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3 de septiembre de 2024

Atrapados en el espacio

Dos astronautas estadounidenses, Butch Wilmore y Suni Williams, están en la Estación Espacial Internacional desde junio y no pueden volver a la Tierra. Su misión debía durar una semana, pero se prolongará hasta febrero del 2025, cuando otra nave vaya por ellos. Será un viajecito de nueve meses. Eso es lo que podemos llamar sin duda alguna un gran contratiempo. 

Algo no está bien con un software y parece que hay una fuga en las tuberías relacionadas con la propulsión. Pero las razones por las que no van por ellos no sólo son técnicas. Claro, enviar un cohete no es pedir un taxi a domicilio, pero hay declaraciones políticas ambiguas, burocracia espacial, rivalidades entre empresas privadas contratistas de la Nasa, seguramente la negociación de un anexo al contrato y mucho dinero de por medio.

No sé en qué consiste su dieta de esos astronautas, pero sea la que sea no debe ser muy variada ni apetitosa; no sé si la comida sea abundante, pero les falta agua: beberán su propia orina filtrada y purificada una y otra y otra vez. Y no puedo imaginarme los precarios cuidados que podríamos llamar de higiene personal. ¿Tendrán en su nave suficiente papel higiénico y una vasta dotación de pañales? 

Supongo que tendrán mucho tiempo para conversar, para conocerse, para jugar cartas o ajedrez. De esa convivencia intensa ininterrumpida durante meses podría surgir el amor, un enamoramiento súbito y loco, a salvo del demonio de los celos, al menos mientras sigan allá arriba.

Pero también podrían caerse mal, empezar a fastidiarse, detestarse y odiarse al punto de los arrebatos pasionales dominados por la vesania. No sé si ya se ha registrado para la historia el primer coito espacial, pero estoy seguro de que no se ha cometido ningún homicidio, o feminicidio. 

Butch Wilmore y Suni Williams tendrán tiempo para reflexionar y pensar qué harán en la Tierra, si vuelven con bien, el resto de sus vidas. Por lo pronto, seguro, cada uno se perderá una boda y un funeral, un bautizo o un bar mitzvah, el cumpleaños de la hija o la nieta, la convalecencia de la madre, el aniversario de bodas (al menos ella está casada), el Thanksgiving Day, la Navidad y el Año Nuevo. No sé si les será posible votar para la elección presidencial de noviembre. Sin duda, estar en la Estación Espacial varados (término que no le gusta a la Nasa) es un gran contratiempo.

Su espera, mientras son rescatados, en sus condiciones, fuera del tiempo, hace ver la de Penélope como un ligero retraso. La señora de Ítaca, aunque cercada por años por sus molestos pretendientes, al menos estaba en su casa: podía comer una buena ensalada, respirar aire fresco, pasear por el jardín, tomar el sol y disfrutar del mar. 

Dino Buzzati, en El desierto de los tártaros, novela admirable que Borges elogió sin reservas, imaginó la vida del oficial Giovanni Drogo, que partió con su nuevo uniforme de teniente una mañana a una fortaleza en la frontera. Debía permanecer allá poco tiempo; su vuelta es una postergación indefinida. 

Juan José Arreola en «El guardagujas» narra la pesadilla o el sueño o la crónica puntual de un tren que no llega a la estación donde lo espera un viajero, o que no se sabe cuándo pasará o que tal vez nunca llegará a ninguna parte porque no existe o de ninguna ha salido. 

Y Luis Buñuel nos muestra en El ángel exterminador, una de sus obras maestras, a los asistentes a una cena que no pueden, literalmente no pueden, sin obstáculo visible o conocido, abandonar el salón. Pero ese par de astronautas cuentan con que algún día una nave vaya por ellos y puedan regresar a la Tierra, digamos a casa. 

Bien visto, digan lo que digan los entusiastas y los desquiciados, estar atrapado en una suerte de refugio espacial, como en una celda de castigo, en una versión de alta tecnología del Purgatorio es una forma de prisión, y un ajuste de cuentas cósmico que se distancia de lo que solemos llamar una buena vida. 

