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14 de noviembre de 2021

La obra perfecta

«Sólo tenemos la certeza de escribir mal cuando escribimos; la única obra grande y perfecta es aquella que nunca se sueñe realizar», dice Fernando Pessoa a través de su heterónimo Bernardo Soares. Luego de declarar que si hubiera escrito Rey Lear tendría remordimientos durante el resto de su vida porque esa obra es tan grande que sobresalen sus gigantescos defectos. 

Nadie tiene el don de «escribir una obra de arte con el tamaño justo para ser grande y con la perfección precisa para ser sublime»; el mensaje es claro: como «sólo tenemos la certeza de escribir mal cuando escribimos; la única obra grande y perfecta es aquella que nunca se sueñe realizar». La obra perfecta es la obra no escrita, nos dice Pessoa, y pocos más autorizados que él para firmar la sentencia. 

Estas citas provienen de ese prodigioso e imperfecto baúl de belleza y desconsuelo y sabiduría y amargura que es el Libro del desasosiego. El enorme poeta portugués tiene razón. Hay una tenue cisura, una zanja, una brecha, un abismo entre la obra pensada o soñada y la que se ejecuta. «La obra realizada es siempre la sombra grotesca de la obra soñada.»

Pessoa no fue el primero en saberlo, pero tal vez nadie lo ha dicho con tanta vehemencia. Thomas Mann lo sabía también, por eso apreciaba tanto la máxima de Chéjov: «la insatisfacción con uno mismo constituye un elemento básico en todo auténtico talento.» Ese es el punto del relato «Hora difícil», en el que Mann muestra a Schiller en lucha consigo mismo en una noche de frío y resfriado y desvelo empeñado en lograr el poema soñado. El esfuerzo, la dedicación, la constancia no son malos compañeros de los que emprenden obras que a la distancia algo tienen de montañas prodigiosas. 

Para Mann y Schiller, parece, el trabajo duro, el empeño y la búsqueda sin fin son tres nombres del talento. Aspiran a ascender a cualquier precio para lograr (¿encontrar?) la obra maestra, aunque sus esfuerzos, una y otra vez, y por mucho tiempo, se asemejen a la tarea sin fin e inútil de Sísifo. Sin embargo, Mann y Schiller lograron llegar a la cumbre. 

He visto a autores de talento renunciar a la realización de la obra por el temor cerval de no lograr la obra mil veces deseada e imaginada. (Es tal vez, un problema del ego. Pareciera que dicen: como no logro la obra que imaginé, es mejor no hacer nada.) He visto a autores rehuir de su tarea porque tienen que investigar, planear, viajar, entrevistar a vagos testigos o personajes secundarios, entre otras justificaciones y pretextos, antes de emprender la realización de su obra. 

Virgilio murió insatisfecho con la Eneida, y no sabemos con certeza qué hubiera hecho con ese prodigio de poema si hubiera vivido dos o tres años más. Sin duda el gran poema, uno de los más altos de Occidente, no tendría la forma que conservamos (a pesar de los ajustes y revisiones y correcciones que comenzaron desde tiempos de Augusto). 

Si bien escribir es con frecuencia reescribir, volver al texto y pulirlo para que alcance su mejor brillo y claridad y precisión, el riesgo de la sobrecorrección (tal visible como la tercera cirugía plástica en la misma nariz) planea sobre obras cuyos autores no saben que la perfección no es de Shakespeare ni de Pessoa ni de Schiller ni de Mann; que no es de este mundo.

Hay poemas casi perfectos, pero la novela tiende a la imperfección. Entre más grande y pretenciosa, más imperfecta al tiempo que más imponente y asombrosa. Muchas de las grandes obras maestras del siglo XX son imperfectas: En busca del tiempo perdido, El proceso, Ulises, entre otras, son obras maestras prodigiosamente imperfectas. ¡Viva esa imperfección!

El poeta y el novelista y el músico y el pintor imaginan una obra ideal que guardan en la mente y el corazón, pero esa perfección se desvanece cuando la realizan; sin embargo, las obras maestras, las verdaderamente grandes, las que cumplen su función y nos conmueven y mueven a un estremecimiento ante su belleza y muestran y generan una reflexión, revelan en sí mismas, en su grandeza, la humana imperfección de sus creadores. 

