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26 de marzo de 2025

El sentido de la poesía

Heredamos de nuestros mayores mucho más de lo que suponemos. No me refiero sólo a la talla, los rasgos del rostro, el color de los ojos, sino a gestos, creencias. Heredamos malos hábitos, manías, fobias y defectos.

Yo recorto artículos, fotos, notas de periódicos y revistas desde que tengo memoria, tal como lo hacían mi padre y mi madre también. Mi padre actualizaba la enciclopedia con las novedades de personajes ilustres y sucesos históricos, de manera que las páginas de esos tomos grandes y bien empastados, guardaban recortes de periódicos con notas necrológicas y hechos relevantes.

De las páginas de una antología de poetas mexicanos nacidos en los años cuarenta del siglo XX ha vuelto al mundo, a la vida, en una extraña exhumación involuntaria, un poema que recorté de una revista a principios de los años ochenta. 

El libro, el poeta y el poema estaban olvidados en la biblioteca, y sé que así hubieran seguido si no reviso esa antología en busca de otra cosa. Al hojear el libro, el poema ha salido de su letargo, y lo he recordado todo. La revista, mi conmoción con el poema, las circunstancias, que tanto me decían entonces. Podría decir que me llamaban. 

Pero no recordaba haberlo puesto a resguardo en el libro, y tampoco que buscara o frecuentara al poeta, que un día vi entre los comensales de una taquería del sur de la ciudad. 

El poema ha vuelto, y aunque todavía lo disfruto, ahora me habla del que era yo cuando lo recorté y guardé como el acta poética de un momento de mi vida. Encontrarlo ha sido encontrarme, recordarme. Lo que queda es el poema. 

Escribe Milan Kundera que «El sentido de la poesía no consiste en deslumbrarnos con una idea sorprendente, sino en hacer que un instante del ser sea inolvidable y digno de una nostalgia insoportable» (La inmortalidad). No podría decirse mejor. Ahí está cifrado el sentido del poema, su razón de ser y su efecto. 

«La muchacha lejana» es el nombre del poema de Marco Antonio Campos, fechado en 1980. Dice:

La conocí en noviembre del setenta y dos | en una fiesta | que sólo nosotros recordamos. | Se llamaba Ingrid —eso dijo— | y pocas veces he visto por la tierra | más bellos muslos, más leve golondrina que volaba. | Tres años con idéntica ternura —simple, exacta— | escribió las cartas más bellas que conservo. | Volví a Bruselas y dos días bajo lluvia | busqué su fantasma, días antiguos, | los días imposibles, ¡qué mañana! | Su madre la negó por el teléfono. | Pasó el tiempo. | Pasó el juego de inventarla en ciertas épocas. | Pasaron sábados y crisis y costumbres | y no volví a saber de ella hasta hoy, | cinco años más lejos, más delgados, | en que escribe: | «Me casé hace dos años. A veces te recuerdo. | La vida pasa y aún busco mi equilibrio. | ¿El pasado? | Qué bello es el recuerdo. | ¿Pasaste por Bruselas? ¿Por qué no me buscaste?»

4 de marzo de 2024

Una evocación de Emily

Emily Dickinson se esmeró en hacer de su vida un atributo más de su poesía. Pasó muchos años mirando el mundo (su jardín) desde su ventana. Y si un día decidió no salir de su casa, terminó por no salir de su habitación, en la que escribía sus poemas a los que restaba importancia y guardaba en un cajón. 

Emily Dickinson era un ser singular, un misterio, y una de las grandes poetas de la lengua inglesa. Dominique Fortier, escritora canadiense, ha imaginado la vida de Emily, de la que sabemos lo suficiente para saber que casi nada sabemos. Este pequeño libro, Las ciudades de papel (minúscula, Barcelona) es una biografía/ensayo/cuento muy libre sobre lo que sabemos y no sabemos de Emily. 

Fortier la recreó tanto como la imaginó, y ha logrado un retrato verosímil y sugerente. Su capacidad de crear atmósferas y personajes, de imaginar y evocar es notable. En párrafos escasos y cortos dice más que otros muchos autores en decenas de páginas. El original francés debe ser realmente una buena pieza de escritura, pues traducido ya suena y se lee estupendamente. Se siente vibrar el goce de la palabra viva, de la buena literatura. 

Este librito, en verdad una delicia, nos acerca a la intimidad de Emily, y el lector lo agradece y lo goza como si fuera un caramelo.

24 de agosto de 2017

La poesía en la oficina

Leo poesía en la oficina. Desde hace unos meses leo un poema o unas cuantas páginas por día. Suelo hacerlo al volver de comer, para sacudirme el tedio y romper la inercia oficinesca, que tanto me pesa algunas tardes. No dejo de celebrar mi iniciativa. Ya agoté las obras de Ramón López Velarde, y paso a paso, en varios meses, leí una edición bilingüe de Hojas de hierba de Walt Whitman. El siguiente paso, claro, era Neruda, y poco me falta para acabar Canto general.

Así como los ahorradores guardan cantidades considerables al paso del tiempo, recuerdo las páginas leídas y lo provechoso que ha sido dedicar unos minutos de cada día a un poeta. A veces me basta unas líneas, un verso, para iluminar la tarde, para enfrentar en escorzo y por lo tanto desde otra perspectiva el trabajo de la oficina, que puede ser tan llano y estéril.

Tiene razón Witold Gombrowicz cuando dice que en las lecturas públicas de poesía nadie entiende nada, por la simple razón de que hace falta tener ante los ojos el poema, y leerlo dos, tres, cuatro veces para que florezca, se abre y nos comparta algunos de sus secretos. En los recitales, en esas lecturas, el poeta lee y el público está cazando el punto final para precipitarse en un aguacero de aplausos.

De la primera lectura casi siempre sólo queda el relámpago de algunos versos que con frecuencia tienen la contundencia de los efectos especiales en el cine. Pero hace falta volver al poema, abrirlo, oírlo, sopesarlo, calcular su ritmo, su peso atómico y sus propiedades químicas, la resistencia de su materiales para conocerlo y gozarlo. Entonces, el efecto de aquel verso se opaca un poco, pierde brillo, impresiona menos.

Leo un poema, una página, en unos minutos, y el medio se enriquece, la dinámica se torna más amable, el ambiente se humaniza. El aire y la luz se iluminan de poesía. Se produce un efecto estimulante. He encontrado un recurso eficaz y poderoso para sobreponerme y aligerar las tardes de oficina.

La poesía, aun la menos cercana o estimada, siempre ofrece recompensas, con frecuencia inesperadas. Pronto terminaré el libro de Pablo Neruda, y he decidido leer poemas de largo aliento, portentosos, inagotables, enormes y admirables como catedrales. He pensado en la Eneida, la Divina Comedia, el Libro de buen amor. Creo que la siguiente lectura será El paraíso perdido de Milton. Se antojan perfectos para gozarlos poco a poco en la oficina.

27 de febrero de 2017

Un viaje con Carlos Pellicer

Gabriel Zaid publica una semblanza de Carlos Pellicer (Letras Libres, febrero 2017) que de pronto, a media lectura, me ha devuelto, como un latigazo, un recuerdo lejano. Yo no había olvidado la poesía de Pellicer, ni al personaje, ni al creador de museos, lo que había olvidado es mi encuentro con él. ¿Cómo es eso posible?

La memoria es selectiva y quizá caprichosa. Tal vez no es así, pero nos sorprende e intriga tanto que Proust encontró en un sorbo de magdalena mojada en té un alud de reminiscencias en las que se fundían los recuerdos y la imaginación: la memoria involuntaria estimulada por un sabor, un olor, una imagen, y luego por la voluntad de recordar.

