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30 de mayo de 2025

Pardear la tarde

Pardear, como fin de la tarde, oscurecer, caer la noche, es una expresión mexicana, al parecer de origen campesino o rural. Supongo que su encanto y delicadeza para nombrar un suceso antes que una hora del día, le dieron una dignidad que la llevó a inscribirse en la alta literatura. 

También ha corrido con buena fortuna entre los diccionarios y los académicos, que la tratan con respeto y la definen con razonable corrección.* Su frágil versatilidad la ha llevado a ser considerada una locución adverbial o un verbo intransitivo. 

De cualquier modo, tengo la impresión de que su uso decae, tanto en el habla popular, urbana o campesina, como en la literatura. Tal vez este apunte es también un tímido lamento, una leve defensa de su causa. 

Consigno aquí los registros que tengo de su encuentro, cuando me sale al paso en la lectura. No aspiro a una investigación filológica, ni a una consigna en forma de su uso y frecuencia. Y añadiré con alegría otros felices encuentros como hallazgos. 

Registro aquí a tres autores mexicanos que la celebraron en obras que están a mi alcance. Se echa de menos que no aparezca en la obra de Alfonso Reyes, pero la cultura popular y del campo  no era la especialidad de don Alfonso, sino todo lo contrario, que hizo de la celebración de la alta cultura y de Grecia su vocación y su obra. Esto podría explicar esa ausencia, y también que se fue muy joven del país y que estuvo en el extranjero cerca de un cuarto de siglo. 

No he revisado las obras de Juan José Arreola, autor con el que me parece que podría haber una firme afinidad. Por supuesto, debe aparecer en los libros de otros muchos autores, y entre los citados, debe estar también en otras páginas. 

Pardear, el pardear, al pardear, me ha salido al paso aquí: 

Juan Rulfo escribe en el cuento «El llano en llamas»: «Se les veía la cara prieta entre el pardear de la tarde.» En «¡Diles que no me maten!»: «Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado.» En Pedro Páramo: «Pardeando la tarde, aparecieron los hombres.»

Martín Luis Guzmán lo expresa así en las Memorias de Pancho Villa: «Al pardear la tarde salí con mi gente y el 7° de Caballería.»

Octavio Paz, en el poema «Conscriptos U.S.A.», dice: «—Pardeaba. Les dije entonces:»

Al parecer, el uso más extendido es pardear, pardeaba, pardeando... la tarde. 


______________________

* El Diccionario de la lengua española, de la RAE, recoge al pardear como locución adverbial de México: «Al atardecer, al anochecer, al oscurecer.» (Definición que da Guido Gómez de Silva en su Diccionario.)

Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española: a || al pardear, es una locución adverbial usada en México: «Al atardecer, al anochecer, al oscurecer.»

María Moliner, en su Diccionario de uso del español, dice que pardear es atardecer en México.

Manuel Seco et al., no recogen la palabra en la acepción de este apunte en su Diccionario del español actual.

Pardear para el Diccionario de variantes del español es un verbo intransitivo usado en México: «Anochecer – Atardecer – Oscurecer». «No tenemos todo el tiempo del mundo, la tarde ya está pardeando. Piñera, Falsas 234.»

Guido Gómez de Silva incluye en su Diccionario breve de mexicanos a la locución al pardear, como «al atardecer, al anochecer, al oscurecer.»

Al pardear, para el Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua es una locución adverbial rural que dice: «Al atardecer, al oscurecer.» «Nos fuimos al pardear el día.»

Para el Diccionario del español de México, de El Colegio de México, pardear es un verbo intransitivo (se conjuga como amar): «Comenzar a oscurecer al final de la tarde: “El jacal del viejo Maclovio se vio concurridísimo desde que empezó a pardear.”»

1 de mayo de 2020

Augusto Monterroso

De un viejo cuaderno sale este apunte, que me trae un recuerdo cada vez menos nítido en el tiempo pero más afectuoso.

Tito Monterroso ha hecho de la brevedad, en realidad de la precisión, de la intensidad y de la riqueza de sentidos su gran legado literario. Tal vez todo eso pueda calificarse con dos palabras: lucidez y autocrítica. Al parecer, nunca ha tenido prisa por publicar, lo que es bastante extraño en su gremio.

Pero ahora que lo pienso, acusa otras conductas bastante atípicas entre los escritores. No le gusta dictar conferencias, al parecer por timidez, y las entrevistas tampoco le agradan demasiado, al menos no busca desesperadamente hacer declaraciones y pronunciamientos; aunque su obra ya no es brevísima sí es un breviario de al menos dos géneros, y me parece que entre nosotros sólo Rulfo escribió y publicó menos que él.

Diría que no le interesa pasar por increíblemente inteligente, grave y profundo, ni le interesa presumir que ha leído y lo conoce todo. Más raro aún es que nunca, en todas las ocasiones que he conversado con él, ha hablado mal de otro escritor. No sé si lo haga, al menos yo no lo he escuchado hacerlo, situación que para mi experiencia con escribidores de todo calibre lo coloca en una categoría inédita, digamos que la inaugura y de momento me parece que es el único de la lista.

Si tuviera hoy que elegir entre alguno de sus libros, me inclinaría por La letra e, que lleva por subtítulo Fragmentos de un diario, no porque lo considere el mejor, que podría serlo, sino porque hoy es el que a mí más me dice, el que más me aproxima a mis intereses.

Hablando de Monterroso recuerdo aquella anécdota de Alfonso Reyes, que le recomendaba al joven poeta que le pidió una guía de lecturas: «Empiece por saberlo todo.» Así, es recomendable empezar por leerlo todo, porque su obra es abarcable y muy disfrutable, y no sería extraño que alguien, una vez leídos de un tirón, uno tras otro sus numerables libros, dijera como el narrador del Quijote, que el gusto de leer se volvía disgusto por leer tan poco.

27 de diciembre de 2019

Alfonso Reyes: sesenta años

Hace sesenta años murió Alfonso Reyes. Y si la vida literaria de un escritor se mide por sus lectores y su huella en el tiempo, su enorme y monumental obra está por fallecer; me refiero al ámbito vital de las letras que nos mueven y conmueven (su obra seguirá siendo estudiada por académicos y filólogos que tal vez hagan de ella su objeto de estudio, el tema de su vida profesional). 

La obra de Reyes puede ser también un indicador que revele el movimiento del gusto literario y el devenir del mundo en el último medio siglo. Basta pensar en los años sesenta para imaginar la enorme distancia que se abre entre el mundo de Reyes (clásico, elegante, lúcido, culto, formal y, sobre todo, deslumbrante en su inteligencia y erudición) y el río revuelto de nuestros días, plenos de frivolidades, intereses inconfesables, movimientos tan políticos como incorrectos y certezas tan frágiles y etéreas que no acabamos de conocerlas cuando ya se desvanecieron. 