Exploradores a toda prueba, curiosos sin remedio, no paramos hasta conocer el último rincón, la última punta de la Tierra; navegar por todos los mares y explorar todas las fuentes de los ríos; sentar nuestra real humanidad en toda la Tierra. Ahora vamos en el espacio. 

Me pregunto si la alegría, el sentido de la vida, la felicidad no se encuentra en casa. En edificar eso que llamamos un hogar. Después de todo, entiendo, aquellos dos que después de haber viajado y permanecido más de lo prudente en el espacio, no quieren otra cosa que volver a la Tierra. 

Todos nos hemos contrariado por la avería del coche, porque no conseguimos un taxi y perdimos un autobús, un tren o un avión, y casi siempre se trata de un pequeño contratiempo que se resuelve pronto, en unas horas, al otro día; pero a estos viajeros, que ya llevan tres, les faltan cinco meses en su cacharro espacial. Ya veremos cómo les va hasta su planeado regreso en febrero.

Ay. Ante el infortunio de Wilmore y Williams, recuerdo a Pascal, que escribió en sus Pensamientos: «he comprendido que toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber permanecer en reposo en una habitación.»

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Epílogo. Hoy, 18 de marzo de 2025, Wilmore y Williams han vuelto a la Tierra desde la Estación Espacial Internacional. Una nave fue por ellos y dejó a otros astronautas en la Estación. Llegaron allá el 6 de junio de 2024 para una corta estancia de ocho días y se han pasado allí nueve meses y medio. Su vida allá, en aquel cacharro espacial, supongo que dará material para una serie corta de televisión, con el contrapunto de la increíble serie de sucesos técnicos, burocráticos, políticos y empresariales que han aderezado su postergado regreso, que supongo ha rotos todos los récords de demora espacial. Ellos podrían haber pensado, en su espera, que era más probable que a la Estación Espacial llegara Godot que una nave a rescatarlos. Hoy ha sido el día. Final feliz. Siempre y cuando, claro, estén contentos de volver a la Tierra.

29 de diciembre de 2016

La concisión, la brevedad

El Capítulo VIII del Quijote es el de la aventura de los molinos de viento. Es uno de los más conocidos, y ese es justo la razón de este apunte. Don Quijote y Sancho van por el campo y descubren treinta o cuarenta molinos de viento. 

Don Quijote, ansioso en su locura por entrar en acción, dice que son gigantes y que piensa entrar con ellos en batalla. Sancho le advierte que son molinos, no gigantes. Don Quijote le dice que si tiene miedo y se haga a un lado. Amenaza a sus enemigos. Todo esto lleva apenas una página, y luego escribe Cervantes: 

«Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo:
»–Pues aunque movías más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
                Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rondando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.»

Eso es todo. Esta, una de las escenas más famosas de la literatura, una de las más comentadas por lectores y especialistas, una de las más dibujadas y representadas, una que conoce hasta un chino monolingüe, se extiende a lo largo de un párrafo de poco más de cien palabras. 

La escena no se repetirá, por supuesto, ni se volverá a ella de manera relevante en la novela. Habrá otros gigantes y enemigos, pero no molinos. Todavía, los turistas van a Campo de Criptana, en Castilla-La Mancha a ver los molinos que embistió Don Quijote.

¿Cuál es la clave o el secreto de esta escena, su fuerza épica, quijotesca, trágica y cómica? Tal vez en que es todo eso a la vez. Esa escena, imbatible en su eficacia, es una lección ejemplar de concisión y brevedad. 

Pero hay otras. El canto de las sirenas en la Odisea también ocurre una sola vez y en unas cuantas palabras. También la escena de Penélope tejiendo y destejiendo es breve, y aparece casi como un comentario marginal, y tiene una fuerza decisiva en el curso del relato, en el devenir de la historia, y aún se discute y debate el papel que desempeña ese gesto para preservar su fidelidad conyugal. 

También Homero cuenta en la Odisea la aventura de Ulises con Polifemo con una brevedad asombrosa, y así es también la escena de Sísifo. Y Dante cuenta las penas y los amores de Francesca y Paolo en tres decenas de versos. Y Shakespeare, entre otros,  muestra su arte en el monólogo de Hamlet, que no es más extenso. 

