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5 de octubre de 2025

Glosa de "El amenazado", de Borges

«Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.»

Sí. Es él. Y guardar distancia no es cobardía. Para sobrevivir es necesario alejarse. Pero la huida no nos libra del dolor.

«Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.»

Crecen incesantes en la vigilia y en la pesadilla. De día y de noche. Estoy sitiado.

«La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.»

La máscara ya no oculta: revela. Cambia y siempre es la misma. Además, ciertamente, es la única posible.

«¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?»

Sirven para ser. Para darle identidad a la existencia. Pero es verdad que esos talismanes son inútiles y estériles ante los embates del amor. Ante ellos me declaro inerme y frágil.

«Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.»

Y pareciera que ordenas el alba y el crepúsculo. Regulas las horas y su paso. Y en ausencia, tengo la certeza de que estoy en un tiempo vacío.

«Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.»

Es verdad. Crece el desasosiego. Y hay más signos de que la paz no vendrá.

«Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.»

Tu voz mitiga el dolor. Un poco de veneno pareciera un bálsamo. Y el engaño de la ilusión, la esperanza inútil como aguardar lo inesperado. Pero persiste la traición de la desmemoria, y la constante ausencia en que se fuga el devenir de las horas.

«Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.»

Con sus engaños y mentiras. Con el encanto de sus ilusiones. Es un prestidigitador poderoso que nubla la razón.

«Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.»

Y una calle. Tampoco frecuento un parque, una cafetería, un bistró. Un barrio entero. Acabaré por sentir que mi vulnerabilidad se extiende por toda la ciudad que habita.

«Ya los ejércitos me cercan, las hordas.»

Para eso crecieron los muros de su cárcel. Estoy en sus manos. No puedo escapar de ti, no puedo irme de mí.

«(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)»

Es irreal, por eso un refugio, un consuelo. Acaso una ilusión. Lo que ella no le ha revelado al mundo, acaso no existe.

«El nombre de una mujer me delata.»

Sí. Lo pienso y lo susurro, lo digo en silencio y a viva voz. En un grito. Lo saben los objetos y los pájaros, los árboles y la luz.

«Me duele una mujer en todo el cuerpo.»

El dolor es físico, real. Ella duele. Y sé bien que el dolor no cesará.

6 de julio de 2016

Los motivos de un premio

Es un tema recurrente. Basta que a un escritor le concedan un premio para iniciar una polémica. Las razones para justificar una distinción suelen ser apasionadas antes que literarias, y lo mismo sucede para explicar por qué alguien más no merecía el galardón.

El premio más polémico del mundo es el Nobel, y la institución más denostada (a veces con justicia poética) es la Academia Sueca. Y el autor evocado como víctima del gran agravio casi siempre es Borges.

Cuenta la leyenda que éste decía, con impecable ironía: «Existe una antigua tradición escandinava que consiste en negarle el Nobel a Jorge Luis Borges.» Su nombre, su caso, es inevitable a la hora de comentar el Premio. Hace poco un amigo me explicaba que la Academia sueca considera las opiniones, la filiación política, el apoyo a las causas nobles y justas como un factor decisivo. 

No creo que siempre sea así. Pero el hecho de esa posibilidad, de considerar ese motivo debería ser una llamada a la reflexión, a la cordura y la justicia, ahora más que nunca, poética. ¿Quién merece un premio literario? ¿La posición política equivocada de un escritor le quita méritos literarios? ¿Se puede ser un mamarracho y un gran escritor a la vez? Me temo que sí. No creo que Borges haya sido uno, ni un desalmado. Era un grande las letras y fuera de ellas un hombre extraviado, casi en todo lo demás.

El nombre de Borges está más unido al Premio Nobel que el de muchos galardonados que al paso de los años ya nadie recuerda y, peor aún, casi nadie lee. Borges es recordado, discutido y leído. Se ha impuesto rampante a aquella antigua tradición escandinava.

A veces la literatura ofrece las respuestas a las preguntas y dudas que ella misma plantea. Encontrar la página que resolverá el dilema es un misterio del azar, de la asombrosa combinación de elementos que nadie termina nunca de imaginar. Un hallazgo así siempre es una alegría, y una señal, una llamada plena de sentido que es importante compartir. El mensaje es simple, claro y lúcido: los premios literarios deberían ganarlos los grandes autores, sin que sus opiniones políticas, su militancia o condición sean relevantes para distinguir y reconocer su obra.

En «El escritor y el dinero», ensayo breve y delicioso, entre las páginas de Contra los poetas ( Tumbona Ediciones), encuentro estas palabras de Witold Gombrowicz:

«Entre los jurados que, según sus estatutos, deberían tomar en cuenta sólo los verdaderos méritos literarios de una obra, se discuten en público motivos que poco tienen que ver con el arte: "Hay que galardonarlo porque es el turno de América Latina", o porque es pobre, o "porque está viejo y enfermo", o por tal y cual pretexto. Me gustaría saber lo que pasaría si un buen día un abogado entablara un proceso a un jurado en el que al menos algunos de sus miembros hubieran declarado abiertamente que habían concedido el premio por razones políticas, humanitarias, o cualesquiera otras que no tuvieran ninguna relación con sus estatutos. Sospecho que esto provocaría una auténtica catástrofe en cadena: todos los artistas que han sido víctimas de procedimientos semejantes exigirían algún tipo de compensación por los perjuicios que ello les hubiera ocasionado. Pero el público también podría comenzar un proceso: si el premio, que en principio se entiende como la honesta recompensa que recibe un talento genuino, es otorgado en realidad por razones muy distintas, esto significaría simplemente que hemos sido timados.» 

Lo escribió con lucidez Gombrowicz, ahora es necesario recordar sus palabras mientras sean necesarias, una y otra vez.