La obra de Reyes no es para estos tiempos (ya no se encuentran, incluso en librerías del Fondo de Cultura Económica, sus libros), y es imposible pensar a fondo en medio del ruido. Y también es muy difícil saber qué hemos perdido, qué podría darnos todavía, si casi todo es confuso y procaz y desechable. 

Pero a pesar de todo lo que en esa obra prodigiosa ya no nos mueve ni nos ilumina, de todo lo que se ha quedado atrás, es imposible no sentir la orfandad de que algo irrepetible se ha perdido, algo se nos ha escapado.

En este Cuaderno de bitácora no hace mucho escribí:

«La obra de Reyes, lúcida e intensa como pocas, inteligente y erudita como ninguna, se desvanece acaso sin remedio (como las Humanidades y los estudios que cultivó). Reyes es ya un autor de museo, de filólogos, historiadores y gramáticos especializados, y a pesar de que sus obras completas, parte de su correspondencia y diarios están editados y a veces se encuentran en las librerías, casi nada le dicen ni mueven a los lectores de hoy. Reyes no tiene quien le lea.»

Sí. Alfonso Reyes ya no tiene quien lo lea. Y no puedo dejar de lamentar que algo muy valioso hemos perdido.

21 de octubre de 2019

Borges y Reyes

Se conocieron cuando éste era el embajador de México en Argentina, a fines de los años veinte. Si sólo escribo la palabra «Borges», sin sus nombres de pila, no hay equívoco posible; si sólo escribo «Reyes», no estoy seguro de que se reconozca a quien me refiero, con la misma certeza universal.

Borges y Alfonso Reyes cultivaron una amistad intensa, epistolar durante muchos años, hasta la muerte de Reyes, sustentada en la simpatía, en su implacable amor por los libros, y en la mutua admiración.

Borges consideraba a Reyes el mejor estilista de la lengua; Reyes correspondió a la altura, e hizo de su amigo un protagonista de su tertulia, célebre en Buenos Aires y más allá. Borges dice en un poema uno de los más grandes elogios posibles a un contemporáneo (Reyes era diez años mayor) al que consideraba su maestro:

«Reyes, la indescifrable providencia / Que administra lo pródigo y lo parco / Nos dio a los unos el sector o el arco, / Pero a ti la total circunferencia. / Lo dichoso buscabas o lo triste / Que ocultan frontispicios y renombres:/ Como el Dios de Erígena, quisiste / Ser nadie para ser todos los hombres.»

Fama y gloria aparte, vanas y engañosas, díscolas y esquivas, Borges es un autor leído y traducido en todo el mundo, celebrado y comentado; tiene imitadores y continuadores, parodiadores, seguidores y enemigos. Parece que la obra de Reyes, y con ella su nombre, su memoria y su legado, se aproximan al olvido.

La obra de Reyes, lúcida e intensa como pocas, inteligente y erudita como ninguna, se desvanece acaso sin remedio (como las Humanidades y los estudios que cultivó). Reyes es ya un autor de museo, de filólogos, historiadores y gramáticos especializados, y a pesar de que sus obras completas, parte de su correspondencia y diarios están editados y a veces se encuentran en las librerías, casi nada le dicen ni mueven a los lectores de hoy. Reyes no tiene quien le lea.

Acabo de visitar la llamada Capilla Alfonsina, la casa de Reyes en la colonia Condesa en la Ciudad de México, que funciona como museo (aguarda la hora de una intensa y necesaria, más: urgente renovación museográfica, además de la digitalización de los miles de documentos) con un grupo de jóvenes que inician sus estudios de letras. Esa generación nació cuarenta años después de la muerte de Reyes: unos pocos tenían alguna referencia, la mayoría no sabía quién fue Reyes: ninguno lo había leído.

Hugo Hiriart, con perspicacia, se dio cuenta de ese asimétrico contrapunto entre dos escritores, de los dos extremos geográficos americanos de la lengua, que representan dos puntos brillantes y fijos en el cosmos literario de la lengua.

En El arte de perdurar (Almadía) Hiriart busca y explora las razones del auge o éxito borgiano y el declive de Reyes. Dice que Reyes tuvo «maestría» pero no «representatividad», y no logró personalizar su conocimiento y erudición. Borges, en cambio, hizo de Borges su primer personaje e hizo una literatura luminosa y singular.

Aunque su libro ya sea imprescindible para el tema, las razones de Hiriart no acaban de convencerme. No le falta razón, pero no termina de explicar ese abismo en la recepción de las dos obras, a las que apenas les encuentro puntos de comparación.

Creo que son obras muy distintas. Reyes fue un maestro que enseñaba Grecia y retórica, gramática y filología, además de cultivar la poesía y escribir algunos relatos, que no gozan del encanto de los de Borges.

Reyes fue un humanista que cultivó el ensayo duro, el artículo profundo, que nunca interesaron al lector común. Los ensayos más ambiciosos de Borges se leen, lo he visto, como ficciones. El cultivo ejemplar de la lengua es una característica que comparten, sin embargo sus obras han transitado por senderos que se bifurcan. Reyes cultivó como pocos la erudición; Borges, la imaginación.

Existe un tomo con la correspondencia entre Reyes y Borges. Valdría adentrarse para conocer las opiniones y comentarios de sus obras, su acompañarse en sendas aventuras intelectuales a lo largo de poco más de treinta años. Como muestra basta una carta:

En una fechada en Buenos Aires el 14 de marzo de 1957, Borges se dirige a Reyes como «querido maestro y amigo» y le anuncia el envío del «primer número de La Biblioteca, inferior, como todas las obras humanas, a nuestras esperanzas». Luego promete el envío de un ejemplar del «trabajo didáctico sobre Lugones que hice con Bettina Edelberg».

En su correspondencia no faltan los comentarios bibliográficos, las noticias de envío de ejemplares de sus obras y comentarios sobre libros. Si la Biblioteca era el universo, sabían que en el firmamento brillarían con luz propia las estrellas, sus mismos escritos, que ellos sumaban a esa galería infinita.

Al final de la carta aparecen las menciones de amigos y algo personal, un toque de vida: «El País y yo lo extrañamos minuciosamente. Mis ojos no me dejan escribir y tengo que dictar esta carta y borrajear, acaso ilegiblemente, esta firma.»

Y bajo una firma en la que sería muy difícil reconocer las palabras «Jorge Luis Borges», una postdata, una línea, que es toda la carta: «La lectura de su obra es una de mis grandes alegrías.»

Borges sabía, y habrá que decirlo una vez más: el fin es el olvido. Pero, ¿qué pensaría del destino de la obra de su amigo y maestro, al parecer sin redención, condenada e ignorada, como caída en un pozo insondable, esa que era una de sus grandes alegrías?

16 de enero de 2018

Un rostro para siempre

Tarde o temprano llegamos a una edad en la que tenemos el rostro por el que somos reconocidos o recordados. Una fotografía basta para fijar nuestra imagen y mostrar quienes somos. Otras fotografías son como variaciones de aquella que nos representa. El hecho es interesante porque el rostro, al igual que el resto del cuerpo y el pensamiento y el ánimo y el alma no cesan de cambiar.