No sería difícil encontrar otros ejemplos entre esos clásicos, en su capacidad de decirlo todo en una página o una escena. De agotar, sí, un tema en una tragedia, en un poema definitivo, en una gran novela. Las suyas son lecciones de contundencia, sabiduría, claridad, brevedad y precisión cuya eficacia y belleza despiertan admiración y nos iluminan desde hace siglos. 

15 de marzo de 2016

El desprecio

He leído tres veces El desprecio, la novela cruel y tóxica de Alberto Moravia. La he leído en tres ejemplares, a lo largo de muchos años, en circunstancias muy distintas. Antes de terminar la primera lectura, ya formaba parte de mi canon, de esa pequeña biblioteca secreta en la que está cifrada nuestra vida, al menos la literaria.

La primera lectura la hice en un ejemplar español, de bolsillo, de los años setenta, en papel muy corriente, que en la contracubierta señala que el volumen doble costaba 275 pesetas, y está acribillado por los subrayados, flechas, círculos, notas y signos que mi entusiasmo adolescente dejó en sus páginas. Me basta mirar esas huellas para saber que salía de la adolescencia cuándo lo leí.

Entre más lejanas en el tiempo hayan sido mis lecturas, más cicatrices quedaron en las páginas de mis libros. Leía con devoción, y dejaba constancia de mi asombro: quería descifrar el alma de la literatura, el misterio de las palabras, la esencia del mundo.

De esa primera lectura aprendí que el amor, así como surge, puede acabar, súbito, en un instante. Y esa fuerza y energía debe encauzarse de otra manera. Entonces, sin admiración hacia la persona que fue amada, bastará un hecho cualquiera para incitar, en un parpadeo, el desprecio. ¿Eso puede suceder en el mundo o sólo en las novelas? En ambos, y la literatura también es parte de la vida.

La segunda lectura fue en un ejemplar argentino, de los años sesenta, en perfecto estado, que compré en una librería de viejo en la avenida Álvaro Obregón. No era fácil encontrar un ejemplar de la novela, dejarlo en el estante hubiera sido un gesto imperdonable de desdén al azar, un abandono, un desprecio. Si dudé un instante para justificar ante mi bolsillo la compra de un libro que ya tenía en casa, leído y subrayado, decidí que lo regalaría. Nunca lo hice.

Las vicisitudes del desgaste de la relación de Emilia y Riccardo, su desacuerdo, su desdén que devino en desprecio, cedía un poco ante los conflictos de un guionista obligado a escribir sólo por dinero una película que no le gustaba nada, y la audaz y frívola interpretación supuestamente psicoanalítica de la Odisea: Ulises tarda tanto en volver a Ítaca porque no quiere regresar, no desea llegar a casa porque Penélope, su mujer, igual que Emilia a Riccardo, lo desprecia.

Acabo de volver a leerla, ahora en una reciente edición española, la menos satisfactoria, la más descuidada. El conflicto de la pareja ante mis ojos es más oscuro y complejo, los detalles se tornan trascendentes. He encontrado matices, suspicacias, recursos de la maestría del autor en los que no había reparado.

Ella es más caprichosa, y tal vez la mueve la ambición. Él acusa una indecisión, una tibieza estéril; por momentos es tolerante, es casi indiferente (Los indiferentes es el nombre de la primera novela de Moravia), incluso a los embates de Battista, el productor, con Emilia. Riccardo, el narrador-protagonista, adolece una manía por razonar, por explicarlo todo, en particular la conducta de su mujer, con un ejercicio racional y esquemático, que lastran la novela y arruinan su vida.

Los libros siempre dicen lo mismo, con las mismas palabras. Los libros no cambian, uno es el que envejece. No es relevante que un libro no conecte con una nueva generación de lectores. El gusto literario cambia, elige y desecha sin remedio ni piedad, y en el vaivén de los redescubrimientos y rescates del olvido a veces un libro o un autor vuelven en una suerte de exhumación editorial.

Esta reciente lectura ha sido la más amarga, tal vez por cruda y directa, sin el asombro ni los entusiasmos juveniles que magnifican aún más los destinos dramáticos de los personajes. Me quedo con una interpretación absurda de la Odisea, con el hecho insondable de que sea posible dejar de amar a alguien en un instante. Me gusta más la idea de un proceso de distanciamiento, como una vela cuya llama se hace cada vez más débil y acaba por extinguirse. Así, como el amor se enciende en un instante, llega otro en el que alguien descubre y reconoce que se ha apagado.

