Borges se asombraba de que en las universidades de los Estados Unidos se impartieran lecciones para aprender a conversar. Le parecían una excentricidad, un rasgo propio del país del pragmatismo, los manuales y los libros de autoayuda.
No se refería a los ejercicios de conversation que practican los estudiantes para el dominio de una lengua extranjera, sino a cursillos para desarrollar los recursos y técnicas necesarios para mantener un diálogo. Después de los buenos días, uno puede preguntarle a una señora por la salud de su marido, sus hijos y el gato. Luego, puede comentar que escuchó en la radio que tal vez llueva por la tarde...
La conversación es tan socrática como la búsqueda de la verdad. Sócrates desdeñaba la escritura porque contribuye a descuidar la memoria y a fiarse de lo escrito; y en la viveza del diálogo, del antiguo arte de conversar, a veces es posible vibrar con las palabras de otro. Alguien puede descubrir su verdad, la que no le había revelado su alma, si tiene la ocasión de celebrar una conversación, si tiene la dicha de tener con quien conversar.
El confesionario y del diván del psicoanalista son sucedáneos, placebos, remedios de segunda mano, sombríos monólogos subordinados a la autoridad, la culpa y el temor, la teología y la clínica y sus libros, la ciencia, la fe y el sufrimiento. Antonio Machado imaginó que quien habla solo espera hablar a Dios un día. Proposición imposible, pues sólo podemos conversar entre pares; para decirlo con Baudelaire, con el semejante, el hermano.
Conversar es el suceso que más nos dignifique como hombres al permitirnos vislumbrar a otro. Pocos momentos más altos que la conversación por la que dos se conocen, se descubren y se comprenden.
En la era de las comunicaciones y la conexión universal, tal vez necesitamos lecciones para aprender a conversar, a expresar pensamientos y emociones. A confiar en alguien para conversar. Montaigne decía que la conversación es «el ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu», «más dulce que ninguna otra acción de nuestra vida». Y Octavio Paz también la celebra: «La poesía y la matemática son los dos polos extremos del lenguaje. Más allá de ellos no hay nada –el territorio de lo indecible; entre ellos, el territorio inmenso, pero finito, de la conversación.»
Sin embargo, cada día es más difícil conversar. Aislados, ensimismados más que nunca, nos falta el bienhechor, el hombre o la mujer con quien celebrar el rito de la palabra y el conocimiento. Conversar se está volviendo una molestia, un fastidio, una pérdida de tiempo; con frecuencia es un acto inútil porque nadie quiere escuchar a nadie.
Es cierto, tal vez no sabemos conversar (hacerlo exige tiempo, atención, paciencia, comprensión, igualdad de condiciones) pero tampoco queremos aprender y nos empeñamos en no hacerlo. Parece obvio, pero podría ser que no conversemos porque no sabemos hacerlo. La representación de alguien con los audífonos en los oídos y la vista en una pantalla, grande o pequeña, puede ser la imagen exacta de la humanidad de nuestro tiempo.
Lo urgente y necesario, los sucesos de cada día se escriben y se envían con palabras escuetas y abreviadas, en la versión electrónica de un telegrama. El teléfono, que permitía cierta intimidad (se perciben las emociones, la actitud, la calidez o frialdad de una voz y sus matices elocuentes), pronto será una antigualla, y muchas personas ya se niegan a atender las llamadas y sólo responden con mensajes de texto o un emoticón.
Conversar es lo opuesto a dar instrucciones, a enseñar una técnica o un proceso, a dar lecciones o sermones, a difundir chistes, chismes o necedades; conversar tampoco es hacer negocios, buscar acuerdos, platicar o aun ligar.
Conversar es, durante el relámpago, asistir a la realización del otro en sus palabras. Es conocer al otro, descubrir otra posibilidad del ser. La conversación es una condición para la amistad y para el amor. Los que conversan se conocen, se abren, y, por ello, con frecuencia se enamoran. Los que conversan se comunican, se comprenden, se vislumbran.
Conversamos para estar y para ser, y una conversación, vínculo y camino a la otredad, puede ser tan perfecta como un dúo o una sonata para piano y violín. Al conversar entramos en comunión.
Los que conversan tienen una fuente de satisfacción y conocimiento. Descifran un mundo. Encuentran razones y reflexiones. Los que conversan tienen un vínculo secreto, un puente para el fluir de las palabras.
La clave de la conversación está en la voluntad, en el fluir dialéctico de escuchar y ser escuchado. De explorar juntos y avanzar, socráticamente, en el conocimiento desde la incertidumbre y la duda. Prestar atención en justa y equitativa correspondencia, con el respeto y la confianza debidos son las condiciones esenciales. El resto, la caminata y el paisaje, el mantel de la sobremesa, la hora callada y la lluvia pueden dar marco al relámpago por el que se rompe el aislamiento del yo, el encierro en uno mismo.