27 de agosto de 2019

La vida y el caos

La vida tiende al desorden, al caos. Una mañana cualquiera uno se queda dormido y llega tarde al trabajo. Otro día, justo antes de salir a tiempo, se tira el café caliente en la camisa blanca. También, a veces, se acaba el gas, la computadora se queda sin batería a mitad de un documento urgente o las llaves no aparecen por ningún lado. Y todo esto tiene desagradables consecuencias.

Si uno no va de compras, lo lamentará a la hora de la cena o no podrá lavarse los dientes con dentífrico. Si uno deja de fregar los trastos dos días no sólo no encontrará un vaso limpio para el siguiente desayuno y tendrá más que un montón de platos y ollas sucios: habrá erigido por omisión una versión doméstica del caos, sin contar la asombrosa fila de hormiguitas que va de la ventana al fregadero.

Corremos cada día para cumplir con lo urgente y lo necesario. Si bajamos la guardia, si dejamos un día de luchar contra esa tendencia al caos, el coche se queda sin gasolina, la casa sin luz, el perro sin comida. A veces, aun con gasolina, el coche no arranca, o choca el taxi o quedamos detenidos en un embotellamiento o varados por un apagón (quedar atrapado en un elevador es una pesadilla común y colectiva).

De vez en cuando el banco se queda sin sistema y uno no puede hacer el pago urgente, el cajero automático se traga la tarjeta y uno tiene que contar las pocas monedas que le quedan en el bolsillo para acabar el día. Uno viaja durante noventa minutos de una punta a otra de la ciudad y ya sobre la hora se entera que la cita,  esa reunión tan importante a la que iba, ha sido cancelada.

Alguien más no cumple con los plazos y horarios y uno se queda con las manos vacías, sin aquello que tanta falta hace en ese momento. Y acudir a una oficina a realizar un trámite puede ser el equivalente de la antesala de un día en el infierno. El día que uno no lleva paraguas, en el que no debería llover, puede acabar empapado hasta el alma. Sí, la vida es una sucesión interminable de contratiempos.

Pareciera que apenas hacemos algo más que cuidar ese precario equilibrio. Cada uno es un Atlas que vive para sostener su pequeño mundo, que a cada instante amenaza con venirse abajo. Cada día es fasto y nefasto (piedra negra o piedra blanca), una aventura cotidiana en la que nos suceden hechos imprevistos, éxitos y fracasos, descubrimientos, alegrías y desdichas, encuentros y desencuentros, sin contar los accidentes y las pérdidas trascendentes.

Pero también es cierto que a veces nos arrolla la alegría; de pronto nos sorprende la Belleza, y una mujer desconocida y que seguramente no volveremos a ver nos sacude y estremece (el efecto dura un momento, el resto del día, a veces toda la vida, como le sucedió a Dante cuando encontró a Beatriz).

Sin un plan ni cita en la agenda, un día escuchamos por primera vez una música, la obra de un compositor que ya nos acompañará toda la vida, y lo mismo nos sucede con los versos ya imprescindibles de un poeta que ayer nos era desconocido.

Todos los días, en desorden, a destiempo, nos suceden cosas estupendas y memorables. Sin saber cuándo ni cómo, conocemos a alguien que tendrá un lugar relevante en nuestra vida; crece una amistad, y un día, en un encuentro tan inesperado como luminoso encontramos el amor.

La vida es caótica: es muy difícil que un día termine sin sobresaltos, cambios, situaciones adversas, instantes estupendos y felices hallazgos. La vida es imprevisible e impredecible, espontánea, y sólo sabemos con certeza que un día acabará. Nos da y nos quita a cada instante. Todos los días nos suceden hechos y situaciones que no habíamos considerado.

En Annie Hall, poco antes del fin de la película, Woody Allen dice que buscamos que los diálogos, las historias, los amores sean perfectos en el arte, en el cine, en la literatura porque en la vida real no lo son. Antes todo lo contrario, y sostiene que las relaciones humanas son desastrosas y que encontrar una pareja en verdad feliz es un hecho atípico, fuera de orden porque casi siempre se impone la fragilidad, el egoísmo o un acuerdo de convenciones.

Supongo que es así porque como individuos, a fin de cuentas aislados, solos, con nuestro caos personal y destino, somos poco más que «peces del aire altísimo», como escribió José Gorostiza.

La vida, el mundo cambia a cada instante (la marcha del segundero en el reloj es el testigo que no cesa de decirnos que todo es fugaz y efímero), y eso que llamamos vivir tal vez no es mucho más que tratar de mantener en orden un universo que, como las olas, está en perpetuo movimiento, se levanta y cae, muta sin pausa ni sosiego una y otra vez sin fin.

