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5 de marzo de 2024

Este libro no sirve

Mañana, 6 de marzo de 2024, será presentada en Madrid, En agosto nos vemos, una novela corta, inédita, póstuma, de Gabriel García Márquez; en este día cumpliría noventa y siete años. El acto será transmitido por internet, y también desde mañana el libro, que será lanzado de manera simultánea en cuarenta ediciones, estará disponible en las librerías de muchos países. 

Será una gran fiesta de la mercadotecnia, la promoción y el arte de vender libros. Puede ser también una fiesta literaria. Supongo que para algunos lectores entusiastas y admiradores sin reservas de García Márquez será una fecha memorable, e irrepetible, porque ya no hay escritos inéditos que podrían publicarse en el futuro. 

Rodrigo y Gonzalo García Bacha, hijos y herederos del novelista, decidieron ahora publicar una novela que su padre se había negado a hacerlo. Si bien el propio García Márquez publicó hace muchos años un capítulo, después de varias versiones (esta que se publica es la quinta) quedó insatisfecho con el resultado y decidió no publicar la novela.

No hay dudas sobre la opinión que García Márquez tenía de su novela: «Este libro no sirve. Hay que destruirlo.» Y cometió el error de no destruirlo él mismo, con todas las versiones y archivos digitales. Los hijos tampoco lo hicieron. Dicen en el prólogo: «No lo destruimos, pero lo dejamos a un lado, con la esperanza de que el tiempo decidiera qué hacer con él.»

No es el tiempo quien lo publica ahora, sino la ambición. Publicar un libro imperfecto, que había dejado insatisfecho al autor, que era tan escrupuloso y limpio en su escritura, tan impecablemente cuidadoso de su prosa y el artificio novelesco, es un acto por lo menos cuestionable. Los señores García Bacha dicen que «... no está tan pulido como sus más grandes libros. Tiene algunos baches y pequeñas contradicciones...», etcétera. Es decir, no es ni de lejos el mejor libro de García Márquez.

¿Era necesario publicar una obra así? ¿Aportará algo al prestigio y la gloria literaria de García Márquez? Me parece que antes puede suceder lo contrario. Hay casi un consenso total de que dar a la luz Memoria de mis putas tristes fue un error grave, una caída al final de una exitosísima vida literaria; ahora quedará el consuelo de que no García Márquez sino sus hijos los que se equivocaron.

Hace unos años el hijo de Vladimir Nabokov publicó el manuscrito de la novela El original de Laura. El novelista dejó muy claro que esas 138 tarjetas en las que trabajaba eran borradores, y que esa novela estaba inconclusa. Su voluntad no fue respetada, y ese libro es un apéndice o una anécdota de la obra poderosa de Nabokov. 

Si un autor no quiere que se publique alguno de sus escritos, debe destruirlo él mismo, y no dejarlo en manos de sus hijos, sobre todo de sus hijos, y de otros parientes, agentes y representantes. Tarde o temprano (en realidad, cuanto antes, mejor) si se puede lucrar con el libro, alguien, los herederos, cederán los derechos a algún editor, pedirán un adelanto y cobrarán puntualmente las regalías de los derechos de autor. En el caso de García Márquez se empieza con cuarenta ediciones en muchas lenguas, y en el caso de Nabokov también debe de haber sido una fortuna lo que esa obra generaba por sus derechos en todo el mundo. 

La historia del autor que pide destruir su obra y ésta terminada por ser publicada ha sucedido varias veces. Virgilio, insatisfecho con la Eneida, pidió que fuera destruida, pero Augusto, primer emperador de Roma, creía, con razón que ese poema era la fundación mítica y literaria de Roma.

Y el caso de Franz Kafka es más que conocido. ¿Debemos agradecerle a Max Brod que no haya cumplido la voluntad de su amigo? Y Brod fue mucho más allá. No sólo dio a la imprenta la obra de Kafka, sino que la ordenó, la comentó, la editó y difundió. No tengo noticia de que lo hiciera por dinero. 

Hace unos años la familia de García Márquez puso a la venta ropa del escritor colombiano, aunque parece que con fines benéficos. Parece que la venta no estuvo abierta a todo público, hacía falta una invitación, algo así. La venta de cochera fue en la casa de García Márquez en Ciudad de México, a la que se podía visitar como un museo, si se hacía una cita y se pagaba una cuota.

