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2 de marzo de 2014

Las cartas de amor de Gilberto Owen

Algunos poetas alcanzan el momento más alto de su poesía, el cenit de su poética, en sus cartas. No me refiero a sus mejores versos, a esas palabras impecables que guardamos en la memoria y citamos, y  que con frecuencia son objeto de estudios y ensayos, sino al estado de gracia en el que dicen, a vuela pluma, en una línea apresurada, la verdad de su alma.

Gilberto Owen, poeta, se enamoró de Clementina Otero en 1928. Es una historia conocida y bien documentada. Ella era actriz y cantante; él poeta a punto de partir de México (para siempre) al inicio de su carrera diplomática. Ella tenía dieciocho años; él apenas contaba veinticuatro. Entre abril y noviembre el joven poeta enamorado (con frecuencia, esas tres palabras, al menos por un instante, nombran y dicen lo mismo) escribió una serie de cartas de amor por las que también es recordado.

Me muero de ‘Sin Usted’ (Siglo XXI) recoge esas cartas que Clementina conservó con celo toda su vida, mucho años después de que recibiera la última carta, del fin de su trato personal y epistolar con Owen. Ella guardó esas cartas rudas a pesar de no amarlo, pero sin duda sabía que en ellas había algo de Owen que no sólo a ella le pertenecía. Dice con lucidez: «Amaba su poesía, amaba al poeta, mas no al hombre.»

En una tarde calurosa de domingo, leo e imagino. Leo y supongo que Owen no era un galán gentil y amable, seductor de damas por su cortesía: «Ya sé (y lo sospechaba de antemano) que el tratar de conocerla me separó de usted inefablemente", le dice en una de sus primeras cartas. "Y me alejo de usted al adentrarme en su vida, porque usted está sólo en su superficie.»

Si Gilberto Owen tenía una táctica para enamorar a Clementina, decidió prescindir de las palabras dulces, los requiebros, las sutilezas: «Una vez hablamos de intentar yo conocerla, no teniendo llave de amor suyo, por el ojo de cerradura del amor mío nomás [...] Y cuando después estaba espiando, usted de otro lado cogió un largo alfiler para pincharme el ojo. Me refiero así, a que todas las veces que he tratado de abordarla anunciándoselo, usted se ha defendido contra mi ternura mañosamente. Tuve así que preferir entrar por la ventana, y como soy poco ágil, me he caído y seguiré cayendo en usted no sé cuánto».

El poeta no le oculta sus temores a su amada: «Alguna vez me he puesto a pensar angustiado, en lo espantoso, en lo monstruoso que sería un noviazgo entre nosotros.» «La vergüenza me golpea en lo único firme, mi amor a usted.» Y el orgullo, que tantas veces habla en el nombre del amor, dice: «Y sólo me consuela no deberle ninguna felicidad.» «Y yo enloquecería, no de que usted no me ame, sino de no amarla a usted.»

También la franqueza y la desesperanza hablan por el poeta: «Es usted obscura. O no, sino obscurecedora.» «Y yo, que estaba diciéndole hace un momento a Dios, agradecido, que no merecía la fortuna de amarla como la amo, me hallo de pronto sin nada sin saber lo que amo, sin saber si amo, con las manos vacías de haber querido apretar puñados de aire. Y yo me odio profundamente.»

Si la estrategia era sacudirla, provocarla, moverla por la inteligencia, Owen tenía su repertorio y le decía lo que probablemente nadie nunca más le dijo a Clementina: «Además, físicamente no es usted el tipo de mujer de la que yo deseaba enamorarme. Me parece usted hermosa, y ahora tengo que empeñarme naturalmente en encontrarle nuevos atractivos cada día.»

Owen, pasa de la exaltación de la amada, para la que tuerce los pronombres y lastima la sintaxis, y pasa de lo ordinario intrascendente y la frase relámpago, a la declaración abierta y el juego de las formas. Desesperado, pasa de la oración amante y el recuerdo pueril a la frase ambigua y la gravedad. «Hubo un momento en que usted me habría atraído por su apariencia saludable, y yo tan enfermo; pero cuando he descubierto que usted lo está tanto como yo, y a pesar de ello he seguido enamorado, he tenido que ponerme a buscar por otro lado.»

Contradictorio, atormentado, apasionado, Owen está en sus cartas de cuerpo entero. No oculta, todo lo contrario, su condición: «yo enamorado y usted inhumanamente, casi divinamente helada, no es extraño».

