancia y trascendencia que tenía para la imaginación, la reflexión, la escritura y el pensamiento el gozar de una habitación propia. Y Vicente Quirarte nos recuerda en La invencible que Xavier Villaurrutia aprendió de «Paul Morand y antes en Xavier de Maistre que todo viaje se realiza primero alrededor de la alcoba». Vila-Matas va más lejos, y encuentra a Luciano de Samosata y en particular a Lao-Tsé como precursores: «Sin salir de la puerta se conoce el mundo / Sin mirar por la ventana se ven los caminos del cielo. / Cuanto más lejos se sale, menos se aprende.»

Fernández Ledesma nos habla de sí mismo y de París desde su cuarto. No podría ser de otra manera. A fin de cuentas, habla de él, de sí mismo, de lo que ve: de su mirada. Si bien podría hablar de afuera. ¡Está en París! Si bien menciona las visitas diarias al Louvre para ver pintura y comenta alguna excursión al mercado de Les Halles, pronto descubre que «cuando uno se  queda encerrado en su cuarto, es precisamente cuando disfruta de mayor libertad», y en su libro aparecen los tejados de París, los gorriones que entran atraídos por las migajas de pan que pone para ellos, la calle cinco pisos abajo. Aparece el lavabo, la cama, el ropero, la mesa, la puerta, la cerradura, la despensa: «Alrededor del entrañable vitriolero de chipotles –objeto principal de nuestro culto– se dan cita la mortadela de veritable cheval y las coquilles.»

Dice Vila-Matas a propósito de Xavier de Maistre: «Lo sepa o no, su parodia de los viajes va a significar un salto mental, un punto de vista inédito que permitirá a los lectores futuros, sin salir de casa, el asombro de ver las puertas del caos y la simultaneidad del universo. El asombro, en definitiva, de ver más.»

Acaso Gabriel Fernández Ledesma también sabía que como es arriba es abajo, como es afuera es adentro, y que no hay que marcharse muy lejos para conocer y aprender otras verdades. Podría ser que alguien más pueda ver con otros ojos, ver y mirar y comprender, acaso por verdadera primera vez, al viajar sin salir de su habitación.

10 de noviembre de 2013

Edén Ferrer: Epiclesis

 Hay un viejo debate, tal vez de origen francés, sobre la forma correcta de aproximación a una obra literaria. Por un lado Sainte-Beuve, decía que una obra es el reflejo de una vida y para conocer esa obra, para explicarla cabalmente y en su justa dimensión, es necesario analizar la biografía del autor.

Por otro lado, están los defensores de la obra por la obra misma. De éstos, entre los autores franceses, destacan Flaubert y Proust. Ellos dicen que la obra tiene autonomía, se presenta sola y vale por sí misma. La obra es y dice lo que dice al margen de su autor. La interpretación y valoración, claro, es asunto de cada lector.

Me gustaría hablar de Epiclesis (Fondo de Cultura Económica, México, 2013), la antología de los escritos de Edén recién publicada, con autonomía e independencia. Quisiera hablar de la obra desde la obra misma, pero no puedo, me lo impide un accidente afortunado. Yo conocí a Edén Ferrer.

Borges se jactaba de lo que había leído, no de lo que había escrito. Yo tengo motivos para celebrar a mis amigos (también para lamentar a los que he perdido, y no siempre porque llegaran al final del camino). Edén y yo fuimos amigos; conversé con él por unos cuantos años en el sentido más profundo y grave de la palabra. Edén era un amigo entrañable, un regalo de la vida y su presencia era en sí misma un hecho literario.

Edén era un hombre, luminoso, lúcido, brillante como tal vez no he conocido a otro. Tenía la cultura del que ha leído una biblioteca entera y la recordaba por artes de Funes, el Memorioso (podía recitar centenares de versos, dar puntualmente citas textuales y explicaciones eruditas, nombres, títulos de obras y se sabía más palabras de las que caben en el Diccionario).

Edén era simpático, tenía una sonrisa fresca, era amigo de sus amigos y de la conversación, de la tertulia, del café; vivía una fascinación cósmica por las mujeres, vestía como dandy (jamás, nadie, lo vio despeinado, con una camisa arrugada o los zapatos sucios) e iba a todas partes con un portafolios de piel en el que guardaba sus escritos que mostraba y daba copias a sus amigos en la primera oportunidad  (por eso conservamos fotocopias de poemas y relatos que permanecen inéditos).

También tenía una rebeldía incompatible con la vida ordenada y cotidiana, no tenía la sumisión del empleado modelo; tenía en cambio una sed de libertad que no le permitía ejercer con método y la disciplina debida el trabajo en una oficina, o el estudio académico y la docencia, para la que estaba particularmente dotado, y una imaginación portentosa que no le ayudaba a mantener los pies en la tierra.

