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12 de noviembre de 2025

Los premios literarios

No es fácil encontrar un tema que estimule más la conversación entre escribidores y críticos, lectores y profesores que los premios y concursos literarios. Pareciera un tema infalible para conocer el gusto y opiniones, no sólo literarias, de quien se expresa con sinceridad y con frecuencia con vehemencia.

Se le atribuye a Ernest Hemingway una sentencia tan lúcida como válida: «Alfred Nobel inventó dos artefactos explosivos: la dinamita y el premio Nobel de literatura.» Arremeter contra la Academia Sueca por sus pifias, yerros, olvidos y metidas de pata es casi un deporte que se practica con soltura e ímpetu olímpico.

Mi amigo Raúl me dijo hace tiempo que el único premio en el que creía y merecía su confianza es el de la Lotería Nacional, pero ya hemos padecido, ahí también, casos de corrupción y malos manejos, como los de ¡ay!, (casi) cualquier premio literario. 

Hace muchos años fui invitado a ser jurado de un concurso. El día de la deliberación, nos reunimos los integrantes del jurado y la sesión comenzó con el ucase inobjetable de un anciano que sentenció: «Inobjetablemente y sin lugar a dudas, el ganador debe ser...»

Alguien del jurado, un joven idealista, protestó. Dijo que se habían reunido para discutir, deliberar y votar. Fue acusado de irreverente, de comprender nada, y de no respetar la trayectoria y las canas del maestro, etc.

Elegir un ganador y premiar una obra dejó de ser lo importante y la misión del jurado. Tomó su lugar un ejercicio de poder. Inobjetablemente y sin lugar a dudas aquello acabo mal. Fue una lección, una buena práctica de baja política y malas artes.

Los premios que otorgan instituciones, ya sean públicas o privadas, deberían cuidar su nombre y apegarse a las condiciones mínimas de ética y honestidad. Los premios que otorgan las editoriales son estrategias de mercadotecnia que ellas usan vender ejemplares de los libros que editan; un simple mecanismo para impulsar su industria editorial.

Desde hace muchos años, Ricardo, bien enterado, sabía en México quién se llevaría el premio Planeta o el Alfaguara o el Herralde con al menos una o dos semanas de anticipación. Y daba razones y argumentos, chismes y motivos que aderezaban sus numerosos aciertos. 

El caso de Juan Marsé es revelador. Le fue concedido el Premio Planeta en 1978 por su novela La muchacha de oro. Luego, fue jurado de ese premio en otras ocasiones. Pero la colaboración con la editorial se salió de madre en el año 2005, con la protesta de Marsé y su dimisión al jurado.* Aquello fue un pequeño escándalo que todavía agita las turbias aguas de los concursos.

 Por supuesto que la familia Lara y Planeta tienen el derecho de invertir o tirar su dinero como quieran, el problema es vender como literatura lo que no es, según los criterios y argumentos de, por ejemplo, el propio Marsé, novelista mayor.

Han pasado veinte años desde aquella ruptura, pero el mal continúa, o se agrava. En el Suplemento Babelia del madrileño diario El País, el 8 de noviembre de 2025 se publicaron dos recensiones sobre el ganador y finalista del premio Planeta de este año.

Son devastadoras. No se podría ser más claro y más contundente. 

Dice Jordi Gracia sobre Vera, una historia de amor, de Juan de Val (que se ha embolsado un millón de euros del premio): «¿Es absolutamente obligatorio que tantos premios Planeta sean naderías tan planas, tan previsibles, tan vulgarísimas? Leer algunas de estas novelas —Sonsoles Ónega, Juan del Val— duele en el hígado por la falta de miramientos y hasta una especie de cinismo de escritura, de dejadez deliberada para ganar unas cuantas decenas más de compradores, supongo (y la felicidad de un jurado entregado a la causa)».**

Dice Nadal Suau sobre Cuando el viento hable, de Ángela Banzas: «Hay algo cruel en que los suplementos reseñemos el premio Planeta y su finalista como si se enmarcasen en la literatura, cuando hablamos de novelas que jamás asomarían por aquí en circunstancias normales. Es cruel para esos libros, que nunca quisieron ser lo que no son. [...] una novela que, aparte de tener poco que ver con la literatura, dudo que suponga nada del otro jueves en su propio terreno de juego.»***

Estas críticas aniquiladoras no son un caso aislado y sorprendente. Antes lo contrario. Así lo entienden los buenos lectores y críticos interesados en la literatura. Y tal vez encontramos el centro del problema: el premio Planeta no está para premiar la buena literatura, ya no está para eso, sino para promocionar libros de entretenimiento, vender cientos de miles de ejemplares de novelitas baratas para pasar el rato, medios de evasión y simples productos de la industria editorial. 

