28 de enero de 2011

El hombre de las rosas y el cognac

Un puntual y escrupuloso amante de los ritos y las ceremonias, ejemplo de fidelidad y constancia, no depositó, el 19 de enero, por segundo año consecutivo, tres rosas y una botella de cognac, abierta y a medio beber, en la tumba de Edgar Allan Poe (que como todo el mundo sabe era el doble de Charles Baudelaire). Desde 1949 hasta 2009, ese desconocido caballero le rindió homenaje al Poeta el día de su cumpleaños al tiempo que nos recordaba que hay pactos y promesas para toda la vida. Sólo puedo imaginar una causa para justificar su segunda ausencia en un largo adiós de casi sesenta años. Nada de sabe de ese hombre que llegaba, entre la medianoche y la madrugada, embozado y con sombrero al cementerio de Baltimore a rendir su homenaje. Fue visto muchas veces en esas noches heladas en las que aparecía, por fortuna no fue molestado. Se sabe que cumplía escrupulosamente con la ceremonia que quizá había perfeccionado con los años y luego se marchaba silencioso para volver justo un año después.

Alguien podría pensar que imaginar a ese hombre, sus razones y su pasión, acaso su fe, daría el argumento para un relato. Podríamos pensar que la obra del gran Poe fue la motivación y la razón de su vida, que la leía todos los días con devoción, que declamaba “El cuervo” en recuerdo y honor de una mujer amada... En el fondo, quizá todo esto es profundamente literario, para mayor gloria de Edgar Allan. Puede ser. Pero a mí la noticia de esta ausencia me desconcierta un poco, me deja un regusto triste, y pienso en ella a lo largo de los días. Algo se ha roto, me digo, otro hombre ya no está, un ritual se ha perdido. Yo estoy seguro de que Poe, donde quiera que esté, acaricia a un gato negro y también lo lamenta un poco, al menos por el cognac.