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22 de abril de 2014

La bugambilia

En el jardín florece la bugambilia. Y un amigo que vive en Hungría me escribe que no basta con viajar al norte en primavera para comprender el prodigio de la naturaleza. Resulta, dice, que hace falta vivir el invierno, seis meses sin sol, el frío y la nieve para comprender cabalmente el sentimiento de resurrección que hay en Wordsworth, en Keats, en Hauptmann. No le falta razón, y sin embargo la primavera también se nutre de lecturas y recuerdos.

Desde la ventana de la sala veía la bugambilia en la casa de mi infancia. Cubría un muro de ladrillos rojos, tosco, que casi nunca tenía ocasión de mostrar su fealdad. La bugambilia era una fiesta, un derroche, una explosión colorida y silvestre que nadie tocaba por inaccesible, que colgaba y extendía algunas ramas casi al alcance de mi mano. Sus hojas, cuando caían, encendían el suelo de color.

Luego se convirtió en un asunto filológico. Como un tan Louis Antoine de Bougainville la llevó a Francia desde América, le dieron su nombre. El Diccionario la llama buganvilia o buganvilla (el género es: Bougainvillea), y también he visto su nombre como bugambilla. En otros países americanos recibe otros nombres. Pero ninguno tiene el color tan intenso ni la solera de bugambilia.

La lujosa mancha de vino de la bugambilia sobre el muro inmaculado, blanquísimo, dice Octavio Paz. Leo y me detengo, voy de la lectura al final de la casa, y luego a aquella lejana ventana de la sala. La bugambilia me acompaña, está conmigo, frente a mí: en el jardín de mi casa, en el poema, en el recuerdo y la memoria de la infancia.

5 de enero de 2011

Noche de Reyes

La epifanía para mí, ahora, sólo puede ser la alegría, la perfecta ilusión de mi hija con la que espera los juguetes que les ha pedido a los Reyes Magos con caligrafía preescolar en una cartita que es en sí misma un regalo para su padre, una muestra impecable de la candidez y la creatividad infantil.

Esta noche, en algún momento (la imaginación casi siempre sugiere que de madrugada, muy cerca de la hora del amanecer) harán su aparición mágica de cada año, cumplirán su cita con la inocencia iluminada y la emoción perfecta. Mañana, volverá a cumplirse el milagro de ese prodigio, tan encantador como increíble, pero verosímil, que quizá la suya sea la visita más viva y sugestiva del imaginario del mundo occidental. ¡Ay de aquel que no se haya emocionado hasta el delirio con la visión sobrenatural de descubrir un regalo real al pie del árbol de Navidad la mañana de algún 6 de enero de su primera infancia!

Recordar al niño que fui, al filo de los siete años que tiene mi hija, el que tuvo la alegría, la perfecta ilusión, es un ejercicio de nostalgia no apto para sentimentales. La epifanía es el milagro que se repite en otros, que la viven intacta, generación tras generación, como otros lo hicimos y otros, antes, lo hicieron: como una aparición mágica y uno de los momentos dorados, de salvaje felicidad de la infancia.

Pero un día se acabará, los años están contados, tarde o temprano para cada uno se romperá el encanto, se revelará triste la verdad, que suele ser uno de los primeros descalabros inolvidables y definitivos, como la decepción amorosa o el descubrimiento de la injusticia, en el duro aprendizaje de la vida.