Después de la lectura, volví a ver Le Mépris, la película de Jean-Luc Godard basada con soberana libertad y desapego en la novela de Moravia. Los misterios del amor y del desamor, de la indiferencia y del desprecio siguieron intactos, también los del gran cine de Godard, pero emergió, solar y mediterránea, la visión imponente y esplendorosa de Brigitte Bardot.

8 de julio de 2015

Un rapsoda

Un día, de pronto, por un nuevo empleo, mi madre contaba de lunes a viernes y en horario laboral con los servicios de un chofer. Imagino que yo tendría diez años, y la llegada de Jorge a casa no sólo fue una extraña novedad sino también uno de los encuentros decisivos de mi vida.

Ese hombre, que ahora puedo imaginar en sus cuarenta, era educado, atento, buen conversador y tenía sentido del humor. Regordete, con la coronilla calva y cara de buena persona, con una sotana podría haber pasado por un cura cándido, como los que salían en las películas viejas para todo público.

Al margen de su trabajo, que desempeñaba sin tacha, Jorge reveló su pasión y su vocación secreta, para la que tenía además notables aptitudes didácticas. Era un helenista, un estudioso, un rapsoda urbano que dos mil ochocientos años después de Homero que un día, de pronto, en un trayecto, empezó a contarnos  la Ilíada y la Odisea con talento y gracia.

Conocía el oficio, hacía cambios en la entonación, sabía cuándo detenerse y marcar una pausa, en qué pasajes acelerar el ritmo del relato. No se sabía los poemas homéricos de memoria, pero conocía muy bien las obras y las contaba con palabras sencillas y frescas, con enorme talento de rapsoda, que a mí hermano y a mí nos tenían hechizados.

Era un gozo escuchar a Jorge contarnos las aventuras de los héroes aqueos, ya fuera en el coche, en el tránsito de la ciudad, o en la puerta de la casa. Escuchábamos con asombro por primera vez los nombres de Agamenón y Menelao, Aquiles y Ayax, Ulises y Héctor... La disputa de la manzana de la discordia, el rapto de Helena.

Más que contar, Jorge revivía los hechos, y ponía atención a los detalles, de tal suerte que yo podía ver a las innumerables naves griegas surcar el mar rumbo a Troya. Y luego la guerra, la guerra sin fin, cruel y despiadada, durante días y meses y años, en los que los héroes caían y la ciudadela de Troya resistía.

 Yo no sé cuánto duró el relato, tal vez días o semanas, en los que aumentaba la tensión y lo emocionante crecía, en los que nada era más importante que seguir las vicisitudes de la guerra... hasta que un día, el más ingenioso de los guerreros, el más astuto de los hombres, el que tendría mil sufrimientos y dificultades asombrosas para volver a su casa, junto a su esposa Penélope y su hijo Telémaco, se le ocurrió construir un enorme caballo de madera...

¡Cómo revivir la emoción por aquel recurso prodigioso! ¡Cómo contar el temor de que fueran descubiertos los soldados que aguardaban en perfecto silencio dentro del caballo! ¡Con qué alegría, con incontenible alegría infantil veíamos cómo los ingenuos troyanos abrían las puertas y metían el caballo y con él la justa debacle de su ciudad!

Y luego las penas de Ulises, que no tenían fin, y los extraños nombres de Nausícaa y Circe, de personajes femeninos tan misteriosos en los que percibía un atisbo, lo sé, ahora, de erotismo.

Jorge me dio a Homero, y lo hizo con una emoción que no he vuelto a sentir en mis sucesivas lecturas. Cuando contó con rabia y sangre fría cómo Ulises con la ayuda de Telémaco daba muerte, uno por uno, a los pretendientes y acosadores de Penélope, yo veía con paroxismo caer uno a esos miserables, creo que conocí, aturdido, el goce infame, tan innoble como humano, de matar.

