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7 de febrero de 2018

Jefe Vulcano

Los héroes son indispensables. Nos acompañan desde la épica griega a los superhéroes de los cómics. Dejar que la imaginación sea estimulada por los héroes de los poemas homéricos o los del cine es casi irrelevante; en ambos casos recurrimos a la ficción, pero hay matices y gustos: prefiero a Odiseo antes que a Súperman, a Don Quijote antes que al Hombre Araña.

(El malogrado José Carlos Becerra imaginó en un poema a Batman en su habitación, con su soledad, escudriñando desde una ventana la noche en busca de la señal que lo llama, que pide su presencia para luchar contra el mal, para entrar en acción y darle sentido a su vida.)

Tenemos también a los héroes de la historia, a esos que «nos dieron patria y libertad», y los héroes de cada día, esos hombres y mujeres que realizan acciones en beneficio de otros, que con frecuencia salvan vidas, a veces al precio de entregar la suya.

Jefe Vulcano es el jefe del cuerpo de bomberos de Ciudad de México. Hace tiempo que debería estar jubilado, pero se moriría de tristeza el día que lo manden a su casa. Lo suyo es cumplir con el deber. El Jefe Vulcano tiene una cuenta de Twitter, en la que informa puntualmente que alguien lo necesita. Entonces responde así al llamado:  "Vamos para allá».

Debe ser muy consolador que el jefe de los bomberos avise que sale en su camión, a toda velocidad, con la sirena abierta, con sus heroicos y temerarios bomberos a socorrer a quien esté peligro, a apagar fuegos, claro, pero también a bajar gatitos de los árboles, a reparar fugas de gas, entre otras muchas acciones.

El Jefe Vulcano cuenta con miles y miles de seguidores, dice "buenos días" muy temprano, y en su último mensaje del día dice que muy pronto estará de regreso: «Que descansen, hasta dentro de unas horas». Sus tuits son celebrados por la ciudadanía, al punto que alguien ya los ha calificado como poemas. Por ejemplo, el 31 de enero de 2018 a las 13:30 horas reportó:

6 choques, 5 árboles caídos, 4 rescates de personas, 4 servicios de prevención, 3 servicios de atención a lesionados, 2 cortos circuitos, 2 cables caídos, 2 enjambres retirados, 2 fugas de agua, 1 rescate de cadáver.
Y hoy mismo ha escrito:
Santa María Siqueiros en la colonia Infonavit Culhuacán nos piden apoyo para el rescate de personas, vamos para allá.
 Terminamos de laborar en un incendio en la colonia El Mirador. De regreso a nuestras estaciones.
Sí, son poemas. A su manera lo son. Son los mensajes del mejor servidor público de la ciudad. Es estimulante y consolador saber que el Jefe Vulcano está en su puesto, y que si hacen falta sus servicios y se le llama, él acudirá y antes de partir enviará su mensaje reconfortante: «Vamos para allá.»

29 de diciembre de 2016

La concisión, la brevedad

El Capítulo VIII del Quijote es el de la aventura de los molinos de viento. Es uno de los más conocidos, y ese es justo la razón de este apunte. Don Quijote y Sancho van por el campo y descubren treinta o cuarenta molinos de viento. 

Don Quijote, ansioso en su locura por entrar en acción, dice que son gigantes y que piensa entrar con ellos en batalla. Sancho le advierte que son molinos, no gigantes. Don Quijote le dice que si tiene miedo y se haga a un lado. Amenaza a sus enemigos. Todo esto lleva apenas una página, y luego escribe Cervantes: 

«Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo:
»–Pues aunque movías más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
                Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rondando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.»

Eso es todo. Esta, una de las escenas más famosas de la literatura, una de las más comentadas por lectores y especialistas, una de las más dibujadas y representadas, una que conoce hasta un chino monolingüe, se extiende a lo largo de un párrafo de poco más de cien palabras. 

La escena no se repetirá, por supuesto, ni se volverá a ella de manera relevante en la novela. Habrá otros gigantes y enemigos, pero no molinos. Todavía, los turistas van a Campo de Criptana, en Castilla-La Mancha a ver los molinos que embistió Don Quijote.

¿Cuál es la clave o el secreto de esta escena, su fuerza épica, quijotesca, trágica y cómica? Tal vez en que es todo eso a la vez. Esa escena, imbatible en su eficacia, es una lección ejemplar de concisión y brevedad. 

Pero hay otras. El canto de las sirenas en la Odisea también ocurre una sola vez y en unas cuantas palabras. También la escena de Penélope tejiendo y destejiendo es breve, y aparece casi como un comentario marginal, y tiene una fuerza decisiva en el curso del relato, en el devenir de la historia, y aún se discute y debate el papel que desempeña ese gesto para preservar su fidelidad conyugal. 