Y que cada quien lea lo que quiera o deba o pueda leer. Que nadie se llame a engaño. El punto es que si ofrecen una novela, el lector espera eso y no otra cosa: una arquitectura de palabras ordenadas en un género que es un arte mayor, y que lograr una gran novela exige talento y dedicación, el dominio de un oficio, y un elemento más, evasivo y difícil de definir, que sólo puedo asociar con un milagro para la revelación de su verdad. 

Una novela es también la expresión de un hecho afortunado, una concreción que rebasa las intenciones y recursos de su novelista. Una gran novela suele ser, por arte y magia de la literatura, mejor, más grande y profunda que su autor. 

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* Véase: Juan Marsé dimite del jurado del Premio Planeta. "Mi derecho a buscar y decir la verdad está por encima del relumbrón del premio", El País del 17 de octubre de 2005. https://elpais.com/diario /2005/10/18/cultura/1129586404_850215.html

** Jordi Gracia, 'Vera, una historia de amor’, de Juan del Val, ganadora del premio Planeta: una insipidez pavorosa, El País, 4 de noviembre de 2025. https://elpais.com/babelia/2025-11-05/a-las-pijas-finas-les-gustan-los-malotes-semirreformados-y-pobres.html

*** Nadal Suau, 'Cuando el viento hable’ de Ángela Banzas: ni una página sin su tópico, El País, 4 de noviembre de 2025. https://elpais.com/babelia/2025-11-05/cuando-el-viento-hable-de-angela-banza-una-novela-que-infantiliza-los-temas-que-trata-y-los-lectores-a-los-que-se-dirige.html#?rel=mas

2 de julio de 2025

La autoficción de Annie Ernaux

Annie Ernaux ha escrito en uno de sus libros que el hecho de haber vivido algo otorga el derecho de poder escribir sobre ello. En realidad, un novelista no necesita acogerse a ningún derecho para escribir sobre lo que quiera (o pueda), tal vez ese derecho no sea tal, sino la certeza de escribir, desde la experiencia, con conocimiento de causa.

Así, la autora francesa ha escrito libros sobre las tensas relaciones entre sus padres, la enfermedad y muerte de la madre, un aborto clandestino, el cáncer de mama, su relación amorosa con un hombre treinta años menor que ella, entre otros sucesos y momentos claves de su vida.

Un comentario sobre su literatura, a partir de que le fuera concedido el Nobel de literatura en 2022, dice que «Annie Ernaux's work suggests that the distinction between fiction and nonfiction matters less than how literature interprets memory».* 

La opinión es muy interesante: si algo sucedió o no es un hecho real (histórico) no importa para la literatura ni significa nada para la calidad del hecho literario. Una historia por haber sido real no es buena por sí misma. Con buenas historias no se hacen buenas novelas, ni buenos relatos; serán buenos porque están bien contados, bien escritos. Lo mismo vale para el cine, donde el reclamo publicitario promete emoción o diversión o gran cine porque la historia sucedió en la vida real.

(Enrique Vila-Matas lo dice así: «¿Una no-ficción sobre lo sucedido? Pero si cualquier versión de una historia real es siempre una forma de ficción. Desde el momento en que se ordena el mundo con palabras, se modifica la naturaleza del mundo.»

Y Gueirgui Gospodínov dice: «Cualquier historia, hasta la que ha ocurrido y es personal, cuando pasa a través del lenguaje, cuando se reviste de palabras, deja de pertenecernos, ya forma parte tanto del ámbito de lo real como de la ficción.»)