A principios de los años setenta, mi madre trabajaba en el recién creado Festival Internacional Cervantino. Yo esperaba impaciente el día de viajar a Guanajuato desde la ciudad de México. Al fin llegó el día y a la hora de salir hubo llamadas y más llamadas. El viaje se retrasaba porque teníamos que recoger a un poeta, a una «persona muy importante».

El viaje empezaba mal. Así que en el coche fuimos a recoger al poeta importante a su casa, en las Lomas de Chapultepec. Lo esperamos mucho tiempo. Más de lo que podía soportar mi impaciencia infantil. Antes de verlo, yo detestaba a don poeta.

Al fin salió un hombrecito, viejo, enjuto y calvo. Y para colmo llevaba un equipaje enorme, que fue muy difícil acomodar en el coche. Al fin emprendimos el viaje mi madre, mi hermano, el chofer y nada menos que Carlos Pellicer. Lo que yo daría hoy por haber tenido entonces diez años más.

El poeta, un hombre elegante, educado y exquisito, se disculpó por el retraso. Dijo que antes de salir tenía que hablar con el gobernador de Tabasco, su estado, y no había sido fácil que atendiera su llamada. Agradeció nuestra comprensión, nuestra compañía, y, por supuesto, que lo aceptáramos en el coche como pasajero.

Era un hombre sereno, de voz pausada. O así lo recuerdo. Pero no tengo duda de su presencia, del encanto de su conversación, de la fuerza de sus palabras. Carlos Pellicer conversó con Jorge, mi hermano menor, y conmigo; se dirigía a nosotros. Durante horas nos entretuvo, nos ilustró, nos motivó. Nos regaló una gran experiencia. Nos habló de poesía, de historia, de arqueología y creo que nos contó un largo cuento que era pura invención súbita que a él mismo le hacía gracia.

El viaje era muy largo, una buena parte por carreteras sinuosas y mal pavimentadas. Y en mi memoria estimulada no creo que Carlos Pellicer haya dejado de alegrarnos el camino ni un minuto.

Nos dijo que él ponía en cada Navidad unos nacimientos que eran famosos en el mundo (y era cierto), nos dijo que había fundado museos (y era cierto), que había viajado por el mundo (y era cierto), que había conocido a grandes poetas (y era cierto) y que le faltaba tanto por hacer que estaba seguro de que viviría al menos cien años (eso no lo cumplió).

Estaba enamorado de las culturas americanas precolombinas: asombrado ante la geografía de su tierra húmeda, verde, feraz: Trópico, para qué me diste las manos llenas de color. Me enseñó con gravedad cívica de profesor que los españoles no trajeron a América la cultura, sino que trajeron su cultura.

Declamó serio y solemne algunos poemas suyos, y contó una fantasía como de viaje al centro de la Tierra. Mi hermano y yo estábamos encantados de escucharlo. Lamentamos el fin del viaje, la llegada a Guanajuato. Nos despedimos con la camaradería que puede haber entre un niño de diez años y un hombre que era mayor que sus dos abuelos.

Una tarde lo vislumbré de lejos, rodeado de una multitud, en las calles de Guanajuato. No volví a verlo. Nunca lo visité ni fui a conocer sus famosos nacimientos. Con los años, visité uno o dos de los museos que fundó y, sobre todo, en mi adolescencia, leí su poesía con entusiasmo, gusto y admiración. Aún recuerdo algunos de sus poemas. Y siempre he tenido muy presente su poesía, a la que vuelvo de vez en cuando. Murió unos años después de nuestro encuentro.

Apenas puedo creer que yo haya olvidado todo esto. Lo escribo para resarcir mi falta, para no volver a olvidar, que acaso es la última función de toda escritura.

22 de diciembre de 2016

Cesare Pavese y las mujeres

Tenía la impresión, ligera, apresurada, de que el escritor que tuvo las relaciones más desafortunadas y complicadas con las mujeres fue Borges; ahora pienso que las desdichas amorosas de Cesare Pavese son mucho más que una serie de fracasos, en realidad el sino de su vida. Nunca fue amado por ninguna mujer, nunca dejó de buscar una a la que amar.

Desde el principio su vida amorosa fue un desastre. Y nunca mejoró. Pavese fracasó desde la adolescencia: esperó bajo el frío y la lluvia durante horas a una bailarina que huyó de él por otra puerta.

Por otra mujer se puso en peligro. Enamorado de Tina Pizzardo, pareja de un comunista preso, aceptó ser el intermediario y recibir en su casa la correspondencia. Eran los años durísimos del fascismo. En 1935, alguien lo delató, y la policía registró su casa y encontró cartas comprometedoras y fue acusado de antifascismo; fue encarcelado y luego confinado en Brancaleone, un pueblo calabrés.

Pavese enviaba notas a Tina, le hablaba de su sacrificio, de su afecto. Escribió en su diario, que lleva el bello nombre de Il mestiere di vivire (El oficio de vivir): «Mi historia con ella no está hecha de grandes escenas, sino de sutilísimos momentos interiores... Es atroz este sufrimiento». Tina le mostraba un desdén absoluto, y Pavese sufrió por ella, por la falta de noticias.

En una carta a su hermana María: «Hace mucho tiempo que no tengo ni un saludo de... y no sé si estará ofendida conmigo. Yo sigo esperando», y en otra carta a María: «¿Cuándo se cansarán de fingir que no se enteran que pido noticias, noticias, noticias y una postal firmada por...? Hace un mes que no pido otra cosa.»

Después de un año de confinamiento, en 1936, Pavese volvió a Turín. Enterarse que Tina estaba por casarse con otro, y el desengaño de que ella ignoró por completo las cartas y los poemas que le había enviado, fue devastador. Se culpa a sí mismo de ese amor malogrado, de ser incapaz de expresarle su amor a una mujer. Dice en El oficio de vivir: «Un hombre no se lamenta del amor que le ha traicionado, sino del envilecimiento de no haber merecido su confianza.»

Se convence de que sus desventuras se deben por causa suya, y cultiva su culpa; y que la condición femenina es innoble. Sus sentimientos se extienden a su diario en algunas frases vergonzosas y lapidarias. Algunos críticos hablan de misoginia en sus libros, en el diseño y trato de sus personajes. En su diario habla de su circunstancia y la resuelve con elemental aritmética emocional; podría haber escrito: como soy un misógino, no quiero a ninguna pero sobre todo, por ello, ninguna me quiere.

Sólo y soltero a su pesar, Pavese buscaba desesperado el amor, y una esposa. Años después de haberla olvidado, escribe: «el golpe bajo que te ha dado Tina lo llevas siempre en la sangre...» Luego le pedirá matrimonio, entre otras, a amigas, compañeras, a mujeres que acaba de conocer. Tenemos noticias de algunas. En 1940, cuando Italia entra a la segunda Guerra Mundial, Pavese se entusiasma por Fernanda Pivano, una estudiante universitaria que le presentó Norberto Bobbio, el gran politólogo.

La frescura de Fernanda y sus profundos intereses culturales encantaron a Pavese al punto que le propuso patrimonio. Pese a la negativa, su amistad continuó, y a ella está dedicada una buena parte de la poesía de Pavese. Con el tiempo, la amistad se consolidó, Fernanda fue su confidente; en Pavese renació la ilusión de un amor, y un hogar.

Cinco años después, en el verano de 1945, justo al terminar la guerra, Pavese volvió a pedirle matrimonio. Fernanda volvió a rechazarlo, y dejó huella honda en su ánimo y, a su manera, en su literatura: «desde que la conozco ya no puedo aburrirme, me atormenta y estimula pensar en usted, y por lo tanto no escribo novelas».