Jorge, el chofer, hizo por mi paideia más que tantos y tantos profesores en la escuela. No recuerdo cuándo y por qué se fue. Con el tiempo, al paso de los años, aprendí a apreciar el impagable regalo que me hizo. Nunca volví a verlo ni a saber de él. Espero que haya tenido una vida dichosa; un rapsoda moderno como él, que cantaba los poemas homéricos a los niños, debió gozar de la simpatía de los dioses, de la luz de la razón y la belleza para iluminar su vida.

20 de diciembre de 2013

Baricco y el tiempo

Alessandro Baricco no se parece al común de los escritores, va por la vida con un aura antiintelectual, un estar del otro lado de las cosas, una simpleza ejemplar y dichosa. Bien pudo ser actor o una estrella de rock. Decía en una conferencia improvisada, con la misma soltura con la que los italianos conversan en la sobremesa, quitándole gravedad a su oficio, que su vocación literaria surgió de la necesidad de inventarse cuentos a sí mismo: «Papá trabajaba siempre, mamá siempre estaba triste; entonces tenía que contarme historias para no aburrirme.»

De pronto, dice algo que casi cualquier otro escritor lo diría con gravedad académica o trágica solemnidad: «El tiempo es algo raro con lo que jugamos toda la vida. Jugamos una vida y casi siempre perdemos.» Ulises tarda años en volver a su casa. Cuando al fin está frente a Penélope, al final de la Odisea, necesita tiempo para reencontrarse con su mujer. Necesitan tiempo para reconocerse, para colmar su tiempo.

Todas las parejas tienen a fin de cuentas un problema de tiempo: Julieta y Romeo no son la excepción. Su problema no son los odios y pleitos entre sus familias, sin la falta de tiempo: una noche es un poco tiempo, luego se acaba su tiempo, y mueren casi al mismo tiempo. Les falto tiempo.

En la vida no se gana la partida contra el tiempo. A veces estamos un poco antes, con frecuencia un poco después. Por poco estamos a tiempo. La sincronía, pareciera, es la excepción, la norma es el destiempo trágico. Es como ir siempre tarde, como ser impuntuales, ir detrás en busca del momento justo que permitiría el gran encuentro, la realización en nuestra vida, nuestra historia; otra vez: en el tiempo.

Tenemos un lío con el tiempo, pareciera que quisiéramos jugar con el tiempo o contra él, pero siempre, más tarde o más temprano, nos quedaremos sin tiempo. Tenemos un problema grave con el tiempo, y la belleza del ser humano, de la vida, nace de ello. ¿No sería estupendo, por ejemplo, dice Baricco, poder conocer a nuestra propia madre cuando era más joven, cuando aún no habíamos nacido. Todas las historias tienen un problema de tiempo.

Llegamos, conocemos, estamos a tiempo y a destiempo. Nos ocupamos en tantas cosas, vamos de un lado a otro, y pocas veces nos damos cuenta que nuestro gran problema es el tiempo. Tenemos un problema con el tiempo.

Luego, habló de cómo se cuenta una historia, de sus libros. De cómo funciona el tiempo en la ficción, de la velocidad del lector que entra en el tiempo del autor. Yo me había quedado atrás. Al salir de la conferencia, no quise, por mucho tiempo, mirar el reloj.

30 de agosto de 2008

Serrat: El galopar de la palabra. III

No es casual que el disco aparecido en 1981 sea En tránsito. Ahí se muestra con claridad la transición, el nuevo rumbo que tomaría, vislumbrado en otros discos, pero que en éste toma forma. Atrás quedaban las canciones que le dieron celebridad a fines de los agitados años sesenta y los primeros de los setenta: "Fiesta", "Mediterráneo", "Penélope", "La mujer que yo quiero", "Vencidos", "Pueblo Blanco" (a la que encuentro estupenda y rulfiana), "Vagabundear", "Barquito de papel", "Tío Alberto", que gozaron de popularidad y se volvieron clásicas en su tipo, parece que ahora lo son porque representan una etapa, el salto inicial, la búsqueda de la expresión sintética, vital y optimista que descarta del repertorio lo que ya no corresponda y responda a su pensamiento, a la necesidad de comunicación, de lanzar un mensaje cada vez más angustioso y descarnado.