Los hechos, los sucesos, las historias para ser literatura han de convertirse en palabras. Y entonces son palabras y nada más. 

Escribir novelas o ficción a partir de la propia vida se llama autoficción, y parece que le debemos la palabra a Serge Doubrovsky. La autoficción tiene críticos y adversarios, pero también entusiastas lectores y autores que la cultivan con soltura y constancia, como Annie Ernaux. 

Pero, ¿es posible escribir desde la nada? Tal vez el texto más libre y fantástico, el menos vinculado a la aventura de vivir en el mundo, tenga un origen en la experiencia, propia o ajena. Recordar e imaginar son dos acciones unidas como vasos comunicantes (y lo imaginado suele ser muy pobre); y la cultura, los libros leídos, las películas vistas, los museos recorridos, la música escuchada, las ciudades visitadas, ¿no son también parte esencial de la experiencia de vida?

Annie Ernaux ha hecho de su vida la fuente de su literatura, pero narra con un desapego, una distancia, una honestidad y recreada naturalidad que sostienen el relato más allá del interés o relevancia del argumento. En sus libros, tan breves, no suele haber suspense ni digresiones, ni se demora en descripciones. 

Mira el mundo y se mira a sí misma, y puede narrar hechos casi ordinarios como no se han contado. Con su parquedad, en su brevedad, estimula al lector y sólo le interesa contar lo esencial de su mirada. No sé si algo esté de más y sobre en el relato, pero habrá opiniones que sostengan que falta mucho, que se pudo haber demorado en las circunstancias de lo narrado.

Pura pasión (Tusquets) sólo puede considerarse una novela si extendemos a límites temerarios el concepto de novela. No es una novela, es una pieza de escritura. Es una historia ensimismada, cerrada. Parca. No hay una trama. El relato no avanza, no hay nudo ni conflicto, no hay desenlace, no hay un final...

Esta es la historia de los amores de la narradora (suponemos que la misma Annie Ernaux) con un hombre extranjero. Sólo sabemos que viene de un país del otro lado de la Cortina de Hierro; sí, aún no había caído el comunismo en Europa del Este y la Unión Soviética.

El hombre no tiene nombre en el relato, y siempre, a fin de cuentas, es un extraño, pero sabemos que le gustan los coches de alta gama y los trajes de lujo, que bebe whisky en exceso, está casado, tiene un lejano parecido a Alain Delon y le habla de su vida familiar a su amante. De ella sabemos que es una profesora francesa, de cuarenta y tantos años, de buena posición, que tiene hijos mayores. Y que está enferma de amor.

Con estos elementos, Ernaux levanta un libro de prosa sentida, honesta, en el que vibra la ilusión de una mujer que se desvive por el hombre que ama. El deseo y el desasosiego del amor permean las páginas. Este es el relato de una mujer enamorada; ergo, un libro rotundamente femenino. 

Brilla nítida la ilusión con la que espera, angustiada, la llamada de su amante. Y esa llamada puede ser el gran acontecimiento del día, y también su sombra negra, la gran ausencia. Ordena su vida alrededor de las visitas de él: compra el vino y la cena que le ofrecerá, pone a raya incluso a sus hijos que no podrán visitarla mientras él esté en casa. Y ella se prepara, se viste, se maquilla, se perfuma, se peina para él. 

Ahí están, como algo esencial, esos detalles que los hombres con frecuencia no advertimos, que no apreciamos y que casi nunca nos importan: si los zapatos son altos o bajos, si la blusa es nueva o la misma que ella usó el día que se conocieron, si la chaqueta es de tal color, si combina o no con los aretes o el collar o el accesorio que lleva en el pelo.

El relato consiste en la emoción de ella de ir por el mundo pensando en su amante; de su gesto, dulce y doloroso, ante el escaparate de una tienda de lencería. Y si va de viaje a Florencia no hablará con nadie, y no dejará de pensar en él mientras mira y se satura de arte; y reflexionará casi con resignación, sin dejar de pensar en el cuerpo que ama, ante el David, en que fue Miguel Ángel, un hombre, el que fijo el modelo con el que se celebra la belleza del cuerpo masculino. 

