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21 de diciembre de 2018

El rechazo a John Kennedy Toole

Podría escribirse la historia universal de los libros rechazados. Sería una historia monótona e interminable. Mucho menos interesante que narrar las excepciones, como propuso Alfred Jarry; la dificultad consistiría en encontrar autores a los que un editor no les haya rechazado al menos un libro.

No son pocos los testimonios y documentos que revelan el rechazo de libros considerados obras maestras de autores célebres. Ese menosprecio es parte de la leyenda del libro y del autor y un formidable estímulo para autores inéditos. «Si rechazaron a Proust, Joyce y Rowling... el secreto es perseverar y encontrar el editor correcto para mi libro», podrían decir los autores jóvenes.

En algunos países, los editores no sólo se toman la molestia de leer los originales que rechazan, sino que escriben cartas, a veces impecables y rotundas, en las que explican las razones de su respuesta negativa. Las cartas que Italo Calvino envió a los autores como editor de Einaudi han sido reunidas en un volumen, Los libros de los otros (Siruela), y deben leerse como un fascinante ejercicio de crítica literaria; otros editores han publicado también colecciones de cartas y han contado en ellas y en libros de memorias las a veces complejas relaciones que tenían con los autores que publicaban y rechazaban.

(Un escritor que se sentía favorito del infortunio decía que no se cansaría de enviar sus manuscritos una y otra vez a todas las editoriales del mundo, y que lo hacía sin amargura y sin esperanza porque ya sabía que una vez más su obra sería rechazada, pero llegaría el día en que un editor sabría valorarlo, entonces recibiría una carta de aceptación, un contrato, un cheque con un adelanto de sus regalías de derechos de autor, entonces todo esa larga espera habrá valido la pena.)

El improbable autor de esa imposible historia universal de los libros rechazados deberá prestar particular atención al caso del malogrado John Kennedy Toole (1937-1969). Su historia es muy conocida, tanto, que es probable que sea el autor y víctima más celebre de nuestros días del rotundo rechazo de un editor.

No deja de ser una pena que John Kennedy Toole sea tan conocido por el suicidio al que lo llevó la decepción de no ver publicada su novela, A Confederacy of Dunces (La conjura de los necios; Anagrama), como por los méritos de su obra, a la que él mismo consideraba, con buen juicio, una obra maestra. El rechazo del editor en el que confiaba fue un golpe devastador.

John Kennedy Toole eligió un editor de muy altos vuelos para su novela. Robert Adam Gottlieb fue editor en jefe de Simon & Schuster, Alfred A. Knopf y The New Yorker, y publicó libros de autores célebres y algún premio Nobel.

El editing del mundo anglosajón no tiene equivalente en la industria del libro en español. Los editores ingleses y sobre todo estadounidenses pueden ser decisivos para llegar a la versión final de un libro, y en algunos casos pueden ser casi coautores. (El caso de Raymond Carver con su editor Gordon Lish es tan complicado y turbio que podría novelarse; y el cine en Genius [El editor de libros o Pasión por las letras], de Michael Grandage, sobre el mítico Max Perkins, se ha asomado a las intensa relación entre un editor y sus autores.)

Gottlieb, entonces en Simon & Schuster, leyó A Confederacy of Dunces y le escribió a John Kennedy Toole no una carta de aceptación, sino una invitación a que lo visitara. Fue el inicio de una pesadilla, de un gran malentendido, de una desafortunada cadena de sucesos que a lo largo de dos años aniquilaron el entendimiento, la posible publicación de la novela y, al final, la vida del escritor.

El editor creía que el libro no se vendería, que Ignatius J. Reilly, el inolvidable protagonista de la novela, no era tan buen personaje, que había errores de origen y hacía sugerencias y exigía cambios. John Kennedy Toole creía en su editor, pero creía más en su literatura. No haría la novela que Gottlieb quería aunque no se publicara. El precio por pagar fue una depresión de la que no supo librarse, de la que no pudo sobrevivir.