Lo dicho, si algún heredero puede lucrar con un libro inédito, lo hará. Aunque la voluntad del autor lo prohibiera. Aunque el libro esté inconcluso o su ejecución esté por debajo de las mejores páginas de ese escritor, el libro será dado a la estampa a cambio de dinero. Parece una constante sin excepciones, como si tratara de otra ley de la física clásica.

22 de diciembre de 2021

Lavinia

Para LB

Ursula K. Le Guin, señora de la fantasía y la ciencia ficción, dedicó su última novela a la poesía, al mito, a un personaje entrañable. Lavinia (Minotauro) es su despedida de la ficción, de la escritura especulativa, una obra escrita cerca de los ochenta años, lo cual demuestra, una vez más, que un novelista puede desplegar su arte y ejercer su oficio con maestría en la vejez.  

Lavinia, para Virgilio, es un personaje intrascendente de la Eneida. En el monumental poema tiene once menciones, pero nunca habla ni tiene una acción relevante. Hija de Latino y Amata, reyes de Lacio, está destinada a ser la esposa latina, «italiana», de Eneas y, como madre de Silvio, un eslabón más de la cadena de la estirpe que fundó míticamente Roma. 

Para Ursula, Lavinia es al comenzar la novela una niña que corre por los campos y los bosques y, con el prodigio del tiempo en la novela, se hace una muchacha que toma el control de su vida y su destino, se enfrenta a su madre, acepta y decide su destino. Hija, esposa y madre de reyes, cumple su función histórica y su proyecto con inteligencia, audacia, cariño y entrega. Sabe muy bien quién es y lo que tiene que hacer, y nada la aparta de su camino. Sí, Lavinia es un personaje admirable; hoy podría decirse que una mujer empoderada (esta novela, falsamente histórica, también admite una lectura feminista).

Ursula sigue con apego los hechos de los últimos seis cantos de la Eneida. Si fidelidad a la narración del poema es impecable, pero, admite: «Mi deseo era seguir a Virgilio, no mejorarlo ni reprobarlo. Pero la propia Lavinia a veces insistía en que el poeta estaba equivocado. En el color de su pelo, por ejemplo. Y como soy novelista, y prolija, amplié, interpreté y rellené muchos rincones de su frugal y espléndida historia.» ¡Vaya! De no decir palabra alguna en la Eneida a corregirle la plana en Lavinia, así van las cosas entre Lavinia y Virgilio. 

Lavinia sueña (tal vez recibe en vigilia la visita del espectro de su poeta) a Virgilio, conversan. Él le cuenta su futuro, su misión. Ella lo escucha, imagina, sueña, aprende. Ella es tan lista, tan despierta, tan valiente y audaz que Virgilio, en esta novela deliciosa, le dice, en comparación con la reina de los volscos, otro personaje de la Eneida: «Oh, Lavinia. Vales por diez Camilas y nunca me di cuenta.» Así es. Lavinia es encantadora. Una vez más, un hombre (aunque sea uno de los grandes poetas de Occidente y aquí un personaje) se da cuenta muy tarde de lo que vale una mujer.

La estructura misma del relato es un prodigio del arte de la novela. Lavinia conversa con su poeta; pero ella vivió en Lacio ochocientos años antes de que Virgilio escribiera su poema; y la probabilidad, aun mítica y legendaria, de que Eneas llegara al Lacio después de la caída de Troya rompe todas las aritméticas y algoritmos posibles. Las fechas no coinciden y no pueden coincidir, y felizmente es así. Esto no es historia ni un registro contable ni una declaración ante el ministerio público, sino gran literatura. 

En Lavinia, como en toda gran novela, aparece la experiencia humana en muy diversas manifestaciones; tal vez en toda verdadera novela aparece todo: el amor, la muerte, la guerra, la lucha por el poder, la injusticia, los elementos y la naturaleza, la historia, la religión, el mito, el deber. (La lista podría ser muy extensa, sin fin.)

Lavinia es el testamento novelesco de una autora que en plenos poderes de su oficio eligió un tema y unas coordenadas muy distintas en las que desplegó su imaginación y maestría narradora para contar una historia en la que la dulzura y el encanto permean el relato. Ursula no volvió a contar la Eneida, desde ella, a partir de ella, desplegó otras posibilidades que cristalizaron en una obra notable, no gracias al azar, sino al trabajo y la sabiduría de una de las mejores escritoras de nuestro tiempo. Lavinia es una novela admirable, de esas que se guardan en la memoria y el corazón, y uno quisiera tener la gracia de releerlas a tiempo.