En 1946, Pavese encontró en las oficinas romanas de la editorial Einaudi, donde trabajaba, a Bianca Garufi. Pavese se aventuró en una nueva pasión, intensa y desafiante, por la que también sufrió. Fue otra de sus relaciones sin futuro, pero ésta tuvo un rasgo intelectual. Como lo hizo Borges con algunas de las mujeres a las que pretendió, Pavese inició un libro en colaboración con Blanca, una novela en la que alternarían la autoría de cada capítulo. El libro, inconcluso, fue publicado unos años después de la muerte de Pavese.

La última decepción tenía todos los elementos de la tragedia. Pavese, profesor y traductor, experto en literatura de los Estados Unidos, se enamoró, en un viaje a Roma, en diciembre de 1949 de Constance Dowling, actriz estadounidense. Constance, bella y rubia, era una diosa de la belleza en busca de fortuna y dispuesta a interpretar su papel de mujer fatal. Tenía, muy a su pesar, todos los atributos necesarios para aniquilar a un solitario, un poeta melancólico, tímido, feo, decepcionado, de mal genio, aburrido y triste.

Luego del deslumbramiento en Roma, Constance y Pavese se reencontraron en Turín. Pavese sabe, siente que es su última oportunidad. Pavese no supo enamorarla. Constance prefirió a un actor y marcharse con él a Hollywood. Cesare Pavese no fue capaz de resistir su rechazo, el rompimiento, el último desengaño amoroso. Había escrito: «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desampara, la nada.» El desenlace era cuestión de pocos meses.

En una extraña carta, en agosto de 1950, dice: «¿Puedo decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que cuando amé nunca me tomaron en serio, y que desconozco cómo es la mirada de gratitud que una mujer le dirige a un hombre?» No condición no podría ser más dolorosa.

El 22 de marzo de 1950 firmó Verrà la morte e avrà i tuoi occhi (Vendrá la muerte y tendrá tus ojos), el poema más conocido de la literatura italiana contemporánea. Fue hallado en una carpeta, con otros nueve (ocho en italiano, dos en inglés) dedicados a Constance, en su escritorio en la editorial Einaudi.

Firmada en Turín, el 17 de abril, le escribió a Constance esta carta, tan clara y tan dura, tan dulce y desesperada:

«No tengo más aliento para escribir poesía. Las poesías llegaron contigo y se fueron contigo. He escrito ésta hace algunas tardes, durante largas horas mientras esperaba, vacilante, poder llamarte. Perdóname la tristeza, pero también contigo estaba triste. Observa que he comenzado con una poesía en inglés y la termino con otra cosa. En eso cabe toda la apertura que he experimentado en estos meses: el horror y la maravilla. Queridísima, no tomes a mal que siempre esté hablando de sentimientos que tú no puedes compartir. Por lo menos puedes comprenderlo. Quiero que sepas que te agradezco con toda el alma. Los pocos días de maravilla que he arrancado de tu vida eran casi demasiado para mí; bueno, ya pasaron, ahora comienza el horror, el horror desnudo y estoy preparado para afrontarlo. La puerta de la prisión ha vuelto a cerrarse con estrépito. Queridísima, no volverás nunca a mí, inclusive si regresas a Italia. Ambos tenemos determinadas cosas que hacer en la vida que tornan improbable que podamos encontrarnos de nuevo, excepto si nos casáramos, cosa que he anhelado desesperadamente. Pero la felicidad es algo que se llama Joe, Harry o Johnny; no Cesare. ¿Me creerás si te digo -ahora que no puedes tener sospechas de que estoy recitando para coaccionarte de alguna manera- que esta noche he llorado como una criatura pensando en mi suerte -y en la tuya- pobre mujer, fuerte, hábil, desesperada en la lucha por la vida? Si he dicho o hecho alguna vez cosas que no podías aprobarme, perdóname. Yo te perdono todo este dolor que me carcome el corazón, sí, te aseguro, le doy la bienvenida. Este dolor eres tú, la verdadera maravilla y el verdadero horror de ti. Rostro de primavera, adiós. Te deseo éxito en tus días y un matrimonio feliz, sí. Rostro de primavera, he amado todo de ti, no sólo tu belleza, lo cual sería demasiado fácil, sino tu fealdad, tus momentos desagradables, tu tache noir, tu rostro hermético. No te olvides de eso.»*

El 26 de agosto le escribió a su amigo Giuseppe Vaudagna: «Estoy acabado. No tengo ganas de ver a nadie. Pagaría en oro a un asesino que me apuñalara durante el sueño». Al otro día, el 27 de agosto, Pavese ingirió diez bolsas de barbitúricos en una habitación del Hotel Roma de Turín.


*[Cesare Pavese. Cartas (1926-1950)vol. II. Alianza Editorial. Traducción de María Esther Benítez.]  

17 de diciembre de 2015

El poeta que perdió la voz

Los poemínimos, tan celebrados, siempre me han parecido una caída, un accidente en la obra de un poeta mayor, como un rasgo indeseable o un defecto en alguien que respetamos y apreciamos mucho. Empecé a leer a Efraín Huerta a mis veinte años, y el encuentro con lo mejor de su poesía fue decisivo para la formación de mi gusto poético y mi educación sentimental.

Muy pocos poetas están a la altura de lo mejor de sí mismos en todos sus versos, en todos sus poemas. Tal vez lo consiguieron los que escribieron muy poco, los que valoraron cada palabra en busca de su justo peso poético (esto haría de San Juan de la Cruz el mejor poeta de la lengua española).

Un poeta cambia, su poesía cambia como lo hace el hombre con los años. Pareciera que todo se trastoca. A veces al rigor y la impecable belleza lírica de los primeros libros los suplanta la urgencia de lo importante. El poeta se relaja, confía en su oficio y sus palabras, se confunde, la tensión cede ante otras razones y motivos no siempre poéticos.

Si bien algunos poemínimos son ingeniosos, juegos de palabras, paráfrasis logradas de poetas admirables, pensé que respondían a la intención del autor de llegar a eso que solía llamarse el gran público, de que lo leyeran los que jamás se acercarían a Absoluto amor, Línea del alba o a alguno de sus poemas mayores.

Durante muchos años no fue editado y era casi imposible conseguir un ejemplar de Los hombres del alba (libro admirable, central no sólo en la obra de Huerta, sino de la poesía mexicana), mientras los poemínimos no dejaban de publicarse. Sus muchos lectores, que no se acercaban a la obra mayor, celebraban la agudeza del poeta, del Gran Cocodrilo.

Había una tristeza, un enojo en ese malentendido, que nunca dejó de inquietarme. Me importaban muy poco las opiniones de Efraín Huerta sobre esa veta o registro de su obra. No me convencería de sus atributos poéticos simplemente porque no los tienen; algunos si acaso tendrán gracia. Tal vez los poetas no siempre tienen la luz para apreciar lo que  hacen. El propio Huerta cuenta dos anécdotas esclarecedoras:

«... durante mucho tiempo, supuse con ingenuidad que estos breves poemas podían ser algo así como unos epigramas frustrados. Error. Mi hija Raquel (8 años), al leer algunos declaró lo siguiente: 'Son cosas de reír'. Poco después, en la casa de un famoso pintor, Octavio Paz (58 años) los definió de esta manera: 'Son chistes'. Me alegró en extremo que, separados por medio siglo de experiencia y cultura, Raquelito y Octavio hubieran coincidido.» ('El poemínimo', en Estampida de poemínimos, Libros del bicho, 1980.)

