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6 de octubre de 2019

Aspirante al Olimpo

«La belleza puede estorbar», ha declarado a un periódico, y uno entonces recuerda que las diosas siempre se han sabido bellas y que por su vanidad empezó el lío que acabó cuando ardió Troya. «La belleza puede estorbar», ha dicho, y uno comprende que la belleza no es inocua, más bien lo contrario, y que a sus devastadores y múltiples efectos también pueden sucumbir las más hermosas. 

Ha dicho, también, que se tiene el derecho de crecer y cambiar y que sus célebres desfiles por las más cotizadas pasarelas de Milán y París están contados, pues no desea ser con los años una modelo jubilada cuando ya no sea escandalosamente bella. Ahora anhela ser actriz y dedicarse al cine para representar papeles dramáticos. 

El cambio no debería sorprendernos demasiado, tal vez ahora Laëtitia Casta encuentre su sitio en este mundo. A fin de cuentas, las pantallas de las salas de cine han sido el verdadero y etéreo Olimpo, morada de las diosas, de nuestro tiempo.

(Este viejo apunte, sin fecha, apareció en un cuaderno de hace muchos años. Al leerlo lo recordé, y juzgo que su lugar es aquí, en este Cuaderno de Bitácora, en el que se registran sucesos como el que aquí se cuenta.)

8 de julio de 2015

Un rapsoda

Un día, de pronto, por un nuevo empleo, mi madre contaba de lunes a viernes y en horario laboral con los servicios de un chofer. Imagino que yo tendría diez años, y la llegada de Jorge a casa no sólo fue una extraña novedad sino también uno de los encuentros decisivos de mi vida.

Ese hombre, que ahora puedo imaginar en sus cuarenta, era educado, atento, buen conversador y tenía sentido del humor. Regordete, con la coronilla calva y cara de buena persona, con una sotana podría haber pasado por un cura cándido, como los que salían en las películas viejas para todo público.

Al margen de su trabajo, que desempeñaba sin tacha, Jorge reveló su pasión y su vocación secreta, para la que tenía además notables aptitudes didácticas. Era un helenista, un estudioso, un rapsoda urbano que dos mil ochocientos años después de Homero que un día, de pronto, en un trayecto, empezó a contarnos  la Ilíada y la Odisea con talento y gracia.

Conocía el oficio, hacía cambios en la entonación, sabía cuándo detenerse y marcar una pausa, en qué pasajes acelerar el ritmo del relato. No se sabía los poemas homéricos de memoria, pero conocía muy bien las obras y las contaba con palabras sencillas y frescas, con enorme talento de rapsoda, que a mí hermano y a mí nos tenían hechizados.

Era un gozo escuchar a Jorge contarnos las aventuras de los héroes aqueos, ya fuera en el coche, en el tránsito de la ciudad, o en la puerta de la casa. Escuchábamos con asombro por primera vez los nombres de Agamenón y Menelao, Aquiles y Ayax, Ulises y Héctor... La disputa de la manzana de la discordia, el rapto de Helena.

Más que contar, Jorge revivía los hechos, y ponía atención a los detalles, de tal suerte que yo podía ver a las innumerables naves griegas surcar el mar rumbo a Troya. Y luego la guerra, la guerra sin fin, cruel y despiadada, durante días y meses y años, en los que los héroes caían y la ciudadela de Troya resistía.

 Yo no sé cuánto duró el relato, tal vez días o semanas, en los que aumentaba la tensión y lo emocionante crecía, en los que nada era más importante que seguir las vicisitudes de la guerra... hasta que un día, el más ingenioso de los guerreros, el más astuto de los hombres, el que tendría mil sufrimientos y dificultades asombrosas para volver a su casa, junto a su esposa Penélope y su hijo Telémaco, se le ocurrió construir un enorme caballo de madera...

¡Cómo revivir la emoción por aquel recurso prodigioso! ¡Cómo contar el temor de que fueran descubiertos los soldados que aguardaban en perfecto silencio dentro del caballo! ¡Con qué alegría, con incontenible alegría infantil veíamos cómo los ingenuos troyanos abrían las puertas y metían el caballo y con él la justa debacle de su ciudad!

Y luego las penas de Ulises, que no tenían fin, y los extraños nombres de Nausícaa y Circe, de personajes femeninos tan misteriosos en los que percibía un atisbo, lo sé, ahora, de erotismo.

