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20 de febrero de 2018

Los terremotos según un chiflado

Ha vuelto a temblar. En la madrugada la alarma sísmica algo tiene de onírico, pareciera que viene del fondo del sueño y es fácil confundirla con el canto de las ballenas, con el mugido herido del monstruo invisible de una pesadilla, o con la alarma antiaérea que anuncia un inminente bombardeo en las películas de guerra. 

En medio de la noche, la alarma sísmica es en sí misma el canto de una pesadilla anunciada que comenzará dentro de cuarenta y cinco segundos, cuando se sienta el chicotazo inicial desatado por la descomunal fuerza telúrica, sobrehumana, que nos hace sentir tan frágiles, tan pequeños y tan vulnerables.  

La alarma sísmica, si ha sonado, nos saca del sueño y nos arroja a la pesadilla con los ojos abiertos, y antes de despertar del todo surgen las preguntas: ¿cuánto va a durar?, ¿de qué magnitud será este sismo?, ¿cuántos daños va a provocar? 

Es el momento de levantar a la familia, de reunirse en un sitio seguro o bajo el marco de una puerta, de esperar a que comience la danza de la casa. Es el momento de decir palabras de aliento, de mantener la calma, de aceptar con estoicismo lo que viene, como dicen con impecable sencillez dos versos de Louis Aragon: Les choses vont comme elles vont / De temps en temps la terre tremble.

Hace años una cancioncilla pegajosa y tropical preguntaba «¿dónde te agarró el temblor?», y si no hay derrumbes y daños los vecinos en pijama y envueltos en sarapes salen a la calle y se consuelan y conviven como suelen hacerlo en los velorios por muchas horas y algunos se niegan a volver a su casa por temor a las posibles réplicas del temblor, es decir otro temblor. Y si hay daños o vidas que lamentar comienza la crónica de otra tragedia y las heroicas labores de rescate.

Ha vuelto a temblar y leo en un periódico una inquietud por esta «temporada de alta sismicidad» (sic), porque según algunos «es evidente que está temblando con más frecuencia o intensidad que antes». Y alarmistas profesionales «dicen que la actividad del Cinturón de Fuego permite predecir que se 'avecina' una catástrofe». 

La actividad sísmica no va al alza ni aumenta la magnitud de los temblores, aunque parece que acabarán por sacudir la política. Gracias a que un candidato presidencial ha propuesto un «registro nacional de necesidades de cada persona» (sic) en el que los ciudadanos inscriban sus peticiones, no ha faltado quien solicite a las autoridades, atentamente, que deje de temblar, y alguien más se conforma, con modestia, a que no tiemble de noche. 

(El candidato que en un golpe de audacia o sinrazón prometa prohibir los temblores por ley y por decreto, sin duda generará un terremoto mediático, político y social que podría llevarlo en volandas a la mismísima silla presidencial.)

Pero nada de esto se compara con la explicación que escuché en un autobús. Un tipo con cara de burócrata de la más oscura oficina, de bigote recortado y cabello corto, parecía instalado en eso que llamamos realidad como cualquier otro pasajero, pero pertenecía a la estirpe de esos piantados, locos o idos con discursos desquiciados de los que habla Cortázar en Rayuela. El del autobús era un hermano de Ceferino Piriz o el licenciado Juan Cuevas. Dijo el chiflado con absoluta seriedad: 

«Los gringos llevan décadas acumulando energía, y cuando tienen demasiada la concentran y la suben con una máquina fantástica a un satélite y desde ahí, ¡zas!, descerrajan un rayo láser poderosísimo que impacta la Tierra y genera un terremoto. Y eso lo hacen a cada rato, por toda la energía que acumulan. Los gringos están provocando los temblores, ellos nos echan sus rayos. Por supuesto, todo esto puede consultarse en internet, aunque es una tecnología secreta pero un periodista subió la información. Por eso hay tantos temblores, y luego les sale mal y el rayo quema los bosques, acaba de pasar en California, desde el satélite secreto viene el rayo y ¡zas!...»