Thelma Toole, la madre, encontró el manuscrito de A Confederacy of Dunces, culpó a Gottlieb de la muerte de su hijo y emprendió su cruzada por publicar la novela. Tras años de rechazos y rechazos en una y otra y otra y otra editorial, el escritor Walker Percy, escribió un prólogo y consiguió que la novela se publicara.

A Confederacy of Dunces apareció por fin en 1980, once años después de la muerte de su autor. El éxito fue inmediato (muy pronto empezó a correr su leyenda negra), ganó un premio Pulitzer póstumo y hasta se publicó de pilón The Neon Bible (La biblia de neón; Anagrama) una primera novela de aprendizaje, que el propio John Kennedy Toole consideraba impublicable. (El mercado es insaciable y no perdona, había que aprovechar el momento.)

Algunos errores son fatales. La decepción de John Kennedy Toole ante el rechazo de Gottlieb le costó la vida; a éste aún lo persigue aquel rechazo editorial, y no estaría mal que fuera recordado como el editor que no publicó A Confederacy of Dunces. Ahora, casi nonagenario, en una entrevista se ve obligado a volver sobre el tema. Su posición no ha cambiado. Dice:

«No me arrepiento. Volví a leer el libro y llegué a la misma conclusión. Reconocí la enorme cantidad de talento y el mismo montón de fallos terribles que la primera vez. Cuando el chico se quitó la vida, la madre me echó la culpa. Supongo que no se lo puedes tener en cuenta, pero la chaladura de ella contribuyó al trágico desenlace.»

La última oración de esta cita de Gottlieb merecería una explicación. La «chaladura» de la madre no fue la causa del «desenlace trágico». A veces publicar un libro no es un asunto de calidad, sino de oportunidad, capricho, azar o relaciones públicas. Un capítulo de aquella imposible historia de los libros rechazados podría estar dedicado a las metidas de pata monumentales, y a los testimonios de los editores arrepentidos que han confesado sus errores, como André Gide que no cesó de lamentar haber rechazado el primer tomo de En busca del tiempo perdido de Proust.

John Kennedy Toole creyó con fe ciega en el editor equivocado. Hoy su novela no cesa de ser editada y ya podríamos considerarla un clásico contemporáneo. Está presente en la memoria de sus miles y miles de lectores, en las librerías, en las bibliotecas, en las aulas y en los cubículos de los profesores, y también en las calles. Ignatius J. Reilly, el personaje inolvidable, gordo, renacentista, idealista y chiflado, es una figura central del Mardi Gras, el carnaval de Nueva Orleans, la ciudad de John Kennedy Toole, y goza de una celebridad creciente, al punto que, como a Don Quijote, ya le han levantado una estatua.

22 de diciembre de 2016

Cesare Pavese y las mujeres

Tenía la impresión, ligera, apresurada, de que el escritor que tuvo las relaciones más desafortunadas y complicadas con las mujeres fue Borges; ahora pienso que las desdichas amorosas de Cesare Pavese son mucho más que una serie de fracasos, en realidad el sino de su vida. Nunca fue amado por ninguna mujer, nunca dejó de buscar una a la que amar.

Desde el principio su vida amorosa fue un desastre. Y nunca mejoró. Pavese fracasó desde la adolescencia: esperó bajo el frío y la lluvia durante horas a una bailarina que huyó de él por otra puerta.

Por otra mujer se puso en peligro. Enamorado de Tina Pizzardo, pareja de un comunista preso, aceptó ser el intermediario y recibir en su casa la correspondencia. Eran los años durísimos del fascismo. En 1935, alguien lo delató, y la policía registró su casa y encontró cartas comprometedoras y fue acusado de antifascismo; fue encarcelado y luego confinado en Brancaleone, un pueblo calabrés.