Algunos niños ya tienen en la primera infancia los rasgos definitivos de la edad adulta, y podemos reconocerlos a primera vista en una vieja fotografía. Otros, en cambio, no son identificables en esa foto amarillenta y tenemos que preguntar cuál de esos párvulos es nuestro abuelo. Algunos rostros muestran muy pronto lo que serán; otros, se perfilan y definen con los años, a golpes de vida y tiempo.

Rimbaud siempre será por antonomasia el adolescente de mirada diabólica, y a Borges siempre lo pensamos viejo, ciego, ingenioso y lúcido (no siempre fue así: no podemos imaginar a Rimbaud viejo, y nos cuesta  mucho imaginar a Borges niño).

Alfonso Reyes llevaba en la billetera una foto de sí mismo cuando tenía un año de edad ( él consideraba que fue su mejor momento), y se nota que le faltaba mucho para ser el gran ensayista y maestro del estilo. Y ya con sus años, cuando las fotos lo muestran sin posibilidad de error, en otra foto lleva en brazos a un niño muy pequeño que por ningún lado deja ver que será el novelista Carlos Fuentes.

El rostro de cada uno es un misterio y un plano formidable, una biografía cifrada. Una sucesión de fotos de un mismo rostro, a lo largo de los años, revela mucho más de lo que a veces quisiéramos. Pareciera que la experiencia de vida se asienta en la cara de manera más rotunda y definitiva que en las memorias y biografías y los diarios y los curículum vitae.

El rostro devastado por el tiempo de una actriz célebre de hace cincuenta años es tan impresionante y los cambios tan profundos que puede tornarse irreconocible para los que tienen fija en la memoria aquella imagen de juventud, cuando era una diosa del cine. A ella, ¿qué momento de su vida, qué edad la representa? (Marilyn Monroe, con su muerte prematura, se libró de ese dilema.) No sé si envejecer sea hermoso, me parece que no, como sostienen los promotores ciertas filosofías baratas, pero es el precio por seguir un tiempo más en este mundo.

Hay un momento en el que adquirimos la expresión que definirá nuestro rostro de por vida. Puede ser tarde o temprano, pero esa imagen es tan poderosa y nos identifica tanto como nuestro nombre. Tal vez nunca sepamos qué imagen terminará por opacar todas las otras edades y momentos de una vida. Sospecho que entre más años se vivan, la imagen dominante será la de alguien muy mayor, y entre más viejo, con frecuencia, más reconocible y nítida será la imagen definitiva que otros guarden de nosotros.

No exalto en demasía la lozanía de la juventud, pero es una pena que no podamos ser reconocidos por una foto como la que llevaba Alfonso Reyes en su billetera, o al menos por una de nuestros mejores años, como si entonces no hubiéramos sido, como si entonces no hubiéramos llegado a ser el que somos. Necesitamos muchos años o media vida para afilar el rostro que, al menos en las fotografías, tendremos para siempre.

18 de abril de 2017

Vidas paralelas

Tal vez la Luna y una puesta de sol no puedan ser miradas de la misma manera por dos hombres. Y seguramente no hay dos que entiendan exactamente lo mismo por universo, justicia, belleza, arte o amor. Explicarse los misterios de la noche y el sentido de la vida son atributos de cada individuo de la especie, y las diferencias pueden ser notables. Ya lo advertía Alfonso Reyes: «No sé si el Quijote que yo veo y percibo es exactamente igual al tuyo, ni si uno y otro se ajustan del todo dentro del quijote que sentía, expresaba y comunicaba Cervantes.»

La experiencia vital de cada hombre es única e irrepetible, sin embargo, a veces las condiciones externas, las vicisitudes y el destino de dos personas guardan sorprendentes semejanzas. Entre más alejadas entre sí, más asombroso nos parece lo que tienen en común dos trayectorias vitales o, para decirlo con Plutarco, vidas paralelas.

Martín Ramírez (1895-1963) y Carlo Zinelli (1916-1974) tuvieron vidas semejantes, en las que algunos hechos esenciales son idénticos. Ambos trabajaron en el campo. Martín fue un agricultor de Jalisco que, como tantos otros, se fue de México a trabajar a los Estados Unidos. Carlo Zinelli, que provenía de una familia pobre, de los alrededores de Verona, fue pastor.

Ramírez cayó en una depresión profunda por las confusas noticias sobre la guerra cristera (destrucción del patrimonio, persecución y disolución de su familia). Zinelli fue soldado de Mussolini, estuvo entre las tropas italianas en España, donde sufrió un desequilibrio mental.

Ramírez, desempleado, durante la depresión del 29, vagaba por el norte de California en lamentable estado físico y mental. Fue arrestado y llevado a un hospital psiquiátrico; le diagnosticaron esquizofrenia aguda. Zinelli, al fin de la segunda guerra mundial, fue ingresado al manicomio de Verona; le diagnosticaron esquizofrenia incurable.

Ramírez comenzó a dibujar unos años después de estar en el psiquiátrico. Era completamente autodidacta; pronto el dibujo se convirtió en la actividad central de su vida. Se dedicaba, dice Víctor M. Espinosa, su biógrafo, a «fumar y a producir copiosas cantidades de arte». Zinelli, también autodidacta, empezó a dibujar en el psiquiátrico; «fumaba sin quitarse el cigarrillo de la boca», escribe Antonio Muñoz Molina.

Ramírez asistió en el psiquiátrico a un taller de cerámica, donde encontró estímulo para crear. Tarmo Pasto, pintor, profesor de arte y psicología se dio cuenta del talento de Ramírez y le procuró material: papel, lápices, colores. Un escultor danés, internado para desintoxicarse, descubrió el talento de Zinelli, que hacía dibujos en la cal de las paredes, y contribuyó a que se instalara en el manicomio un taller de arte. Ahí Zinelli encontró estímulo para dibujar, y cuadernos, lápices, colores, tinta y pinceles.

Ramírez era un solitario, casi no hablaba; nunca aprendió bien inglés y vivió aislado en el psiquiátrico, rodeado de gente que no entendía y que no lo entendía; vivía encerrado en un medio (una sociedad) que no comprendía. Dibujar y dibujar, hacerlo sin fin, era su manera de estar en el mundo. Zinelli, también fue un solitario, «se fue encerrando en un mutismo interrumpido por murmullos, repeticiones de palabras, fragmentos tarareados de música» que no paraba de dibujar.

Los dibujos de Ramírez tienen un lenguaje propio y variedad en la composición «a pesar de que todo gira obsesivamente en torno a los mismos temas: jinetes armados, trenes...». Los dibujos de Zinelli «incluyen rifles, locomotoras humeantes, uniformes azules de soldados... con un estilo sintético, con multiplicaciones y repeticiones, con la compulsión del trastorno...».