14 de noviembre de 2021

La obra perfecta

«Sólo tenemos la certeza de escribir mal cuando escribimos; la única obra grande y perfecta es aquella que nunca se sueñe realizar», dice Fernando Pessoa a través de su heterónimo Bernardo Soares. Luego de declarar que si hubiera escrito Rey Lear tendría remordimientos durante el resto de su vida porque esa obra es tan grande que sobresalen sus gigantescos defectos. 

Nadie tiene el don de «escribir una obra de arte con el tamaño justo para ser grande y con la perfección precisa para ser sublime»; el mensaje es claro: como «sólo tenemos la certeza de escribir mal cuando escribimos; la única obra grande y perfecta es aquella que nunca se sueñe realizar». La obra perfecta es la obra no escrita, nos dice Pessoa, y pocos más autorizados que él para firmar la sentencia. 

Estas citas provienen de ese prodigioso e imperfecto baúl de belleza y desconsuelo y sabiduría y amargura que es el Libro del desasosiego. El enorme poeta portugués tiene razón. Hay una tenue cisura, una zanja, una brecha, un abismo entre la obra pensada o soñada y la que se ejecuta. «La obra realizada es siempre la sombra grotesca de la obra soñada.»

Pessoa no fue el primero en saberlo, pero tal vez nadie lo ha dicho con tanta vehemencia. Thomas Mann lo sabía también, por eso apreciaba tanto la máxima de Chéjov: «la insatisfacción con uno mismo constituye un elemento básico en todo auténtico talento.» Ese es el punto del relato «Hora difícil», en el que Mann muestra a Schiller en lucha consigo mismo en una noche de frío y resfriado y desvelo empeñado en lograr el poema soñado. El esfuerzo, la dedicación, la constancia no son malos compañeros de los que emprenden obras que a la distancia algo tienen de montañas prodigiosas. 

Para Mann y Schiller, parece, el trabajo duro, el empeño y la búsqueda sin fin son tres nombres del talento. Aspiran a ascender a cualquier precio para lograr (¿encontrar?) la obra maestra, aunque sus esfuerzos, una y otra vez, y por mucho tiempo, se asemejen a la tarea sin fin e inútil de Sísifo. Sin embargo, Mann y Schiller lograron llegar a la cumbre. 

He visto a autores de talento renunciar a la realización de la obra por el temor cerval de no lograr la obra mil veces deseada e imaginada. (Es tal vez, un problema del ego. Pareciera que dicen: como no logro la obra que imaginé, es mejor no hacer nada.) He visto a autores rehuir de su tarea porque tienen que investigar, planear, viajar, entrevistar a vagos testigos o personajes secundarios, entre otras justificaciones y pretextos, antes de emprender la realización de su obra. 

Virgilio murió insatisfecho con la Eneida, y no sabemos con certeza qué hubiera hecho con ese prodigio de poema si hubiera vivido dos o tres años más. Sin duda el gran poema, uno de los más altos de Occidente, no tendría la forma que conservamos (a pesar de los ajustes y revisiones y correcciones que comenzaron desde tiempos de Augusto). 

Si bien escribir es con frecuencia reescribir, volver al texto y pulirlo para que alcance su mejor brillo y claridad y precisión, el riesgo de la sobrecorrección (tal visible como la tercera cirugía plástica en la misma nariz) planea sobre obras cuyos autores no saben que la perfección no es de Shakespeare ni de Pessoa ni de Schiller ni de Mann; que no es de este mundo.

Hay poemas casi perfectos, pero la novela tiende a la imperfección. Entre más grande y pretenciosa, más imperfecta al tiempo que más imponente y asombrosa. Muchas de las grandes obras maestras del siglo XX son imperfectas: En busca del tiempo perdido, El proceso, Ulises, entre otras, son obras maestras prodigiosamente imperfectas. ¡Viva esa imperfección!

El poeta y el novelista y el músico y el pintor imaginan una obra ideal que guardan en la mente y el corazón, pero esa perfección se desvanece cuando la realizan; sin embargo, las obras maestras, las verdaderamente grandes, las que cumplen su función y nos conmueven y mueven a un estremecimiento ante su belleza y muestran y generan una reflexión, revelan en sí mismas, en su grandeza, la humana imperfección de sus creadores. 

29 de agosto de 2021

Poesía es...

