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12 de noviembre de 2025

Los premios literarios

No es fácil encontrar un tema que estimule más la conversación entre escribidores y críticos, lectores y profesores que los premios y concursos literarios. Pareciera un tema infalible para conocer el gusto y opiniones, no sólo literarias, de quien se expresa con sinceridad y con frecuencia con vehemencia.

Se le atribuye a Ernest Hemingway una sentencia tan lúcida como válida: «Alfred Nobel inventó dos artefactos explosivos: la dinamita y el premio Nobel de literatura.» Arremeter contra la Academia Sueca por sus pifias, yerros, olvidos y metidas de pata es casi un deporte que se practica con soltura e ímpetu olímpico.

Mi amigo Raúl me dijo hace tiempo que el único premio en el que creía y merecía su confianza es el de la Lotería Nacional, pero ya hemos padecido, ahí también, casos de corrupción y malos manejos, como los de ¡ay!, (casi) cualquier premio literario. 

Hace muchos años fui invitado a ser jurado de un concurso. El día de la deliberación, nos reunimos los integrantes del jurado y la sesión comenzó con el ucase inobjetable de un anciano que sentenció: «Inobjetablemente y sin lugar a dudas, el ganador debe ser...»

Alguien del jurado, un joven idealista, protestó. Dijo que se habían reunido para discutir, deliberar y votar. Fue acusado de irreverente, de comprender nada, y de no respetar la trayectoria y las canas del maestro, etc.

Elegir un ganador y premiar una obra dejó de ser lo importante y la misión del jurado. Tomó su lugar un ejercicio de poder. Inobjetablemente y sin lugar a dudas aquello acabo mal. Fue una lección, una buena práctica de baja política y malas artes.

Los premios que otorgan instituciones, ya sean públicas o privadas, deberían cuidar su nombre y apegarse a las condiciones mínimas de ética y honestidad. Los premios que otorgan las editoriales son estrategias de mercadotecnia que ellas usan vender ejemplares de los libros que editan; un simple mecanismo para impulsar su industria editorial.

Desde hace muchos años, Ricardo, bien enterado, sabía en México quién se llevaría el premio Planeta o el Alfaguara o el Herralde con al menos una o dos semanas de anticipación. Y daba razones y argumentos, chismes y motivos que aderezaban sus numerosos aciertos. 

El caso de Juan Marsé es revelador. Le fue concedido el Premio Planeta en 1978 por su novela La muchacha de oro. Luego, fue jurado de ese premio en otras ocasiones. Pero la colaboración con la editorial se salió de madre en el año 2005, con la protesta de Marsé y su dimisión al jurado.* Aquello fue un pequeño escándalo que todavía agita las turbias aguas de los concursos.

 Por supuesto que la familia Lara y Planeta tienen el derecho de invertir o tirar su dinero como quieran, el problema es vender como literatura lo que no es, según los criterios y argumentos de, por ejemplo, el propio Marsé, novelista mayor.

Han pasado veinte años desde aquella ruptura, pero el mal continúa, o se agrava. En el Suplemento Babelia del madrileño diario El País, el 8 de noviembre de 2025 se publicaron dos recensiones sobre el ganador y finalista del premio Planeta de este año.

Son devastadoras. No se podría ser más claro y más contundente. 

Dice Jordi Gracia sobre Vera, una historia de amor, de Juan de Val (que se ha embolsado un millón de euros del premio): «¿Es absolutamente obligatorio que tantos premios Planeta sean naderías tan planas, tan previsibles, tan vulgarísimas? Leer algunas de estas novelas —Sonsoles Ónega, Juan del Val— duele en el hígado por la falta de miramientos y hasta una especie de cinismo de escritura, de dejadez deliberada para ganar unas cuantas decenas más de compradores, supongo (y la felicidad de un jurado entregado a la causa)».**