Martín Ramírez y Carlo Zinelli son considerados notables dibujantes autodidactas, cada uno con una propuesta estética firme, de gran originalidad, que descubrieron su talento y se entregaron a su arte en manicomios. Los dos se pasaron la mitad de su vida encerrados, y murieron en hospitales psiquiátricos.

Los dos dejaron una obra enorme: terminaban un dibujo y comenzaban otro, con impecable constancia. Zinelli hizo más de tres mil dibujos. De Ramírez no se sabe cuántas piezas se conservan, por la dispersión de su obra, y porque durante mucho tiempo el personal del hospital le recogía y destruía sus obras, pero a pesar de ello son varios cientos de dibujos, muchos en gran formato.

Los dibujos de Ramírez y Zinelli pueden ser considerados como arte outsider o arte marginal, si lo entendemos, como dice Gabriela García, como «creaciones que escapan a contracorriente, a la homogeneización del Arte. Sus protagonistas son personas, principalmente autodidactas, que experimentan una necesidad irrefrenable de crear».

Las creaciones de Martín Ramírez y Carlo Zinelli se montan en museos y galerías de muchos países (ambos han tenido su propia exposición en el American Folk Art Museum de Nueva York), y estimulado por sus leyendas, su fama crece y sus obras se cotizan en precios exorbitantes en el mercado mundial. 

10 de diciembre de 2015

La novela y la experiencia

«La experiencia ganada en la escritura de una novela no sirve para escribir otra, a menos que un autor desee imitarse a sí mismo», dice Antonio Muñoz Molina,* y se extiende contundente: «La experiencia desaparece al final del libro. Otra novela sería otro aprendizaje. Repetir la experiencia sería una falsificación. Un novelista aprende a escribir una novela mientras la escribe.» Recordó una frase de Philip Roth: «Cada vez que empiezo una novela, me enfrento con el aprendiz que hay en mí.»

Es un tema sobre el que vuelve, con asombro. En un artículo cuenta: «Yo pensaba que aquella novela me había costado tanto porque era la primera que escribía; que el oficio iría facilitando las cosas, limitando las inseguridades, la posibilidad de la equivocación y el fracaso. Al cabo de treinta años, después de escribir novelas que llegaron al final y otras que quedaron interrumpidas, tentativas obstinadas que se me deshicieron en nada, comprendo y acepto que no hay progreso en este trabajo. El aprendizaje necesario para escribir una novela se vuelve irrelevante una vez terminada. Para la próxima, si es que llega, habrá que aprender cosas completamente distintas, insospechadas antes de empezarla.»

Muñoz Molina y Philip Roth saben mucho sobre el arte de escribir novelas, buenas novelas. Entiendo que no se refieren a los rasgos externos de eso que se llama estilo, o el metal de una voz templada en el ejercicio continuo de la escritura, sino a la luz, la revelación de una novela, su centro, cuya búsqueda suele ser la razón para escribirla. «Las historias se escriben desde la oscuridad, a ciegas. Hay que escribir como sonámbulo, pero corregir muy lúcido y despierto.»

La reflexión sobre la utilidad y la sabiduría que da la experiencia es un tema que ya conocían los antiguos, y uno de los ensayos más celebrados de Montaigne se llama precisamente "De la experiencia". Podemos suponer que la experiencia nos guía, que ilumina, aunque sea tenuemente, las páginas en las que se abre paso el personaje y su circunstancia.

Si así fuera, si se acumulara sabiduría, la sexta novela debería ser inevitablemente buena. La verdad es que no es así, y ciertos escritores con muchos novelas en librerías, incluso algunos que han recibido el Premio de manos del rey de Suecia, podrían arrepentirse de algunos de sus libros posteriores. Aunque la novela es considerada como un género de madurez, no todos los escritores veteranos escriben de mayores sus mejores páginas. Tal vez no basta la experiencia.

Durante mucho tiempo pensé que ningún novelista había escrito diez obras maestras. Diez obras absolutas a la altura de lo mejor de su propia obra. Diez grandes novelas es una cima que se antoja tan insalvable como para los compositores de cierto sinfonismo alemán del siglo XIX que no podían terminar su décima sinfonía. Hacer el ejercicio, la búsqueda, tan subjetiva como entretenida, acaso sólo sirve para confirmar una suposición ligera y pasar las horas.

Cervantes es una vez más ejemplar. A su manera es el autor de una novela absoluta; el resto de sus novelas sólo le interesa a los académicos y cervantistas. Y no son pocos los autores de una única y gran novela. En otro ejercicio no exhaustivo, la lista podría considerar a Emily Brontë, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Borís Pasternak, Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Elias Canetti, J. D. Salinger, Juan Rulfo, Juan José Arreola... y tal vez podrían ser incluidos otros autores de libro único absoluto: el Arcipreste de Hita y Fernando de Rojas...

No debemos pasar por alto la sabiduría literaria de Borges y Alfonso Reyes, que cimentaron su gloria, con su prosa admirable, en su desdén por la novela. La prosa de los grandes poetas suele ser muy buena, lo cual no es razón para cultivar la novela; muy pocos entre ellos han necesitado fatigarse en una narración en prosa de trescientas páginas.

Tal vez para ser novelista hace falta algo más que se escapa. Una buena novela, insisto, es un milagro que no depende de la voluntad o la experiencia del autor. Me pregunto si aquellos que cuentan en su haber más novelas olvidables que dedos en las manos habrán escrito una tras otra a partir de la experiencia, falsificándose a sí mismos. «Escribir a ciegas, como un sonámbulo», decía Muñoz Molina, «pero corregir muy lúcido, muy despierto.»

Como casi siempre, en cuanto un tema nos ocupa aparecen aquí y allá, como caracoles después de la lluvia, textos, citas, evidencias. Aunque no es novelista sino cineasta (¿salvo los lenguajes, habrá mucha distancia en los dos oficios?), encuentro sin buscarla una declaración de Arturo Ripstein:

«En estos cincuenta años aprendí una serie de cosas. Me llené de experiencia, es decir, que no tengo la menor idea de lo que estoy haciendo, porque la experiencia no sirve de mucho; tiene una valoración desmesurada. Siempre he caminado por territorios desconocidos; nunca sé por dónde voy. Lo único que puedo decir es que he afinado el instrumento en este oficio; que lo que tengo en la cabeza es cada vez más lejano del resultado final.»

El misterio de una buena novela sigue intacto. Cada novela implica su aprendizaje, como se aprende a vivir cada día. Antonio Machado advertía al caminante que no hay camino, y ahora sabemos que como el camino, se hace novela al andar. El camino es escribir como si uno se jugara la vida. Por lo pronto, se antoja un ensayo que bien podría llamarse "Contra la experiencia". Hay buenas razones para ello, y los testimonios no faltan.
____
* Conferencia "Algunas divagaciones sobre la novela" dictada el 30 de noviembre de 2015 en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara en el marco de la Cátedra Julio Cortázar.