En el momento en que alguien es tocado por el numen de la poesía, que suele suceder en la adolescencia, se sabe llamado, y, para algunos, elegidos, la vida cambia. Entonces comienza el aprendizaje sin fin, la aproximación al misterio. Lectores, académicos y críticos, sin contar a los poetas, se preguntan qué es la poesía. Tal vez sea la gran pregunta, después de cuál es el sentido de la vida.  Tenemos mil respuestas, y frente a cada una la poesía escapa a la definición y vuelve a florecer.

Algunas poéticas merecen toda nuestra atención. De Platón y Aristóteles y Horacio a los ensayos de Eliot y Pound y Paz los poetas se preguntan qué hacen cuando escriben poesía. Todos lo saben, y ninguno tiene la última palabra. La poesía es fiel a sí misma y se fuga y escapa de todo lo demás. 

En los periódicos está todo. Cualquier lector atento lo sabe. No sólo se publican noticias y análisis, reportajes, también notas falsas, medias verdades, artículos que son una puñalada y mensajes políticos de la peor calaña; también se publican otras cosas, pero a veces aparecen respuestas no esperadas, incluso verdades reveladas. 

Hace unos días abrí un periódico y en la sección de cultura me encontré con la entrevista de una página de una señorita poeta, cuya fotografía, por fortuna, ocupaba casi la mitad, porque más revelaciones hubieran sido, por así decirlo, delirantes.

Dice la señorita poeta, de cuyo nombre no quiero acordarme, recién lanzada como la estrella poética de las redes sociales (que le dure quince días), que la poesía le va bien porque «al ser el género fundacional de la literatura es el más comprensivo, flexible y abierto a la experimentación, y me gusta mucho experimentar, porque la vida y la poesía son eso, y un milagro». 

Uno se apresura a tomar nota porque eso no lo había dicho ni Paul Valéry, y luego viene sin aviso previo la confesión impagable de que la poeta se da vuelo en este género porque (agárrese fuerte, lector, porque vamos a despegar) le «gusta conjugar ciencia, misticismo, historia, política y arte» y le ofrece «la posibilidad de crear sin etiquetas». Uno piensa en Homero, Virgilio, Dante, Milton y Quevedo y agradece su obra, aunque hayan creado con etiquetas. 

Y luego, entrados en materia, la poeta abre su alma y confiesa que: « En este género me doy vuelo, porque me parece que es una plataforma muy sabrosa para lo mismo expresar un estandarte político e intelectual que una inquietud emocional, sociocultural; para hacerla cromática».

Así que la poesía, viene a enterarse uno, después de desvelarse con Maiakovsky, Pavese, Kafavis, Pound, Paz, Eliot, Saint-John Perse y Mandelstam es eso: una plataforma muy sabrosa... para hacerla crómatica... De pronto, uno comprende que vivimos tiempos muy turbios en el que nada es lo que parece y puede decirse y hacerse casi cualquier cosa. Pronto, por donde vamos, el homicida le reclamará a la familia de su víctima el costo de las balas o el gasto de la tintorería por la salpicadura de la sangre que manchó su ropa.

En el mejor de los casos, pensé al cerrar el periódico, el misterio de la poesía, por llamarlo así, sigue intacto. Que nadie se confunda. La poesía evade las definiciones y esquiva a los necios; lo saben, deslumbrados, los poetas y los buenos lectores de poesía.

28 de diciembre de 2015

Un acto nos define

En un instante cabe una vida. Como si una fotografía revelara el sentido y la razón de ser de cada uno. Como si un acto contuviera la existencia entera. Borges dice que a Dante le basta un solo momento para hacernos conocer a alguien, y elogia el don de «presentar un momento como cifra de una vida. [...] Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en el que un hombre se encuentra para siempre consigo mismo».

Acaso no soy el que yo pensaba que era, y sospecho que ese malentendido es común a todos los hombres. Y un hecho, un instante, basta para explicarnos ante los demás. Cervantes no imaginó que sería recordado como el autor del Quijote. Si alguien le hubiera prometido la vana fama y la posteridad, él hubiera pensado que la ganaría por su heroísmo en la batalla de Lepanto, o por los méritos de La Galatea o Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Cervantes, como todos, no sabía quien era.