Acaso somos como Sísifo, y nuestra razón de ser es llegar al final de la jornada sin derrumbarnos, agotados, abrumados por las desventuras y las adversidades, y eso que llamamos vivir es luchar sin tregua contra el desorden y el caos de bolsillo que a cada quien, a su manera, la vida nos impone cada día.

15 de marzo de 2016

El desprecio

He leído tres veces El desprecio, la novela cruel y tóxica de Alberto Moravia. La he leído en tres ejemplares, a lo largo de muchos años, en circunstancias muy distintas. Antes de terminar la primera lectura, ya formaba parte de mi canon, de esa pequeña biblioteca secreta en la que está cifrada nuestra vida, al menos la literaria.

La primera lectura la hice en un ejemplar español, de bolsillo, de los años setenta, en papel muy corriente, que en la contracubierta señala que el volumen doble costaba 275 pesetas, y está acribillado por los subrayados, flechas, círculos, notas y signos que mi entusiasmo adolescente dejó en sus páginas. Me basta mirar esas huellas para saber que salía de la adolescencia cuándo lo leí.

Entre más lejanas en el tiempo hayan sido mis lecturas, más cicatrices quedaron en las páginas de mis libros. Leía con devoción, y dejaba constancia de mi asombro: quería descifrar el alma de la literatura, el misterio de las palabras, la esencia del mundo.

De esa primera lectura aprendí que el amor, así como surge, puede acabar, súbito, en un instante. Y esa fuerza y energía debe encauzarse de otra manera. Entonces, sin admiración hacia la persona que fue amada, bastará un hecho cualquiera para incitar, en un parpadeo, el desprecio. ¿Eso puede suceder en el mundo o sólo en las novelas? En ambos, y la literatura también es parte de la vida.

La segunda lectura fue en un ejemplar argentino, de los años sesenta, en perfecto estado, que compré en una librería de viejo en la avenida Álvaro Obregón. No era fácil encontrar un ejemplar de la novela, dejarlo en el estante hubiera sido un gesto imperdonable de desdén al azar, un abandono, un desprecio. Si dudé un instante para justificar ante mi bolsillo la compra de un libro que ya tenía en casa, leído y subrayado, decidí que lo regalaría. Nunca lo hice.

Las vicisitudes del desgaste de la relación de Emilia y Riccardo, su desacuerdo, su desdén que devino en desprecio, cedía un poco ante los conflictos de un guionista obligado a escribir sólo por dinero una película que no le gustaba nada, y la audaz y frívola interpretación supuestamente psicoanalítica de la Odisea: Ulises tarda tanto en volver a Ítaca porque no quiere regresar, no desea llegar a casa porque Penélope, su mujer, igual que Emilia a Riccardo, lo desprecia.

Acabo de volver a leerla, ahora en una reciente edición española, la menos satisfactoria, la más descuidada. El conflicto de la pareja ante mis ojos es más oscuro y complejo, los detalles se tornan trascendentes. He encontrado matices, suspicacias, recursos de la maestría del autor en los que no había reparado.

Ella es más caprichosa, y tal vez la mueve la ambición. Él acusa una indecisión, una tibieza estéril; por momentos es tolerante, es casi indiferente (Los indiferentes es el nombre de la primera novela de Moravia), incluso a los embates de Battista, el productor, con Emilia. Riccardo, el narrador-protagonista, adolece una manía por razonar, por explicarlo todo, en particular la conducta de su mujer, con un ejercicio racional y esquemático, que lastran la novela y arruinan su vida.

Los libros siempre dicen lo mismo, con las mismas palabras. Los libros no cambian, uno es el que envejece. No es relevante que un libro no conecte con una nueva generación de lectores. El gusto literario cambia, elige y desecha sin remedio ni piedad, y en el vaivén de los redescubrimientos y rescates del olvido a veces un libro o un autor vuelven en una suerte de exhumación editorial.

Esta reciente lectura ha sido la más amarga, tal vez por cruda y directa, sin el asombro ni los entusiasmos juveniles que magnifican aún más los destinos dramáticos de los personajes. Me quedo con una interpretación absurda de la Odisea, con el hecho insondable de que sea posible dejar de amar a alguien en un instante. Me gusta más la idea de un proceso de distanciamiento, como una vela cuya llama se hace cada vez más débil y acaba por extinguirse. Así, como el amor se enciende en un instante, llega otro en el que alguien descubre y reconoce que se ha apagado.