6 de octubre de 2015

La yegua de la noche

He tenido un sueño, dijo Ferré, inquieto. Le he dado lugar a un sueño de otro, a una pesadilla que yo no debí de haber soñado y cuya osadía, aunque no sea responsable, me avergüenza.

Dormía, en el sueño me despertaron unos golpes enérgicos a mi puerta. Antes de llegar a ella, una voz, amable pero de inapelable autoridad, como venida de otro mundo, me ordenó que le entregara un libro, cualquier volumen de los estantes de mi biblioteca. Me quedé estupefacto. Nadie te despierta a las tres de la mañana para pedirte un libro. Le dije, sin saber a qué o a quién le hablaba, que no comprendía. La voz dijo que tomara cualquier libro y que lo pusiera en el pasillo, al pie de mi puerta y que después volviera a la cama.

Obedecí. En la oscuridad, tomé un volumen al azar, abrí mi puerta y lo dejé no sin tristeza en el pasillo. En el pasillo no había nadie. Volví a la cama. Antes de volver a dormirme, tuve tiempo de justificar mi docilidad, mi cobardía, diciéndome que obedecía un deseo superior, que no podría explicarme del todo, como lo que sucede en algunos sueños. En mi sueño, a la mañana siguiente pensé que todo había sido un sueño. Pero había un hueco inquietante en el librero. Entonces pronuncié esa sombría sentencia que guardaba en la memoria: Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos) / hay alguno que ya nunca abriré.

Es verdad que esos versos no hacían justicia a la extraña pérdida, porque lo que veía era la ausencia de un volumen. Había un libro menos. Veía, es un decir, un libro menos. Era un ejemplar estimable de la Ética de Spinoza que había comprado en una visita a Ginebra. No puedo negar que pasé la mañana lamentando su ausencia. Busqué por la casa, salí al pasillo, revisé las escaleras y el depósito de la basura. Nada.

En mi sueño, a la otra noche, me despertó la voz y me dijo que tomara dos libros de mi biblioteca, dos que no apreciara tanto como el otro, cuya ausencia no lamentaría demasiado, y que los dejara al pie de mi puerta, en el pasillo. La petición no me sorprendió, pero sí la extraña concesión. Elegí dos cuyos títulos me reservo, no vale la pena dar nombres, pero tenía la certeza de que aunque viviera cien años no me entretendría entre sus páginas, a veces uno conserva libros con la certeza de que nunca los leerá y esa posesión a la vez que inútil es un misterio y es bella. Entonces comprendí. Me dije: esto es un aviso, está próxima la muerte.

A la tercera noche la voz me demandó cuatro ejemplares. A la cuarta, ocho. Creo que hice vagos cálculos para conocer el número de días que podría satisfacer la cruel demanda con el número de volúmenes de mi modesta biblioteca. Es curioso, pero siempre creí que una biblioteca debería tener en su tamaño una correspondencia con la extensión de la vida de su lector y bibliotecario. Que aunque infinita entre sus páginas, fuera más o menos posible abarcarla en el plazo razonable de una vida, en buena medida dedicada a frecuentarla.

Ahora me aterraba la voracidad de la progresión geométrica. Entonces hice una selección apresurada, aparté la Biblia (King James), la Ilíada, la Odisea, la Comedia (en italiano y en inglés), las tragedias y las comedias de Shakespeare, las Enéadas, la Eneida, el Quijote, Las mil noches y una noche, un volumen de Platón, otro de Stevenson, uno De Quincey, un Chesterton, un Voltaire, un Schopenhauer, un Berkeley, uno de Alfonso Reyes, La invención de Morel, una antología de poesía inglesa, y algunos más, puedo decir que poco más. Me dije, mientras pueda conservar y volver a estos libros, habrá un mañana.

En mi sueño, a la otra noche, la quinta, la voz me demandó dieciséis libros. Obedecí, sin mirar demasiado los tesoros que perdía, pero me armé de valor y le dije a esa voz que fuera de quien fuera, no tenía derecho a perturbar mis noches, a expoliar mi biblioteca.

La voz me explicó educadamente que conservar esos libros era una vieja costumbre que ya me era innecesaria, una posesión inútil, porque estaba en situación de decirme con certeza que ya nunca los leería, me faltaría tiempo o ánimo, pero que todavía gozaría de la compañía de otros, y que no me alarmara demasiado, que aún tendría tiempo de volver a ver la clara luna, que no se había agotado la inalterable suma de veces que me daba el destino. ¿Por qué yo?, pregunté, sin esperanza. Porque así lo has imaginado, respondió. Y se disculpó, dijo que era tarde.

En mi sueño, a la otra noche, la sexta, aguardé la llegada de la voz con más resignación que entereza. Me encontró despierto, con un libro entre las manos. Ya había renunciado a hacer un recuento de lo perdido. Como era previsible, me exigió treinta y dos libros de mi biblioteca. Tómalos, le dije, están en la mesa, ya he hecho un atado para tu infame pedido. ¿Adónde llegaremos?, pregunté. Al final, respondió. Comprendí que estaba cerca, muy cerca... pero entonces me di cuenta que bien podría no ser la muerte la que me rondaba, sino la ceguera.

En mi sueño, a la otra noche, la séptima, a la hora de costumbre la voz me demandó sesenta y cuatro volúmenes. Tómalos tu misma, dije, seas lo que seas. Te has llevado ciento veintisiete libros, déjame el tiempo necesario para leer otro tanto, dije. El universo y una vida caben en mucho menos, dijo. Leerás los que cifren tu vida. Ni uno más. Las lunas, los viajes, los libros, los cantos de los pájaros y los días están contados.

Ferré calló.

Es fantástico, dije. Esos versos y esas señas, esa cita, todo el sueño, bien podrían ser de Borges, está calcado.

No has comprendido, dijo Ferré, con pesadumbre. En mi terrible pesadilla, yo era Borges.

9 de febrero de 2013

El 9 de febrero y la lección de Reyes

El 9 de febrero de 1913 murió el general Bernardo Reyes en una carga de caballería contra el Palacio Nacional. Fue el inicio de los sucesos de la llamada Decena Trágica. Al final de ese pasaje tan oscuro y vergonzoso fue consumado el golpe de Estado y asesinado el presidente Ignacio I. Madero. 

Los hechos de ese día, de esos diez días, con sus múltiples significados, que van del heroísmo a la vileza, de la traición abyecta a la lucha por la legalidad y la justicia, del asesinato vil e ignominioso al idealismo y la búsqueda de la instauración del ideario personal, de la lucha entre los caudillos a la lucha por la instauración del Estado de Derecho, quizá muestran nuestras más profundas contradicciones y nuestro idiosincrasia para hacer política; tal vez con los hechos de esos días podría cifrarse una lección profunda y decisiva de nuestra historia, de nuestra manera de estar en el mundo. 