Pavese enviaba notas a Tina, le hablaba de su sacrificio, de su afecto. Escribió en su diario, que lleva el bello nombre de Il mestiere di vivire (El oficio de vivir): «Mi historia con ella no está hecha de grandes escenas, sino de sutilísimos momentos interiores... Es atroz este sufrimiento». Tina le mostraba un desdén absoluto, y Pavese sufrió por ella, por la falta de noticias.

En una carta a su hermana María: «Hace mucho tiempo que no tengo ni un saludo de... y no sé si estará ofendida conmigo. Yo sigo esperando», y en otra carta a María: «¿Cuándo se cansarán de fingir que no se enteran que pido noticias, noticias, noticias y una postal firmada por...? Hace un mes que no pido otra cosa.»

Después de un año de confinamiento, en 1936, Pavese volvió a Turín. Enterarse que Tina estaba por casarse con otro, y el desengaño de que ella ignoró por completo las cartas y los poemas que le había enviado, fue devastador. Se culpa a sí mismo de ese amor malogrado, de ser incapaz de expresarle su amor a una mujer. Dice en El oficio de vivir: «Un hombre no se lamenta del amor que le ha traicionado, sino del envilecimiento de no haber merecido su confianza.»

Se convence de que sus desventuras se deben por causa suya, y cultiva su culpa; y que la condición femenina es innoble. Sus sentimientos se extienden a su diario en algunas frases vergonzosas y lapidarias. Algunos críticos hablan de misoginia en sus libros, en el diseño y trato de sus personajes. En su diario habla de su circunstancia y la resuelve con elemental aritmética emocional; podría haber escrito: como soy un misógino, no quiero a ninguna pero sobre todo, por ello, ninguna me quiere.

Sólo y soltero a su pesar, Pavese buscaba desesperado el amor, y una esposa. Años después de haberla olvidado, escribe: «el golpe bajo que te ha dado Tina lo llevas siempre en la sangre...» Luego le pedirá matrimonio, entre otras, a amigas, compañeras, a mujeres que acaba de conocer. Tenemos noticias de algunas. En 1940, cuando Italia entra a la segunda Guerra Mundial, Pavese se entusiasma por Fernanda Pivano, una estudiante universitaria que le presentó Norberto Bobbio, el gran politólogo.

La frescura de Fernanda y sus profundos intereses culturales encantaron a Pavese al punto que le propuso patrimonio. Pese a la negativa, su amistad continuó, y a ella está dedicada una buena parte de la poesía de Pavese. Con el tiempo, la amistad se consolidó, Fernanda fue su confidente; en Pavese renació la ilusión de un amor, y un hogar.

Cinco años después, en el verano de 1945, justo al terminar la guerra, Pavese volvió a pedirle matrimonio. Fernanda volvió a rechazarlo, y dejó huella honda en su ánimo y, a su manera, en su literatura: «desde que la conozco ya no puedo aburrirme, me atormenta y estimula pensar en usted, y por lo tanto no escribo novelas».

En 1946, Pavese encontró en las oficinas romanas de la editorial Einaudi, donde trabajaba, a Bianca Garufi. Pavese se aventuró en una nueva pasión, intensa y desafiante, por la que también sufrió. Fue otra de sus relaciones sin futuro, pero ésta tuvo un rasgo intelectual. Como lo hizo Borges con algunas de las mujeres a las que pretendió, Pavese inició un libro en colaboración con Blanca, una novela en la que alternarían la autoría de cada capítulo. El libro, inconcluso, fue publicado unos años después de la muerte de Pavese.

La última decepción tenía todos los elementos de la tragedia. Pavese, profesor y traductor, experto en literatura de los Estados Unidos, se enamoró, en un viaje a Roma, en diciembre de 1949 de Constance Dowling, actriz estadounidense. Constance, bella y rubia, era una diosa de la belleza en busca de fortuna y dispuesta a interpretar su papel de mujer fatal. Tenía, muy a su pesar, todos los atributos necesarios para aniquilar a un solitario, un poeta melancólico, tímido, feo, decepcionado, de mal genio, aburrido y triste.

