Durante muchos años me fue irresistible el llamado que las librerías ejercían sobre mí; era algo así como el canto de las sirenas. Era imposible no rendirse a su hechizo. No era suficiente con mirar el escaparate o asomar la nariz por la puerta, había que entrar y entregarse, como a un reino encantado.
Y una vez dentro, no había manera de no sucumbir, de no abandonarse a la promesa de conocimiento, sabiduría y belleza que me ofrecía; después de horas de mirar, buscar y revisar, al menos un libro me había acelerado el ritmo cardiaco y, como si me saltara a las manos, me pedía irse conmigo.
Era un rito adolescente que se prolongó durante mi juventud. Por fortuna, aunque la considero una enfermedad incurable, remitió considerablemente con los años. Apenas tengo síntomas, mucho menos virulentos: un ansia urgente de apoderarme de un libro y devorarlo («bebértelo en una noche», decía mi padre).
A veces podía ser un hallazgo, un libro del que no tenía noticia, tal vez de un escritor que escapaba a mis limitados conocimientos librescos; pero a veces, cuando era un libro esperado, que buscaba, a veces con impaciencia, el encuentro tenía algo de revelación, de cumplimiento de un deseo al que le atribuía una complicidad de los dioses.
Entonces en la ciudad de México había tal vez dos o tres veces más librerías de las que tiene hoy, y yo no dejaba de visitarlas. Con los años también me aficioné a las librerías de viejo del centro de la ciudad y de la colonia Roma, y todavía los puestos callejeros, a veces filas de libros empolvados sobre la banqueta, me llaman la atención unos minutos.
Hablo de sirenas, hechizos, reinos encantados, revelaciones, complicidad de los dioses... El gran problema es que era algo así. Mi sed de palabras y libros y literatura no tenía límites ni fin. Visitar librerías era mi paseo favorito, y luego, sentarme en un café o en un banco a leer era mi más grande placer. El ejercicio de la lectura, el vicio impune, según Michel Crépu, la necesidad de mi alma, no estaba lejos de cierta forma quijotesca de la locura.
Me ruborizo un poco de este lenguaje, pero no encuentro para hacerle justicia a esa emoción de encontrar un libro que me cambiaría la vida, que contribuiría decisivamente a formarme. Hoy sonrío, claro, pero no creo haber estado del todo equivocado.
Un día, salí de una librería sin un peso en los bolsillos. Dejé en la caja hasta mi última moneda, siempre escasas entre los estudiantes. Me llevé todos los libros que pude, y el librero me dispensó de los pocos pesos que me faltaban para completar el monto total y así llevarme el último ejemplar elegido. Salí a la calle sin dinero, ni un centavo, pero feliz, con una bolsa de libros.
Tuve que caminar sin remedio hasta mi casa por muchas, muchas calles; recuerdo que tenía hambre y sed, y la bolsa en cada cuadra me pesaba más. No lo recuerdo, pero no hubo sacrificio alguno, seguramente llegué a casa y comí y bebí, y luego, satisfecho, saqué uno a uno los libros de su bolsa como se aprecia un tesoro.
No es necesario justificar esa manía por comprar o conseguir libros de cualquier manera, pero además debo decir que no soy el único. Con los años he conocido a otros con esa misma locura, incluso con otros síntomas más graves. ¿No es innoble echar con astucia un libro en el bolso de una chica y, si el lance sale bien, pedirle el libro a dos calles de la librería en la que se acaba de cometer el robo?
Antes de los códigos de barras, cuando los libros tenían el precio en etiquetas adheridas, había expertos, tan osados como astutos, en cambiar las etiquetas de los libros en las librerías y pagar, a veces, menos de la mitad del precio de un libro.
No soy el único que ha dejado su última moneda por comprar un libro. José Vasconcelos llegó a pasar hambre, y lo consigna en su biografía, Ulises criollo, muchos años antes de que yo empezara a comprar libros. Dice:
«Cierta víspera de la llegada del giro, tomamos por único alimento una horchata en el puesto de las Cadenas, con un par de plátanos del vendedor que se situaba por allí mismo, y como postre, un pastel de a centavo, relleno de una pasta desabrida como engrudo. Mi situación no había mejorado gran cosa, pero me quedaba aquel día un peso en la bolsa raída del pantalón y vacilaba. Vacilaba porque en una fila de abajo, entre los libros escogidos, cantos de oro y percalina roja, estaba de venta una Divina Comedia. Sobre la pasta delantera, en un medallón dorado lucía el perfil conmovedor del vidente insigne. Con los dedos dentro de la bolsa alisaba mi último peso antes de darlo; por fin, en un arranque de audacia, lo alargué al librero a la par que ponía el precioso volumen debajo del brazo.»