Ese día fue nefasto para el país, y para Alfonso Reyes, que perdió a su padre. Ese día quedó señalado como una fecha clave en la historia y en la vocación y la trayectoria de don Alfonso, faro perenne, lúcido y deslumbrante de nuestras letras. Su obra entera, nos recuerda Jesús Silva Herzog-Márquez en un oportuno apunte, encuentra su razón de ser, su origen y motivo en esa fecha. 

«Fue la tragedia del cuerpo ensangrentado de su padre lo que marcó el compromiso excéntrico con su patria, su idea de la cultura como salvación, su fe en la civilización, su fe en la civilización como esperanza de convivir. Un sentido del deber que no se subordina a la pedestre exigencia de la política, sino que se planta afuera, antes de ella: en el deber de volver hospitalaria la tierra nuestra, tan agreste y tan hostil.» No puedo imaginarme un fin más noble. 

La "Oración del 9 de febrero" (Memorias. Obras Completas, Tomo XXIV), compuesta en Buenos Aires en 1930, nos dice el erudito José Luis Martínez, y terminada el día que el general Reyes había de cumplir sus ochenta años, diecisiete años después de los acontecimientos de 1913, nunca fue publicada por Reyes. Si bien esa fecha lo marcó para bien y para mal, «esa fecha terrible, inmensamente dolorosa de su parto moral, de su verdadero nacimiento intelectual», dice Silva Herzog-Márquez. 

Es posible que así haya sido. Reyes, maestro en la mesura y la precisión, señor de la decencia y la prudencia, modelo apolíneo de la pulcritud y del pudor, por no hablar de la sabiduría y la sintaxis, en la "Oración del 9 de febrero", escrita en memoria de su padre, se muestra hombre, huérfano lúcido y dolido de cuerpo entero. 

«Junto a él no se deseaba más que estar a su lado. Lejos de él, casi bastaba recordar para sentir el calor de su presencia», dice Reyes, y reconoce claramente las distancias y diferencias: «Él me llevaba más de cuarenta años, y se había formado en el romanticismo tardío de nuestra América. Él era soldado y gobernante. Yo iba para literato». 

La muerte del general fue «una violenta intromisión de la metralla en la vida y no el término previsible y paulatinamente aceptado de un acabamiento biológico. Esto dio a su muerte no sé qué aire de grosería cosmogónica, de afrenta material contra las intenciones de la creación. Mi natural dolor se hizo todavía más horrible por haber sobrevenido aquella muerte en medio de circunstancias singularmente patéticas y sangrientas, que no sólo interesaban a una familia, sino a todo un pueblo [...] Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria». 

Si el padre, su muerte y su ausencia son un tema recurrente en la literatura mexicana,  la "Oración del 9 de febrero" es un texto indispensable de esa lista imaginaria y sus antologías resultantes. Tal vez el peso de la Historia, la circunstancia trágica y su peso en la vida nacional, hayan hecho de la muerte del general Bernardo Reyes un tema de historiadores y cronistas, pero este texto, lo devuelve a los lectores de un siglo después, al terreno pleno de la literatura. 

Reyes lo sabía: «La literatura puede ser citada como testigo ante el tribunal de la historia o del derecho, como testimonio del filósofo, como cuerpo de experimentación del sabio». Entonces alcanza su dimensión cabal su dolor filial: «[...] sufro porque presiento al considerar la historia de mi padre, una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo; me desespera, ante el hecho consumado que es toda tumba, el pensar que el saldo generoso de una existencia rica y plena no basta a compensar y a llenar el vacío de un solo segundo». 

Un siglo después todo está intacto. La historia, la violencia, el dolor del hijo, la oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo

Reyes, el viejo abuelo, cuya obra es una caja de infinitas sorpresas, nos sigue alumbrando el camino, nos sigue dando lecciones.

14 de octubre de 2012

Elogio de la Capilla Alfonsina

En una carta fechada el 31 de enero de 1957, Alfonso Reyes le agradece a mi abuelo Gabriel las notas y reseñas que éste había publicado en la prensa sobre la dilatada obra alfonsina. La carta tiene en la parte superior un gran sello en tinta con viñetas y motivos griegos (al fondo, un templo y un grupo de guerreros; en primer plano, un escultor con martillo y cincel trabaja en un frontón que bien podría ser el del Partenón) y al calce, con otro sello, el domicilio: «Av. Benjamín Hill, No. 122. México 11, D.F.»  

El papel es fino, ahuesado, y no es difícil descifrar estas últimas palabras que tanto me dicen, escritas con tinta azul y trazos rápidos: «Mi teléfono es 15.22.25. ¿Por qué no me habla un día y viene a conocer la biblioteca que Díez-Canedo llamaba ‘Capilla Alfonsina’? Un alegre abrazo de año nuevo. Alfonso Reyes».

No recuerdo cuando encontré esta carta, quizá entonces Alfonso Reyes había muerto unos treinta años antes, y mi abuelo unos veinticinco. Desde ese día imagino el encuentro, la conversación sobre libros y autores, las coincidencias y complicidades, aunque es posible que se frecuentaran desde antes, el «querido y frecuentado Gabriel Alfaro» da pie a suponer un trato respetuoso y un tanto distante que se rompería con esa invitación.

Lo que desde entonces me esfuerzo por imaginar es el primer instante de la fascinación, el hechizo que la casa de Reyes ejerció sobre mi abuelo, porque entrar a una casa diseñada y erigida para albergar una biblioteca en la que, luego, también pudiera vivir su primer lector y su familia, no es del todo común.

Existen casas —no tantas como quisiéramos los que no podríamos vivir sin la palabra impresa— en las que los libros ocupan mucho espacio, en algunas la biblioteca es el centro y sitio de la convivencia familiar, en otras uno podría pensar que los volúmenes han tomado la casa —el tamaño de las habitaciones por grandes que sean es irrelevante—y están dispuestos a expulsar a sus habitantes pues pareciera que se reproducen y multiplican.

Pero no me refiero a casas ordinarias con libros, la de Alfonso Reyes, la Capilla Alfonsina, como la llamó con inspiración y justeza Enrique Díez-Canedo, fue construida para buscar el conocimiento, fomentar la lectura, celebrar la escritura en un espacio iluminado con el aire más transparente, en el que los libros y las obras de arte, los objetos y los muebles están dispuestos para fomentar el milagro de los versos serenos y la prosa lúcida de Alfonso Reyes.

Díez-Canedo sabía que esa casa era una capilla en la que encontraba su sitio la antigua Grecia, la literatura toda y la civilización. Ahí tenía su asiento el universo entero de un sabio que había viajado por el mundo y lo comprendía porque lo había cifrado en su escritura. 