Neil Armstrong dio un pequeño paso y puso un pie en la Luna. Yuri Gagarin dio la vuelta a la Tierra en un cohete. Julio César conquistó las Galias, y Bruto asesinó a César. Sócrates bebió la sicuta. Pilatos se lavó las manos. Penélope tejió la frazada, Homero cantó la Ilíada, Virgilio escribió la Eneida. Wellington venció a Napoleón, y Napoleón se coronó a sí mismo. Galileo dijo: «Y sin embargo se mueve». Colón llegó a América. Alejandro conquistó el mundo conocido. En un instante Francesca y Paolo se enamoraron.

Pedro negó a Jesús, y Judas lo traicionó. Jesús murió en la cruz. El Cid cabalgó muerto. Arquímedes encontró y gritó: «¡Eureka!» Juana la Loca recorrió España con el cadáver de su marido. Hitler devastó Europa. Truman tiró la bomba atómica. Hidalgo dio el gritó de Independencia. Teseo mató al Minotauro (y abandonó a Ariadna). Hamlet conversó con el fantasma de su padre. Don Quijote embistió a los molinos. Newton explicó la Física cuando le cayó una manzana. Eva le dio una a Adán. Tiresias fue hombre y mujer. Caín mató a Abel. Dante imaginó el Paraíso y el Infierno. Bach fijó la música. Mozart escribió la más bella. Beethoven componía sordo. Eiffel erigió una torre. Helena se fugó con Paris. Pasteur encontró una vacuna. Odiseo ideó el caballo de Troya.

Job cultivó la paciencia. Pelé anotó más de mil goles. Maradona hizó uno con la mano. La emperatriz Carlota enloqueció. Espartaco se levantó contra Roma. Los hermano Wright inventaron el avión. Simeón el Estilita pasó la vida en una columna. Enrique VIII decapitó a sus esposas. Fleming se encontró la penicilina. David mató a Goliat. Stalin hizo de Rusia los campos del Gulag. Salomé pidió la cabeza de Juan el Bautista. Antígona enterró a su hermano. Edipo yació con su madre. Lot se acostó con sus hijas, y su mujer se convirtió en estatua de sal...

Un hecho basta para explicar una vida. ¿En qué momento nos reconoceríamos? ¿En qué instante seremos nosotros mismos? ¿Qué acto acabará por definirnos?

11 de septiembre de 2012

La obra maestra, la perfección, el olvido

La obra de un escritor, la suma de sus libros, lo que suele llamarse con una pretensión patética las “obras completas”, con frecuencia son páginas escritas arrancados a la indolencia, tuteladas por el insomnio, la abominable sed de la fama, el esquivo brillo del oro e incluso, de vez en cuando, por la necesidad genuina de fijar en palabras aquello que bulle en la imaginación o arde en el pecho. 

Todos los autores, sin excepción, tienen una lista secreta que no cesa de cambiar y actualizarse con los nombres de los libros que no escribirán jamás, y saben bien que a algunos de esos libros han renunciado mucho antes de que les llegue su última hora. 

Los libros que sobreviven a su autor no tienen un lugar garantizado en la memoria de los lectores por el hecho de ocupar un sitio en los anaqueles de las bibliotecas, de ellos sólo puede decirse que no fueron destruidos ni los calcinó el fuego ni han sido devorados por los efectos devastadores del paso del tiempo. 

La desaparición de los libros es una de las constantes de la historia y una tarea que los hombres realizan con el mismo empeño con que se esfuerzan en escribirlos. Quemar y saquear bibliotecas, mutilar y falsear documentos es tan común que podría estar sucediendo en alguna parte del mundo mientras escribo estas palabras.

De Epicuro ha sobrevivido una parte muy pequeña de sus escritos, pero lo suficiente para que tengamos mucho que aprender de su pensamiento y sigamos discutiendo su filosofía. Virgilio, al final de su vida, estaba tan insatisfecho con la Eneida, que pidió a Augusto autorización para quemar el portentoso poema. El emperador se negó, por supuesto, y Hermann Broch ha contado con grandeza esa historia en La muerte de Virgilio. La vanidad y la autocrítica, casi siempre lamentables, son más dañinas para los documentos originales, ya sean tablillas, manuscritos o archivos informáticos, que las plagas, los enemigos y el fuego. Kafka también pidió que su obra fuese destruida. 

Aventuro que Virgilio y Kafka tenían en común algo más profundo, la convicción secreta de que sus respectivas obras, a las que consagraron su enorme talento durante los mejores años de su vida, no deberían sobrevivirles porque fueron hechas con doloroso esfuerzo para satisfacción y goce personal de su autor. 