Si los detalles siempre son relevantes, y con frecuencia esenciales en la literatura, parece que son las columnas sobre las que se levanta la arquitectura verbal de este texto. El tema es la emoción de ella, el pensar a futuro lo que sucederá en el próximo encuentro, en recordar lo que sucedió en el anterior. Todo es recuerdo y suposición y deseo.

Annie Ernaux ha dado una clave de su escritura. Dice que al escribir no busca que su texto sea bonito, que no busca frases bellas, lo que busca es la frase justa. Pura pasión no cuenta una historia de amor. Es el relato de los ritos y ceremonias, de los pensamientos y acciones alrededor del amor, del encuentro amoroso. Este es, en sus escasas páginas, la crónica, desde su experiencia, de la ilusión del amor. 

____________ 

*El trabajo de Annie Ernaux sugiere que importa menos la distinción entre ficción y no ficción que cómo la literatura interpreta los recuerdos.

Desconozco el nombre del autor del artículo original en inglés y dónde fue publicado. 

4 de abril de 2019

Paradoja del autor olvidado

Un investigador y crítico dijo mientras tomábamos café que el autor al que dedica estudios y ensayos, al que promueve con admirable constancia desde hace años, del que hace prólogos y reúne su obra es un escritor olvidado.

En la mesa estamos de acuerdo en que ese autor es relevante, que es inclasificable, único e irrepetible, y que es una pena que no sea más conocido, que el gran público o ese ente que Virginia Woolf llamó «the common reader», el lector común, no lo lea.

El investigador insiste: «No se le valora como se debería, no se lee como se debería. Está olvidado». Sin embargo, no está olvidado. No lo estará mientras el investigador difunda su obra, circulen sus libros y tenga lectores, por pocos que sean. Basta un lector para que una obra siga siendo fecunda y transforme el mundo.

Borges nos dio una lección de humildad: «la meta es el olvido, yo he llegado antes», y aunque acertó en cuanto al olvido, el poeta menor de su poema se equivocó al suponer que Borges pronto sería olvidado.

Algunos autores parecen de pronto olvidados. Desaparecen de las aulas y los cubículos universitarios, de los estantes de las librerías, de los catálogos de la editoriales, y pareciera que también de las bibliotecas personales y de la memoria de los lectores. «Un escritor sobrevive una o dos generaciones, luego desaparece», me dijo un viejo novelista.

En esto hay algo de misterio, de cambio en el casi indefinible «gusto literario», en el zeitgeist o espíritu de una época. Lo que pareciera un complot perfecto, una conspiración maestra arrasa con una obra y un nombre, y no hablo de censura ni de conflictos políticos. Un autor que ha sido más que conocido y reconocido, de pronto se ha vuelto un fantasma.

Basta revisar la lista de los ganadores del premio Nobel de literatura para darse cuenta que la mitad de ellos han llegado olímpicamente al olvido. La gloria y el peso del premio literario más prestigioso no bastan para garantizarles una permanencia al menos decorosa, una vigencia de cortesía.

Pero también a veces sucede lo contrario. Autores leídos y celebrados que parecían olvidados de pronto vuelven, por un oportuno rescate editorial, por un ensayo de un autor influyente, por algún suceso que los devuelve a la memoria, y regresan del desprecio y el olvido y muestran su vigencia y su valor.

Del pasado reciente, sin levantarme de mi mesa e indagar un poco, recuerdo algunos nombres de esos que han regresado por derecho propio: Joseph Roth, Sándor Márai, Stefan Zweig, Lucia Berlin... Mucho más difícil sería mencionar a los que han entrado al olvido.

Occidente se olvidó de Aristóteles, y con él de la filosofía griega, y su recuperación, su vuelta a Europa gracias a los árabes, siglos después, algo tiene de accidente de la Historia. Sin ese feliz suceso, el  mundo sería otro, uno distinto. Y «De la naturaleza», el gran poema de Lucrecio olvidado por mil años, fue literalmente exhumado por Poggio Braciolini, fue devuelto a la luz en circunstancias que ofrecen elementos para una novela o película de aventuras.

Surge entonces una pregunta: ¿Habrá la humanidad olvidado a alguien? ¿Algún autor con una obra mayor en su calidad estará olvidado? Si un puñado de lectores lo sigue, no está olvidado, como el autor que promueve mi amigo el investigador.