Su experiencia de vida lo hicieron un outsider, un Perseguidor, en términos cortazarianos, un hombre al margen, solitario, siempre a contracorriente, rodeado de familiares y amigos (adoraba a Edurne, su pequeña hija). Viajero de la noche, buscador de la belleza y lo sublime, se le pasaban las horas sin que se diera cuenta.  Muchas veces se quedó a pasar la noche en mi casa, y una vez se instaló una semana entera. Cuando no conversaba, leía y escribía en silencio como un gato; apenas comía, pero sí había que dejar a la mano una botella de vino tinto, por lo menos.

Edén era un buscador de absoluto que de pronto desaparecía. Algunos de mis amigos de principios de los años ochenta fueron amigos de él y buena parte de aquellas amistades se sustentaban en una madeja de complicidades para cuidarlo ("¿Tú lo llevas? ¿Lo pones en un taxi? ¿Lo has visto?" "¿Qué sabes de él?" "¿Con quién está?", nos preguntábamos). Menudo, enjuto, quevedescamente flaco, era frágil al extremo e inimaginablemente sensible. Verónica Volkow escribió un retrato "Edén Ferrer, in memoriam (La Jornada, México, domingo 4 de febrero de 1996), un testimonio de primera mano sobre un escritor del que casi nadie sabía nada y casi nadie había leído.
Era más de diez años mayor que yo y por momentos parecía un hermanito menor. Un día se definió: "Soy como un niño que no tiene un papalote que lo lleve".  

Edén era un Poeta (con alta inicial, por supuesto), un goliardo fuera de siglo, un espíritu libre y liberador, disperso, que no se molestó en recoger o publicar su obra, por eso celebro la justa y necesaria aparición de Epiclesis. Es un acierto del Fondo de Cultura Económica la publicación de esta antología con la que queda resarcida, al menos parcialmente, una deuda con un escritor de primera línea y marginal. Ahora un libro de Edén Ferrer se inscribe en la Colección Letras Mexicanas por derecho propio, como bien dijo Joaquín Díez-Canedo, entonces director de la editorial. Además, es una edición muy bella, que Edén hubiera apreciado.

No me sorprendería que los críticos a partir coloquen a Edén en el cajón de los “raros” o “inclasificables” de nuestras letras. El asunto es irrelevante, en cambio me parece que la literatura de Edén Ferrer tiene muy pocos rasgos en común con la obra de sus contemporáneos.

No sé cuánto habrá escrito, tal vez relativamente poco. Muchas veces me habló de una novela a la llamaba “Ruelas”,  el trayecto a pie del personaje desde el barrio de San Ángel al Zócalo en el centro de la ciudad. La novela sucedería en dos planos: la descripción y comentarios arquitectónicos e históricos sobre la ciudad misma y el pensamiento –una suerte de flujo de conciencia– del personaje mientras camina y recorre la ciudad. Edén decía que tenía más de cien páginas escritas y no tengo la menor idea dónde podrían estar. Es posible que haya perdido manuscritos y originales, no soy el único que conserva poemas y relatos inéditos.

Epiclesis es una antología que incluye una novela corta (de espléndida factura que puede leerse en clave de al menos dos géneros), ficciones o relatos, breves ensayos y poemas, es una selección a la que no le sobran páginas pero sí le faltan poemas y cuentos, en particular los relatos humorísticos. Esa ausencia se echa de menos porque Edén tenía un altísimo sentido del humor, era un hombre que reía y sabía hacerlo. Para él la risa y el humor eran atributos de la inteligencia y dones del espíritu que bien supo cultivar y hacer compatibles con su gravedad metafísica y un pensamiento serio y profundo (por algo anduvo un tiempo entre jesuitas).

Bienvenido sea Epiclesis, el libro, cuyo título es una palabra que no recoge el Diccionario pero sí la teología, lo que no debe sorprendernos, pues la obra de Edén es metafísica, una búsqueda y un ascenso de comunión cósmica antes que estrictamente religiosa. No es casual que de su poesía –tan seria, tan rica, tan inteligente, tan solemne– “Antífona” (Askesis), nombres que remiten a ese rasgo central de la poesía de Edén, sea el poema favorito de muchos lectores, y que en esta edición, en la página 168, aparece con una errata que Jorge Brash señala y espero sea enmendada en la primera reimpresión. Hablando de murciélagos, el poeta escribió guano (estiércol), habla del innoble aroma del guano fosilizado, y un mal duende de imprenta lo convirtió en gusano fosilizado.

La publicación de este libro, por tardía más gozosa (Edén murió en 1995, a sus cuarenta y seis años) es otro motivo para seguir pensando en él, para que gane lectores y el póstumo reconocimiento que merece. Para los que tuvimos la alegría de conocerlo, este libro, vínculo único con sus palabras, es también un pretexto inútil. No creo que nadie que haya conversado con él, nadie que lo haya conocido pueda olvidarlo.

Edén Ferrer era, en verdad, un hombre y un poeta extraordinario. (¡Evohé! ¡Evohé!, como sé que no hubieras dejado de decir, entrañable Edén, grandísimo traidor, pequeño cronopio, poeta mayor.)
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(Texto, con pequeños cambios, leído en la presentación de Epiclesis en la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica en la ciudad de México el jueves 7 de noviembre de 2013.)