20 de febrero de 2018
Los terremotos según un chiflado
10 de noviembre de 2016
El graduado
El hombre irrumpió con gesto teatral en el café. Delgado, ágil, con larga cabellera blanca, podría tener nietos universitarios. No sé si se levantó de una mesa o llegó de pronto: no iba mal vestido y no era un mendigo. Se acercó a un grupo de estudiantes que conversaban y discutían con la pasión de su juventud.
El provocador, como actor en escena, exigía atención con sus voces y gritos. Alguien lo llamó «viejo chiflado». Me recordó vagamente al personaje de Mario y el mago de Thomas Mann (pequeña y escalofriante obra maestra). Era un bufón, sí, pero uno patético, porque a diferencia del actor que representa a Pagliaccio o Arlequín se representaba a sí mismo.
De pie, gesticulando mucho, moviéndose de un lado a otro, descalificaba las opiniones de los muchachos por una razón: eran jóvenes, no habían vivido, no sabían lo que decían. Sus palabras eran agresivas, pero sus movimientos y actitud no generaban temor. Su presencia era molesta antes que peligrosa.
Uno de los muchachos le respondió y aceptó la discusión. ; su defensa legitimaba la polémica. El hombre, entonces, se sintió invitado a discutir, ya estaban las condiciones no para la polémica sino para su perorata.
Nadie nunca había visto lo que él había visto, nadie nunca había sufrido lo que él había sufrido, nadie nunca había sido golpeado por el destino como él lo había sido. Y, sobre todo, nadie había vivido lo que él había vivido. Él sabía de la vida más que todos esos muchachos juntos, en realidad él sabía de la vida más que nadie.
Los muchachos le daban la espalda y volvían a su discusión. Un par de minutos concedidos a ese loco eran más que suficientes. Sin embargo, antes que loco me pareció un hombre que sufría, que gritaba su verdad, lo único en lo que creía. Sí, tal vez es una forma leve de locura. Daba pena.
El hombre, al perder la atención de su público, y al ser invitado a alejarse de la terraza, lanzó otra estocada. Les dijo a los muchachos que iban a la universidad pero no sabían nada de nada porque las universidades no enseñaban nada. Que sus títulos no valdrían nada, y que no servirían para nada.
Y como gran final, haciendo alarde de su condición humana, como si fuera el único hombre en la Tierra, como si todos los demás no vivieran cada día, como si no tuvieran penas y alegrías, reveses y satisfacciones.
Como si la experiencia y el aprendizaje del arte de vivir no fuera común y patrimonio de todos y cada uno de los hombres y mujeres de este mundo; como si cada vida no fuera única, preciosa y fascinante, dijo: «Ustedes no saben nada. No entienden nada. Yo sí, porque he vivido mucho. Yo aprendí en la mejor universidad del mundo, en la más grande e importante de todas: yo estoy graduado en la Universidad de la Vida».
6 de enero de 2015
Los temores de Oliver Sacks
6 de marzo de 2014
Panero: el loco, el poeta
Ha muerto un poeta. Dicen que estaba loco (la combinación de la extrema lucidez y la palabra iluminada suele ser explosiva). El loco y el poeta comparten síntomas pero muy pocas veces son el mismo. Leopoldo María Panero era brillante, una máquina de pensar y razonar más allá de la esquizofrenia y la metáfora. Era un poeta y decía la verdad; condenado a pensar se aisló en su castillo de razones y palabras. Sus opiniones sobre política y cultura, sobre la sociedad, eran extremas y sus juicios radicales, sí, pero no le faltaban razones. Había frecuentado el lado oscuro de la vida, de la luna, del alma, de la noche y había vuelto para contarlo. Se había asomado al Infierno en vida y ese viaje a destiempo hace imposible la vida simple y sencilla. Como tantos locos, era el dueño de la razón, y le insufló a las palabras un narcótico que las intoxicó de verdad y belleza. La locura y la poesía hacen mala pareja, son malas compañías y peores consejeras; casi nunca saben marchar juntas y devoran al que las cultiva. Ser loco no es una dicha; ser poeta y ver no siempre es deseable. La poesía y la locura son dos maneras de asomarse al vértigo, como quien se ciega al intentar mirar el sol de frente al mediodía. El precio a pagar es alto: estar en el mundo como si no se estuviera en él y decir con palabras trastocadas y vehementes que casi nadie oye lo que nadie nunca había dicho. Panero era un ángel extraviado, una fuente de luz oscura, un incomprendido, un apestado, un demonio. Ha muerto un poeta. Se erige el silencio. Acaso para no escucharlo, también decían que estaba loco.