Basta que alguien mencione el nombre de un autor para que éste siga vivo. Si hemos olvidado a alguien, no lo sabemos, porque basta mencionar su nombre, recordar un verso, para redimirlo del olvido, y esto podría ser una paradoja. El olvidado no lo está si lo recordamos. En cambio, pasar de largo sin una obra y su autor,  sin lamentarlo y sin apreciar la pérdida, es la condición del olvido. En eso consiste en el olvido.

19 de abril de 2018

La permanencia de Octavio Paz

Fabienne Bradu, en uno de sus ensayos sobre Octavio Paz, «A veinte años del Nobel» (Permanencia de Octavio Paz, Vaso Roto, 2015), en el que reivindica como fundamental entre las enseñanzas del poeta «la salud y virtud de la rebeldía», recuerda también que para conmemorar ese vigésimo aniversario, en 2010, se emitiría una moneda con su efigie: «Pobre Octavio. Ni siquiera llegó a billete y se quedó en morralla, que quizá sea la moneda de cambio para la poesía».

La lectura del lamento de Bradu despertó mi memoria. Yo había guardado una de esas monedas, sí, pero ¿dónde? La tenía completamente olvidada. Revolví mi estudio y luego de una búsqueda larga y persistente la encontré en el fondo de un cajón. Fechada en el año 2000, la Casa de Moneda emitió una moneda de veinte pesos con el perfil de Octavio Paz (el dibujo deja mucho que desear, en sus líneas apenas se reconoce a Paz en la imagen de un hombre joven), junto a un verso en letra en verdad minúscula del poema «Fuente»: «Todo es presencia, todos los siglos son este presente» y de su firma; en 2001 fue acuñada otra moneda, igual a la del año anterior, y en el 2010 la que menciona Bradu, con una imagen de Paz maduro y una alusión al Nobel.

Ese comentario de Bradu sobre una moneda y no un billete me recuerda que Octavio Paz joven, tal vez a la edad en que aparece en la moneda, había tenido un empleo absurdo y alimenticio: contaba y quemaba billetes usados y viejos en un sótano. Ese trabajo dejó huella. El poeta lo menciona en el poema «Vuelta»: «Queman millones y millones de billetes viejos en el Banco de México». ¿Si se hubiera conmemorado el premio Nobel con un billete aún circularía? La pregunta tiene sentido, hace años que desaparecieron por completo esas monedas; como si nunca hubieran existido. A todas luces no es un asunto de resistencia de materiales.

Tal vez muchas de esas monedas se encuentren en otros cajones como el mío, en los escaparates y entre los tesoros de los coleccionistas, y recuerden el acontecimiento que fue entre nosotros la entrega del Nobel de Literatura a un poeta mexicano. Pero la permanencia de Paz no pasa por conmemoraciones sino por su obra, su vida y sus enseñanzas (su rebeldía).

La moneda volverá al fondo del cajón, y vendrán inexorables otros aniversarios. La moneda, tal vez, sea con los años más apreciada por los numismáticos, y cada vez menos personas recordarán el día del anuncio del Nobel, la ceremonia de entrega en Estocolmo, y la conmoción de la muerte de Paz hace justo veinte años.

No le falta razón a Bradu: la palabra rebeldía es justa para definir la trayectoria vital de Paz. Su poesía y buena parte de sus ensayos y escritos se ahondan y ensanchan con el tiempo. Pareciera que mejoran, y se disponen a permanecer en el tiempo. La permanencia de Octavio Paz no pasa por billetes que acabarían por ser incinerados en un sótano, ni en la dureza del metal de monedas que ya no circulan, ni el prestigio del gran premio. Pasa por la memoria, y se fija en el pensamiento, en la reflexión, en sus enseñanzas, en el goce de sus palabras, en sus libros.

6 de julio de 2016

Los motivos de un premio

Es un tema recurrente. Basta que a un escritor le concedan un premio para iniciar una polémica. Las razones para justificar una distinción suelen ser apasionadas antes que literarias, y lo mismo sucede para explicar por qué alguien más no merecía el galardón.