En 'Efraín Huerta' (Sombras del obras, 1983), la nota necrológica que Paz dedicó a su amigo, dice: «También cultivó el epigrama, los poemínimos: breves, punzantes y, a veces, alados. A pesar de toda esta diversidad, fue ante todo un poeta lírico...» Si Efraín Huerta no hubiera escrito los poemínimos, seguiría siendo el poeta Efraín Huerta; si no hubiera escrito Los hombres del alba, y su mejor poesía en ese registro, no existiría el poeta Efraín Huerta. Lo mejor de la obra de Huerta ha quedado oculta, salvo para poetas y estudiosos, por sus chistes y epigramas.

El malestar que siento y aparece constante cada vez que vuelvo a leerlo o alguien celebra los poemínimos, gira de pronto. Surge una explicación sombría. En una larga entrevista a David Huerta sobre Efraín, su padre, le dijo a Christopher Domínguez Michael cuando éste le preguntó por los poemínimos:

«Me gustaría mencionar que su origen no es nada festivo ni jocoso. Efraín Huerta tuvo en los años setenta una crisis de salud muy grave: debido a un cáncer, le extrajeron la laringe y por lo tanto perdió la voz. El gran conversador, el gran hacedor de chistes, de ocurrencias, perdió la voz, fue una verdadera tragedia. Durante el tiempo que estuvo hospitalizado, él se comunicaba por escrito con nosotros; como ya  no nos podía pedir de viva voz lo que necesitaba, lo escribía, y a veces los chistes que hacía verbalmente los hacía por escrito. Ese es el origen de los poemínimos. La gran cantidad de poemínimos que conocemos se escribieron a raíz de esas hospitalizaciones y de la pérdida de la voz que sufrió Efraín Huerta.» (Letras Libres, junio de 2014.)

Efraín Huerta, poeta mayor, dejó un poemínimo sobre las secuelas de su mal: «'Laringectomía' Lo mejor / De todo / Es que / Ya nadie / Puede dejarme / Hablando / Solo» El poeta perdió la voz, la frágil línea del alba, pero no el humor. A veces negro, pero humor al fin.


31 de marzo de 2015

Un año y un siglo

Hoy se cumple un año del centenario del nacimiento de Octavio Paz. Un año es una medida razonablemente humana del tiempo. Una eternidad en la infancia; una fecha que vuelve veloz en el calendario. El tiempo era uno de los temas del poeta. La fugacidad, la permanencia, la condición efímera del hombre en la Tierra.

Están tan cerca en la memoria los debates, los artículos y actos, los festejos, las reflexiones, las lecturas con motivo del centenario. Ahora hace un siglo más un año. Hace poco, hace nada,   recordábamos en su justo sentido los versos: soy hombre: duro poco / y es enorme la noche.

El tiempo es un potro desbocado, que no se agota ni se cansa, se fuga y se pierde, a lo lejos, en su marcha. ¿Es esto una metáfora? Sólo nos queda abrir bien los ojos, en el parpadeo luminoso, vital, que nos da esa noche enorme. Octavio Paz, su vida, sus luchas, su poesía, su pensamiento, el paso de un año desde su centenario es también una medida del tiempo.

¿Es real el tiempo? Sólo si sabemos que pasa y se fuga, y recordamos que estamos solos, pero cuando estoy solo no estoy solo: estoy conmigo. La poesía, a veces, es un bálsamo. Recuerdo el centenario con la solidez de esa moneda acuñada para la ocasión. El tiempo nos arrasa, nos rebasa, nos devasta. De pronto, nos damos cuenta de que ha pasado, desde el siglo, un año.

Trato en vano con la memoria de detener el tiempo. En aquel potro se fuga la realidad en un instante. No hay consuelo. Somos hombres, duramos poco, estamos solos y es enorme la noche. ¿Es esto la realidad? No lo sé. Escribió el poeta:  Quizá la realidad también es una metáfora. Acaso una que también desgasta el tiempo.

30 de marzo de 2015

Luis Rius, poeta

Nació en España, pero llegó a México muy pronto, a sus nueve años, cuando acabó la guerra civil. Aquí vivió, se educó y trabajó (doctor en Letras por la Universidad Nacional, de la que fue profesor, entre otras). Aquí escribió una poesía solitaria que no acabó de encajar del todo en ninguna de las dos vertientes.

Tal vez por ello Luis Rius, poeta de dos tierras, es mal conocido en España, y aquí casi lo hemos olvidado. Casi nadie lo recuerda ni lo cita ni lo lee, aunque el Fondo de Cultura Económica reunió su obra en el volumen Verso y prosa hace unos años.

Publicó cuatro poemarios, Canciones de vela, Canciones de ausencia, Canciones de amor y de sombra, Canciones a Pilar Rioja, y una selección, Cuestión de amor y otros poemas, en la que incluyó algunos poemas inéditos, que terminó de preparar poco antes de morir, en la ciudad de México, en 1984.

Tengo a la poesía de Rius, con el regusto vivo de mis primeras lecturas, por una de las más límpidas y claras de la lengua, de una transparencia impecable. También, al menos en apariencia, una de las más sencillas, y sería mejor decir humildes, aunque los dos adjetivos llaman al equívoco y el malentendido. En sus poemas, todo es íntimo, casi un susurro, rico en sutilezas, con un pie en la tradición de la gran poesía española y el otro en la singularidad de su mirada.

Luis Rius tenía dos temas, y luego salía de caza e incursionaba otros cotos. El primero fue la tristeza y el destierro. Por algo llamo a una de las partes centrales de su selección de poesía reunida: Arte de extranjería. Tenía a España más en el deseo y la imaginación, en la historia y la palabra que en la memoria, y cuando volvió a su tierra se dio cuenta de que ya le faltaba la tierra americana.

El otro tema era el amor. Le encantaba las manifestaciones populares de la cultura española. Así, se enamoró de Pilar Rioja, una bailadora notable de flamenco, que tuvo fama y reconocimiento. El poeta puso en ella su corazón, sus ojos, su asombro y su entendimiento. Verla bailar fue para él un acto mágico y trascendente. Luis Rius veía en la danza de esa mujer el misterio de la belleza en movimiento. Se casó con ella.

Yo era muy joven cuando los saludé una noche, en una fiesta, después de una función. Debe de haber sido a principios de los ochenta. Ella iba de bailadora célebre, él de poeta admirado. Ha pasado mucho tiempo, pero algunos momentos, como algunos poemas, permanecen. Ahora recuerdo a Luis Rius, poeta, con estos versos dedicados a Pilar, tan suyos en su anhelo, tan limpios en su vuelo:

Si yo pudiera hacer a mis palabras
girar como los giros de tus cuerpo,
curvarse como el vuelo de tus brazos
y quebrarse al compás de tu cintura,
se moriría de amor ese silencio
de la sonrisa que sonríen tus labios
y gemiría tu sangre largamente
al escucharlas, como la mía gime
cuando al bailar me hieres y me sonríes.

27 de abril de 2014

La humildad de Díaz Mirón

Salvador Díaz Mirón fue un poeta notable y un hombre violento, colérico. Tuvo el talento para escribir una poesía imprescindible, y también el hado funesto para salpicar su vida de sangre, muerte y desgracias.

Injuriaba, insultaba y golpeaba, por lo menos, a cualquiera que lo contradijera sobre una jugada de ajedrez o sobre la correcta construcción de un verso (sabía gramática y latín) o sobre sus ideas políticas. Retaba a duelo a sus adversarios, y mató más de una vez. Por uno de esos homicidios estuvo en la cárcel, aunque no fue juzgado y, luego, liberado.

Conoció el destierro, la distancia y el desamor de sus hijos, la enfermedad y la muerte de algunos de éstos. En una de sus riñas perdió movilidad del brazo izquierdo. Fue un político que usó su poesía como arma política (con un poema irritó al dictador Porfirio Díaz), diputado varias veces, amigo de Victoriano Huerta, candidato a gobernador de Veracruz, director del Instituto Veracruzano...