¿Para qué querría Virgilio que sobreviviera la Eneida si fue compuesta para que él hiciera y rehiciera una y otra vez los versos en busca de la perfección absoluta? Si él ya no podía gozar de los placeres del verso, ¿para qué conservarlos? ¿Para qué querría Kafka que sobreviviera El proceso si sólo fue escrito para darle forma a su imaginación y llenar de sentido su vida a través de su escritura?

El buen juicio sobre la propia obra no suele ser un atributo común entre los más grandes. La opinión de los autores sobre sus libros no suele ser la definitiva. El primer problema es el ego y  apenas he conocido a alguno que no rezume vanidad. (El día que conocí a  Jean-Marie Gustave Le Clézio, premio Nobel de Literatura en 2008, más que su español casi impecable o su conocimiento de la historia de México, en particular de Michoacán, me impresionó su modestia absoluta, profunda y sincera. No creo que me sea dado conocer otro caso similar.) 

Entre los que estaban del todo desorientados con la dimensión y alcance de su obra, ninguno como Cervantes, que murió convencido que su gran obra era la última novela, Los trabajos de Pérsiles y Sigismunda y Don Quijote de la Mancha no pasaba de ser una buena parodia de los libros de caballerías. Tal vez sea cierto que Cervantes no supo lo que hizo y no tuvo conciencia de lo que Don Quijote representa para el imaginario literario del mundo, además de ser un caso único por los descuidos, olvidos y yerros de un autor. Cervantes es inmortal en su gran novela a pesar de sí mismo.

¿Habrá la humanidad olvidado a un  genio? ¿Habremos dejado en el olvido, como insistía Borges que es el destino de los libros, a algún gran autor? Tal vez no, pero no son pocos los casos en que los volúmenes solemnemente encuadernados de algún autor se quedarán en los anaqueles de las bibliotecas aún después de que lo olvide el último de sus lectores.

¿Qué numen, qué dios, elige y salva obras y condena otras al olvido? ¿Quién es el gran editor invisible que alarga o acorta la vida humana y sensible de los libros? El gusto literario lo conforman las casas editoras, el mercado, los profesores y los sabios, los críticos y los lectores que celebran y leen las obras o las condenan al olvido y por lo tanto a su desaparición.

¿Cuál es la razón oculta que a fin de cuentas decide cuáles se salvan y cuáles no? Tenemos obras maestras inconclusas, defectuosas, que celebramos y veneramos, y libros fríos, rígidos, que desdeñamos en su perfección. Hay obras acabadas, redondas, que no dicen nada. Hay libros imperfectos, inacabados, que son obras maestras. El siglo XX fue pródigo en éstos. Pensemos en las obras de Kafka, Joyce, Musil, Proust.

13 de febrero de 2009

El humo, la espuma, las palabras

En el vigésimo cuarto canto del Inferno, Dante Alighieri, acaso el más alto poeta de Occidente, dijo alguna vez Octavio Paz, escribió hace siete siglos bien contados: Omai convien che tu così ti spoltre, / Disse il Maestro, chè, seggendo in piuma, / In fama non si vien, nè sotto coltre: / Senza la qual chi sua vita consuma, / Cotal vestigio in terra di sè lascia, / Qual fumo in aere od in acqua la schiuma.*

Estos versos, puestos en boca de Virgilio, bien pueden ser un lema, una divisa, la fuente del numen y de la persistencia de un poeta en su trabajo; sin duda lo fueron del gran florentino en su esfuerzo por alcanzar la gloria. (También don Quijote en sus caballerescas aventuras buscaba la fama, que es otra forma de aspirar a la inmortalidad.)

Para la grave empresa de resistir la erosión del tiempo los poetas eligieron las palabras, que a veces son duras y pétreas, marmóreas, pero las más de las veces tan frágiles y efímeras, tan maleables y misteriosas, tan ligeras y aladas en el aire como el humo, y tan esquivas, frescas e instantáneas como la espuma en el agua. ¿De qué están hechos, oh Poeta, el tiempo, la fama, el humo, la espuma, las palabras?


* "Pues te conviene, tu pereza espanta", / dijo el maestro, "que en la blanda pluma / fama no has de ganar, ni so la manta: / quien sin ganarla su vida consuma / igual vestigio dejará en la tierra / que humo en el aire y en el agua espuma". (Versión de Ángel Crespo.)