Luego del deslumbramiento en Roma, Constance y Pavese se reencontraron en Turín. Pavese sabe, siente que es su última oportunidad. Pavese no supo enamorarla. Constance prefirió a un actor y marcharse con él a Hollywood. Cesare Pavese no fue capaz de resistir su rechazo, el rompimiento, el último desengaño amoroso. Había escrito: «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desampara, la nada.» El desenlace era cuestión de pocos meses.

En una extraña carta, en agosto de 1950, dice: «¿Puedo decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que cuando amé nunca me tomaron en serio, y que desconozco cómo es la mirada de gratitud que una mujer le dirige a un hombre?» No condición no podría ser más dolorosa.

El 22 de marzo de 1950 firmó Verrà la morte e avrà i tuoi occhi (Vendrá la muerte y tendrá tus ojos), el poema más conocido de la literatura italiana contemporánea. Fue hallado en una carpeta, con otros nueve (ocho en italiano, dos en inglés) dedicados a Constance, en su escritorio en la editorial Einaudi.

Firmada en Turín, el 17 de abril, le escribió a Constance esta carta, tan clara y tan dura, tan dulce y desesperada:

«No tengo más aliento para escribir poesía. Las poesías llegaron contigo y se fueron contigo. He escrito ésta hace algunas tardes, durante largas horas mientras esperaba, vacilante, poder llamarte. Perdóname la tristeza, pero también contigo estaba triste. Observa que he comenzado con una poesía en inglés y la termino con otra cosa. En eso cabe toda la apertura que he experimentado en estos meses: el horror y la maravilla. Queridísima, no tomes a mal que siempre esté hablando de sentimientos que tú no puedes compartir. Por lo menos puedes comprenderlo. Quiero que sepas que te agradezco con toda el alma. Los pocos días de maravilla que he arrancado de tu vida eran casi demasiado para mí; bueno, ya pasaron, ahora comienza el horror, el horror desnudo y estoy preparado para afrontarlo. La puerta de la prisión ha vuelto a cerrarse con estrépito. Queridísima, no volverás nunca a mí, inclusive si regresas a Italia. Ambos tenemos determinadas cosas que hacer en la vida que tornan improbable que podamos encontrarnos de nuevo, excepto si nos casáramos, cosa que he anhelado desesperadamente. Pero la felicidad es algo que se llama Joe, Harry o Johnny; no Cesare. ¿Me creerás si te digo -ahora que no puedes tener sospechas de que estoy recitando para coaccionarte de alguna manera- que esta noche he llorado como una criatura pensando en mi suerte -y en la tuya- pobre mujer, fuerte, hábil, desesperada en la lucha por la vida? Si he dicho o hecho alguna vez cosas que no podías aprobarme, perdóname. Yo te perdono todo este dolor que me carcome el corazón, sí, te aseguro, le doy la bienvenida. Este dolor eres tú, la verdadera maravilla y el verdadero horror de ti. Rostro de primavera, adiós. Te deseo éxito en tus días y un matrimonio feliz, sí. Rostro de primavera, he amado todo de ti, no sólo tu belleza, lo cual sería demasiado fácil, sino tu fealdad, tus momentos desagradables, tu tache noir, tu rostro hermético. No te olvides de eso.»*

El 26 de agosto le escribió a su amigo Giuseppe Vaudagna: «Estoy acabado. No tengo ganas de ver a nadie. Pagaría en oro a un asesino que me apuñalara durante el sueño». Al otro día, el 27 de agosto, Pavese ingirió diez bolsas de barbitúricos en una habitación del Hotel Roma de Turín.


*[Cesare Pavese. Cartas (1926-1950), vol. II. Alianza Editorial. Traducción de María Esther Benítez.]