Conversar es celebrar el logos y las palabras del corazón que no se apagan ni se agotan, salamandras que volverán y se fijarán la memoria. Una buena conversación se extiende por siempre. Menos común, la conversación escrita encuentra en la carta, género en desuso, una expresión cuya intensidad se enriquece con el testimonio material: el papel, la tinta y la caligrafía pueden dar testimonio de la presencia de alguien lejano.
La conversación es tan personal, que no es sencillo encontrar un interlocutor, alguien en quien depositar o desahogar nuestras palabras. No es fácil reconocer a la persona con la que abolir en su sentido más profundo el silencio.
Las situaciones límite, las circunstancias extremas, han permitido la amistad y el diálogo, la conversación más intensa de una vida, y sin embargo, cuando esas condiciones desaparecen suele esfumarse la confianza.
Los compañeros de viaje, los marinos, los soldados pueden olvidar a su mejor tertuliano; los presos, en el caso extremo, al abandonar la celda, dejan atrás la experiencia del diálogo intenso, e incluso olvidan o niegan a quien más cerca estuvo de ellos. La conversación, como la amistad y el amor, también es un milagro y un misterio.
Debí de haber conversado más con mi padre. Debí de haberle preguntado más sobre su vida, su infancia y juventud. Pedirle que me contara más sobre mis abuelos y sobre los suyos, de los que nada sé. Ahora podría hacerlo con algunos hombres mayores y sabios que conozco, con mi familia, con mis amigos, pero nos gana lo inmediato, los malentendidos, lo que demanda nuestra atención en el instante, la distancia, lo urgente y lo necesario, lo que solemos llamar la falta de tiempo.
Conversar es incendiar de sentido la palabra y hacerla trascendente. Es descifrar la humanidad en un individuo. Dichosos los que conversan porque además se conocerán a sí mismos. Dichosos lo que se abren y saltan sobre el abismo oscuro de la profunda soledad.
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14 de septiembre de 2016
Conversar
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31 de diciembre de 2014
Un diálogo: Magris y Vargas Llosa
Claudio Magris y Mario Vargas Llosa conversaron en Lima, Perú, en diciembre de 2009, sobre sus dos temas favoritos: la literatura y la política. Fue un encuentro planeado, público. Ahora, ese diálogo ha sido editado en un volumen con el poco afortunado nombre de La literatura es mi venganza (Anagrama, 2014). En sus escasas páginas no hay venganza alguna, sino inteligencia, ideas, y una admiración y respeto hacia el otro que ya son una lección en sí mismos.
No son muchos los autores que merecen atención una vez que hemos salido de sus mejores páginas. Magris y Vargas Llosa son siempre interesantes porque sus opiniones son tan razonadas como polémicas y honestas.
En ellos dos se conjuga esa doble condición que es menos común de lo que solemos suponer: son artistas, maestros de la palabra, autores de notables obras literarias, y son también intelectuales, se han formado opiniones a partir de pensar y estudiar los temas (los problemas) que les interesan.
El volumen dividido en cuatro secciones, es una muestra de sus opiniones y experiencia. La sección sobre literatura, sobre las interpretaciones del viaje y el retorno de Ulises bien podría enseñarse en las aulas.
Las opiniones sobre los derechos y las libertades, la democracia, sobre los autores que equivocaron el camino ideológico, tampoco tienen desperdicio. Leer el diálogo no es lo mismo que terminarlo, que enriquecer la opinión propia, que mirar desde otros puntos de vista. En su brevedad, este diálogo no se agota ni en la primera ni en la segunda lectura.
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17 de marzo de 2014
Julio Cortázar y Octavio Paz
Dos escrituras paralelas
…anillo
de Moebius de una figura del mundo
donde la conciliación es posible,
donde anverso y reverso cesarán de desgarrarse,
donde
el hombre podrá ocupar su puesto
en esa jubilosa danza que alguna vez
llamaremos realidad.
Julio Cortázar
¿La
realidad será el reverso del tejido,
el reverso de la metáfora
–aquello que está del otro lado del lenguaje?
(El
lenguaje no tiene reverso ni cara ni lados.)
Quizá
la realidad también es una metáfora.
Octavio Paz
Las diferencias entre ellos son un abismo, un bosque cerrado
que oculta sus semejanzas. Veo una brecha, intuyo el dibujo de un sendero poco
frecuentado; me aventuro y sé que no sería difícil perder el rumbo, pero la
experiencia, desde el inicio, es estimulante. Octavio Paz (marzo) y Julio Cortázar (agosto) nacieron en 1914, como argentino y mexicano representan dos puntas del
continente de nuestras letras, y sus obras son dos estaciones tan luminosas y
gratificantes en la literatura de su siglo; las suyas son literaturas
brillantes hacedoras de belleza y pensamiento. Sin ellos, habríamos gozado
menos, la realidad se hubiera deslavado, sabríamos menos del mundo, de nosotros
mismos.
Sin ellos, sería imposible entender la poesía y el cuento,
el ensayo y la prosa profunda y ágil escrita en español; algunas de sus mejores
páginas, quiero decir, las imprescindibles entre las muchas en verdad brillantes
y notables que escribieron, forman parte de lo mejor de los géneros que
cultivaron y tal vez no sólo de las escritas en nuestra lengua.