Tengo opiniones encontradas sobre Vasconcelos, el hombre, su acción política y su obra. Pero imaginar al joven estudiante, muerto de hambre y de necesidad, cambiar todo su dinero (un peso de entonces valía, basta recordar que era una moneda de plata) por un libro, es admirable.
Y si ese libro era la Divina comedia, obra decisiva en su vida y pensamiento, no puedo dejar de sonreír. Me entusiasma la idea de que otros jóvenes lectores, sedientos de poesía y conocimiento, aquí y allá, hoy y mañana, seguirán cambiando su última moneda por un libro.
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13 de julio de 2020
Por un libro, hasta la última moneda
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30 de enero de 2017
Dante en Buenos Aires
Witold Gombrowicz, fiel a sí mismo, escribió un ensayo "A propósito de Dante" (Contra los poetas, Sequitur, 2009) en el que ajusta cuentas con el gran florentino. No es audaz ni novedoso sostener que la Divina comedia es un poema monumental, en su extensión y su genialidad poética, y Dante Alighieri es quizá el más alto poeta de Occidente; al menos así lo consideran muchos críticos, y no necesariamente católicos.
Pero Gombrowicz lo corrige y lo enmienda, lo zarandea, como si se tratara del más triste poeta aficionado que presentara un poema lamentable en unos juegos florales. Corrige los versos, censura sustantivos y adjetivos, cuestiona la imaginación, la visión de fondo: la concepción del Infierno. «Por mí se va a la ciudad doliente», canta Dante. Y Gombrowicz responde: «"La ciudad doliente" ¿No se ocurrió nada mejor? [...] podríamos escribir: Por mí se va a la ciudad sin fondo». La irreverencia no tiene límites, y Dante queda, para decirlo con una expresión popular, como santo Cristo en Viernes Santo.
Sin embargo, de la diatriba tomo un par de ideas e imagino una conjetura. Gombrowicz arremete contra la idea del Infierno y toda una teología: «No sólo Dante aprueba el Infierno, lo aprueba todo el Medievo. Él se limita a reiterar fórmulas, a repetir lo que una conciencia colectiva ya codificó.»
Y la idea del dolor que produce el Infierno es inaceptable. «El hombre real es el que siente dolor [...] en toda la extensión del Ser, sólo existe un elemento atroz, imposible, inaceptable, una única cosa verdadera y absolutamente opuesta a nosotros, que nos aplasta: el Dolor.»
El Infierno, ese lugar de castigo eterno (por los siglos de los siglos de los siglos de los siglos...), es inhumano. Dice Gombrowicz: «ese Infierno no es verdadero. Las torturas son retóricas, los condenados declaman. La eternidad es la indolente eternidad de los monumentos.» Y esa realización del Infierno «se hizo posible sólo en una Atmósfera de Irrealidad perfectamente irresponsable.»
¿Cómo pudo extenderse esa idea, de Santo Domingo a los magnates del brazo secular, a los políticos, a los burócratas y se escondió en las funciones, en las tareas, en los oficios... para llegar a los verdugos?
El infierno es inhumano, infrahumano, sobrehumano. En la puerta del infierno dice, según Dante: «“Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.” Responde Gombrowicz: «El infierno no es castigo, ya que el castigo lleva a la purificación, tiene un fin. El infierno es tortura eterna, y ese condenado dentro de diez millones de años gritará de dolor del mismo modo que está gritando ahora: nada, jamás, cambiará para él. Esto es algo intolerable, que nuestro sentido de la justicia rechaza.»
Borges admiraba la Divina Comedia, la leyó intensamente, memorizaba tercetos mientras viajaba en trolebús, escribió ensayos luminosos sobre ella, y sin embargo una cita suya aparece con frecuencia: «El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.» La gloria eterna o la condena eterna por los actos de los hombres le parecía una exageración.