No falta una amenaza, por suerte falsa: «Le voy a ser fiel un año. Al año me enamoraré de la muerte y me pegaré un balazo.» No hacía falta el arma de fuego. Owen morirá un poco, y no será el mismo cuando termine el año. Habrá muerto de Clementina. La oración emblema debe tomarse en serio: «Me muero de ‘sin usted’».

Sin ella se sabe perdido, y encuentra consuelo en su razón de amor: «Amar no es nada. Lo que importa es saber que se ama.» «Clementina: la adoro sin a pesar de nada». Y le advierte que lo suyo no son sólo palabras: «usted sabe mucho de literatura para saber que ya no hago literatura.»

El poeta quiere a la amada como su poesía. Le gustaría fundirlas, ir de una a otra. Le confiesa a Clementina: «La inhumanidad se la atribuía un poco con índole literaria, por saberla igual a como yo quería mi poesía. Luego me he ido acostumbrando a quererla igual a usted.»

«La invito a mi vida. Es cómoda, apacible, y dura y agitada. Nunca aburrida. No soy egoísta, no ronco y no atropello a las gentes sino a la entrada del subway» es una de las propuestas más sinceras, con datos biográficos importantes, que debe ser considerada en su brevedad y concreción como una de las piezas más  escuetas y originales en los anales de las peticiones matrimoniales y la literatura amorosa.

Pero el amor consume al poeta, su paciencia se agota, y desde Nueva York dice en una de sus últimas cartas: «La odio y no me importa que a usted no le importe. Mi odio es gratuito y absoluto [...]  Y no necesito ya nada de usted que ser el objeto, la cosa, el blanco negro de mi odio. Y este odio me salva y me llena y me basta y sólo sería mayor mi alegría si la supiera a usted más miserable que yo mismo.»

Palabras rudas, duras. Impropias de un caballero, expresión de un hombre desesperado. Unos mueren de sed, de odio, de amor. Owen murió de sin ella. «Me muero de ‘sin usted’ es todo un lema y una declaración de principios y una fe y una biografía amorosa.

Luego, el silencio.

Dice Clementina Otero en el libro: «Más tarde, empecé a necesitar sus cartas, las esperaba con ansiedad, acaso con cierta ilusión. Mas no estaba segura de que fuera amor, ¿amor? “Por siempre jamás. La adora G. O.”: fueron sus últimas palabras en su última carta. Se fue y no llegue a su vida. ¿Se fue huyendo de mi desamor? No lo supe: sólo sé que en su última carta se sentía culpable, tal vez por haber encontrado otros amores, o por haber perdido la esperanza de esperarme.»

24 de diciembre de 2013

El telegrama electrónico

Cuenta Saint-Exupéry que el Principito tenía que arrancar cada mañana los brotes de los dañinos baobabs, pues si no se eliminan en cuanto brotan, ya no será posible deshacerse de ellos. «Es una cuestión de disciplina», dijo el Principito. «Después del aseo personal por la mañana, es necesario limpiar el planeta. Hay que arrancar los baobabs tan pronto como se les distingue de los rosales. Es un trabajo aburrido pero muy sencillo.»

Ante esa lección tan sabia y prudente, ante ese ejemplo de perseverancia, cada mañana limpio la bandeja del correo de todos esos baobabs electrónicos, el spam y otras malas hierbas que llegan todos los días con implacable constancia.

El correo electrónico, al que muy bien podríamos llamar telegrama electrónico en cumplimiento riguroso de su etimología griega (tele: lejos; grama gramatos: letra) y para recuperar una palabra que se nos va quedando vieja, en desuso, en las novelas del tiempo de los abuelos o bisabuelos. Esos mensajes escritos a máquina por el telegrafista, con las palabras contadas (se pagaba por palabra) solían tener algo de mensaje críptico o casi secreto, sin artículos y con abreviaturas no siempre del todo claras.

Con frecuencia eran mensajeros de malas noticias, al menos urgentes, porque la primera virtud de la telegrafía era una oportunidad, la rapidez, la eficiencia con que se enviaba el mensaje por escrito. Claro que esa rapidez nada tiene que ver con la inmediatez del correo electrónico y sus primos hermanos, otros sistemas de mensaje de texto que se envían en lo que dura un parpadeo.

Anacrónicos, fuera del ritmo de los tiempos, tenían un encanto y una materialidad, una condición física que nada tiene que ver con lo que se dibuja y deshace al instante en una pantalla. A veces, los telegramas eran portadores de noticias decisivas, tanto que se guardaban toda la vida, y de pronto aparecían en los cajones, doblados, con el papel amarillo y quebradizos al tacto, a los ojos curiosos y entrometidos de los hijos y los nietos.