Después de la lectura, volví a ver Le Mépris, la película de Jean-Luc Godard basada con soberana libertad y desapego en la novela de Moravia. Los misterios del amor y del desamor, de la indiferencia y del desprecio siguieron intactos, también los del gran cine de Godard, pero emergió, solar y mediterránea, la visión imponente y esplendorosa de Brigitte Bardot.

8 de julio de 2015

Un rapsoda

Un día, de pronto, por un nuevo empleo, mi madre contaba de lunes a viernes y en horario laboral con los servicios de un chofer. Imagino que yo tendría diez años, y la llegada de Jorge a casa no sólo fue una extraña novedad sino también uno de los encuentros decisivos de mi vida.

Ese hombre, que ahora puedo imaginar en sus cuarenta, era educado, atento, buen conversador y tenía sentido del humor. Regordete, con la coronilla calva y cara de buena persona, con una sotana podría haber pasado por un cura cándido, como los que salían en las películas viejas para todo público.

Al margen de su trabajo, que desempeñaba sin tacha, Jorge reveló su pasión y su vocación secreta, para la que tenía además notables aptitudes didácticas. Era un helenista, un estudioso, un rapsoda urbano que dos mil ochocientos años después de Homero que un día, de pronto, en un trayecto, empezó a contarnos  la Ilíada y la Odisea con talento y gracia.

Conocía el oficio, hacía cambios en la entonación, sabía cuándo detenerse y marcar una pausa, en qué pasajes acelerar el ritmo del relato. No se sabía los poemas homéricos de memoria, pero conocía muy bien las obras y las contaba con palabras sencillas y frescas, con enorme talento de rapsoda, que a mí hermano y a mí nos tenían hechizados.

Era un gozo escuchar a Jorge contarnos las aventuras de los héroes aqueos, ya fuera en el coche, en el tránsito de la ciudad, o en la puerta de la casa. Escuchábamos con asombro por primera vez los nombres de Agamenón y Menelao, Aquiles y Ayax, Ulises y Héctor... La disputa de la manzana de la discordia, el rapto de Helena.

Más que contar, Jorge revivía los hechos, y ponía atención a los detalles, de tal suerte que yo podía ver a las innumerables naves griegas surcar el mar rumbo a Troya. Y luego la guerra, la guerra sin fin, cruel y despiadada, durante días y meses y años, en los que los héroes caían y la ciudadela de Troya resistía.

 Yo no sé cuánto duró el relato, tal vez días o semanas, en los que aumentaba la tensión y lo emocionante crecía, en los que nada era más importante que seguir las vicisitudes de la guerra... hasta que un día, el más ingenioso de los guerreros, el más astuto de los hombres, el que tendría mil sufrimientos y dificultades asombrosas para volver a su casa, junto a su esposa Penélope y su hijo Telémaco, se le ocurrió construir un enorme caballo de madera...

¡Cómo revivir la emoción por aquel recurso prodigioso! ¡Cómo contar el temor de que fueran descubiertos los soldados que aguardaban en perfecto silencio dentro del caballo! ¡Con qué alegría, con incontenible alegría infantil veíamos cómo los ingenuos troyanos abrían las puertas y metían el caballo y con él la justa debacle de su ciudad!

Y luego las penas de Ulises, que no tenían fin, y los extraños nombres de Nausícaa y Circe, de personajes femeninos tan misteriosos en los que percibía un atisbo, lo sé, ahora, de erotismo.

Jorge me dio a Homero, y lo hizo con una emoción que no he vuelto a sentir en mis sucesivas lecturas. Cuando contó con rabia y sangre fría cómo Ulises con la ayuda de Telémaco daba muerte, uno por uno, a los pretendientes y acosadores de Penélope, yo veía con paroxismo caer uno a esos miserables, creo que conocí, aturdido, el goce infame, tan innoble como humano, de matar.

Jorge, el chofer, hizo por mi paideia más que tantos y tantos profesores en la escuela. No recuerdo cuándo y por qué se fue. Con el tiempo, al paso de los años, aprendí a apreciar el impagable regalo que me hizo. Nunca volví a verlo ni a saber de él. Espero que haya tenido una vida dichosa; un rapsoda moderno como él, que cantaba los poemas homéricos a los niños, debió gozar de la simpatía de los dioses, de la luz de la razón y la belleza para iluminar su vida.