Cortázar creía que ese mundo que llamamos dantesco (el adjetivo ya es temible) es producto de una mente perversa, de una imaginación desquiciada, sobre todo por ser una invención colectiva. Saúl Yurkiévich admiraba la Divina Comedia, no sé si también censuraba esa idea del Infierno, pero la obra le parecía, como también a aquellos, lo que es: una construcción verbal portentosa.
Gombrowicz llegó a Argentina en 1939. Su plan era quedarse dos semanas, el inicio de la Segunda Guerra Mundial le impidió volver Polonia, a su país. Luego se lo impidió la dictadura comunista. Se quedó veinticuatro años en Buenos Aires. El ensayo sobre Dante y su poema fue escrito en 1966.
Me gusta imaginar que unos años antes, tal vez hacia 1950, la idea dantesca del Infierno se leía, se comentaba y se explicaba en los cafés porteños. No sugiero que Gombrowicz, Borges, Cortázar y Yurkiévich lo discutieran; tal vez no estuvieron juntos bajo el mismo techo, sino que el tema tenía una vigencia en Buenos Aires que animaba la lectura y generó, con el tiempo, la escritura de ensayos notables y audaces.
La posibilidad del diálogo entre estos escritores que hubiese animado esa polémica en Argentina es una conjetura o una anécdota imposible, y en realidad no importa. Es irrelevante si cruzaron juntos una puerta. En cambio es mucho más trascendente, inquietante y dantesco, detenerse en las palabras escritas en el dintel de la puerta del Infierno: «Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.»
Pero Gombrowicz lo corrige y lo enmienda, lo zarandea, como si se tratara del más triste poeta aficionado que presentara un poema lamentable en unos juegos florales. Corrige los versos, censura sustantivos y adjetivos, cuestiona la imaginación, la visión de fondo: la concepción del Infierno. «Por mí se va a la ciudad doliente», canta Dante. Y Gombrowicz responde: «"La ciudad doliente" ¿No se ocurrió nada mejor? [...] podríamos escribir: Por mí se va a la ciudad sin fondo». La irreverencia no tiene límites, y Dante queda, para decirlo con una expresión popular, como santo Cristo en Viernes Santo.
Sin embargo, de la diatriba tomo un par de ideas e imagino una conjetura. Gombrowicz arremete contra la idea del Infierno y toda una teología: «No sólo Dante aprueba el Infierno, lo aprueba todo el Medievo. Él se limita a reiterar fórmulas, a repetir lo que una conciencia colectiva ya codificó.»
Y la idea del dolor que produce el Infierno es inaceptable. «El hombre real es el que siente dolor [...] en toda la extensión del Ser, sólo existe un elemento atroz, imposible, inaceptable, una única cosa verdadera y absolutamente opuesta a nosotros, que nos aplasta: el Dolor.»
El Infierno, ese lugar de castigo eterno (por los siglos de los siglos de los siglos de los siglos...), es inhumano. Dice Gombrowicz: «ese Infierno no es verdadero. Las torturas son retóricas, los condenados declaman. La eternidad es la indolente eternidad de los monumentos.» Y esa realización del Infierno «se hizo posible sólo en una Atmósfera de Irrealidad perfectamente irresponsable.»
¿Cómo pudo extenderse esa idea, de Santo Domingo a los magnates del brazo secular, a los políticos, a los burócratas y se escondió en las funciones, en las tareas, en los oficios... para llegar a los verdugos?
El infierno es inhumano, infrahumano, sobrehumano. En la puerta del infierno dice, según Dante: «“Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.” Responde Gombrowicz: «El infierno no es castigo, ya que el castigo lleva a la purificación, tiene un fin. El infierno es tortura eterna, y ese condenado dentro de diez millones de años gritará de dolor del mismo modo que está gritando ahora: nada, jamás, cambiará para él. Esto es algo intolerable, que nuestro sentido de la justicia rechaza.»
Borges admiraba la Divina Comedia, la leyó intensamente, memorizaba tercetos mientras viajaba en trolebús, escribió ensayos luminosos sobre ella, y sin embargo una cita suya aparece con frecuencia: «El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.» La gloria eterna o la condena eterna por los actos de los hombres le parecía una exageración.