Dice Nadal Suau sobre Cuando el viento hable, de Ángela Banzas: «Hay algo cruel en que los suplementos reseñemos el premio Planeta y su finalista como si se enmarcasen en la literatura, cuando hablamos de novelas que jamás asomarían por aquí en circunstancias normales. Es cruel para esos libros, que nunca quisieron ser lo que no son. [...] una novela que, aparte de tener poco que ver con la literatura, dudo que suponga nada del otro jueves en su propio terreno de juego.»***

Estas críticas aniquiladoras no son un caso aislado y sorprendente. Antes lo contrario. Así lo entienden los buenos lectores y críticos interesados en la literatura. Y tal vez encontramos el centro del problema: el premio Planeta no está para premiar la buena literatura, ya no está para eso, sino para promocionar libros de entretenimiento, vender cientos de miles de ejemplares de novelitas baratas para pasar el rato, medios de evasión y simples productos de la industria editorial. 

Y que cada quien lea lo que quiera o deba o pueda leer. Que nadie se llame a engaño. El punto es que si ofrecen una novela, el lector espera eso y no otra cosa: una arquitectura de palabras ordenadas en un género que es un arte mayor, y que lograr una gran novela exige talento y dedicación, el dominio de un oficio, y un elemento más, evasivo y difícil de definir, que sólo puedo asociar con un milagro para la revelación de su verdad. 

Una novela es también la expresión de un hecho afortunado, una concreción que rebasa las intenciones y recursos de su novelista. Una gran novela suele ser, por arte y magia de la literatura, mejor, más grande y profunda que su autor. 

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* Véase: Juan Marsé dimite del jurado del Premio Planeta. "Mi derecho a buscar y decir la verdad está por encima del relumbrón del premio", El País del 17 de octubre de 2005. https://elpais.com/diario /2005/10/18/cultura/1129586404_850215.html

** Jordi Gracia, 'Vera, una historia de amor’, de Juan del Val, ganadora del premio Planeta: una insipidez pavorosa, El País, 4 de noviembre de 2025. https://elpais.com/babelia/2025-11-05/a-las-pijas-finas-les-gustan-los-malotes-semirreformados-y-pobres.html

*** Nadal Suau, 'Cuando el viento hable’ de Ángela Banzas: ni una página sin su tópico, El País, 4 de noviembre de 2025. https://elpais.com/babelia/2025-11-05/cuando-el-viento-hable-de-angela-banza-una-novela-que-infantiliza-los-temas-que-trata-y-los-lectores-a-los-que-se-dirige.html#?rel=mas

9 de octubre de 2019

Los nobel de literatura

Se dice que Ernest Hemingway dijo que Alfred Nobel había inventado dos artefactos explosivos: la dinamita y el premio Nobel de Literatura. El segundo se caracteriza, con frecuencia, tras la vistosa explosión, por incinerar a los galardonados en sus propios fuegos de artificio.

Casi la mitad de los ungidos por la Academia sueca sucumben ante la maldición escandinava que los condena al silencio y el olvido. Borges, en su sabiduría, comprendía que ese es el fin,  pero a él no lo olvidaremos, tal vez porque el desdén, mitad desprecio, mitad olvido que le impuso la Academia lo libró de aquella maldición.

Si un lector curioso llegara a la librería mejor surtida y pidiera, con la lista en la mano, un libro de cada uno de los premios nobel de literatura, se encontraría que decenas y decenas de ellos, casi la mitad, ya están fuera de catálogo, sus libros no se traducen, no se reeditan, no circulan. Han desaparecido como si no hubieran existido. La muerte literaria es más letal y definitiva que la muerte misma.

Una cuarta parte de los sobrevivientes a la maldición viven en un limbo, en una suerte de purgatorio a la espera de una resurrección gracias a un editor audaz o un suceso que permita exhumar una obra que pronto podría ser devorada por el polvo del tiempo. Han sido víctimas de los efectos terribles de los fuegos de artificio, de la dinamita fulminante que devora obras que deberían refulgir por siglos, al menos más allá de la ceremonia de premiación presidida por el rey de Suecia.