31 de diciembre de 2014

Un diálogo: Magris y Vargas Llosa

Claudio Magris y Mario Vargas Llosa conversaron en Lima, Perú, en diciembre de 2009, sobre sus dos temas favoritos: la literatura y la política. Fue un encuentro planeado, público. Ahora, ese diálogo ha sido editado en un volumen con el poco afortunado nombre de La literatura es mi venganza (Anagrama, 2014). En sus escasas páginas no hay venganza alguna, sino inteligencia, ideas, y una admiración y respeto hacia el otro que ya son una lección en sí mismos.

No son muchos los autores que merecen atención una vez que hemos salido de sus mejores páginas. Magris y Vargas Llosa son siempre interesantes porque sus opiniones son tan razonadas como polémicas y honestas. 

En ellos dos se conjuga esa doble condición que es menos común de lo que solemos suponer: son artistas, maestros de la palabra, autores de notables obras literarias, y son también intelectuales, se han formado opiniones a partir de pensar y estudiar los temas (los problemas) que les interesan.

El volumen dividido en cuatro secciones, es una muestra de sus opiniones y experiencia. La sección sobre literatura, sobre las interpretaciones del viaje y el retorno de Ulises bien podría enseñarse en las aulas. 

Las opiniones sobre los derechos y las libertades, la democracia, sobre los autores que equivocaron el camino ideológico, tampoco tienen desperdicio. Leer el diálogo no es lo mismo que terminarlo, que enriquecer la opinión propia, que mirar desde otros puntos de vista. En su brevedad, este diálogo no se agota ni en la primera ni en la segunda lectura.

20 de diciembre de 2013

Baricco y el tiempo

Alessandro Baricco no se parece al común de los escritores, va por la vida con un aura antiintelectual, un estar del otro lado de las cosas, una simpleza ejemplar y dichosa. Bien pudo ser actor o una estrella de rock. Decía en una conferencia improvisada, con la misma soltura con la que los italianos conversan en la sobremesa, quitándole gravedad a su oficio, que su vocación literaria surgió de la necesidad de inventarse cuentos a sí mismo: «Papá trabajaba siempre, mamá siempre estaba triste; entonces tenía que contarme historias para no aburrirme.»

De pronto, dice algo que casi cualquier otro escritor lo diría con gravedad académica o trágica solemnidad: «El tiempo es algo raro con lo que jugamos toda la vida. Jugamos una vida y casi siempre perdemos.» Ulises tarda años en volver a su casa. Cuando al fin está frente a Penélope, al final de la Odisea, necesita tiempo para reencontrarse con su mujer. Necesitan tiempo para reconocerse, para colmar su tiempo.

Todas las parejas tienen a fin de cuentas un problema de tiempo: Julieta y Romeo no son la excepción. Su problema no son los odios y pleitos entre sus familias, sin la falta de tiempo: una noche es un poco tiempo, luego se acaba su tiempo, y mueren casi al mismo tiempo. Les falto tiempo.

En la vida no se gana la partida contra el tiempo. A veces estamos un poco antes, con frecuencia un poco después. Por poco estamos a tiempo. La sincronía, pareciera, es la excepción, la norma es el destiempo trágico. Es como ir siempre tarde, como ser impuntuales, ir detrás en busca del momento justo que permitiría el gran encuentro, la realización en nuestra vida, nuestra historia; otra vez: en el tiempo.

Tenemos un lío con el tiempo, pareciera que quisiéramos jugar con el tiempo o contra él, pero siempre, más tarde o más temprano, nos quedaremos sin tiempo. Tenemos un problema grave con el tiempo, y la belleza del ser humano, de la vida, nace de ello. ¿No sería estupendo, por ejemplo, dice Baricco, poder conocer a nuestra propia madre cuando era más joven, cuando aún no habíamos nacido. Todas las historias tienen un problema de tiempo.

Llegamos, conocemos, estamos a tiempo y a destiempo. Nos ocupamos en tantas cosas, vamos de un lado a otro, y pocas veces nos damos cuenta que nuestro gran problema es el tiempo. Tenemos un problema con el tiempo.

Luego, habló de cómo se cuenta una historia, de sus libros. De cómo funciona el tiempo en la ficción, de la velocidad del lector que entra en el tiempo del autor. Yo me había quedado atrás. Al salir de la conferencia, no quise, por mucho tiempo, mirar el reloj.