Cortázar creía que ese mundo que llamamos dantesco (el adjetivo ya es temible) es producto de una mente perversa, de una imaginación desquiciada, sobre todo por ser una invención colectiva. Saúl Yurkiévich admiraba la Divina Comedia, no sé si también censuraba esa idea del Infierno, pero la obra le parecía, como también a aquellos, lo que es: una construcción verbal portentosa.
Gombrowicz llegó a Argentina en 1939. Su plan era quedarse dos semanas, el inicio de la Segunda Guerra Mundial le impidió volver Polonia, a su país. Luego se lo impidió la dictadura comunista. Se quedó veinticuatro años en Buenos Aires. El ensayo sobre Dante y su poema fue escrito en 1966.
Me gusta imaginar que unos años antes, tal vez hacia 1950, la idea dantesca del Infierno se leía, se comentaba y se explicaba en los cafés porteños. No sugiero que Gombrowicz, Borges, Cortázar y Yurkiévich lo discutieran; tal vez no estuvieron juntos bajo el mismo techo, sino que el tema tenía una vigencia en Buenos Aires que animaba la lectura y generó, con el tiempo, la escritura de ensayos notables y audaces.
La posibilidad del diálogo entre estos escritores que hubiese animado esa polémica en Argentina es una conjetura o una anécdota imposible, y en realidad no importa. Es irrelevante si cruzaron juntos una puerta. En cambio es mucho más trascendente, inquietante y dantesco, detenerse en las palabras escritas en el dintel de la puerta del Infierno: «Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.»
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29 de diciembre de 2016
La concisión, la brevedad
El Capítulo VIII del Quijote es el de la aventura de los molinos de viento. Es uno de los más conocidos, y ese es justo la razón de este apunte. Don Quijote y Sancho van por el campo y descubren treinta o cuarenta molinos de viento.
Don Quijote, ansioso en su locura por entrar en acción, dice que son gigantes y que piensa entrar con ellos en batalla. Sancho le advierte que son molinos, no gigantes. Don Quijote le dice que si tiene miedo y se haga a un lado. Amenaza a sus enemigos. Todo esto lleva apenas una página, y luego escribe Cervantes:
«Levantose en esto un poco
de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don
Quijote, dijo:
»–Pues aunque movías más
brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y
encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal
trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre,
arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que
estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta
furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero,
que fue rondando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle,
a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal
fue el golpe que dio con él Rocinante.»Eso es todo. Esta, una de las escenas más famosas de la literatura, una de las más comentadas por lectores y especialistas, una de las más dibujadas y representadas, una que conoce hasta un chino monolingüe, se extiende a lo largo de un párrafo de poco más de cien palabras.
La escena no se repetirá, por supuesto, ni se volverá a ella de manera relevante en la novela. Habrá otros gigantes y enemigos, pero no molinos. Todavía, los turistas van a Campo de Criptana, en Castilla-La Mancha a ver los molinos que embistió Don Quijote.
¿Cuál es la clave o el secreto de esta escena, su fuerza épica, quijotesca, trágica y cómica? Tal vez en que es todo eso a la vez. Esa escena, imbatible en su eficacia, es una lección ejemplar de concisión y brevedad.
Pero hay otras. El canto de las sirenas en la Odisea también ocurre una sola vez y en unas cuantas palabras. También la escena de Penélope tejiendo y destejiendo es breve, y aparece casi como un comentario marginal, y tiene una fuerza decisiva en el curso del relato, en el devenir de la historia, y aún se discute y debate el papel que desempeña ese gesto para preservar su fidelidad conyugal.
También Homero cuenta en la Odisea la aventura de Ulises con Polifemo con una brevedad asombrosa, y así es también la escena de Sísifo. Y Dante cuenta las penas y los amores de Francesca y Paolo en tres decenas de versos. Y Shakespeare, entre otros, muestra su arte en el monólogo de Hamlet, que no es más extenso.
No sería difícil encontrar otros ejemplos entre esos clásicos, en su capacidad de decirlo todo en una página o una escena. De agotar, sí, un tema en una tragedia, en un poema definitivo, en una gran novela. Las suyas son lecciones de contundencia, sabiduría, claridad, brevedad y precisión cuya eficacia y belleza despiertan admiración y nos iluminan desde hace siglos.
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