El premio más polémico del mundo es el Nobel, y la institución más denostada (a veces con justicia poética) es la Academia Sueca. Y el autor evocado como víctima del gran agravio casi siempre es Borges.

Cuenta la leyenda que éste decía, con impecable ironía: «Existe una antigua tradición escandinava que consiste en negarle el Nobel a Jorge Luis Borges.» Su nombre, su caso, es inevitable a la hora de comentar el Premio. Hace poco un amigo me explicaba que la Academia sueca considera las opiniones, la filiación política, el apoyo a las causas nobles y justas como un factor decisivo. 

No creo que siempre sea así. Pero el hecho de esa posibilidad, de considerar ese motivo debería ser una llamada a la reflexión, a la cordura y la justicia, ahora más que nunca, poética. ¿Quién merece un premio literario? ¿La posición política equivocada de un escritor le quita méritos literarios? ¿Se puede ser un mamarracho y un gran escritor a la vez? Me temo que sí. No creo que Borges haya sido uno, ni un desalmado. Era un grande las letras y fuera de ellas un hombre extraviado, casi en todo lo demás.

El nombre de Borges está más unido al Premio Nobel que el de muchos galardonados que al paso de los años ya nadie recuerda y, peor aún, casi nadie lee. Borges es recordado, discutido y leído. Se ha impuesto rampante a aquella antigua tradición escandinava.

A veces la literatura ofrece las respuestas a las preguntas y dudas que ella misma plantea. Encontrar la página que resolverá el dilema es un misterio del azar, de la asombrosa combinación de elementos que nadie termina nunca de imaginar. Un hallazgo así siempre es una alegría, y una señal, una llamada plena de sentido que es importante compartir. El mensaje es simple, claro y lúcido: los premios literarios deberían ganarlos los grandes autores, sin que sus opiniones políticas, su militancia o condición sean relevantes para distinguir y reconocer su obra.

En «El escritor y el dinero», ensayo breve y delicioso, entre las páginas de Contra los poetas ( Tumbona Ediciones), encuentro estas palabras de Witold Gombrowicz:

«Entre los jurados que, según sus estatutos, deberían tomar en cuenta sólo los verdaderos méritos literarios de una obra, se discuten en público motivos que poco tienen que ver con el arte: "Hay que galardonarlo porque es el turno de América Latina", o porque es pobre, o "porque está viejo y enfermo", o por tal y cual pretexto. Me gustaría saber lo que pasaría si un buen día un abogado entablara un proceso a un jurado en el que al menos algunos de sus miembros hubieran declarado abiertamente que habían concedido el premio por razones políticas, humanitarias, o cualesquiera otras que no tuvieran ninguna relación con sus estatutos. Sospecho que esto provocaría una auténtica catástrofe en cadena: todos los artistas que han sido víctimas de procedimientos semejantes exigirían algún tipo de compensación por los perjuicios que ello les hubiera ocasionado. Pero el público también podría comenzar un proceso: si el premio, que en principio se entiende como la honesta recompensa que recibe un talento genuino, es otorgado en realidad por razones muy distintas, esto significaría simplemente que hemos sido timados.» 

Lo escribió con lucidez Gombrowicz, ahora es necesario recordar sus palabras mientras sean necesarias, una y otra vez.

11 de septiembre de 2012

La obra maestra, la perfección, el olvido

La obra de un escritor, la suma de sus libros, lo que suele llamarse con una pretensión patética las “obras completas”, con frecuencia son páginas escritas arrancados a la indolencia, tuteladas por el insomnio, la abominable sed de la fama, el esquivo brillo del oro e incluso, de vez en cuando, por la necesidad genuina de fijar en palabras aquello que bulle en la imaginación o arde en el pecho. 

Todos los autores, sin excepción, tienen una lista secreta que no cesa de cambiar y actualizarse con los nombres de los libros que no escribirán jamás, y saben bien que a algunos de esos libros han renunciado mucho antes de que les llegue su última hora. 

Los libros que sobreviven a su autor no tienen un lugar garantizado en la memoria de los lectores por el hecho de ocupar un sitio en los anaqueles de las bibliotecas, de ellos sólo puede decirse que no fueron destruidos ni los calcinó el fuego ni han sido devorados por los efectos devastadores del paso del tiempo. 