Recibir un telegrama, ya no digamos una de esas cartas dibujadas con caligrafía admirable y sin faltas de ortografía, era un motivo que distinguía el día, un tema de conversación, una razón para pensar en ello, en la respuesta justa.

Abro el correo electrónico e imito al Principito en las tareas de limpieza. Recibo textos apresurados y utilitarios, mensajes de felicitación que se envían en serie. No es nada personal, pero haría falta enviar cartas con paloma mensajera, cifrados con un código de la Segunda Guerra Mundial, con un anexo con consejos para hornear pasteles impecables o con el verso que nos sacuda y sea el motivo a recordar al menos por un día.

No es simple nostalgia y añoranza del papel, de esa rotunda presencia física que le daba a los mensajes una dignidad que ya no tienen entre tanta virtualidad y evanescencia. El papel y la tinta, los rasgos humanos, también eran el mensaje. Estamos en el fin de un horizonte tecnológico de enormes consecuencias para la cultura. “Hoy recibí un telegrama o una carta”, solíamos decir; si eso sucediera hoy, lo diríamos con una sonrisa, una sin pixeles ni códigos ni hologramas. 

4 de agosto de 2012

After shave

Una de las más asombrosas propiedades de la literatura es encontrarla ya escrita por otro tal como uno la imaginó, como a uno le hubiera gustado escribirla. A veces la literatura aparece nítida en la página de un libro escrito por otro y allí están las palabras que expresan nuestra emoción y nuestro pensamiento.


Las mañanas son la mejor hora del día para estas revelaciones, en particular mientras frente al espejo uno se unta la cara con crema de afeitar como un payaso. Uno piensa ráfagas deshilachadas de pensamientos trascendentes, reflexiones graves, versos sonoros, nebulosas verbales que deberían tomar su forma definitiva en una oración completa. Luego, un instante después, se van por el caño con el agua sucia de barba y crema de afeitar.

Entonces, en esa misma mañana, con la cara bien afeitada que todavía huele a loción, aparecen, con la expresión justa y lúcida, bella y completa, aquel verso, aquella idea que uno no escribió pero intuyó frente al espejo. 

Eso sucede de vez en cuando, pero a casi diario vuelve ese juego de miradas con el espejo, ese ocultar mi propio rostro de mi mirada con la crema que me da la apariencia de otro, que me hace otro por un momento, uno que conozco pero no siempre reconozco, uno que me dice cosas que me dolería decírmelas cara a cara.

Entonces, aquello no escrito, toma forma en las palabras de un poeta. Yo he pensado y sentido lo que Pedro Salinas le dice a Katherine Whitmore el 3 de marzo de 1933 sobre las propias cartas de amor que le escribía:

«[...] Me levanto pues, y el día me trae, como una luz, la iluminación sobre mi carta de hoy. Un momento fecundísimo en la elaboración espiritual de la carta es el de (sí, no te burles de mí) afeitarme. Fue siempre muy importante en mí: al afeitarme, en esa operación terrible en que el hombre tiene que enfrentarse consigo mismo a diario, cara a cara, arrostrar su mirada, y verse en un espejo trágico y grotesco a la par, con esa cara recién salida del sueño y esa espuma blanca por la faz, algo entre espectro de sí mismo y clown, se me han ocurrido siempre grandes cosas. Proyectos prácticos, poemas, novelas, soluciones o dificultades, no sé […]. Y lo curioso es que luego, en el taxi que me lleva a mi despacho, voy pensando en lo mismo y el color del día, el tono de luz, lo que veo por las calles, concurre todo al mismo punto. Pero luego pasa algo inesperado y siempre repetido, aunque sea paradójico, y es que al coger la pluma escribo otra cosa completamente distinta, inspirada por el instante, revelación súbita rayo del cielo. ¡Abajo se hunde toda la preparación!»

Yo debí haber escrito aquí de otra cosa. Salinas, imponente poeta, no deja de sorprenderme, de decirme mucho, en sus poemas y en sus cartas. Yo sé de qué habla el poeta. Lo he sentido frente al espejo y lo he vivido after shave esta mañana.

20 de febrero de 2011

El coronel y su mujer

No sé si el Quijote que yo veo y percibo es exactamente igual al tuyo, ni si uno y otro ajustan del todo dentro del Quijote que sentía, expresaba y comunicaba Cervantes. De aquí que cada ente literario esté condenado a una vida eterna, siempre nueva y siempre naciente, mientras viva la humanidad, escribió Alfonso Reyes en “Apolo o de la literatura” (ensayo de mil novecientos cuarenta), mucho antes que egregios profesores franceses descubrieran que todos leemos de distinta manera. 