También Homero cuenta en la Odisea la aventura de Ulises con Polifemo con una brevedad asombrosa, y así es también la escena de Sísifo. Y Dante cuenta las penas y los amores de Francesca y Paolo en tres decenas de versos. Y Shakespeare, entre otros,  muestra su arte en el monólogo de Hamlet, que no es más extenso. 

No sería difícil encontrar otros ejemplos entre esos clásicos, en su capacidad de decirlo todo en una página o una escena. De agotar, sí, un tema en una tragedia, en un poema definitivo, en una gran novela. Las suyas son lecciones de contundencia, sabiduría, claridad, brevedad y precisión cuya eficacia y belleza despiertan admiración y nos iluminan desde hace siglos. 

3 de marzo de 2016

Un hombre sin cualidades

He conocido a un hombre sin atributos. No conozco la novela de Musil, pero la idea de un hombre sin atributos es tan poderosa que traspasa y supera el ámbito de lo novelesco para incorporarse a la vida con una intensidad y fijeza que permanecen una vez que hemos cerrado cualquier libro.

He visto a un hombre así, y el hallazgo es tan intenso que no es fácil sacudirlo de la memoria, olvidar su presencia sin sustancia. Definirlo sólo es posible por ausencia, por sus evidentes carencias, que no aluden a la cobardía, la timidez, la ignorancia, la mala educación o la depresión emocional, sino a un dejarse estar que bien podría ser abulia. He conocido a un hombre más árbol que animal.

He conocido a un hombre al que no lo mueve el bien ni el mal, que no lamenta la falta de virtudes y que tampoco adolece de defectos evidentes o los rasgos más expuestos de los llamados pecados capitales. Nada lo mueve, ni la ambición, el dinero, la fama, las artes, la lucha política, la emoción de los deportes o la belleza de las mujeres. No aspira a mejores condiciones de vida ni se asombra ni se exalta, ni opina porque dice que no tiene opinión. No es simpático ni odioso. No se alegra, no se enfada, no sonríe pero tampoco se entristece.

Encontré un hombre que va con paso cansino y mirada resignada, uno que podría no hacer ni decir nada, nunca jamás. Pero tampoco ha dominado las pasiones de este mundo para encontrarse cerca de la Perfección, del Señor, de la Paz o del Nirvana. El hombre sin cualidades es casi un hombre normal, puede tener un empleo, una familia, pero su corazón o ánimo o espíritu atrofiado lo dejan a la vereda del camino de una plena vida humana.

José Ingenieros escribió El hombre mediocre, libro que leí hace muchos años como lectura obligatoria, y del que no recuerdo casi nada salvo la reflexión sobre esos hombres que renuncian tácitamente a gozar y zambullirse en la vida. Tal vez su secreto deseo es disolverse en la luz, desaparece en el aire, en la nada.

No soy de la estirpe de Odiseo, de los héroes, y me reconozco en una odiosa serie de defectos. Aquí sólo quiero dejar constancia, sin sentirme mejor que ningún hombre, que he conocido a uno cuya existencia se antoja inverosímil, incluso como personaje.

No afirmo nada, no pretendo hacer juicios, sólo quiero decir sin arrogancia que he conocido a un hombre extraño cuya existencia espanta, que he visto con azoro lo increíble: un hombre sin cualidades.

28 de diciembre de 2015

Un acto nos define

En un instante cabe una vida. Como si una fotografía revelara el sentido y la razón de ser de cada uno. Como si un acto contuviera la existencia entera. Borges dice que a Dante le basta un solo momento para hacernos conocer a alguien, y elogia el don de «presentar un momento como cifra de una vida. [...] Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en el que un hombre se encuentra para siempre consigo mismo».

Acaso no soy el que yo pensaba que era, y sospecho que ese malentendido es común a todos los hombres. Y un hecho, un instante, basta para explicarnos ante los demás. Cervantes no imaginó que sería recordado como el autor del Quijote. Si alguien le hubiera prometido la vana fama y la posteridad, él hubiera pensado que la ganaría por su heroísmo en la batalla de Lepanto, o por los méritos de La Galatea o Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Cervantes, como todos, no sabía quien era.

Neil Armstrong dio un pequeño paso y puso un pie en la Luna. Yuri Gagarin dio la vuelta a la Tierra en un cohete. Julio César conquistó las Galias, y Bruto asesinó a César. Sócrates bebió la sicuta. Pilatos se lavó las manos. Penélope tejió la frazada, Homero cantó la Ilíada, Virgilio escribió la Eneida. Wellington venció a Napoleón, y Napoleón se coronó a sí mismo. Galileo dijo: «Y sin embargo se mueve». Colón llegó a América. Alejandro conquistó el mundo conocido. En un instante Francesca y Paolo se enamoraron.

