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3 de marzo de 2016

Un hombre sin cualidades

He conocido a un hombre sin atributos. No conozco la novela de Musil, pero la idea de un hombre sin atributos es tan poderosa que traspasa y supera el ámbito de lo novelesco para incorporarse a la vida con una intensidad y fijeza que permanecen una vez que hemos cerrado cualquier libro.

He visto a un hombre así, y el hallazgo es tan intenso que no es fácil sacudirlo de la memoria, olvidar su presencia sin sustancia. Definirlo sólo es posible por ausencia, por sus evidentes carencias, que no aluden a la cobardía, la timidez, la ignorancia, la mala educación o la depresión emocional, sino a un dejarse estar que bien podría ser abulia. He conocido a un hombre más árbol que animal.

He conocido a un hombre al que no lo mueve el bien ni el mal, que no lamenta la falta de virtudes y que tampoco adolece de defectos evidentes o los rasgos más expuestos de los llamados pecados capitales. Nada lo mueve, ni la ambición, el dinero, la fama, las artes, la lucha política, la emoción de los deportes o la belleza de las mujeres. No aspira a mejores condiciones de vida ni se asombra ni se exalta, ni opina porque dice que no tiene opinión. No es simpático ni odioso. No se alegra, no se enfada, no sonríe pero tampoco se entristece.

Encontré un hombre que va con paso cansino y mirada resignada, uno que podría no hacer ni decir nada, nunca jamás. Pero tampoco ha dominado las pasiones de este mundo para encontrarse cerca de la Perfección, del Señor, de la Paz o del Nirvana. El hombre sin cualidades es casi un hombre normal, puede tener un empleo, una familia, pero su corazón o ánimo o espíritu atrofiado lo dejan a la vereda del camino de una plena vida humana.

José Ingenieros escribió El hombre mediocre, libro que leí hace muchos años como lectura obligatoria, y del que no recuerdo casi nada salvo la reflexión sobre esos hombres que renuncian tácitamente a gozar y zambullirse en la vida. Tal vez su secreto deseo es disolverse en la luz, desaparece en el aire, en la nada.

No soy de la estirpe de Odiseo, de los héroes, y me reconozco en una odiosa serie de defectos. Aquí sólo quiero dejar constancia, sin sentirme mejor que ningún hombre, que he conocido a uno cuya existencia se antoja inverosímil, incluso como personaje.

No afirmo nada, no pretendo hacer juicios, sólo quiero decir sin arrogancia que he conocido a un hombre extraño cuya existencia espanta, que he visto con azoro lo increíble: un hombre sin cualidades.

22 de agosto de 2011

Irma

No hace mucho estaba entre nosotros. Fue al médico por un problema gástrico, y le encontraron que tenía muy mala una válvula del corazón. Era necesaria una cirugía porque corría el riesgo, le dijeron, de sufrir una muerte súbita. Me pregunto si no es deseable, estoicamente, una muerte súbita, hoy o mañana, morir de pronto por un ataque fulminante, que hacerlo muy despacio después de una operación inútil, de los días infernales, con daños irreversibles, atada a la cama de un hospital.

Las cosas salieron mal. Terminaron unos días después de la peor manera posible. Alguien nos habló de complicaciones casi increíbles, de una desafortunada sucesión de hechos lamentables, de posible negligencia médica. Todo pasa en un instante. La vida es un gran instante.

Ahora, de pronto, falta Irma. Es difícil hacerle justicia a sus virtudes, es sabido que todos los hombres son redimidos al morir, aún los más viles y canallas son entonces un poco menos malos o pecadores. Pero Irma, en verdad, siempre tuvo un gesto amable ante todo y para todos. Era afable y modelo de serenidad y equilibrio. De buen gusto y mesura, de alegría ecuánime, de entusiasmo y vitalidad. No creo que haya ofendido a nadie en su vida. Nunca la escuché quejarse ni la vi contrariarse.

Toleraba mis comentarios rudos con paciencia de santa y sospecho que, mujer de fe, elevaba sus oraciones para que me fueran perdonadas mis opiniones, esas que ella consideraba blasfemas. Pero no era una beata, era una mujer que estaba en el mundo, ahora lo sé, para alegrar la vida de los otros. Ella no quería irse todavía. La suya fue una partida prematura porque daba una lección de cariño, de vida, a cada instante.

Impecable lectora, disfrutaba de la música y del cine (le encantaban las películas italianas). Era la primera en llegar cada miércoles al taller de lectura y acaso la más entusiasta. Siempre se sentaba a mi lado. Ahora la echamos de menos. Las sesiones, sin ella, ya no son lo que eran. No hace mucho, parece mentira, hace un instante, Irma estaba entre nosotros. In memoriam.