Pero lo que de veras no toleraba era la crítica a su poesía. Pistola en mano pedía cuentas a los que se atrevían a hacer comentarios no halagadores para Lascas, libro admirable. Se creía sin la menor sombra de la duda el mejor poeta vivo de América. Díaz Mirón era, todo un personaje. Uno notable, con vida épica y trágica.

Es difícil imaginarlo vulnerable, humilde, sencillo; apenas puede uno imaginarlo débil, en una situación desesperada. Y sin embargo, en mi familia materna todavía de vez en cuando aparece la leyenda de Díaz Mirón, su trato cordial y afable con mis mayores, en particular con Pantaleón Llarena, hermano de mi bisabuelo, al que respetaba y apreciaba.

De pronto, entre mis papeles, de una carpeta sale una copia de la misiva que el poeta le envió a Pantaleón desde la cárcel. Es un hecho conocido, y la revista Biblioteca de México, número 76, julio-agosto 2003, la publicó en facsímil gracias a la colaboración de mi tía María Elena Llarena.

Dice el poeta, acaso en su peor momento, desde la cárcel:


«El 17 de junio de 1896.
»Querido y estimado Pantaleón:
»Una necesidad imperiosa me obliga a suplicarte, no sin pena, que me facilites quince pesos.
»Si Dios me permitiere salir vivo de la cárcel, o si en ella quisiera aliviarme de la miseria pecuniaria, te pagaré religiosamente el dinero no los favores que te debo.
»Cuenta con la eterna gratitud de tu pobre amigo que jamás olvidará que su familia ha comido algunos días merced a tu generosidad.
»Salvador Díaz Mirón

»Al señor Pantaleón Llarena
En la ciudad» [Veracruz]


No tengo razones para dudar, no asoma la menor sospecha, pero tampoco tengo pruebas ni la certeza de que mi pariente le haya prestado o regalado dinero al poeta. A pesar de la variopintas opiniones que despierta su vida, su leyenda, me gusta imaginar que contó con ese dinero.

6 de marzo de 2014

Panero: el loco, el poeta

Ha muerto un poeta. Dicen que estaba loco (la combinación de la extrema lucidez y la palabra iluminada suele ser explosiva). El loco y el poeta comparten síntomas pero muy pocas veces son el mismo. Leopoldo María Panero era brillante, una máquina de pensar y razonar más allá de la esquizofrenia y la metáfora. Era un poeta y decía la verdad; condenado a pensar se aisló en su castillo de razones y palabras. Sus opiniones sobre política y cultura, sobre la sociedad, eran extremas y sus juicios radicales, sí, pero no le faltaban razones. Había frecuentado el lado oscuro de la vida, de la luna, del alma, de la noche y había vuelto para contarlo. Se había asomado al Infierno en vida y ese viaje a destiempo hace imposible la vida simple y sencilla. Como tantos locos, era el dueño de la razón, y le insufló a las palabras un narcótico que las intoxicó de verdad y belleza. La locura y la poesía hacen mala pareja, son malas compañías y peores consejeras; casi nunca saben marchar juntas y devoran al que las cultiva. Ser loco no es una dicha; ser poeta y ver no siempre es deseable. La poesía y la locura son dos maneras de asomarse al vértigo, como quien se ciega al intentar mirar el sol de frente al mediodía. El precio a pagar es alto: estar en el mundo como si no se estuviera en él y decir con palabras trastocadas y vehementes que casi nadie oye lo que nadie nunca había dicho. Panero era un ángel extraviado, una fuente de luz oscura, un incomprendido, un apestado, un demonio. Ha muerto un poeta. Se erige el silencio. Acaso para no escucharlo, también decían que estaba loco.

2 de marzo de 2014

Las cartas de amor de Gilberto Owen

Algunos poetas alcanzan el momento más alto de su poesía, el cenit de su poética, en sus cartas. No me refiero a sus mejores versos, a esas palabras impecables que guardamos en la memoria y citamos, y  que con frecuencia son objeto de estudios y ensayos, sino al estado de gracia en el que dicen, a vuela pluma, en una línea apresurada, la verdad de su alma.

Gilberto Owen, poeta, se enamoró de Clementina Otero en 1928. Es una historia conocida y bien documentada. Ella era actriz y cantante; él poeta a punto de partir de México (para siempre) al inicio de su carrera diplomática. Ella tenía dieciocho años; él apenas contaba veinticuatro. Entre abril y noviembre el joven poeta enamorado (con frecuencia, esas tres palabras, al menos por un instante, nombran y dicen lo mismo) escribió una serie de cartas de amor por las que también es recordado.

Me muero de ‘Sin Usted’ (Siglo XXI) recoge esas cartas que Clementina conservó con celo toda su vida, mucho años después de que recibiera la última carta, del fin de su trato personal y epistolar con Owen. Ella guardó esas cartas rudas a pesar de no amarlo, pero sin duda sabía que en ellas había algo de Owen que no sólo a ella le pertenecía. Dice con lucidez: «Amaba su poesía, amaba al poeta, mas no al hombre.»

En una tarde calurosa de domingo, leo e imagino. Leo y supongo que Owen no era un galán gentil y amable, seductor de damas por su cortesía: «Ya sé (y lo sospechaba de antemano) que el tratar de conocerla me separó de usted inefablemente", le dice en una de sus primeras cartas. "Y me alejo de usted al adentrarme en su vida, porque usted está sólo en su superficie.»

Si Gilberto Owen tenía una táctica para enamorar a Clementina, decidió prescindir de las palabras dulces, los requiebros, las sutilezas: «Una vez hablamos de intentar yo conocerla, no teniendo llave de amor suyo, por el ojo de cerradura del amor mío nomás [...] Y cuando después estaba espiando, usted de otro lado cogió un largo alfiler para pincharme el ojo. Me refiero así, a que todas las veces que he tratado de abordarla anunciándoselo, usted se ha defendido contra mi ternura mañosamente. Tuve así que preferir entrar por la ventana, y como soy poco ágil, me he caído y seguiré cayendo en usted no sé cuánto».

El poeta no le oculta sus temores a su amada: «Alguna vez me he puesto a pensar angustiado, en lo espantoso, en lo monstruoso que sería un noviazgo entre nosotros.» «La vergüenza me golpea en lo único firme, mi amor a usted.» Y el orgullo, que tantas veces habla en el nombre del amor, dice: «Y sólo me consuela no deberle ninguna felicidad.» «Y yo enloquecería, no de que usted no me ame, sino de no amarla a usted.»

También la franqueza y la desesperanza hablan por el poeta: «Es usted obscura. O no, sino obscurecedora.» «Y yo, que estaba diciéndole hace un momento a Dios, agradecido, que no merecía la fortuna de amarla como la amo, me hallo de pronto sin nada sin saber lo que amo, sin saber si amo, con las manos vacías de haber querido apretar puñados de aire. Y yo me odio profundamente.»

Si la estrategia era sacudirla, provocarla, moverla por la inteligencia, Owen tenía su repertorio y le decía lo que probablemente nadie nunca más le dijo a Clementina: «Además, físicamente no es usted el tipo de mujer de la que yo deseaba enamorarme. Me parece usted hermosa, y ahora tengo que empeñarme naturalmente en encontrarle nuevos atractivos cada día.»

Owen, pasa de la exaltación de la amada, para la que tuerce los pronombres y lastima la sintaxis, y pasa de lo ordinario intrascendente y la frase relámpago, a la declaración abierta y el juego de las formas. Desesperado, pasa de la oración amante y el recuerdo pueril a la frase ambigua y la gravedad. «Hubo un momento en que usted me habría atraído por su apariencia saludable, y yo tan enfermo; pero cuando he descubierto que usted lo está tanto como yo, y a pesar de ello he seguido enamorado, he tenido que ponerme a buscar por otro lado.»