La desaparición de los libros es una de las constantes de la historia y una tarea que los hombres realizan con el mismo empeño con que se esfuerzan en escribirlos. Quemar y saquear bibliotecas, mutilar y falsear documentos es tan común que podría estar sucediendo en alguna parte del mundo mientras escribo estas palabras.

De Epicuro ha sobrevivido una parte muy pequeña de sus escritos, pero lo suficiente para que tengamos mucho que aprender de su pensamiento y sigamos discutiendo su filosofía. Virgilio, al final de su vida, estaba tan insatisfecho con la Eneida, que pidió a Augusto autorización para quemar el portentoso poema. El emperador se negó, por supuesto, y Hermann Broch ha contado con grandeza esa historia en La muerte de Virgilio. La vanidad y la autocrítica, casi siempre lamentables, son más dañinas para los documentos originales, ya sean tablillas, manuscritos o archivos informáticos, que las plagas, los enemigos y el fuego. Kafka también pidió que su obra fuese destruida. 

Aventuro que Virgilio y Kafka tenían en común algo más profundo, la convicción secreta de que sus respectivas obras, a las que consagraron su enorme talento durante los mejores años de su vida, no deberían sobrevivirles porque fueron hechas con doloroso esfuerzo para satisfacción y goce personal de su autor. 

¿Para qué querría Virgilio que sobreviviera la Eneida si fue compuesta para que él hiciera y rehiciera una y otra vez los versos en busca de la perfección absoluta? Si él ya no podía gozar de los placeres del verso, ¿para qué conservarlos? ¿Para qué querría Kafka que sobreviviera El proceso si sólo fue escrito para darle forma a su imaginación y llenar de sentido su vida a través de su escritura?

El buen juicio sobre la propia obra no suele ser un atributo común entre los más grandes. La opinión de los autores sobre sus libros no suele ser la definitiva. El primer problema es el ego y  apenas he conocido a alguno que no rezume vanidad. (El día que conocí a  Jean-Marie Gustave Le Clézio, premio Nobel de Literatura en 2008, más que su español casi impecable o su conocimiento de la historia de México, en particular de Michoacán, me impresionó su modestia absoluta, profunda y sincera. No creo que me sea dado conocer otro caso similar.) 

Entre los que estaban del todo desorientados con la dimensión y alcance de su obra, ninguno como Cervantes, que murió convencido que su gran obra era la última novela, Los trabajos de Pérsiles y Sigismunda y Don Quijote de la Mancha no pasaba de ser una buena parodia de los libros de caballerías. Tal vez sea cierto que Cervantes no supo lo que hizo y no tuvo conciencia de lo que Don Quijote representa para el imaginario literario del mundo, además de ser un caso único por los descuidos, olvidos y yerros de un autor. Cervantes es inmortal en su gran novela a pesar de sí mismo.

¿Habrá la humanidad olvidado a un  genio? ¿Habremos dejado en el olvido, como insistía Borges que es el destino de los libros, a algún gran autor? Tal vez no, pero no son pocos los casos en que los volúmenes solemnemente encuadernados de algún autor se quedarán en los anaqueles de las bibliotecas aún después de que lo olvide el último de sus lectores.

¿Qué numen, qué dios, elige y salva obras y condena otras al olvido? ¿Quién es el gran editor invisible que alarga o acorta la vida humana y sensible de los libros? El gusto literario lo conforman las casas editoras, el mercado, los profesores y los sabios, los críticos y los lectores que celebran y leen las obras o las condenan al olvido y por lo tanto a su desaparición.

¿Cuál es la razón oculta que a fin de cuentas decide cuáles se salvan y cuáles no? Tenemos obras maestras inconclusas, defectuosas, que celebramos y veneramos, y libros fríos, rígidos, que desdeñamos en su perfección. Hay obras acabadas, redondas, que no dicen nada. Hay libros imperfectos, inacabados, que son obras maestras. El siglo XX fue pródigo en éstos. Pensemos en las obras de Kafka, Joyce, Musil, Proust.