Me arrepiento de haberme bajado del autobús. Debí escuchar hasta el final el discurso. Es una pena. Tal vez me fui por temor al desencanto, por enfrentarme a la cruda y pura verdad del rayo sísmico. Y yo que pensaba que los poetas saben lo que dicen porque son sabios y videntes y recrean el mundo. Y yo que creía, con Louis Aragon, poeta, ingenua y simplemente, que las cosas son como son y de vez en cuando la tierra tiembla.

10 de noviembre de 2016

El graduado

El hombre irrumpió con gesto teatral en el café. Delgado, ágil, con larga cabellera blanca, podría tener nietos universitarios. No sé si se levantó de una mesa o llegó de pronto: no iba mal vestido y no era un mendigo. Se acercó a un grupo de estudiantes que conversaban y discutían con la pasión de su juventud.

El provocador, como actor en escena, exigía atención con sus voces y gritos. Alguien lo llamó «viejo chiflado». Me recordó vagamente al personaje de Mario y el mago de Thomas Mann (pequeña y escalofriante obra maestra). Era un bufón, sí, pero uno patético, porque a diferencia del actor que representa a Pagliaccio o Arlequín se representaba a sí mismo.

De pie, gesticulando mucho, moviéndose de un lado a otro, descalificaba las opiniones de los muchachos por una razón: eran jóvenes, no habían vivido, no sabían lo que decían. Sus palabras eran agresivas, pero sus movimientos y actitud no generaban temor. Su presencia era molesta antes que peligrosa.

Uno de los muchachos le respondió y aceptó la discusión. ; su defensa legitimaba la polémica. El hombre, entonces, se sintió invitado a discutir, ya estaban las condiciones no para la polémica sino para su perorata.

Nadie nunca había visto lo que él había visto, nadie nunca había sufrido lo que él había sufrido, nadie nunca había sido golpeado por el destino como él lo había sido. Y, sobre todo, nadie había vivido lo que él había vivido. Él sabía de la vida más que todos esos muchachos juntos, en realidad él sabía de la vida más que nadie.

Los muchachos le daban la espalda y volvían a su discusión. Un par de minutos concedidos a ese loco eran más que suficientes. Sin embargo, antes que loco me pareció un hombre que sufría, que gritaba su verdad, lo único en lo que creía. Sí, tal vez es una forma leve de locura. Daba pena.

El hombre, al perder la atención de su público, y al ser invitado a alejarse de la terraza, lanzó otra estocada. Les dijo a los muchachos que iban a la universidad pero no sabían nada de nada porque las universidades no enseñaban nada. Que sus títulos no valdrían nada, y que no servirían para nada.

Y como gran final, haciendo alarde de su condición humana, como si fuera el único hombre en la Tierra, como si todos los demás no vivieran cada día, como si no tuvieran penas y alegrías, reveses y satisfacciones.

Como si la experiencia y el aprendizaje del arte de vivir no fuera común y patrimonio de todos y cada uno de los hombres y mujeres de este mundo; como si cada vida no fuera única, preciosa y fascinante, dijo: «Ustedes no saben nada. No entienden nada. Yo sí, porque he vivido mucho. Yo aprendí en la mejor universidad del mundo, en la más grande e importante de todas: yo estoy graduado en la Universidad de la Vida».

6 de enero de 2015

Los temores de Oliver Sacks


Los libros de Oliver Sacks sobre los casos clínicos de algunos de sus pacientes han  despertado desde hace años el interés de diversos públicos, aun de lectores muy alejados de la ciencia y la psiquiatría. Los más populares, Un antropólogo en Marte, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y La isla de los ciegos al color le han dado una celebridad de rock star, y algunas de sus historias se han convertido en películas taquilleras con actores de Hollywood.

A mí, más que las historias que cuenta, por extrañas e increíbles que parezcan, me interesa más la figura de doctor Sacks. Algunas personas con rasgos físicos o de personalidad tan definidos y nítidos son una fuente de ideas para la literatura. Neurólogo y psiquiatra, es, según una vieja entrevista que aparece en una de mis carpetas, un tipo un poco chiflado, maniático, neurótico y francamente raro, extraño. No podía ser de otra manera. Creo que sería un gran modelo para un personaje literario.