Contradictorio, atormentado, apasionado, Owen está en sus cartas de cuerpo entero. No oculta, todo lo contrario, su condición: «yo enamorado y usted inhumanamente, casi divinamente helada, no es extraño».

No falta una amenaza, por suerte falsa: «Le voy a ser fiel un año. Al año me enamoraré de la muerte y me pegaré un balazo.» No hacía falta el arma de fuego. Owen morirá un poco, y no será el mismo cuando termine el año. Habrá muerto de Clementina. La oración emblema debe tomarse en serio: «Me muero de ‘sin usted’».

Sin ella se sabe perdido, y encuentra consuelo en su razón de amor: «Amar no es nada. Lo que importa es saber que se ama.» «Clementina: la adoro sin a pesar de nada». Y le advierte que lo suyo no son sólo palabras: «usted sabe mucho de literatura para saber que ya no hago literatura.»

El poeta quiere a la amada como su poesía. Le gustaría fundirlas, ir de una a otra. Le confiesa a Clementina: «La inhumanidad se la atribuía un poco con índole literaria, por saberla igual a como yo quería mi poesía. Luego me he ido acostumbrando a quererla igual a usted.»

«La invito a mi vida. Es cómoda, apacible, y dura y agitada. Nunca aburrida. No soy egoísta, no ronco y no atropello a las gentes sino a la entrada del subway» es una de las propuestas más sinceras, con datos biográficos importantes, que debe ser considerada en su brevedad y concreción como una de las piezas más  escuetas y originales en los anales de las peticiones matrimoniales y la literatura amorosa.

Pero el amor consume al poeta, su paciencia se agota, y desde Nueva York dice en una de sus últimas cartas: «La odio y no me importa que a usted no le importe. Mi odio es gratuito y absoluto [...]  Y no necesito ya nada de usted que ser el objeto, la cosa, el blanco negro de mi odio. Y este odio me salva y me llena y me basta y sólo sería mayor mi alegría si la supiera a usted más miserable que yo mismo.»

Palabras rudas, duras. Impropias de un caballero, expresión de un hombre desesperado. Unos mueren de sed, de odio, de amor. Owen murió de sin ella. «Me muero de ‘sin usted’ es todo un lema y una declaración de principios y una fe y una biografía amorosa.

Luego, el silencio.

Dice Clementina Otero en el libro: «Más tarde, empecé a necesitar sus cartas, las esperaba con ansiedad, acaso con cierta ilusión. Mas no estaba segura de que fuera amor, ¿amor? “Por siempre jamás. La adora G. O.”: fueron sus últimas palabras en su última carta. Se fue y no llegue a su vida. ¿Se fue huyendo de mi desamor? No lo supe: sólo sé que en su última carta se sentía culpable, tal vez por haber encontrado otros amores, o por haber perdido la esperanza de esperarme.»

10 de noviembre de 2013

Edén Ferrer: Epiclesis

 Hay un viejo debate, tal vez de origen francés, sobre la forma correcta de aproximación a una obra literaria. Por un lado Sainte-Beuve, decía que una obra es el reflejo de una vida y para conocer esa obra, para explicarla cabalmente y en su justa dimensión, es necesario analizar la biografía del autor.

Por otro lado, están los defensores de la obra por la obra misma. De éstos, entre los autores franceses, destacan Flaubert y Proust. Ellos dicen que la obra tiene autonomía, se presenta sola y vale por sí misma. La obra es y dice lo que dice al margen de su autor. La interpretación y valoración, claro, es asunto de cada lector.

Me gustaría hablar de Epiclesis (Fondo de Cultura Económica, México, 2013), la antología de los escritos de Edén recién publicada, con autonomía e independencia. Quisiera hablar de la obra desde la obra misma, pero no puedo, me lo impide un accidente afortunado. Yo conocí a Edén Ferrer.

Borges se jactaba de lo que había leído, no de lo que había escrito. Yo tengo motivos para celebrar a mis amigos (también para lamentar a los que he perdido, y no siempre porque llegaran al final del camino). Edén y yo fuimos amigos; conversé con él por unos cuantos años en el sentido más profundo y grave de la palabra. Edén era un amigo entrañable, un regalo de la vida y su presencia era en sí misma un hecho literario.

Edén era un hombre, luminoso, lúcido, brillante como tal vez no he conocido a otro. Tenía la cultura del que ha leído una biblioteca entera y la recordaba por artes de Funes, el Memorioso (podía recitar centenares de versos, dar puntualmente citas textuales y explicaciones eruditas, nombres, títulos de obras y se sabía más palabras de las que caben en el Diccionario).

Edén era simpático, tenía una sonrisa fresca, era amigo de sus amigos y de la conversación, de la tertulia, del café; vivía una fascinación cósmica por las mujeres, vestía como dandy (jamás, nadie, lo vio despeinado, con una camisa arrugada o los zapatos sucios) e iba a todas partes con un portafolios de piel en el que guardaba sus escritos que mostraba y daba copias a sus amigos en la primera oportunidad  (por eso conservamos fotocopias de poemas y relatos que permanecen inéditos).

También tenía una rebeldía incompatible con la vida ordenada y cotidiana, no tenía la sumisión del empleado modelo; tenía en cambio una sed de libertad que no le permitía ejercer con método y la disciplina debida el trabajo en una oficina, o el estudio académico y la docencia, para la que estaba particularmente dotado, y una imaginación portentosa que no le ayudaba a mantener los pies en la tierra.

Su experiencia de vida lo hicieron un outsider, un Perseguidor, en términos cortazarianos, un hombre al margen, solitario, siempre a contracorriente, rodeado de familiares y amigos (adoraba a Edurne, su pequeña hija). Viajero de la noche, buscador de la belleza y lo sublime, se le pasaban las horas sin que se diera cuenta.  Muchas veces se quedó a pasar la noche en mi casa, y una vez se instaló una semana entera. Cuando no conversaba, leía y escribía en silencio como un gato; apenas comía, pero sí había que dejar a la mano una botella de vino tinto, por lo menos.

Edén era un buscador de absoluto que de pronto desaparecía. Algunos de mis amigos de principios de los años ochenta fueron amigos de él y buena parte de aquellas amistades se sustentaban en una madeja de complicidades para cuidarlo ("¿Tú lo llevas? ¿Lo pones en un taxi? ¿Lo has visto?" "¿Qué sabes de él?" "¿Con quién está?", nos preguntábamos). Menudo, enjuto, quevedescamente flaco, era frágil al extremo e inimaginablemente sensible. Verónica Volkow escribió un retrato "Edén Ferrer, in memoriam (La Jornada, México, domingo 4 de febrero de 1996), un testimonio de primera mano sobre un escritor del que casi nadie sabía nada y casi nadie había leído.
Era más de diez años mayor que yo y por momentos parecía un hermanito menor. Un día se definió: "Soy como un niño que no tiene un papalote que lo lleve".  

Edén era un Poeta (con alta inicial, por supuesto), un goliardo fuera de siglo, un espíritu libre y liberador, disperso, que no se molestó en recoger o publicar su obra, por eso celebro la justa y necesaria aparición de Epiclesis. Es un acierto del Fondo de Cultura Económica la publicación de esta antología con la que queda resarcida, al menos parcialmente, una deuda con un escritor de primera línea y marginal. Ahora un libro de Edén Ferrer se inscribe en la Colección Letras Mexicanas por derecho propio, como bien dijo Joaquín Díez-Canedo, entonces director de la editorial. Además, es una edición muy bella, que Edén hubiera apreciado.