29 de septiembre de 2013

Maneras de morir

El 23 de agosto de 2012 llovió uno de esos ensayos del Diluvio que a veces anegan la ciudad de México. Gerardo Ortiz Gutiérrez, arquitecto de 53 años, hizo su última llamada telefónica poco antes de la medianoche, le informó a su hermana que la Avenida Insurgentes Sur y su coche estaban inundados. La llamada se cortó. Dejó el coche y, con papeles y documentos en la mano, trató de llegar al andén de la estación La Joya del Metrobús, más alto que el nivel de la calle. No lo logró.

Testimonios de automovilistas coinciden en que vieron a un hombre abrirse paso en el agua, cruzar la avenida y desaparecer antes de llegar a la estación. En Facebook un testigo apuntó que vio a un hombre caminar por el carril del Metrobús, con el agua a la cintura, y que de pronto, sí, desapareció.

Gerardo Ortiz Gutiérrez fue tragado por una alcantarilla sin tapa. La fuerza descomunal de la corriente lo arrastró por el sistema subterráneo del drenaje. Los bomberos lo hallaron una semana después, en la red de tuberías, en el subsuelo del centro de Tlalpan, a kilómetro y medio del sitio en que desapareció. El cuerpo fue identificado sin contratiempos por la familia; entre sus ropas encontraron sus pertenencias y documentos de identidad.

Heródoto, en Clío, el primero de los nueve libros de su Historia, narra el encuentro entre Solón, sabio y legislador ateniense, y Creso, rey de los lidios. Éste, guerrero y conquistador, inmensamente rico y poderoso, pero sobre todo enfermo de vanidad, le preguntó a su huésped si conocía al hombre más dichoso del mundo. 


Creso esperaba un elogio sobre su persona, quería escuchar del sabio que él era el más afortunado, pero Solón menciona a Telo, el ateniense, que tuvo una vida afortunada porque vio crecer a sus hijos y sus nietos, todos hombres de bien, con cualidades físicas y virtudes morales, en una ciudad próspera, y que tuvo una muerte gloriosa, pues en la batalla en defensa de su patria puso en fuga al enemigo y lo sepultaron con honores.

Creso, sorprendido, insistió. ¿Y luego de Telo quién es el hombre más dichoso? Solón menciona a Cléobis y Bitón, dos naturales de Argos, que a falta de bueyes arrastraron más de ocho kilómetros cuesta arriba el carro en el que iba su madre, sacerdotisa de Hera, a una ceremonia en honor de la diosa. Entre elogios de la multitud, la madre pide con fervor a Hera que les concediera el don más preciado que puede alcanzar un hombre. Cléobis y Bitón se retiraron a descansar y ya no se levantaron.

Creso, molesto, soberbio, le recrimina a Solón que a pesar de sus súbditos y riquezas, de las tierras y pueblos conquistados, no lo considere entre los hombres felices. Solón, prudente y con pesimismo ateniense, le dice que de los poco más de veinticinco mil días que es el término de la vida humana, no hay uno idéntico a otro y que la vida es una serie de calamidades, por lo tanto no puede llamarlo feliz ni dichoso hasta que no concluyan sus días. El infortunio puede estar al acecho, por ello mientras no se sepa cómo muere un hombre, es prudente suspender el juicio y no llamarle feliz o dichoso pues se ha visto desmoronarse la fortuna de los más favorecidos.

Hay maneras de morir. La enfermedad o la violencia de los hombres, un suceso lamentable suele ser casi siempre la causa. Borges nos recuerda que morir sin agonía es una de las felicidades que la sombra de Tiresias promete a Ulises. Desearla, no es un hecho frívolo ni intrascendente. No sé quién dijo que la muerte es la prueba que todos superamos, pero no le falta razón.

Caer en una alcantarilla y ser arrastrado por la corriente al inframundo de la ciudad es tan extraño e improbable como la abducción por extraterrestres. De pronto, un día, los poderes del mundo, las armas homicidas, la furia de los dioses, las fuerzas descomunales de la naturaleza ponen fin a la vida de un hombre.

Unos mueren en el campo del honor, otros con dulzura mientras duermen; pero los más lo hacen con dolor y violencia, antes de tiempo (siempre se podría pedir un día más) o con inhumana lentitud. No encuentro respuestas que expliquen las infaustas circunstancias, sólo sé que no siempre los hombres de bien, según Solón, han sido los más felices.