Digamos que es un maniaco de la temperatura, a la que regula y controla draconianamente en sus habitaciones con sistema de calefacción y aire acondicionado, que nunca se ha casado ni convivido con nadie, que siempre come lo mismo, arroz y pescado que alguien le prepara y él calienta en el horno de microondas.

Pero lo importante es una respuesta de la entrevista, una que es un cuento brevísimo y una posible definición del horror. A la pregunta: «¿Qué es la locura?» Respondió: «Permítame que le cuente algo que ocurrió hace ya algún tiempo en el Beth Abraham Hospital del Bronx, donde trabajo. Un ex director del centro ingresó como paciente tres años después de jubilarse, con síntomas de demencia senil. Un día se puso la bata blanca, entró en su antigua oficina y empezó a repasar expedientes. Al cerrar uno de ellos, leyó su nombre. Le encontramos gritando, preso de convulsiones, horrorizado. En un momento de lucidez, lo comprendió todo: comprendió que estaba loco.»

Y luego nos regala el argumento para una novela: «Uno de mis temores, desde hace tiempo, es que me confundan con un paciente. Si me quitan la bata y la placa con mi nombre, ¿qué diferencia hay entre el médico y el enfermo? Llegado el momento, ¿qué diferencia hay entre la cordura y la locura? ¿Cómo podría probar que no estoy loco? En mí verían tal vez a un hombre nervioso y tartamudo, convencido, el pobre, de que es el doctor Oliver Sacks.»

Esta pregunta puede poner de cabeza a la psiquiatría; bastaría quitarse la bata para poner en entredicho a la ciencia, al menos por un momento. El médico y el paciente podrían intercambiar papeles como una comedia de enredos.

Esos temores son en sí mismos una historia de terror. La locura y la cordura, la luz y la sombra se abren paso entre arenas movedizas, en frágiles certezas, y tienen una hondura, una contradicción esencial, una riqueza de matices que no han paso inadvertidos para la novela.

Cervantes comprendió mejor que nadie las posibilidades novelescas de la locura, de entrar y salir de la razón según conviniera al personaje o al relato. La idea de un psiquiatra o neurólogo que puede convertirse en paciente, en loco, sin salir del hospital, con sólo quitarse la bata, tiene el recurso elemental de un cómic y el desdoblamiento dramático del teatro de Dario Fo, o del absurdo.

Los temores del médico podrían ser la premisa de una gran novela, sobre todo si el personaje tuviera la riqueza de matices del lúcido y clarividente doctor Sacks.


6 de marzo de 2014

Panero: el loco, el poeta

Ha muerto un poeta. Dicen que estaba loco (la combinación de la extrema lucidez y la palabra iluminada suele ser explosiva). El loco y el poeta comparten síntomas pero muy pocas veces son el mismo. Leopoldo María Panero era brillante, una máquina de pensar y razonar más allá de la esquizofrenia y la metáfora. Era un poeta y decía la verdad; condenado a pensar se aisló en su castillo de razones y palabras. Sus opiniones sobre política y cultura, sobre la sociedad, eran extremas y sus juicios radicales, sí, pero no le faltaban razones. Había frecuentado el lado oscuro de la vida, de la luna, del alma, de la noche y había vuelto para contarlo. Se había asomado al Infierno en vida y ese viaje a destiempo hace imposible la vida simple y sencilla. Como tantos locos, era el dueño de la razón, y le insufló a las palabras un narcótico que las intoxicó de verdad y belleza. La locura y la poesía hacen mala pareja, son malas compañías y peores consejeras; casi nunca saben marchar juntas y devoran al que las cultiva. Ser loco no es una dicha; ser poeta y ver no siempre es deseable. La poesía y la locura son dos maneras de asomarse al vértigo, como quien se ciega al intentar mirar el sol de frente al mediodía. El precio a pagar es alto: estar en el mundo como si no se estuviera en él y decir con palabras trastocadas y vehementes que casi nadie oye lo que nadie nunca había dicho. Panero era un ángel extraviado, una fuente de luz oscura, un incomprendido, un apestado, un demonio. Ha muerto un poeta. Se erige el silencio. Acaso para no escucharlo, también decían que estaba loco.