No me sorprendería que los críticos a partir coloquen a Edén en el cajón de los “raros” o “inclasificables” de nuestras letras. El asunto es irrelevante, en cambio me parece que la literatura de Edén Ferrer tiene muy pocos rasgos en común con la obra de sus contemporáneos.

No sé cuánto habrá escrito, tal vez relativamente poco. Muchas veces me habló de una novela a la llamaba “Ruelas”,  el trayecto a pie del personaje desde el barrio de San Ángel al Zócalo en el centro de la ciudad. La novela sucedería en dos planos: la descripción y comentarios arquitectónicos e históricos sobre la ciudad misma y el pensamiento –una suerte de flujo de conciencia– del personaje mientras camina y recorre la ciudad. Edén decía que tenía más de cien páginas escritas y no tengo la menor idea dónde podrían estar. Es posible que haya perdido manuscritos y originales, no soy el único que conserva poemas y relatos inéditos.

Epiclesis es una antología que incluye una novela corta (de espléndida factura que puede leerse en clave de al menos dos géneros), ficciones o relatos, breves ensayos y poemas, es una selección a la que no le sobran páginas pero sí le faltan poemas y cuentos, en particular los relatos humorísticos. Esa ausencia se echa de menos porque Edén tenía un altísimo sentido del humor, era un hombre que reía y sabía hacerlo. Para él la risa y el humor eran atributos de la inteligencia y dones del espíritu que bien supo cultivar y hacer compatibles con su gravedad metafísica y un pensamiento serio y profundo (por algo anduvo un tiempo entre jesuitas).

Bienvenido sea Epiclesis, el libro, cuyo título es una palabra que no recoge el Diccionario pero sí la teología, lo que no debe sorprendernos, pues la obra de Edén es metafísica, una búsqueda y un ascenso de comunión cósmica antes que estrictamente religiosa. No es casual que de su poesía –tan seria, tan rica, tan inteligente, tan solemne– “Antífona” (Askesis), nombres que remiten a ese rasgo central de la poesía de Edén, sea el poema favorito de muchos lectores, y que en esta edición, en la página 168, aparece con una errata que Jorge Brash señala y espero sea enmendada en la primera reimpresión. Hablando de murciélagos, el poeta escribió guano (estiércol), habla del innoble aroma del guano fosilizado, y un mal duende de imprenta lo convirtió en gusano fosilizado.

La publicación de este libro, por tardía más gozosa (Edén murió en 1995, a sus cuarenta y seis años) es otro motivo para seguir pensando en él, para que gane lectores y el póstumo reconocimiento que merece. Para los que tuvimos la alegría de conocerlo, este libro, vínculo único con sus palabras, es también un pretexto inútil. No creo que nadie que haya conversado con él, nadie que lo haya conocido pueda olvidarlo.

Edén Ferrer era, en verdad, un hombre y un poeta extraordinario. (¡Evohé! ¡Evohé!, como sé que no hubieras dejado de decir, entrañable Edén, grandísimo traidor, pequeño cronopio, poeta mayor.)
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(Texto, con pequeños cambios, leído en la presentación de Epiclesis en la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica en la ciudad de México el jueves 7 de noviembre de 2013.)     

4 de agosto de 2012

After shave

Una de las más asombrosas propiedades de la literatura es encontrarla ya escrita por otro tal como uno la imaginó, como a uno le hubiera gustado escribirla. A veces la literatura aparece nítida en la página de un libro escrito por otro y allí están las palabras que expresan nuestra emoción y nuestro pensamiento.


Las mañanas son la mejor hora del día para estas revelaciones, en particular mientras frente al espejo uno se unta la cara con crema de afeitar como un payaso. Uno piensa ráfagas deshilachadas de pensamientos trascendentes, reflexiones graves, versos sonoros, nebulosas verbales que deberían tomar su forma definitiva en una oración completa. Luego, un instante después, se van por el caño con el agua sucia de barba y crema de afeitar.

Entonces, en esa misma mañana, con la cara bien afeitada que todavía huele a loción, aparecen, con la expresión justa y lúcida, bella y completa, aquel verso, aquella idea que uno no escribió pero intuyó frente al espejo. 

Eso sucede de vez en cuando, pero a casi diario vuelve ese juego de miradas con el espejo, ese ocultar mi propio rostro de mi mirada con la crema que me da la apariencia de otro, que me hace otro por un momento, uno que conozco pero no siempre reconozco, uno que me dice cosas que me dolería decírmelas cara a cara.

Entonces, aquello no escrito, toma forma en las palabras de un poeta. Yo he pensado y sentido lo que Pedro Salinas le dice a Katherine Whitmore el 3 de marzo de 1933 sobre las propias cartas de amor que le escribía:

«[...] Me levanto pues, y el día me trae, como una luz, la iluminación sobre mi carta de hoy. Un momento fecundísimo en la elaboración espiritual de la carta es el de (sí, no te burles de mí) afeitarme. Fue siempre muy importante en mí: al afeitarme, en esa operación terrible en que el hombre tiene que enfrentarse consigo mismo a diario, cara a cara, arrostrar su mirada, y verse en un espejo trágico y grotesco a la par, con esa cara recién salida del sueño y esa espuma blanca por la faz, algo entre espectro de sí mismo y clown, se me han ocurrido siempre grandes cosas. Proyectos prácticos, poemas, novelas, soluciones o dificultades, no sé […]. Y lo curioso es que luego, en el taxi que me lleva a mi despacho, voy pensando en lo mismo y el color del día, el tono de luz, lo que veo por las calles, concurre todo al mismo punto. Pero luego pasa algo inesperado y siempre repetido, aunque sea paradójico, y es que al coger la pluma escribo otra cosa completamente distinta, inspirada por el instante, revelación súbita rayo del cielo. ¡Abajo se hunde toda la preparación!»

Yo debí haber escrito aquí de otra cosa. Salinas, imponente poeta, no deja de sorprenderme, de decirme mucho, en sus poemas y en sus cartas. Yo sé de qué habla el poeta. Lo he sentido frente al espejo y lo he vivido after shave esta mañana.

4 de diciembre de 2011

La arena y el segundero

Borges lo escribió en "Límites", un pequeño poema (no hay tiempo que perder en palabras necias), y es probable que otros hombres lo hayan pensado. Sumar años de vida es también una resta implacable. Él dice en el poema que a mi edad sabía que no volvería a recordar una cita de Verlaine, que hay una calle a la que no volverían sus pasos, que entre los libros de su biblioteca había alguno que ya no volvería a abrir.

Ahora sé, tras él, que cada día aumenta la cuenta de los días desde que vi por última vez a mi padre, que es finito el número de veces que veré la clara luna. Ahora sé, lo admito, que no aprenderé aquella lengua extranjera que hubiera querido, que no volveré a conversar con algún amigo, ni escribiré aquella novela cuya trama he olvidado. No volveré a alguna ciudad amada, y sé bien que tampoco volveré a ver a alguien que quiero y frecuento en mis sueños.

En este día (¿qué sería de nosotros en el siglo sin las ceremonias y los ritos?) imagino que todavía tengo mucho tiempo (aunque siempre es relativo), pero el aniversario me recuerda que se cierra un ciclo y que a cada instante me queda menos. Aún hay sol en las bardas, me digo que dijo don Quijote. Sí, pero la muerte me desgasta incesante, recuerdo que escribió Borges. Llego a esta fecha y me entretengo perplejo en estas cosas mientras vivo y se me escapa la vida y se agota aniquilador el tiempo: también mientras escribo estas palabras, cae la arena y avanza implacable el segundero.