Sin embargo, en su añejamiento, en su convivencia con los años, algunos viejos discos conservan una frescura que se niega a cederle al tiempo todos sus encantos, toda su ternura. Es posible escucharlos y encontrar algo más que el pasado y la flor marchita de la nostalgia.

Decir que Serrat canta puede ser un eufemismo. Es cierto, no tiene lo que se llama voz y es probable que en su vida haya tomado clases de canto, incluso de música. No lo sé, pero no importa ni como respuesta ni en el resultado de sus canciones.

La contundencia de lo que escribe y musicaliza, ayudado por buenos arreglistas, suple sus carencias como fenómeno estético, o esteticista, estrictamente musical, para dar paso a otros valores y sensibilidad que ofrecen otra cosa, una aproximación con lo que nos es más cercano y ajeno: nos ofrece un encuentro con nosotros mismos. Es difícil no reconocerse.

Si Gardel fue el cronista del arrabal, Serrat es un poco, valga la comparación, el de Cataluña. Ha sido un crítico severo de nuestro tiempo y podemos estar seguros que lo seguirá siendo. Empieza por el barrio y su aristocracia; por su entrañable Barcelona, donde lo imagino sumido en el ocio creador, feliz, siempre sorprendido y enamorado, para seguir con España y las experiencias comunes a todos los hombres.

Es posible reconstruir un retrato serratiano de la sociedad española a través de las historias y escenas contenidas en "Fiesta", "Muchacha típica", "Manuel", "Aristocracia del barrio", "Caminito de la obra", "Por las paredes (mil años hace)", "Señora Francis", "En paz", por citar algunas, con las que se pueden lograr aproximaciones incluso sociológicas de los cambios y formas de vida de la España contemporánea.

Y no es casual que incluya en su repertorio "Cambalache", el famoso tango o milonga de Santos Discépolo, una de las poquísimas composiciones, de las que canta, en la que no tuvo que ver a la hora de escribirla y que sin embargo le va que ni mandada a hacer.

Es evidente que unos cuantos versos de primera pueden definir con claridad lo que los científicos sociales con frecuencia apenas balbucean cuando se trata de explicar o juzgar eso que se llama la realidad, sin contar las facultades implícitas de la gran literatura para mostrar y revelarnos aspectos sólo vislumbrados, si acaso, de las posibilidades de la experiencia humana.

Serrat fue uno de los primeros cantautores que incorporó la poesía; fue un pionero en esa búsqueda por cantarla, la propia y la ajena (esta última en el sentido de propiedad intelectual). Desde aquel célebre disco dedicado a Antonio Machado y después el inolvidable de Miguel Hernández, viril y conmovedor, son muchos los intentos por conjugar, por hacer indisoluble la palabra de su música.

Así, poemas de León Felipe, Rafael Alberti, José Agustín Goytisolo, Ernesto Cardenal, J. Carner, Mario Benedetti (con resultados muy desiguales, en los que a veces no suena a sí mismo e incluso se contradice), Pere Quart y hasta Jaime Sabines (y en catalán), entre otros, han entrado a la discografía con sus interpretaciones, en una práctica que ha sido afortunada y recurrente.

Sin engolamientos ni solemnidades, sin retórica, con una inusual constancia, ha logrado crear su utopía sin la cual la vida sería un ensayo de la muerte, dice, de la que están muy cerca y muy lejos Lluis Llach y Patxi Andión en España.

Desconozco el origen de su inusual oficio de poeta y cantor en su versión contemporánea; sé, en cambio, que en Francia tiene tradición y que en Argentina, Chile y Uruguay se practica con soltura y con más o menos buena fortuna. En México, se ha practicado poco, y los resultados, en general, han sido muy pobres.

Imprevisible y coherente, Serrat ha encontrado y cultivado un estilo personalísimo, una forma de expresión concisa y abierta a la vez, que sugiere, que no se cierra en el borde de sí misma, con la que da en el blanco, acierta en el tono y forma de sus letras, de su discurso, que se suma y engarza con algún otro álbum o canción para dar continuidad a sus preocupaciones y alegrías, o para enmendar sin demérito y agregar lo que juzgue necesario.