Jorge me dio a Homero, y lo hizo con una emoción que no he vuelto a sentir en mis sucesivas lecturas. Cuando contó con rabia y sangre fría cómo Ulises con la ayuda de Telémaco daba muerte, uno por uno, a los pretendientes y acosadores de Penélope, yo veía con paroxismo caer uno a esos miserables, creo que conocí, aturdido, el goce infame, tan innoble como humano, de matar.

Jorge, el chofer, hizo por mi paideia más que tantos y tantos profesores en la escuela. No recuerdo cuándo y por qué se fue. Con el tiempo, al paso de los años, aprendí a apreciar el impagable regalo que me hizo. Nunca volví a verlo ni a saber de él. Espero que haya tenido una vida dichosa; un rapsoda moderno como él, que cantaba los poemas homéricos a los niños, debió gozar de la simpatía de los dioses, de la luz de la razón y la belleza para iluminar su vida.

5 de abril de 2015

Cabellera

He visto una cabellera como alfaguara de luz.
Con ella podrían urdirse todas las filosofías y tejerse todos los sueños.
Una como arcoíris en la que reverberan los insomnios y los desvelos.
Una de seda, de algodón de azúcar, de nube en arrebol, de jirones de paraíso perdido o tierra prometida. 
Una que ríe con el prodigio de la alegría.
Una como lluvia de estrellas, pararrayos y hacedora de tormentas.
Una como la casa de la lluvia y las abejas, como el trigo maduro.
Una con cadencia de geometrías fantásticas y mil reflejos.
Una en movimiento perpetuo que desordena los sentidos.
He visto una cabellera como un huracán en el que anidan los pájaros y los secretos.
Una espesa como bosque de coníferas.
Fascinante como las arenas cambiantes del desierto.
Fuente de la juventud, remolino y papalote de oro fino.
Guirnalda, diadema natural de reina coronada.
He visto una cabellera que debería tener un nombre propio, un verbo y su adjetivo.
Hay cabelleras aladas que mutan, cambian y vuelan con levedad.
Las hay de fuego que se agitan furiosas.
Hay cabelleras de gualda y canela que tiñen el Sol.
Hay cabelleras que se derraman de todas las poéticas.
Hay cabelleras felinas, como estelas de cometas, y las hay navegantes y aéreas que se hinchan heroicas como velamen al viento.
Hay cabelleras vestidas de fiesta.
Otras van desnudas y se abren como jacarandas en primavera.
Hay cabelleras de verano ligeras como un bikini.
Hay cabelleras como la crin de un potro salvaje.
Hay cabelleras de humo, albahaca y miel.
Hay cabelleras que maduran en el alba, otras se despliegan en el insomnio.
Hay cabelleras de profundidades oceánicas en las que sucumbe y se hunde la mirada.
Hay cabelleras oscuras y pesadas que caen como un telón o un acantilado.
Hay cabelleras de catarata, de tormenta y diluvio universal.
Hay cabelleras como laberintos o murallas a la espalda, otras son rayuelas al cielo.
Hay cabelleras trágicas: alguien perderá los ojos o la razón entre sus frondas.
Hay cabelleras telúricas que visten más que un manto y un abrigo de visón.
Las hay heroicas y guardan en sus hebras misterios profundos. Ay, cabelleras.
He visto la cabellera que imaginó Botticelli, la que anheló Afrodita. 
La que buscaban los argonautas, la que enloqueció a Paris y a los románticos y a los pintores prerrafaelitas.
A la que tanto le temen los guardianes del orden y el templo. 
He visto la cabellera de todas las sirenas que cantaron para Odiseo.
Por la que valdría incendiar de nuevo la ciudadela de Troya.
He visto la cabellera inexpugnable del sueño y del deseo.
Por la que se lanzaron al abismo siete poetas suicidas.
He visto la cabellera que erige y deshoja todos los poemas.
La que reordena el mundo, hacedora de destinos.
He visto una cabellera imposible de sobrevivirla.
He visto una cabellera invencible e inolvidable.
He visto la melena entre las melenas.
He visto a la belleza ondulante, de polvo cósmico.
He visto a la belleza rebelde y etérea nunca antes así vislumbrada.
Digo que he visto a una muchacha que llevaba por cabellera la Vía Láctea.