Ahí, entre esos muros con una gran vidriera, en esos dos pisos con un volado en el que el escritorio ocupaba el lugar central y presidía la asamblea y el diálogo de los hombres con los dioses, de los hombres con ellos mismos, desde el punto que le ofrecía una vista imponente de su biblioteca, Alfonso Reyes vivió y dio forma material a un mundo que es el complemento perfecto de su universo paralelo de palabras contenido en los veintisiete tomos de sus obras completas. Sí, Reyes también sabía que una biblioteca puede ser el modelo a escala humana del universo.

Cuando encontré esa carta de puño y letra de Alfonso Reyes, yo había visitado la Capilla Alfonsina varias veces y no he dejado de hacerlo, atraído por el espíritu imponente que la anima. No es difícil imaginar la vida y la grandeza de un hombre que le dio forma y volumen. Visitar la casa de Alfonso Reyes es un paseo, un gusto, una alegría, un ejercicio estimulante y acto de justicia poética, e imaginó dónde se habrá sentado mi abuelo Gabriel a conversar con el señor de la casa y de las letras mexicanas.   

La Capilla Alfonsina es, aunque abierta al público, un lugar secreto en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Conservada como «capilla», es también un museo alfonsino, un centro de estudios literarios con actividades artísticas y culturales y una galería con la obra plástica que reunió Reyes a lo largo de su vida. 

La Capilla Alfonsina acaba de ser reabierta con una nueva propuesta museográfica que ha considerado los fondos artísticos y documentales. Ha sido puesta al día, pero la arquitectura, los objetos, los muebles, los cuadros, las fotografías, los objetos, algunos libros, lejos de ser testigos mudos, hablan y dicen lo que no han cesado de decir desde hace más de medio siglo, tras la muerte de Alfonso Reyes en 1959. 

Cuentan la vida de un hombre que quiso saberlo todo y explicarlo con una prosa que a cada punto y seguido parece un prodigio y cosa de encantamiento. Uno que nos enseñó que la literatura no sólo es ficción sino un atributo de la inteligencia que encuentra en la precisión, la limpidez y la claridad de pensamiento los mejores aliados del conocimiento, la belleza y la verdad. 

No se le puede pedir más a un hombre ejemplar que nos abre su casa y su obra de par en par y nos reveló el sentido del arte y del mundo como no siempre lo habíamos visto.

20 de febrero de 2011

El coronel y su mujer

No sé si el Quijote que yo veo y percibo es exactamente igual al tuyo, ni si uno y otro ajustan del todo dentro del Quijote que sentía, expresaba y comunicaba Cervantes. De aquí que cada ente literario esté condenado a una vida eterna, siempre nueva y siempre naciente, mientras viva la humanidad, escribió Alfonso Reyes en “Apolo o de la literatura” (ensayo de mil novecientos cuarenta), mucho antes que egregios profesores franceses descubrieran que todos leemos de distinta manera. 

Ahora yo me demuestro, gracias también a Heráclito, que no es posible leer dos veces el mismo texto: la escritura permanece, el lector cambia y no cesa de cambiar. El poema de anoche, palabra a palabra, ya no me dice lo mismo. Ya no soy el que fui ayer.

Desde que leí por primera vez El coronel no tiene quien le escriba, su contundencia e intensidad me parecieron el modelo de cierta literatura que me gusta mucho desde mi primera juventud. He vuelto a leer esa novela tres o cuatro veces a lo largo de los años, y si bien es cierto que en cada lectura pareciera que la trama ha cambiado un poco con respecto al recuerdo que tenía de ella, y que pareciera que destaca algún detalle antes inadvertido que enriquece un personaje, ahora leo y encuentro otro libro. García Márquez cuenta una historia que yo no había visto. 

Es cierto que durante cincuenta y seis años el coronel no hizo otra cosa que esperar, como muchos años esperó el coronel Nicolás Márquez, abuelo del escritor, una carta que confirmara su grado y sus servicios para poder cobrar una pensión; que allí están las guerras civiles, la dictadura, el coronel Aureliano Buendía y Macondo, el trabajo político y clandestino, la geografía, la lluvia, la vida del pueblo, el servicio del correo, el gallo y los gallos, las peleas, la ilusión de la lotería de las apuestas, los otros personajes, la amabilidad del médico, el compadre rico y miserable, los amigos de Agustín, el hijo muerto del coronel.

Allí están la necesidad y la dignidad del coronel, su bondad, su timidez, su miseria y sus sueños, su espera contumaz que supera cualquier plazo razonable. Todo eso está en su lugar, pero ahora he visto a la esposa, esa mujer a la que el asma no ha minado su entereza, su fortaleza, su carácter. Ella es mucho más fuerte que el coronel. Ella es lúcida y tiene los pies en la tierra; él es ingenuo y débil.

Esta novela corta, ejemplar y admirable, es también la historia de la relación, dulce y áspera, conyugal, del coronel con su mujer: la ternura y el altruismo, el destino común que acerca pero no funde dos vidas, la lucha paso a paso, día tras día, la rivalidad y la costumbre, el pasado común, el hijo muerto, el hambre compartida, el compañerismo cotidiano.

La novela empieza cuando el coronel le da a su mujer una taza de café preparado con la última cucharadita del polvo que quedaba en el tarro, y termina con la rebeldía del coronel, con una explosión de cólera con su mujer. Esa relación conyugal, sus discusiones y desacuerdos, es la novela. 

Mientras transcurre ese matrimonio, pasa la vida: viven el duelo del hijo muerto, se mueren de hambre, riñen. Ella soporta estoica su sino, pragmática, piensa en el futuro y quiere que su marido entre en razón; el coronel sueña despierto que su gallo ganará una pelea y espera, espera a lo largo de los años, una carta que nunca llega.

30 de agosto de 2008

Serrat: El galopar de la palabra. I

Ahora que los LP han pasado a mejor vida como tecnología y van a parar no sólo al basurero sino al olvido y al desprecio (conozco un restaurante que los usa como platos para hamburguesas, los meten al horno, donde se retuercen horrible y salen hechos una desgracia, manchados de catsup, queso y pepinillos; para qué pensar que era Brahms), extraño esa manera de escuchar música, con sus ruidos y la aguja de noria y grúa que navega, concéntrica, a 33 rpm sobre un acetato que era una maravilla hasta hace no mucho. De mi modesta colección, sólo unos cuantos justifican intransigentes la necesidad de conservar la no tan vieja tornamesa que corona, en venganza, al nuevo y compacto tocadiscos de los ídem.

Pero de esos que se niegan a dejar de ser escuchados, de esos que no han entrado al mundo láser y DDD, los doce o quince de Joan Manuel Serrat han sido fieles compañeros al paso de los años, sumándose de uno en uno, poco a poco (golpe a golpe, verso a verso, ¿verdad, don Antonio?), de tal manera que algunos de ellos pueden evocar periodos vitales que bien merecerían, valga la hipérbole, llevar el nombre de uno de esos discos. No pienso en el goce estético pleno y deslumbrante que producen los cuartetos de Mozart, sino en lo que viene de dentro para formar parte de la educación sentimental más allá de axiologías musicales. Basta un poco de honestidad para reconocer y explicar el pasado a través de la música que se nos ha metido en las venas.