El otro veinticinco por ciento sobrevive a la maldición, son autores conocidos y estudiados en el mundo entero, sus obras están disponibles en las librerías; no tiene sentido enumerar a los grandes cuyos libros reposan en los estantes de las bibliotecas personales y que, a veces, hasta son leídos.

Y no vale la pena hacer una lista severa y exhaustiva de los errores y omisiones, pero es imposible dejar pasar que han sido despreciados, junto a Borges, Tolstói, Chéjov, Proust, Joyce, Woolf, Yourcenar, entre otros muchos campeones absolutos (Kakfa no cuenta, murió casi inédito). Por cada escritor premiado cada año no es difícil encontrar al menos otros cinco de igual o mayor mérito. Si fuera posible alcanzar un consenso mínimo, esa lista de sus omisiones imperdonables, con esa otra de sus pifias monumentales, podría dinamitar el prestigio de la Academia o a la Academia misma.

Los egregios miembros de la Academia, hasta el año 2018,  han posado su mirada once veces en autores que celebran la llamada lengua de Cervantes. Un cifra que no está nada mal si consideramos su chovinismo y su descarado favoritismo por autores estadounidenses y franceses. No seré el primero en decir que Reyes, Carpentier, Lezama Lima, Rulfo y Cortázar también podrían haber sido premiados, pero tal vez es mejor así: a ninguno de ellos le ha caído la maldición y todos son leídos y publicados, incluso en otras lenguas.

De esos once, cinco son españoles: José Echegaray (1904), Jacinto Benavente (1922), Juan Ramón Jiménez (1956), Vicente Aleixandre (1977) y Camilo José Cela (1989); dos chilenos: Gabriela Mistral (1945; la única mujer de nuestro dream team) y Pablo Neruda (1971); un guatemalteco: Miguel Ángel Asturias (1967); un colombiano: Gabriel García Márquez (1982); un mexicano: Octavio Paz (1990), y un peruano: Mario Vargas Llosa (2010), que también tiene pasaporte español.

Casi todos están vivos literariamente. No tengo una idea clara de la vigencia literaria de Jacinto Benavente, pero sé que José Echegaray está rotundamente muerto, por los siglos de los siglos. Lo escandaloso no es el silencio y olvido, sino que alguna vez haya sido reconocido. Al parecer, su teatro tuvo éxito en Madrid en el último cuarto del siglo XIX, del que no debió de haber salido.

Echegaray es uno de esos premios nobel justamente olvidados. Sus libros no se editan, sus obras no se representan, pero su nombre está inscrito entre los elegidos de los suecos. Pero don José tenía otros talentos. Como dramaturgo fue el mejor matemático de España de su tiempo, y fue ingeniero y político y ministro de Hacienda y Fomento.

Algunos de sus contemporáneos, como Clarín y Pardo Bazán, que lo consideraban un autor mediocre, no dejaron de mostrar su asombro por el premio sueco; desde entonces era visto como un autor decimonónico de regular talento.

Echegaray es, de los galardonados que han escrito en español, el ejemplo perfecto de esos nobel cuyo éxito literario duró lo que los fuegos de artificio. Uno más entre esa larga lista de cincuenta o sesenta nombres, de buenos y dignos autores, que por extrañas y suecas razones no han permanecido en el canon, en el gusto literario. No todos ellos son desdeñables, por supuesto que no, pero sus obras no pudieron conservar el entusiasmo y admiración de las sucesivas generaciones de lectores, críticos, editores y profesores.

La Academia pronto anunciará al nuevo ganador (que este año distinguirá a dos escritores). Como ya sabemos que el Premio Nobel no otorga ni garantiza la gloria ni la inmortalidad literarias, tal vez la apuesta, aunque a largo plazo, sería, antes que acertar quién ganará el premio, saber si ese nuevo galardonado será una estrella fija en el firmamento de la literatura o una simple estrella fugaz en una fría noche de diciembre en Estocolmo.