Algunos de sus libros los sobrevivirán por mucho, mucho
tiempo. Sin ellos, no se explican sus vidas, no se entiende una parte de nuestro
horizonte cultural. Sus obras son dos puntos fijos y dos caminos. Fueron muy
distintos, sus escrituras apenas conversan, pero convergen en varios puntos que
al unirlos trazan una ruta y muchas preguntas.
Fueron amigos. En los años sesenta, Cortázar visitó a Paz
cuando éste era embajador en la
India. (Existe un video casero en el que bailan con otras
personas en el jardín de la embajada de México en Delhi.) Se estimaron y
respetaron, y se sabe que existe una copiosa correspondencia entre ellos,
cartas que nos revelarán cuando se publiquen la hondura de su conversación y el
diálogo intenso que mantuvieron. La pasión política, otro rasgo común, acabó
por distanciarlos. Tomaron dos caminos opuestos, divergentes al punto de no
encontrar el acuerdo mínimo para el diálogo.
Pero hubo un momento en que dos textos, como dos cometas contemporáneos
y paralelos, irrumpieron e iluminaron con su singularidad y su inteligencia. El mono gramático y Prosa del observatorio son dos paralelas, dos escrituras “hermanas”
que cruzaron el cielo de la lengua y lo incendiaron. Su fulgor es tal que aún
no salimos del asombro.
Esos textos, esas escrituras, relatos que son prosas que son
poemas que son prosas poéticas, revelaciones e introspecciones «suceden» en la
India. Paz hace el camino de Galta («un poblado de ruinas en las cercanías de
Jaipur, en Rajastán») hacia 1968, y Cortázar visita en 1967 el observatorio de
Jai Singh, en Jaipur, y el de Delhi. Tardarían dos o tres años en escribir sus
libros. Paz escribió El mono gramático
en Cambridge, Inglaterra, y está fechado en el verano de 1970. Cortázar firmó Prosa del
observatorio en París y Saignon, Francia, en 1971. Americanos, fueron al otro lado del
mundo, la India, para luego escribir su experiencia en Europa.
No es fácil encontrar dos libros con esa fuerza y esa
maestría; dos escrituras tan ceñidas que
renovaran la lengua. Por raros y singulares (empezando por sus respectivas
obras completas), por irrepetibles, son dos impecables trayectorias paralelas.
La correspondencia y equivalencia en la intención, en la
intensidad de esas prosas poéticas, tan lejanas y en contrapunto de El mono gramático y Prosa del observatorio son pasmosas. Brillan en lo más profundo de
la sabiduría vital de Octavio Paz y en la vitalidad fantástica de Julio
Cortázar. Paz, camina y descubre, se asombra, encuentra; Cortázar parte de la
imaginación y lo fantástico para encontrar la realidad. Paz avanza y cuenta,
canta; Cortázar imagina y crea mientras sueña.
¿Por qué un santuario en ruinas, plagado de monos y
mendigos, y un observatorio en ruinas, ambos en la India, despertaron la
voluntad de escrituras tan extrañas como maestras? Ambas tienen, además, ilustraciones
y fotografías que no son accesorias sino esenciales de los libros.
¿Alguna vez se habrán propuesto, habrán comentado, la
intención de hacer textos de escritura pura, libre, a partir de lo que los
movía y entusiasmaba? ¿Cómo explicar las coincidencias, que apuntan al Norte de
la escritura pura, desnuda, en su más alta intención e intensidad? Es difícil
imaginar dos prosas más distintas y al vez más contenidas, plenas de intención,
abismales y profundas.
El mono gramático
y Prosa del observatorio son viajes, caminos,
encuentros, hallazgos, promesas, palabras, imaginación, deseo, historia y
trayecto personal, monumentos verbales majestuosos erigidos a partir de ruinas
de sitios sagrados y centros astronómicos, donde se busca el camino espiritual
y se trazan los mapas de las estrellas. En ambos hay animales (monos;
anguilas), está el pasado y la naturaleza, el erotismo, el yo y el presente,
los otros y una visión de futuro.
El de Cortázar es un texto político: cree en un futuro
utópico. El de Paz, una revelación del yo en todos los hombres. En ambos, hay
algo sagrado, algo aún o resuelto y descifrado. Textos hermanos en su espíritu,
escrituras eléctricas conductoras de inteligencia. Sabiduría hecha palabra,
revelación imaginada; prosas magníficas aladas de poesía.
Estos textos podrían decir mucho de las razones y sinrazones
de la amistad entre Paz y Cortázar. Dos creadores impecables, diversos,
profundamente afines y diferentes; dos contemporáneos que dialogaron.
Estos textos equivalentes en sus respectivas obras, son
piezas raras, únicas, misteriosas. Dos estadios perfectos de la revelación del
hombre por la escritura. Escritura en estado literal o químicamente puro.
Algunos hombres iluminados, a veces, cuando escriben, lo hacen como lo dioses.
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