Serrat, ese viejo cantautor catalán, tiene el mérito de hacer, cantar y decir lo que se le pega la gana desde hace más de veinte años, aun cuando en España, durante el antiguo régimen, su obra fue censurada y el catalán prohibido; entonces, incluso, optó por la rebeldía. Si algo lo define es justamente su rebeldía, su absoluta independencia y honestidad; su búsqueda de nuevas posibilidades para la canción, sin repetirse, lejos de las modas y los dictados de productores y los mass media que acaban por echar a perder todo lo que tocan.

Pero a Serrat no le ha ido mal, a pesar de ellos. Tiene un público constante, que lo sigue en busca de respuestas, novedades y remembranzas. No conozco su alcance entre los más jóvenes, pero sí su influencia en su generación y otras menores que encontraron en él, acaso, el camino más corto a la poesía y sus manifestaciones en la canción; de la palabra que abusa de la música, que la cabalga (prima le parole, porque es más poeta que músico y lo que dice no puede manifestarse en otro lenguaje), para dar rienda suelta y proclamar una forma de vivir, de celebrar, de ser.

Justo lo contrario a lo que sucede con los excesos del periodo belcantista, donde Scott y Sófocles desaparecen para dar paso a los abellimenti de Donizetti y Cherubini. Aquí poco o nada importa la poesía mientras sea asimilada por la melodía y sea vehículo de la voz, de ese instrumento prodigioso que se desborda para borrar todo significado y quedar solo, en la última posibilidad del sonido. Más todavía, parece que lo que importa es el cantante, su prestigio, su técnica y facultades, su performance, aunque sólo diga tra-la-la.

(Una breve digresión: la presencia de textos poéticos en el mejor rock es un hecho, pero los decibeles, el estruendo y la monotonía parece que acaban por tirar por la borda el ritmo y el metro, los matices, las pausas, los acentos... vamos, la "pelusilla de la emoción", diría Alfonso Reyes; el grito y la mala dicción se encargan, casi siempre, de rematar lo que queda. Por otra parte, pensar en la poesía del rock en español es casi ingenuo. Es algo tan pobre y tardío que sólo las excepciones no podrían llamarse intrascendentes.)

Serrat ha sido fiel a sí mismo. Sus manifestaciones políticas hace años contra la dictadura chilena, y su rechazo a considerar el medio milenio del 92 como una simple fiestecita de la hispanidad, por ejemplo, por no hablar ahora de la crítica contenida en su obra contra las sinrazones, absurdos y abusos del mundo, lo califican como uno de los creadores más sensatos, responsables, atentos e irónicos, al menos entre nosotros.

Y es que, por fortuna, canta en castellano. Decidió llevar su música más allá del Ebro, aunque a los catalanistas recalcitrantes no les haga la menor gracia, para llegar al resto de España e Hispanoamérica, donde sospecho que es más querido y escuchado, aunque guarda algunas de sus mejores letras para sí y los suyos: sus más desesperadas y acaso autobiográficas composiciones las escribió en catalán.

Es comprensible, algo de lo más íntimo y cercano no puede decirse en otra lengua sin perder fuerza, sentido y credibilidad. Por otro lado, las traducciones incluidas en los discos, cuando las hay, no están al alcance de todos los que escuchan y son con frecuencia literales, por lo que poco han ayudado a difundir lo que se dice cuando el catalán toma su camino.

Esta es una perdida sensible que se agrava por la enorme dificultad para encontrar la parte no castellana, sobre todo la primera, esa vertiente original y rica con letras de Joan Salvat Papasseit y sus primeras composiciones, dedicadas a la vida del campo, la naturaleza, los primeros amores, a la gente de su calle, su primera guitarra, la muerte del abuelo por mencionar unas cuantas­, y un álbum de canciones tradicionales catalanas; imperfectos y dulces comienzos registrados en discos de principios de los años sesenta, algunos incluso sin nombre, como: Res no és mesquí, Joan Manuel Serrat (el que incluye "Ara que tinc vint anys"), Joan Manuel Serrat (el de "Paraules d'amor), Serrat 4, Cancons tradicionals, y un poco más reciente Per al meu amic.

Lo escucho con atención, la única forma posible de seguirlo, de sacar algo de provecho, y resulta evidente que el tiempo es implacable. Un cambio lento y continuo se hace perceptible en cada disco, así como una preparación sin prisa, un cuidado de las canciones hasta lograr un conjunto elaborado, un equilibrio, una redondez de afinidades, de intención, de intensidad.

Del adolescente soñador de pelo largo soy casi un beso del infierno/ pero un beso al fin, señora decía de sí mismo en una vieja canción que escandalizó a la sociedad franquista‒ al hombre de hoy existe un abismo inevitable que sólo la coherencia puede salvar.

Sospecho que El Furico ha llegado a eso que se llama madurez con las mismas intenciones que animaban sus cantos de juventud, con idéntica pasión, pero con una diferencia importante: ahora es menos individualista, le preocupan más los otros y el mundo; audaz, sarcástico y fustigante, le importa más levantar la voz y lo que dice, que cómo lo dice, sin detenerse a mirar lo que ha quedado atrás.

Parecería una cuestión de forma y fines, de fondo y medios, donde ha optado por éstos. Creo que los ha fundido y ha pagado el precio: ha cambiado su espontaneidad por mayor profundidad y reflexión; ha perdido candidez para ganar contundencia.

26 de julio de 2008

Mujer cubierta y en duelo

En el castillo británico de Howard, cerca de York, han encontrado un dibujo de Miguel Ángel, "Mujer cubierta y en duelo", del que nadie sabía nada, como si apenas lo hubiera trazado y traído al mundo. Un dibujo de Miguel Ángel es un dibujo de Miguel Ángel, y ha sido valuado en ocho millones de libras. Esta "rareza", como lo han llamado, hecha a lápiz y tinta marrones llevaba 250 años oculta en un álbum en la biblioteca del castillo.

Parece que en el siglo XVIII Henry Howard, cuarto conde de Carlisle, lo adquirió como una "bonita ilustración anónima" en una subasta en Londres. Simon Howard, descendiente de Henry, dueño del castillo y de todo lo que hay en él, está dispuesto a vender su nuevo dibujo. Mejor así, sobre todo si lo adquiere algún museo en el que podrá verlo mucha gente y no sólo los amigos de la familia Howard.

¿Veré algún día "Mujer cubierta y en duelo", los pliegues de la ropa, el detalle de los trazos, su verdadero color? ¿Por qué me conmueve y entusiasma tanto que aparezca una obra maestra desconocida del Renacimiento? Puedo aventurar una respuesta de Alfonso Reyes: No renunciaremos -oh Keats- a ningún objeto de belleza, engendrador de eternos goces.