19 de agosto de 2011

García Lorca

Hace setenta y cinco años asesinaron a un poeta. Lo mataron la ignorancia, la intolerancia, los prejuicios, la sed de sangre, el odio fratricida. Era uno de los más altos poetas de la lengua. Su poesía siguen siendo la alfaguara de la que manan versos perfectos, frescos, sonoros, cegadores, deslumbrantes. García Lorca sólo hay uno, y su obra se ríe del tiempo porque se sabe de agua, tierra, luna, claveles y acero. Nadie sabe dónde están sus restos, en algún paraje de Granada, pero sus poemas están en todas partes, en los libros, en los labios, en la memoria. Ay Federico, contigo se murió un poco de lo mejor de España. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro. Quien dice tu nombre, evoca a la poesía. ¿Quién escribirá tu Llanto, quién cantará tu gloria, en un presente eterno, sólo para vencer a tu muerte, cualquier día, a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde?

28 de enero de 2011

El hombre de las rosas y el cognac

Un puntual y escrupuloso amante de los ritos y las ceremonias, ejemplo de fidelidad y constancia, no depositó, el 19 de enero [de 2011], por segundo año consecutivo, tres rosas y una botella de cognac, abierta y a medio beber, en la tumba de Edgar Allan Poe (que como todo el mundo sabe era el doble de Charles Baudelaire).

Desde 1949 hasta 2009, ese desconocido caballero le rindió homenaje al Poeta el día de su cumpleaños al tiempo que nos recordaba que hay pactos y promesas para toda la vida. Nada se sabe de ese hombre que llegaba, entre la medianoche y la madrugada, embozado y con sombrero al cementerio de Baltimore a rendir su homenaje.

Fue visto muchas veces en esas noches heladas en las que aparecía; por fortuna no era molestado. Se sabe que cumplía escrupulosamente con la ceremonia que quizá había perfeccionado con los años y luego se marchaba silencioso para volver justo un año después. Alguien podría pensar que imaginar a ese hombre, sus razones y su pasión, acaso su fe, daría el argumento para un relato. Sólo puedo imaginar una causa para justificar su segunda ausencia en un largo rito de casi sesenta años. 

Podríamos pensar que la obra del gran Poe fue la motivación y la razón de su vida, que la leía todos los días con devoción, que declamaba «El cuervo» en recuerdo y honor de una mujer amada... En el fondo, quizá todo esto sea pura literatura, para mayor gloria de Edgar Allan Poe. Que así sea.

Pero a mí la noticia de esta ausencia me desconcierta un poco, me deja un regusto triste, y pienso en ella a lo largo de los días. Algo se ha roto, me digo, otro hombre ya no está, su ritual se ha perdido. Yo estoy seguro de que Poe, donde quiera que esté, acaricia un gato negro y también lo lamenta un poco, al menos por las rosas y el cognac.

28 de octubre de 2010

Beatus ille y la poesía de Miguel Hernández

Muy temprano, mientras hacía fila en un café para pedir el primer exprés del día, escuché que alguien detrás de mí declamaba: Besarse, mujer, / al sol, es besarnos / en toda la vida. / Asciende los labios, / eléctricamente / vibrantes de rayos... Me volví y vi a un hombre muy joven, con la cara estragada, lo sé, por el amor, la poesía, el desvelo.

En el café había casi una penumbra, casi un silencio. Los clientes pedían discretamente capuchinos y americanos, los empleados los servían, pero nadie dijo ni hizo nada más. Del fondo de la fila aquel hombre, herido de un zarpazo poético, desgranaba: Boca que arrastra mi boca, / boca que me has arrastrado: / boca que vienes de lejos / a iluminarme de rayos.

Me volví abiertamente con rotunda simpatía. Aquel hombre me vio, y entendió que yo entendía. Hermanos fugaces en Miguel Hernández, lo acompañé, contagiado de pronto: Alba que das a mis noches / un resplandor rojo y blanco. / Boca poblada de bocas: / pájaro lleno de pájaros.

Nadie más en el café dijo ni hizo nada. Aquello me pareció un escándalo. De pie, bebí mi exprés de dos sorbos. Lo trascendente seguía implacable: He de volver a besarte, / he de volver... Lo seguí hasta el final: Boca que desenterraste / el amanecer más claro / con tu lengua. Tres palabras, / tres fuegos has heredado: / vida, muerte, amor. Ahí quedan / escritos sobre tus labios.

Me acordé de un adolescente que quiso ser poeta y se aprendió para siempre, deslumbrado, muchos poemas de Miguel Hernández. A pesar de los años, por un apego inútil, creo que aún conservo una carpeta con papeles impresentables de aquel tiempo.

El que estaba frente a mí en el café, lo sé, era un hombre en estado de gracia, luminoso. Dichoso él: Beatus ille, pensé. Que nada lo perturbe, me dije, que nada ni nadie lo trastorne. En el café, lo sé, pronto sería un loco, un raro, un apestado.

Salí a la calle para ir a la oficina, la cruda luz de la mañana era más densa, el aire más pesado, los ruidos opacos; el mundo era distinto, parecía irreal, desdibujado.

28 de febrero de 2010

Cuando muere un poeta

Cuando muere un poeta, algunas palabras pierden sus atributos, su sonido y su sentido, nada dicen, cuando muere un poeta. Los colores pierden intensidad, los objetos no tienen la misma consistencia, la realidad se desdibuja por un tiempo, los pájaros chillan desorientados y los árboles se mecen en un viento que ha perdido el norte.

Cuando muere un poeta, uno de verdad, uno que nombra el mundo como si lo creara (uno de esos que levantan la voz y pareciera que las cosas se incendian o se inclinan, se hacen y fijan en sus palabras), una lengua es mutilada, quedará incompleta, y una manera de estar y ser en el mundo ha llegado a su fin, pues se pierden para siempre los versos que sólo él podría haber imaginado.

Un poeta es el alma de una lengua y por un instante se levanta y erige en su poema por todos los poetas, por todos los hombres, aun los que ignoran que hay un verso que los anima y los nombra. Cuando muere un poeta, se deslavan un poco las otras palabras y quedan fijas y finitas las suyas, iluminadas. Hoy ha muerto uno. Es la hora de escucharlo, de leerlo; es la hora de guardar silencio.

13 de febrero de 2009

El humo, la espuma, las palabras

En el vigésimo cuarto canto del Inferno, Dante Alighieri, acaso el más alto poeta de Occidente, dijo alguna vez Octavio Paz, escribió hace siete siglos bien contados: Omai convien che tu così ti spoltre, / Disse il Maestro, chè, seggendo in piuma, / In fama non si vien, nè sotto coltre: / Senza la qual chi sua vita consuma, / Cotal vestigio in terra di sè lascia, / Qual fumo in aere od in acqua la schiuma.*

Estos versos, puestos en boca de Virgilio, bien pueden ser un lema, una divisa, la fuente del numen y de la persistencia de un poeta en su trabajo; sin duda lo fueron del gran florentino en su esfuerzo por alcanzar la gloria. (También don Quijote en sus caballerescas aventuras buscaba la fama, que es otra forma de aspirar a la inmortalidad.)

Para la grave empresa de resistir la erosión del tiempo los poetas eligieron las palabras, que a veces son duras y pétreas, marmóreas, pero las más de las veces tan frágiles y efímeras, tan maleables y misteriosas, tan ligeras y aladas en el aire como el humo, y tan esquivas, frescas e instantáneas como la espuma en el agua. ¿De qué están hechos, oh Poeta, el tiempo, la fama, el humo, la espuma, las palabras?


* "Pues te conviene, tu pereza espanta", / dijo el maestro, "que en la blanda pluma / fama no has de ganar, ni so la manta: / quien sin ganarla su vida consuma / igual vestigio dejará en la tierra / que humo en el aire y en el agua espuma". (Versión de Ángel Crespo.)