El ejemplo más claro son las dos canciones al Mediterráneo, que muestran con nitidez la diferencia que catorce años pueden producir en el pensamiento y el sentir de alguien; en el deterioro que puede sufrir algo que imaginamos eterno e inmortal.

Esta flexibilidad y vuelta a lo que llamamos obsesiones, ese corregirse, tan frecuente entre algunos de nuestros mayores poetas, garantiza la unidad de una obra, la hace vigente e inconfundible, le da sentido y nos ofrece la posibilidad de revalorar lo que parecía definitivo.

Es claro que todavía tenemos mucho que esperar. Lo que ha sido hasta ahora una frase suelta o un comentario "inocente", puede adquirir una importancia que lo haga el tema de una canción. De ser un nuevo mosaico, otro pétalo que ayude a dibujar o completar una visión individual y colectiva siempre incompleta, modificable e inacabada del muro o rosa que llamamos mundo y sus asuntos.

Acaso ni él mismo sepa cuál será el próximo paso, qué hará en el futuro, cuál sea el rumbo que tome, qué forma le dé a sus composiciones. Utopía, el último disco, hasta ahora, puede considerarse la radicalización de la expresión serratiana; lo más audaz, interesante y elaborado que ha hecho, pero también lo más difícil e incómodo para los que esperan baladitas.

Quizá con el tiempo hablemos de este disco como una ruptura, el fin y el inicio de dos momentos en su vida y su trabajo. Una mayor instrumentación y arreglos (a veces colectivos) diferentes, incluso corales, el uso de complejos sistemas de grabación, la incursión en el rock, el jazz, la rumba y ritmos afroantillanos; la parodia, la broma y la vuelta de tuerca a la cursilería y lo obvio; la participación de otras voces, pero sobre todo la ausencia de giros melódicos sencillos y las historias larguísimas y cifradas le dan un sonido nuevo.

Parece evidente el gusto de cantar, la necesidad de hacerlo, pero de manera distinta. Las viejas canciones eran ligeras, cumplían su función con levedad; ahora la densidad y la crudeza predominan, como en "Y el amor". La sutileza, la forma y el ritmo no son la canción; son una máscara, el continente. Se impone la palabra y sus poderes más que nunca sobre los demás elementos.

Es probable que esa radicalización encuentre resistencia entre los que lo conocen y lo siguen; por lo menos es evidente un desconcierto. Con este disco, cuyo título no podría ser más revelador, consigue darle a su utopía un rostro posible. Lo cierto es que mientras Joan Manuel sea Serrat ofrecerá más de un guiño, de una sonrisa, una confesión, un poco de ternura y arrebatos de indignación envueltos en ironía.

Una enérgica protesta con la que mostrará, contundente, otra de las contradicciones o estupideces a las que nos hemos acostumbrado, tal vez sin percibirlas como tales. Estamos en un mundo de botones, dice, que no sabemos cómo funcionan, en el que se divorcian los casados y los divorciados reinciden, en el que se casan los curas por el civil y por la Iglesia, en el que hay mucho que hacer y no hay trabajo, en el que los eufemismos son la norma, en el que las vacas paren sin ir de toros...

Así, podría seguir de los pájaros a los niños, de las finanzas al bar de la esquina, de la historia del vecino al sida, de las mujeres al desempleo, de la ecología a la cocina, de la locura a la pobreza, de la fantasía a lo cotidiano, del sueño al erotismo, de las emociones al trabajo, del mar al amor, de las pequeñas cosas a la Historia y quién sabe dónde parará, con una frescura y entusiasmo envidiables y contagiosos. Es probable que nunca entre a las antologías y los diccionarios, no creo que le preocupe, ni falta le hace.

Con sus cantos que representan un extremo de las posibilidades de su oficio, con su audacia y sinceridad que satisfacen con creces las expectativas de lo que se espera de un cantautor, con sensibilidad e imaginación, con humor y autocrítica, ha logrado hacerse escuchar porque tiene algo que decir, porque su voz encarna una opción casi marginal en el ámbito de la cultura de masas. Que cante mientras tenga fuerza y no tenga el alma muerta y aún sienta bullir la sangre. Que sea por muchos discos, ahora sí, DDD. Vale. (1994)