Ahora yo me demuestro, gracias también a Heráclito, que no es posible leer dos veces el mismo texto: la escritura permanece, el lector cambia y no cesa de cambiar. El poema de anoche, palabra a palabra, ya no me dice lo mismo. Ya no soy el que fui ayer.

Desde que leí por primera vez El coronel no tiene quien le escriba, su contundencia e intensidad me parecieron el modelo de cierta literatura que me gusta mucho desde mi primera juventud. He vuelto a leer esa novela tres o cuatro veces a lo largo de los años, y si bien es cierto que en cada lectura pareciera que la trama ha cambiado un poco con respecto al recuerdo que tenía de ella, y que pareciera que destaca algún detalle antes inadvertido que enriquece un personaje, ahora leo y encuentro otro libro. García Márquez cuenta una historia que yo no había visto. 

Es cierto que durante cincuenta y seis años el coronel no hizo otra cosa que esperar, como muchos años esperó el coronel Nicolás Márquez, abuelo del escritor, una carta que confirmara su grado y sus servicios para poder cobrar una pensión; que allí están las guerras civiles, la dictadura, el coronel Aureliano Buendía y Macondo, el trabajo político y clandestino, la geografía, la lluvia, la vida del pueblo, el servicio del correo, el gallo y los gallos, las peleas, la ilusión de la lotería de las apuestas, los otros personajes, la amabilidad del médico, el compadre rico y miserable, los amigos de Agustín, el hijo muerto del coronel.

Allí están la necesidad y la dignidad del coronel, su bondad, su timidez, su miseria y sus sueños, su espera contumaz que supera cualquier plazo razonable. Todo eso está en su lugar, pero ahora he visto a la esposa, esa mujer a la que el asma no ha minado su entereza, su fortaleza, su carácter. Ella es mucho más fuerte que el coronel. Ella es lúcida y tiene los pies en la tierra; él es ingenuo y débil.

Esta novela corta, ejemplar y admirable, es también la historia de la relación, dulce y áspera, conyugal, del coronel con su mujer: la ternura y el altruismo, el destino común que acerca pero no funde dos vidas, la lucha paso a paso, día tras día, la rivalidad y la costumbre, el pasado común, el hijo muerto, el hambre compartida, el compañerismo cotidiano.

La novela empieza cuando el coronel le da a su mujer una taza de café preparado con la última cucharadita del polvo que quedaba en el tarro, y termina con la rebeldía del coronel, con una explosión de cólera con su mujer. Esa relación conyugal, sus discusiones y desacuerdos, es la novela. 

Mientras transcurre ese matrimonio, pasa la vida: viven el duelo del hijo muerto, se mueren de hambre, riñen. Ella soporta estoica su sino, pragmática, piensa en el futuro y quiere que su marido entre en razón; el coronel sueña despierto que su gallo ganará una pelea y espera, espera a lo largo de los años, una carta que nunca llega.

5 de enero de 2011

Noche de Reyes

La epifanía para mí, ahora, sólo puede ser la alegría, la perfecta ilusión de mi hija con la que espera los juguetes que les ha pedido a los Reyes Magos con caligrafía preescolar en una cartita que es en sí misma un regalo para su padre, una muestra impecable de la candidez y la creatividad infantil.

Esta noche, en algún momento (la imaginación casi siempre sugiere que de madrugada, muy cerca de la hora del amanecer) harán su aparición mágica de cada año, cumplirán su cita con la inocencia iluminada y la emoción perfecta. Mañana, volverá a cumplirse el milagro de ese prodigio, tan encantador como increíble, pero verosímil, que quizá la suya sea la visita más viva y sugestiva del imaginario del mundo occidental. ¡Ay de aquel que no se haya emocionado hasta el delirio con la visión sobrenatural de descubrir un regalo real al pie del árbol de Navidad la mañana de algún 6 de enero de su primera infancia!

Recordar al niño que fui, al filo de los siete años que tiene mi hija, el que tuvo la alegría, la perfecta ilusión, es un ejercicio de nostalgia no apto para sentimentales. La epifanía es el milagro que se repite en otros, que la viven intacta, generación tras generación, como otros lo hicimos y otros, antes, lo hicieron: como una aparición mágica y uno de los momentos dorados, de salvaje felicidad de la infancia.

Pero un día se acabará, los años están contados, tarde o temprano para cada uno se romperá el encanto, se revelará triste la verdad, que suele ser uno de los primeros descalabros inolvidables y definitivos, como la decepción amorosa o el descubrimiento de la injusticia, en el duro aprendizaje de la vida.