Pedro negó a Jesús, y Judas lo traicionó. Jesús murió en la cruz. El Cid cabalgó muerto. Arquímedes encontró y gritó: «¡Eureka!» Juana la Loca recorrió España con el cadáver de su marido. Hitler devastó Europa. Truman tiró la bomba atómica. Hidalgo dio el gritó de Independencia. Teseo mató al Minotauro (y abandonó a Ariadna). Hamlet conversó con el fantasma de su padre. Don Quijote embistió a los molinos. Newton explicó la Física cuando le cayó una manzana. Eva le dio una a Adán. Tiresias fue hombre y mujer. Caín mató a Abel. Dante imaginó el Paraíso y el Infierno. Bach fijó la música. Mozart escribió la más bella. Beethoven componía sordo. Eiffel erigió una torre. Helena se fugó con Paris. Pasteur encontró una vacuna. Odiseo ideó el caballo de Troya.

Job cultivó la paciencia. Pelé anotó más de mil goles. Maradona hizó uno con la mano. La emperatriz Carlota enloqueció. Espartaco se levantó contra Roma. Los hermano Wright inventaron el avión. Simeón el Estilita pasó la vida en una columna. Enrique VIII decapitó a sus esposas. Fleming se encontró la penicilina. David mató a Goliat. Stalin hizo de Rusia los campos del Gulag. Salomé pidió la cabeza de Juan el Bautista. Antígona enterró a su hermano. Edipo yació con su madre. Lot se acostó con sus hijas, y su mujer se convirtió en estatua de sal...

Un hecho basta para explicar una vida. ¿En qué momento nos reconoceríamos? ¿En qué instante seremos nosotros mismos? ¿Qué acto acabará por definirnos?

5 de abril de 2015

Cabellera

He visto una cabellera como alfaguara de luz.
Con ella podrían urdirse todas las filosofías y tejerse todos los sueños.
Una como arcoíris en la que reverberan los insomnios y los desvelos.
Una de seda, de algodón de azúcar, de nube en arrebol, de jirones de paraíso perdido o tierra prometida. 
Una que ríe con el prodigio de la alegría.
Una como lluvia de estrellas, pararrayos y hacedora de tormentas.
Una como la casa de la lluvia y las abejas, como el trigo maduro.
Una con cadencia de geometrías fantásticas y mil reflejos.
Una en movimiento perpetuo que desordena los sentidos.
He visto una cabellera como un huracán en el que anidan los pájaros y los secretos.
Una espesa como bosque de coníferas.
Fascinante como las arenas cambiantes del desierto.
Fuente de la juventud, remolino y papalote de oro fino.
Guirnalda, diadema natural de reina coronada.
He visto una cabellera que debería tener un nombre propio, un verbo y su adjetivo.
Hay cabelleras aladas que mutan, cambian y vuelan con levedad.
Las hay de fuego que se agitan furiosas.
Hay cabelleras de gualda y canela que tiñen el Sol.
Hay cabelleras que se derraman de todas las poéticas.
Hay cabelleras felinas, como estelas de cometas, y las hay navegantes y aéreas que se hinchan heroicas como velamen al viento.
Hay cabelleras vestidas de fiesta.
Otras van desnudas y se abren como jacarandas en primavera.
Hay cabelleras de verano ligeras como un bikini.
Hay cabelleras como la crin de un potro salvaje.
Hay cabelleras de humo, albahaca y miel.
Hay cabelleras que maduran en el alba, otras se despliegan en el insomnio.
Hay cabelleras de profundidades oceánicas en las que sucumbe y se hunde la mirada.
Hay cabelleras oscuras y pesadas que caen como un telón o un acantilado.
Hay cabelleras de catarata, de tormenta y diluvio universal.
Hay cabelleras como laberintos o murallas a la espalda, otras son rayuelas al cielo.
Hay cabelleras trágicas: alguien perderá los ojos o la razón entre sus frondas.
Hay cabelleras telúricas que visten más que un manto y un abrigo de visón.
Las hay heroicas y guardan en sus hebras misterios profundos. Ay, cabelleras.
He visto la cabellera que imaginó Botticelli, la que anheló Afrodita. 
La que buscaban los argonautas, la que enloqueció a Paris y a los románticos y a los pintores prerrafaelitas.
A la que tanto le temen los guardianes del orden y el templo. 
He visto la cabellera de todas las sirenas que cantaron para Odiseo.
Por la que valdría incendiar de nuevo la ciudadela de Troya.
He visto la cabellera inexpugnable del sueño y del deseo.
Por la que se lanzaron al abismo siete poetas suicidas.
He visto la cabellera que erige y deshoja todos los poemas.
La que reordena el mundo, hacedora de destinos.
He visto una cabellera imposible de sobrevivirla.
He visto una cabellera invencible e inolvidable.
He visto la melena entre las melenas.
He visto a la belleza ondulante, de polvo cósmico.
He visto a la belleza rebelde y etérea nunca antes así vislumbrada.
Digo que he visto a una muchacha que llevaba por cabellera la Vía Láctea.